Muestra de la poesía uruguaya actual (2009).  
Ricardo Pallares - Jorge Arbeleche   
Academia Nacional de Letras 
Dep. de Lengua y Literatura 
Sección Literatura 

Nota introductoria  

Esta muestra se propone ilustrar un panorama amplio y complejo por lo que la selección que se presenta -a modo de ejemplo- no es antológica ni supone juicios categóricos. Por este motivo y por razones de espacio no aparecen todos los autores. Tampoco los recientemente fallecidos (Juan Carlos Macedo, Marosa di Giorgio, Jorge Medina Vidal, Nancy Bacelo, Ricardo Prieto) ni algunos residentes en el extranjero (Ida Vitale, Eduardo Milán, Alfredo Fressia, Enrique Fierro, Héctor Rosales).

            

Hemos dado la posibilidad a los poetas de que fueran ellos quienes indicaran los textos a incluir, como forma de calificar a la muestra a través de su participación y de la legitimación autoral de las opciones.

 

Próximos a finalizar la primera década del s. XXI el panorama de la poesía uruguaya muestra vigorosa producción, variedad y continuidad en la tradición de renovar sin rupturas ni cismas.

 

Pasado el ciclo del modernismo y sus epílogos en nuestra poesía se advirtió una heterogeneidad con pluralidad de sistemas, códigos, rasgos eclécticos y síntesis originales.

En el momento actual esa heterogeneidad también es importante y evidente, tanto en las propuestas, las formas, los desarrollos y los lenguajes como en las estéticas que, en razón de la brevedad de la muestra, se entrevén o están latentes. Con todo, consideramos que se las ejemplifica plenamente.  

Estas características del quehacer lírico uruguayo, que es intenso, como ya se dijo, se pueden vincular inicialmente con el eurocentrismo de nuestra cultura que abrevó en las diversas fuentes del “viejo continente”, asumidas como referencias insoslayables.  

 

El comportamiento literario e ideológico que fue funcional al proyecto hegemónico, estuvo convalidado por una “masa” de lectores descendientes de inmigrantes europeos y por el proyecto universalista del sistema educativo. También se vio fortalecido por ideales de nación y por sentimientos relativos a la identidad colectiva, especialmente los promovidos alrededor de 1930, fecha del centenario de la Jura de la primera Constitución de la República, que fueron muy caros para vastos sectores.

 

Dichas características están vinculadas asimismo a la influencia de los grandes renovadores contemporáneos de la literatura universal y latinoamericana, bien conocidos y explorados por los artistas del medio local.

 

Las vertientes de tan diversos orígenes necesariamente habrían de ser recibidas con especial atención y, dada la atmósfera cosmopolita reinante, con actitud atenta, abierta a las tendencias y novedades del resto del mundo. Esto ocurrió probablemente hasta poco después del medio siglo XX cuando la posmodernidad tardía y las sucesivas crisis internas, económica, social y política, desconfiguraron el modelo que llegó a tener cierto prestigio fuera de fronteras. Además se comenzó a desestructurar el sentido y el papel del Estado como regulador, garante de inclusión, de derechos y deberes colectivos.

 

Es así que hoy sigue casi como inercia un cierto afán por la novedad, no obstante la facilidad de las comunicaciones en tiempo real y la necesaria búsqueda que cada uno hace de sus propios registros, tonos y singularidades.

 

El referido afán parece vinculado a un individualismo personalista que estaría corroborado por la academia y por la herencia cultural. Pero también  parece claro que finalmente fortaleció la resistencia de la poesía ante el avasallamiento progresivo de los derechos civiles, políticos y culturales que se inició en 1968 extendiéndose formalmente hasta 1984. Las secuelas y marcas indelebles, especialmente las de la dictadura, aun perduran y son objeto de concretas referencias en el discurso poético.

 

El universalismo básicamente europeísta que hemos referido y los componentes del imaginario se pueden mostrar muy bien desde el contexto de la generación de los poetas de los años 20. Fue la generación que inicialmente procesó e incorporó el empuje de las vanguardias de comienzos del XX, con peculiar originalidad.

 

En efecto, el Nativismo (el que pasa por Pedro L. Ipuche, F. Silva Valdés) conjugó como movimiento literario las tradiciones telúricas, en la versión del campo uruguayo, con elementos de la figuración metafórica del ultraísmo hispanoamericano. De alguna manera el movimiento ensayó una propuesta totalizante con voluntad de irradiar más allá de la poesía.

