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Cuentos de la memoria y del ombú
Ángeles Núñez Echenique

«A mi Yaya con amor y agradecimiento;
gracias a ella, conocí el afecto de su gente y
supe ¡qué bueno saben
los pasteles criollos
en un rancho con piso de tierra!».

Germelino Aguilar era un personaje difícil de encontrar y olvidar.

Había nacido allá por mil novecientos cuatro, tiempos de revolución y coraje, de empujones y de esperanzas, en un pueblo alejado de ciudades importantes: «Las Pavas», a orillas de un arroyo del mismo nombre que desemboca en el río Olimar, en el departamento de Treinta y Tres.

El alma y el rostro de este hombre se fueron curtiendo de cicatrices.

Al mismo tiempo, su figura quijotesca se encorvaba cada quinquenio un poco más.

De niño conoció el hambre, el frío, la dureza del trato, la ausencia de afecto, y todo tipo de bromas pesadas en ruedas de hombres divertidos que hacían alardes de proezas y experiencias pocas veces comprobables.

Así, en ese ambiente, fue aprendiendo a desenvolverse en la ruda experiencia de trillar senderos de caminante, acoplándose como tropero ocasional, o ayudando en ciertas faenas camperas en cada establecimiento a donde se iba arrimando y aquerenciando.

Entre las diversas actividades del medio rural fue creciendo, envuelto en soledades de apegos familiares o amistosos. Aprendió con su propia experiencia que el día aclara por más larga que sea la noche y lastime la soledad.

Nadie podía imaginar cuántos imprevistos le fue arrimando la vida, porque para sobrevivir, iba probando distintas vestiduras de hombre firme e invencible, de vozarrón fuerte y enojado. De este modo, en el pueblo participaba de borracheras u otras diversiones, siendo objeto de hirientes tomaduras de pelo, demasiadas para el temple de su orgullo varonil.


Por esas razones se fue del pueblo, quizás con la esperanza de ganarse más respeto, y hasta una cierta compasión de alguna gente.

Consiguió prestado un caballo, tomó su maleta de lona azul desteñida que le había obsequiado una lavandera del pueblo, de esas que venían en un atado de «ropa para dar». Era probable que alguna doña influyente, de las que concurrian los sábados de tarde a la misa del pueblo, que celebraba el gallego Manuel, hubiese tenido la idea de esas donaciones.

La maleta se fue llenando de todo su patrimonio: una yerbera, un mate con bombilla de plata y oro que había ganado jugando a las cartas en el boliche de El Pelado, una libretita con un lápiz faber número dos, un yesquero, una lata vacía de dulce de membrillo redonda que serviría de caldera, de olla o de palangana para lavarse, y una frazada vieja —pero todavía gruesa—, aún adornada con la etiqueta «manta térmica Aurotex, de La Aurora», donde desplegó y anudó sus mejores recuerdos. Algunas fotos, unas cartas, dos gemelos de oro que le regaló doña Coca cuando la ayudó a levantar al finado Latorre, una radio Spica a pilas con estuche marrón, una linterna plateada, un reloj despertador a cuerda marca Europa que sonaba siempre a las cuatro de la madrugada.

En ese horario, se lo había puesto un periodista de una radio para recordarle que, ellos también, se levantaban temprano para trabajar, y que, en cualquier oficio o profesión, para hacer las cosas bien es cuestión de esfuerzo y perseverancia.

Se hace menester señalar que Germelino no sabía leer, pero sí era bastante ilustrado para los números. Se daba cuenta si le daban de menos en el sobrante del cambio, y también cuántos terneros se disparaban en una tropa, o cuántas mulitas se le habían escapado sin cazar.

La vida lo tuvo años como desplazado del mundo, yendo y viniendo del departamento de Treinta y Tres a Lavalleja, y algunas veces llegaba cerca de Río Branco, donde le era más fácil obtener el tabaco, la yerba y la caña a mejor precio.

En la estancia de Torcuato Acosta le permitieron quedarse más tiempo. Llevaba varias semanas ayudando a carpir los patios, a limpiar lo galpones, a carnear y en algunas madrugadas también a ordeñar.

Una mañana, cuando ya había terminado de juntar los terneros con las vacas recién ordeñadas, entró en una acalorada discusión con un peón de esos que tienen aire de jefe de sección de empleo público, un poco acreditado por el tiempo que llevan como peones del lugar, y otro por sentirse casi «doctores» al lado de un analfabeto. 

