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Con el escritor colombiano Héctor Abad
En el país de los ejércitos mercenarios
Soledad Platero
soledadplaterop@gmail.com

DECÍA BORGES que un libro es un objeto sagrado. Héctor Abad Faciolince vive entre libros. Es escritor, editor, lector y librero. Y menciona todas esas ocupaciones con aire maravillado, como si supiera que vivir así, o vivir de eso, de los libros, es un privilegio.

Llegó a Montevideo para presentar una novela que ya superó las diez ediciones, y que tiene la particularidad de contar una historia que le ocurrió a él, y la cuenta con el mayor rigor histórico, sin cambiar un solo nombre, sin exagerar -dice- en nada, sin disfrazar los lugares ni esquivar las palabras dolorosas. Es una novela autobiográfica, aunque el personaje principal no es Héctor Abad Faciolince, sino Héctor Abad Gómez, su papá, un médico que fue asesinado por los paramilitares en 1987.

Por ese crimen, y por lo que hubo antes del crimen, y por el trabajo desarrollado años después como periodista de opinión en varios medios de Colombia, Abad Faciolince es una voz especialmente autorizada para hablar sobre su país.

MENOS VIOLENCIA.

-Ya es casi un lugar común hablar de la violencia en Colombia, pero recuerdo que hace años las muertes eran cosa de todos los días. Ahora parece no haber esa cuota tan alta de muertos a diario, o al menos de muertos políticos.

-No, e incluso de los otros tampoco. El índice de homicidios ha bajado muchísimo en casi todas las grandes ciudades. Y en Medellín, que es la ciudad más violenta, ha bajado particularmente. La última administración local -el alcalde se llama Sergio Fajardo; es un profesor de matemáticas que hizo un movimiento independiente- es una administración extraordinaria, y Medellín ha pasado de tener 7.500 asesinatos al año, de todo tipo, políticos, comunes, pasionales, a estar hoy en 750. Solo en la ciudad de Medellín hubo 7.500 muertos en 1991. Era un índice de homicidios como de país en guerra, de más de 300 por cada 100 mil habitantes. Y hoy estamos en el diez por ciento. No estamos en la crisis, en la epidemia de violencia -que era como mi papá le decía- que se vivió hasta el 2002. Estamos en una situación todavía muy tensa, donde siguen ocurriendo homicidios y robos y atracos y crímenes de bandas, y también por motivos políticos, pero en todos los casos han disminuido a proporciones muy distintas.

-¿Y a qué se debe?

-A muchas causas. En parte, por ejemplo, a que en este momento hay un proceso de paz con los paramilitares, hablamos de 22 mil paramilitares que han estado matando. Y ellos eran los que más mataban, sin duda. La guerrilla también mata mucho, pero no tanto; estos mataban más. Ojalá ese proceso se consolide. Es un proceso de paz lleno de defectos, lleno de impunidades. Esta gente es muy arrogante; ellos quieren entrar en la política como héroes. Pero es verdad que en este momento no están matando. Y se debe también a administraciones locales. Y, bueno, al gobierno nacional: la prioridad de Uribe ha sido la seguridad, y esa política ha tenido ciertos resultados. Yo no soy uribista pero hay que reconocer que se han contenido la violencia y el secuestro. Y administraciones locales que a veces son de oposición o que no son del gobierno -como en Bogotá, que el gobierno es la izquierda o en Medellín, que el gobierno es de un movimiento independiente- han tenido políticas en los barrios, distintas a la pura represión. Han buscado que la gente se integre más en la sociedad, que tenga otras oportunidades de vida, y eso también ha ayudado mucho.

Ahora, siguen los problemas, los paramilitares siguen matando un poco, menos que antes, la guerrilla sigue matando, y también hay partes del Estado que cometen crímenes horribles. Sigue siendo una situación muy conflictiva.

VERDAD ANTES QUE NADA.

-Y ese proceso de negociación ¿ha tenido como precio la impunidad? ¿No han sido juzgados los criminales?