 

En beneficio de lo panorámico también podemos mencionar otra zona de esta generación, como fue la lírica de inspiración filosófica (Emilio Oribe, Luisa Luisi) o panteísta (Carlos Sabat Ercasty), la de un futurismo experimental y peculiar (Juan Parra del Riego, Alfredo Mario Ferreiro), concomitantes con la acción de cuatro revistas literarias de primera línea[1], los aportes de las artes visuales (Pedro Figari, José Cúneo, Carmelo de Arzadum) y de la música (Eduardo Fabini). Todos estos creadores se sitúan en el proceso de la buscada y participada consolidación del perfil nacional.

 

Con lo dicho damos testimonio de la existencia de una multiplicidad en florecimiento expansivo -no de un laberinto- ya que, no obstante el radicalismo de los cambios culturales de entonces y de ahora, probablemente se trate de la misma diversidad multifocal que sigue caracterizando a nuestra poesía actual. Es resultado entre otras cosas de la cultura promovida por la educación que en lo fundamental sigue centrada en el mundo, no en la aldea, aunque tenga atraso cognitivo, metodológico y de gestión.

 

Tras los equilibrios de la “generación del Centenario” (1930), la “generación del 45” incorporó cambios diversos que se manifestaron en todos los géneros.

 

Fundamentalmente se trató de la perspectiva y las temáticas ciudadanas, lo cotidiano y lo erótico, un decidido cosmopolitismo actualizado, varias sagas de consolidación y renuevo de la prosa narrativa, innovaciones líricas y formales de sello posmoderno, relativismo y crisis existencial, registros polifónicos, experimentalismo, prácticas interdiscursivas, fracturas en el concepto y percepción del sujeto y decidido cuestionamiento del “orden” social. 

La “generación del 60”, continuadora crítica del abanico anteriormente descripto, instalada definitivamente en la crisis mundial y local, continúa hoy aportando rica y sustantivamente a la configuración dinámica del corpus poético. Fue sacudida por grandes fenómenos políticos, sociales, continentales y mundiales, por el cambio cultural radical, las grandes transformaciones científico-tecnológicas, la caída de sistemas, cortinas, muros políticos, convenciones de tiempo y espacio, por el agravamiento de asimetrías sociales y por los cambios en los usos del lenguaje.

 

Es la generación que en términos relativos soportó con más dureza los cambios y mutaciones, la que en pleno proceso de producción también debió aplicarse a reubicar lo canónico, la que articuló con un medio carente de proyectos culturales integradores, la que debió enfrentar la persecución de la dictadura y resistir.

 

Esto no significa que la generación anterior y las siguientes no hayan sufrido el mismo terrorismo de Estado, el aislamiento respecto de los lectores, la persecución, la censura, la cárcel, el exilio, el inxilio y sus consecuencias. Lo sufrieron en tanto que coetáneos, resistiendo con valores comunes, pero desde una contingencia diferente. Al menos porque los del 45 tenían una obra publicada y consolidada y los del ciclo entorno a la dictadura estaban en los comienzos, intentando configurar su voz en medio de un proceso en el que el mundo interior y el exterior ya no eran tal cual se les había enseñado.

 

Por dichas razones esta muestra además se propone testimoniar sumariamente el carácter multicéntrico del proceso de ocurrencia, de los temas y las obras, así como el sesgo alusivo -cuando no imprecatorio- que hay en el corpus de referencia con relación a la atmósfera e historia colectiva uruguaya reciente.

 

Es probable asimismo que puedan encontrarse algunas formas renovadas de denuncia militante como la ironía (Rafael Courtoisie), las emergencias neobarrocas (Álvaro Ojeda), símbolos elocutivos de “otro” sujeto hablante (Hebert Benítez), el abandono de la discursividad y la titularidad estándar a favor de un heterónimo (Washington Benavides), el desmoronamiento de fronteras valiéndose de una expresión más integral, contingente y de relevo (Roberto Appratto, Roberto Etchavarren), un discurso alucinado, incesante, polifónico y visionario (Selva Casal), una entrañable y socialmente lúcida visión de mujer, sin “feminismo” programático (Nancy Bacelo, Tatiana Oroño, Mariela Nigro, Sylvia Riestra), un mirar desde atrás del azogue que interroga al espejo de la conciencia poética (Roberto Genta).

 

Próximos a la finalización de la primera década del s.XXI no tenemos una cartografía uniforme para el actual panorama de la poesía uruguaya.

 

Es rotunda y vigente la configuración de la "generación del 45" y de la "generación del 60" pero las posteriores -habría dos más, al menos- parecen por ahora poco coercibles para la designación y delimitación. Quizá por el poco tiempo transcurrido y por los fenómenos generados por el impulso libérrimo después del cese del quiebre institucional, ocurrido entre 1973-84, al término del cual poco a poco se volvió a ver el estancamiento estructural, el empobrecimiento cultural y la dependencia del país.

