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De los derechos de los escritores
Gualberto Pérez Barbagelata

Felizmente transitamos un período, a partir del 2004, favorable a la agremiación y a la defensa de las reivindicaciones de los trabajadores. Estos vientos de fronda llegaron incluso al ámbito de la cultura con la histórica ley que beneficia a la gente de teatro y los artistas en general, permitiendo para ellos un retiro digno y no la orfandad a que nuestra sociedad los condenaba luego de toda una vida dedicada a darnos lo mejor de su arte. En este período el Estado no ha estado omiso ni ha permanecido neutral, alcanzándose logros impensados en el país, como hacer extensivos los derechos sociales al trabajador rural y a las empleadas domésticas.

En este clima tan favorable, de reivindicaciones concretadas o a un paso de serlo, la situación de los escritores uruguayos desde el punto de vista de sus derechos sigue siendo una asignatura pendiente. Algo curioso,  y que merece ser analizado un poco.

El colectivo de nuestros escritores ha estado integrado en su núcleo más significativo por personas que no habitan una torre de marfil, preocupados por el mundo que los rodea y sensibles ante la problemática de “la humanidad doliente” (al decir de Romain Rolland). Como consecuencia, siempre han dicho presente a la hora de apoyar causas justas. Por eso puede resultar una paradoja el poco interés manifestado cuando se trata de unirse para bregar por sus propios derechos.

Y se preguntarán los lectores, ¿cuáles son esos derechos? En primerísimo lugar el Derecho de Autor, no siempre respetado por los editores y ni siquiera –a veces- por los interesados; no ha faltado quien, en el afán de ver en letras de molde sus producciones, ha llegado a aceptar condiciones inaceptables. Pero existen otros temas: la dignificación y multiplicación de los premios literarios en el Uruguay, por ejemplo. Y ante todo, lo más básico: la pensión para los creadores literarios de cierta edad, las soluciones de salud y un lugar agradable para que habiten los que llegados a una edad avanzada estén solos y no tengan medios económicos. Cosas simples y concretas, de las cuales sin embargo poco se habla.

Muchos lectores tal vez se asombren con lo que hemos venido afirmando, pero tal es el estado de cosas en el ámbito de los cultores de la escritura. Los motivos para ello son varios, pero no es menor la falta de vocación corporativa de los escritores, y también el fracaso histórico de los intentos de formación de asociaciones que los reúnan (recordemos la peripecia de ASESUR en los años de la restauración democrática, y el abortado intento de establecer una filial del Pen Club, en los primeros noventa). Pero entendámonos: medimos esos “fracasos” por la ineficacia que tuvieron tales ensayos de agremiación en cuanto a la lucha específica por los derechos del escritor. Porque fueron pródigas, sí, en establecer contactos internacionales –algo que aprovecharon en última instancia quienes fungían en los cargos directivos- y en la promoción de manifiestos de apoyo a causas sociales y políticas (lo que no estaría mal... sí se cumplieran antes los cometidos que le son específicos).

Otra causa que puede explicar la omisión de los mismos escritores en cuanto al que debería ser de su interés corporativo, es sin duda el núcleo social del cual provienen: casi todos son hijos de la clase media; muchos profesores, otros periodistas, un nutrido número de funcionarios públicos, y algunos profesionales. El origen de clase, y el hecho de seguir cultivando la tarea de escribir en general al decir de Cristina Peri Rossi “como un hobby de fin de semana”, no permitió que se generara la conciencia de formar parte de un colectivo de trabajadores de la cultura.

En la demanda, los más perjudicados fueron y son los escritores más puros, los entregados en cuerpo y alma a su trabajo como poetas, narradores, ensayistas y cronistas. Muchas veces los mejores, los más originales, los más intensos y genuinos.

Pero el tema da para mucho más, y prometemos seguirla en la próxima.

Nuestra primera nota estuvo dedicada a plantear una de las tantas paradojas uruguayas:  el alto nivel de conciencia cívica de sus escritores en general, y el desinterés o incapacidad de los mismos para defender y luchar por sus derechos específicos.

