Tangata de la feria de Tristán Narvaja
Gualberto Pérez Barbagelata

Bandoneón en las manos blanquecinas de un ciego

Evoca las cadencias

La tristeza sin norte de cien tangos

Pero no crea ninguno.

 

Un pregón verdulero se lamenta,

Cocoliche en la sangre,

Y las gordas vecinas regateando vintenes

Mientras chancletean desesperanza.

 

Desde lejos el eco

-se desliza entre paredes ya leprosas

abrazando los plátanos torcidos

la galera del viejo mercachifle-

de tamboril que baja con su llanto.

 

Multitud peregrina en un mirar constante,

Portes expresionistas taciturnos

Algún niño que ríe

Perros ladrando a la melancolía.

 

Y es la tenue vitrola que convoca desde un tiempo

Sin tiempo

A la voz de Caruso.

Languidece de años la sonrisa de la Bella Otero

En la negra postal.

Un óleo de bazar que representa una calle de vicio

En grotescos colores,

Mientras a una pobre trotacalles

Le cambiará la vida una camisa

Que le destaque el busto.

 

El cielo despiadado y muy plomizo

Contradice al sermón sobre la biblia,

Y un libro que nos habla de Don Bosco

Se refriega sin saco a las antiguas

Postales catalanas de relajo.

 

Desde el bronce en la altura, es Dante

Quien contempla

Con el genio fruncido

Preocupado

La caravana que se hunde por Tristán hacia abajo

Por los círculos tristes.

Gualberto Pérez Barbagelata

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