Cartas para un amigo

 
Si de improviso se me intimara a establecer, lisa y llanamente, cuales son las personas más tenaces, seguidoras y consecuentes, que moran por la "Viña del Señor" aquellas que hacen un culto del seguimiento cabal de un objetivo, sin detenerse a evaluar las posibilidades que le asisten, en un ejemplo claro de entusiasmo y perseverancia sin limites, rayano en la tozudez, diría, sin lugar a dudas, que son los dirigentes, encargados o responsables de las escuelas de enseñanza por correspondencia.
Si por ventura alguna vez se le ocurrió pedir información de cualquiera de las tantas disciplinas a las que puede acceder, correo mediante, habrá podido constatar, más o menos, el siguiente proceso: Una primer respuesta a vuestra solicitud felicitándole por su decisión e instándole a perseverar. Si su contestación se hizo esperar, una segunda carta le actualizará el asunto encomendándole no demorar un minuto más. Pasado el tiempo, si aún no se hizo ver una nueva correspondencia le hará saber que se le mantiene el ofrecimiento y que ha sido favorecido con un importante descuento en el costo de la matrícula. Si pese a todo, usted no dio señales de vida, cuatro o cinco cartas más tratarán de sacarle de su indiferencia. En resumen: un simple pedido de información provoca no menos de diez misivas consecutivas, personalizadas, de obligada atención.
No tengo ninguna animosidad, en especial hacia las instituciones serias de enseñanza por correspondencia. Más creo que en determinados casos cumplen una misión muy digna y respetable al posibilitar que lleguen conocimientos valiosos a quienes, ya sea por ocupación, residencia o recursos, no tendrían otras posibilidades de aprendizaje. Lo que nos choca son los métodos para conseguir alumnos. No es nada grato, por cierto, comprobar, en el caso de que no se hallen satisfecho nuestras expectativas que se nos descargue la artillería con tan copiosa correspondencia, perfectamente identificada y dirigida a nuestro domicilio particular.
Hace algunos años yo estaba al corriente de tan singular sistema por haber experimentado en carne propia cuando, asistido de la intención de aprender dibujo, tuve la peregrina idea de escribir a una escuela de enseñanza por correspondencia recibiendo tal cantidad de cartas que, al final, con sentimiento culposo terminé escondiéndome del cartero.
Por entonces me unía una fraternal y consecuente amistad con un compañero de mis años, amistad lo suficientemente fuerte para aguantar, sin reproches, algunas inocentes bromas y otras, no tan inocentes.
Walter -que así se llamaba mi camarada- era telegrafista del ferrocarril del tiempo de los ingleses. Sabía, con la debida antelación, que en fecha próxima sería destinado a cumplir funciones en una estación vecina, cabeza de un pequeño caserío que unía al tren todas sus posibilidades de vida y comunicación. Conocedor del hecho maduré mi despiadada broma con un mes de anticipación. Prolijamente, recorté no menos de cincuenta cupones que ofrecían cursos -en aquellos tiempos de muy frecuente aparición en las revistas de historietas- los llené con el nombre y apellido de mi amigo y su nuevo domicilio laboral y los remití de un golpe a las distintas direcciones establecidas.
Fue así que involuntaria y totalmente ajeno al asunto Walter apareció como interesado en las más curiosas y raras especialidades, tales como: ikebana; fotografía; guaraní; yoga; grafología; karate; relojería; motores a explosión; quiromancia; mecánica dental; tarot; contabilidad; corte y confección; apicultura y un sin fin de profesiones más.
Y me olvidé del asunto.
Al mes, cuando gozando de unos días francos mi amigo vino a Canelones a visitar su familia, entre azorado y confuso me confesó:
"Vos sabés que me sucede una cosa por demás curiosa. Todos los días, cuando llega el primer tren de la mañana, el encargado del vagón postal me entrega tres o cuatro cartas para vecinos residentes del lugar al tiempo que hombreando una saca repleta de correspondencia, me grita con marcada sorna: ¡Esta bolsa es para vos!!"
"¿Y que dicen esas cartas?". Pregunté con afectada inocencia.
"Mirá. Todas me invitan para iniciar estudios que nunca pedí ni me interesaron. Pero algunos insisten tanto y son tan convincentes que no me he podio sustraer a la tentación. En la actualidad estoy siguiendo un curso acelerado de Detective Particular que sólo lleva un par de meses de estudios".

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