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Aquellas putas de Glasgow |
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(¿te acordás, Perro?) |
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Las
putas que vivieron en nuestro barco en Glasgow eran tres: Alice, Christine
y María. Habían subido abordo al poco rato de atracar en ese puerto de
Escocia al que yo llegaba por primera vez y en donde se suponía que el
buque iba a estar no más de dos días, de acuerdo con la cantidad de
carga que esperaba llevar al Río de la Plata. Valiosa carga si las había,
porque además del whisky escocés embotellado, venía una buena cantidad
del llamado “whisky madre”, un concentrado para la fabricación de tan
codiciada bebida que era transportado en barricas de madera. Aún
no había llegado a la bodega la primera lingada de barriles cuando ya
toda la tripulación sabía el procedimiento correcto para “ordeñar”
esos apreciados envases. Según el viejo carpintero de abordo debía
levantarse la cincha de metal, agujerear la madera con un clavo grande,
sacarlo, poner la botella para recoger el ambarino líquido, volver a
colocar el clavo y ubicar nuevamente la cincha en su lugar. De esa manera
no quedaban huellas del robo. Pero como los estibadores escoceses no tenían
problemas con los rastros que pudieran dejar en el proceso, no eran tan
cuidadosos. Simplemente agujereaban el barril en cualquier lugar, se
echaban boca arriba en el piso y a modo de bota de vino española se
llenaban la boca con un buche de la ambarina bebida.
Después colocaban el clavo nuevamente para tapar el agujero hasta
el próximo sorbo. Entraban a trabajar sobrios, correctos -¡good morning,
sir!-, como cualquier trabajador que comienza su jornada y salían de su
turno tambaleantes como si el barco estuviera en plena tormenta del Atlántico,
ayudándose unos a otros con sus fenomenales borracheras. Junto con
algunos tripulantes aprovechábamos el espectáculo gratuito de la salida
del turno, imaginando las reacciones de las esposas cuando llegaban de
regreso a casa. Hay
puertos como los de Alemania u Holanda por ejemplo, donde las putas no
visitan los barcos atracados. Hay otros, como los de Brasil, donde vienen
disfrazadas de lavanderas y además de lavar la ropa personal de los
tripulantes, realizan algunos servicios necesarios para alivianar la
pesada carga de tantas noches solitarias en el mar. Y hay otros puertos,
donde sencillamente toman el barco por asalto. Un mes antes, por ejemplo,
durante ese mismo viaje, nuestro barco había arribado a Abidján, Costa
de Marfil y quedó en rada esperando turno para atracar a muelle. Al poco
rato de estar fondeados, mientras cenábamos, se aproximó una canoa con
motor y de ella subieron a bordo dos preciosas negras que coquetearon con
los tripulantes que estaban en cubierta. No pasó mucho rato para que un
novato aprendiz de máquinas, con una amplia sonrisa de conquistador, se
llevara una de las chicas a su camarote alardeando por la rebaja
conseguida en la tarifa: “Aprendan, che, cinco dólares”. Una
media hora más tarde, atracaron a nuestra escala dos canoas con unas
veinte muchachas cada una, que embarcaron bulliciosamente, llenando el
barco de gritos y carcajadas. Semejante cantidad de mujeres en un desfile
de algarabía trastornaron por completo el clima de tranquilidad que había
en el buque y cuando ya muchos se preparaban para ir a dormir, invadieron
a las risas corredores, camarotes, comedores y hasta la cocina que aún el
pinche limpiaba. Cumpliendo la ley de mercado, la abundante oferta bajó
repentinamente el precio de los servicios y lo que el aprendiz había
pagado cinco dólares como una ganga unos minutos atrás, comenzó a
cotizarse a sólo dos pastillas de jabón de baño. Fue en esa oportunidad
donde descubrí una faceta de la personalidad del Capitán que aun
desconocía. Sabía yo que era un excelente profesional, serio,
respetuoso, culto y que gustaba de la música clásica, la literatura, el
teatro y los museos, por eso logró sorprenderme cuando apareció a la
puerta del comedor del brazo de una escultural y estilizada morena, diciéndole
al mozo: “Alfonso, por favor, alcánceme a mi camarote cuatro jabones;
dos son para pagarle a ella y dos para bañarla.” Y dirigiéndose a
todos quienes habíamos estado cenando con él hasta hacía unos minutos,
hablando de temas profundos e importantísimos para el futuro de la
