Métodos para apoyar a Letras-Uruguay

 

Si desea apoyar a Letras- Uruguay, puede hacerlo por PayPal, gracias!!

 

Caricias - entre la violencia y la ternura
Hilia Moreira
hiliamoreira5@gmail.com

La semióloga Hilia Moreira aborda desde diversas perspectivas el tema de las caricias y nos aporta una mirada original y sorprendente

Durante mucho tiempo la semiótica privilegió el estudio de lenguas orales, escritas y sus literaturas. Luego trabajó con imágenes visuales. Los signos gustativos, olfativos y táctiles permanecieron postergados. Se pensaba que los sentidos visual y auditivo eran los del intelecto, la civilización, la humanidad por excelencia. Los otros serían "bajos sentidos", que recordaban al humano su sensualidad, su animalidad. Sólo en las últimas décadas se han publicado estudios semióticos en torno al olfato y al gusto.

La autora plantea que "la piel es un órgano comunicador por excelencia. Las inervaciones que la surcan nos transmiten mensajes de placer, dolor, temperatura, presión, sin los cuales no podríamos permanecer con vida mucho tiempo. Las imágenes táctiles tienen características semióticas específicas.

No se conoce lo suficiente sobre las necesidades táctiles y, para lograr una vida mejor, siempre hay más que saber sobre ternura y deleite. Por eso, en este libro recorro pieles y superficies de rocas y ciudades, árboles, animales y humanos, en su dulzura o en su violencia, tal como nos las muestran representaciones religiosas, literarias y cinematográficas, estudios geológicos, biológicos y etológicos. También he recogido historias en torno a la piel que me han brindado médicos y psicoterapeutas, rabinos, sacerdotes y mi propia observación".

Hilia Moreira hizo su Doctorado en Semiótica en la Universidad de París con la semióloga y psicoanalista Julia Kristeva. Actualmente se desempeña como catedrática de Semiótica en la Universidad ORT Uruguay.

Es representante de Uruguay ante la Asociación Interna cional de Semiótica.

Ha publicado: Mujer, deseo y comunicación. Imágenes de la mujer en la literatura y el cine (Linardi y Risso, 1992 y Arca, 1995), Cuerpo de mujer. Reflexión sobre lo vergonzante (Trilce, 1992).y Antes del asco. Excremento, entre naturaleza y cultura (Trilce, 1998) que obtuvo en 1999 el Primer Premio en Ensayo de filosofía, lingüística y educación del Ministerio de Educación y Cultura. Es autora de numerosos artículos aparecidos en diversas publicaciones internacionales.

Editorial TRILCE


Hila Moreira

CARICIAS

Entre la violencia y la ternura

Ediciones

TRIILCE

Ilustración de carátula: Ritmos,

Eduardo Vernazza

© 2001, Ediciones Trilce

Durazno 1888,

11200 Montevideo, Uruguay.

tel. y fax: (5982) 2412 77 22 y 2412 76 62

trilce@adinet.com.uy

www.uyweb.com.uy/trilce

ISBN 9974-32-275-8



Contenido

Introducción: Necesidad de estudiar las caricias...........................................9

1. Tócame, tócame............................................................................... 12

2. Cuando la piel no comunica...............................................................22

3. El acariciar de las profundidades.........................................................28

4. Sed de caricias.................................................................................40

5. La codificación del cuerpo .................................................................51

6. El abuso........................................................................................60

7. Envueltos en una caricia....................................................................91

8. Violación y matrimonio.................................................................... 100

9. Virilidad, sensualidad, ternura........................................................... 105

10. En clave de paternaje.................................................................... 112

11. El padre ausente......................................................................... 122

12. Conclusión: la gran caricia........................................................... 129

Obras consultadas ............................................................................... 139

Agradecimientos:

Mi agradecimiento a la Universidad ORT Uruguay por financiar esta investigación, así como a mis colegas y estudiantes por el préstamo de materiales e intercambio de ideas que contribuyeron a su escritura; a Ch. E. Seye, ministro de Comunicación de Senegal por enseñarme caminos hacia África; al personal de los pabellones de la Mujer y de Neonatología y a la Asociación de Psiquiatría y Psicopatología de la Infancia y Adolescencia (Hospital Pereira Rossell); al personal del hogar El retoño, a las ONG El faro, Foro Juvenil, Cotidiano mujer, Ecqus y a la Sociedad uruguaya de sexualidad; al sacerdote Luis Pérez Aguirre por brindarme algunas de sus experiencias en el hogar La Huella; al rabino Josef Biton, la poeta Aida Gelbtrunk, Ianai Silverstein, Oscar Ingver y la licenciada Edith Blaustein por compartir conmigo sus conocimientos sobre judaismo; al meteorólogo y geólogo Mauricio Giménez y a la bióloga Cristina Mazzella (Facultad de Agronomía, UR), al biólogo Mario Piaggio (Facultad de Ciencias, UR), al semiólogo Fernando Andacht (UCUDAL), a la asistente social Heidi Siegfried (Buró Internacional católico para la infancia), a los psicoterapeutas Mariela Michel, Olga Roskovsky, Denlse Defey y Jorge Larroca; a la masajista Laura Larrosa, a la maestra Gloria Dieste; a la cosmetóloga médica Corina Neyin; a los licenciados en literatura latina Juan Introini, en literaturas nórdicas Louise von Bergen, en literatura española Eleonora Basso (Facultad de Humanidades, UR) y a Daniel Rinaldi, MA en literatura griega (UNAM); a la dermatóloga Griselda de Anda (Facultad de Medicina, UR) y, especialmente, a la sensibilidad y talento de la psicoterapeuta Rasia Friedler; a Nilce Mazzella, a Betty y Graciela Larrosa por una solidaridad que no se agradece escribiendo; A Margarita Requiterena y Jorge Rolin por haber dicho palabras y haber hecho tareas grandes y pequeñas que me ayudaron a componer este libro; a los médicos Josefa García y Eduardo Mila, cuya bondad sana; y al sacerdote y teólogo Orlando Yorio (1932-2000) porque tuvo a bien tocarme con su luz, un instante.

A Luis Moreira, profesor de cosmografía, que le ponía a sus perros el nombre de los astros.

A Luís Moreira. profesor de matemática, que sabía que un coscorrón cariñoso, una mano posada sobre una cabeza, ayudan a comprender el teorema de Pitágoras. A Luis Moreira, mi padre, que no siempre compartía mis ideas, pero que puso detrás de mí su vigor, delante de mí su confianza y su ternura y en mi cielo, una de sus estrellas. Y a Hilia Massioti. su compañera, mi madre.

Si atisbamos alguna lumbre, ella continúa nutriendo nuestra mirada.

Introducción: Necesidad de estudiar las caricias

Más que una disciplina, la semiótica es una manera de mirar al mundo, no como realidad, resistencia, objeto de uso o instrumento para alcanzar otro fin. La semiótica constituye un modo de captar el mundo en tanto que conjunto de lenguajes, cuyos significados son siempre cambiantes. Es un tránsito por el universo durante el cual el semiólogo mira un ser, un objeto, una institución y va echando luz sobre sus múltiples caras.

En Tíbet, la institución matrimonial significa que una mujer se una con varios hermanos. De ese modo, éstos no deben dividir la propiedad. Pero no se trata de un asunto meramente económico.. El lazo fraterno que liga a los varones promete una relación familiar armoniosa. El significado de máxima infamia que tendría esa forma de poliandria en otros lugares, se transforma aquí en búsqueda de bienestar conyugal.

En Uruguay, el matrimonio significa la unión de dos individuos heterosexuales (aunque suele tolerarse la presencia, casual o estable, de un tercero siempre que el otro cónyuge no se entere o finja no enterarse).

En la cultura Mende (Sierra Leona, África Occidental), el matrimonio significa que un hombre tome dos o tres esposas, entre las cuales pueden surgir lazos de sólida amistad.

En el filme de Margarete von Trotta Die Rückhere (El reencuentro, 1990), matrimonio significa superación de sentimientos considerados mezquinos, como los celos y el deseo de posesión. Así, Anna (Stefania Sandrelli) y Martha (Barbara Sukova) invitan a Victor (Samy Frei) a compartir una experiencia marital que exija creatividad en vida, arte y amor.

La semiótica es, también, una forma de ahondar en el mundo. Debajo de la primera napa de significado de un significante, se ocultan otra y otra. Un mimo comunica una primera imagen interior de deleite, debajo de la cual hay una imagen de maternidad y, más profundamente, otra de amor. Y así, más y más significados, como profundas olas incesantes.

Finalmente, en la semiótica puede encontrarse un instrumento para la dignidad. No hay ningún objeto, por insignificante, despreciado o repulsivo que una cultura lo considere, que no pueda ser investido con significados que le confieran nobleza.

Sin embargo, como uno de sus fundadores, Ferdinand de Saussure, era un lingüista, durante mucho tiempo la semiótica privilegió el estudio de lenguas orales, escritas y sus literaturas. Luego, a través de las obras fundadoras de algunos formalistas rusos y, posteriormente de la escuela francesa, se trabajó con imágenes visuales. Los signos gustativos, olfativos y táctiles permanecieron postergados.

La proliferación de los estudios semióticos en torno a literatura, cine, fotografía, tal vez tenga otros motivos. Durante mucho tiempo se pensó que los sentidos visual y auditivo eran los del intelecto, la civilización, la humanidad por excelencia. Los otros serían "bajos sentidos", que recordaban al humano su sensualidad, su animalidad. Su soberbia prefería olvidarlos. Sólo en las últimas décadas se han publicado estudios semióticos en torno al olfato y al gusto. Pero, en mi estrecho conocimiento, no hay ningún abordaje semiótico de la caricia.

Sin embargó, la piel es un órgano comunicador por excelencia. Las inervaciones que la surcan nos transmiten mensajes de placer, dolor, temperatura, presión, sin los cuales no podríamos permanecer con vida mucho tiempo. Las imágenes táctiles tienen características semióticas específicas. Rara vez constituyen signos denotativos claros. Una caricia puede introducir una primera imagen de deleite a la cual sigue otra, de invasión, vergüenza, mácula. Así, esa imagen táctil es susceptible de condicionar, a lo largo de la vida, el comportamiento afectivo de una persona. Aunque sea difícil transcribir las caricias al lenguaje, aunque éstas eludan el análisis, hablar de ellas puede cambiar una existencia.

En su novela Alexis, Marguerite Yourcenar señala la sensibilidad táctil del protagonista. Su piel capta el más mínimo roce de una seda, el pelillo de un durazno, el vello leve sobre una piel palpitante. Pero, a Alexis, durante mucho tiempo, esos mensajes del mundo le parecen poco importantes.

Sin embargo, tales mensajes constituyen la urdimbre misma de nuestra cotidianidad. ¿Qué sentido tendría nuestra vida diaria sin la caricia de los padres, el abrazo del amante, el mimo de un hijo, el aterciopelado caracoleo de un gato en nuestros tobillos?

Esas misivas táctiles son las que dan sentido a las crestas de nuestra existencia. ¿Qué sentido tendría la vida en su totalidad si nunca acariciáramos a un ser querido en el momento de su partida, si jamás tuviéramos un bebé en nuestros brazos, si no nos hundiéramos en el mar, si no rodáramos sobre la hierba con nuestro perro? ¿Si, en primavera, no dejáramos que la fronda fragante de un árbol nos tocase la cara?

No se conoce lo suficiente sobre las necesidades táctiles del embrión ni del recién nacido. Menos aun, sobre la urgencia de caricias de quien parte de este mundo. Es preciso darse cuenta con mayor profundidad hasta qué punto necesitamos abrazarnos a otras especies para mantener sana nuestra existencia. No podemos ignorar que, en el fondo de cada uno de nosotros, se encuentra plegado un niño pequeño, con premura de mimos. No deberíamos negarnos a conocer más sobre quien viola y tortura, porque sólo quien conoce las formas perversas del contacto puede impedirlas. Y, para lograr una vida mejor, siempre hay más que saber sobre ternura y deleite. Por eso, en este libro recorro pieles y superficies de rocas y ciudades, árboles, animales y humanos, en su dulzura o en su violencia, tal como nos las muestran representaciones religiosas, literarias y cinematográficas, estudios geológicos, biológicos y etológicos. También he recogido historias en torno a la piel que me han brindado médicos y psicoterapeutas, rabinos, sacerdotes y mi propia observación. Por eso, es necesario estudiar las caricias.

1. Tócame, tócame

Mano suave, suave; suave

Durante la primera parte del Ulises, Stephen Dedalus emprende una solitaria caminata marítima. A su lado fluye el manto de Manannan, dios de las aguas, y se precipitan las huestes de sus náuticos caballos. Salpicado por el salitre de los tropeles, Dedalus se embarca en su inspiración. De pronto, un remoto llamado lo arranca de sí. A lo lejos, divisa la figura de una mujer. Lentamente y con creciente intensidad, emerge de él la invocación: Acariciáme. Mano suave, suave, suave.

Milenario ruego, que atraviesa las especies. Un chimpancé no sólo extiende su mano para solicitar comida sino para pedir caricias y hasta abrazos y besos, luego del miedo y el dolor. También con esa mano establece ternura, complicidad, una suerte de contrato, una alianza.

Durante el cuaternario, cuando el ser humano vivía en cavernas, rodeado de fieras, amenazado por agua y viento, fragor y descarga, sobre las bóvedas rocosas se alzaba la mano que, a veces, develaba su palma abierta.

Como símbolo de Dios, la mano significa vida creadora, abrigo, prodigalidad inagotables. En China, en el extremo de cada rayo que se desprende del dios solar, se encuentra una mano dispensadora de favores. En Asia Central, la mano es imagen de Siva, el gracioso, manifestación de las potencias que pueblan los lugares agrestes, signo de lo caótico, aventurado e imprevisible, cuya magia hermética puede orientar hacia lugares felices, médico de los médicos, dios de la muerte y los retoños, apariciones y alumbramientos, Señor de la Danza. En Egipto, Amón es el dios solar, universal, creador e hidalgo del cosmos. Su signo es la mano que concede la gracia. En los hipogeos egipcios, la mano ampara y señala el camino a los que emprenden el largo viaje...

En la Biblia, el profeta Habacuc ve los rayos brillantes que salen de la mano de Dios. Allí se esconde su poder (Hab 3: 4). Allí rebosa su alegría: Abres tu mano - y colmas de bendición a todo ser-viviente (Sal 145: 16).

