El oculto duelo interior

Claudio Paolini

Sobre: Palabra oculta, de Ricardo Prieto, Montevideo: Aldebarán, 2000, 64 págs.

 

“Por la puerta de la poesía ingresé al mundo de la literatura, ese vasto campo de expresión en el que todo está ligado”. Así comienza Ricardo Prieto (Montevideo, 1943) su breve explicación del título de este libro de poemas. Más conocido por su extensa trayectoria como dramaturgo, con treinta y dos obras escritas y varias representaciones premiadas –entre las que se destacan Garúa y El desayuno durante la noche– y diversas incursiones en narrativa –distinguiéndose su último trabajo Amados y perversos1 este escritor uruguayo nos presenta ahora su tercer libro de poemas.

Palabra oculta reúne los dos libros ya publicados Figuraciones2 y Juegos para no morir,3 que habían tenido una circulación restringida, junto a varios poemas creados con anterioridad. Algunos de éstos inéditos, y otros publicados en las revistas El Pez Digital, Destabanda y La Brida. El criterio que llevó su selección, según expresa Prieto “no fue antológico sino exorcisador”, como una catarsis en la que tiende compulsivamente a separarse de los poemas escritos muchos años atrás. Concepto que el autor ya había señalado, en un breve ensayo sobre el impulso de la escritura del dramaturgo frente al público.4

El volumen está acompañado además, por un texto en la contratapa redactado por Alvaro Miranda, como ya había sucedido en Juegos para no morir.

Los poemas están fechados entre 1963 y 1983. A pesar de esos veinte años entre unos y otros, su abanico temático tiende a formar un único diseño, en donde los tópicos recurrentes tienen que ver con el tiempo, y a través de él la soledad y la muerte.

El libro se abre con un conjunto de versos titulados Pesada luz del sueño fechado en 1963. Desde los primeros textos, por medio de un verso libre y condensado, el tema del tiempo va logrando densidad en el libro debido a las repetidas alusiones, en muchos casos explícitas, y en otras vinculadas a un sentimiento de expectación.

Ese tiempo es vivenciado como algo fugaz, pero con la energía que surge a través de la visión de las múltiples manifestaciones de su realidad interior y exterior. Donde ese trajinar se percibe de forma irrepetible, solitaria, y con la intensidad de vivir cada momento como si fuera el último:  

Con prisa,

como si el tiempo fuera

un vaivén que se esfuma,

como si nada hubiera estable

en esta alucinante crispación del mundo;

con prisa,

como si ya la muerte me anunciara

su fiesta desatada,

voy por la casa

tocando cada objeto

en el silencio triste

que proyecta la sombra… (10)  

El peso del tiempo encaminado hacia la muerte y el desamparo, se verá profundizado aún más en los versos que habitan el siguiente libro Figuraciones, dedicado a la memoria de un hermano.

En un estilo que recuerda a las vanguardias por su ausencia de signos de puntuación y todas las palabras en minúscula, como si las imágenes se entrelazaran urgidas en un espacio en donde no reconocen otra unidad de tiempo que el instante, un tiempo que no puede gozarse porque acechan el dolor, el miedo y el abandono. De esta forma, las ausencias se revelan como las motivadoras de su poesía, representando al poder verbal de su lenguaje. Ausencias de lo que alguna vez tuvo y perdió, quedando sólo las cicatrices, los duelos.

esta es mi casa

el jardín que no tengo

la mano que me falta

 

este soy yo

sin parientes

sin sueños

sin ventanas

ni dios (17)

La poesía debe reinventar un espacio, y para ello el poeta debe entrar en comunicación con las imágenes que luego anidarán en su escritura.

El vínculo que Prieto mantiene con las imágenes sugiere el efecto de un doble espectáculo, por un lado la síntesis de las ideas que lo alimentan, y por el otro la dolorosa observación del transcurrir del tiempo, percibida desde la íntima perspectiva del poeta. Una perspectiva que trasiega entre las figuras imaginadas y las vividas.

Así, la infancia es revelada a través del mundo onírico, en donde se manifiestan los símbolos arquetípicos que representan a los temores nocturnos. Huellas que resisten el transcurrir del tiempo, y que son evocadas desde lo más distante, como si la realidad se observara sólo desde un plano ubicado en el pasado. Una realidad que se respira mediante lo que “vemos y oímos a través de recuerdos, de temores, de previsiones”, en palabras de Jorge Luis Borges.5 Una niñez, entonces, insinuada mediante una leve sonoridad, que despliega la visión del ayer dentro del espacio infantil originario, para exorcizar viejos tormentos:

ricardo niño dormido

sobre la luz de su frente

 

vuela una bruja en escoba

los jardines de la muerte

 

la ventana está cerrada

 

fue en otoño

fue en verano

 

cuando el blanco pie de dios

se depositó en su mano  (18)