Era una mañana muy fría y lluviosa de julio de mil novecientos sesenta y dos cuando Ciriaco Latorre, hombre guapo y con desenvuelta arrogancia, inició una discusión que despertó al patrón y a su familia:

—¡«No sé pa’ qué carajo te levantás, si es pa’ hacer cebo nomás!», increpó Ciriaco con voz gruesa de capataz recién nombrado. 

—«Hijo ‘e puta, ordeñé como dié’ litro ‘e leche ma’ que vo’ esta mañana», respondió Germelino enfurecido.

—«Mentiroso, que va’ a ordeñar vo’, viejo atorrante! No sabé’ leer ni escribir va a sabé’ cuánto son die’ litro’ ‘e leche!. Yo te voy a enseñar que nadie en esta casa ha ordeñado más que yo, viejo de mierda!».

A lo que para asombro de Germelino desenvainó el facón que portaba detrás de su cintura, cubriendo sus riñones y masajeando sus vértebras lumbares.

El contrincante, con una avidez imposible de imaginar, le tiró el balde de leche todavía calentita a la cara y se fue corriendo. Con toda la rapidez de la que era capaz, agarró la maleta —que siempre preparaba al levantarse por las dudas—, como imaginando que su vida nunca le permitíría aquerenciarse en lugar alguno, y se fue disparando. Por suerte, también su caballo estaba ensillado y de esa manera, tomando todas sus pertenencias y sintiendo el cuero tibio de su único vínculo familiar, el de su caballo, se montó rápidamente, y al galope se fue envuelto en bronca del lugar. Apenas se sintió seguro, aminoró el galope, respiró hondo y una mezcla de sentimientos afloraron a su corazón. Aunque su mente le transmitió que la libertad era lo más importante, en todo caso no tener qué comer ni dónde dormir podía ser un estado pasajero.

Sólo de una cosa estaba seguro, que si se hubiese quedado un tiempo más, hubiera sido capaz de acuchillar al compadrito y alcahuete de Ciriaco.

¿Y qué hubiese sido de él? Habría terminado en el calabozo del pueblo, aprisionado entre rejas y paredes húmedas. ¡No, por suerte disparó de allí! Fue entonces que se tocó el cuchillo que llevaba a la cintura, ése no era tan grande como el facón, era chico nomás, pero hubiese respondido bien en caso de haberlo necesitado como defensa personal.

En ese momento, decidió desensillar la amargura y el caballo para que pudieran descansar un rato. No tenía nada para comer, pero no importaba, se inclinó un buche de caña, se armó un cigarro y se quedó dormido al lado de un ceibo.

Al día siguiente, no pensó demasiado mientras tomaba mate.

Decidió emprender el camino y tratar de llegar a alguna casa que estuviera sobre la ruta, alguna sencillita nomás. De tanto vagabundear Germelino iba componiendo su filosofía de vida. Así se aseguraba que cuando el caserío pintaba muy «copetudo», era para complicación.

Generalmente había más gente, más «mandones», más trabajo y menos comida.

Con el tiempo y de tanto andar, las enseñanzas desempolvaban las tristezas y se asomaba una ventanita de esperanza en el porvenir. Allá lejos, donde apoyaba su mirada, en el horizonte de su ruta seguramente algo mejor le estaría destinado.

Respiró hondo cuando, desde una loma divisó el caserío del establecimiento «Las Tres Marías», miró como abrazando el paisaje y le gustó. Nunca había estado allí.

Se acercó a la portera por donde normalmente entra el ganado e hizo sonar fuerte sus palmas.
Grande fue su alegría, tanto como su asombro, cuando vio salir al patrón diciéndole:

—«Negro, ¿cómo andás? ¿Qué hacés por estos pagos?

—Buen día, don, ¿usté me conoce?», preguntó Germelino.

—«Pero, ¡cómo no voy a conocerte si vos sos el Negro Aguilar y yo soy Rubito Fernández Ochoa!».

—«Bendito sea Tata Dio’ Rubito!». Y ahí mismo se prendieron en un abrazo.

La vida tiene sorpresas que premian las desilusiones. Una mezcla de alegría y melancolía le inundó su ser entero.

El había sido peón en la estancia de los Fernández Ochoa. Una familia de ocho hijos, el menor, Rubito, había sido como un hijo para él.