En el Ulises, la llamada de Dedalus continúa, cada vez más recóndita e inevitable: ...¡Oh!, acariciáme pronto, ahora. Estoy quieto aquí, solo. Triste también. Tócame, tócame.

Se transforma, así, en clamor de un mundo urgido de caricias.

Atmósfera y matriz

Todos dicen yo cuando caminan sobre el hormigón que sepulta raíces de íntegros bosques, ríos, minerales que una vez resistieron abrasión y rayado. Rara vez alguien dice nosotros. Sin embargo, nuestra tierra se halla enteramente cubierta de piel que necesita, hasta confines desconocidos, del contacto como alimento, hálito, vínculo con el que asirse a la vida. Los habitantes terrestres, desde los multiformes procordados al ser humano, conocen golpes, contusiones, desgarramientos, en una envoltura que nunca permanece inerte. A través de los más diversos signos, reclaman toque, cura, caricia.

A semejanza del humano en su fase embrionaria, nuestro planeta está rodeado por una matriz cuya piel lo ampara. La atmósfera lo envuelve, protegiéndolo del viento solar, de sus partículas cargadas de radiación y cuerpos erráticos. Atmósfera uterina que, a la vez, da roces vivificantes y cobija de rudos contactos cósmicos.

Madre roca, arena, infinito ingrediente

La piel humana es el mayor órgano del cuerpo. Pesa alrededor de diecisiete quilos. Tiene tres capas. En la superficie se encuentra la epidermis, que mide aproximadamente dos metros cuadrados, formada por varias vestiduras. La más superficial es la germinativa, compuesta por células llamadas queratinocitos basales. A través de un proceso denominado queratinización, tiene lugar un conjunto de mutaciones que forman una proteína especial: la queratina. La finalidad de tal proceso es la descamación, que renueva la piel. Esa dinámica incesante, esa madre roca, arena, infinito ingrediente, esa piel raudal, surge para regenerarse, bajo forma de pelo y uña, hasta pasada la hora de la muerte.

Como la superficie de la tierra, la piel leal, asidua, no parece hecha para corte, herida, tormentosa desdicha. Pero, particularmente en la época en que vivimos, la epidermis, al igual que la superficie de la tierra, sufre alteraciones en sus hojas apenas nacidas. Tales conmociones se abren como arrugas, como pozos donde se amontonan cuerpos, ruidos, hormigón, polvo, amenazas de que todo quede en nada.

La dermis es amparo

Debajo de la epidermis se encuentra la dermis. En su interior se alojan glándulas sebáceas, músculos, fibras colágenas y de reticulina. Cabellos y vellos brotan como briznas, hacia la luz. La dermis es pilar cutáneo. Da sostén a la epidermis. Como beso repara heridas. Atempera, como caricia. La dermis es amparo.

En lo hondo, la hipodermis está integrada por tejido graso, que también le confiere propiedades protectoras contra percusiones y calores o fríos cambiantes o desgarradores. En ese tejido graso se cifran las esperanzas de muchas mamás, quienes quieren bebés robustos, como promesa de vida y salud. Desde múltiples cuadros y esculturas, ángeles y querubines disfrutan del plácido encanto que les confiere su textura adiposa. Hoy, no en todas las clases sociales gordura significa vergüenza. Los que trabajan expuestos a los golpes del tiempo, procuran mantener un manto adiposo al que adjudican imágenes de protección. Del mismo modo, los amantes acarician sus panículos adiposos, más allá de los modelos adocenados que exhiben los medios de comunicación.

Piel humana, piel terráquea

También la piel de la tierra está, básicamente, compuesta por tres capas. Son las geósferas: SIAl, donde predominan silicio y aluminio; SiMa, que se caracteriza por la abundante presencia de silicio y magnesio. Finalmente, NiFe, centro sólido e hirviente de níquel y hierro. En la superficie, esa piel está formada por agua, una mezcla de materiales orgánicos e inorgánicos: rocas, plantas, árboles y el cemento, cuya expansión vertiginosa maldice la vida.

Nuestro cuerpo tiene espasmos, escalofríos, se estremece, se eriza, se ovilla. A la tierra la recorren ondas uniformes y discontinuas que la transforman, abriéndole grietas, como las que las gestaciones o el tiempo abren en la piel humana.

En la piel humana surgen protuberancias, como pedregullo o plantíos de legumbres. Las pápulas son elevaciones sólidas, que se resuelven espontáneamente, casi sin dejar marcas. Los tubérculos son redondeados y salientes. Las vegetaciones, blandas y húmedas, tienen perfil de coliflor. En el caso de la tierra, la dinámica de las placas tectónicas hace que se formen elevaciones del suelo: montañas, cerros, sierras, volcanes. Según la teoría de tectónica de placas, existen zonas de subducción, donde la corteza desaparece para descender al manto y regenerarse. Emerge, luego, en forma de magma, por las dorsales submarinas, donde se solidifica y se transforma en roca, punta, aviesos elementos.

Así, en el fluir de su geodinámica externa, la superficie del planeta se transmuta tan constantemente como nuestra propia piel, descamándose sin cesar. Sobre la extensión de ambas se trazan múltiples signos que atestiguan diversos contactos con aire, agua y fuego, seres humanos y animales. Y con su propia interioridad. Dolor, intensidad, entusiasmo, esfuerzo, desgastan la piel humana. Sobre la tierra, el agua abre canales y transfigura todo lo que arrastra. Alisa piedras y socava, adelgaza, fragmenta hasta arrastrar consigo aquellos sedimentos que las raíces no han consolidado suficientemente. Las riquezas minerales se dispersan sobre la superficie o se hunden en las arrugas terrestres. El río Colorado surcaba la cara del planeta y, gradualmente, cavó los suelos, acariciándolos hasta la hondura. En su "Oda al mar", Pablo Neruda transcribe el poderoso intercambio de esas caricias acuáticas: Me llamo mar, repite/ pegando en la piedra/ sin lograr convencerla,/ entonces/ con siete lenguas verdes/ de siete tigres verdes,/ de siete perros verdes, /de siete mares verdes,/ la recorre, la besa,/ la humedece/ y se golpea el pecho/ repitiendo su nombre.

Espíritu salvaje

El roce del aire es menos violento pero, paulatinamente, va dejando sus signos. O la brisa suave puede transformarse en espíritu salvaje. Las dunas se desplazan. Las sierras de Uruguay eran todas de cimas planas como Cerro Chato, pero el viento moldeó las más antiguas. Así, hacia el norte del río Negro, las cumbres son romas mientras que, en Minas, las crestas vetustas se redondean al contacto con ramalazos y borrascas. Al sentir el abrazo del viento sobre la tierra y bajo el río, el poeta P. B. Shelley lo llama: Espíritu salvaje que por todas partes te mueves / Destructor y amparador.../ ...¡Oh incontrolable!

¡Qué lugar para crecer y para amar!

Los toques viscerales suelen provenir de marcas sobre la piel del planeta. Una fisura corre desde la superficie hasta conectarse con el manto de la tierra. Recíprocamente, algunos materiales de ese manto buscan fallas por donde emerger. Llegan tan lejos como la grieta lo permite. Si alcanzan la proximidad de la superficie, hacen presión hacia arriba y producen temblores magmáticos. Entonces ocasionan terremotos, abren ranuras y resquicios en el terreno, ascienden formando conos volcánicos o emergen por los ya existentes.

La piel de la tierra se brinda calladamente a los ojos de quien la observa y la toca, dándole miles de signos de riqueza, transposición o advertencia: unos cuantos árboles secos en medio del verdor de una ladera volcánica, sugieren erupción inminente.

A la inversa, el ser humano levanta sobre la superficie planetaria signos conspicuos de su soberbia. En 1934, quienes imaginan al personaje de Superman, inventan también el planeta donde nació, gobernado por científicos y tecnólogos tan convencidos del poder de la razón que lo hacen estallar. (El afán de lucro no se menciona en el comic.) El único sobreviviente es un súper niño. La historieta dibuja un agazapado destino.

Para construir Los Ángeles, una de las megalópolis más poderosas del mundo, se escoge una zona atravesada por la falla de San Andrés, de la que surgen otras múltiples, las cuales ya han destrozado desde armazones de acero a minúsculos molares, en una pavorosa boca de desastre. Las urbes que se elevan sobre el Cinturón de Fuego del Pacífico, un imprevisible borde donde se unen varias placas tectónicas, pueden leerse como símbolos del desplante humano de construir sobre la resignada muerte. ¡Qué lugar para crecer y para amar! dice Olga Orozco en su poema "Tierras en erosión": ¡Tantos derrumbes, tantas fundaciones, tantas metamorfosis insensatas.../

Nuestro planeta está aún en actividad, vivo, tremolante. Su superficie no sólo es susceptible al contacto sino que reacciona a él de modos que suelen ser extraordinariamente dramáticos. El hueso rocalloso es secretamente sensible, imperceptiblemente entreabierto a toques capaces de rodar hasta su interior. Los peñascos no constituyen inconmovible zona yerta. Lentas o violentas, caricias aéreas, acuáticas, arbóreas, humanas, entran en ellos y bogan, transformándolos. Según un proverbio hindú, Dios duerme en el corazón de las piedras.

Embrión acurrucado

Hace alrededor de tres mil quinientos millones de años, aparecen las cianobacterias o algas verdiazules. Son éstas unos organismos pioneros, que reposan sobre el peñascoso costillar de la tierra. Las cianobacterias procesan luz solar y sustancias inorgánicas del suelo para producir masa orgánica y oxígeno. Por medio de descargas eléctricas, el oxígeno se transforma en ozono, formándole una nueva piel al planeta, la cual impide la penetración de parte de las radiaciones ultravioletas. De ese modo, emergen nuevos y más complejos grupos de organismos. Diversas algas aparecen: marrones, rojas, amarillas y verdes. De ellas surgen las plantas terrestres.

Al transmutarse la piel de la tierra, la producción de sustancia orgánica crece, dando origen a especimenes que se alimentan de la materia que va muriendo. Bacterias y hongos producen enzimas, que disuelven los residuos acumulados, liberando nutrientes, a los cuales absorben en su propio provecho. Cuando han generado una piel suficientemente densa, hongos, musgos y helechos producen esporas o propágulos, unidades de reproducción que se dispersan, llevadas por el viento. En dos mil millones de años, la tierra se cubre de verde. Con sus diferencias de piel terrestre y aérea, el planeta origina, a su vez, diversas pieles vegetales: praderas, bosques de clima frío y templado, selvas, vegetación de arenales y zonas desérticas, palmares, montes de sierra y arroyo. Las pieles de los troncos arbóreos, lisas y frías como la del arrayán, rugosas como la del canelón, espinosas o cubiertas de musgo, son otros tantos signos que seres animales y humanos leen cuando escogen un monte para habitarlo, explotarlo, destruirlo, estudiarlo, protegerlo.

Nupcialidad de la fruta

Plantas y árboles ofrecen mensajes cada vez más atractivos, para favorecer la circulación de las diferentes especies. El óvulo fecundado se envuelve en una hoja, que se diferencia de las demás transformándose en vaina. O varias hojas rodean las semillas. Una semilla es una cápsula de tiempo que contiene, durante meses o años, un embrión acurrucado hasta que se encuentren las condiciones propicias para su desarrollo. Lo aíslan diversas pieles, que pueden ser una pared leñosa, como el carozo de durazno. O un halo de jugo, como el que se forma alrededor de la simiente de tomate y uva. Esa piel más íntima, llamada endocarpio, se cubre de pulpa verde, roja, anaranjada. Es el mesocarpio, verdadera invitación para un festín nupcial. Luego vienen los exocarpios: piloso en el kiwi, tenso en el tomate o aterciopelado en duraznos y albaricoques. Las frutas se ofrecen desde las ramas o caen, completas, con sus dádivas encerradas, su íntimo, dulce secreto. Brindándose de ese modo, plantas y árboles envían signos visuales, olfativos, gustativos y táctiles a los seres animales y humanos, para que coman y arrojen las semillas en otros lugares, haciendo surgir matas, arbustos, árboles y bosques plenos.

La caricia como remedio

Cuando una comunidad de chimpancés en libertad inicia un nuevo día, grandes y chicos se tocan y luego se huelen las manos. Según el olor que esa caricia haya dejado en los dedos, se abrazan, se besan en los labios o se apartan para evitar desbarajustes. De la piel de cada uno emanan signos olfativos que advierten a los demás si el estado de ánimo del día es proclive a aprietos o agasajos. Pero si, a pesar de todo, se produce una escaramuza, muchas veces la necesidad de contacto físico afectuoso predomina sobre la violencia. Así, en algunas ocasiones, los contrincantes parecen olvidarse unos de otros en el transcurso de una pelea. Al cabo de minutos u horas después de una escaramuza, los oponentes se acercan, se besan, se abrazan largamente y se acicalan unos a otros.

Como los niños, como otros animales, los chimpancés sufren intensamente cuando son apartados por sus seres queridos después de una travesura. Choco, una pequeña chimpancé que estaba viviendo con una estudiante de etología, recibió una reprimenda y un zamarreo luego de una pillería. A continuación, la estudiante se sentó a leer un libro. Súbitamente, Choco saltó sobre su falda, le enlazó el cuello y le dio el típico beso en la boca que los chimpancés intercambian entre sí. Un chico (sea perro, simio o humano), demasiado fría y severamente tratado, experimenta una angustiosa necesidad de ser acogido físicamente por el adulto a quien ama, la cual debe satisfacerse si se desea que permanezca sano.

Tanto los etólogos como quienes confraternizamos con los animales, sabemos que cuando una mascota tiene muchos años, convalece, sufre un duelo o ha permanecido mucho tiempo sola, come únicamente si se la estimula con caricias.

En Montevideo, en el hogar El retoño, la maestra Susana y otras personas cuidan niños de uno a cinco años, que han sido temporaria o definitivamente abandonados. Para alimentarlos, los abrazan o los sientan en el regazo. A veces, un pequeño, demasiado angustiado por la ausencia de la mamá, se niega a comer. Susana lo lleva al médico para asegurarse de que no se trata de una enfermedad orgánica. Durante unos días, se dedica a él totalmente. Lo mira, lo atiende, lo acaricia. Paulatinamente, retorna el apetito de la vida.

