De un poeta y un pintor del trescientos: Dante y Giotto

crónica de Emilio Oribe

 

Presunto retrato de Giotto, atribuido a Paolo Uccello.

Retrato de Dante Alighieri por Sandro Botticelli

Este es un breve tratado de la tal vez imaginada amistad de dos hombres, que condensaron en su obra las aspiraciones de siglos y de siglos. Todos conocéis a uno de ellos, el Poeta, por los millares de estampas que de él andan dispersas por el mundo y por la lectura de su poema. Cuéntese que fue hombre infeliz y que vivió en el destierro. Dísenos que su físico no era simpático y su misión de cantar el dolor y castigo de los hombres, le dio triste celebridad. Una vez llegase a un convento y al preguntarle qué era lo que buscaba en aquella casa, él responde con una sola palabra: — Paz!

En los archivos de su ciudad natal aún puede verse el bando en que lo condenaban a ser quemado vivo. Era hombre de estatura vulgar, pálido, moreno de semblante. Tenía los ojos negros y grandes, la cara huesosa y magra, con una nariz aquilina y larga, la barbilla saliente, la mirada penetrante, el cabello crespo y oscuro. Agregan que era tardo en hablar, escaso de palabras, aunque oportuno y rápido en responder. Sus desventuras muy pronto imprimieron en su físico estos rasgos que han llegado a nosotros. Sin embargo, fue adolescente jovial y feliz y pasó años consumido por una pasión seráfica. Así aparece en el retrato de Giotto. Pero esta figura pronto se esfuma para dar lugar a la anterior, la que viene a nosotros por las pinturas de Orcagna y Rafael, o los trozos corrientes de los innumerables ilustradores de la Divina Comedia.    

El otro de quien voy a tratar, no ha dejado su retrato. Sin embargo, muchos pretenden que su figura aparece en algunos de sus motivos. No sabemos nada seguro de su físico, y su significación en el arte es acaso tan importante como la de su amigo. Veremos más adelante cómo las anécdotas lo pintan, pero antes de llegar a él, y analizar brevemente su obra, tendremos que hacer una excursión retrospectiva tomando el arte en su nacimiento en Italia. Su amistad con Dante debió ser honda aunque breve fuese el trato personal. Realizó el milagro de perpetuar una figura dulce e ingenua, el Dante adolescente, en lugar de la máscara amarillenta y sombría que otros popularizaron. Para Giotto, Dante debió ser de esa manera en lo más íntimo de su personalidad, y nosotros confesamos que así lo guardaríamos en nuestra devoción.

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Padua, la ciudad universitaria de la Edad Media, que divulgó gran parte de la cultura intelectual de la Italia nórdica de entonces, nos acogió aquella noche en el seno de su tranquilidad profunda. Veníamos de Milán, por la llanura lombarda, marginada a lo lejos por las cúspides transparentes de los Alpes.

Veíamos el llano fecundo, con sembrados, viñedos, alquerías risueñas y arroyos torrentosos. Oh, visiones! Pasaron por nuestra vista, las ciudades de la leyenda y del amor, como Verona y Mantua, o los reflejos del lago de Garda, azulado y tranquilo, perdido entre nubes, a la distancia, como si fuera un golfo del océano que el cielo ensancha en el horizonte. Nosotros íbamos a Padua, atraídos por la paz de esta ciudad antigua, milagrera con su iglesia al Santo, y pensando encontrar allí la sugestión de las viejas ciudades españolas.

Pero, sobre todo, pensábamos llegar para ver una creación del arte, el Gattamelata, el monumento ecuestre de Donatello. Nada más. Cuando descendimos nos hallamos al principio con una ciudad moderna, con grandes avenidas repletas de vehículos y animadas de comercios y cafés. ¡Era el desencanto! En la vieja diligencia del hotel, fatigados por el viaje, mirábamos aquello con gran asombro y con cieno arrepentimiento de no habernos ido esa misma noche a Venecia. Sin embargo, el ruido pronto disminuyó, se hizo la penumbra, el carro empezó a penetrar por callejas estrechas y aparecieron las casuchas, grises y acurrucadas. De vez en cuando pasábamos por un puente sobre un canal silencioso, dormido, de aguas oscuras. Esa misma noche nos lanzamos a la calle. Durante tres o cuatro horas, caminando a la ventura por los callejones sonoros, de recias arcadas, de casas de piedra, con grandes portones ilustrados con el blasón de la nobleza o con inscripciones arcaicas. Así llegamos a distinguir las cúpulas altísimas y la vasta mole de la iglesia de San Antonio de Padua. Estábamos frente a una dilatada plaza de pavimentos primitivos, con caserones en los alrededores dispuestos en líneas oblicuas. Todo aparecía entre la sombra, apenas iluminado por el resplandor estelar y los débiles mecheros. Hombres del pueblo, callados, pasaban por nuestra vecindad. Nosotros sorprendíamos el sueño de las piedras seculares, y mirábamos perderse en los cielos, las torres del santuario de San Antonio, mientras en los duomos reverberaba un vago resplandor. A nuestro lado, poco a poco, surgió el monumento de Donatello y a sus pies parecíamos soñar. Creíamos haber cumplido un deber del espíritu y satisfecho una vieja curiosidad artística, y nos retiramos de allí, en la Padua medioeval, en la que resonaba solamente el ruido de nuestros pasos como un eco en las arcadas, o el silbido agudo de algún tren lejano.

Después, pasamos tres días en aquellos lugares, visitando la Universidad de “Il Bó”, las iglesias, los mercados de ganados, intimando con los mercaderes del agro veneciano, recorriendo a lo largo de los canales y de las murallas que circundan los barrios exteriores. Fue en estos lugares, que hace más de seiscientos años hicieron íntima amistad Dante y Giotto. El uno venía huyendo, errabundo, de ciudad en ciudad, con el castigo del destierro, y el otro se hallaba pintando los frescos de la Capilla de la Arena.