 

Así, a modo de ejemplo, a veces se habla de los "poetas de los 70", de la "generación de la dictadura", o de la "generación de la resistencia".

 

De los que llegaron más recientemente, en el cruce de los 80 y los 90, se da cuenta como la "generación del margen", más o menos vinculada a los circuitos electrónicos, al underground, a la experimentación transgresora, a fenómenos inquietantes de intertexto, interdiscursividad, transculturalidad, intervención ciudadana, performances, instalaciones, puestas orales, videos y cederrón.

 

Estas cuatro generaciones interactúan en un universo dinámico y pacífico en el que hay variedad de órbitas y muchos centros de gravedad.

 

Las cuatro coparticipan en la producción, publicación y extensión cultural de la poesía, conforme a lo que se da en tantas otras literaturas actuales y en el área rioplatense. Amanda Berenguer, Carlos Brandy y Mario Benedetti siguen editando; algunos del 60 ya reúnen antologías, obras “completas”, compendios (Selva Casal, Saúl Ibargoyen, Marosa di Giorgio, Circe Maia, Jorge Meretta, Ricardo Prieto, Jorge Arbeleche), los “jóvenes” publican o editan cada año cientos de pequeños volúmenes, multiplican el fervor, convergen exitosamente en certámenes, premios y otros eventos.

 

Las cuatro generaciones también participan -aunque desigualmente- en el discurso crítico-cultural que da cuenta de la poesía, de sus voces y brechas de silencio, de la continuidad y desagregación, de sus estéticas y contenidos, de sus circuitos de comunicación, legitimación  y reconocimiento.

 

No obstante se aprecian situaciones de tensión propias de una época  compleja y de incertidumbres -como la que hoy se vive- ya que muchos de los creadores que cohabitan este mismo tiempo, al pertenecer a generaciones sucesivas, tienen diferentes contextos, cosmovisiones, construcciones de  subjetividad y modos de expresar el mundo interior.

 

A todo esto se suma la tensión y dificultad que opone una incipiente política cultural que no logra cambios sustantivos en lo departamental ni en lo nacional, no contrarresta las acciones de mercado de grandes sellos editoriales ya que dichas empresas “consagran” o silencian según sus parámetros comerciales y financieros. Tampoco compensa las limitaciones severas del acotado mundillo de las comunicaciones y la difusión crítica, ni las del circuito comercial. Desde otro punto de vista esta tensión deriva del poco espacio editorial disponible y de sus altos costos determinados también por la escasez.

 

Un corte sincrónico actual deja ver un jerarquizado número de creadores, con múltiples registros, que trabajan con diversas fases de intertextualidad, con fuertes apelaciones a lo metatextual, con acercamientos a lenguajes de otras discursividades como la cinematográfica, la del video, de los “blogs”, de otros audiovisuales y géneros de cultura académica y antropológica.

 

Dicho corte también deja ver una experimentación que incluye -en razón de los contextos- desde lo ya recibido y clásico, como el soneto y la décima, hasta la captura interdisciplinar de segmentos de otros macrodiscursos y de la prosa de creación poética. Además deja ver la violencia social y política que se registró en las décadas de los años 60 y 70 [2], así como la de nuestros días con sus múltiples marginaciones.

 

El corte vertical del que hablamos permite llegar a la razonable conclusión de que los lectores y su recepción reproducen la heterogeneidad y probablemente tengan un importante coeficiente de atomización. Puede arriesgarse opinión de que el reducido “universo” de los lectores de la actual poesía uruguaya es disímil y que cada lector tiene experiencias y conocimientos apenas tangentes con los de otro. Podría tratarse de una secuela del período de facto que condujo a un repliegue en la individuación atomizada o de un confinamiento de raíces más complejas u ocultas.

 

Si bien en la comunicación predomina el soporte papel se hace cada vez más frecuente la pantalla electrónica y el cederrón. En la red circulan poetas y obras, ensayos, revistas virtuales, y otras manifestaciones conexas.

 

Todo esto daría cuenta tanto de la permanencia de cierto elitismo como del relativo confinamiento y, paradójicamente, del universalismo incluyente de sus contenidos y posibilidades. No obstante, hay otro circuito de poesía, en paralelo al que aquí mencionamos, que también recurre aunque en gran parte, a ediciones de autor (Marta de Arévalo, Gregorio Rivero Iturralde, Rosana Molla, Mario Mele, Jorge Pignataro, solo a modo de respetuoso ejemplo). Es un circuito con diferentes conexiones y es posible que con otra forma de comunicación, parece gustar más de la mimesis, recurrir a instrumentos expresivos más próximos a lo “entendible” -en el imaginario, al menos- pero que cuenta con no pocas publicaciones, lectores ni eventos. Asimismo habría que agregar la probable existencia de una segunda zona, de red más difusa, menos estructurada socialmente, en el Interior del país.