¡De verdad nadie en la vida lo había querido tanto como aquel gurí!.

Pero como Aguilar tenía fama de loco, y se decía que había estado preso, entonces las mujeres de la casa no estaban muy conformes con esas demostraciones de afecto.

Rubito era muy cariñoso y divertido. Cuando esbozó sus primeras letras, el peón se sentió orgulloso de él. 

Así entre andadas a caballo, idas al campo y diversas tareas, el muchacho lo seguía a todos lados. También cuando bromeaban entre peones, mostraba una clara preferencia por este hombre morocho, grande, encerrado en sí mismo, con un lenguaje peculiar, mezcla de paisano criado casi con la misma libertad de los caballos, y la brutalidad de los que no han sido beneficiados en ningún reparto proporcional de las cosas de la vida.

«¡Qué gurí güeno!,» pensó.

Con el tiempo, tuvo que ir pupilo a la Escuela Agrícola Jackson, de los Padres Salesianos. Entonces se espaciaron los encuentros.

El tiempo pasó y él se fue de allí. Y así se sucedieron varios años.

¡Quién lo iba a decir! El asunto que estaba frente al patroncito y su familia: su esposa Carolina y sus cinco hijos: Joaquín, Macarena, Ignacio, Marcos y Clara.

Y lo invitó a que se quedara a trabajar, diciéndole:

—«Bueno, Negro, si andás buscando trabajo quedate por aquí nomás. Pero no vayamos a pelearnos, sería una macana! Vos eras muy trabajador pero no te gustaban las órdenes, y eso capaz que nos joroba. Iremos viendo».

—«Y güeno, me viá tener que acostumbrar. Te convertiste en patroncito nomá?».

Pasaron los años y Germelino fue acomodándose y sintiéndose a gusto con aquélla gente. Volvió a pasarle lo mismo, se encariñó con toda la muchachada pero Clara, la hija menor, tenía algo especial para él. Era alegre y conversaba de una manera diferente, como llegando al alma. Siempre andaba tras de él para que le contara cosas de cuando era joven.

Como tenía fama de medio chiflado, entra la doña y Jacinta, la negra que la había criado, andaban siempre curioseando buscando a la gurisa.
Aguilar nunca le decía Clara sino «Gurisa Chica».

Los hijos de Rubito también partieron para colegios lejanos, de esos que daban de comer y alojamiento, además de enseñar como en la escuela.

Clara leía mucho, y después, a partir de esas lecturas, le inventaba cuentos a Germelino, donde las alegrías y tristezas de la vida de campo y otros mundos, interesaban verdaderamente a este personaje.

Carolina le enseñó a leer y a escribir a Clara, pero cuando ésta iba a empezar cuarto año se fueron a Montevideo y alquilaron una casa allá.

Pasaron los años y Aguilar siguió trabajando en ese establecimiento, haciendo como siempre todo a su antojo y gana. Si el patrón decía que había que salir a vigilar la majada, Germelino iba a la quinta y plantaba o cosechaba, pero el asunto es que él sabía sacar provecho de su trabajo. Cuidaba bien el ganado y sobre todo a las ovejas cuando daban cría. Era común verlo en tiempos de frío, viento y tormentas eléctricas, calzar un poncho de paño e ir a todo galope al campo para proteger los corderitos que iban naciendo.

Pasaron los años. La situación política y económica empezó a complicarse en Uruguay, «revuelos en la capital con obreros y estudiantes», decía la radio.

Germelino pasaba encerrado en sí mismo la mayoría del tiempo, aunque a veces proseaba con algún peón, permaneciendo medio cerca del patrón que iba cada quince días a Montevideo.

En las vacaciones «Las Tres Marías» se convertía en un jolgorio de jóvenes que venían de Montevideo a pasar unos días al campo. Eran compañeros y amigos de todos los gurises de Rubito.

Así empezó a conocer mucha gente, compañeros que venían en tren, amigos de los hijos de la familia. Algunos iban a tomar mate con los peones a la cocina, otros demostraban sus capacidades artísticas con el canto y la guitarra, otros se ponían a hacer teatro en el medio del galpón. La cosa se hacía divertida y se respiraba un ambiente de fiesta, pero ese ritmo cansaba a Germelino.

Dependía en qué estación del año llegasen las visitas que él preparaba —con mucho esmero—, pedazos de cordero, boniatos y choclos asados, para agasajar a las visitas.