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Acompañadme a presenciar ahora con alguna claridad, el nacimiento de la pintura, italiana. Para los que conocen el paisaje de los alrededores de Florencia, la historieta del Vasari que recordaré enseguida, no puede tener otro escenario más adecuado. Cuenta el Vasari que en 1278, Cimabúe, en una mañana primaveral, había salido a dar un paseo por los alrededores de Florencia, dirigiéndose a Vespignano. Allí, al borde de un camino se encontró con un joven pastor, que sin maestro ni estudio, con un instrumento puntiagudo retrataba las ovejas de su rebaño en una piedra pulimentada. Sorprendióse Cimabúe ante las aptitudes del niño y quiso llevárselo a la ciudad. Previo el consentimiento paternal, Giotto Bondoni, marchóse a Florencia guiado por su maestro a quien pronto debería sobrepasar. He aquí un acontecimiento extraordinario que tiene la belleza de un mito griego. Sin embargo, los sucesos se desarrollan tranquilamente, no intervienen dioses, ni fuerzas celestes, ni luchan las deidades, para descubrir en un campo primaveral, a un joven rústico que será el genio de una época y el creador de la pintura en Italia[1]. El muchacho siguió las enseñanzas de Cimabúe, al principio, después lo sobrepasó y lo olvidó, con la terrible indiferencia de todos los grandes hombres en casos análogos. Lo mismo hizo Leonardo con sólo obedecer a sus inclinaciones en pintura, cuando obligó a su maestro Verrocchio a arrojar los pinceles para siempre, y Miguel Angel volvió a repetir la hazaña al sobrepujar inmediatamente a Ghirlandajo. Muchas veces se ha enseñado a los viajeros alguna obra de este maestro, diciéndoles:

—Es de Ghirlandajo, que enseñó a Miguel Angel.— La personalidad del maestro ha desaparecido casi totalmente, esfumada por la gloria del discípulo.

¡Si pensarían Verrocchio o Cimabúe que en aquel nuevo alumno que acababan de descubrir, ardía la llama del genio que los sobrepasaría cuando, en el apogeo de sus aptitudes, lisonjeados por los príncipes y rodeados por los fieles discípulos, recogían en un taller a un muchacho de éstos, salidos de la grey campesina o de los gremios de las ciudades!

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Ya al finalizar la Edad Media, se desarrolla en Italia, lo que se denomina por algunos, el Primer Renacimiento de las Artes. A su frente, se hallan Cimabúe y Giotto y los primitivos de Siena y Asís en pintura, y en escultura la denominada escuela de Nicolás de Pisa, constructor del Baptisterio, y del Pulpito de la Catedral de Siena. Tomando su origen en esta escuela, el movimiento artístico y religioso se expande por toda Italia, para encontrar al fin ambiente más propicio en Florencia. Vasari hizo popular en esta ciudad la anécdota siguiente: Llegaron a la capital Toscana en 1260, unos pintores bizantinos con objeto de decorar una capilla de Santa María Novella. Se hallaba allí, niño aún, Cimabúe, estudiando humanidades, pero abandonó pronto sus tareas para seguir a los maestros extranjeros. Apareció enseguida el artista original, con una tendencia distinta al método bizantino, que era el que estaba en boga en Italia, Sea o no exacta la anécdota, lo claro, lo indudable es que con Cimabúe se inicia ya el gran movimiento de liberación que desencadenó Giotto, para humanizar el arte plástico, arrancándolo del hieratismo de Bi-zancio. Se concibe también de este modo, que Giotto no pudo encontrar un maestro más indicado que Cimabúe.

El espíritu que anima este primer Renacimiento es genuinamente cristiano y su pintor más alto es Giotto. Siglos antes, el emperador Constantino, había trasladado el poder a Bizancio. Alrededor de este núcleo civilizador de la Edad Media, con la formación del Imperio de Oriente, se congregaron todos los artistas del mundo y se conservó la joya del helenismo. Allí, en Constantinopla, nadó un estilo: el bizantino. Era de hieráticas líneas, de severidad y de rigidez. Así también era el dogma religioso. Unía a estos atributos la esplendidez de los colores, el boato y la suntuosidad de la luz oriental. Allí se formaron los mosaístas, los joyeros, los cinceladores más exquisitos. Se elevó el mosaico a una categoría artística superior y Constantinopla fue el sitio predilecto hacia donde concurrían los esmaltadores, cinceladores y orífices. Enseguida este arte se propagó por Italia, con el triunfal desarrollo de la República Veneciana, hasta florecer espléndidamente en la Catedral de San Marcos[2]. Todo el arte plástico italiano de la época quedó influido por el bizantino, y sólo un genio poderoso podía libertarlo y darle expresión y vida propias. Al llegar al siglo XIII, el misticismo medioeval no podía satisfacerse ya con aquella irrupción sensual del oriente. Aquel arte no era original, en él mezclábanse elementos de Asia y Grecia, y con sus inscripciones asirías y armenias, con sus columnas de mármol contorneado y vistoso, recordando las del templo de Salomón, con sus pavimentos jaspeados, y bóvedas ilustradas con lapislázuli y oro, era en el fondo un arte de molicie y de sensualidad, una flor de decadencia[3].

Es en Occidente que habría de forjarse el arte cristiano puro. Es en la Isla de Francia, que había de desarrollarse el arte ojival en los siglos XII y XIII, levantándose entonces las vastas ciudades de Dios, las catedrales góticas, con la predominancia de la línea vertical, las naves altísimas, las agujas y torres penetradoras del azul, los ventanales historiados y los monstruos innumerables. Hemos dicho más arriba, que este siglo en que aparecen el Dante y Giotto es, en primer término, religioso y así tiene que ser su arte. El primer despertar es, pues, cristiano, y el segundo, el gran Renacimiento, pertenece al paganismo. Alguien ha agregado con muchísima razón, que esta primera época del arte religioso renacentista, fue grande porque servía ante todo para representar lo divino de la religión y ésta era el ideal al que tendía; mientras que la decadencia que siguió a Miguel Angel, se explicaría porque la religión fue entonces un tema, un pretexto, un asunto más para servir de modela a los artistas.