-Están ahí. Estamos en este momento en esa decisión, de cuántas penas van a cumplir. Hay una frase de Unamuno que dice que no hay más justicia que la verdad; para mí la verdadera justicia en este caso sería la verdad. Yo no soy de los que dicen "estos señores se tienen que pudrir en la cárcel". Bueno, en un régimen civil y normal, en un país normal, naturalmente los que cometieron esas masacres tendrían que pasar probablemente el resto de su vida en la cárcel. Como el Estado no fue capaz de derrotarlos, y como el Estado fue cómplice muchas veces, y como nosotros estamos hartos de esta carnicería, muchas víctimas, creo yo, estamos dispuestas a aceptar una dosis de impunidad alta. Que esta gente pague condenas casi simbólicas o irrisorias, pero que a cambio, lo único que yo pediría, lo único que pedimos muchos, es una verdad completa.

-¿Y eso es viable?

-Esa es la lucha en la que estamos en este mismo instante: que haya por lo menos una verdad, que cuando ellos confiesen sus crímenes denuncien realmente todos los nexos dentro del Estado. Curiosamente, ellos denuncian a militares pero todos los militares que denuncian están muertos.

-¿Y si deciden deponer las armas a cambio de postularse a cargos políticos?

-Es terrible. Y lo más terrible es que haya un porcentaje de la población que los vote. Eso está ligado a que ellos dominan territorios, tienen mucho dinero porque están asociados al narcotráfico, tienen un poder de chantaje, tanto violento como económico. Son un poder real.

-¿Cómo se armó eso en Colombia?

-Eso se armó, por ejemplo, porque la izquierda secuestró a la hermana de unos famosos narcotraficantes y ellos conformaron un primer grupo que se llamaba "Movimiento contra el secuestro" o algo así. Y esa fue una de las primeras células. Se armaron también en el campo, donde había muchos secuestros de la guerrilla. La izquierda colombiana nunca condenó suficientemente el método salvaje y abominable del secuestro. En Colombia llegó a haber 7.000 personas secuestradas. Y en este momento hay como 1.800, pero que llevan once años secuestrados. Es una cadena perpetua en la selva. Es decir: es un país muy raro.

-Por eso te preguntaba cómo fue que se armó. Cómo se explica esa violencia tan feroz y tan extendida.

-Hay una tradición, porque Colombia a mediados del siglo XX padeció otra epidemia de violencia salvaje entre liberales y conservadores. Y hubo guerras civiles en todo el siglo XIX y hasta principios del siglo XX, una tras otra. Hay como una costumbre de resolver los conflictos matándonos.

-Es como si cierto proceso modernizador, que tuvo lugar en el resto del continente, no se hubiera completado.

-Se completó pero con puras apariencias. Y a eso hay que añadirle la gran bonanza de la marihuana y luego el tráfico de la cocaína, que ha alimentado la guerra con muchísimos recursos. Mucha gente lleva drogas, porta armas, y hay corrupción en todas las instancias judiciales y en el ejército. Para una economía relativamente pequeña como la colombiana, que entre ese dinero ilegal de las drogas corrompe todo por dentro y alimenta el fuego. Es decir: el fuego está alimentado por la pobreza, además, porque siempre hay mano de obra barata para la guerra. Porque muchachos que no tienen futuro están dispuestos a hacer lo que sea. Y tanto la guerrilla como los paramilitares les ponen un sueldo, son ejércitos mercenarios. Y en los barrios, un muchacho que no tiene nada y que de repente tiene un arma y una moto... bueno, hasta es una manera de conseguir pareja.

-Es eso o ser estrella de fútbol.

-Sí, pero al mismo tiempo Colombia no es solamente eso. También es un país normal, hay millones de personas que viven muy normalmente y que trabajan y que hacen la vida corriente. Somos muchos y es una economía que tiene recursos. Tenemos petróleo, oro, platino, exportamos plantas, productos, café... Y hay una clase empresarial moderna, relativamente, que ha estudiado afuera... No es un país atrasado en todos los aspectos. Si uno se enferma puede encontrar un hospital muy bueno, si tiene plata para pagarlo, claro.

UNA OBLIGACIÓN ÉTICA.

-Hablemos de esta novela..