humanidad, nos saludó mientras miraba la sonrisa resplandeciente de su
orgullosa morena: “Muy buenas noches, señores. Hasta mañana”. En
Glasgow, en cambio, aquellas tres putas llegaron abordo y se mezclaron
entre la tripulación ofreciendo sus servicios simplemente, sin disfraces
ni algarabía. Alice
era pequeña, pelirroja, fea y con un cuerpo sin curvas. Con seguridad tenía
un coeficiente intelectual muy por debajo de lo normal y sólo sonreía,
sin hablar ni una palabra. Christine, una joven rubia de pelo corto,
bonita y con un cuerpo atractivo, era alegre y de risa fácil. Su
vestimenta, su apariencia y su comportamiento eran inequívocamente los de
una prostituta. María,
la mayor de las tres, era del tipo latino. Morocha, de facciones
agradables aunque algo toscas, no muy alta y de cuerpo bien formado pero
abundante, parecía pertenecer más a un ambiente de chacra de Canelones
que a uno de cabaret de Glasgow. Sin embargo, algunos detalles como la
pintura descascarada de sus uñas, los labios pintados de un rojo intenso
y los restos de un maquillaje excesivo denotaban su profesión. Parecía
franca, honesta y en algún modo, quizá por la edad, algo maternal. Algunas
de estas cualidades las fuimos descubriendo con el paso de los días, pues
la estadía en Glasgow que debía ser de dos, terminó siendo de ocho,
debido a una huelga de amarradores que
había en Liverpool, nuestro siguiente destino. Después
de una primera vuelta por el barco, se instalaron en el camarote del
“Perro” Cohen como si fuera un salón de estar. El Perro era nuestro
cocinero y un muy buen tipo; bastante alto, rengo, pelado, con los dientes
grandes un poco hacia fuera y con algo más de cincuenta años, podía
decirse de él cualquier cosa menos que fuera buen mozo. Las horas de
trabajo cerca del horno y las planchas de la cocina, lo hacían estar
siempre sudoroso y si no se afeitaba diariamente se le notaba una barba
escasa y gris que desmejoraba aun más su aspecto. Pero cocinaba como los
dioses. Con
la presencia de las tres mujeres, su camarote se convirtió en el centro
de atracción del barco; durante las horas de trabajo los tripulantes que
pasaban por allí se detenían a conversar un rato y bromeaban con alguna
de ellas o con las tres. Los marineros, engrasadores, electricistas,
oficiales y mozos que se alternaban en las visitas, fueron aprendiendo dos
o tres nuevas palabras de inglés y enseñando seis o siete de lunfardo.
Todas las bromas que se hacían eran de doble sentido e incluían
indefectiblemente algún movimiento con las manos que permitieran rozar un
seno, palpar una nalga o algunos gestos mas audaces que eran resistidos
por las mujeres, aunque no mucho. Para convencer a un posible cliente había
que permitir algún atrevimiento, pero para tocar más seriamente debía
pagarse. Por lo menos al principio. A
la hora del almuerzo, el dueño del camarote alcanzó a cada una de las
muchachas el menú del día: sopa y un churrasco completo. Las escocesas
quedaron asombradas con el lujo que significaba servir en un almuerzo común,
un trozo de jugosa carne vacuna de tales dimensiones. Después, el Perro
les alcanzó el postre y más tarde un té. En el horario libre de la
tarde varios tripulantes llevaron a su cabina a alguna de las chicas para
pasar un rato juntos. Volvían ambos con una sonrisa satisfecha, él por
la “aliviada” y ella por el jornal merecidamente ganado. Almuerzo, té,
galletitas, whisky, se fueron sucediendo en un distendido ambiente. Sobre
la tardecita se armó una reunión bailable en el camarote de Felipe, un
engrasador joven, de poca estatura, tranquilo y simpático que había
embarcado en ese viaje por primera vez. Ya avanzada la noche, después de
pasada la euforia inicial y con los ánimos calmados por la ingesta de
alcohol, se formaron dos parejas que se retiraron a sus cabinas. María se
fue con un marinero y Christine con Julio, otro joven engrasador alto,
flaco y de barba. Alice, sin nadie que la invitara a otro lugar, se quedó
por inercia en el camarote de Felipe. Al día siguiente, cuando le pregunté
a éste si se había “casado” me dijo que no, que Alice era tan fea
que no lo motivaba en absoluto, pero que le había dado lástima echarla
al pasillo. Así que le dio una almohada, una frazada y la dejó dormir en
el sillón largo, acurrucada como un perrito hasta el día siguiente.