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Bajo los escombros del imperio de Roma, en las catacumbas de los primeros cristianos, adornando los nichos y las capillas subterráneas, germinaba ya un arte ingenuo y primitivo. Estos artistas anónimos, cuyos frescos hemos visto al explorar los corredores oscuros e interminables de las catacumbas de Domitila y San Calixto, son los verdaderos precursores de los trescentistas. Yacía el arte plástico de Grecia destruido para siempre, al parecer, mientras las hordas de visigodos y lombardos asolaban las ciudades de Italia meridional, pero allí, en la sombra, junto con la fe religiosa que debería salvar a la humanidad civilizada de entonces, se conservaba un arte sencillo, pero de una grandísima fuerza espiritual. Esos decoradores anónimos, pálidos de fe religiosa, estos artesanos modestos, apenas si fueron tolerados al principio por las mismas autoridades de la Iglesia. Se levantó contra ellos también, el oleaje iconoclasta, que se oponía a toda reproducción gráfica de lo divino. Los primeros concilios, admitieron tan sólo que la pintura podía ser utilizada para servir de ejemplo a los creyentes y contribuir así a la difusión del dogma. Durante cuatro o cinco siglos la iglesia consideraría peligrosa la representación pictórica de las escenas sagradas, hasta que habiéndose formado lentamente un arte en Bizancio, del cual hemos hablado, y extendiéndose éste enseguida hacia las ciudades occidentales, tuvo que venir la reacción del trescientos, para hacer que la pintura italiana recuperara toda su originalidad[4].

Pero hay que confesar también que esta actitud obedeció a una formidable revolución mística: la formación de las congregaciones de franciscanos y dominicanos, que poblaron la Italia central de iglesias, santuarios, y baptisterios, utilizando para ello el concurso de todas las artes. El arte convencional de Constantinopla, lujoso, recargado y exterior, ya no serviría para los seguidores de Francisco de Asís, ni para la corriente religiosa que éste propagó, lleno de ternura infinita. Dante y Giotto están vinculados a la difusión de este milagroso y dulce resurgir del arte italiano. Dante condensará también la fe religiosa, con todas sus leyendas, premios y castigos, y Giotto será el intérprete genial que durante veinte años pasará encerrado en Asís, componiendo los frescos murales con la vida del Santo, cerca mismo del cuerpo inánime de Francisco.

Llegamos entonces a un momento en que las disputas políticas ensangrentaban el suelo de la península, forjándose en un ambiente de hierro y de guerras, las repúblicas italianas, defendiéndose o atacando el poder de los emperadores alemanes o del pontificado. En el siglo XIII, la exaltación religiosa llega a la etapa culminante. Allí está el término más alto, la cúspide más erizada del cristianismo combatiente y feudal. Era el siglo de la lucha de pontífices y reyes, de monarcas menores y repúblicas, de sectas y herejías, de familias de nobles entre sí, de güelfos y gibelinos. Sin embargo, sobre todo este tumulto, predominaba en el orden moral, el acatamiento unánime al pontificado.

Al mismo tiempo, fundáronse las órdenes de Menores y Predicadores bajo Inocencio III, que habrían de sobrepasar a todas las congregaciones conocidas y que influirían decisivamente en el desarrollo del idioma y del arte. Un día en las escaleras del palacio del Papa, se encontraron dos hombres que iban allí por el mismo deseo de propagar las enseñanzas de Cristo. Uno era recio y pensativo, caminaba con la seguridad y la altanería de los caballeros castellanos, sus ojos quemantes y graves denotaban al pensador o al filósofo, su ademán, la voluntad indomable; se trataba de Domingo de Guzmán. — El otro tenía ojos vivaces y hundidos, era pálido, débil, con el semblante torturado por el sacrificio y las privaciones: era Francisco de Asís. Dícese que sellaron con un abrazo aquel encuentro memorable. Desde ese momento las órdenes que ellos fundaron, sus discípulos, los propagadores de los nuevos cultos, se mezclaron con el pueblo, abandonaron el latín erudito de las clases altas, para escribir en lengua popular, en estilo vulgar, los sermones, cánticos y cancioncillas, al alcance de las muchedumbres y dar lugar así, al desenvolvimiento y perfección del idioma itálico, al que Dante llevaría enseguida a la más alta expresión con su poema.

Este es el siglo XIII, el siglo de la catedral gótica, el siglo de Francisco de Asís y de sus congregaciones. —San Luis, el rey de Francia, el monarca de la última cruzada era franciscano. Afirman que Dante lo fue y el mismo Giotto pintó lo mejor de su obra tal vez, para esta Orden. Y la Divina Comedia, aparece juntamente con el arte pictórico italiano de esta época, como la única creación de valor teológico y artístico, que pueda ser comparada con los monumentos ojivales de más allá de los Alpes.

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Es sabido que Dante nació en 1265 en las cercanías de Florencia. Vino al mundo el poeta poco antes que Giotto, quien, según Vasari lo hizo en 1266, en la montaña, en hogar de pastores.

Se cree que ambos fueron amigos en 1303, en Padua, cuando Dante había ya empezado su Divina Comedia y cuando ambos habían pasado ya la edad que fija la mitad de nuestra vida.

Los dos amigos eran ya célebres. Dante había sido desterrado de Florencia a la que no volvería más y se le veía por las ciudades italianas en busca de tranquilidad. Todos conocéis la pasmosa inquietud y actividad de Dante; guerrero, diplomático, conspirador, buscaba la amistad de los artistas y poetas de su época como Giotto, Odorico de Gubbio, autor de miniaturas y con músicos como Casella. Su sed de saber lo hizo ahondar las ciencias, las artes, la teología y cursó estudios en Bolonia y en Padua y fue a beber la sabiduría clásica hasta en las Universidades de París y Oxford. Desde joven era poeta famoso por sus amores desdichados. —¡Cuántas veces, nosotros, en Florencia, a orillas del Amo, caminando cerca de las murallas que dan al río, hemos pensado que Dante se nos iba a aparecer allí en las proximidades del Puente Viejo, tal como lo habíamos visto desde niños en las estampas de los libros!

¡Ah, la prodigiosa multiplicidad de estos hombres del siglo XIII y del Renacimiento! Es sondeo abismal el pensar en las diversas actividades a que se dedicaron Dante, Giotto, Leonardo y Cellini. Habría que buscar en las biografías de estos hombres, el molde que Eugenio D'Ors presenta a los jóvenes del novecientos. El autor no cita a los renacentistas, pero pensaría seguramente en ellos, cuando nos aconseja: "Si vigiláis, con ciencia abierta, el normal desarrollo de vuestra conducta, todas las desviaciones momentáneas, se fundirán en una larga rectitud”. "Sócrates podría frecuentar, sin mácula en su alba túnica de filósofo, la compañía de los retóricos, de las hetairas y los libertinos”.

