|
Andar, caminante, con sed de trigales y fuentes
gasté mi moneda en delirios, en utopías francas, dulces
creyendo en el hombre y en los Dioses que edificaron sus eras.
Más luego el azar; el destino que siempre es
destino y vanidades
la certidumbre del desgarro. El navío de los
hombres, ¿qué otra cosa es el penar?
Es cierto que en mis días hubo fragua
hubo aguas, brazos en el timón y el enfrentar el cierzo.
Es cieno que algún día, algún día hubo fiesta
voces amigas, amantes, dando calor y enjundia
a este brote tardío que bebía y bebía
el milagro de vivir, el sueño concluyente de latir,
latir, digo.
No es excepción el sueño, ni después el deber orgulloso
de entrar doliente en la nostalgia amable.
Mis pertenencias: la muerte. Mis deudas: el silencio.
Mi sino: el de cualquiera.
Todo pasó amante, maravilloso, agreste, indócil.
Todo pasó y ahora cargo un hombre con el peso
de Dios, su fuego, sus perdones.
Importan ya poco los colores, aquel ardor del color.
El árbol es raíz y rama: deben ser propias,
bondadosas, ligeras.
Pisaré esta grava y otra grava. Beberé de mí, de
aires, de otros.
|