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 Del libro "Cuerpo de mujer - Reflexión sobre lo vergonzante"
 
 

La semiótica como lugar femenino
Hilia Moreira
hiliamoreira5@gmail.com

 
 

Contenido
 

La Semiótica como lugar femenino

Un lugar en el mundo. La semiótica como lugar femenino. La semiótica de la Madre.¿Porqué la Diosa? La ignominia de la Diosa. Una semiótica de la ignominia.

Cornudo vientre de la Diosa

De la prehistoria a Brigitte Bardot. Los cuernos de la luna. Cornudo vientre de la Diosa. La pareja como invento del varón. El toro celeste. Los cuernos, signos de Dios. Cuerno y corona, poder y abundancia. Cristo en los cuernos del ciervo. Cuerno de salvación. Los cuernos del diablo. El marido cornudo. Cuernos y homosexualidad. Los cuernos del débil. Los cuernos en la historia oficial. La mujer no es cornuda. El cornudo como mal semiólogo. Cuernos y heroísmo. El cornudo como héroe en cine y tevé.

El manar misterioso

Menstruación y política. Menstruación y evolución de la humanidad. El sagrado tiempo de sangrar. El reino de la luna. Primera menstruación en ritos y cuentos de hadas. Cenicienta no derrama sangre. Sangre ecológica. La diosa lunar y el cine argentino. "Ella que con su sangre creó al mundo." "Nada más inmundo que una mujer..." Menstruación y caridad cristiana. Juana de Arco, María. Menstruación y necesidad de amor. Horror menstrual, "alta cultura" y bestsellers. El macho envidioso. La menstruación es una camelia. Mes femenino, duelo y consolación. Menstruación, historia y lucha popular. La menstruación en la novela. Literatura uruguaya: "menstruación y agua de rosas". La menstruación en La reina de la chatarra. Menstruación y publicidad. Menstrúan las hijas de Grande Pá. El manar milagroso.

Reconocimientos 

Un libro lleva la firma de una persona. Pero es la cooperación de muchas la que lo hace posible. Esa ayuda se presenta bajo las formas más diversas y generosas. La cordial invitación de Frank Graziano, de la American University de Washington, y el apoyo del coordinador de Ciencias de la Comunicación, profesor Reyes Abadie, y del ministro de cultura doctor Antonio Mercader, posibilitaron mi reciente gira por Estados Unidos. Gracias a este viaje me puse en contacto con materiales y dialogué con personas que resultaron notablemente inspiradoras para mi trabajo. La hospitalidad de Jorge Ruffinelli me permitió consultar la babélica biblioteca de la Universidad de Stanford y tener enriquecedoras conversaciones con estudiantes y colegas. Gwen Kirkpatrick y los participantes de su seminario en Berkeley me formularon preguntas y me proporcionaron datos que ampliaron considerablemente mi reflexión. El mismo efecto vital tuvieron los colegas y estudiantes de la California State University, que conocí gracias a la gentil invitación del profesor Rafael Correa. También debo agradecer a Gerardo Luzuriaga, Adriana Bergero y Carmenmara Hernández, de las Universidades de California, Los Ángeles e Irvine. Un libro necesita entusiasmo para escribirse. El entusiasmo que demostraron por mis temas los estudiantes de estos queridos colegas aumentó el mío. Como siempre, las estadías en Los Ángeles están signadas por la amistad. Mabel Moraña, de la Universidad del Sur de California, literalmente atravesó la ciudad para traerme fotocopias de libros y artículos. Dennis Doty, de la Escuela de Cine de Los Ángeles, dedicó horas a buscar material fílmico que no puede obtenerse en Uruguay. Desde París, Julia Kristeva ofreció su habitual disponibilidad para leer y comentar mi trabajo. En Montevideo, Ronald Meltzer y Eduardo Correa pusieron a disposición importante información fílmica. Como es común, mis amigas Luce Fabbri y Eleonora Basso dedicaron muchas horas a discutir ideas, buscar libros y hacer fotocopias. Ianai y Ruth Silverstein hicieron traducciones directas del hebreo y proporcionaron materiales sobre el judaísmo que, sin ellos hubiera sido difícil localizar. Jorge Traverso, Ligia Almitrán, Magela Prego y la audiencia de Radio Sarandí me dieron la oportunidad de exponer los temas de mi libro y me incentivaron a repensar cada asunto con sus preguntas inteligentes. Lo mismo ocurrió con Ana Inés Larre y los lectores de Brecha, donde aparecieron síntesis del último capítulo. Ausente y presente, Eduardo y Daisy fueron tan incondicionalmente generosos como siempre. Luis e Hilia escucharon, dieron, solucionaron, e hicieron el espacio y el tiempo necesarios para que este libro se produjera.