Agreguemos que Dante cultivó la amistad con nobles y traidores, guerreros, filósofos y artistas, y diplomáticos y que en la ciudad de Florencia, cuando existían las corporaciones de artesanos y obreros, se inscribió en el quinto gremio (Arti) de los médicos y naturalistas. Ya Carlyle explicaba esta múltiple dedicación del artista, hombre sobre todas las cosas, cuando declaraba que el poeta que no sirviese sino para estar sentado componiendo estrofas, jamás haría un verso que como tal pudiera conceptuarse.

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Recordaréis de qué manera, el rústico muchacho de los alrededores de Florencia fue conducido por Cimabúe al taller. Aquel pastor habría de abarcar toda una época con su arte y sus influencias se prolongarían más aún. Toda la Italia lo llamó. Era el genio libertador, el que rompería con los formulismos griegos y bizantinos. Hasta él, nadie se había atrevido; aún eran titubeos, tentativas pequeñas y sin audacia. Pero pronto vino el aldeano, contemplador de la naturaleza, libre de lazos de escuelas y de influencias extranjeras, que habría de señalar el camino definitivo de la pintura italiana. Como los artistas que dirigieron después el Renacimiento, Giotto tenía en sí mismo, el haz de todas las bellas artes; era arquitecto, pintor, escultor y matemático.

Como arquitecto, recordad el campanile de Florencia. Al flanco de la Catedral se levanta con sus mármoles de todos los colores y sus ventanas ojivales, donde anidan las palomas. Visto de lejos, custodia la serenidad del templo y las curvas ascendentes de la cúpula de Brunelleschi. En sus paredes están las esculturas de Donatello, y en conjunto es una de las obras más bellas con que cuenta para sí el orgullo de los hombres. No sólo lo elevó maravillosamente, sino que él mismo esculpió dos relieves que decoran su basamento. Giotto desde muy joven fue el decorador de las principales ciudades.

Había en él una sed de viajes, un impulso nómade que lo llevó a Ravena, a Milán o a Aviñón. Creaba con la mayor naturalidad y frescura; esos viajes por la campiña, las estadías en la montaña, el alejamiento del taller y del estudio hermético, en donde se acumulan aún, como sombras, los últimos preceptos bizantinos, todo contribuyó para el feliz desarrollo de sus facultades creadoras. En 1298 pintó en Roma, en 1300 en San Juan de Letrán, en Asís después, en 1301 en el Palacio de la Potestad y en Santa Cruz en Florencia. Atrae la curiosidad de los príncipes y de los Papas, y despierta en todas partes el entusiasmo de los jóvenes. Su aureola y su actividad sólo han sido comparadas con las de Miguel Angel. Su garra personal se imprime en los pintores que le sucedieron, en todos los del trescientos y del cuatrocientos, hasta Fra Angélico y Botticelli. Vienen en seguida de él Orcagna, Benozzo Gozzoli, Gentile da Fabiano, etc., etc[5].

La Capilla de la Arena en Padua, hoy es monumento nacional. Allí se conservan numerosos frescos de Giotto, que reproducen pasajes sagrados. Las paredes de la capilla están ilustradas totalmente con motivos de la vida de María, hasta la muerte y resurrección de Cristo, según los Evangelios más conocidos de la época. Recordamos aquella mañana luminosa que visitamos la capilla, perdida entre los jardines. El techo es azul, con estrellas de oro. También el fondo de casi todos los cuadros es azul.

Abunda el decorado en la aureola de los santos y el rojo y el azul en las túnicas flotantes. Las figuras son sencillas, con la formidable ingenuidad de los primitivos. No hay nada de la rigidez y la dureza de las figuras de los mosaicos y tablas bizantinos. Recorremos uno por uno los episodios sagrados; por encima del portón de entrada, vemos una gran pintura mural, representando el juicio final. Allí está la distribución dantesca de la justicia, los que van al cielo y los que pasan al infierno.

A nuestro alrededor se agita la concurrencia. En su mayoría ingleses que discuten, se extasían, lanzan exclamaciones y miran los altos frescos con lentes de larga vista. Hay algunas mujeres del pueblo, que recorren una por una las escenas sacras y las explican a los niños. Aquel ambiente de tranquilidad absoluta y una inmensa dulzura se ha apoderado de nuestra voluntad. Después de observar en conjunto las obras pedimos un plano también, y desfilamos durante unas horas frente a las motivos giottistas. En esta casa, el artista hizo amistad con Dante, cuando éste pasó por Padua. De allí en muchas mañanas, saldrían los dos a conversar caminando por los alrededores de la ciudad, bordeando los canales de aguas dormidas, que atraviesan las callejas. Se afirma que ambos partieron juntos después hacia Verona. Giotto llevó en sus pupilas para siempre la imagen de Dante y la legó a la posteridad en la Capilla del Palacio de Florencia. Todos conocéis ese perfil descubierto en la pared el siglo pasado y restaurado enseguida. En cuanto a Dante, en su Divina Comedia hizo el elogio de Giotto en el célebre terceto:

Credette Cimabúe nella pittura

tener lo campo, ed ora ha Giotto il grido,

si che la lama di coluí oscura.

Una tarde, nosotros en Florencia, nos detuvimos delante de aquella figura de adolescente sumergida en una atmósfera celeste. Es el Dante de la Vita Nuova; tal como la veneración de Giotto lo soñaba y lo desearía tal vez, y no el Dante que nos trasmitió Bocaccio en esta anécdota: "Una vez, en Verona, ante una rueda de mujeres pasó un poeta y una de ellas dijo: Ved al que desciende al infierno y vuelve cuando le place, para traer a la gente de este mundo noticias de los que allá sufren. Es verdad lo que dices —contestóle otra mujer ingenuamente, pues él tiene la barba encrespada y el tinte bronceado por el calor y el humo del infierno”.

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Los dos amigos de Padua, se complacieron en hacer el elogio de Francisco de Asís. Afirmase que Giotto pasó su vida artística inspirándose en el místico fundador de la humilde Orden. En Rímini, Ravena y Florencia, deja Giotto impresiones sobre el Santo. Veinte años vive cerca de su tumba, vistiendo de pinturas murales a la iglesia de Asís. Las situaciones principales de la vida de San Francisco están representadas allí, como las de Jesús de Padua y las de San Juan, y las de San Juan Bautista y San Juan Evangelista en Florencia. Todo un poema religioso eleva Giotto en la basílica de Asís: San Francisco niño, joven, en sus milagros y en sus luchas, en las renuncias de riquezas, sosteniendo con sus hombros la iglesia de Letrán, cruzando los aires en carroza de fuego, resucitando al mancebo, y enseguida de todo esto, el tránsito a las regiones celestes. Todo un poema, dividido como la obra de Dante en descripciones de la tierra y en la apoteosis de los cielos. Además Giotto, nos deja la tela extraordinaria que representa a "San Francisco recibiendo los Estigmas”, que se conserva en el Louvre.

