Aquellas putas de Glasgow
Román Presno

(¿te acordás, Perro?)

Las putas que vivieron en nuestro barco en Glasgow eran tres: Alice, Christine y María. Habían subido abordo al poco rato de atracar en ese puerto de Escocia al que yo llegaba por primera vez y en donde se suponía que el buque iba a estar no más de dos días, de acuerdo con la cantidad de carga que esperaba llevar al Río de la Plata. Valiosa carga si las había, porque además del whisky escocés embotellado, venía una buena cantidad del llamado “whisky madre”, un concentrado para la fabricación de tan codiciada bebida que era transportado en barricas de madera.

Aún no había llegado a la bodega la primera lingada de barriles cuando ya toda la tripulación sabía el procedimiento correcto para “ordeñar” esos apreciados envases. Según el viejo carpintero de abordo debía levantarse la cincha de metal, agujerear la madera con un clavo grande, sacarlo, poner la botella para recoger el ambarino líquido, volver a colocar el clavo y ubicar nuevamente la cincha en su lugar. De esa manera no quedaban huellas del robo. Pero como los estibadores escoceses no tenían problemas con los rastros que pudieran dejar en el proceso, no eran tan cuidadosos. Simplemente agujereaban el barril en cualquier lugar, se echaban boca arriba en el piso y a modo de bota de vino española se llenaban la boca con un buche de la ambarina bebida.  Después colocaban el clavo nuevamente para tapar el agujero hasta el próximo sorbo. Entraban a trabajar sobrios, correctos -¡good morning, sir!-, como cualquier trabajador que comienza su jornada y salían de su turno tambaleantes como si el barco estuviera en plena tormenta del Atlántico, ayudándose unos a otros con sus fenomenales borracheras. Junto con algunos tripulantes aprovechábamos el espectáculo gratuito de la salida del turno, imaginando las reacciones de las esposas cuando llegaban de regreso a casa.

Hay puertos como los de Alemania u Holanda por ejemplo, donde las putas no visitan los barcos atracados. Hay otros, como los de Brasil, donde vienen disfrazadas de lavanderas y además de lavar la ropa personal de los tripulantes, realizan algunos servicios necesarios para alivianar la pesada carga de tantas noches solitarias en el mar. Y hay otros puertos, donde sencillamente toman el barco por asalto. Un mes antes, por ejemplo, durante ese mismo viaje, nuestro barco había arribado a Abidján, Costa de Marfil y quedó en rada esperando turno para atracar a muelle. Al poco rato de estar fondeados, mientras cenábamos, se aproximó una canoa con motor y de ella subieron a bordo dos preciosas negras que coquetearon con los tripulantes que estaban en cubierta. No pasó mucho rato para que un novato aprendiz de máquinas, con una amplia sonrisa de conquistador, se llevara una de las chicas a su camarote alardeando por la rebaja conseguida en la tarifa: “Aprendan, che, cinco dólares”.

Una media hora más tarde, atracaron a nuestra escala dos canoas con unas veinte muchachas cada una, que embarcaron bulliciosamente, llenando el barco de gritos y carcajadas. Semejante cantidad de mujeres en un desfile de algarabía trastornaron por completo el clima de tranquilidad que había en el buque y cuando ya muchos se preparaban para ir a dormir, invadieron a las risas corredores, camarotes, comedores y hasta la cocina que aún el pinche limpiaba. Cumpliendo la ley de mercado, la abundante oferta bajó repentinamente el precio de los servicios y lo que el aprendiz había pagado cinco dólares como una ganga unos minutos atrás, comenzó a cotizarse a sólo dos pastillas de jabón de baño. Fue en esa oportunidad donde descubrí una faceta de la personalidad del Capitán que aun desconocía. Sabía yo que era un excelente profesional, serio, respetuoso, culto y que gustaba de la música clásica, la literatura, el teatro y los museos, por eso logró sorprenderme cuando apareció a la puerta del comedor del brazo de una escultural y estilizada morena, diciéndole al mozo: “Alfonso, por favor, alcánceme a mi camarote cuatro jabones; dos son para pagarle a ella y dos para bañarla.” Y dirigiéndose a todos quienes habíamos estado cenando con él hasta hacía unos minutos, hablando de temas profundos e importantísimos para el futuro de la humanidad, nos saludó mientras miraba la sonrisa resplandeciente de su orgullosa morena: “Muy buenas noches, señores. Hasta mañana”.