A Nick

 

La semiótica como lugar femenino

Un lugar en el mundo

La semiótica es un lugar desde el cual se estudia al Universo, considerándolo como multiplicidad de lenguajes. El filme Un lugar en el mundo cuenta la historia del encuentro entre Mario (Federico Luppi), un maestro rural, y Hans (José Sacristán), un arqueólogo abocado a investigar el suelo argentino. Mario solicita a Hans que explique a los niños de su escuelita en qué consiste la tarea de geólogo. Hans comienza mostrando una piedra a los chicos. "Escuchad, a ver si os dice algo", les pide. Los niños la pasan de mano en mano, atónitos: no hay nada más mudo que una piedra. "Eso es porque no sabéis su lenguaje", afirma. Hans la pone contra el oído pero, obviamente, no salen sonidos de ella. Sin embargo, cuando la mira y la toca, "la piedra le cuenta historias". Es que no hay únicamente un idioma de palabras. También hay lenguajes visuales, táctiles, olfativos, sabrosos. Así, con sus colores y rugosidades, la piedra le habla de "millones de años, de tormentas de viento y de lluvias". Lo que Hans ofrece no es sólo una clase de geología. Es una charla sobre semiótica. Explica a los niños que las piedras llevan signos de "cielos, animales y plantas, de hojas arrastradas por las tempestades". "Nada es insignificante -afirma-, nada es lo que aparenta." Todo es signo de otra cosa y es susceptible de suscitar en nosotros infinidad de imágenes mentales o "significados". El fundador de la semiótica, Charles Sanders Peirce, la entiende como Hans. Según él, es una ciencia que estudia los signos, inmensos o diminutos, que emiten todos los componentes del Universo. Ferdinand de Saussure y Umberto Eco la definen como disciplina que investiga los diversos lenguajes, verbales y no verbales, de las diferentes culturas. Así, un arquitecto puede "leer" una época, un gusto estético y, también, una pasión, un deseo, un prejuicio en un arabesco, en el predominio de determinado material de construcción, en el diseño de un espacio. La iglesia de San Francisco, en Salvador de Bahía, tiene un atrio dispuesto de manera que en él los//esclavos pudiesen rendir culto sin entrar a la iglesia. En la mente del blanco, esa presencia negra estaba asociada con imágenes contaminantes.

De hecho, todos somos semiólogos sin saberlo. Percibimos la diferencia entre un escritorio, considerado propio de una oficina, y una mesa, aceptada como apta para sala familiar. Pensamos que no podemos vestirnos del mismo modo cuando visitamos a un amigo o cuando solicitamos empleo. Reconocemos la diferencia entre un almuerzo informal y un banquete de bodas. Sabemos que al alimento se le pueden atribuir significados religiosos, como ocurre en el sabat o la misa. Más difícil es aceptar que la comida ingerida sobre el suelo y tomada con la mano de la olla común, tal como la practican tradicionalmente los senegaleses y otros pueblos africanos, tiene significados de paz, amor y contacto con la tierra, concebida como madre común. Es más fácil cancelar ese conjunto de imágenes mentales y reducirlo todo al significado "falta de higiene". Resulta más simple, pues responde a la doxa u "opinión común" de nuestra cultura. Según ésta, los signos "contacto directo con alimentos", "contacto con tierra durante la comida" y "no uso de platos individuales" se asocian con la imagen mental de "suciedad". Dicha imagen borra todas las demás. La comprensión de la propia doxa y de la ajena es muy importante para una mayor libertad personal y una mejor convivencia. La ley está escrita, puede consultarse y, eventualmente, modificarse. La doxa es una normatividad difusa. No sólo no está escrita sino que suele no verbalizarse nunca. A través de ella, una sociedad entera o un microgrupo, como la familia o la "barra" de amigos, atribuye valores positivos o negativos a otros grupos sociales, étnicos, generacionales, a conductas, a modas, etcétera. Una actitud es "buena" o "mala" porque viene de una persona joven o mayor, judía o negra, porque es sentimental o erótica. La aprobamos o la descartamos sin haberla considerado conscientemente, porque el grupo en el que estamos nos indica, con gestos, muecas, tonos de voz, los significados positivos o negativos que asocia con edades, sexos, etnias, costumbres.

Uno de los objetivos de la semiótica consiste en cuestionar esa doxa. La semiótica analiza el significado que el grupo social al que pertenecemos atribuye a cada acto, consciente e inconsciente, voluntario e involuntario de nuestra vida. Muestra también que el nuestro es sólo un significado, entre los infinitos posibles.