Determinamos como una de las causas de tal anomalía la extracción de clase de nuestros literatos –provenientes en su amplia mayoría de los sectores medios-, y el percibir el oficio de escribir como algo subsidiario, y hasta secundario si se quiere, aplicando sus mayores esfuerzos y energías a otros menesteres laborales. Y otra causa, no menos importante: la carencia de agrupamientos, derivada de su falta de conciencia en cuanto colectivo que se asume como tal.

Ahora vamos a seguir profundizando en el tema. Remontándonos en el tiempo, observamos que gracias a la acción crítica y ética de la Generación del 45 los escritores dejaron desde los años sesenta de danzar al compás de las prebendas y limosnas del Estado, asumiendo dignamente una situación de intemperie que era el precio de la libertad de criterio. Sin quitarle méritos a este grupo por momentos brillante, desde la problemática de hoy podemos percibir que les facilitó mucho asumir esa actitud tan radical –que rompía con complacencias arraigadas desde hacía décadas- el hecho que todos ellos tuvieran o una profesión sólida, o un firme empleo burocrático, o una cátedra universitaria, o un prestigioso lugar en el periodismo. Y ese gesto de alejamiento de los cantos de sirena del monstruo filantrópico estatal, que fue en principio saludable, se tergiversó más tarde en una suerte de puritanismo que veía con malos ojos cualquier intento de cooperación en pro del colectivo de escritores.

Muchas consecuencias generó a nivel social esta postura individualista; ese considerar vicario el ocuparse de los problemas más concretos y específicos. Entre ellas: la percepción –para la mayoría de la gente- que el trabajo del escritor es algo gratuito, y que no debería cobrarse por ello. A tal punto llegó esto, que aún en el presente el Uruguay debe ser el único país de Latinoamérica donde los escritores dan sus conferencias gratis, y se toma a mal que pretendan un pago a cambio de ese esfuerzo intelectual.

Transcurridos los años, los criterios de esa promoción continuaron, con muy pocos intentos –tímidos- de revisión o cuestionamiento. 

La consecuencia es  la situación actual, donde los escritores son –nos guste o no- uno de los sectores de la cultura más desprotegidos. Pero me interesa insistir en la percepción que tiene el uruguayo sobre la Literatura y sus hacedores.

Muchos siguen orgullosos de nuestra cultura promedio, repitiendo aquello (que podía ser verdad en los cincuenta pero ya no) de que un juntapapeles puede hablar de la Divina Comedia y de Mozart, obviando o no queriendo enterarse de estudios recientes –como el  realizado por el Observatorio Cultural de Facultad de Humanidades- que llegó a resultados alarmantes y patéticos en cuanto al nivel real del nivel cultural en la juventud de todos los barrios de Montevideo. Los que así se complacen, aferrándose a un pasado esplendor ya lejano en el tiempo, parecen no darse cuenta que en nuestro medio no se valora y estima debidamente a los escritores.

Esta indiferencia, o desinterés se proyecta a todos los niveles. Desde el Estado (en sus diferentes roles y ámbitos), que hace demasiado tiempo que no reedita a tantos estimables poetas y narradores, y a muchos ensayistas valiosos de generaciones pasadas; que le pone el nombre de figuras valiosas de las Letras a callejones perdidos en el mapa, mientras sigue bautizando arterias importantes con la gracia de algún Juan de los Palotes (que a veces ni méritos ostenta...) Y al escritor vivo no se lo tiene en cuenta a la hora de los nombramientos, salvo que sea “correligionario de” o “amigo de”, pero nunca por sus méritos intelectuales.

Y la empresa privada acompaña ese criterio; ¿alguien supo de una gran marca de plaza, o de una Fundación, que por aquí auspiciara un concurso literario?, ¿que ofreciera becas?, ¿que auspiciara eventos literarios? Y el ciudadano de a pie no le va a la zaga; hágase una encuesta y se comprobará que debemos ser uno de los países donde la condición de escritor está peor considerada y vista.