En el hogar se descubre una imagen materna cargada de misticismo. El vuelo sucesivo que se concede a esa imagen y a las que acompaña, está ligado a una sensación de lejanía, pero que a la vez se intuye como próxima, inminente. Donde el inexorable proceso hacia la muerte que está intrínseco en todo ser vivo, se desliza por los reflejos de una percepción atenta a la belleza que se desprende de las cosas más esenciales:  

madre mira cómo la casa vuela

se hace pequeña entre las nubes

 

la cama donde papá dormía

sirve ahora de ventana a un pájaro

 

y tú levantas las manos

quieres tocarla

 

quieres asirla entre tus grietas

para que ilumine las sombras

 

madre ya quedamos desnudos

 

el aire ceniciento es nuestra silla

y miramos juntos el cielo (19)  

Las figuras se estrechan aún más, profundizando la condensación del lenguaje. Lo onírico y lo real se funden en un magma que todo lo abraza. Una amalgama que es transitada mil veces por el fantasma de la muerte. Como un prolongado y difuso duelo interior, semejante al padecido al final de la adolescencia, en donde el deseo de ocultar vestigios juveniles frente al mundo del adulto es imposible, por estar latentes en el germen de todas las piezas, pero que es más fuerte que todo. Tan profunda es esa intención, que por momentos se vislumbra un sentimiento de omnipotencia, en el que no hay compasión en destruir, cercenar, lastimar.  

y aquellos días fueron de muerte

no hubo misericordia en mí

no hubo esperanza

maté a todos mis hijos

cerré las puertas del propósito

puse espinas en mi pan

 

fueron días de muerte aquellos

 

con racimos de cruces

y un padre inútil (30) 

El libro continúa con Los límites, un conjunto de poemas fechados en 1977, en los que desde el epígrafe en la voz de Juan Ramón Jiménez: “Morí en el sueño. / Resucité en la vida.”, se advierte el anuncio de un despertar, un renacer.

El poeta se constituye como el punto de convergencia de lo visible con lo invisible, en el centro de un enigma que proyecta su sentido último sobre aquellos que comparten esa misma experiencia universal. En esa conjunción, el dolor y la soledad son compañeros ineludibles en cada nacimiento, como se expresa en el poema 

“Apenas”:  

Hoy amaneció pronto

la sombra sobre el mundo

y es inútil velar el laberinto

con navegantes sueños.

Blancura, hueso blanco,

sólo intensa blancura

viste el fugaz instante,

y cada mano, cada boca, todo,

sólo borra a la muerte apenas. (35)

El volumen se cierra con el libro Juegos para no morir, fechado en 1983.

El entramado de los versos continúa entrelazándose con los deseos y obsesiones inconscientes del poeta.

Luego de veinte años desde los primeros poemas, se perciben con nitidez los diversos rastros que ha ido dejando el tiempo.

La agudeza con que se van penetrando las imágenes, y las tensiones entre lo particular y lo universal, se advierten a través de la continuidad operante de una imagen que ha estado presente a lo largo de todo el volumen, de manera oculta y visible a la vez, la de Dios. Una figura delineada de múltiples formas: fragmentada, humana, suprema, redentora. Presente en y a través de todas las cosas, en una visión próxima al panteísmo.

La vivencia que se despliega en este poemario, está expresada mediante la depresión de las imágenes, y que sólo queda suspendida por la llegada de una figura plena de misticismo, representada en ese Dios que viene a rescatarlo, como se observa en estos versos de “La copa quebrada”:

… Me he quedado dormido

al mediodía

en la escuálida casa

que tampoco pueblo.

Si no fuera que Dios

viene en estos instantes

a sacarme del río

de esta especie de muerte,

juro que ya me iría hacia la noche,

hacia el lejano invierno que vi

cuando nacía. (58)

En la iridiscencia de la poesía de Prieto entonces, nada parece forzado. Allí los versos manifiestan una práctica poética que lo muestra sin tapujos y con vibración, especialmente con la vibración que genera el esfuerzo creativo en su tránsito hacia la palabra, y en su intento de mantener intactas las imágenes primigenias. Como dijera Lezama Lima: “El poema es un cuerpo resistente frente al tiempo y el poeta es el guardián de la semilla, de la posibilidad, del potens”.6

Este libro encarna la palabra oculta de un poeta “que ha trabajado en silencio durante años”, por detrás de la notoriedad del dramaturgo y narrador, constituyéndose en una expresión despojada de lo corporal y de la puesta en escena. Hecho que según el autor, motiva su título, y que nos revela a un Prieto más abocado a su oculto duelo interior.

Es en definitiva, la escritura que anhela abrirse camino hacia la búsqueda de una intimidad que sólo es posible a través de la poesía.

 

Referencias:

 

1 - Amados y perversos, Montevideo: Alfaguara, 1999.
2 - Figuraciones, Montevideo: Destabanda, 1986.
3 - Juegos para no morir, Montevideo: del Mirador, 1989.
4 - Ver: Prieto, Ricardo. “El público: esa preocupación desmedida”, en Mirza, Roger (ed.). Situación del Teatro Uruguayo Contemporáneo, Montevideo: Banda Oriental, 1996: 109-111.
5 - Borges, Jorge Luis. “La postulación de la realidad”, en Obras Completas, Buenos Aires: Emecé, 1974: 218.
6 - Lezama Lima, José. Interrogando a Lezama Lima, Barcelona: Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas / Anagrama, 1971: 20.

Claudio Paolini
Universidad de la República

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