Dante, por su parte en el Paraíso, dedica los cantos XI y XII a loar la gloria del poeta de Asís. Dice así, refiriéndose a los varones fundadores de las Ordenes Franciscanas y Dominicanas:

L’un fu tutto seráfico in ardore,

l'altro per sapiencia in Certa fue

di cherubíca luce uno splendore.

 

Dell'un díró, pero che d’ambedue

si dice l'un pregiando, qual ch’uom prende,

perché ad un fine fur l'opere sue.

 

Intra Tupino, e l’acqua che discende

del colle eletco dal beato Ubaldo,

fertile costa d'alto monte pende.

 

Onde Perugia senté freddo e caldo

da porta solé, e diretro le piange

per greve gíogio Nocera con Gualdo.

 

Di quella cosca, lá dov’elk frange

piu sua rattezza, nacque al mondo un Sole,

come fa questo talvolta di Gange,

 

Peró chi d’esso loco fa parole

non dica Ascesi, ché direbbe corto

ma Oriente, so proprio dir vuole.

                   Paraíso — Canto XI — Versos 37 a 52.

Vemos, pues, cómo el delicadísimo hermano de las estrellas, de las aves y de los peces, había encontrado eco en la devoción de Giotto y Dante. Los tres tienen admirable perspicacia para analizar las más profundas inquietudes del alma humana. Recién en la obra de ellos, aparecen les sentimientos humanos influyendo o dirigiendo el desarrollo de los sucesos o participando en las escenas de la vida real. Los tres amaron entrañablemente a la naturaleza y en esto estriba la gloria que los rodeó en aquel momento de falsedad y convencionalismo.

El reproche fundamental que se hace a la Edad Media, de haber envilecido a la naturaleza, de haber cerrado los ojos a su variedad y a su alegría, de permanecer indiferente ante las bellezas materiales, la floración de las selvas, la felicidad de los mares y de las montañas, se desvanece cuando en el siglo de que hablamos, uno se encuentra con estos tres hombres. Sabemos ya cuál fue el mérito de la obra de Giotto: reaccionar contra lo falso y lo dogmático. Ruskin lo condensa diciendo que Giotto vio las cosas como eran; una cosa blanca, era blanca y una cosa roja era roja. Y descubrió naturalmente... “Los griegos y bizantinos habían pintado cualquier cosa y de cualquier modo”. La característica de Francisco de Asís no es otra; abrió, a los ojos de la gleba, los Evangelios, fue el protector de los débiles y esclavos, predicó a las piedras y a las aves; en cuanto podía edificaba un convento para amparar a los fieles frente a los castillos de los señores y escribió en lengua vulgar las cosas más sublimes y delicadas. Francisco de Asís llevó a la religión el amor total de la naturaleza; Dante y Giotto infundieron en el arte esa misma adoración.

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Ya véis cómo al amor del Santo de Umbría, se unieron Dante y Giotto. La misión que los dos tuvieron fue idéntica, de liberación y de creación. Dante y Giotto, arrancaron del fondo de la Edad Media la poesía y la pintura italianas. A ambos los guiaba una finalidad religiosa, que se manifestó en los dos por la exaltación de los mismos asuntos sagrados, y en la devoción hacia Jesús y Francisco de Asís. Dante nos dejó un elogio consagrador de Giotto y éste a su vez un perfil del poeta en Florencia. Ambos salieron de la gleba popular y expresaron los sentimientos del pueblo de la época; uno, dignificando la lengua vulgar, y el otro historiando los motivos religiosos que estaban en la memoria de las multitudes de burgos y campiñas. Había un ideal fraternal, hondo y trascendental en los dos. Sus naturalezas eran rudas y simples. Giotto, viajó por las más cultas ciudades italianas aclamado como un profeta, señalado en todas partes por la admiración de las gentes. Era hombre huraño y terrible, nos dicen. No queda de él ningún retrato en pintura alguna y no imaginamos cómo era su físico; sólo suponemos que sea suyo, un perfil, en un Juicio Final, de Padua. No se representó, según parece, en sus cuadros a la manera de muchos pintores del Renacimiento; al menos no lo dijo jamás, de modo que imaginamos en él un desdén simpático por la vanidad póstuma.

Abundan las anécdotas que lo destacan como un temperamento libre y áspero, burlón de los necios y presuntuosos. Como Dante se rodeó de músicos, poetas y caballeros y cultivó la amistad con Bocaccio y Petrarca. También fueron múltiples las actividades de ambos, realizaron la suprema aspiración de ser hombres absolutos, héroes de su siglo y sufrieron y lucharon por ideales semejantes. ¿Se trataron personalmente durante mucho tiempo? Lo único que se sabe es que se vieron en Padua y eso mismo para muchos no deja de ser una suposición. Tal como lo hemos relatado debieron suceder las cosas; viéronse durante unos días, departieron amistosamente y se separaron como dos sombras calladas. Tal vez aquellos breves momentos fueron definitivos, y allí se realizó en ellos la comprensión profunda de sus geniales temperamentos.

Carlyle estableció el verdadero significado del poema de Dante. La Divina Comedia es su obra, pero en realidad allí están los diez primeros siglos del Cristianismo. A Dante, el artificio final, el trabajo último; la Edad Media es la verdadera constructora de la obra. Ella habla en el poema de Dante y todas las ideas de los siglos medioevales encontraron su música en los terceros admirables. ¿Qué otra cosa puede decirse de la labor de Giotto? En él se condensaron las aspiraciones de muchos siglos de ensayos y balbuceos, en él hallaron liberación y expresión las tentativas inexpertas de las generaciones de primitivos y anónimos.

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He aquí que encontramos en papeles íntimos algunas sensaciones de la ciudad de los Médicis.

