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La llamada fatal
De "Cuentos para Francisco"

Nelson Perazza

 

Cuando el 5 de noviembre de 1937, se inauguró el "Hipódromo de Las Piedras" lejos se estaba de suponer la influencia que el acontecimiento marcaría, no sólo en el deporte de los reyes, sino también en la vida económica y social del departamento de Canelones. Porque este tipo de quehacer es acompañado por lo que los economistas suelen reconocer, hoy día, como un efecto multiplicador que hace que se le vinculen actividades que, en principio, no daban sensación de estar relacionadas.

Sin embargo, ha sido fehacientemente comprobado que el turf gravita y genera ingresos en el comercio, industria, servicios hasta en el propio agro donde la producción de granos y verduras con destino a la alimentación animal es rubro importante de explotación.

Uno de los primeros acontecimientos que se derivaron de la instalación del circo pedrense fue la presencia de una curiosa caravana que, en los días de reunión, transitaba la ruta al hipódromo partiendo de la Ciudad de Montevideo desde diversos puntos estratégicos: Plaza

Independencia, Plaza de los Treinta y Tres, Palacio Legislativo y Villa Dolores. Los ómnibus, con techos corredizos, asumían una estampa singularmente simpática y fueron bautizados, por el siempre atento ingenio del pueblo, como "bañaderas" en virtud de la similitud que tenían con tales artefactos de la higiene familiar.

Pero no sólo se registraron este tipo de hechos. La actividad lúdica generó paralelamente, un mundo nuevo, distinto, el que alteró en parte las costumbres un tanto aldeanas que distinguían a Las Piedras pese a ser una de las ciudades más populosas de la república y ubicarse a veinte quilómetros de su capital nacional. No olviden que estamos hablando de medio siglo largo, atrás.

El hipódromo, curiosamente emplazado sobre padrones pertenecientes a dos departamentos distintos, ocupaba amplio espacio contiguo al lugar donde, en 1811, se había librado la célebre batalla, mojón del proceso independentista. Ello originó que, de inmediato, irónicamente se sacara esta graciosa conclusión: "El único que ganó en Las Piedras, fue el General Artigas".

Quizás desde ese momento en que impensadamente se largara tan aguda reflexión a los cuatro puntos del país, se estaba dando pie inicial a una serie de vivencias, cuentos y anécdotas que han servido para recrear ese particular entorno de las actividades hípicas y alimentar una inagotable fuente de folclore ciudadano. Cientos, miles de situaciones graciosas han ocurrido desde entonces y han recibido ese aditamento que toman las cosas cuando transitan el complejo mundo de las tradiciones orales.

Carreras que se amañan, aciertos que no se pagan, clandestinos en apuros, fijas que fracasan, estímulos excesivos, pasando por el cúmulo de datos, cábalas y otras yerbas, componen ese mundo del turf "sui generis" que vive y se agita desde los círculos más jerarquizados hasta las ruedas fogoneras de los peones del stud.

Y, nuestro Canelones, vivió también su pasión hípica. Fue como un reflejo indirecto de lo que acontecía en Las Piedras.

La anécdota que hoy comentamos se ubica en las andanzas de Don Julio hombre que supo ser propietario de la versión local de las bañaderas que describimos. El transporte en cuestión, partía desde el costado sur de la plaza de Canelones, con la suficiente antelación como para "abrir el hipódromo" lo que en el buen romance burrero significa llegar temprano para poder jugar en la primer carrera.

Pero, detengámonos un instante para mostrar a Don Julio.

Era este singular personaje, hombre alto, fuerte, sumamente cordial y extraordinariamente simpático. Gastaba bien cuidada elegancia la que incluía, según costumbre de la época, el concurso permanente del sombrero, elemento que le permitía disimular canas y alguna deserción capilar que se insinuaba.

Su amplia sonrisa, en la que refulgía, ostentosamente un diente de oro le daba la apariencia de un gitano próspero. Hombre ducho, en poco tiempo accedió a todos los rincones del submundo pedrense alternando, sin ninguna violencia, con propietarios, cuidadores, jockeys, funcionarios, clandestinos y todos los variados exponentes de esa curiosa y heterogénea fauna. Se podría decir que nada le era ajeno.

Más que por vocación, como resultancia obligada del ambiente en que estaba inmerso, esporádicamente alentaba alguna aventurita con faldas la que rodeaba, como correspondía, de un marco de absoluta discreción.

Tenía Don Julio la peligrosa costumbre de hablar en sueños.

Cuentan en el pueblo que una noche sobresaltó a su esposa con unos gritos que repetían: "Susana... Susana..." acompañando sus exclamaciones con sonoras carcajadas.

La esposa indignada, lo sacudió hasta despertarlo al punto que le espetaba: "Decime sinvergüenza: ¿Quién es esa Susana que tanto te preocupa?."

Rápido como la luz el marido encontró respuesta: "Querida: Susana es el nombre de una yegua que los muchachos mandan al frente el sábado y que, seguramente, nos agenciará unos pesos..."

La esposa hasta se arrepintió por sus malos pensamientos.

Al día siguiente vuelve Don Julio a casa luego de unas diligencias y le plantea a su mujercita la pregunta de rigor: "¿Ha habido alguna novedad, querida... ?"

-No; ninguna. Ah, olvidaba decirte que, por teléfono, te llamó la yegua..."

Nelson Perazza

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