En Glasgow, en cambio, aquellas tres putas llegaron abordo y se mezclaron entre la tripulación ofreciendo sus servicios simplemente, sin disfraces ni algarabía.

Alice era pequeña, pelirroja, fea y con un cuerpo sin curvas. Con seguridad tenía un coeficiente intelectual muy por debajo de lo normal y sólo sonreía, sin hablar ni una palabra. Christine, una joven rubia de pelo corto, bonita y con un cuerpo atractivo, era alegre y de risa fácil. Su vestimenta, su apariencia y su comportamiento eran inequívocamente los de una prostituta.

María, la mayor de las tres, era del tipo latino. Morocha, de facciones agradables aunque algo toscas, no muy alta y de cuerpo bien formado pero abundante, parecía pertenecer más a un ambiente de chacra de Canelones que a uno de cabaret de Glasgow. Sin embargo, algunos detalles como la pintura descascarada de sus uñas, los labios pintados de un rojo intenso y los restos de un maquillaje excesivo denotaban su profesión. Parecía franca, honesta y en algún modo, quizá por la edad, algo maternal.

Algunas de estas cualidades las fuimos descubriendo con el paso de los días, pues la estadía en Glasgow que debía ser de dos, terminó siendo de ocho, debido a una huelga de amarradores  que había en Liverpool, nuestro siguiente destino.

Después de una primera vuelta por el barco, se instalaron en el camarote del “Perro” Cohen como si fuera un salón de estar. El Perro era nuestro cocinero y un muy buen tipo; bastante alto, rengo, pelado, con los dientes grandes un poco hacia fuera y con algo más de cincuenta años, podía decirse de él cualquier cosa menos que fuera buen mozo. Las horas de trabajo cerca del horno y las planchas de la cocina, lo hacían estar siempre sudoroso y si no se afeitaba diariamente se le notaba una barba escasa y gris que desmejoraba aun más su aspecto. Pero cocinaba como los dioses.

Con la presencia de las tres mujeres, su camarote se convirtió en el centro de atracción del barco; durante las horas de trabajo los tripulantes que pasaban por allí se detenían a conversar un rato y bromeaban con alguna de ellas o con las tres. Los marineros, engrasadores, electricistas, oficiales y mozos que se alternaban en las visitas, fueron aprendiendo dos o tres nuevas palabras de inglés y enseñando seis o siete de lunfardo. Todas las bromas que se hacían eran de doble sentido e incluían indefectiblemente algún movimiento con las manos que permitieran rozar un seno, palpar una nalga o algunos gestos mas audaces que eran resistidos por las mujeres, aunque no mucho. Para convencer a un posible cliente había que permitir algún atrevimiento, pero para tocar más seriamente debía pagarse. Por lo menos al principio.

A la hora del almuerzo, el dueño del camarote alcanzó a cada una de las muchachas el menú del día: sopa y un churrasco completo. Las escocesas quedaron asombradas con el lujo que significaba servir en un almuerzo común, un trozo de jugosa carne vacuna de tales dimensiones. Después, el Perro les alcanzó el postre y más tarde un té. En el horario libre de la tarde varios tripulantes llevaron a su cabina a alguna de las chicas para pasar un rato juntos. Volvían ambos con una sonrisa satisfecha, él por la “aliviada” y ella por el jornal merecidamente ganado. Almuerzo, té, galletitas, whisky, se fueron sucediendo en un distendido ambiente. Sobre la tardecita se armó una reunión bailable en el camarote de Felipe, un engrasador joven, de poca estatura, tranquilo y simpático que había embarcado en ese viaje por primera vez. Ya avanzada la noche, después de pasada la euforia inicial y con los ánimos calmados por la ingesta de alcohol, se formaron dos parejas que se retiraron a sus cabinas. María se fue con un marinero y Christine con Julio, otro joven engrasador alto, flaco y de barba. Alice, sin nadie que la invitara a otro lugar, se quedó por inercia en el camarote de Felipe. Al día siguiente, cuando le pregunté a éste si se había “casado” me dijo que no, que Alice era tan fea que no lo motivaba en absoluto, pero que le había dado lástima echarla al pasillo. Así que le dio una almohada, una frazada y la dejó dormir en el sillón largo, acurrucada como un perrito hasta el día siguiente. Cuando se levantó, ella le estaba ordenando y limpiando la cabina.