El amor, no la guerra

Durante el largo invierno holandés, los chimpancés de Arnhem permanecen en un edificio calefaccionado. El día en que lo dejan para volver al aire libre, es el más alegre del año. Cuando sienten el ruido de la trampilla que conduce al exterior, se los puede ver abrazándose y besándose por toda la instalación. Algunas veces, se colocan en grupos de tres o más y saltan, dándose palmadas en la espalda. Como otros animales, incluidos los humanos, los primates necesitan signos táctiles para compartir su alegría desbordante.

Mucho se ha insistido acerca de que el ser humano es el único animal que copula de frente. Hoy se sabe que los bonobos, unos primates semejantes a los chimpancés pero más pequeños, tienen relaciones cara a cara. También que, conforme lo habían propuesto beatniks y hippies en los años sesenta (sin logros hasta hoy), los bonobos usan el sexo para aplacar la agresividad intragrupal. Se produce un conato de pelea entre machos. Entonces, con sonidos y actitudes, las hembras los invitan a copular. Tal convite resulta irresistible, restableciendo la paz. De igual modo, esa caricia total se transforma en herramienta tranquilizadora, en caso de amenaza entre grupos.

Signos de paz, amor, entendimiento

Cuando un potrillo nace, su madre lo lame durante su primera media hora de vida. Después, el acto de lamer se muda en una serie de finos mordiscos. Estos tienen la función denotada de sacar pelos sueltos, retirar piel muerta, abrir poros ocluidos, facilitar la transpiración y mantener el pelaje lustroso. Esos mordiscos se inscriben, también, en el pequeño, como signos de paz, amor, entendimiento. Poco tiempo después, el potrillo mordisquea a su madre, aseándola. Completa, así, el circuito comunicacional del afecto. Tal circuito continúa de por vida entre los caballos adultos, especialmente si están en libertad. Así, los equinos establecen amistades selectivas, que se manifiestan a través de esos delicados signos táctiles. El aliño se inicia por la crin y continúa por cuello y lomo, hasta llegar al arranque de la cola. Por eso, la limpieza mutua, con sus roces y caricias, constituye una red de signos que unen al individuo con sus congéneres. En el calor, cuando los insectos fustigan, los caballos emplean la cola para apartarlos de la cara de sus compañeros. A veces, todo un grupo mueve la cola a la vez, a fin de mantener el aire sereno. Así, un caballo solitario recibirá muchas más picaduras que el que se alberga en la solidaridad de los suyos. Podrá cumplir la función de atusarse o refrescarse, revolcándose sobre el lomo o refregándose contra el tronco de un árbol. Pero su aseo nunca será tan cuidadoso como el que puede intercambiar con un congénere. Y estará desprovisto del halo de la amistad.

Por eso, si una persona tiene un caballo que significa para ella algo más que un instrumento de trabajo, vanidad o placer, es importante que lo limpie ella misma. No se trata únicamente de mantenerlo con buen aspecto. Los signos táctiles tejerán entre los dos la piel del amor.

Caballo prójimo

Cuando una persona se acerca a un caballo desconocido, viendo en él, no una cosa sino un ser sensible y desbordante de inteligencia, lo mejor es que use los signos que usaría otro caballo. Olfateará sus orificios nasales y usará sus dedos como incisivos equinos, para imitar el mordisqueo en la crin. Esos son signos afectivos mucho más claros que las palmadas en el cuello o las caricias en el hocico, porque no pertenecen al código táctil de los humanos sino al de los potros. Hasta puede ocurrir que el caballo los retribuya con unos mordisquitos en la ropa.

Caballo amante

En estado de libertad, los caballos forman familias polígamas de carácter definitivo. El lazo físico del potro con sus yeguas no se limita al sexo mismo. Cuando tiene relaciones con una de ellas, el macho comienza acariciándole el cuello con el hocico, mordisqueándole la crin y frotando su cuerpo contra la piel de su compañera. Luego avanza lentamente por el flanco, le olfatea, lame y mordisquea la grupa, la cola y las patas traseras. A veces, le roza el anca con su hombro. Ella, mientras, le da señales de su placer. Abre ligeramente su vulva, deja ver una chispa rosácea y la vuelve a cerrar. Tales guiños, que aumentan con los mimos del potro, terminan, finalmente, en el acoplamiento, que dura mucho menos que el tiempo de las caricias. En otras ocasiones, es la hembra quien se acerca a lamer despaciosamente la vaina del macho, iniciando así ese juego de mimos.

Por eso, cuando se castra un caballo, no se le arrebata sólo su actividad sexual propiamente dicha. Lo que se le mutila es todo un moroso paisaje de sensualidad, alegría y ternura. Y cuando se lo conserva como semental, lo único que se busca es una reproducción rápida y eficaz. Se amputa, tanto al potro como a su compañera, del dulce lenguaje táctil. En libertad, las caricias son parte esencial en el entramado de sus vidas.

Curanderos a mansalva

A los gatos les encanta que los acaricien. Según los etólogos, la caricia humana les recuerda la lengua materna que, prolija e insistente, los lamió de pequeños. Por esa razón, aun viejos, continúan buscando cariño maternal en sus compañeros humanos, refregándose contra sus piernas y mirándolos, solicitantes, para que les proporcionen signos palpables de simpatía o amor. Pero hay zonas que se reservan sólo para las caricias de los íntimos. Un gato adormilado suele comunicar a alguien su cordialidad mediante el movimiento de rodar sobre su lomo, mostrar su vientre (región extremadamente vulnerable) y estirarse. También puede arañar al desprevenido que se precipite a acariciar ese vientre, que el animal exhibe pero, instintivamente, también protege, por tratarse de un espacio vital. Sin embargo, puede ser que el gato tenga una gran serenidad, efecto de una vida donde ha recibido respeto y afecto. En consecuencia, se dejará acariciar la panza, ronroneando.

Está comprobado que la convivencia con un gato reduce las tensiones de su compañero humano. El animal se refriega contra las piernas de su amigo mientras éste le palmea lomo y cabeza. De ese modo, la persona toca y es tocada. Esa misma persona se hace un análisis de laboratorio inmediatamente antes y después de tal intercambio táctil. Entonces comprueba que, luego de las caricias con el felino, el organismo humano se relaja.

En Estados Unidos, en la década de los ochenta, ciertas investigaciones sobre enfermedades cardíacas revelan que la presencia de un gato puede bajar la presión y aliviar un corazón sobrecargado. En el Canto XI a su gata, Olga Orozco da testimonio: ...pudiste... adivinar... qué vetas aciagas fraguaban bajo mi piel un mármol implacable / y escarbaste, escarbaste con felpas y pezuñas hasta arrancar el mal / como una perla negra que se disuelve en el polvo, / en nada... En su Canto XII, Orozco insiste: Yo atestiguo por tu vigilia y tus ensalmos al borde de mi lecho, / curandera a mansalva,.../ por tu pelambre dulce y la caricia semejante a la hierba de setiembre..

2. Cuando la piel no comunica

Muchas personas necesitan intercambiar cariño físico con un animal antes de estar en condiciones de hacerlo con otro humano. En inglés, existen el sustantivo pet (mascota) y el verbo to pet que, en una de sus acepciones, significan mimo, mimar y acariciar. Cuando la piel no recibe o se niega a comunicar amor humano, la importancia de un animal de compañía a quien tocar y de quien recibir caricias suele tener asombrosos efectos sanadores. Se ha probado que en hogares donde faltan calor y armonía, la salud de un niño se resguarda a través de un animal con el que comunicarse emocional y físicamente. Según el médico Samuel Corson y su colaboradores, tal respuesta se funda en la capacidad que los animales tienen de ofrecer amor y caricias sin juicios ni actitudes críticas.

Animal hermano

Los artistas intuyen y despliegan lo que los científicos descubren. Así, en su novela La insoportable levedad del ser, Milán Kundera sostiene que El amor entre un hombre y un perro es un idilio. En él no existen conflictos ni escenas desgarradoras... Efectivamente, cuando entablamos amistad con un animal, no se producen las contradicciones y heridas que nos infligimos mutuamente, de modo más profundo o más superficial, pero hasta cierto punto, inevitable. A veces, dejamos en los demás o quedan en nosotros mismos cicatrices tan dolorosas que es difícil volver a confiar. En ese caso, el vínculo con un animal suele resultar tan reparador que la confianza en los semejantes puede recuperarse. En el Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Ohio, los doctores Samuel y Elizabeth Corson trajeron perros a personas cuyas edades oscilaban entre la adolescencia y la senectud. Eran enfermos que no respondían a tratamientos tradicionales. Sólo tres de los cincuenta pacientes se negaron a aceptarlos. Los otros cuarenta y siete los acogieron con entusiasmo y, desde el inicio, progresaron dramáticamente. Un hombre que había permanecido encerrado en su mutismo durante veintiséis años reinició, paulatinamente, el diálogo con el personal médico y los demás pacientes.

En la novela El Gatopardo, el príncipe Salina dice a su perro Bendicó:-Tú eres como las estrellas: incapaz de provocar angustia. Efectivamente, los animales mantienen una inocencia infantil, la cual estimula a ofrecer amor y protección. El intercambio de caricias entre animal y persona, el sentido de responsabilidad que el humano generalmente desarrolla para dar bienestar a su compañero, el compromiso mutuo que se desprende de tal experiencia, son factores que cambian la visión del enfermo.

El doctor Boris Levinson ha desarrollado una terapia en la que usa animales, especialmente perros, para el diagnóstico y tratamiento de niños psicológicamente perturbados. En Uruguay se han realizado prácticas afines con resultados similares. Por iniciativa privada, se han dado animales a ancianos internados en instituciones, muchos de ellos sin familia o abandonados por sus familiares. Lo mismo ha ocurrido en centros psiquiátricos. Inmediatamente, humanos y no humanos establecen lazos de ternura y caricias que alegran y, en consecuencia, estimulan a las personas. Sin embargo, los animales de compañía están prohibidos en los hogares para personas mayores. En el hogar para ancianos Piñeiro del Campo hasta han recibido la muerte, a veces en la desconsolada presencia de sus dueños. Se sabe también que, en la Facultad de Medicina de la Universidad de la República, lejos de existir interés por la interacción terapéutica entre enfermos y animales, se ha usado a estos últimos para experimentos que, por su crueldad, están prohibidos en otras partes del planeta.

En Occidente existe una tradicional creencia según la cual el ser humano goza de una vida superior y separada de toda otra vida. En consecuencia, el amor hacia los seres no humanos y su expresión a través del tacto, tiene connotaciones de ridiculez, digna de desprecio. Ya en sus Vidas paralelas. Plutarco (siglo I) cuenta que viendo Augusto en Roma a unos extranjeros ricos que, mientras paseaban, llevaban en brazos y acariciaban crías de perros y monos, preguntó si en su país las mujeres no daban a luz, reprendiendo así de un modo verdaderamente imperial a quienes dilapidan con animales la inclinación natural al amor y al cariño que hay en nosotros, en lugar de consumirla con los hombres, como es debido.

En cambio, en muchas culturas no occidentales (y también en algunas corrientes del pensamiento occidental), late un sentimiento bien diverso. Es el de amor y reverencia por la vida, bajo el modo en que se presente.

En la prehistoria, la mayoría de las sociedades adoran una Gran Madre, dadivosa con todos sus hijos: árboles, animales, humanos. En la tradición cristiana, Francisco de Asís considera sus hermanos a todos los seres del universo, incluidas las bestias salvajes. José de Cupertino, un santo franciscano del siglo XVIII, predica a las ovejas. Al morir, el cineasta Kristof Kieslovsky cuenta con una familia compuesta por una mujer, una hija y un perro llamado Hermano. Las caricias entre hermanos suelen curar y dar vida. Revisten una dulzura específica cuando, para ello, se atraviesa la barrera de las especies.

Pieles y superficies

En Una habitación propia, Virginia Woolf describe la piel de la Universidad de Oxford en una mañana de octubre: paneles de vidrio lustroso, piedras que parecen un solo bloque, bibliotecas, laboratorios, observatorios, equipos e instrumentos minuciosos, que descansan detrás de sus valvas de cristal. Pero, de pronto, en medio de ese pulido paisaje, surge un gato a quien alguien le amputó la cola.

Del mismo modo, cada día caminamos sobre la piel de nuestra ciudad. Automatizamos códigos, saludos, contraseñas. En nuestra rutina diaria, si todo no es perfecto, al menos es liso, igual y nos permite deslizamos distraídamente. Cajeros automáticos, supermercados, oficinas. Se nos acusa de alguna enfermedad cuando nos es imposible manejarnos con tarjetas de crédito y shoppings, sobre la previsible epidermis social. Sin embargo, en una abundancia tal que ya no nos sorprenden, sobre la homogénea piel de nuestros hábitos, aparecen un caballo demasiado consumido delante de su carro atiborrado de inmundicia; una niña demasiado pequeña mendigando entre autos convulsos, durante el lampo de una luz roja. Una zona despellejada en la bruñida piel social. La escritora Cristina Meneghetti capta equimosis y las representa en sus relatos breves de un modo que intentaré sintetizar.

Lugares del tiempo: escalones, barrotes de madera torneada, recibo con sus puertas vidriadas que dan al comedor. Más allá, muebles, formas, colores. Y, abrazando ese todo reducido, las ventanas saledizas que se abren sobre el cielo limpio, un pedazo de bahía y el parque hacia el horizonte. Las visitas ya llegaron. El hombre les prepara limonada. Suena el teléfono mientras la música se hace sentir desde un extremo de la casa. La esposa atiende.

-La estoy apuntando con un revólver y le puedo disparar en cualquier momento, dice la voz del otro lado.

-Desabróchese la blusa, continúa, más lenta, expectante. La señora hace señas al marido. Logran avisar a la policía. No hay nadie en las inmediaciones. Los vigilantes patrullan: no hay motivo de inquietud. Los amigos beben su refresco. La luz de la bahía, más tenue, continúa reflejándose en el mar consonante. Mientras, alguien, acaso armado, tal vez con miedo, ira, envidia insobornables, busca ventanas en la ciudad.

