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Los milenios limaron la montana.
Quedó el granito diseminado
como ciegos que nunca se encuentran.
Quedó el rigor de la tierra.
Todo -hasta los árboles-
definido por la piedra.
En cada cerrillada
una forma vegetal
casi siempre un tala.
Sus ramas
antes ya del fuego
son color ceniza.
Alguna vez
las habita
una calandria
(color ceniza también)
que canta
de tarde
a la hora inmaterial
y de mañana.
El mediodía cae
como un silencio con miradas.
Una paz provisoria
y el tiempo en las arterias
y la ondulante luz.
Por la noche no hay fantasmas.
No hay voces
estériles
de almas
en pena.
Bajo la luna o sin ella
tan sólo el pausado
inaudible
paso
de los que cruzaron. |