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Qué ganas de quedarme acá,
de no moverme,
de no cambiar ya de ciudad
ni casa,
con la caricia de ese sol que entibia
y se estira en el suelo como un perro.
Qué ganas de encerrarme con mis libros,
de estar con las palabras,
y escuchar una música en voz alta.
Qué ganas de ponerme cara al viento
junto a ese árbol familiar
que crece,
y mirar limpio el cielo
de la tarde
la ropa en los alambres,
el niño que en silencio
juega libre,
lejano de la sombra.
Qué ganas de cerrar
fuerte los ojos
y barrer las tristezas para siempre
hundiéndome en el río de los sueños,
y no acordarme nada ni ambiciones
sin luchas ni bostezos,
ahora que estoy en paz y sin fronteras
con una flor andando en la mirada,
y no hay rencor ni olvido
y los relojes
van en puntas de pie
por esta casa. |