De todos modos, Germelino siempre buscaba a Clara para que le contara cuentos en el ombú como cuando era pequeña. Sólo a ella le daba unas cartas de una novia que había tenido de joven para que se las leyera una y otra vez.

—«Leeme, Gurisa Chica y contame otro cuento».

La inestabilidad se fue apoderando cada vez más del Uruguay. Con un golpe de Estado los militares llegaron al poder «para ordenar el caos provocado por comunistas y terroristas que desestabilizaban el país».

Poco a poco, los cuentos de Clara empezaron a hablar de la justicia social, de la educación, de los derechos humanos, y Germelino la miraba asombrado, hasta que un día, allá por mil novecientos setenta y cinco le dijo:

—«Gurisa Chica, usté no se me haga ni comunista ni tupamara, guarda!

Eso no es pa´usté m´hija, eso es cosa de hombre no de mujercitas bien educadas».

En las ruedas de boliche se hablaba que «el tupamaraje estaba tan revolucionado que no había ciudad del interior donde no anduvieran jodiendo y buscando gente para luchar». Se decía que, en estancias de los alrededores, «cavaban la tierra como mulitas para esconder armas, que posiblemente, vinieran de la Unión Soviética o de Cuba».

Los cuentos de Clara eran cada vez más complicados, pero ella se los explicaba hasta que Germelino entendía que habían derechos fundamentales que tenían que ver con la igualdad, algo así como eso del cristianismo del Gallego Manuel en el pueblo, con los gurises pobres y abandonados.

Las cosas se empezaron a complicar. Un día Rubito fue llorando a la cocina de los peones:

—«Germelino, me tengo que ir a Montevideo, hay problemas allá.

Parece que no encuentran a Clara, no se sabe dónde está».

—«Son abombao´, ¡cómo no van a encontrar a la Gurisa Chica, si ya e´ grande!».

—«Hay huelgas y está todo muy embarullado. Me voy y vuelvo en unos días».

Una desazón quedó en el alma de Aguilar, quien no llegaba a captar la gravedad de todo aquello.

Pasaban los días y nadie le comunicaba nada, ni tampoco Rubito volvió enseguida. El sentía algo extraño, como cuando en una familia hay algún enfermo.

Finalmente, pasó Muñoz un capataz de una estancia vecina, y le dijo:

—«Buena mierda resultó ser la hija menor de Rubito, ¿eh?».

—«¿Qué carajo vení´ a decir vo´?. De esta gente no me hablá´mal a mí».

—«La tupamara ésa tiene su merecido, está presa nomás como corresponde, así va a aprender a encargarse de asuntos de mujeres».

Una mezcla de miedo y dolor le invadió. Ahora entendía por qué el patrón estaba demorado en Montevideo.

Pasaron los días y apareció la familia entera, pero sin Clara. Todos tenían una cara de velorio que asustaba, estaban demacrados y tristes. 

Nadie venía a la cocina a conversar y él no se animaba a preguntar por Clara.

Pero a la noche apareció Marcos, y le dijo:

—«Ché Germelino, es difícil para mí decirte esto, a Clara la llevaron presa junto a otras compañeras. Las agarraron en un barrio donde iban siempre a trabajar con los vecinos. Dos de ellas siguen presas, de otra no hay noticias, y Clara... murió».

—«Pero, ¿qué decí´ vo´, ¿cómo va a morir la Gurisa Chica; por qué va a morir?»—.

—«Murió en el cuartel, y esto que te voy a decir no lo digas a nadie: ¡la mataron!. Mis padres hicieron abrir el cajón a escondidas, a un médico amigo. Estaba con el cuerpo lleno de marcas, destrozada».

Germelino fue hasta el ombú, cortó una rama, miró al cielo como esperando un cuento nuevo de Clara. Mientras escondía sus lágrimas, muy despacio empezó a juntar otra vez sus cosas.
Ilustraciones:
Nicolás Soto Núñez, (1989, Montevideo), estudiante avanzado de Narración Audiovisual de la Licenciatura en Comunicación Social (UCUDAL), colaborador de la revista El Mensajero de San Antonio a través de artículos periodísticos sobre problemáticas sociales y cuentos cortos. Ha participado activamente como voluntario de organizaciones sociales vinculadas a los sectores populares.

Ángeles Núñez Echenique
Ediciones IDEAS - 2010 -

Angelesnunez5@gmail.com  

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