Criaturas anfibias: una mujer juega con el agua de la bañera, que se detiene en los surcos de su cuerpo satinado. Lejos, a miles de quilómetros, en otro horario, están quemando el Amazonas. Allí viven varios millones de especies: insectos, plantas, pájaros, monos, humanos y otras formas de vida, aún no registradas por la ciencia de Occidente. Arrayanes olorosos, con sus hojas verde vivo, pequeñas, duras y persistentes y sus flores, axilares y solitarias; caobos de veinte metros, de tronco recto y grueso, hojas aladas, flores en mazorca colgante y frutas semejantes a huevos de pava; palmeras, dignificadas por penachos de hojas partidas en muchas lacinias, laureles, cedros del Amazonas, gomeros y palos rosa se estremecen, vibran, oscilan, se rozan y entrelazan. Entre sus ramas, vuelan mariposas calydnas, de libreas oscuras, pardas y negras, con alas delicadamente festoneadas. Las alas de las mariposas melineas, en cambio, presentan una alternancia de bandas amarillas, pardas y rojo naranja, lo que confiere particular belleza al ambiente verde y marrón en que viven.

Anaconda, la mayor serpiente del mundo, de piel iconográfica, sestea en la rivera de los ríos amazónicos. Esos populosos ríos están polutos. Por ellos todavía circulan anguilas eléctricas, peces discos, con sus cuerpos cubiertos de hermosos colores y sus impulsos de protección y vida: guardan a los hijos recién nacidos en su cavidad bucofaríngea, donde éstos se refugian al menor peligro. En tales ríos intoxicados aún se deslizan los peces ángeles, con sus largas aletas pectorales, dorsal y anal, que les confieren forma elegante y natación airosa. Ponen sus huevos sobre tallos y hojas y ambos progenitores vigilan sin descanso a los enemigos naturales. Pero nada pueden hacer contra las corrientes emponzoñadas. Sólo navegan unos pocos peces pulmonados, de piel gelatinosa, oscura durante el día y blanca durante la noche.

En la espesura, moran trompeteros aligrises, aliverdes y aliblancos, semejantes a grullas por su forma y a instrumentos heráldicos por su canto. También hay jacamares del paraíso, parecidos a colibríes de largo pico y larga cola, cubiertos por plumaje irisado y destellante. Y pájaros paraguas, con sus crestas en forma de sombrilla. Y gallitos de roca, que despliegan un complejo ritual naranja, hasta que la hembra escoge su compañero.

Los tímidos tapires forman comunidades pacíficamente organizadas. Su trompa, exquisito órgano táctil, juega un papel de no poca importancia en esa vida afectiva y social. A veces, se transforman en animales de compañía de tupis, omaguas, conibos, cocomas y otros grupos humanos de la región. Cuando la mano humana los roza, el deleite es tan grande que se inclinan hasta caer sobre el lado privilegiado por los mimos. Luego se enderezan y ofrecen el otro flanco a la caricia, la cual los voltea de nuevo. Hasta tal punto el gozo los inunda. Pero acometen valerosamente cuando su compañera y su pequeño se hallan en peligro, despreciando las heridas infligidas por el enemigo.

A los monos lanudos, de brillantes ojos, les arrebatan las crías para el tráfico de mascotas. Como ocurre con muchos animales incluido el humano, la pérdida temprana del contacto con la madre los transforma en adultos agresivos. Así, después que crecen, son encerrados o sacrificados lejos de su hábitat. La sombra de dinero y destrucción también se proyecta sobre los titís león, de hermosas melenas doradas. Muy amenazados se encuentran los murikís, los primates más grandes de América, con su pelaje denso, sus brazos esbeltos y sus costumbres, ignoradas por el depredador humano, que los devasta sin conocerlos.

Millones de insectos desconocidos, mariposas, micos, aves de plumajes emblemáticos, niños, hombres y viejos también, esperan su ígnea muerte. La piel de la mujer reluce en la bañera.

Aniversario: la mujer atraviesa un balneario de viejos chalés ingleses, transmitidos a través de generaciones. Va a la casa de sus abuelos, como en cada aniversario. Los familiares llegan, se saludan, comen. Tías y primas reposan y charlan después de lavar los platos. Los hombres juegan a las cartas. La mujer se ha sentado un poco al margen y se deja impregnar por las imágenes de su infancia: otras fiestas, muchos niños, verdaderos festines, un amigo de familia que la llevaba a otra habitación y le acariciaba el sexo. Recuerda su propia piel de cuatro años, veteada de placer y terror, su vergüenza, la sensación de que todos lo sabían pero nadie, ni su madre, quería averiguarlo. A lo lejos, el mar está liso, quieto. Todavía hay mucha gente en el balneario.

Los cuentos de Cristina Meneghetti se dilatan sobre superficies tan lisas que se dirían sin poros. Sus habitantes son todos "normales". Hasta que, súbitamente, sin condolencia ni reproche, como los infames de Borges, dan y reciben muerte y vergüenza. La escritora se asoma a esas escoceduras. Miles de seres asesinados por una orden a control remoto. Vejados, humillados, delincuentes. Faltos de contacto que emergen un instante, antes que vuelva a recubrirlos esa pátina que esconde las excoriaciones.

3. El acariciar de las profundidades
 

Mujer grávida con un hombre, Gustav Klimt, 1902

 

Los mensajes iniciales acerca de cómo será la vida llegan a través de la piel. Esas experiencias parecen decisivas para nuestra posterior adaptación mental y emocional. Ya en 1794, en su Zoonomía, Erasmus Darwin escribió: Las primeras ideas de las que nos volvemos conscientes son las relativas al sentido del tacto; pues el feto debe experimentar algunas variedades de agitación y ejercer alguna acción muscular en el útero. Así, muy posiblemente adquiera nociones de su propiafigura, de la matriz y de la tenacidad del fluido que lo rodea.

En la matriz, bañado en el líquido amniótico, en contacto con las paredes uterinas, arrullado por los latidos del corazón materno, el futuro adulto, animal o humano, se mece en el acariciar de las profundidades. En el vientre de la madre no sólo se nutre, crece y se prepara para nacer. A través de él percibe otros datos que lo informan acerca del mundo al que vendrá. Las paredes que lo albergan dejan pasar los sonidos del mundo. Especialmente, las voces de sus padres y otras personas. Tales resonancias pueden amenazarlo o tranquilizarlo. Por eso, muchos médicos aconsejan que se eviten estruendos en presencia del que aguarda en su estuche uterino. El ser fetal también siente las caricias maternas y de otros individuos a través del seno que lo abriga. Caricias como olas que se abren, se desdoblan y duplican, rozando primero la piel de la madre y resonando luego, más lejanamente, en la del hijo.

La caricia neonatal

La matriz gratifica tan plenamente las demandas de contacto que todo mamífero necesita una gradual transición posnatal. El ratoncito que no siente el cuerpo de su mamá junto al suyo durante más de cuarenta y cinco minutos, deja de demandar comida. Si la ausencia es más prolongada, el crecimiento se interrumpe. Cuando la mamá regresa, requiere de mucho más contacto materno para que su metabolismo alcance nuevamente el ritmo normal. Por eso, el tráfico con animales silvestres reviste una particular crueldad. El pequeño es violentamente arrancado del cuerpo de su mamá para ser llevado, después de un viaje inimaginablemente solitario y aterrador, hasta un medio que no tiene nada en común con aquél de donde viene. Si sobrevive, es vendido como mascota para satisfacer, de modo a veces transitorio, el capricho de un niño o el esnobismo de un adulto. No sólo ha sufrido un desgarrador trauma de separación. La privación de contacto materno en el primer período de la vida altera el ritmo cardíaco y el del sueño, la temperatura, las ondas cerebrales y disminuye, muchas veces de modo definitivo, el sistema inmunológico. Así, ese pequeño es proclive a enfermar y, a veces, a morir, con mayor facilidad que aquel cachorro que crece junto a su madre.

Cada ser humano está influido por sus padres, abuelos y todas las generaciones precedentes, incluidos nuestros antepasados animales. Pero el parentesco y la correspondiente similitud con otros animales resulta inaceptable para la vanidad humana. Sin embargo, una sombra de solidaridad y paz se extiende cuando consideramos a nuestra especie como parte del gran texto de la vida. No estamos solos en el universo. Nuestras necesidades más profundas son las mismas que las de los demás vivientes, por pequeños que parezcan. Todos podemos descubrir en nosotros ese hondo y misterioso sentimiento de compañía, que se tiende desde los otros pobladores universales. Y el respeto que les debemos.

El desplegarse de la vida

Mediante el tacto, la madre (o la persona que cuida un recién nacido), aprende a leer su temperatura y sus clases de respiración. Al igual que la hembra de otras especies, esa persona logra discernir texturas de piel y descubre cambios. Reconoce el llamado que el pequeño hace solicitando contacto y, a través de él, control, guía. Y responde con caricias que serenan y consuelan.

Un bebé, animal o humano, tiene la capacidad de abordar airosamente situaciones de frío y extrema carencia. Pero no puede prescindir del contacto físico. El signo táctil constituye un pilar para el desplegarse de la vida.

Acariciar a los más pequeños

En algunos sanatorios de California se pone a los prematuros de veinticuatro semanas en pequeños colchones de agua que se mueven suavemente. Metáfora de la caricia amniótica. Los niños así tratados se vuelven más serenos. Respiran y duermen mejor. En otras clínicas, los bebés se encuentran tendidos en el interior de una incubadora llamada Isolette y conectados a un variopinto copete de cables: electrodos para controlar sus progresos y hacer sonar una alarma si es necesario. Aquel prematuro que recibe masajes con regularidad, no sólo duplica su peso rápidamente. También se muestra más dinámico y avizor frente a los estímulos. A ello agrega una mayor capacidad para consolarse a sí mismo. Por eso, en numerosos centros asistenciales existen servicios de voluntariado. En algunos hospitales de Estados Unidos, es frecuente que hombres jubilados se ofrezcan como voluntarios, dedicando algún tiempo a la tarea de acariciar a los más pequeños. Esa labor constituye un signo de mutación social: tradicionalmente, acariciar a los niños era especialidad de mujeres. Tal vez por razones de trabajo o por imposiciones de la doxa, esos jubilados nunca dispusieron de mucho tiempo para mimar a sus propios bebés y ahora, finalmente, están en condiciones de probar tanta delicia. Los encargados de tocar introducen las manos, recién lavadas, desinfectadas y calentadas, a través de los agujeros, protegidos por válvulas. Primero acarician cabeza y cara, muy lentamente. Después, cuello y hombros. Deslizan sus manos hacia la espalda y la masajean con movimientos circulares. Luego, las desplazan hacia brazos y piernas. El contacto no debe ser demasiado leve, porque produce comezón. Tampoco pesado, pues agita al pequeño. La mano tiene que mantenerse firme y constante en su caricia. El acariciante coloca al bebé en posición ventral y mueve sus miembros, estirando brazos y doblando codos, abriendo piernas y flexionando rodillas hasta que toquen el pequeño pecho. De nuevo boca arriba, recomienza a tocar cabeza y hombros. Cada día, ese neonato tiene tres sesiones de caricias. Acariciar es un acto dispensador de vida

Neonatología y comunicación

Al promediar esta investigación, en 1998, en el Pabellón de Neonatología del Hospital Pereira Rossell, los niños que nacían a las veinticuatro semanas, morían. No se contaba con la tecnología adecuada. Con todo, la situación era considerablemente mejor que en 1988, cuando un niño necesitaba treinta semanas para aviarse hacia la vida.

En el hospital, el niño sólo tiene a su mamá que lo estimula en permanencia y al personal especializado que lo asiste técnicamente. En algunos casos, el papá también colabora. Como se trata de padres carenciados, la lucha por la vida del prematuro supone interrupción de trabajo, descuido de los demás hijos y otras mil dificultades. Pero ese bebé humano, como los de otras especies, necesita ser larga y completamente acariciado. Los pequeños pingüinos se suben a las patas de sus padres y se pegan al vientre de éstos. Actualmente, muchos médicos neonatólogos insisten en que ese "piel a piel" se practique entre padres e hijos humanos. La técnica (y la vibrante experiencia) consisten en colocar al niño desnudo sobre el pecho, también desnudo, de su mamá. Gracias a esa integral caricia se busca que el recién venido reciba poderosas imágenes táctiles en la totalidad de su cuerpo. Las mismas le permiten interiorizar afecto, protección y refugio. También se confeccionan piezas de tela llamadas "canguro". Son bolsas que mantienen al niño en permanente contacto con el pecho del padre o de la madre. Sin embargo, los médicos uruguayos no recurren a estudios antropológicos o semióticos. Los mismos les darían acceso a prácticas de "piel a piel" imaginadas por otras culturas y adaptables a la nuestra.

Nalgas para llevar niños

En África, entre los actuales estados de Botswana, Namibia y Sudáfrica, se extiende el desierto de Kalahari. Allí, las madres de la cultura kung llevan a sus pequeños atados en curass, suaves sacos de cuero que cuelgan al costado de su cuerpo, desde donde el pecho materno resulta accesible. Los niños maman cuando quieren. Van desnudos y permanecen en contacto de piel a piel con sus madres. Por la noche, duermen en sus brazos. Cuando no están enlazados con ellas o atados a su costado, se encuentran en el regazo de otra persona.

Entre los mende que habitan Sierra Leona, sobre la costa occidental de África, las nalgas de una mujer están consteladas de significados, tanto de poderosa sensualidad como de óptima maternación. Por eso, la mamá mende, mientras baña a su beba, le masajea las nalgas: desde el inicio deben modelarse con la sinuosidad propia de una esposa deseable y una cálida mamá. Hacia los ocho años, las niñas ya quieren lucirlas y, en público, levantan sus posaderas tanto como pueden. Las mamás consideran que el entrenamiento debe permanecer privado hasta la pubertad. En consecuencia, les gritan ¡Ngálengo! (¡Torcida!) y hasta les dan una palmada para que se enderecen. Pero las pequeñas continúan exhibiéndose a hurtadillas. El resultado de ese esfuerzo es que la mayoría de las mujeres mende desarrollan traseros conformes al doble ideal de deseo y amparo, propio de su comunidad. Cuando las niñas alcanzan la adolescencia, hombres y mujeres los admiran mientras ellas caminan, meciéndolos rítmicamente. Cada "mejilla" se levanta y se baja de un modo incitante. Durante el cortejo, hay un despliegue de tales movimientos ante el joven que atrae a la jovencita. Si él se siente igualmente atraído, se las arregla para deslizársele detrás y rozarle furtivamente las asentaderas con sus dedos. Una vez casados, la máxima expresión pública que puede hacer un marido a su esposa es dejar que su mano repose sobre las nalgas de ella.