"En estas noches de luna que nos han tocado en Florencia, es un espectáculo maravilloso ver cómo la luz plateada se refleja en la Catedral. El edificio adquiere luminosidad y los resplandores surgen de todos los mármoles que lo decoran”. "Entonces, nos entretenemos en pasear por las inmediaciones de Santa María de las Flores, deteniéndonos a contemplar los grandes ángulos entrantes de la parte exterior del crucero, en seguir circundando la parte posterior del templo, o en mirar de lejos el campanile elevado por Giotto”. "En los nichos de esta construcción, destácanse las figuras de Donatello y en las cornisas amontóname los racimos de palomas dormidas. Nos hallamos tranquilos y nuestra atención se siente ahora más libre, pues de día, la aglomeración del público y la molestia de los pequeños comerciantes de tarjetas postales y reproducciones, nos impiden observar con arrobamiento especial las líneas del Duomo o la alígera elevación del Campanile”......"Hemos estado hoy en el interior de la Catedral. Allí también vemos la figura del Alíghieri. En una pared está la alegoría de Doménico de Michelino. Aparece el poeta, joven aún, de pie como figura central, coronado de laureles, sosteniendo en la mano izquierda un libro abierto. Los símbolos celestes lo rodean, la ciudad amurallada a la derecha, la Florencia renacentista, con sus almenas y castillos; el infierno al otro lado, detrás de un grueso pórtico de piedra con la caravana de los malditos; al fondo el purgatorio, como un cono surcado por una espiral emblemática, y el cielo, finalmente, arriba de todo, con los colores del iris y los círculos de la felicidad divina”. . .

... "En Florencia, en todas partes, aparece la imagen del Dante. Cuando caminamos por los muelles del Arno, vienen a ofrecemos miniaturas o reproducciones. En todos los escaparates del Puente Viejo, en los alrededores de la Galería de los Oficios, en las tiendas pequeñas que abundan en estas callejuelas, nos muestran la figura del Dante y eso que no mencionamos el monumento recargado de la plaza Santa Cruz. La ciudad paga aún su excesiva severidad para con el poeta. Aquel destierro, que lo condenó a sufrir y llorar por las ciudades vecinas, le ha costado a Florencia mil disgustos y arrepentimientos. En 1314, los florentinos le abrirán las puertas a Dante a condición de que se someta a una penitencia brutal, como los herejes y traidores. "No es éste el camino, contestó, que me ha de llevar a Florencia. Sí no hay otro modo de entrar no volveré nunca a esa ciudad y yo también abandonaré toda esperanza". "Cuando murió Dante en Ravena, en 1321, Florencia presenció de lejos los homenajes de todo el pueblo de Italia a su hijo desterrado. La ciudad nativa le decretó honores también, monumentos en Santa Cruz y en la Catedral, creó cátedras especiales para explicar la Divina Comedia, pero no pudo recuperar el cadáver. Cincuenta años después, se le construyó un mausoleo en Santa Cruz, pero Ravena no cedió los despojos y el sepulcro sigue aún vacío. Bocaccio, con su sabiduría mordaz y su lenguaje atrevido, explicaba los poemas de Dante criticando al mismo tiempo la dureza de las autoridades florentinas. Ni Buonarotti, ni después Napoleón, lograron arrancar a los habitantes de Ravena, el cuerpo de Alighieri para llevarlo a la ciudad toscana”. "Entre tanto el viajero, mientras recorre la ciudad, hallará en todos los sitios la imagen de Dante. Lo curioso es que predominan las reproducciones del retrato que Giotto dejó en los frescos de la Capilla del Bargello. Hoy hemos estado a verlo allí. La capilla es pequeña, mal iluminada. Quien penetra, puede distinguir enseguida, bien enfrente, entre otras figuras borrosas, la ti mica roja de Dante. Giotto pintó en esa pared un fresco que tituló "El Paraíso”. En él colocó a Dante, el de la Vita Nuova, cuando aún era el amante de Beatriz y mucho antes de la vergüenza del destierro. La frescura de la juventud y del amor iluminan su rostro. Viene con la túnica roja y un gorro de oscuro color, que una banda granate anuda. Aparece de perfil y a su lado asoman como de la niebla, dos figuras: la de un contemporáneo suyo, grueso y de expresión bonachona y la de otro, que sacerdote parece, hincado de rodillas. Este retrato, nos dicen, apareció bajo una capa de yeso, en 1842 y Antonio Marini lo restauró. Ya se sabe lo que significa generalmente restaurar en arte” ...

"Recorriendo la orilla del Arno, hacia el puente de la Gracia, nos acercamos a Santa Cruz. En esta iglesia y en San Antonio de Padua fue donde forjó sus maravillas más altas la inspiración franciscana. En Santa Cruz, hallamos placas y sepulcros para todos, desde Dante y Leonardo hasta Carducci. Hay mármoles de todos los gustos; malísimos y excelentes".

"Nosotros nos dirigimos a las capillas de Peruzzi y Bardi, decoradas por Giotto y sus discípulos. Todas las paredes fueron blanqueadas en épocas de fanatismo religioso. Poco a poco se van arrancando del olvido los frescos de Giotto y de su escuela, dedicados a la gloria de Asís y a la de San Juan Evangelista y Juan Bautista". "¿Para qué evocar más recuerdos? Sólo diré que perdura aún en nuestras pupilas, la testa del Bautista, por Giotto, entre las manos temblorosas de Salomé, cuando la bacanal de Herodías. Está allí, en la sombra y la vemos aún, sobreponiéndose a todas las visiones del sensual drama, que ha inspirado a tantos pintores y poetas, desde los mosaístas rígidos, de la sacristía de la Catedral de San Marcos, hasta Oscar Wilde”. ... "Hoy hemos atravesado por el Puente Viejo para ir al Palacio Pitti. Al regresar de aquellos jardines y museos, con la frente fatigada, lo hemos hecho a pie al anochecer. Nos apoyamos en la baranda del Puente Viejo, para descansar, y compramos castañas y tomamos un vino suave en uno de estos comercios sencillos. Después, acodados sobre el río cerca del monumento a Cellini, hemos mirado las aguas verdosas y quietas del Arno. La tarde caía, más allá de las alturas azuladas de Fiésole y las primeras luces de la dudad temblaban reflejándose en el agua. Este puente de mercaderes, joyeros y prestamistas está lleno de recuerdos para nosotros. Fue en estas inmediaciones que, según las estampas familiares, Dante vio a Beatriz varias veces”,

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Cuando repasamos estas notas ahora, recordamos que siempre nos ha parecido a nosotros que Beatriz es una creación vaga y celeste que jamás perteneció a la tierra. Es curioso que se haya insistido tanto en esta figura, como la más alta naturaleza femenina que aparece en la obra del poeta. Las gentes de todos los siglos leen aquel episodio del amor de Dante, despertando súbitamente cuando tenía sólo 9 años, pero no lo creen. Parece una historia encantadora y no un suceso real.