De mañana, volvieron a instalarse en lo del Perro Cohen. El desayuno, el almuerzo y el té transcurrieron como el día anterior en medio de bromas, lecciones de lunfardo y escapadas a los camarotes. Seguramente pensando que aun había clientes para atender y debido al amable trato que habían recibido, las mujeres decidieron quedarse un poco más en el barco. Pero luego de la cena, Cristina -ya no era más Christine para nosotros-, se retiró con Julio a su nido de amor, María se perdió en alguna otra cucheta y Alice volvió a su sillón.

Fue al tercer día que nos enteramos que no zarparíamos de Glasgow por la huelga en Liverpool. La actividad del buque, ahora sin estiba, era mucho más tranquila. Las tareas de conservación, de limpieza y arreglo de bodegas se hacían sin apuro, sin esa prisa exigida por la salida inmediata hacia el siguiente puerto. Ese día, después del almuerzo, en un momento de tranquilidad en la cabina del Perro, éste encaró a María y le dijo en su inglés chapurreado que llevaban allí comiendo y usando la “sala de estar” por dos días, que no sabíamos cuánto tiempo más estaríamos en ese puerto y que él no había tenido ninguna compensación por su hospitalidad. María, cuando lo entendió, se quedó pensando un instante y después le dijo que tenía razón. Y esa fue la primera siesta de la pareja.

Fue un amor al primer contacto, pues a partir de entonces el camarote del Perro Cohen no fue más la sala de reuniones abierta todo el día para todo el mundo: se transformó en el “hogar” del matrimonio Cohen. Se acabaron los jolgorios generales, las risas y las visitas; las lecciones de lunfardo se trasladaron a otros compartimientos y las bromas dejaron de incluir aquellos ademanes exploratorios. Como Cristina también había encontrado en Julio un compañero estable y Alice no tenía ninguna iniciativa más que seguir con la rutina, las tres se fueron haciendo más caseras, buscando actividades en sus camarotes, como si fueran dueñas de casa. Aquellas salvajes e independientes mujeres que subieron a bordo a nuestro arribo, se dejaron domesticar por el sentimiento hogareño.

Durante el día circulaban normalmente por el barco haciendo su cotidiano trajín, aunque Alice mucho menos que las otras. Sin embargo, ninguna avanzó en la conquista de otros espacios; no subían al comedor principal, ni deambulaban por los corredores de la cubierta de oficiales y si en alguna de las recorridas del Capitán se encontraban de cara con él, lo saludaban con mucha corrección. Actuaban sin ese natural desparpajo que caracteriza a las mujeres de su profesión, indiferentes a reconocer rangos. Por esta razón comenzaron a ganarse el respeto de todos los oficiales y la tripulación. Ya no estaban ofreciendo un servicio denigrante sino que su estadía abordo se había transformado en la compañía familiar de algunos tripulantes. Eso es, eran como de la familia. Cristina y María estaban viviendo con sus parejas unos días de luna de miel. Y Alice hacía pequeños menesteres, como lavar y planchar la ropa menuda a Felipe y algún otro tripulante que se lo solicitara.

Una de esas tardes, en horas de la siesta cuando nadie circulaba por los pasillos, atiné a pasar por la puerta de la cocina que se encontraba desacostumbradamente abierta a esa hora. Dentro estaba Cristina sola y bonita, recostada contra la mesada tomando un té. Tenía la taza con ambas manos y sorbía ruidosamente con la vista mirando en el vacío. Había perdido ese aire de prostituta que tenía al llegar; parecía una simple chiquilina de barrio.. Cuando entré le dije a modo de saludo: “¿Qué pasa, Cristina?” y ella, en una cabal demostración del alto nivel alcanzado en el curso de idiomas que estaba realizando, contestó seria en un perfecto lunfardo: “No pasa Fanta”.