Cuando se levantó, ella le estaba ordenando y limpiando la cabina. De
mañana, volvieron a instalarse en lo del Perro Cohen. El desayuno, el
almuerzo y el té transcurrieron como el día anterior en medio de bromas,
lecciones de lunfardo y escapadas a los camarotes. Seguramente pensando
que aun había clientes para atender y debido al amable trato que habían
recibido, las mujeres decidieron quedarse un poco más en el barco. Pero
luego de la cena, Cristina -ya no era más Christine para nosotros-, se
retiró con Julio a su nido de amor, María se perdió en alguna otra
cucheta y Alice volvió a su sillón. Fue
al tercer día que nos enteramos que no zarparíamos de Glasgow por la
huelga en Liverpool. La actividad del buque, ahora sin estiba, era mucho más
tranquila. Las tareas de conservación, de limpieza y arreglo de bodegas
se hacían sin apuro, sin esa prisa exigida por la salida inmediata hacia
el siguiente puerto. Ese día, después del almuerzo, en un momento de
tranquilidad en la cabina del Perro, éste encaró a María y le dijo en
su inglés chapurreado que llevaban allí comiendo y usando la “sala de
estar” por dos días, que no sabíamos cuánto tiempo más estaríamos
en ese puerto y que él no había tenido ninguna compensación por su
hospitalidad. María, cuando lo entendió, se quedó pensando un instante
y después le dijo que tenía razón. Y esa fue la primera siesta de la
pareja. Fue
un amor al primer contacto, pues a partir de entonces el camarote del
Perro Cohen no fue más la sala de reuniones abierta todo el día para
todo el mundo: se transformó en el “hogar” del matrimonio Cohen. Se
acabaron los jolgorios generales, las risas y las visitas; las lecciones
de lunfardo se trasladaron a otros compartimientos y las bromas dejaron de
incluir aquellos ademanes exploratorios. Como Cristina también había
encontrado en Julio un compañero estable y Alice no tenía ninguna
iniciativa más que seguir con la rutina, las tres se fueron haciendo más
caseras, buscando actividades en sus camarotes, como si fueran dueñas de
casa. Aquellas salvajes e independientes mujeres que subieron a bordo a
nuestro arribo, se dejaron domesticar por el sentimiento hogareño. Durante
el día circulaban normalmente por el barco haciendo su cotidiano trajín,
aunque Alice mucho menos que las otras. Sin embargo, ninguna avanzó en la
conquista de otros espacios; no subían al comedor principal, ni
deambulaban por los corredores de la cubierta de oficiales y si en alguna
de las recorridas del Capitán se encontraban de cara con él, lo
saludaban con mucha corrección. Actuaban sin ese natural desparpajo que
caracteriza a las mujeres de su profesión, indiferentes a reconocer
rangos. Por esta razón comenzaron a ganarse el respeto de todos los
oficiales y la tripulación. Ya no estaban ofreciendo un servicio
denigrante sino que su estadía abordo se había transformado en la compañía
familiar de algunos tripulantes. Eso es, eran como de la familia. Cristina
y María estaban viviendo con sus parejas unos días de luna de miel. Y
Alice hacía pequeños menesteres, como lavar y planchar la ropa menuda a
Felipe y algún otro tripulante que se lo solicitara. Una
de esas tardes, en horas de la siesta cuando nadie circulaba por los
pasillos, atiné a pasar por la puerta de la cocina que se encontraba
desacostumbradamente abierta a esa hora. Dentro estaba Cristina sola y
bonita, recostada contra la mesada tomando un té. Tenía la taza con
ambas manos y sorbía ruidosamente con la vista mirando en el vacío. Había
perdido ese aire de prostituta que tenía al llegar; parecía una simple
chiquilina de barrio.. Cuando entré le dije a modo de saludo: “¿Qué
pasa, Cristina?” y ella, en una cabal demostración del alto nivel
alcanzado en el curso de idiomas que estaba realizando, contestó seria en
un perfecto lunfardo: “No pasa Fanta”. Poco
antes de la zarpada de Glasgow, aunque no teníamos claro aun cuanto
tiempo más estaríamos allí, durante el almuerzo en el comedor de
oficiales de cubierta y en presencia del Capitán, surgió el tema de las
muchachas. El telegrafista contó que pensaban seguirnos en tren hacia
Liverpool para convivir nuevamente abordo durante la estadía en esa