La doxa también confiere significados a los actos de individuos de otras especies. Mi amiga Suzanne Smith, una joven cineasta estadounidense, está realizando un filme sobre los gatos. A lo largo de una investigación previa, ha encontrado significados sagrados asociados con ese animal (ha sido objeto de culto en muchas civilizaciones antiguas, entre ellas la egipcia). Ha sido torturado y quemado por miles o millones, durante el período de auge de la persecución de las brujas (siglos XV al XVII). Durante esos siglos se le daban significados demoníacos. Todavía hoy aparece comúnmente vinculado con imágenes mentales de "traición", "egoísmo" o "feminidad". Los mismos lo reducen a valores morales o a identidades culturales establecidas por el ser humano.

La película termina con la imagen de un pequeño gato solitario en una gran ciudad. Su supervivencia depende de las imágenes de amor, respeto y solidaridad entre las especies que pueda suscitar en los habitantes de esa ciudad. En este siglo, la etología (investigación sobre el comportamiento de los animales) y la zoosemiótica (rama de la semiótica que estudia los signos animales) tratan de percibir los signos que emiten los animales, esforzándose por no proyectar ideas humanas sobre ellos. En su libro Observando perros, el etólogo Desmond Morris señala que el significado "inmundo", lanzado al perro que se revuelca sobre excrementos, es, de nuevo, un significado humano. Morris se aventura a interpretar que tal vez se trate de un esfuerzo canino por eliminar los signos olfativos que emite su cuerpo, ante el eventual encuentro con una presa. Aunque esté domesticado desde hace milenios y no recurra a la caza para alimentarse, todavía quedarían en él rastros de su antigua conducta lobuna.

La semiótica como lugar femenino

La semiótica muestra que todos los elementos de nuestra vida, por pequeños o "insignificantes" que parezcan, tienen significado. Hay muchos signos que la "historia oficial" no considera importantes. Son los que hacen al diario vivir, a la sensibilidad y a la corporalidad, especialmente la femenina. La cultura se identifica con un macromundo donde la experiencia masculina es ostensible: guerras, viajes y conquistas; monumentos, acueductos y ciudades. Las experiencias tradicionales o biológicas de la mujer (cocinar, hilar y ocuparse de la casa; menstruar, alumbrar y mantener la unión del hogar) no se registran pues carecerían de significado. En ese sentido, el filme de Ettore Scola, Un día muy especial, constituye una óptima clase de semiótica. La película se inicia con un informativo oficial del período fascista. En esa secuencia, se muestra el viaje de Hitler a través de Europa y su arribo triunfal a Roma. Se ven las multitudes que lo vitorean, los ejércitos, simétricamente alineados, las zonas monumentales de la ciudad eterna. Mientras, la voz en off del periodista sostiene que se trata de un "día muy especial. Ningún romano dejará de asistir al histórico evento". La secuencia se corta y la cámara muestra a Antonietta (Sofía Loren), despeinada y mal vestida, que prepara el desayuno para marido e hijos. Les arregla la ropa, los despierta y, buena semióloga, capta cada signo que emite el grupo familiar. Bajo una almohada, descubre la foto de una mujer desnuda que uno de los varones disimula en el reverso de una estampita: signo de que se masturba. Su marido le ordena que le planche un traje para el día siguiente, pues desea "visitar amigos que Antonietta no conoce": signo de que tiene cita con su amante. Cada microsigno de esa jornada de signos grandiosos es percibido por la mirada atenta de la mujer, que permanece al margen de los "acontecimientos históricos". Como Cenicienta, Antonietta no asiste al "gran evento". Se queda a limpiar la casa y traba una relación con Gabriele (Marcello Mastroianni), un homosexual vecino suyo. Mirando un álbum de fotos de Mussolini que Antonietta ha compuesto, Gabriele lee una afirmación del Duce: "Inconciliable con la psicología y la fisiología femeninas, el genio es siempre varón". Antonietta sostiene que lo que dice Mussolini es verdad: "Son los hombres los que llenan los libros de historia". Sin embargo, hay una minoría importante de excepciones. Para citar sólo cuatro, escogidas en el período que se extiende desde la Antigüedad hasta nuestros días, Safo (siglo VIII A.C) hace una importante contribución a la literatura, Trótula de Salerno (siglo XI D.C.) deja una valiosa herencia a la medicina, Mary Woolstonecraft (siglo XVIII) realiza un significativo aporte al cambio social, Marie Curie gana el Premio Nobel por sus descubrimientos científicos.

Pero la mayor parte de los signos femeninos permanece anónima o son efímeros: cesta para recolectar alimentos; tejido de lana hecho a mano, que abriga generaciones durante milenios; guiso, sabroso a pesar de la escasez de materiales; juguete de papel o trapo para los hijos. Como responde Gabriele, "los hombres ocupan demasiado sitio en la historia oficial. No queda lugar para las mujeres".