-¿Qué te quiero decir que no esté dicho ahí, en la novela? Pues es un libro en el que yo me quité la armadura de literato, por decirlo así. Puse algunas técnicas de la ficción pero en general quise escribirlo con lenguaje muy simple. Quise dar un testimonio que para mí era necesario. Es, digamos, el único libro que yo sentía como una obligación ética. Como yo padecí la violencia directamente, yo no podía darle la espalda a ese hecho. Y como me fueron pasando los años, cada vez sentía más la presión de que me podía morir sin contar una historia que solamente yo podía contar. Y que para mí era importante. Además en un país donde la literatura le ha dado tanta voz a los matones, tanta voz a los asesinos, para mí era importante darle voz también a una víctima para mí muy digna, que había tenido una vida, además, hermosa. Para contar la injusticia de esa muerte utilicé la estrategia de contar no solo su vida pública sino su vida privada. Porque las dos tenían correspondencias muy hondas y muy precisas. Y como los asesinos publican versiones justificadas de su manera de actuar, y como ellos dicen -los paramilitares- que cuando matan es porque los otros son guerrilleros, o porque tienen sus causas, yo quería contar realmente cómo habían sido las cosas en este caso.

Además como en Colombia ha habido tantísimas víctimas injustas que han sido asesinadas no porque "algo habrían hecho" sino porque habían hecho muchas veces cosas buenas, a mí me parecía bueno también que esta historia, y mi papá, pudieran convertirse como en un símbolo de las víctimas, en un emblema, como en algo que le diera voz a las víctimas. Y además habla de una Colombia distinta, una Colombia sí, atrasada, pero una Colombia de una familia más o menos normal. Que se levanta a trabajar, que lucha por ciertas cosas.

-¿Y en tu familia no te discutieron? ¿No te dijeron "no, yo no era así", "yo no tenía esos novios"?

-Es que todo es tan familiarmente verdadero que no me podían discutir. Nadie detectó nunca una mentira ahí. No hay ni un nombre cambiado: yo no podía. Cambiar un nombre me resultaba imposible porque ya me sentía diciendo mentiras. Cuando me tradujeron ese libro mío sobre la China (Angosta, 2004) me invitaron a Pekín a presentarlo. Entonces yo había acabado de terminar la primera versión de El olvido... y era diciembre. Y ellas iban para esa finca, "La Inés", que era de mi abuelo, a pasar la Navidad. Entonces yo dije "esta es mi ocasión aquí les dejo" "por favor léanlo en estas vacaciones y en enero nos vemos". Entonces todas estuvieron leyendo, anotando, algunas cosas no las sabían, eran sorpresivas. Y al regreso tuvimos muchas reuniones, con mis hermanas, con mi mamá. Y lo que hicieron fue ayudarme a completar la historia, me dieron más detalles. Y mi mamá, que era como la fundamental, me dijo "no tienes que quitar nada".

-El libro tiene un gran hallazgo, que es la perspectiva infantil. Incluso en los últimos tiempos en que ya evidentemente está hablando un adulto, esa perspectiva infantil, tan tierna, tan afectuosa hace que esa figura idealizada también sea tolerable. Porque el lector siempre se resiste un poco, en cualquier ficción, a creer lo que el narrador le está diciendo.

-Sí, está escrita con el filtro de un recuerdo infantil, son los ojos del niño que veían al padre así. Pero no está idealizado, es tal cual. Te juro... Y también, a mí esa perspectiva me servía por un motivo personal, porque revelar cosas tan íntimas es muy impúdico, pero mientras las revele más como un niño, o un joven, soy menos yo. Era así: un niño que se llamaba como yo.

El escritor que se llama como ese niño no es muy conocido en Montevideo -una injusticia. Incluso antes de haber escrito El olvido que seremos su obra había obtenido el reconocimiento de la crítica y los lectores en su propio país y en el extranjero. Ninguna de sus obras, sin embargo, puede encontrarse en las librerías montevideanas. Para los curiosos que quieran buscarlas en algún lado sería bueno recomendar Basura (2000, Lengua de Trapo) y Angosta (2004, Seix Barral). Más difícil será encontrar textos anteriores.

Amor al padre

CUANDO LO mataron, una tarde de agosto de 1987, Héctor Abad Gómez llevaba en el bolsillo un poema de Borges, copiado a mano. Era "Epitafios": "Ya somos el olvido que seremos./ El polvo elemental que nos ignora/ y que fue el rojo Adán y que es ahora/ todos los hombres y los que seremos". Su hijo encontró el papel, salpicado de sangre, junto con una lista en la que estaba el nombre de Abad Gómez y los de otras figuras públicas ya sentenciadas por los paramilitares y sus cómplices. Supo que su padre sabía que iba a morir.