ciudad. Comentamos entre todos las cualidades de las tres, el respeto que
tenían por la tripulación en general, el cariño que en mayor o menor
medida se habían ganado de nuestra parte y lo bueno que sería contar con
un elenco estable de mujeres que nos alegraran las largas estadías en
esos puertos inhóspitos, aun cuando de su presencia no sacáramos ningún
favor carnal, como era el caso de todos los presentes. Entonces alguien
propuso: “Capitán, ¿y por qué no las llevamos de polizontes hasta
Liverpool?”. Rápido, aunque no muy convencido de su negativa, el Viejo
contestó: “Ah, claro!! Como no son ustedes los que ponen el culo si
pasa algo!!”. “¿Y
Ud. por qué se va a enterar, si nadie le dice nada?”, cuestionó el
Primer oficial. “Dele, Capi, si es sólo un día de navegación. ¿Sabe
cuánto van a disfrutar las muchachas haciendo el viaje”, insistí por
mi parte. El
Capitán quedó pensativo un momento. Como a todos nos había parecido una
buena idea, nos quedamos expectantes y en silencio esperando la reacción
del “comando del buque”. “Bueno,” -dijo el Viejo- “pero a la
zarpada que se queden fondeadas en algún camarote y mientras esté el Práctico
abordo que no suban al Puente, ¿estamos?”. Exclamaciones de “¡Bien,
Capi!!” y hasta algún aplauso aislado festejaron la decisión. Pedí la
suerte de ser yo quien se lo comunicara a las interesadas, pretendiendo no
perderme la reacción de las tres mujeres cuando se enteraran de la
noticia. Me fue concedida esa distinción, aunque algún “Mirá que vivo
que sos” se escuchó desde el extremo de la mesa, pero ya era tarde. Preparé
la escena a modo de broma para que la sorpresa fuera total. Terminado el
almuerzo, pedí al mozo que convocara de mi parte a las mujeres al comedor
de los maquinistas para crearles expectativa. Concurrieron acompañadas de
Julio, los cuatro intrigados y previendo recibir malas noticias. Lo
más serio que pude, comencé el discurso, diciéndoles: “Hemos estado
hablando con el Capitán, quien se enteró que ustedes pretenden pasar la
estadía en Liverpool viviendo abordo”. Tres caras se ensombrecieron
imaginando que el Viejo se había negado; sólo Alice permaneció
normalmente impávida. “Hemos pensado que para eso deberán trasladarse
por tren hasta allí... y que el pasaje no es barato”. Alargaba cada
pausa como si buscara las palabras que hicieran menos dolorosa la noticia.
“Es más: no sabemos si podemos permitir que Uds. vayan hasta allí...
en tren”. La última fue una larga pausa y los semblantes estaban ya
desolados. “Y como nosotros no podemos hacer una colecta para costearles
el pasaje... el Capitán, ante nuestra insistencia, ha decidido invitarlas
para ir a Liverpool... en nuestro barco”. No podré olvidar nunca la
transformación de las expresiones; luego de una pausa aun con caras de
pesadumbre por no haber entendido bien el ofrecimiento, la explosión de
alegría me emocionó. A la pobre Alice, que efectivamente no había
entendido nada, María le explicó la invitación mientras Cristina besaba
a Julio. Luego, mientras aquella festejaba con el engrasador, Cristina me
abrazó y me estampó un beso en los labios para nada decente que me
descolocó bastante pues sentí que era la esposa de un compañero que me
besaba en su presencia. Debí
aclararles, cuando pude tranquilizarlas, que su viaje era un acto ilegal y
en consecuencia debían ser discretas con respecto a los comentarios a
personas ajenas, pues si se enteraba alguien de tierra, el Capitán podía
tener problemas. También agregué las reglas que debían cumplir a la
zarpada y al atraque para que no las descubrieran. Me juraron, casi de
rodillas, que cumplirían las órdenes al pie de la letra. Por
fin, a mitad de la mañana siguiente nos enteramos que, levantada la
huelga de amarradores en Liverpool, zarparíamos hacia allí en cuanto
estuviéramos prontos. No había mucho que preparar para la salida, pues
en realidad llevábamos listos varios días. Bastaba con esperar al Práctico,
que llegara un remolcador, izar la escala, largar los cabos y poner
adelante máquinas. Luego
que nuestra proa fuera separada del muelle por el remolcador, largamos los
cabos que durante ocho días nos habían mantenido amarrados a Escocia.