Sin embargo, en el marco de una reciente curiosidad por la historia femenina, los investigadores encuentran documentos que no siempre las pintan como víctimas. Por el contrario, puestas en situaciones aparentemente fijas (hijas, esposas, madres que se definen exclusivamente en su rol de tales), se adaptan al sistema familiar patriarcal y desarrollan estrategias que les abren otras puertas: agradar, observar, manipular, disimular. Más allá del valor ético de esas actitudes, todas ellas tienen valor semiótico: captar signos mínimos, reacomodarlos para que adquieran otros significados, hacerlos desaparecer o transformarlos. Si aceptamos la definición de muchos antropólogos según la cual "la civilización es la aptitud que demuestra una comunidad para ajustarse a su entorno y desarrollar artes, técnicas y relaciones sociales adecuadas", es evidente que las mujeres han desarrollado una civilización propia. Mayoritariamente ausentes del lugar donde los hombres dejan los signos de la academia o la política, las mujeres trazan o "leen" la civilización de la vida cotidiana. Saben detectar un incipiente embarazo y, en general, reconocen los signos de las enfermedades. Hasta el siglo XVII, la medicina es la única carrera académica que se les autoriza. Como curanderas o comadronas, hasta hoy en algunos casos se las prefiere, descartando al doctor. Biólogas como Giovanna Mérola no sólo investigan sino esperan un mayor reconocimiento de tales "brujas", en un tiempo quemadas y despreciadas por curar a través de medios tradicionales. Esta científica cita un fragmento del historiador Michelet, en el cual se describe esa facultad semiótica que haría a la mujer especialmente apta para cuidar y sanar: "Con sus delicados órganos, su amor del más fino detalle, un sentido tan tierno de la vida, es llamada a convertirse en la confidente penetrante de toda la ciencia de la observación". Las mujeres conocen los signos de ropa, muebles, jardines, limpieza y decoración. Saben, también, los de la diplomacia. Mi amiga Muriel Nazzari, profesora de la Universidad de Bloomington, Indiana, ha escrito una investigación sobre Mujer, familia y cambio social en Brasil (1991). Actualmente está terminando una Historia del concubinato. Su trabajo (y la experiencia vital) indican que, frente a la doxa, el matrimonio es responsabilidad de la esposa más que del marido. En muchas obras didácticas escritas por hombres entre los siglos XV y XVIII se expresa esa idea. Las historiadoras Anderson y Zinsser citan fragmentos de varios tratados conyugales de ese período. En ellos se dice que las esposas "deben aplacar los ataques de mal humor de sus maridos y esforzarse por contentarlos, serenarlos y consolarlos con dulce y modesta voz". También se espera que protejan a sus cónyuges de los defectos de la naturaleza masculina y mitiguen las consecuencias de sus desaciertos: "Con paciencia y palabras amables, destruye la orgullosa crueldad de tu marido. Sutil, cautelosa y gentilmente logra, como esposa, contener sus locuras y su naturaleza irracional". De nuevo, la tarea de esposa aparece como tarea semiótica: detectar y amortiguar ciertos signos del marido; encontrar aquellos signos susceptibles de apelar a él y modificarlo. En su ensayo sobre la reina María Tudor, el filósofo Juan Luis Vives (siglo XVI) dice que una mujer puede atraer hacia sí a su marido "mediante suaves palabras". (Los signos no son sólo las palabras mismas sino su halo para verbal: tono, volumen, etcétera.) En el siglo XVIII, la reina Catalina, esposa de Jorge II de Inglaterra, trata de ese modo a su esposo. Según el primer ministro Horacio Walpole: "Vuestra Majestad sabe que este país está enteramente en vuestras manos, que el cariño que el rey siente por vos, la estima en la que tiene vuestro afecto y la consideración que experimenta por vuestro juicio son las únicas riendas con las que es posible frenar la violencia natural de su temperamento o guiarle hacia donde se desea que vaya". No se trata de una influencia gratuita sino de una laboriosa tarea. Así lo reconoce otro hombre de la corte: "A él ella le sacrificaba su tiempo, por él modificaba su propia inclinación. Miraba, hablaba y respiraba por él y le gobernaba (si la influencia así ganada puede llamarse gobierno), siendo su esclava. Así es como mandaba: como lo hace cualquier esposa sobre el marido que manda sobre ella". Verdadera tarea científica la de esa reina: esforzarse por desaparecer como sujeto para mejor escuchar y operar sobre el objeto con el que trabaja. Tanto entre la realeza como en el marco de estratos sociales mucho más humildes, se ha esperado de la mujer que obre como mediadora de los afectos. Se la ha asociado menos con ideas, sistemas, modelos (redes sígnicas cuyos significados son precisos o denotados). Ella debe comprender y suavizar emociones, iras y pasiones que acompañan esas ideas. Los signos emocionales son más complejos, pues sus significados son difusos o connotados. Todavía en este siglo, el papel de la mujer como semióloga de lo cotidiano es representado como decisivo en la constitución del hogar. En el filme La familia, Carlo (Vittorio Gassman) dice de su mujer (Stefanía Sandrelli) que, sin ella, "ni esta casa, ni esta familia, nada hubiese existido".

