Banderas
por Cristina Peri Rossi

POR CADA hombre muerto, se regala una bandera. La ceremonia es sencilla y se desarrolla siempre de la misma forma, en la intimidad de la familia y sin curiosos que interfieran. Primero llegan dos oficiales que comunican la triste noticia a los deudos; luego, comienzan los preparativos para la entrega de la bandera. Hay que hacer notar que la presencia de los oficiales tiene un efecto moderador sobre el dolor de las familias que, por sobriedad, contienen sus manifestaciones de pesar. Algo en los uniformes, en los gestos medidos y protocolares impone límites a los sentimientos exasperados: se llora con más recato. Para desplegar la bandera, se prefieren las superficies chatas, como la mesa del living, por ejemplo, con mucha solemnidad, en medio del silencio general (sólo se escuchan los sollozos ahogados de alguna mujer). uno de los oficiales procede a extenderla con mucho cuidado, procurando que no se formen pliegues La bandera se desenvuelve sobre la mesa como si fuera el tapiz, antes de la celebración de la misa. Una vez ha quedado extendida, el otro oficial dirige algunas palabras -sobrias, contenidas- al público reunido. Se habla de valentía, honorabilidad y servicio a la patria. Cuando termina, se hace un minuto de silencio. Luego, el mismo oficial, procede a enrollar la banden. Podríamos decir que éste es el momento más emotivo de toda la ceremonia. Muchas familias no pueden contener el llanto, las cejas crispadas.

La bandera se pliega así: primero, se dobla por uno de los extremos, de modo que forme un pequeño triángulo, luego el triángulo se dobla sobre sí mismo y así sucesivamente; hasta terminar con la bandera. Cuando ésta se ha reducido a un cuadrado, en virtud de la propiedad geométrica de la adición de dos triángulos equilátero iguales, uno de los oficiales (no el que la enrolló) procede a depositarla en manos de uno de los miembros de la familia, que la recibe con gran emoción. Puede decirse entonces que la ceremonia ha concluido, y los oficiales, haciendo el saludo de rigor, se retiran.

Si bien la bandera así doblada no pesa mucho, en cambio se ha advertido que es algo incómoda de llevar. El miembro de la familia que la ha recibido suele no saber qué hacer con ella. Colocada debajo del brazo. a la altura de la axila derecha o izquierda, si bien permite disponer de las extremidades con libertad, en cambio produce mucho calor, especialmente en los días de verano. Si se la sostiene entre las manos, obstaculiza otras tareas, necesarias para la continuidad de la vida, como gesticular, por ejemplo. También es difícil encontrarle un lugar en la casa. Seria irrespetuoso -dado que de alguna manera la bandera es el padre o el hijo muerto- colgarla de la pared del living, donde adquirida un carácter decorativo no siempre a tono con los demás ornamentos. Usada como sábana tiene el inconveniente de no ajustarse exactamente a las dimensiones de las camas normales, y el frío, además, se cuela por los costados. Y nadie comería a gusto encima de los colores que representan al noble soldado muerto. Hay madres que la colocan encima del tocador, pero se llena de polvo y atrae a las polillas. Lo más adecuado parece ser guardarla en una bolsa de nylon en el cajón de la ropa en desuso.

Se ha visto, con todo. hombres por las avenidas transitando con su bandera arrollada debajo del brazo, como el periódico de la tarde.

El creciente consumo de banderas ha dado lugar a una floreciente industria. Multitud de mujeres desocupadas se dedican, ahora, con todo esmero, a ¡a confección de pabellones patrios para cubrir las necesidades del ejército, la aviación, la marina, la infantería, el cuerpo de paracaidistas, las brigadas especiales, los lanza-llamas, el servicio de expedicionarios y los selectos equipos de bombarderos. De este modo, la población del país se ha dividido en dos grandes categorías: aquellas personas dedicadas ala confección de banderas y aquellas destinadas a recibirlas. Pero no son dos sectores separados entre sí. Muchas veces una mujer que se encontraba cosiendo a máquina, las tres franjas de color que componen nuestra bandera, fue interrumpida por dos oficiales que cumplían el penoso deber de entregarle una, no cosida por ella.

Como menudas diferencias se advierten en la confección de una bandera y otra (el espesor del hilo, el ancho de la bandera de separación entre un color y otro, el tamaño de las puntadas, la costura de los bordes), se ha desarrollado entre las gentes una curiosa afición: coleccionar piezas raras. Las familias estudian entre sí las características de sus numerosas banderas y se dedican a buscar aquellas que se distinguen por alguna peculiaridad, desdeñando las fabricadas en serie. Un pequeño mercado negro de banderas se ha iniciado, al margen de la entrega oficial. Pero este tráfico indecente no afecta a la mayoría de las familias del país, que con todo esmero continúan fabricando banderas. Todo lo cual revela el alto grado de patriotismo del que gozamos en la actualidad. 

por Cristina Peri Rossi
El País Cultural Nº 272
20 de enero de 1995

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            Cristina Peri Rossi en Letras Uruguay

 

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