Poco antes de la zarpada de Glasgow, aunque no teníamos claro aun cuanto tiempo más estaríamos allí, durante el almuerzo en el comedor de oficiales de cubierta y en presencia del Capitán, surgió el tema de las muchachas. El telegrafista contó que pensaban seguirnos en tren hacia Liverpool para convivir nuevamente abordo durante la estadía en esa ciudad. Comentamos entre todos las cualidades de las tres, el respeto que tenían por la tripulación en general, el cariño que en mayor o menor medida se habían ganado de nuestra parte y lo bueno que sería contar con un elenco estable de mujeres que nos alegraran las largas estadías en esos puertos inhóspitos, aun cuando de su presencia no sacáramos ningún favor carnal, como era el caso de todos los presentes. Entonces alguien propuso: “Capitán, ¿y por qué no las llevamos de polizontes hasta Liverpool?”. Rápido, aunque no muy convencido de su negativa, el Viejo contestó: “Ah, claro!! Como no son ustedes los que ponen el culo si pasa algo!!”.

“¿Y Ud. por qué se va a enterar, si nadie le dice nada?”, cuestionó el Primer oficial. “Dele, Capi, si es sólo un día de navegación. ¿Sabe cuánto van a disfrutar las muchachas haciendo el viaje”, insistí por mi parte.

El Capitán quedó pensativo un momento. Como a todos nos había parecido una buena idea, nos quedamos expectantes y en silencio esperando la reacción del “comando del buque”. “Bueno,” -dijo el Viejo- “pero a la zarpada que se queden fondeadas en algún camarote y mientras esté el Práctico abordo que no suban al Puente, ¿estamos?”. Exclamaciones de “¡Bien, Capi!!” y hasta algún aplauso aislado festejaron la decisión. Pedí la suerte de ser yo quien se lo comunicara a las interesadas, pretendiendo no perderme la reacción de las tres mujeres cuando se enteraran de la noticia. Me fue concedida esa distinción, aunque algún “Mirá que vivo que sos” se escuchó desde el extremo de la mesa, pero ya era tarde.

Preparé la escena a modo de broma para que la sorpresa fuera total. Terminado el almuerzo, pedí al mozo que convocara de mi parte a las mujeres al comedor de los maquinistas para crearles expectativa. Concurrieron acompañadas de Julio, los cuatro intrigados y previendo recibir malas noticias.

Lo más serio que pude, comencé el discurso, diciéndoles: “Hemos estado hablando con el Capitán, quien se enteró que ustedes pretenden pasar la estadía en Liverpool viviendo abordo”. Tres caras se ensombrecieron imaginando que el Viejo se había negado; sólo Alice permaneció normalmente impávida. “Hemos pensado que para eso deberán trasladarse por tren hasta allí... y que el pasaje no es barato”. Alargaba cada pausa como si buscara las palabras que hicieran menos dolorosa la noticia. “Es más: no sabemos si podemos permitir que Uds. vayan hasta allí... en tren”. La última fue una larga pausa y los semblantes estaban ya desolados. “Y como nosotros no podemos hacer una colecta para costearles el pasaje... el Capitán, ante nuestra insistencia, ha decidido invitarlas para ir a Liverpool... en nuestro barco”. No podré olvidar nunca la transformación de las expresiones; luego de una pausa aun con caras de pesadumbre por no haber entendido bien el ofrecimiento, la explosión de alegría me emocionó. A la pobre Alice, que efectivamente no había entendido nada, María le explicó la invitación mientras Cristina besaba a Julio. Luego, mientras aquella festejaba con el engrasador, Cristina me abrazó y me estampó un beso en los labios para nada decente que me descolocó bastante pues sentí que era la esposa de un compañero que me besaba en su presencia.

Debí aclararles, cuando pude tranquilizarlas, que su viaje era un acto ilegal y en consecuencia debían ser discretas con respecto a los comentarios a personas ajenas, pues si se enteraba alguien de tierra, el Capitán podía tener problemas. También agregué las reglas que debían cumplir a la zarpada y al atraque para que no las descubrieran. Me juraron, casi de rodillas, que cumplirían las órdenes al pie de la letra.

Por fin, a mitad de la mañana siguiente nos enteramos que, levantada la huelga de amarradores en Liverpool, zarparíamos hacia allí en cuanto estuviéramos prontos. No había mucho que preparar para la salida, pues en realidad llevábamos listos varios días. Bastaba con esperar al Práctico, que llegara un remolcador, izar la escala, largar los cabos y poner adelante máquinas.