Bocaccio ha dejado un retrato angelical de esta niña y ha sido el principalísimo divulgador del encuentro que tuvieron los precoces enamorados en las fiestas del opulento Portinari. Del físico y de las pasiones de Beatriz, como de todas las relaciones de ella con la vida real, Dante no deja escrito nada preciso. Apenas si menciona en ella la voz suave, los ojos admirables, el sonreír lleno de encantos. Dijérase que fue una figura que pasó sintiendo la nostalgia de la felicidad celeste, con la frente clara de color perlino y sonrosado, con la cabellera rubia; la más tierna figura que aparece en los cantos de la Comedia. Sin embargo, para los ojos de la posteridad Beatriz no es una figura cálida y viva. Los mismos exegetas simbolistas h han alejado de la realidad, cuando la hacen aparecer como el símbolo de la verdad absoluta, o de la ciencia divina, de la virtud más alta, o de la revelación del cielo. En la vida de Dante dijérase que imprimió una huella menos honda que los destierros, las luchas, la miseria y el odio de sus conciudadanos. Nosotros creemos con muchos críticos, que la verdadera figura femenina de la Divina Comedia no es Beatriz, sino Francesca de Rímini. ¡Esta sí ha sido arrancada del barro medieval, al mismo tiempo que los cantos del Infierno! Esta mujer vive aún y vivirá siempre, al lado de las formas torturadoras y pecadoras. ¡Y vivirá porque ella y no Beatriz, sintió el verdadero amor que mata! Francesca es mujer, y nada más que mujer; es una acabada forma poética, dice de Sanctis y agrega "la mujer que Dante fue buscando hasta el Paraíso, hela aquí, él la halló en el Infierno”.

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Giotto, revelador del nuevo camino, pasó muchos años en las proximidades de Asís. Es curioso notar, cómo alternaba sus estadías más prolongadas en los sitios de Italia, donde el paisaje ofrece las sugestiones más bellas. Padua, Florencia y Asís. Cuando Giotto trabajó en Asís, ya había transcurrido medio siglo desde el día en que Francisco había abandonado la tierra. La leyenda estaba en pleno auge, en el desborde magnífico de sucesos y milagros, que él había de trasladar a las pinturas murales de la iglesia. Tiene tanta importancia esta influencia franciscana en la obra de Giotto y de sus sucesores, que Renán afirma que el mendigo de Asís fue el padre del arte italiano. Giotto contemplaría mil veces el valle de Umbría, con sus huertas y árboles florecidos, perderse en las vertientes ásperas del Apeníno. Allí concibió y realizó alegremente, sin tortura, a modo de un pastor que se embriaga con un juego rústico, la prodigiosa sucesión de escenas sacras, veintiocho frescos en total, que habrían de perdurar en la capilla gótica. La tarea de Giotto en este momento consiste en mirar a su alrededor; los hombres, los paisajes, las faenas pastoriles, o reproducir escenas milagrosas casi contemporáneas. Coloca en ellas la mayor naturalidad y Ies infunde el sentimiento, ya doloroso e inefable de los héroes.

Dijimos que la característica de la Edad Media fue en gran parte el temor del hombre por la Divinidad, Ese espanto, sólo comparable al espanto de Pascal por el vacío del espacio, pesaba como un plomo sobre la imaginación de las gentes. Ese terror colectivo, ese hálito quemante, que movió muchedumbres, que arrastró los pueblos enteros hacia el Santo Sepulcro, en las Cruzadas, y que llegó al paroxismo espantoso de organizar una Cruzada de los niños, pues decíase que sólo almas putas podrían llegar a Jerusalem, se refleja en los pocos documentos del arte medieval que han llegado a nosotros.

En los mosaicos y tablas de Bizancio, que hemos visto en Europa, se halla impresa esta fatalidad ante el amenazador misterio. Las figuras hieráticas, mado-nas doloridas, apóstoles y mártires se distribuyen impasibles e incapaces de ningún gesto, alrededor de la cruz. Las caras son inexpresivas, los cuerpos rígidos, con dureza de líneas y frialdad de contornos, asisten al desarrollo de los sucesos. El oro, el azul vivo, el rojo predominan; y la suntuosidad que se desprende de la escena contrasta con la grandeza del motivo inspirador y la ausencia de expresión en todos los rostros. En Bizancio la austeridad y el fausto del dogma, exigían seguramente esta forma de arte, pero no sería así en Italia, con la desaparición del terror del medioevo, cuando San Francisco hizo ei más lírico y entusiasta elogio de la naturaleza y transformó el concepto de la divinidad, haciendo descender a Cristo a la tierra, a la compañía y hermandad de los miserables y desgraciados, sitio de donde nunca debió haber salido.

Giotto, en las representaciones de Asís, en aquel himno de veintiocho cantos, así como el resto de su obra, no hizo más que darle carácter humano al drama divino, rejuveneciéndolo además, tanto como las oraciones de Francisco de Asís o los tercetos del Aü-ghieri. El pintor hace intervenir en el desarrollo del tema de sus cuadros a todos los personajes. Ies da un alma, les coloca una misión humana. Ya no son figuras regias y frías que asisten a una ceremonia mística, formadas en semicírculo, indiferentes o aterradas, sino que son seres de carne y hueso que accionan, sufren, ríen, discuten. ..

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Así desfilaron ante nuestros ojos los motivos de la capilla de Padua: Cristo bendice a Lázaro, en medio de la confusión de los presentes en el acto de la resurrección. Cristo, con un látigo expulsa a los mercaderes del templo, y el momento éste aparece lleno de realidad y justeza. En Asís, Giotto describe la vida del hombre que quiso imitar fielmente a Jesús en todos los actos de su vida, y en la Santa Cru2 de Florencia, el pintor nos lleva hasta presenciar la danza de Salomé.

