Cristina Peri Rossi

 

Vino nuevo en odres nuevos

"Pienso, entonces, que se escribe porque se muere, porque todo transcurre rápidamente y experimentamos el deseo de retenerlo; la literatura es testimonio, precisamente porque todo está condenado a desaparecer, y eso nos conmueve ya veces nos pide a gritos residencia. Escribo, por lo tanto, porque estoy momentáneamente viva, en tránsito, y no quiero olvidar aquella calle, un rostro que vi mientras caminaba, o la alegría que sentí al manifestar por la calle junto a compañeros que no habían leído libros, ni sabían lo que bacía yo, ni me lo preguntaban, pero alcanzaba con saber que en ese momento estábamos uno al lado del otro, hacíamos algo juntos, y ese sentimiento creaba la confraternidad." Si se piensa que esta cita (reportaje a Cristina Peri Rossi, en Marcha, 27 de diciembre de 1968) pertenece a una escritora nacida en 1941, hay que admitir que algo está cambiando en las letras nacionales; por lo menos que una parte de los jóvenes que escriben han acelerado su ritmo de maduración vital, y, lo que es más estimulante, que ese cambio se ha producido en su nivel de simples seres humanos antes aun que en su calidad de escritores. A conclusiones como las arriba transcriptas, o parecidas, también llegaron en su momento algunos escritores de promociones anteriores, pero por lo general esa certeza sobrevenía sólo después de los cuarenta.
Tal sazón no corresponde por cierto, a todos los jóvenes. También hay jóvenes viejos que respiran aliviados cuando alguno de sus mayores afloja el paso o cae en concesiones. Justamente por su ejercicio en varios géneros (cuento, poesía, ensayo); por su modo tajante, y a la vez austero, de expresar sus convicciones y de entender su militancia; por su franqueza sin cálculo cuando se ve conminada a hacer la nómina de sus preferencias nacionales (dos vivos: Onetti, Idea, y tres muertos: Felisberto, Megget, Falco); por su comprensible incomprensión de ciertos desgarramientos que sufren otros (el hecho de escribir un poema al Che no siempre significa la cómoda instalación que ella detecta); por la dimensión estética en que deliberadamente coloca su ejercicio literario; por haber sido premiada por sus pares (Jorge Onetti, Eduardo Galeano, Jorge Ruffinelll); en fin, por sus cálidas esperanzas no cicatrizadas. Cristina Peri Rossi es particularmente representativa de los jóvenes-jóvenes, y por eso valdría la pena encarar su personalidad literaria como un ente total que incluya no sólo sus cuentos, sus poemas, sus ensayos, sino también su respuesta vital, comprometida.
Empezaré por un mea culpa. Admito que se trata de un prejuicio bastante necio, pero la verdad es que nunca me han gustado los títulos en gerundio; quizá por eso, cuando apareció el primer libro de Peri Rossi, Viviendo (1963), no lo leí de inmediato sino un par de años después. Curiosamente, y quizá por primera y única vez en mi experiencia de lector, encontré que el gerundio titular estaba justificado por el texto. Tal como lo quiere la gramática, expresaba alli el verbo en abstracto: los personajes de los tres relatos ("Viviendo", "El baile", "No sé qué") son seres marginales, que no consiguen afirmarse en ese imprescindible trozo de vida, inevitablemente concreto, capaz de dar sentido y justificación a un azar individual. Tanto Anabella, la prematura solterona de "Viviendo", como Silvia, la peluquera pueblerina ("El baile") que se deslumbra por error, o Sonia, la opaca y lúcida protagonista de "No sé qué", padecen una congénita imposibilidad de actuar, de influir de algún modo en su propio destino. El suyo no es el fracaso del que juega y pierde, sino del que no se atreve a jugar. No es la soledad que vive de recuerdos, sino la que no llegó a fabricarlos. Sin embargo, Anabella, Silvia y Sonia tienen sendas oportunidades de enderezar sus respectivas y monocordes existencias: sencillamente, hacen muy poco por asir la ocasión, cuando ésta las roza. No son víctimas del azar, sino más bien sus victimarias.
El presente está tan condicionado por rutinas, prejuicios y recuerdos ingrávidos, que toda relación con él queda inmovilizada en una frustración cualquiera. Es, con todo, un mundo de apariencias, pero curiosamente la apariencia no es aquí una realidad idealizada o ambicionada, sino que constituye un nivel tan mezquino como las pobres vidas que a duras penas cubre. Extrañamente, ese tácito desprestigio de las apariencias infunde un cierto respeto en el lector, quien lentamente llega al convencimiento de que estos personajes hacen de su melancolía una suerte de compromiso. Viven sin amor porque eligen, conscientemente o no, la soledad; hay una parálisis social, una atonía sentimental, un sopor psicológico, en esos seres que contemplan desinteresadamente el alrededor y contagian su letargo al paisaje. Pero eso mismo los arranca, en tanto que personajes literarios, del mero realismo, y les inculca una condición poco menos que fantasmal. No se trata sin embargo de apariciones, de almas en pena, sino de esa índole espectral que tienen ciertos hombres y mujeres, incapaces de imbricarse en su medio: fantasmas sí, pero de carne y hueso. Ya señaló alguna vez José Carlos Alvarez que "hay algo de monocorde en estas tres narraciones; parecería que ellas forman parte de una letanía hecha de una grisura, una lluvia, un silencio, y una melancolía, provocados y buscados. Pero todo surge con tanta autenticidad en Viviendo y con una sugerencia tan atractiva, que bien se puede disculpar a la autora una reiteración que tiene algo de transfigurante". En esa falta de reacción a los estímulos exteriores, en ese torpor aparentemente irremediable, hay seguramente un símbolo, una metáfora estructural que sólo ahora, al aparecer su segundo libro, se clarifica. Casi podríamos decir que los relatos de Viviendo son los museos antes de ser abandonados, o sea que se trata de un orden ya carcomido, sin respuesta válida para el hombre de hoy y su dramática conciencia.