Luego que nuestra proa fuera separada del muelle por el remolcador, largamos los cabos que durante ocho días nos habían mantenido amarrados a Escocia. Tanto habíamos disfrutado esa estadía que aprendimos una tonada local que decía más o menos así: “Doy vueltas alrededor de Glasgow, tomando whisky aquí y allá. Y cuando la noche termina, tomando whisky allá y aquí, Glasgow da vueltas alrededor de mí”.  Por muchos motivos que no he contado, en esos ocho días habíamos llegado a querer esa ciudad que tan bien nos había tratado, pero como siempre en cada puerto, tuvimos que despedirnos. Pero a diferencia de todas las veces anteriores, en esta ocasión nos llevábamos a tres de sus mujeres, a quienes también habíamos aprendido a querer un poco.

En cuanto pusimos Adelante Muy Despacio las máquinas, el remolcador soltó el cabo y dando una vuelta en “U” se despidió de nosotros con una larga pitada. El Clyde, como todo río que atraviesa una ciudad, parece un canal cuando pasa por Glasgow, pues sus costas están transformadas en largos muelles con viejos depósitos en ambas márgenes. En los suburbios, con máquinas Despacio, comenzaron a verse entre los galpones, retazos verdes de las colinas de las “tierras altas” de Escocia.

Me gusta navegar por los ríos. La visión de la costa tan cercana cambia las proporciones del buque y es una extraña sensación desplazarse con esa enorme masa de hierros fuera de toda escala humana, por paisajes tanto más íntimos que la inmensidad del mar. Pero esa es una apreciación personal.

Cuando perdí interés por el paisaje que me iba explicando el Práctico, bajé a ver a las mujeres que estaban en el comedor de la tripulación. Se habían vestido con sus mejores ropas y estaban maquilladas como para ir al teatro. Cristina y María preguntaban a algún tripulante, qué pueblos eran esos que nunca habían visto desde esa perspectiva y cuando reconocían algún lugar festejaban el triunfo con ruidosas exclamaciones. Estaban eufóricas, como niñas en una fiesta y me sentí reconfortado sabiendo que en algo había ayudado a esa felicidad concedida por el Capitán a las mujeres.

Las ciudades Dumbarton, Greenock y Gourock fueron quedando atrás y el río se hizo más ancho. Después, torciendo su curso a la izquierda, hacia el sur, desembocó en una amplia bahía y se mezcló con las aguas del Mar de Irlanda. Allí paramos la máquina y con la arrancada que nos mantenía en movimiento, esperamos a una pequeña lancha que pegándose a nuestro casco recibió por la escala de gato al Práctico que nos había guiado hasta allí entre boyas y faroletas. Entonces sí, mientras poníamos rumbo SSW y máquina en Adelante Toda, las invitadas entraron al Puente. Venían serias, cohibidas y con temor a molestar, pero el Capitán enseguida las hizo sentir bienvenidas. Cuando las saludó estrechando sus manos, ellas inclinaron la cabeza e incluso Cristina flexionó imperceptiblemente las rodillas como en una reverencia ante la nobleza. El Viejo sí, las trató como princesas y así se sintieron ellas. Las invitó con gaseosa y les indicó un lugar con la mejor visibilidad que no molestara a la rutina de trabajo.

Muchos años después, viajando en el primer vagón del Subte de Buenos Aires, presencié cómo el conductor del tren invitó al compartimiento de comando a un niño de unos diez años que desde muy cerca no dejaba de mirarlo. Con una tremenda envidia, vi como lo instó a sentarse en su sitio y lo hizo tomar el acelerador. Pensé que ese niño no lo olvidaría jamás y cuando fuera viejo le contaría a sus nietos el día en que manejó el Subte de Buenos Aires. Inmediatamente recordé a Cristina y a María imaginándome cómo habrían vivido aquella noche en el Puente de nuestro barco.

Al día siguiente atracamos en Liverpool.

Esa tarde María le consultó al Perro Cohen si le permitiría ir al barco sueco que estaba atracado a nuestra popa, pues se había quedado sin dinero. Quería su consentimiento porque no deseaba ofenderlo. Emocionado por la deferencia, el Perro le explicó que no necesitaba pedirlo. María estuvo en el otro barco trabajando más de un par de horas y a la tardecita regresó abordo contenta. Le dijo al Perro que se vistiera de domingo pues iban a cenar afuera que ella pagaba todo.