El matrimonio puede aparejar otras actividades semióticas. En los siglos XV y XVI hay esposas que introducen nuevos lenguajes en la comunidad. Son mujeres como Valentina Visconti y Catalina de Médici las que, a través de alianzas matrimoniales, traen a Francia los signos del arte renacentista. En los siglos XVI y XVII, una mujer puede acceder a una posición social importante al margen de matrimonio y familia. Es la cortesana (similar a la hetaira, de la cultura patriarcal griega). Su profesión consiste en hacerse amante de hombres ricos y poderosos. El papel de cortesana requiere cualidades para las que la mujer se ha preparado en el marco de una larga tradición. Si bien las prestaciones sexuales pueden emparentarla con la prostituta, la cortesana debe tejer una red semiótica mucho más compleja. Tiene que atraer a sus amantes no sólo por la vía del sexo. Cuida vestido, moblaje y festines, con el fin de proporcionar un entorno encantador al hombre que la visita. Hasta los más mínimos detalles son signos del placer. En la mesa de una cortesana del siglo XVI, los mangos de los cubiertos suelen representar ninfas o diosas desnudas. También escribe poesía o compone música para deleitar al señor. Es una semióloga del tiempo libre y sus delicias. Por medio de ese manejo de los signos de ropa, casa, comida y ocio, logra gran influencia. Por lo tanto, el puesto de "amante oficial del rey" no tiene sólo significados sexuales o afectivos. De modo más encubierto se asocia con imágenes sociales y políticas.

En Francia, en el siglo XVII aparecen mujeres solteras o separadas de sus maridos, que abren salones y fundan un nuevo lenguaje, lleno de minucioso refinamiento. A causa de su gusto por los signos estilizados y sinuosos, se las conoce como "preciosas". En el XVIII, esos salones, presididos por mujeres o salonières, hospedan a intelectuales y políticos cuyo pensamiento y actividad contribuyen a promover la Revolución Francesa. Así, algunas mujeres instaladas en posiciones periféricas pero influyentes sobre la sociedad central, ayudan a implantar cambios sociales significativos. Pero no son únicamente "preciosas" o salonières quienes cooperan con la cultura oficial, manteniéndola o transformándola. La mujer tiene un papel especial en su difusión porque, como madre, es la primera transmisora de valores sociales, morales y religiosos. Usualmente, el más temprano planteamiento de metas que recibe un niño y el control para que las mismas se cumplan se hace a través de la madre o de una mujer que cumple su función.

Desde ámbitos más humildes, libros como El ama de casa, que aparecen a mediados del siglo XIX constituyen verdaderos tratados de semiótica de la cotidianidad. Explican, por ejemplo, cómo elegir una tela: qué signos hay que buscar para averiguar si es durable, lavable, etcétera. También las revistas femeninas son pequeños manuales de semiótica: ¿en qué signos hay que reparar para saber si la piel necesita hidratación o vitaminas? (¡Cuáles son los signos que caracterizan una mesa elegante? ¿Qué signos vestimentarios dan apariencia juvenil y cuáles otorgan presencia de secretaria?

Es sobre todo la condición de madre o la capacidad de "maternar" las que confieren las pautas de la emisión y captación de signos casi invisibles. En el siglo XIX, Louise Otto Peters escribe en sus memorias: "Madre era madre. Estaba presente como el sol o la lámpara o las cuatro paredes. Su presencia era algo que se daba por hecho; se encontraba al acostarme y al levantarme, en el desayuno preparado, el delantal limpio, las medias secas, en todo lo íntimo y superficial, de la mañana a la noche". Como conocedora de todos los signos que se intercambian en el hogar, los que significan las cosas y los que comunican las personas, como emisora de silentes signos de amor (camisa planchada, sopa caliente, gesto conciliador), la madre aparece como semióloga privilegiada.

La semiótica de la Madre

En el siglo XIX, primero Bachofen, luego Morgan y Engels, hablan de sociedades prehistóricas caracterizadas por la predominancia femenina. En ellas se rinde culto a una Madre Terrestre, Celeste o Lunar. Sus huellas se encuentran en los mitos patriarcales griegos. En Grecia, la Gran Madre es destronada por Zeus, dios del trueno y del relámpago, venido con invasores del Norte o el Este. Su presencia fragmenta a la Diosa. Cada cualidad femenina da origen a una divinidad. Hera es diosa del matrimonio. Demeter es divinidad de la tierra. Artemisa preside menstruación y parto. Afrodita reina sobre el amor. Pero todas han quedado subordinadas al poder del Dios. Sin embargo, los que la adoran, saben que es una, bajo sus diferentes nombres y manifestaciones. En el siglo II D.C., en El asno de oro, Apuleyo transcribe las que serían palabras de la Diosa:"... mi divinidad es adorada en todo el mundo, de diversas maneras, con diferentes rituales y bajo distintos nombres. Los frigios me llaman Madre de los Dioses. Los atenienses, Minerva. Los ciprios, Venus. Los cretenses, Diana. Los sicilianos, Proserpina. Los eleusinos, Ceres. Para otros soy Juno, Bellona, Hécate. Los egipcios, llenos de conocimiento, conocen mi verdadero nombre: Reina Isis".

