Canto de las piedras pequeñas de los ríos

poema de Emilio Oribe

A Fernán Silva Valdés.

 

Piedras que arrastra el río

y vienen con las aguas transparentes

de las sierras del trópico, entre músicas

de torrentes.

 

Rodando,
rodando, rodando y cantando,

por las laderas,

al río van bajando.

 

Tras larga esclavitud,

hijas del padre sol, gotas del fuego,

adormidas mil años en la tierra,

son despertadas luego.


El agua os ha entregado

la libertad, la danza y la alegría,

y os lleva por caminos

maravillosos a la luz del día.

Corriendo, corriendo, corriendo,

de la sierra a los llanos,

os detenéis apenas
para hablar con la flor de los pantanos.

 

Adorno de las tribus,

y arma para vencer al extranjero.
Si os manejan los indios dais la flecha,

lumbre contra el acero.

 

Luz y luz todo el día,
luz y luz os da el sol,
para que las luciérnagas,
allí enciendan de noche su farol.

 

Mansas como semillas,

frescas como doncellas,

millares y millares

sois más que las estrellas.

 

Unas con amatistas

o cuarzos en su centro.
Otras, color de luna,

vienen con agua dentro.
 

Por la noche en los vados

cantan los payadores,
Y han encendido hogueras junto al río.

¡Que lindos resplandores!
 

O gritan los vaqueros

bajo el sol del estío.
Si quereis escucharlos,
—¡Vamos!, os dice el río.—.

 

Alguien os pastorea

con silbo o dulce voz.
Así vais en la arena que resbala

por los dedos de Dios.

 

¿Cosas? ¿Almas que emigran?

Obedientes rebaños,

debajo de los puentes

pasáis años tras años.

 

O alegres y desnudas

corréis por las campiñas

formando caravanas,

como si fuerais niñas,

Piedrecillas redondas
cual los ojos del buey, que os vino a ver,

lleno de asombros

cuando bajó a beber.


Como el pie de los niños

algunas son rosadas;
las que siempre han de estar por inservibles

olvidadas!

Sandalias que los astros
para andar por el agua se han ceñido.
Con prisa os abandonan

porque el sol ha salido,

 

Y tantas, que parecen

estrellas rezagadas.
Estrellas que han caído,

estrellas enfriadas ...

 

En el agua hay artífices,

lapidarios pacientes,

que os dan formas de joyas

relucientes.

Con desvelo las ásperas aristas

van lavando y limando,

y os dejan si pulidas y perfectas

vais quedando.

 

Pero el agua, en silencio,

os va arrastrando!


Como en un rito bárbaro,

el río patriarcal,

se viste con vosotras

manto sacerdotal.


Vuelca sobre su pecho

de piedras un tesoro.
Os usa todo el día.
De noche las ha de oro.


Serenos, con sus hábitos

solares y atavíos,

pompas e hirsutas barbas
— Mirad los padres ríos!


Arenales inmensos,

son telas deslumbrantes.
Allí las piedrecillas

están como diamantes.


Mas cómo corre el agua
Y en su seno os esconde
Y os lleva poco a poco.
Ella sabe hacia dónde!


Mas cómo aumenta el agua

y ensancha sus caudales.
¡Qué lejos los troperos,

los cantos nacionales!


Adiós, ranchos con luces

por la noche. Adiós, luna. Adiós estrellas

Piedras que van a hundirse, hacia el Oeste,

mar adentro, son ellas.


Porque de ancho el río

es amargo y muy hondo,

piedras, sois pobres cosas

que rodáis hacia el fondo.


Ahora que en tinieblas

prisioneras estáis,
como ojos muy abiertos,

¿a quién interrogáis?


Después de tanta dicha

dónde vais a parar.
¡Ciegas, y dando tumbos,

por el fondo del mar!

poema de Emilio Oribe

Poemario La colina del pájaro rojo

Agencia General de Librerías y Publicaciones

Montevideo, 1925

 

Editado por el editor de Letras Uruguay 

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