Tal belleza no significa sólo plenitud sensual. Si las posaderas son a la vez sólidas y ondulantes, los mendes las llaman, apreciativamente, ndo wopo woto: nalgas para llevar niños. La madre transporta a su bebé envuelto en un pliegue de tela llamado kula kakpa. El niño, sostenido por esa bastilla, apoya su pecho contra la espalda de la mamá y enlaza sus bracitos alrededor del cuerpo materno. Sus asentaderas descansan en lo alto del trasero de la madre y sus piernas, abiertas, sobre cada cadera. Así, la mamá puede mantener al hijo permanentemente pegado a ella, mientras el serpenteo de su estructura pélvica envuelve la piel del niño en una total caricia.

Caminos hacia los demás

Así como el niño habla en la medida en que le hablan, aprende a tocar y a mimar de acuerdo con la forma en que recibe ternura en las primeras etapas de vida. Es lo que el psicoterapeuta René Spitz llama moldeo. Tal moldeo surge no sólo de la masa de dos que el chico forma con su madre sino del entorno afectivo y social que lo circunda. El niño aprende, también, a sentir culpa y vergüenza ante el amor o a darle la bienvenida. A aislarse en su humanidad o a zambullirse en la libertad de la naturaleza.

La evidencia tangible del cuerpo de madre, padre y otros seres amantes, incluidos los animales, los árboles, el aire, desenvuelve la conciencia de su propio cuerpo. Y de la corporalidad de quienes lo aman. Es de ese modo cómo se suscita el primer amor. La caricia reviste extraordinaria importancia para el crecimiento y la capacidad de plenitud. Sin caricias en el comienzo de la vida, difícilmente arderán las otras caricias. Esas que de tanto sentido encienden la continuidad de la existencia. Esas que Tomas Glahn describe en la novela de Knut Hamsun: ...cuando ella viene, mi corazón entiende todo y ya no late: tintinea. Está desnuda bajo su vestido y yo pongo mi mano en ella.

-Atame los zapatos me dice, con sus mejillas encendidas. Y un poco después me susurra, sus labios pegados a los míos:

-Tú no atas mis zapatos, mi queridísimo, no los atas, mi..., no los...

El sol zambulle en el mar y vuelve rojo, renovado, como si hubiese descendido a beber. El aire está lleno de susurros.

Una hora más tarde, ella dice contra mi boca:

-Mira qué me hiciste. Ahora tengo que perdonarte. Su cara está arrebolada, tierna, como encantada. Y se aleja dándose vuelta para saludarme... lujuriosa y feliz. (Pan, VIII)

Las primeras caricias erotizan el cuerpo del niño. Así, lo ayudan a construir una imagen saludable, no sólo de su corporalidad sino también del mundo circundante, de la plena naturaleza, del lazo que existe entre ella y lo más hondo de uno mismo. De ese modo, llegado el momento, el amor físico surge sin vergüenza. Lúdico, tierno, risueño, bañado de agua, aire, animalidad sin culpa. Las primeras caricias son las que promueven la posterior capacidad de sentir afecto, deseo y, al mismo tiempo, respeto por otros. Al conferir solidez al lazo con los padres y con otros seres vivos, abren compuertas hacia futuros amores, ya que en la piel se trazan los caminos que conducen a los demás.

Reverberante atavío del amor

Hoy se insiste en que las experiencias iniciales, donde el tacto juega un papel céntrico, construyen un mapa mental. Tal mapa determina qué personas permanecerán opacas para un individuo y quiénes se encenderán ante él. Semejantes mapas se conforman según las voces familiares, el modo de acariciar y la textura de piel de los seres más amados, sus movimientos, los olores, a veces casi imperceptibles, que emanan de esas pieles. A medida que el niño crece, el mapa se hace más preciso. Lentamente, emerge la imagen de quien, en el futuro, fascinará. Mucho antes de conocer al ser deseado, a través de las reminiscencias dejadas en las terminaciones sensoriales del niño, ese ser esperado adviene. Luego se presenta alguien que ofrece alguna analogía donde proyectar tan íntimo atlas del amor. Suele ocurrir que el mapa permanezca inconsciente a lo largo de una vida, regida por otras preocupaciones. Pero, inesperadamente, el contacto con una persona resulta metáfora de la caricia primitiva, ya perdida en la memoria, aparentemente enterrada. La atracción emerge ciega y, sin embargo, envuelta en el reverberante atavío del gran amor.

Un colega me cuenta acerca de la relación, propiamente encantada, que mantuvo con su madre a lo largo de la vida. Se casó tempranamente, con una mujer cuya inicial coincidía con la materna. Pero, según él, lo que literalmente lo hipnotizaba, era la porosidad de la piel de su esposa, que le traía recuerdos de la intimidad original. Después de muchos años, conoció una mujer con la misma inicial y, sobre todo, con la misma textura cutánea. Y volvió a casarse. Aunque mi colega se reconoce proclive a ser seducido, nunca más intentó reanudar su vida con una nueva compañera, según él porque sólo dos veces encontró presencias femeninas cuyo contacto se parecía al de la madre de la infancia.

Lo semiótico mismo

Las imágenes táctiles traducen una intensa presencia de sentido en el pequeño que todavía no es un sujeto, aún incapaz de intercambiar significados precisos. La semióloga y psicoanalista Julia Kristeva habla de lo propiamente semiótico como proceso primario, durante el cual el bebé desplaza y condensa su energía. Gritos, murmullos, flexiones, roces de quien, más tarde, se transformará en sujeto. En la vía de su devenir, a través de cuerpo, voz y movimiento, el pequeño, desde y para siempre, semiotiza. Conjunto de ritmos y roces determinados sin embargo, desde el inicio, por mamá, papá, hermanos, otros familiares, amigos, la sociedad. Cuerpo asido, gimiente, desatendido, mimado, golpeado, zarandeado, que se deja caer, se instala en la ausencia, se cubre de besos, se moja y paspa, es limpiado, se desliza, toca, pellizca, succiona otra piel. Tal energía corporal que, al mismo tiempo, es marca psíquica, articula lo que Kristeva llama jorá: totalidad constituida por una imperiosa conmoción.

El término jorá aparece en el Timeo platónico para distinguir una articulación provisoria, compuesta por palpitaciones y sonidos efímeros. Estadio incierto, indeterminado, es anterior a la representación. La jorá no es todavía signo, pero se engendra en vistas a significar. Es un receptáculo del contacto donde la caricia aún no despega un cuerpo del otro, un llamado en el cual quien llama no se distingue como diferente de la presencia que le falta. Instancia de mezcla o adherencia, necesaria al niño antes que se produzcan las sucesivas separaciones. La jorá es la madre o aquel ser capaz de transformarse, transitoriamente, en continente, matriz, alimento, piel a piel. Caos que deviene hasta el lento emerger de los límites. Espacio que debe generarse y al que es necesario volver provisionalmente si se quiere que juego, sueño y los caminos erráticos que conducen al erotismo pleno, al arte o a la religión, se tornen transitables. Cuando estamos o regresamos a la jorá, no hay signo denotativo, objeto significado y, por lo tanto, tampoco conciencia operante de un yo que razona. Continente anterior al nombre, a lo uno y a lo otro, a la norma: reino pleno de la madre. La jorá, nuestra primera experiencia de la vida, es un no todavía yo, no aún tú, que se relaciona con el éxtasis que me saca de mi identidad, con lo sublime que me ubica por encima de mi umbral, con el abrazo en que emerjo de mi pátina social para transformarme en invocación, conmoción, humedad, victoriosa negación de mí.

De lo semiótico a lo simbólico

Todo intento de significar parece surgir de la jorá, esa especie de cuenca materna inicial e inconsciente, que apoya con su roce y calor.

Mariela Michel, psicóloga del Hospital Pereira Rossell tiene, durante un tiempo, una guardería particular con una colega. En ese contexto surge Lina, hija de una pareja que orillea la marginalidad. Al padre, policía, probablemente alcohólico, se lo conoce en el barrio por episodios violentos. Las psicólogas no tienen ningún contacto con él: jamás se acerca a averiguar sobre sus hijos. La madre está empleada en el Consejo del Niño: una mujer desidiosa, greñas y pucho. El hijo mayor pasa en la calle. El barrio murmura: en una ocasión, unos hurgadores lo atraparon y lo subieron a su carrito. Se desgañifó hasta que lo dejaron bajar. El hijo siguiente, de cuatro años, merodea por la guardería. Finalmente, la madre viene y lo inscribe dos horas diarias, solicitando permiso para traer también a la hermanita, de un año recién cumplido.

Lina no requiere ser asida. Pero necesita contacto físico permanente. Ninguna manifestación de deleite, solicitud o respuesta de amor. Ni una sonrisa. Sólo la urgencia de ese signo táctil que la continúa en otro ser vivo, permitiéndole tranquilizarse y hasta jugar. Apoyada en el cuerpo de una de las psicólogas o tan cerca como para poder rozar manos, piernas, faldas o percibir el calor físico, inicia actividades propias de un bebé un poco menor: mira, toca y desplaza objetos. Ese juego primario, ese roce volátil constituye una posibilidad de desembocar en signos más elaborados. Tal vez el hecho de palpar y mover cosas estimule a Lina para aprender a comunicarse y actuar sobre la realidad. La caricia aparece como albor del signo, con sus consecuencias sobre el mundo y el otro. Paradójicamente, parecería que, sin fusión o confusión táctil con la madre o un subrogado, no existe posibilidad de que haya algo o alguien. Por ende, la ausencia de caricia ocluye los caminos que conducen a la individuación. Al dar y recibir contacto, se comienza a ordenar, diversificar, simbolizar rudimentariamente. Sin roces, Lina queda en el abismo.

En una ocasión, una de las psicólogas establece, inadvertidamente, una mínima separación con el cuerpo de la niña. Al perder momentáneamente esa prolongación física, Lina gatea a una velocidad no común y muerde, con fuerza propia de alguien mayor, al chiquito más cercano, lastimándolo. ¿Se trata de una agresión? El desplazamiento es automático, maquinal, desafectivizado. Más bien parece una respuesta a la ausencia. Lina, en la nada, quiere fundirse con otro, perderse en él hasta lacerarlo, acaso abrirle una cavidad para situarse dentro. Tan sólo el roce la sostiene, le da forma y le permite iniciar una actividad lúdica.

Según Kristeva, lo imaginario que el trabajo lúdico (y el artístico) desdoblan, es una perturbadora imitación de la dependencia entre niño y mamá. La labor lúdica (artística) constituye una afirmación de independencia, conquistada a través de un dramático corte con la filiación natural, con padre y madre, donde el artista despliega su obra, soberanamente solitario. Pero si se mira detrás del cortinaje, como hace el psicoanalista, se encuentra un vínculo, una madre secreta que brinda el espacio sobre el cual construir ese paisaje estético.

El juego impregna la acción

Acaso la jorá pueda plantearse como base de la dimensión pragmática o terceridad, tal como la formula el fundador de la semiótica. Según Charles Sanders Peirce, esa dimensión se refiere a la práctica en la realidad. Pero la terceridad no aparece simplemente como acción: conecta, al mismo tiempo, con las zonas de lo lúdico imaginario. Lo real es reinterpretado y reconstruido a la luz de lo posible. Así, no hay acción sin imaginación. Y la imaginación nace cuando el sujeto está emergiendo en la seguridad de caricia y contacto con cuerpos amantes. En su trabajo sobre El lugar de la imaginación en la semiótica de C. S. Peirce, el semiólogo Fernando Andacht reflexiona sobre esos etéreos vacíos constituidos por juegos y sueños que, sin embargo, son susceptibles de producir frutos concretos en el mundo externo. Según Peirce, todo hombre que efectivamente logra grandes cosas suele levantar intrincados castillos en el aire y luego los copia sobre tierra firme. El especular sobre itinerarios de la imaginación nos ayuda a realizar viajes en un futuro incierto, pero posible.

Cabe aclarar que, al igual que Aristóteles en su tratado Acerca del alma, Peirce extiende esa facultad de jugar e imaginar más allá de la barrera de las especies. También los animales la poseen. Los trabajos de investigación, llevados a cabo por etólogos y zoosemiólogos a lo largo del siglo XX (y nuestra propia observación, si atendemos a nuestros compañeros de planeta), muestran que los animales tienen facultades lúdicas e imaginarias hasta confines sugestivos. La primatóloga Jane Goodall, quien convivió más de treinta años con una comunidad de chimpancés en Tanzania, hizo algunas importantes observaciones al respecto.

Las congregaciones son muy estructuradas, con vínculos familiares y sociales definidos y duraderos. Cada colectividad se rige por un macho alfa. Este está encargado de preservar la paz en el interior del grupo, así como de dirigir las estrategias de ataque y defensa en relación con otros animales. Goza de privilegios (acceso a las mejores porciones de comida, séquito de machos que le apoyan, obedecen y tributan signos de respeto, derecho sobre las hembras más codiciadas). El rey se muestra feroz en la defensa de su posición. No es fácil convertirse en alfa.

Los pequeños machos de diez o doce años se yerguen, erizan el pelo, arrancan ramas y se golpean el pecho con ellas o con los puños. Es un comportamiento que se aprende en la adolescencia, observando estrategias de exhibición (cada individuo usa variantes sígnicas) del alfa y de aquellos que están más próximos a él. Los chicos las repiten a escondidas de los adultos. A medida que crecen, las exhibiciones se hacen notorias. Tales espectáculos, que los adolescentes despliegan a hurtadillas y los grandes públicamente, tienen por función enviar mensajes que amedrentan, evitando así trabazones de peligrosa violencia. El propio alfa los practica de continuo hasta su caída, cuando un joven se atreve al envite del jefe, logrando incautarle el poder.

La exhibición permite al individuo parecer más forzudo y pujante de lo que es. Complejo de signos persuasivos que simulan una potencia aún no alcanzada o, a veces, a punto de perderse. Red semiótica cuyo fin es evitar el choque directo con una realidad para la que no siempre se está preparado. Formas de preservar la paz. Así construyen y mantienen su congregación los chimpancés: mediante las argucias de lo verosímil (de lo que se parece a lo verdadero sin serlo necesariamente).