Otro tanto ocurre en la religión judía. En el Antiguo Testamento, el mundo aparece presidido por una divinidad abstracta, pero designada a través de formas gramaticales masculinas. Sin embargo, en esos textos bíblicos se conservan signos de la Gran Diosa. De acuerdo con el historiador de la religión israelita Raphael Patai, "el judaismo oficial enfatiza los aspectos morales e intelectuales de la religión, con un relativo descuido de los aspectos afectivos y emocionales". La importancia del estudio de la Ley sobre la fe llena de sentimiento viene, según Patai, de una sociedad de predominio masculino, generada en tiempos relativamente recientes. Para esa comunidad patriarcal, lo abstracto es más importante que lo concreto y la moral tiene mayor jerarquía que el amor. Pero si los libros del Antiguo Testamento se consideran de cerca, se percibe la reiteración de un nombre: el de Ashera y el de su hija Astarté, Istar o Anat. Ashera es diosa de amor, fertilidad y abundancia. Cuando el profeta Jeremías quiere imponer el culto exclusivo de Yavé entre los judíos de Egipto, éstos contestan que quemarán incienso a la Reina de los Cielos, pues les ha dado pan y felicidad en abundancia (Jer44:16). Desde los albores del cristianismo, el culto a María, Madre de Dios y de todos los hombres, adquiere enorme importancia. Su vigencia hoy en países de tradición agnóstica, como Uruguay, puede comprobarse yendo a Lourdes un día 11 o a Nueva Helvecia el segundo domingo de octubre.

En Montevideo, en estos últimos años, se verifica otro culto a la Madre, bajo forma de Diosa marina o Iemanjá, que pertenece al panteón afroamericano. Al comenzar febrero, en su honor, las playas montevideanas se llenan de gente y de ofrendas florales.

La arqueóloga Marija Gimbutas rastrea los signos de la Diosa Madre en una zona que denomina "Vieja Europa". La misma se extiende desde el mar Egeo al Adriático y de lo que hoy es Polonia meridional al occidente de Ucrania. Ya en el siglo pasado, Lewis Morgan muestra que no sólo en Europa sino en África, Asia y América hay trazas inconfundibles de una Diosa, cuyo lenguaje materno tiene signos similares en distintos continentes. Recientes investigaciones interdisciplinarias confirman que la Diosa está en todas partes. Su sombra protectora se proyecta sobre la cuna del Homo Sapiens, dando testimonio de su nacimiento hace treinta o cuarenta mil años A. C.. Las esculturas de una figura femenina con enormes pechos nutrientes y un gigantesco vientre de vida son conocidas por los estudiosos bajo el nombre de "Venus". Durante esos treinta o cuarenta mil años de prehistoria, de esa "Venus" se espera fecundidad y facilidad en los partos. No sólo protege al humano. Indiscriminadamente, la Diosa nutre a niños, animales y árboles. Es Madre física y espiritual, capaz de compartir con todos los seres sus misteriosas cualidades. Las primeras respuestas a las preguntas "¿Desde dónde?", "¿Por qué causa?", reiteran, de distintas formas, la misma idea: desde el cuerpo de la Madre primordial o con su cuerpo está hecho el Universo.

¿Porqué la Diosa?

Las representaciones de la Diosa son un canto de amor a todas las criaturas. Aparece rodeada de hombres, animales y plantas. O se manifiesta ella misma bajo la forma de un animal o del árbol de la vida. Por eso, la gran literatura que, en los últimos años, se ha escrito en torno a la Diosa no tiene sólo finalidad investigativa. Distintos grupos políticos (ecologistas, pacifistas, feministas) desean difundir sus propios significados a través de esas imágenes divinas de carácter femenino. Recientemente se han publicado "mitologías feministas", que intentan comprender el aspecto que revistió la Gran Madre para culturas hoy degradadas o casi extinguidas, como las comunidades indígenas de América o los pueblos polinesios. También es fuente de inspiración para el arte, la moda y el comercio. En Estados Unidos se hacen "almanaques de la Diosa". Para 1993, la artista Amy Zemer elaboró doce tapices que la representan. El arte de tejer está asociado por excelencia con lo femenino: las mujeres han hilado la ropa de su familia. Las diosas, la textura del destino. Zemer incorpora al hilado materiales como el polyester, que significan la actualidad de lo femenino divinal. La fotografía de un tapiz correspondiente a cada mes forma ese calendario. Así, los meses se asocian con Artemisa, Brigita, Afrodita, rodeadas de plantas y animales simbólicos. En el almanaque de Zemer, cada diosa se vincula con un oráculo, que contesta los asuntos de "mente", "corazón" y "hogar". La parte dedicada a "hogar" explica cómo entrelazar razón y afectividad. De ese modo encontramos hoy a la Diosa entre los datos arqueológicos y los de la revista femenina. Saber sagrado y saber devaluado.

