Un personaje especial

 
Hoy quiero contarles una historia linda, algo real. Tal vez para algunos no sea importante, pero para Miguel y para mí representó una demostración de afecto tan inusual como sincera y nos conmovió.

Hace siete u ocho años, regresamos de la frontera nordeste, donde habíamos estado tres años por un traslado del trabajo que nos permitió levantar cabeza.
Fue nuestro tiempo de "vacas gordas" en que pudimos arreglar un poco la casa y renovar unos cuantos bártulos sin meternos en cuotas ni gravar el presupuesto.

Pensamos en apartar cacharros, ropa y algunos muebles, para repartirlos con dos o tres hurgadores que aparecían tres veces por semana, cuando al recolector de residuos no le tocaba pasar.
Siempre separábamos lo reciclable o útil para ellos en una bolsa limpia aparte, colgada del gancho del canasto, a la que le escribíamos "sirve y está limpio" con dry pen. 

Pero no había caso, igual bajaban la bolsa grande de la basura y luego de revolverla y no encontrar nada la dejaban abierta y con todo su contenido regado en el pasto o el cantero, condiciones que el basurero de la zona no tiene por qué contemplar.

Esperé a los hurgadores, les expliqué que la bolsa grande era sólo basura, y les pedí que golpearan si no había nada en el gancho, porque siempre iba a encontrar algo que compartir, sobre todo comestibles.

Fue inútil, los desperdicios tirados entre las plantas me fueron colmando la paciencia, hasta que un día monté en cólera y los corrí, amenazándolos con alguna de esas reacciones disparatadas que suelen ocurrírseme cuando estoy realmente molesta.

La suma de eso a mi tono de voz, la expresión que debo haberles mostrado, y el apoyo silencioso pero visible de mi marido al presenciar la escena… fue suficiente para que dejaran de venir.
Nosotros optamos siempre por la vía pacífica, pero cuando no encontramos eco, somos dos contra el mundo, si es necesario.

Un día, apareció un hombre joven en un carrito tirado por un caballo, al que acompañaba un niño pequeño, simpático y bien educado.
Detuvo el carro, se bajó, ignorando la bolsa de residuos golpeó las manos, y con mucha corrección a la que antepuso sus disculpas por la molestia, preguntó si teníamos "cualquier cosa" que no nos sirviera con que pudiéramos colaborar con él.
Así conocimos a Edgar, que fue desde ese momento, el destinatario de todo lo que no precisamos que esté en condiciones de serle útil.

De a poco fuimos conociendo de su vida y de su suerte, que no era muy buena que digamos.
La mujer que lo abandona y le deja los tres hijos, dos de los cuales siguió mandando a la escuela, pero, tuvo que aprovechar ese horario escolar para sus periplos diarios, llevando consigo al más chiquito.

Fue padre y madre por un buen tiempo y cuidó a esos niños de forma encomiable. Pero se sentía solo, y cada vez que pasaba por acá, hacía un alto para charlar con nosotros.
Cuando encontró compañera, para lo que fue muy selectivo porque "primero estaban los niños" y "no podía ser cualquiera", fuimos los primeros en conocer la noticia.

Una vez, cuando hicimos "limpieza" en la biblioteca, descartamos muchos libros que no íbamos a releer y se los dimos para que los vendiera.
Así supimos que le encantaba la lectura, y que antes de venderlos los leería todos porque "cualquier tema le gustaba" y "leyendo se aprende mucho".
Ante esa respuesta, Miguel entró a buscar nuestras dos recientes ediciones, le hicimos una dedicatoria en cada ejemplar (recuerdo que ambas comenzaban con "para el amigo Edgar…") y se los regalamos.

Las expresiones de agradecimiento no son fáciles de describir, pero qué lindo es recibirlas cuando los gestos superan a las palabras.
Edgar se despidió, y se fue contento como si llevara oro.

A los pocos días, volvió expresamente a darnos su opinión, especificando claramente por qué le había gustado cada uno de los cuentos… nos explicó también que tuvo que mostrarle los libros a su señora y sus amigos señalando las dedicatorias… porque "nadie creía que tuviera dos amigos escritores".

Si bien con esto alcanza para "una historia linda", como dije al principio, lo emotivo, lo que nos tocó hondo, pasó después.

Edgar, que seguía contándonos de la incredulidad de sus allegados, abrió su billetera y dijo: "dicen que no me creen porque les da envidia, cómo no van a ser mis amigos, si yo los llevo acá, siempre conmigo"… … … y nos mostró la foto nuestra, que había recortado de la contratapa de uno de los libros y que atesoraba con orgullo.
"Yo sé que los libros no se cortan" -dijo- "pero no tenía otra, así que me decidí, y arreglé el cuadrito recortado con un pedacito de cartulina para que quedara prolijo". 

Cuando se fue, le di un beso, como siempre, pero esta vez con los ojos empañados.

Elizabeth Oliver de Abalos

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