Tanto habíamos disfrutado esa estadía que aprendimos una tonada local
que decía más o menos así: “Doy vueltas alrededor de Glasgow, tomando
whisky aquí y allá. Y cuando la noche termina, tomando whisky allá y
aquí, Glasgow da vueltas alrededor de mí”.
Por muchos motivos que no he contado, en esos ocho días habíamos
llegado a querer esa ciudad que tan bien nos había tratado, pero como
siempre en cada puerto, tuvimos que despedirnos. Pero a diferencia de
todas las veces anteriores, en esta ocasión nos llevábamos a tres de sus
mujeres, a quienes también habíamos aprendido a querer un poco. En
cuanto pusimos Adelante Muy Despacio las máquinas, el remolcador soltó
el cabo y dando una vuelta en “U” se despidió de nosotros con una
larga pitada. El Clyde, como todo río que atraviesa una ciudad, parece un
canal cuando pasa por Glasgow, pues sus costas están transformadas en
largos muelles con viejos depósitos en ambas márgenes. En los suburbios,
con máquinas Despacio, comenzaron a verse entre los galpones, retazos
verdes de las colinas de las “tierras altas” de Escocia. Me
gusta navegar por los ríos. La visión de la costa tan cercana cambia las
proporciones del buque y es una extraña sensación desplazarse con esa
enorme masa de hierros fuera de toda escala humana, por paisajes tanto más
íntimos que la inmensidad del mar. Pero esa es una apreciación personal. Cuando
perdí interés por el paisaje que me iba explicando el Práctico, bajé a
ver a las mujeres que estaban en el comedor de la tripulación. Se habían
vestido con sus mejores ropas y estaban maquilladas como para ir al
teatro. Cristina y María preguntaban a algún tripulante, qué pueblos
eran esos que nunca habían visto desde esa perspectiva y cuando reconocían
algún lugar festejaban el triunfo con ruidosas exclamaciones. Estaban eufóricas,
como niñas en una fiesta y me sentí reconfortado sabiendo que en algo
había ayudado a esa felicidad concedida por el Capitán a las mujeres. Las
ciudades Dumbarton, Greenock y Gourock fueron quedando atrás y el río se
hizo más ancho. Después, torciendo su curso a la izquierda, hacia el
sur, desembocó en una amplia bahía y se mezcló con las aguas del Mar de
Irlanda. Allí paramos la máquina y con la arrancada que nos mantenía en
movimiento, esperamos a una pequeña lancha que pegándose a nuestro casco
recibió por la escala de gato al Práctico que nos había guiado hasta
allí entre boyas y faroletas. Entonces sí, mientras poníamos rumbo SSW
y máquina en Adelante Toda, las invitadas entraron al Puente. Venían
serias, cohibidas y con temor a molestar, pero el Capitán enseguida las
hizo sentir bienvenidas. Cuando las saludó estrechando sus manos, ellas
inclinaron la cabeza e incluso Cristina flexionó imperceptiblemente las
rodillas como en una reverencia ante la nobleza. El Viejo sí, las trató
como princesas y así se sintieron ellas. Las invitó con gaseosa y les
indicó un lugar con la mejor visibilidad que no molestara a la rutina de
trabajo. Muchos
años después, viajando en el primer vagón del Subte de Buenos Aires,
presencié cómo el conductor del tren invitó al compartimiento de
comando a un niño de unos diez años que desde muy cerca no dejaba de
mirarlo. Con una tremenda envidia, vi como lo instó a sentarse en su
sitio y lo hizo tomar el acelerador. Pensé que ese niño no lo olvidaría
jamás y cuando fuera viejo le contaría a sus nietos el día en que manejó
el Subte de Buenos Aires. Inmediatamente recordé a Cristina y a María
imaginándome cómo habrían vivido aquella noche en el Puente de nuestro
barco. Al
día siguiente atracamos en Liverpool. Esa
tarde María le consultó al Perro Cohen si le permitiría ir al barco
sueco que estaba atracado a nuestra popa, pues se había quedado sin
dinero. Quería su consentimiento porque no deseaba ofenderlo. Emocionado
por la deferencia, el Perro le explicó que no necesitaba pedirlo. María
estuvo en el otro barco trabajando más de un par de horas y a la