Sin embargo, más allá de moda y comercio, para este fin de milenio, desde su profundidad prehistórica, ella reviste significados opuestos a los que presenta la cultura oficial de Occidente, con su sentido de lucro y mecanización. También se opone a la idea según la cual el ser humano está por encima de todos los otros seres y tiene derecho a explotarlos o destruirlos en provecho de sus propios intereses. El antropólogo Joseph Campbell señala que esa mirada puesta en la Diosa tiene un sentido general de esperanza. La de lograr una vida en armonía con los demás hombres y los otros seres vivos del planeta.

La ignominia de la Diosa

La literatura en torno a la Diosa lleva a reconsiderar imágenes, hoy desprestigiadas, que fueron sus signos resplandecientes. He aquí algunos ejemplos.

La primera menstruación de una muchacha era objeto de festejos rituales, pues señalaba su pertenencia a la Diosa de la vida. Desde hace milenios es un hecho íntimo (sólo se confía a madre y amigas) o rentable (publicidad de toallas higiénicas).

La menopausia transformaba a la mujer en objeto de especiales muestras de consideración y respeto, pues era signo de su participación en la sabiduría de la Diosa. Nuestro tiempo, con su culto de la juventud, generalmente la soslaya como a "vieja" (a no ser que se las arregle para mantener signos juveniles).

Las hierbas vinculaban a la mujer con la Madre como sanadora. Desde el siglo XIX, especialmente en Uruguay, el énfasis en la ciencia asocia esas hierbas con manejos de curanderas ignorantes.

La Diosa solía aparecer como ave de rapiña (la Madre que mata). Pero, en relación con la Madre, la muerte es sólo umbral hacia nueva vida. El ave rapaz (lechuza, buitre, cuervo o corneja) significa el conocimiento que la Diosa tiene de la renovación. Posteriormente, esos pájaros se vinculan con mala suerte y brujería.

La Diosa también se manifestaba como serpiente, que cambia su piel periódicamente como la Madre, que cambia su sangre cada mes. Por otra parte, promete a sus hijos la eternidad del ciclo vital y sus transmutaciones. Desde el Génesis bíblico, esa serpiente se convirtió en signo satánico. En Apocalipsis 12,9, los ángeles echan del cielo a la "Serpiente antigua", que se identifica con el "Diablo o Satanás".

Las vacas y cabras eran manifestaciones divinas pues dan leche, alimento materno. Únicamente en India la vaca mantiene su carácter sagrado. Desde hace mucho se ha olvidado su generosa mansedumbre. Se piensa en ella exclusivamente en términos de industria cárnica (aunque los movimientos ecológicos que hacen propaganda contra el consumo de carne están llegando a Uruguay bajo forma de exitosos restoranes vegetarianos). Sólo los cuernos, dibujados en paredes de cavernas o en jarras y ánforas, eran signo del culto a la Diosa. Desde la Edad Media se han transformado en signo ignominioso que la conducta de la mujer deja sobre la frente del marido.

En las sociedades de predominio femenino, el sexo reviste carácter sagrado pues es vehículo de transmisión vital. Posteriormente, o es monopolio del marido o es ofrecido por la prostituta, personaje tradicionalmente despreciable.

En su novela Mesías en Montevideo (Segundo Premio Municipal de Narrativa, 1990), Teresa Porzecanski muestra cómo emerge la presencia de la Diosa entre lo que generalmente permanece privado de nombre por constituir lo "femenino trivial", lo "insignificante". En esa novela, la vieja Lorenza se encuentra en la cocina cuando siente el llamado de la Madre: "...la grasa de la vajilla se endurecía en la pileta. Lorenza, entonces, se miraba las manos, corría al fondo, subía a la azotea. La cuestión era cómo encontrar a Androisía, oficiante de toda ceremonia. Generalmente la encontraba plantando almácigos o desplumando algún pollo. Lorenza le alcanzaba su bastón y la empujaba hacia la casa. "Vamos, hay que poner ofrendas para la Diosa'". Esas mujeres matan a mano, no industrialmente, y plantan, manteniendo el vaivén muerte vida bajo su cuidado diligente. También viven limpiando "grasa de vajilla", purificando lo cotidiano. ¿El fragmento significa que las sacerdotizas están degradadas? ¿O puede entenderse que, en cada mujer, en cada tarea, aparentemente nimia, está la presencia femenina como dadora de continuidad eterna?