 

Elitismo forzoso, relativo confinamiento y universalismo incluyente son probablemente otros tres rasgos que se suman a la caracterización de nuestra actualidad lírica, cuya ocurrencia se da en un marco social fuertemente segmentado.

 

Tengamos en cuenta que la segmentación y exclusión dejan afuera de la cultura letrada a casi un tercio de los habitantes del país, que otro tercio no practica habitualmente la lectura, que maestros y profesores padecen desprofesionalización y bajas retribuciones y que la banalización de los medios masivos, especialmente algunos televisivos, aleja a la mayoría de las personas de las formas de cultura más complejas y elaboradas.

 

Salvo excepciones no hay tirajes mayores a los 500 ejemplares para un país con tres millones de habitantes y cuatrocientos mil emigrados. Asimismo las prácticas de difusión cultural son fuertemente selectivas, atadas a lo vincular, y a los mass media que recogen breves testimonios y opiniones, a veces con entonación crítica, pero que por lo común no van más allá de una carátula o breve comentario por semana o por mes, siempre que tenga el valor de noticia.

 

Esta actualidad lírica también se hace presente en otras formas de circulación (encuentros, CD, ciberespacio) y logra ingresar en parte a un dominio cultural más amplio y arbitrado, como el de la mediación periodística en diarios, semanarios, revistas, otras publicaciones afines y -excepcionalmente- en algún televisivo. Renglón aparte merecen las ferias de libros, especialmente la Feria nacional de Libros, Grabados y Artesanías (fundada y dirigida por Nancy Bacelo) y algunos otros eventos como recitales, puestas orales (Luis Bravo, p.ej.) en locales, boliches y lugares públicos, que no cambian el esquema.

 

Finalmente digamos que en un país con matrices conservadoras, predispuesto a resistir todo cambio, la poesía no cede en su libre impulso creador, en su diversidad, matización y hallazgos. Tampoco deja de construir y testimoniar a un sujeto complejo, aherrojado e interactivo opuesto al que procura y para el que educa el mercado.

La poesía uruguaya actual explora la cotidianidad, los pliegues del amor-desamor, la soledad, el desamparo existencial y constitutivo del hombre, lo imaginario y lo desconocido, no para encontrar energías o minerales estratégicos, sino para dar cuenta de su compromiso creador, ontológico e integrador, de sus formas expresivas, de las mutaciones de sus “yo” -con un “tú” presente o ausente- y de sus propuestas estéticas.

 

Este país conserva desde hace un siglo la misma estructura académica en su sistema universitario, fundada en profesionalismos según Facultades y en parcelas de conocimiento,  como si nada hubiera ocurrido en el mundo[3], con la historia de las ideas ni en la pedagogía. Sin embargo las artes, especialmente la poesía, crean y revinculan, trabajan en la transversalidad, en las intersecciones, en la complejidad de bucles recursivos, en la exploración del otro y de lo otro. La poesía piensa, siente, filosofa, construye puentes para la otredad aunque no la alcance, genera texturas, inventa redes y futuros, sigue trabajando como abeja de lo invisible y de lo nuevo. Asume lo inevitable pero rechaza lo imposible porque todo lo alcanza con la imagen y con su refundación continua del universo líquido del lenguaje, del silencio y la existencia.

 

Si bien se mira nada de esto es ajeno a la poesía en sí sea cual fuere su lugar o país. No obstante, vale señalarlo por nuestros contextos y rica tradición, porque nuestra poesía actual desborda los límites.

 

Invitamos pues a la lectura de cuanto sigue.

                                                                                                Ricardo Pallares

 

                  

Notas:

[1]Los nuevos”, “Pegaso”, “Teseo” y “La cruz del sur”. (Cabe agregar a la revista “Alfar” editada por Julio J. Casal en Galicia y luego, desde 1925, en Montevideo).

[2] Hablando de narradores de los 60 Graciela Mántaras dice: “Los años 60 marcan la irrupción de la violencia crecientemente desembozada con que las clases dominantes procuran frenar protestas y reclamos. Marcan también la aparición de la insurgencia guerrillera.

Buena parte de la literatura escrita por los uruguayos en esos años y en los posteriores es expresiva de esa situación. No porque la refleje o la muestre, sino porque la revela simbólicamente.” En: Mántaras, Graciela. Ejercicios de memoria. Ediciones Biblioteca Nacional. Montevideo, 2008. pág.207.

[3] Wschebor, Mario. Hacia una segunda reforma universitaria. En: Pallares, Ricardo (coordinador). La educación pública en reforma. Ediciones de la Banda Oriental. Montevideo, 2009.

 

Ricardo Pallares
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