Ante la afirmación que venimos realizando  sobre el poco aprecio que existe –a nuestro modo de ver- en el Uruguay de las últimas décadas respecto a sus escritores, algo que se expresa a través del retaceado apoyo estatal pero también en lo privado y a nivel del ciudadano común, muchos podrían recordarnos el fervor que por aquí despiertan escritores como  Mario Benedetti y Eduardo Galeano.

Pero el hecho que estos dos autores sean estimados entre nosotros –en algunos casos hasta la veneración- no contradice lo que venimos planteando. Es más: en cierto modo lo confirman.

Lo llamativo está en que son los únicos que disfrutaron –por su fama bien ganada- del fervor de la gente entre nosotros. En todas partes existen escritores muy populares y otros no tanto, lo que poco o nada tiene que ver con calidades ni trascendencia de la obra; al fin y al cabo: Kafka murió inédito, lo mismo que Emily Dickinson, o alguien más contemporáneo como John Kennedy Toole -el autor de La conjura de los necios- y hoy integran el panteón de los grandes .

A lo que voy es al núcleo del problema: algo anda mal en un medio donde solamente dos escritores reciben todos los homenajes, el destaque mediático, el entusiasmo de la gente, y los demás son casi ignorados. Pongamos el caso de nuestro único Premio Cervantes, de quien este año conmemoramos el centenario: Juan Carlos Onetti, el mayor de nuestros narradores, cuyos libros apenas si se encuentran en algunas librerías pero no en todas.

Si uno ha tenido sus viajes,  y sabe estimar y ver la realidad cultural en otras partes, puede comparar luego. Tanto en Buenos Aires como en Madrid o México, pude constatar que son muchos los escritores que comparten al mismo tiempo el interés de los lectores en mayor o menor medida. Esto es lo natural en ámbitos literarios vitales y dinámicos. Pero además me di cuenta que en todas las ciudades nombradas el escritor –más allá de su popularidad- es valorado por la gente por el rol que cumple. En México de manera preponderante: donde hasta “un analfabeta” (como ellos dicen) mira con respeto a un poeta; donde el Estado tiene su tradición en cuanto apoyos económicos a las Letras, y donde muchos escritores han sido destinados al servicio diplomático. Pero con matices y en menor medida, cruzando nomás el Río de la Plata, la tan vapuleada y algo arcaica Sociedad Argentina de Escritores (la SADE) consiguió a través de los años mejorar premios literarios y algunos beneficios para los literatos. 

Recientemente, la más vital y coherente Sociedad de Escritoras y Escritores de la Argentina, secundada por la recién mencionada SADE y del Espacio Literario Juan L. Ortiz, pero además de incontables firmas de escritoras y escritores no agremiados y autoconvocados, acaba de lograr –luego de meses de un trabajo constante de diálogo y convencimiento en el seno del parlamento capitalino- que se apruebe por mayoría del seno del Consejo Deliberante de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires un proyecto de ley del fallecido diputado Elvio Vitali (el recordado fundador de la legendaria librería y café Gandhi), que otorga a los escritores mayores de 60 años una pensión vitalicia equivalente al ingreso básico del personal de servicios sociales y administrativos del gobierno porteño.

¡Qué diferencia con lo que acontece por aquí! Más allá que, nobleza obliga, es menester reconocer que la Casa de los Escritores, entidad que desde hace algún tiempo ha asumido entre nosotros un rol equivalente a una “asociación” del ramo, tomó debida cuenta del proceso porteño y está dando los primeros aunque muy tímidos pasos para intentar bregar aquí en igual sentido.

Pero volvamos a los comienzos de nuestra reflexión: los propios escritores uruguayos no hemos trabajado en procura de, por lo menos, algunas conquistas mínimas, como tener asesoramiento legal –que sí tienen los socios de Agadu: los músicos, los letristas, y de los escritores únicamente los dramaturgos- para enfrentar la creciente arbitrariedad de ciertos editores y lograr derechos sociales básicos para los más desprotegidos de entre sus pares.

Gualberto Pérez Barbagelata

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