Mike es un joven primate que se ensancha en espectáculos sobrecogedores. Pero aún no se atreve a arremeter contra el macho reinante. En cambio, va más allá de los mensajes aprendidos de sus mayores y reelaborados por sus pares. Es capaz de jugar con un objeto hasta ver en él una posibilidad nueva, lo que le permite estrenar una situación y hurtarse a los riesgos de un enfrentamiento con el jefe.

A los chimpancés les gusta asomarse a la ventana de los investigadores y curiosear en su depósito. Toman sus pertenencias: latas, cajones, cubas, y los experimentan con tacto, olfato y hasta lengua. Mike suele entrar en el cobertizo, detenerse delante de un par de bidones, acariciarlos y golpearlos suavemente durante largo rato. Una noche se aleja con ellos. Al alborear, un poco antes de que la comunidad despierte, con ayuda de ambos botes, desencadena una baraúnda no sólo colosal sino desconocida. Los chimpancés, que duermen dentro de nidos en lo alto de la fronda, huyen en todas direcciones. Por virtud de ver en un objeto una posibilidad que nadie había percibido hasta entonces, Mike elude la agresión al alfa, transformándose en él. Tales son las consecuencias de la imaginación en la acción animal y humana. Prepararse y actuar en una situación, aunque sea urgente y amenazadora, no necesariamente inhabilita el entorno expandido de la imaginación. Siguiendo las palabras de Fernando Andacht, por el contrario, gracias a ese salto posibilista, alguien es capaz de encontrar una solución inesperada, móvil, inédita para aquello que parece encerrarnos, claustrofóbicamente, en la opresión inexorable de su insistencia ciega. ¿Dónde quedaría la salida que soñamos para escapar a la opresión sufrida y a la que tememos por ser muy probable? Esa otra puerta es la que nos muestra el objeto, no tal como lo conocemos, sino en relación con las nuevas ideas que nos hacemos de él. Esa otra puerta es el sesgo imaginante, que puede propender hacia la nada, cuando sólo somos capaces de imaginar tomando como base lo aparente, lo banal, la doxa. Pero que también tiene el potencial de elevarse hasta alturas inauditas en arte, investigación o la vida cotidiana de seres humanos y animales.

Hace casi dos siglos, en Una defensa de la poesía, el poeta Shelley habla de un principio latente en el lenguaje, los colores y formas que habitamos, en los hábitos y acciones que cumplimos. Todos ellos pueden transformarse, por virtud de la mirada que los interpreta descubriéndolos, en poesía. Shelley entiende por poesía algo que va mucho más allá de lo literaria o filosóficamente considerado bello: un potencial fundamento de nuestra experiencia; lo que nos permite propiciar, acoger, invocar lo verde, inesperado, innovador, en la red vital de la humanidad y las otras especies.

Regresando a los chimpancés y su mundo, en tantos aspectos empalmado con el nuestro, Goodall destaca que, como los demás machos alfa registrados, Mike proviene de una madre que brinda maternación óptima: perenne cariño corporal en el primer tiempo de vida y firme comportamiento de separación a medida que el pequeño crece. Sin embargo, los límites que impone al hijo a partir de los cuatro o cinco años, no impiden que continúe sosteniéndolo con ayuda y caricias cada vez que el joven necesita apoyo. El desarrollo de la imaginación, tanto animal como humana, parece depender de una trama táctil suficientemente tranquilizadora como para que el sesgo inventivo se dilate.

4. Sed de caricias

Se dice que la desdicha es un fracaso comunicacional. Como vimos antes, lo que se produce cuando un pequeño, animal o humano, no toca ni es tocado suficientemente, es una derrota de la comunicación afectiva. El material clínico de veterinarios, etólogos, médicos y psicoterapeutas está invadido por casos de piel sufriente a causa de yerros amorosos. A cualquier altura de nuestra vida puede emerger el neonato ovillado en nuestro fondo. Ese desolado prematuro sólo se aquieta cuando abraza a otro a quien percibe como seda, rugosidad, calor, cabello: envoltura y protección.

El médico Ashley Montagu refiere el caso de una paciente melancólica que consulta por una neurodermatosis. De niña, experimentó poco contacto, debido a la temprana desaparición materna. Las caricias de la madre perdida aparecen ahora como lágrimas que la piel de la enferma derrama.

Muchas veces, picazón y cosquilleo, con la consiguiente fricción, constituyen instancias simbólicas de emociones sepultadas. El escozor representa un deseo inconsciente de obtener mayor atención, una compensación por el cariño físico que falta al niño. O del que careció el adulto durante su infancia. Sentimientos subyacentes de frustración, rabia y culpa, así como la enmascarada necesidad de amor, pueden encontrar su significante en el frote, aun en ausencia de picor.

En el filme Luz de invierno, un ministro religioso (Gunnar Björnstrand) pierde la fe al perder a su esposa. Carenciado de certidumbre y afecto busca, sin amor, la compañía de una mujer amante (Ingrid Thulin). Pero sólo puede ofrecer aridez. En el tiempo subsiguiente, ella contrae una enfermedad de piel. Al principio, el eccema se instala en la frente. Luego se extiende. Cubre manos y pies. Lleno de repugnancia, el ministro se aleja paulatinamente. La mujer rememora:

-Fue una terrible prueba porque significaba que el cariño no nos unía. Reza intensamente, pide luz y la obtiene. Se le permite ir más allá del rechazo del cual es objeto. Puede querer a pesar de su propia piel sufriente y, por eso mismo, más necesitada de cuidado y caricia. La fe aparece como la fuerza de amar a pesar de todo, a quien no nos ama, a quien se niega a tocarnos. Borges dedica un poema a Spinoza, que podría aplicarse a esta figura femenina de Bergman: ...el más pródigo amor le fue otorgado/ El amor que no espera ser amado.

El exceso de caricias

Gracias al psicoterapeuta Eduardo Mila conozco esta historia, que transcribiré en términos semióticos.

Leonel, de once años, acude a la consulta a instancias de Leonardo, su padre, que se trata a causa de una depresión severa. Leonardo tiene veinte años más que su esposa y está sin trabajo. Siente que su situación laboral sumada a un paulatino envejecimiento lo alejan de la compañera joven y bella, con la que estuvo unido por un vínculo intenso.

Leonel llega en compañía de su madre, Lena, una mujer minuciosamente elegante. Lena responde en lugar de su hijo a todas las preguntas formuladas por el médico. Mientras, lo mantiene tomado de la mano, le acaricia la cabeza, lo abraza. Dice que el chico fue llevado al Ateneo del Hospital de Clínicas a pedido de un docente que quería mostrar el caso a sus estudiantes de la Cátedra de Dermatología. Lo dolorosamente llamativo son las lesiones alérgicas que aquejan a Leonel y el componente asmatiforme que las acompaña. Tales lesiones aumentan a pesar de la severidad de las dietas impuestas. Las mismas merman la alimentación del niño, quien casi no ingiere proteínas.

Desde el punto de vista social, la vida de Leonel también se restringe. Ya no hace deportes porque no quiere quitarse la camiseta delante de sus compañeros. Estos se han burlado o han mostrado repugnancia frente a las pápulas y otras marcas que Leonel tiene en la piel. A su vez, los padres de los chicos no quieren que sus hijos entablen amistad con un niño lastrado por una afección de piel, aun cuando se les explica que la misma no es contagiosa.

En un principio, Leonel trató de mostrarse tal cual era, hacer actividades físicas, trabar amistades lo mismo. Pero la fuerza de la repulsa ajena lo angustió de tal modo que apareció la disnea. En consecuencia, a pesar de su empeño por continuar con los deportes, el profesor, temiendo un ataque de asma, lo obligó a retirarse.

Caricia y libertad

En la consulta, Leonel se muestra muy acongojado. Deposita en su mamá todos los significados afectivos que no intercambia con sus pares ni con su padre, sumido en la depresión. Madre e hijo forman un par defensivo contra el mundo. Así, es difícil para el médico tener un diálogo con Leonel sin que Lena intervenga. Por otra parte, Lena se siente más y más aislada de su esposo. De ese modo, desvía significados tiernos destinados al marido para volcarlos en el niño. La infelicidad de sus padres, al mismo tiempo que el exceso de dicha encontrado junto a la madre, contribuyen al abatimiento de Leonel. A pesar de que el material que la madre vierte es importante, el médico procura que Leonel diga él mismo sus vivencias. Poco a poco, permanece una parte de la consulta a solas con él. Empiezan charlando de cualquier cosa. Luego se centran en los problemas de piel y los tratan como signos. ¿Qué significan las pápulas para el niño? Ese semanálisis arroja como resultado que los significantes lesiones no se vinculan con ningún significado alimenticio. Médico y paciente deciden que Leonel regrese a los deportes, a pesar de burlas y disnea. Poco a poco, el niño logra gozar, más allá de befas y asco ajenos. Esas befas, ese asco, también gradualmente, cesan. En cambio, el asma persiste. Mila consulta con el alergista, quien acepta medicar a Leonel sólo en los momentos más difíciles. Lentamente, los conatos asmatiformes ceden.

Mientras, la madre pierde parte del aura semántica con que su hijo la había investido. Así, se siente feliz por el creciente bienestar del niño. Pero deja de arreglarse, como signo de su propio sentimiento de abandono. Inconscientemente, intenta retener el significado primario que tenía para Leonel, redoblando su atención en las dietas del chico. En tanto, las lesiones de piel desaparecen y el inhalante se hace cada vez menos necesario. Durante una sesión el médico, a solas con su paciente, le sugiere que coma algún alimento no incluido en la dieta. El niño regresa a la consulta después de probar el bocado más prohibido: un pancho con mostaza. Como dicho manjar no hace efecto alguno, Leonel, precipitadamente, prueba toda clase de comidas sin que las pápulas reaparezcan.

Durante ese período, la madre solicita una consulta para ella, donde plantea la necesidad de separase del marido. Así, los conflictos conyugales dejan de desviarse hacia Leonel. Este inicia una cálida relación con el padre. Se integra al grupo de pares y comienza su adolescencia como un chico alegre, extravertido y con puntos de vista propios. Mantiene un tierno vínculo con su madre. Pero el mismo no excluye otros afectos. Así, las caricias ya no ahogan. En consecuencia, tampoco lo asfixia el asma o la camiseta que, anteriormente, escondía las pápulas.

Ni golpe ni caricia

En la película Sonata de otoño, Charlotte (Ingrid Bergman) visita a su hija Eva (Liv Ullman) después de siete años de ausencia. Durante toda una noche, Eva descarga resentimiento sobre su madre. Charlotte le impuso largas separaciones desde la infancia. La madre se justifica del siguiente modo: Mis padres no podían expresar afecto. Estaba prohibido tocar, ya fuese para acariciar o para castigar. No conocí ternura, ni contacto, ni calidez. Tan precoz privación hace que Charlotte sea incapaz de cuidar a su hija enferma, que niegue la experiencia del dolor, que no comprenda a sus seres queridos. La temprana penuria de contacto, tierno o violento, le ha usurpado el amor.

A veces, los niños exigen aunque sea el golpe como signo de reconocimiento: es su único modo de aprender a percibir al otro y de saber que el otro los percibe.

La comunicación a golpes

Lucas es denunciado al INAME por las maestras de la guardería. No logra prestar atención a las palabras de las educadoras ni concentrarse en ningún juego. Agrede permanentemente a sus compañeros y rompe sus útiles, su banco, su entorno. La causa de la denuncia, sin embargo, no es la inconducta de Lucas. Es su cuerpo, que presenta signos de creciente violencia.

Nada se puede averiguar acerca de su vida hasta que ingresa, a la edad de aproximadamente tres años, en estatuto de tenencia, a la casa de un matrimonio. No conserva recuerdo de una madre biológica. Sólo de una mamá mala, la que lo tiene hasta que alcanza los cinco años, edad en la que es denunciado. Esa mamá mala lo encierra en un ropero y lo golpea frecuentemente con una vara porque se trata, según ella, de un niño indómito. El hogar alternativo que lo acoge posteriormente es una granja, en las afueras de Montevideo. Lo primero que hace Lucas a su llegada es matar patitos.

De ahí en adelante, por un tiempo, debe ser atendido permanentemente. Tiende a destruir toda forma de vida indefensa. Se diría que odia a los seres que reflejan, de algún modo, su propia indefención. También rompe sistemáticamente lo que se le da, golpea a los compañeros de hogar e intenta dañar las paredes de las habitaciones, los artefactos del baño, cualquier objeto. Lucas sólo conoce una forma de comunicación: deshace y su cuerpo es deshecho. Así, se asegura de que existe. Inmune a las palabras, sordo a cualquier discurso de orden racional, es necesario sacarlo de ese perverso circuito táctil en el que se ha adentrado.

El vacío de castigo lo desconcierta y determina el inicio de nuevas formas de comunicación. Primero, Lucas se rehúsa a ser tocado. Sin embargo, debe recibir cuidado físico porque su cuerpo está cubierto de lesiones. Lentamente, reacciona a las caricias, que le confieren un desconocido significado de sí: el de alguien suavemente tocable. De todos modos, pasan años hasta que logra significarse como susceptible de ser amado. Es una tarea gradual, de paciencia amante, donde la comunicación es ajena a la palabra: se apoya exclusivamente en arrullo, abrazo, piel a piel.

El significado del golpe

Luis nace en el Departamento de Florida, en 1906, en el seno de una familia de chacareros, en un medio donde golpear a los niños es costumbre. Cuando cumple seis años, su padre, Don Alberto, estima que ya está apto para ganarse la vida. Le encasqueta un gorro de paja y lo manda a pastorear novillos. Luis es pequeño y soñador. Se le pierde uno. El padre le hunde el gorro hasta debajo de los ojos y le da unos cuantos rebencazos. El episodio se repite, con mayor o menor severidad, a lo largo de su infancia. Las ocasionales palizas no impiden que Luis haga su voluntad. Don Alberto lo manda con sus hermanitos a una isla en medio del campo, durante días, a apacentar. En las noches de luna, se van todos a robar sandias a una chacra vecina. O asaltan los duraznos, todavía verdes, del propio padre. Si Don Alberto los ve, corre con la fusta. Pero, generalmente, los niños, ligeros, saltan el alambrado. Y el padre, que pesa más de cien quilos, queda atascado entre los alambres.