Cuando a la medianoche me encontraba en la boca de escotilla controlando la carga de la bodega dos, los vi regresar abordo sosteniéndose uno al otro mientras se reían de su caminar de marinero alcoholizado. Para subir por la escala él la ayudó solícito aunque riendo, mientras ella, descalza, apenas disimulaba el terror que tal equilibrio le producía. Me parecieron un matrimonio.

Sólo una cosa inusual sucedió antes de dejar Liverpool. Un par de noches previas a la partida, como a las dos de la madrugada, Julio golpeó a la puerta de mi camarote. Me solicitó que fuera a ver a Cristina que tenía dolores fuertes en el bajo vientre, pues yo era el encargado de los primeros auxilios y del botiquín. Cuando llegué a su camarote ella estaba llorando y tomó mi mano con fuerza. Me dijo que le dolía muchísimo y no podía dormir. Le palpé la zona de la apéndice y alrededores, solamente para darle algo de tranquilidad, pues no tenía la menor idea de medicina interna ni lo que podía encontrar, salvo que fuera una pelota de tenis. Le dije que debería ver un médico, pero si lo que quería era dormir e ir al hospital al día siguiente, yo podría ayudarla con un medicamento. Le suministré cuatro píldoras de Lexotan 20 con un vaso de leche tibia y le dije que entonces sí dormiría tranquila.

A la mañana siguiente no vi cuando salieron con Julio hacia el médico, pero al regresar ya casi de noche, ambos me comentaron que en el hospital Cristina había tenido un aborto natural. La habían sedado y le recetaron antibióticos, y ambos me agradecieron mucho la ayuda de la noche anterior.

 

Ya nos íbamos. Los trámites estaban hechos y las bodegas cerradas. El cielo encapotado y el fuerte viento nos auguraban mal tiempo afuera, pero el malestar que sentíamos era por otros motivos.

Antes de bajar, las tres mujeres recorrieron el barco, saludando a casi toda la tripulación. El representante de la Agencia Marítima, que se encontraba con el Capitán en su despacho, se sorprendió de la respetuosa y agradecida manera con que se despidieron del Viejo. Era algo realmente inusual aún para su vasta experiencia en despedidas de barcos. Visitaron camarotes, salones y puestos de maniobras y para cada tripulante tuvieron una frase especial, un saludo particular que denotaba un conocimiento exclusivo con cada uno.

Al llegar al portalón, donde yo estaba esperando para controlar la maniobra de izado de la escala, me tocó el turno. La mano gelatinosa y la sonrisa de boba de la pobre Alice no me inspiraron la menor emoción. El apretón fuerte de María me sacudió el brazo con vehemencia, pero después pensándolo mejor me atrajo hacia sí y me zampó una par de sonoros besos en cada mejilla; los acompañó con un sentido “hasta siempre” en un castellano aceptable. Por último, alegre, explosiva, radiante, llegó Cristina. Puso sus manos sobre mis hombros, estiró los brazos alejando su cara de mi, me dijo con toda dulzura en inglés “Oh, mi querido doctorcito” y entonces, sin importarle nada quien estaba alrededor nuestro, me abrazó con todo el cuerpo y me estampó un largo beso en la boca que me alteró el pulso. Yo lo disfruté y lo devolví. Quien sabe, si no hubiera sido la mujer de Julio...

Cuando el barco se alejaba del muelle, quedamos solos con el Perro Cohen parados en la popa. Saludábamos con las manos en alto a las escocesas que con sus pañuelos nos decían adiós y seguramente lloraban bajo la luz de un farol amarillento. El Perro Cohen, con una lágrima corriéndole por la mejilla me dijo: “Qué mujer esta María... qué mujer!! Le juro, Tercero, que si no fuera por mis hijos, me quedaba en Escocia con ella”.

No fue necesario que ninguno de los dos aclarara por qué no mencionó a su esposa, cuando dijo “...si no fuera por mis hijos...”

Román Presno
Fui a enterrar un muerto
Cuentos de la Gente de Mar

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