Tuvieron que pasar casi veinte años para que esta historia pudiera ser contada así, como una entrega y una reflexión. Durante ese tiempo, en Colombia, y especialmente en Medellín, nació y se desarrolló un género literario que el propio Abad Faciolince denominó "sicaresca". En un artículo del año 1995 ("Estética y narcotráfico", Número, Nº 7) Abad hablaba de la "fascinación por el sicario" que había empezado a manifestarse en la literatura antioqueña. Obras como El pelaíto que no duró nada (Víctor Gaviria, 1991), La virgen de los sicarios (Fernando Vallejo, 1994) o Rosario Tijeras (Jorge Franco Ramos, 1999) son parte de un fenómeno estético que toma al sicario como personaje, imita su lenguaje, celebra sus acciones y lo eleva al estatuto de héroe fugaz y vertiginoso, víctima de un sistema brutal constituido por y para la violencia. En el ámbito de la sicaresca, la vida es un tránsito acelerado, un apurón en el que hay que tragar lo que se pueda y sobrevivir a cualquier precio y caiga quien caiga. Hermana literaria de la cámara testigo, la novela sicaresca no está ahí para opinar, sino para capturar los hechos en su más redonda platitud; para facilitar un retrato efectista que se consume rápido y se recuerda poco.

En la otra punta, El olvido... parece proponerse la restitución de ciertos significados perdidos, mediante un cuidadoso manejo de la temporalidad. Narrada desde la perspectiva infantil, recupera el ritmo lento y dulce de una casa antioqueña en la que viven diez mujeres, el niño y su papá. El papá es médico y profesor de la universidad, y es, para el niño, mucho más importante que Dios. Tanto, que el niño ha decidido secretamente que si su papá se muere, él se arrojará a las aguas del río Medellín, para morir también. Esa confesión de amor inocente y desmesurada consigue la inmediata simpatía del lector, que ya sabe que no habrá remedio, que el papá va a morir -es cuestión de tiempo- y se prepara entonces para acompañar al futuro huérfano hasta ese minuto infame pero inevitable.

En ese sentido El olvido... funciona como una tragedia, en la que el héroe se precipita inexorablemente hacia su perdición mientras el público padece la angustia de no poder detener la caída. Pero el héroe no es el padre, en este caso, y tampoco es el hijo. El héroe es más bien una figura compleja: es el padre y el hijo, y es el vínculo profundo entre los dos, y es lo bueno y lo noble de la vida, que cae bajo la violencia tosca y negra de la muerte.

"Yo amaba a mi papá con un amor animal. Me gustaba su olor, y también el recuerdo de su olor, sobre la cama, cuando se iba de viaje, y yo les rogaba a las muchachas y a mi mamá que no cambiaran las sábanas ni la funda de la almohada. Me gustaba su voz, me gustaban sus manos, la pulcritud de su ropa y la meticulosa limpieza de su cuerpo. Cuando me daba miedo, por la noche, me pasaba para su cama y siempre me abría un campo a su lado para que yo me acostara".

La memoria es más sofisticada que la repetición, y la novela es más sofisticada que la crónica. Un narrador que recuerda, que recupera situaciones, climas y sensaciones hace mucho más que dejar constancia de los hechos. Consigue restituir el valor simbólico de las cosas. La muerte, transformada por la sicaresca en valor de cambio, recupera en esta novela el peso rotundo de lo absoluto, de lo incesante e intransferible. Un absoluto que exige una elaboración, una productividad que otorgue sentido a la tragedia. Morir no alcanza. La vida de los personajes, los dolores que atravesaron en el curso de esa vida, las batallas que ganaron y las que perdieron, son el contrapeso de ese minuto negro. Abad abre en esta novela un diálogo con su propia historia y con la historia de su país, pero no lo hace solo a través del tema, sino -y especialmente- a través del procedimiento. La conmovedora riqueza de El olvido... se aloja en su parcialidad, en la trampa de la voz infantil, en la elección de los textos ajenos que abren el relato, en la decisión de hacer literatura para rescatar de cualquier distracción posible lo que fue salvajemente arrebatado por la violencia.

EL OLVIDO QUE SEREMOS, de Héctor Abad Faciolince. Ed. Planeta, 2007. Bogotá. 274 págs. Distribuye Planeta.

 

Soledad Platero
El País Cultural
soledadplaterop@gmail.com

 

Autorizado por la autora - En Letras-Uruguay desde el 13 de abril del 2012

 

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