Los rebencazos tampoco impiden que, en verano, padre e hijos marchen a bañarse juntos al arroyo Maciel. Los niños se encaraman sobre el gran lomo cetáceo de Don Alberto, en un bullicio de pieles brillantes, agua y cariño.

La última y más formidable paliza la recibe Luis a los doce años, cuando su padre lo "habilita" para administrar dinero que debe emplearse en la compra de artículos de chacra. Luis pierde cinco centésimos. Don Alberto lo manda a buscar el rebenque y le pega tanto que lo deja amoratado. Sin embargo, Luis conserva un recuerdo risueño y cálido de su padre. Para ello confluyen varios factores.

En primer lugar, un lazo alegre, tierno, ardientemente confiado, que mantiene con la vida. El misterio de tal vínculo, sólo él lo conoce. En segundo lugar, las palizas forman parte de una doxa autorizada en el medio en que se cría. También es importante que los golpes de su padre nunca le impiden hacer lo que quiere. El resentimiento surge de sentir que una orden es caprichosa u oprimente y acatarla lo mismo. Pero también hay un mérito que cabe a Don Alberto. Ese padre siempre atribuyó un significado a sus golpes. Antes o después, decía a sus hijos: Yo les pego para que sean hombres con el sombrero en la nuca. (Que no tengan que ocultar la cara por motivo de vergüenza.) Así, aunque el método resulte brutal, queda ataviado de sentido.

En cambio a Luana, nacida en Montevideo en 1913, el padre nunca la golpeó. Pero, de improviso, arrojaba un primus encendido al suelo, estrellaba una taza contra la pared; hasta llegó a amenazarla con un revólver. Sin palabras. Sin atribución de significados. Para ella, llevó cuarenta años elaborar la angustia producida por esas formas indirectas de contacto.

Hoy, muchos psicólogos y asistentes sociales coinciden en que, si la bofetada se siente como signo claro, no daña tanto a un niño. Lo que produce más perdurables imágenes de dolor es el contacto violento al que no es posible conferir sentido alguno. (Sobre los golpes como signos volveré en una investigación posterior.)

.... Mi dolor permanece intocable

En su trabajo sobre la depresión, Kristeva transcribe el discurso de una analizante: Hablo como si me encontrara en el lindero de las palabras. Tengo el sentimiento de hallarme, también, en el borde de mi piel En el fondo, mi dolor permanece intocable. Expresa así una de las urgencias más ardientes del consultante sumido en una angustia profunda: la de tocar y ser tocado por su analista, no sólo en la superficie sino hasta lo más profundo de su herida psíquica, hasta que se calme y cure.

No se trata de un intento de seducir al terapeuta. Es una tentativa mucho más honda, culpabilizada y reprimida por el orden social: la de volver, como niña pequeña, al abrazo materno, sentido como todo comprensivo y todo protector. ¿Con qué palabras pedir alivio para tan incomunicable tristeza? Sólo a través de lo que estremece la voz hasta romperla, silencio, espasmo, llanto, mano que retuerce la ropa, frota o golpea la pared cercana. O por la desviación que permite la figura: metáfora que, en un hallazgo feliz, puede captar provisionalmente un destello en la sombra. Paradoja que, con su lógica inaudita, permite una apertura a la esperanza.

En su conferencia sobre la Femineidad, Freud señala: Sabíamos que había un estadio preliminar de apego a la madre pero no que podía ser tan rico en contenido, tan duradero, y susceptible de oportunidades para la fijación. Tenemos la impresión de que no podemos comprender a las mujeres a menos que apreciemos estafase de su apego preedípico a la madre. Es esa primera relación la que repercute en las más remotas regiones de afectividad y sensualidad. Por eso, encontrar en el hombre un objeto de amor constituye un extraordinario esfuerzo para algunas mujeres. No porque el deseo, fantaseado pero muy carnal, no haga sentir a la niña, a veces todavía pequeña, el llamado del varón. Más bien porque el influjo de la madre, sus palabras, su abrazo, sus cuidados, la envuelven en un eterno retorno. Y porque, tradicionalmente, el hombre crece demasiado separado de ella, en otra tierra, en otra cultura, con otras frustraciones y logros de sensibilidad y sensualidad.

Adicción a lo materno

Kristeva se refiere a una consultante quien, con sus palabras, quisiera rozar, conmover, literalmente acariciar a su analista. Pero las siente secas y vacías, lejos de la emoción verdadera. Su discurso emite mera información, algo que no la representa. Su discurso la hace pensar en lo que llama sus orgías. Desde la adolescencia, alterna estados de postración con festines eróticos. En el crispamiento sensual, su cuerpo es hombre, mujer, animal, espacio de todas las permisividades: Lo disfruto, pero no soy verdaderamente yo. El placer la agota porque bloquea la posibilidad de simbolizar dolor, miedo, tristeza. Cuando, finalmente, esas emociones acceden a la palabra, surge un período de frigidez, más aun: de frialdad generalizada. Tanto la cresta del placer como la conversación aparentemente cálida con los amigos, dejan una sensación casi física de frío, vacío, soledad sin alero alguno. Su piel ya no siente sino la ausencia de la madre, cuyo lugar nadie puede ocupar y que la hace impenetrable a toda caricia, muerta a la sensualidad y hasta a la afectuosa acogida, inconformable.

Con más frecuencia de la que se supone, la depresión femenina viene de la adicción a la imagen materna de la primera infancia. Acurrucarse junto a la madre hasta quedar pegada a ella, hacerse una con su cuerpo, llevarla en el interior de sí para no separarse nunca. Significado materno experimentado como indispensable, que todo lo colma. Y, alternativamente, que se teme, se agrede y del que se escapa, porque se lo percibe como paralizante: en comparación, no hay otro que se sienta confiable y verdadero. Figura interiorizada que da y comparte deleite, pero al precio de la dependencia. O de la imposibilidad de acceso a otras formas del amor.

Por eso, muchas mujeres sienten apremio por tomar el lugar de la madre: señora, dueña de casa, incansable protectora (y retadora) de niños. Así, buscan apropiarse los significados maternos al tiempo que se emancipan de la propia madre {ahora yo soy tú y me libero de mi lancinante urgencia de tenerte).

El apremio por casarse

Además de significar (hoy hasta cierto punto) la habilitación social para tener hijos, el matrimonio constituye un rito de pasaje. Hace tiempo que ha dejado de significar la iniciación sexual femenina. Pero continúa siendo signo de crecimiento para hombre y mujer. La sociedad lee en la alianza de los cónyuges su facultad de entablar una relación adulta, asumir responsabilidad, desplazarse al lugar de los mayores. A pesar de la crisis por la que atraviesa la institución, aún se la considera base de la sociedad. Son muchos los cargos de responsabilidad que exigen, explícita o tácitamente, estar casado.

El matrimonio también mantiene las connotaciones de "normalidad sexual" de los esposos. A la mujer le ofrece la identificación con los intereses de su marido, el sitio social que él ocupa y, muchas veces, la maternación de quien, por momentos, es un hijo más (que exige cuidado de ropa y comida, esmero durante la enfermedad, una ternura diplomática, capaz de aliviar tristezas, disimuladamente).

Por otra parte, actualmente se atribuyen nuevos significados a la identidad femenina. Se autoriza a la mujer a competir con el hombre y a lograr lugares tradicionalmente reservados a él. Y, por fuera o por dentro del enlace, a trabar ocasionales aventuras, que afirman su poder de seducción a la vez que su independencia. Así, algunas mujeres se identifican con una imagen más o menos estereotipada de varón. Foso que las separa de la madre de su infancia, de sus valores y enseñanzas, que las pone finalmente a cubierto de aquella dulzura adorada, abrumadora, ya olvidada.

Sin embargo, un día (por motivos que no tienen relación lógica con el vínculo filial o sin causa aparente), como tristeza irreparable, emerge esa madre idolatrada, la que se buscó (o trató de eludirse) en la competencia por un sitio profesional, en caricias casuales, en la imagen fantaseada del compañero, en la gestación de los niños. Sólo que, súbitamente, se descubre que nada pudo alejarla ni devolverla. Entonces, se abre un cisma, vivido como oquedad, sinsentido, nada. Es que, en muchos casos, en un fondo a veces ni siquiera explorado, no es la identificación ni la diferenciación con respecto a la madre lo que se persigue. Recónditamente, contra toda lógica, el logro profesional o la relación marital significan, por desplazamiento o analogía, el deseo imposible de transformarse en esposa y favorita de aquella mamá agazapada en el fondo de la primera infancia. Madre a cuya cama se desearía retornar para recogerse contra su cuerpo. Madre amante y obsesivamente necesitada, a la que se le ofrece todo para agradecer su amor inmensurable y a quien se quisiera transformar, mágicamente, en compañero de vida.

La Cosa, envés de la jorá

Un amor semejante encubre el deseo de la propia muerte para no asistir a la de la madre, actual o metaforizada en amante, esposo o hijo. Miedo de encontrarse en la nada, de morir de nada. Fantasía de caer o sentarse en un suelo cualquiera, en el escalón de la calle, junto a una alcantarilla y no levantarse nunca. De pedir, mendigar ¿qué?, deseo de ya no despertar. Ahí está el significado del llanto que arrasa a muchas mujeres, a veces sin motivo aparente. O que, petrificado, no se derrama jamás. Aflore o permanezca oculto, suele experimentarse como perpetuo. En Sol negro Kristeva habla de la Cosa. El término viene de la filosofía de Martin Heidegger y, más tarde, del psicoanálisis de Jacques Lacan. Kristeva lo plantea como precipitación en el sinsentido. Reverso de la jorá, la Cosa es una recaída en lo semiótico mismo, pero oscurecido, ennegrecido, enlutado. No es que los significados no hayan advenido aún. Es que han partido todos. Ya no hay diferencia entre de pie y tendido, entre limpio y pringoso, entre aullido y silencio. Duelo actual o virtual que asedia, punzante, obsesivo, en el hoyo que impide bienestar y maduración femeninas.

La resignificación de la madre

Un luto semejante, por su intensidad misma, evidencia un vigoroso potencial de resignificación. Ese duelo, transformado, se hace rico en insólitos caminos.

No sólo de la obra de Kristeva y otros especialistas sino del discurso de muchas mujeres, surge que no bastan los brazos de un varón ni la gestación de un niño para hacer una mujer. Es necesario un hombre que tenga un espacio interno para la feminidad y, especialmente, para una maternidad suficientemente buena. Sólo puede ser plenamente recibido aquel que sepa hacerse imaginar como madre que serena y consuela, a la vez que como amante deseable y deparador de gozo. Sólo desde esa posición, un hombre puede sacar a su compañera, recluida en la demanda que, desde el fondo de ella, hace una niña muy pequeña, tan desvalida que la madre y ella son una. Sólo un hombre con espacio para maternar, logra despegar a la mujer de la imagen materna y desplazarla hacia las delicias del otro (separado, masculino de una nueva masculinidad). Un amante, un compañero, un analista, un artista, acaso.

O la mujer misma, generando desde dentro el lugar de su propia maternación. Un deleite diferente se dilata, que se imagina y realiza penetrando más profundamente el espacio interior. Ese viaje resignifica la melancolía suscitada por la imagen materna. Pero también transfigura la imagen materna misma, que puede ser fuente de mortal congoja pero también dispensadora de creatividad, alumbramiento y vida.

A favor de cierta regresión

¿Cuál es esa cavidad psíquica que proporciona finalmente, una edad adulta serena y fructífera? Tal vez aquella que, generalmente, queda tapiada por la doble censura contra "regresión" y "perversión". No sólo necesitamos avanzar en ciencia y tecnología. También precisamos descubrir, no en el ordenador sino en nosotros mismos, las realidades virtuales, el poder de penetrar en otras dimensiones, de gozar corporal y emocionalmente, más allá de la reproducción biológica o de la producción orgásmica, como en el tiempo inicial de la jorá. Para dejar de sobrevivir, en algunos casos para no morir, necesitamos la libertad de inventar amor y vida desde el interior, hasta hacerlos advenir y compartirlos.

Otros paisajes

Nada dice que tal invención sea necesaria para que una mujer se sienta satisfecha. A menudo, los logros profesionales y/o maternales, las compensaciones del matrimonio con su función de tranquilizar afectiva, social y económicamente, producen estabilidad, auténtica gratificación y apartan la angustia.

Pero aun adaptándose a las vías transitadas, otros paisajes suelen abrirse. Nuestra sociedad se orienta a la producción. Para mantener un orden que mejor facilite esa producción, se considera necesario rotular afectos considerados como normales. Y se trata de extirpar otros, percibidos como malos, "rayados", locos, anómalos. Sin embargo, la angustia que se llora en la consulta con un profesional, se grita en medio del tráfico, se inscribe sobre la piel como rictus amargo o grieta prematura, exige nuevos espacios afectivos. Y existe un paisaje de emociones que puede permitirnos ser más auténticos, más sinceramente nosotros mismos y, de ese modo, acaso más felices. Quedan muchos caminos a la ternura humana, muchos surcos en la capacidad de gozar y amar, por los que se puede viajar si se tiene bastante deseo, si se olvidan los modelos, si nos disponemos a una mayor invención, a más libertad.

5. La codificación del cuerpo

La caricia no siempre lleva significados de vida y ternura ni abre caminos hacia la invención. Durante siglos, rabinos y sacerdotes recomiendan a la esposa que ponga su mente en la divinidad durante el acto carnal, para que éste no la manche. En todo caso, que evite contactos que no conduzcan a la concepción.

A través de una actitud sexual puramente reproductora, el ser humano pretende significarse como diferente del animal. Sabemos poco sobre los animales. Pero, según la interpretación humana, en los animales el impulso sexual, aunque tenga matices tiernos, se orienta sólo hacia la reproducción. En consecuencia, seria privilegio del ser humano hallar en el sexo paisajes de poesía y consuelo, independientes de tal función. No obstante, la moral tradicional se obstina en descuajar esos sedosos bosques de libertad. Así, el cuerpo se divide en zonas tocables y herméticas, permitidas y prohibidas, autorizadas y repugnantes.

En el Museo de Antropología de París se exhiben camisones confeccionados en el siglo XIX: altos hasta el mentón y largos hasta los pies. A la altura del vientre, un círculo recortado alrededor del cual hay una bordadura que reza: Dieu le veux (Dios lo quiere). Es de ese modo como, en Cien años de soledad, Aureliano Segundo ve a su esposa en la noche de bodas: ... Fernanda se había puesto un camisón blanco, largo hasta los tobillos y con mangas hasta los puños, con un ojal grande y redondo primorosamente ribeteado a la altura del vientre.