En el lapso medio entre los dos libros, hay, entre otros, dos textos de la autora, aislados pero significativos: el relato "Los amores" y el poema "Homenaje a los trabajadores uruguayos del 1 de mayo, aplastados por soldados y policías". El primero lleva a una instancia de demencia la anquilosis temperamental, la resistencia al cambio, que ya aparecía en algunos personajes de Viviendo; el segundo, pese a su título de pancarta, es una reacción estremecida y estremecedora frente a aquellos sectores de la sociedad, voluntariamente ciegos y sordos, que sé autoconvencen de una paz que no existe. Este poema otorga verdadero sentido a la simbología latente en los relatos anteriores y posteriores, ya que Peri Rossi es en poesía mucho más directa que en su zona narrativa. Ese poema incluye una ironía desgarrada, una contenida energía que en cierta manera lo aproximan a los certeros poemas políticos de Ernesto Cardenal.
Los museos abandonados obtiene el Premio de los Jóvenes, de la Editorial Arca, en 1968, y es publicado en 1969; dos años que probablemente serán decisivos en la vida del país. La muerte está en las calles, la obcecación en el poder el poder pierde sus máscaras. Evidentemente, es hora de abandonar los museos, con sus estatuas que perdieron vigencia, sus momias acalambradas en gesto hipócrita, y también con sus irreparables deterioros y su olor a podrido. Es hora de abandonar las valetudinarias excusas, los lugares comunes en vías de desintegración, las cobardías en cadena. Es hora de salir al aire libre. No piense el lector, sin embargo, que Peri Rossi dice este mensaje con la exactitud y la puntualidad de un teorema o de un panfleto. De ningún modo; la narradora (que conoce bien su oficio y maneja hábilmente su instrumento) instala su convicción en una alegoría, pero luego ésta funciona de acuerdo a leyes alegóricas y no a pasamaneria política. Para decir lo que quiere o lo que intuye, revisa el anaquel mitológico y extrae Ariadnas y Euridices, pero de inmediato ajusta los tornillos a los presupuestos míticos y, al poner al día sus símbolos, les hace rendir significados nuevos. Ahora sí hay presencias definidamente fantasmales: son las viejas maneras de concebir arte y vida, muerte y justicia. A veces llega a pensarse que el mundo total es un gran museo destinado a quedarse solo, y esta imagen está en cierto modo refrendada por el único relato, "Los extraños objetos voladores", que transcurre fuera de los vacantes repositorios culturales.
Este cuento, que ocupa exactamente la mitad del volumen, me parece el punto más alto de la producción de Peri Rossi. Cierto engolosinamiento metafórico, cierta anfractuosidad poética, que a veces aminoran la eficacia de los tres relatos de museos, están ausentes de este riguroso texto, en que la autora muestra su mejor condición de cuentista nato. Sin hacerle trampas al lector, nl trampearse a sí misma, Peri Rossi construye una atmósfera de creciente terror, pero conviene aclarar que se trata de un espanto normal, de cotidiano desarrollo, algo que no golpea sino que (lo que es mucho más grave) transforma. Aquí el estilo es despojado; la anécdota (pese a la insólita pauta en que transcurre), de una sobriedad sin fisuras; el penitente final produce en el lector el buscado sobresalto metafísico. Todo esto metido en un contorno regulado por la costumbre; norma esta poco menos que obligatoria, ya que a medida que el relato avanza, casi podría decirse que el lector asiste a sucesivas efracciones de la rutina, y hasta se vuelve corresponsable de esa fractura de tradiciones. El cuento es la historia de una amenaza (un objeto marrón se instala en el espacio, y su presencia nihilista trastorna y limita progresivamente la realidad), una suerte de ultimátum absurdo y sin embargo verosímil. Todos los recursos literarios de la autora (que son casi siempre eficaces, originales) están puestos al servicio de una alarma, es cierto; pero una alarma en que nos va la vida.
Después de la enquistada soledad de Viviendo: este abandono de los museos, del orden antiguo, de la caduca estructura. ¿Qué vendrá después? Quizá puedan hacerse pronósticos a partir de la frase final del último cuento, "Los refugios": "Cubrí a Ariadna con una de las sábanas que protegían a las estatua; del polvo y del tiempo. Nos quedamos adentro, en silencio, hasta que todo estalló, como una gran fruta madura, como una formidable víscera descompuesta", O sea: después del abandono, la presencia fantasmal de los viejos mitos, de los antiguos moldes; después de esa presencia y de su fracaso, el estallido renovador, la destrucción para construir. Ahí adquiere su sentido la dedicatoria que encabeza el volumen: "A los guerrilleros. A sus héroes innominados. A sus mártires. A sus muertos. Al Hombre Nuevo que nace de ellos. Aunque éste sea, en definitiva, el más torpe homenaje que se les pueda hacer". Sin embargo, no es un torpe homenaje. Este afán de transfigurar en arte, de convertir en alegoría, un angustioso pero decisivo viraje de la historia, de nuestra historia; esta intención de convertir en estremecimiento estético un cataclismo social; este propósito de no hacer panfleto sino remoción; todo ello forma parte de una respuesta revolucionaria al desafío de este siglo, de este año, de este mes, de este minuto (1).

(1) Con posterioridad a la redacción y publicación (en el semanario Marcha) de este trabajo. Cristina Peri Rossi obtuvo precisamente el Premio Marcha con su novela El libro de mis primos.

Mario Benedetti (1969)
Literatura uruguaya siglo XX
La República - 1992

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