La voluntad del trescientos en Italia, se apoya pues, sobre el trípode de Francisco de Asís, Dante y Giotto. No os extrañéis de que mañana un erudito os demuestre que en realidad Alighieri y Giotto no se han conocido jamás personalmente, pues no hay documentaciones históricas que confirmen el encuentro de Padua. Sin embargo, nosotros seguiremos creyendo que una honda simpatía personal los unió y que fruto de ese compañerismo, Giotto nos ha dado la verdadera imagen de Dante en el joven soñador de la capital toscana. Y como resumen de este tratado, voy a proponer la siguiente síntesis para meditación de los artistas y estudiosos:

"La amistad de Dante y Giotto, la mutua simpatía que les unió, la idéntica actitud de ambos frente al despertar del genio y de la nacionalidad de Italia, es una de las etapas iniciales del Renacimiento y debe ser considerada, por lo tanto, como un factor decisivo en la elaboración de este movimiento”. "En el trescientos, y en esas tres figuras de auténtico genio que hemos comentado, se realizó, plenamente, el misterioso milagro de la armonía de lo poético y lo religioso coa la exactitud plástica. Analícense las obras y empresas de San Francisco de Asís y se verá cómo coexisten esas gigantescas voluntades de lo sensitivo o razonante que presidieron su acción, con la santidad más perfecta y la imaginación poética más inefable. Así, en lo más íntimo de las obras de Giotto y Dante, artistas hombres que aparentemente ofrecen más unidad, pues en el fondo ellos son del arte y nada más; es decir, si penetramos en los límites que trazan los firmes contornos de la arquitectura y la pintura de Giotto y lo estructural de la Divina Comedia, notaremos inmediatamente entremecerse, vivas, la vibración, la fluidez y la claridad de los sentimientos religiosos y poéticos, que reinaron en las almas de infinidad de hombres y generaciones".

Notas:

[1] Vasari. — Vida de arquitectos, pintores y escultores.

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[2] Lafenestre. — La peinture italienne.

 

[3] Eiie Faure — L'art renaissant

 

[4] Mauclair. — La peinture italienne.

 

[5] Vasari

Giotto, la raíz de la pintura moderna

26 feb. 2014
FUNDACIÓN JUAN MARCH

Dante y su mundo

25 oct. 2019

Fundación Juan March

Para el poeta, músico, traductor y catedrático de literatura José María Micó, la Comedia es “el libro más extraordinario de la literatura europea” debido a las circunstancias de su creación. Al análisis de la figura y la época de su autor, Dante Alighieri (Florencia, c. 1265-Rávena, 1321) se dedica esta primera sesión del ciclo. La situación política y la sociedad del tiempo de Dante, con la contienda religiosa entre güelfos y gibelinos, son claves para la comprensión de la obra. El conferenciante se detiene en cuestiones biográficas, como el exilio del poeta o el personaje de Beatriz, y en otras textuales referentes a la Comedia: el simbolismo numérico, la invención literaria de una lengua y de una estrofa, el terceto encadenado, o el origen del añadido epíteto de “divina” –a partir de Boccaccio– que dio título a la obra. Primera conferencia del ciclo "La Comedia de Dante" https://www.march.es/actos/101792/ 10 de octubre de 2019 Fundación Juan March, Madrid

FUNDACIÓN JUAN MARCH

Dante y su mundo

25 oct. 2019

 

Para el poeta, músico, traductor y catedrático de literatura José María Micó, la Comedia es “el libro más extraordinario de la literatura europea” debido a las circunstancias de su creación. Al análisis de la figura y la época de su autor, Dante Alighieri (Florencia, c. 1265-Rávena, 1321) se dedica esta primera sesión del ciclo. La situación política y la sociedad del tiempo de Dante, con la contienda religiosa entre güelfos y gibelinos, son claves para la comprensión de la obra. El conferenciante se detiene en cuestiones biográficas, como el exilio del poeta o el personaje de Beatriz, y en otras textuales referentes a la Comedia: el simbolismo numérico, la invención literaria de una lengua y de una estrofa, el terceto encadenado, o el origen del añadido epíteto de “divina” –a partir de Boccaccio– que dio título a la obra. Primera conferencia del ciclo "La Comedia de Dante" https://www.march.es/actos/101792/ 10 de octubre de 2019 Fundación Juan March, Madrid

El Infierno de Dante

nov. 2019

Fundación Juan March

Dante comienza, en esta segunda sesión del ciclo dedicado a su "Comedia", un viaje alegórico –emprendido en el año 1300– que durará una semana. En su descenso al Infierno, el poeta florentino será guiado por Virgilio, considerado como “el mayor de los poetas épicos y además el más cristiano de los poetas paganos” en palabras del conferenciante José María Micó. Compuesto por nueve gradas circulares en forma de cono invertido, el Infierno dantesco es descrito círculo por círculo, el primero es el limbo y los círculos segundo a noveno albergan a los pecadores, dispuestos en función de la gravedad de su culpa y a quienes se castiga por “contrapaso”. Además, Dante se encuentra con personajes, reales o ficticios, como Paolo y Francesca, Brunetto Latini, Ulises o el conde Ugolino. Segunda conferencia del ciclo "La Comedia de Dante" https://www.march.es/actos/101793/ 15 de octubre de 2019 Fundación Juan March, Madrid

El "Purgatorio" y el "Paraiso" de Dante

Fundación Juan March

En esta última conferencia del ciclo dedicado a la Comedia, Dante continúa su viaje con el ascenso a la montaña del Purgatorio, el último tramo que realiza con Virgilio, donde las almas purifican sus pecados. El poema concluye con el encuentro de Dante y su amada Beatriz, quienes emprenden el recorrido por el Paraíso, dividido en nueve cielos concéntricos que giran alrededor de la tierra y habitado por espíritus que se manifiestan ante la visión de Dante como luces en forma de figuras alegóricas como la cruz o el águila imperial. El poeta florentino encontrará, en este recorrido final, a los personajes de Estacio y Matelda, Justiniano, Cacciaguida y Adán, para culminar, mediante la intercesión de San Bernardo, con la contemplación de la visión final, una experiencia mística e iluminadora que –en expresión de José María Micó– supone “la unión con Dios, también la comprensión del mundo”. Tercera y última conferencia del ciclo "La Comedia de Dante" https://www.march.es/actos/101794/ 17 de octubre de 2019 Fundación Juan March, Madrid

 

Emilio Oribe

Emilio Oribe Poética y plástica Tomo II

Biblioteca Artigas

Clásicos Uruguayos Vol. 135

Montevideo 1968

 

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