Confidencias
Juan Ramón Pombo Clavijo

Ya estaba por abandonar aquél prolijo local, muy aséptico y con fuerte olor a desinfectante, muy “coqueto” y con muy buen gusto para la distribución del alumbrado y que en casi una hora, yo era el único parroquiano y mi único interlocutor, el mozo, dueño y prolijo despachador de bebidas, al que percibí como algo “raro” en su manera de actuar y hablar.

A éste lo asistía, un enorme hombre al que se lo veía haciendo labores de limpieza en una pieza ubicada detrás del cómodo mostrador con banquetas altas y acolchadas.

De pronto se empezó a poblar aquel limpio y pequeño local con gente que venía según me enteré después, de un local ubicado a la vuelta de la esquina, de salas velatorias, o sea de un velorio.

Aquello se empezaba a poner interesante y repetí mi segunda ración de líquido ámbar e instintivamente me toque el grabador que siempre llevaba presto, en el bolsillo de la campera.

Dentro del bar, el ambiente se puso muy animado y a ello contribuía una suave música que de pronto izo su incursión.

Esta vez mi copa, me la sirvió aquella persona de gran dimensión de cuerpo que se apersonó detrás del mostrador para atender a los parroquianos, junto con el dueño e incluso lo vi que manejaba la caja.

Casi con disimulo me corrí a la punta del largo mostrador, para darle lugar a los clientes que iban arribando, allí no llegaban los altos bancos y adopté la clásica postura del bebedor consitudinario; me acodé casi con cariño junto a mi copa recién servida.

Desde allí miraría el mundo que me rodeaba y que en un primer momento, cuando observé que clase de gente invadía aquel recinto, mi primera reacción fue la de largarme de aquél lugar, un bar de homosexuales.

Varios de aquellos, mujeres y muy hermosas por cierto, a pesar que el gesto de casi todos se veía muy adusto y mimetizado por la circunstancia de venir de velar a quien parecía ser integrante de tal cofradía, incluso de vez en cuando se escuchaba algún llanto.

Escanciaba mi bebida con pequeños y espaciados sorbos, dejando que el hielo se derrita y así de esa forma ésta me duraba más.

Al lado mío se estacionaron dos personas que evidentemente habían nacido del sexo masculino y de inmediato prendí mi grabador y un cigarrillo y posé mi practicada estúpida mirada en un punto de la calle que miraba a través de la transparente vidriera.

Con voz afeminada:

<......y tu bien sabes que yo fui pareja de él, hasta casi un año atrás, que nos peleamos y que desde ese momento, no lo volví a tratar nunca más.>

<Luego él se puso en pareja con Victoria, que ya sabés que entre ella y yo, nunca hubo mucho “filling”, desde que fuera pareja de mi hermano; él estaba muy metido con ella, pero ella, voz ya la conoces, ...le gustan todos, “putaza” la pobre.>

Risas y pedidos de copas para ambos.

¡Pobre Aníbal!, quién dijera que iba a morirse de esa forma...ya sé, me vas a decir que muerte es muerte de cualquier forma, pero ¡él!, que se cuidaba tanto de esas cosas ¿no?.

<¡Hay! Me acuerdo y no me puedo aguantar – llegaron las bebidas – deja que yo pago, voz pagas la otra.>

<Cómo te decía, él siempre tuvo costumbre de golpear a sus parejas; cuando no tomaba, era amoroso, pero cuando se “mamaba”, ¿quién lo aguantaba?, se volvía loco de agresivo.>

En esos momentos atinaba a pasar por delante, rumbo a los baños, una mujer, con fuerte olor a perfume barato, que ya superaba con holgura los cuarenta pero que con la ayuda de un cargado maquillaje, aparentaba, diez menos; llevaba sus ojos muy irritados como consecuencia de haber estado llorando.

Besó a quienes mantenían su diálogo a mi lado y sin detener su movimiento y sin yo poderlo evitar, me besó a mí, dejándome más que perplejo.

Ya proseguía su camino cuando el que más había hablado, tomándola de un brazo, le disparó una pregunta.

<Margarita, voz que tuviste una larga amistad con Aníbal...¿verdad que era muy agresivo cuando tomaba?>

La interrogada quedó por unos segundos en silencio y los miró a ambos, luego a mí, que no sabía ya a ésta altura de los acontecimientos, como “zafar” de aquel embrollo y dijo:

__Perdonen, pero no estoy en condiciones de contestar eso ahora, si me disculpan; estoy apurada...

Y sin más se retiró y yo también, ya era suficiente por ese día.

Juan Ramón Pombo Clavijo
Diálogos de boliche
Del Libro “Batuque”

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