Porzecanski también señala los aspectos supuestamente "ignominiosos" de la Diosa. El lugar de su culto es confundido con un prostíbulo, donde el sexo ha sido despojado de su significado sagrado para ser sólo signo de vergüenza. La sacerdotiza sostiene que hombres impotentes (¿el temor de lo femenino?) vomitan y la llaman "tarántula" y a las demás oficiantes "Hijas de la mismísima". Pero la araña, que saca de su propio cuerpo la sustancia de su tejido, fue sagrado signo materno. ¿Y quién es esa "mismísima"? ¿O esa "gran puta" de los insultos callejeros? ¿Deben entenderse como alusiones a la madre biográfica de cada uno ?¿0 pueden leerse como signos que buscan ofender a la Madre del mundo reconociendo, a hurtadillas, su poder? Es "grande", es la "mismísima", la innominable.

Una semiótica de la ignominia

La noción básica de la disciplina semiótica es el signo. El análisis de las definiciones clásicas del signo muestran hasta qué punto ese concepto es elusivo. En La doctrina cristiana, San Agustín dice que "el signo es algo que, además de ser abarcado por los sentidos, hace que otras imágenes acudan al pensamiento". Por ejemplo, percibimos la temperatura y el sabor de la sopa con la lengua y el paladar. Mientras, el cobijo del hogar y el amor de la madre acuden a nuestro pensamiento. Pero "hacer acudir al pensamiento" constituye un acto difuso, teñido de afectividad, prejuicios o secretos impulsos. Así, si consideramos al cuerpo femenino en tanto que signo, vemos que el mismo aparece asociado con imprecisas y contradictorias imágenes de ignominia y pureza.

Inserto en un sistema social, en relación con otros signos que sin cesar lo ensombrecen o iluminan, el cuerpo femenino ofrece muchas lecturas en permanente devenir. La perspectiva semiótica permite escuchar los significados que otras épocas y culturas le han atribuido. Ellos repercuten en los significados que le confieren hoy la publicidad, la televisión y el cine. También en los que le acordamos nosotros en el diario vivir. La semiótica contribuye a la comprensión de valores presentes y a la aclaración de nuestra sensibilidad, con sus iras, temores y soterrados deseos.

En su Tratado de semiótica general, Umberto Eco reconoce dos grandes corrientes: semiótica de la comunicación, que se ocupa de cualquier proceso social, de la moda al rito, como proceso comunicativo. Por debajo de esos hechos se establecen códigos, estudiados por la semiótica de la significación. Así, en el código de la ciudad de Los Ángeles, en los años ochenta, un chico maquillado significa simplemente "chico". En el código montevideano significa travestí. Finalmente, una semiótica de la expresión estudia signos espontáneos. Julia Kristeva, que es a la vez semióloga y psicoanalista, se ocupa de aquellos signos espontáneos que resultan innombrables. ¿Qué caracteriza a aquel signo que produce un asco, físico o moral, que va hasta la náusea? En Poderes del horror, Kristeva analiza signos triviales (como la nata que se forma sobre un líquido enfriado) o atroces (como los zapatitos de los niños muertos en Auschwitz). ¿Cuáles son los signos de quien se enamora hasta enloquecer? En Historias de amor, estudia los discursos de Narciso, Don Juan y Julieta y los compara con los de sus propios analizantes enamorados. ¿Qué provoca un lapso de dolor insoportable? En Sol negro, investiga pinturas de Holbein, poemas de Nerval y novelas y películas de Margueritte Duras. Kristeva no sólo busca averiguar cómo son los signos de dolor, pasión y asco. También se interroga sobre enamoramiento, sufrimiento y repugnancia en tanto que signos. ¿Qué significados yacen bajo el espasmo del rechazo o el delirio del deseo?

El presente libro no se propone investigar esos signos límites. Su objetivo es estudiar algunos de los signos que el cuerpo femenino emite, inevitable y cotidianamente. O aquellos otros que, según la tradición, suele dejar a su paso. Son signos más o menos triviales. Pero la doxa los tacha de "ignominiosos": privados de nombre por considerarse vergonzantes. Es tarea de la semiótica traer a la palabra y buscar los significados de toda productividad humana, premeditada o involuntaria, palpable o fantasiosa.

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Hilia Moreira
hiliamoreira5@gmail.com

 

Capítulo primero del libro "Cuerpo de mujer - Reflexión sobre lo vergonzante", de Hilia Moreira

Colección Pandora
Ediciones Trilce, 1994
ISBN: 9974-32-072-
0

 

Digitalizado e incorporado a Letras Uruguay, por su editor, el día 13 de octubre de 2015. Twitter: @echinope

o echinope@gmail.com  (Autorizado por la autora)
 

 

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