tardecita regresó abordo contenta. Le dijo al Perro que se vistiera de
domingo pues iban a cenar afuera que ella pagaba todo. Cuando
a la medianoche me encontraba en la boca de escotilla controlando la carga
de la bodega dos, los vi regresar abordo sosteniéndose uno al otro
mientras se reían de su caminar de marinero alcoholizado. Para subir por
la escala él la ayudó solícito aunque riendo, mientras ella, descalza,
apenas disimulaba el terror que tal equilibrio le producía. Me parecieron
un matrimonio. Sólo
una cosa inusual sucedió antes de dejar Liverpool. Un par de noches
previas a la partida, como a las dos de la madrugada, Julio golpeó a la
puerta de mi camarote. Me solicitó que fuera a ver a Cristina que tenía
dolores fuertes en el bajo vientre, pues yo era el encargado de los
primeros auxilios y del botiquín. Cuando llegué a su camarote ella
estaba llorando y tomó mi mano con fuerza. Me dijo que le dolía muchísimo
y no podía dormir. Le palpé la zona de la apéndice y alrededores,
solamente para darle algo de tranquilidad, pues no tenía la menor idea de
medicina interna ni lo que podía encontrar, salvo que fuera una pelota de
tenis. Le dije que debería ver un médico, pero si lo que quería era
dormir e ir al hospital al día siguiente, yo podría ayudarla con un
medicamento. Le suministré cuatro píldoras de Lexotan 20 con un vaso de
leche tibia y le dije que entonces sí dormiría tranquila. A
la mañana siguiente no vi cuando salieron con Julio hacia el médico,
pero al regresar ya casi de noche, ambos me comentaron que en el hospital
Cristina había tenido un aborto natural. La habían sedado y le recetaron
antibióticos, y ambos me agradecieron mucho la ayuda de la noche
anterior. Ya
nos íbamos. Los trámites estaban hechos y las bodegas cerradas. El cielo
encapotado y el fuerte viento nos auguraban mal tiempo afuera, pero el
malestar que sentíamos era por otros motivos. Antes
de bajar, las tres mujeres recorrieron el barco, saludando a casi toda la
tripulación. El representante de la Agencia Marítima, que se encontraba
con el Capitán en su despacho, se sorprendió de la respetuosa y
agradecida manera con que se despidieron del Viejo. Era algo realmente
inusual aún para su vasta experiencia en despedidas de barcos. Visitaron
camarotes, salones y puestos de maniobras y para cada tripulante tuvieron
una frase especial, un saludo particular que denotaba un conocimiento
exclusivo con cada uno. Al
llegar al portalón, donde yo estaba esperando para controlar la maniobra
de izado de la escala, me tocó el turno. La mano gelatinosa y la sonrisa
de boba de la pobre Alice no me inspiraron la menor emoción. El apretón
fuerte de María me sacudió el brazo con vehemencia, pero después pensándolo
mejor me atrajo hacia sí y me zampó una par de sonoros besos en cada
mejilla; los acompañó con un sentido “hasta siempre” en un
castellano aceptable. Por último, alegre, explosiva, radiante, llegó
Cristina. Puso sus manos sobre mis hombros, estiró los brazos alejando su
cara de mi, me dijo con toda dulzura en inglés “Oh, mi querido
doctorcito” y entonces, sin importarle nada quien estaba alrededor
nuestro, me abrazó con todo el cuerpo y me estampó un largo beso en la
boca que me alteró el pulso. Yo lo disfruté y lo devolví. Quien sabe,
si no hubiera sido la mujer de Julio... Cuando
el barco se alejaba del muelle, quedamos solos con el Perro Cohen parados
en la popa. Saludábamos con las manos en alto a las escocesas que con sus
pañuelos nos decían adiós y seguramente lloraban bajo la luz de un
farol amarillento. El Perro Cohen, con una lágrima corriéndole por la
mejilla me dijo: “Qué mujer esta María... qué mujer!! Le juro,
Tercero, que si no fuera por mis hijos, me quedaba en Escocia con ella”.
No fue necesario que ninguno de los dos aclarara por qué no mencionó a su esposa, cuando dijo “...si no fuera por mis hijos...” |
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