En la novela de Lapedusa, el Gattopardo brama: "He tenido siete hijos (con mi mujer) y jamás le he visto el ombligo...". Y se dirigía al portal de la Catena (el barrio de las mercenarias)... Dos horas después. .. ya estaba en el coupé... sumido en una serenidad satisfecha, maculada de repugnancia. Marianina (la prostituta) no se había negado a nada, humilde y servicial como un perro. Así, una fruición que podría durar un largo tiempo de renovación y fantasía se perpetra rápido, como un crimen. El arte del sexo que, supuestamente, es privilegio humano, se transforma en animalidad vergonzante (aunque el Gattopardo compare a su perro con las estrellas). Y, sobre todo, el intercambio de caricias se transforma en una compraventa de autoridad y sumisión, parecida en nada a la delicia que regenera.

En su obra El regreso de Eva Perón, V. S. Naipaul considera semejantes hábitos culturales como especialmente característicos del varón del Río de la Plata y otras regiones de América Latina, por lo general descendiente de campesinos españoles o italianos. La convicción de que el cuerpo amado se divide en parcelas donde caricia, penetración o mordisco significan abyección y miseria, está presente hasta en los diccionarios. Así, en el Diccionario de lenguaje rioplatense de J.C. Guarnieri, aparecen términos como mineta: aberración sexual que el hombre practica con las mujeres, imitando a las lesbias. La vaguedad de la definición hace pensar que el diccionario considera aberrante toda caricia que no conduzca directamente al coito. También hay un término degradante para el hombre que practica tal "abyección". Se trata de un minetero. Ese asco se refleja en los personajes de muchos escritores latinoamericanos del siglo XX, tanto hombres como mujeres.

Borges lo sugiere en su cuento "La intrusa". Los hermanos Nilsen usan a la Juliana, en su propia casa o en el prostíbulo al que finalmente la llevan antes de matarla, para que no haga más perjuicios. Los perjuicios que comete la Juliana consisten en provocar celos entre hermanos. Pero, también, acaso, en tener un cuerpo hermoso, que inspira un abrazo lleno de búsquedas y no un mero acto sexual. Tal vez, a semejanza del Gattopardo, los hermanos Nilsen se sienten maculados de repugnancia tras el arrebato de deleite.

En su novela Humo hacia el sur, Marta Brunet cuenta la historia de un matrimonio joven, avenido, enamorado. Es justamente por amor que el marido, de tanto en tanto, pretexta negocios. Así, desaparece durante semanas. Se va lejos, a algún desconocido pueblo del sur, a algún prostíbulo pobre, donde se recluye durante días para poder acariciar sin reglas y con vergüenza a mujeres que alquila. Más tarde, regresa a la ciudad y se hospeda en un hotel donde se baña de su baldón. Tras las abluciones, regresa al cuerpo reglamentado de la esposa.

La narradora relata los hechos con un regusto a piedad. Como para el Gattopardo, para ese marido chileno es necesario el exilio del hogar para obtener la paz de los sentidos. Pero se trata de una paz babeada por imágenes de asco. Ese hombre no puede integrar los significados de la esposa con los de la amante. Sin embargo, necesita a ambas.

La servidumbre

Diferente es el planteamiento que hace Julio Cortázar en su novela Rayuela: ...Sólo esa vez, excentrado como un matador mítico... Oliveira vejó a la Maga en una larga noche de la que poco hablaron luego... la dobló y la usó como a un adolescente. ..y le exigió la servidumbre de la más triste de las putas.

La confianza completa de los amantes, el descubrir total y reiteradamente sus cuerpos con labios, lenguas, imaginativas trabazones puede conducir, junto con el goce, a un desatado sentimiento de liberación. La libertad de la caricia desencadena la travesía por identidades desconocidas, al tiempo que reinventa la plena inocencia. Pero, en la narración de Cortázar, se trata de un único sacrificio de connotaciones mortales, donde hay uno que escarnece y otra que se deja vejar. Se trata de una peligrosa, vergonzante ordalía, tácitamente privada de cualquier nominación: ignominiosa. Expatriado del paraíso, Oliveira no conocerá jamás la adánica mañana en que mundo y cuerpo emergen por primera vez, para ser recorridos y plenamente descubiertos.

Así, a veces, el significado de la caricia sexual es peor que el de un golpe o un insulto. En su novela El pozo (1939), Juan Carlos Onetti cuenta cómo Eladio Linacero se desquita de Ana María, la adolescente que lo fascina y también lo ignora: Busqué la caricia más humillante, la más odiosa. Tuvo un salto y se quedó quieta, llorando. Yo no tenía ningún deseo de ella....

La caricia que parece, en su envolvente dulzura, anterior a todo significado, se yergue aquí como signo perteneciente a un código rígidamente convencional. La mujer se paraliza y llora. El hombre se mutila del embelesado impulso de acariciar. Por lo tanto, de semejante doxa no surge una víctima sino dos. Ana María queda lesionada por una sexualidad en la que se depositan semejantes simbolismos. Pero, de modo más implícito aunque no menos doloroso, el varón también se disminuye: permanece condenado a vivir su deseo como urgencia oprobiosa que, a veces, debe compensarse con una venganza. Por lo tanto, él también queda cercenado de ternura, goce, delicia sin culpa.

Caricias terribles

No son sólo las culturas latinoamericanas de origen italiano o español las que viven el significante sensual como chorreado de significados inmundos. Inspirándose en las memorias de una campesina china, la estadounidense Ami Tan escribe su novela La esposa del dios del Juego. Según esa campesina, cuando Wen Fu, su marido, se enfurecía, la obligaba a una sexualidad considerada por ambos como vil: ...Wen Fu (me dijo) que había perdido los privilegios de una esposa y ahora sólo tenía los deberes de una puta. Me obligó a hacer una cosa terrible tras otra... Hice todo eso hasta que me volví insensible, hasta que reía y lloraba a la vez, sin sentir nada.

Al leer algunos paisajes aislados de este fragmento, parecería que la esposa recupera, en los brazos del marido, aquel instante original, donde lágrima y risa se confunden: allí donde las oposiciones aún no han despuntado. Pero, en vez de ser el sitio del deleite mayor, éste es el espacio de una nada que se hace necesaria para preservar algo de la propia dignidad. No son dos que momentáneamente pierden su yo, sino un yo que quiere doblegar a otro, quebrantarlo, hacer desaparecer su identidad.

Regresar al paisaje de todos los posibles, reaprender fugazmente la certeza del edén, aunque ese jardín haya sido un sueño... Antes del significado, más acá del bien y del mal, reencontrar la suprema dicha del origen, o su versión Imaginaria en el abrazo de eros: he ahí una obstinada meta humana, una necesidad. Sin embargo, muchas veces ese amoroso enlace, más que al paraíso de las virtualidades, se parece a una ciudad severamente custodiada por la ley. O a una de las peores formas del castigo.

El gran castigo

Tradicionalmente, aun las prostitutas miran ciertas formas de contacto como celebraciones del Mal. Al imponer a una mujer (amante o esposa) lo que una mercenaria (vista como el último grado de bazofia social) rechaza, el macho no busca obtener (y mucho menos dar) deleite. Lo que quiere es ultrajar, degradar, cobrar una víctima. Al conversar con otros hombres, se jactará de haber sometido a una hembra a ciertas caricias, como signo de su propia virilidad, pero también de la bajeza de la mujer. Así, el hecho de haber "triunfado" sobre una amante, desnudándola y sometiéndola a caricias "abominables", constituye un motivo para abandonarla. Contradictoriamente, las causas que sirven para repudiar a una querida, se yerguen en motivos para tomarla. José Pedro Barrán muestra que en 1907, en sus Anales de higiene pública y de medicina legal, Paul Brouardel sostiene: Cuando un hombre se casa, es él quien, de los dos cónyuges, acaricia siempre al otro... La mujer casada se deja hacer, no es ella nunca quien hace avances. Cuando la fuerza sexual del hombre disminuye, necesita excitantes particulares que la mujer legitima no puede brindarle. Entonces debe tomar una amante de baja condición, para que lo incite con caricias "indecentes". Una esposa demasiado casta, aburre. Una mujer ardiente, a la vez satisface y repugna. En el interior de esa doxa el hombre, en el comienzo y en el final de su vida amorosa, debe conformarse con las caricias sin amor.

El mujeriego

Por lo menos hasta finalizar la década de los sesenta, tanto en Montevideo como en las pequeñas ciudades del interior uruguayo, muchas adolescentes cuchichean: es imprescindible que la mujer se case virgen. Pero es igualmente necesario que el hombre sea mujeriego antes del matrimonio. De lo contrario, impondrá a la esposa actos sucios, brutales, que sólo se perpetran contra rameras y que constituyen una urgencia de la identidad viril. Así, en las imágenes de esas adolescentes, los cuerpos de hombre y mujer suponen, a la vez, reja y vergüenza.

De los estudios clínicos sobre mujeriegos se desprende que, a menudo, esos hombres ignoran el goce. Es la presión de otros varones (padre, amigos) y, a menudo, de sus propias madres y hasta de sus esposas, la que determina que se vuelvan acosadores. En el fondo son austeros, ignorantes de los deleites de la piel. Así describe Jean Rhys al libertino H. J. en su novela Cuarteto: ...no era un buen amante. Verdaderamente, no le gustaban las mujeres. Ella lo había sabido desde el momento en que la había tocado. A pesar de sus muchas aventuras sus manos eran inexpertas, torpes cuando acariciaban; sus labios, fríos e indiferentes ...No, no era un amante de las mujeres, dijera lo que dijera.

Ese desagrado (o torpeza) en relación con las mujeres puede observarse en ciertos sectores de la sociedad uruguaya, hasta hoy. Aun jactándose de sus hazañas como casanovas, muchos hombres no gustan de la compañía femenina. Cuando no están impelidos por un motivo sexual, suelen evitar su trato. En las fiestas, forman grupos aparte, a veces hasta en habitaciones separadas. Asumen actitudes cortantes o confundidas si deben atender a una amiga de la esposa o la hermana. Muchos dicen no haber tenido nunca amistad con una mujer. (El fenómeno está cambiando considerablemente en las nuevas generaciones.)

Jean Rhys continúa la descripción de H. J.: Despreciaba el amor. Pensaba en él con grosería, como si se tratase de algo con lo que divertirse y abandonar después, lleno de un desprecio feroz... Y ella seria siempre para él su petite femme, bien separada de la esposa honesta.

De nuevo, la codificación del cuerpo femenino y la separación de las mujeres, da a los hombres poder sobre ellas. Pero también los mantiene ignorantes acerca de las delicias que envuelve la sensualidad. Los convierte en seres secretamente solitarios, incapaces de captar los estremecimientos del otro cuerpo, de percibir a la compañera en la riqueza de su alteridad. Sólo se trata de alguien a quien hay que respetar o convertir en mujerzuela.

¿Quién enloda a quién?

Curiosas fantasías de las sociedades patriarcales: la caricia humilla a la mujer {o al sodomita), pero no al macho. De eso se deduce que el cuerpo femenino (u homosexual) no puede manchar. Mientras, el del varón contamina lo que toca. Así, el esperma tiene, por lo menos para ciertos varones, un significado repugnante. En la medicina antigua se lo compara con las flemas: baboso, pegajoso, viscoso. En la Biblia (Lev 15: 1-18), Yhvh advierte especialmente a Moisés y a Aarón: cualquier hombre que padezca un derrame, es impuro. Impura la cama donde lo padeció, impura la ropa y la mano de quien lo acaricia. Impuro el aparejo en que monta, impuro el objeto que toca. La vasija de barro rozada por el que padece derrame debe ser rota. ¿Y no es acaso el sexo de una mujer comparable a una vasija? El versículo 18 especifica: Cuando una mujer tiene relaciones sexuales con un hombre, ambos deben lavarse... A pesar de las abluciones, quedan impuros hasta la tarde.

Para muchos ascetas, la polución nocturna es tan grave como el contacto con una mujer. En su Anatomía del asco, W. I. Miller deduce que la razón por la cual numerosos escritores y moralistas tachan de repulsivo al sexo femenino no reside en sus características propias sino en que sirve de vaso para la simiente del hombre.

Thomas Nashe, escritor satírico inglés nacido en 1600, pregunta a las mujeres: ¿Qué sois sino sumideros y retretes que absorben la inmundicia masculina?

Tales imágenes no corresponden sólo a un pasado remoto. En la primera década del siglo XX, Claude Anet escribe su novela Arianne, muchacha rusa. La misma alcanza máxima popularidad en 1957, cuando Billy Wilder la adapta (libremente) al cine bajo el título de Amor en la tarde, con Audrey Hepburn y Gary Cooper.

Arianne es una jovencita que, por medio de su ingenio, se hace querer por Constantin Michel, un maduro seductor. Pero, para persuadir a semejante aventurero de que comparta su vida con ella, Arianne no sólo recurre a su gracia. También lo convence de que ha tenido varios amantes. Constantin estaba helado de horror. El asco le ahogaba. La repugnancia que le inspira la adolescente "manchada" es demasiado intensa. Decide abandonarla. Ese es el golpe perentorio de la gran estratega. Cuando el hombre está por dejarla, Arianne le confiesa que ha sido el único. El alivio de Constantin es tan profundo que decide iniciar un proyecto de vida con ella.

La imposición de la virginidad femenina se hace mediante procedimientos atroces, desde los orígenes de las sociedades patriarcales hasta algunas culturas de nuestros días como Egipto, Etiopía y el Medio Oriente Islámico. En grado menor, aún quedan resabios de tal coerción en la nuestra. Uno de los factores podría ser el asco que produce en algunos hombres su propia sustancia viril.

En cambio, en el marco de esa contradictoria ilusión, "ensuciar" muchas mujeres aumenta el prestigio del varón.

La gran vergüenza

En 1949, el novelista siciliano Vitaliano Brancati publica R bell' Antonio que, en 1970, se traslada al cine bajo la dirección de Mauro Bolognini. Frente al tema recurrente de la mujer enlodada por el abrazo, aquí se plantea una problemática incomparablemente menos representada por el arte: la del hombre "ensuciado" porque no puede abrazar.

Antonio, un bellísimo joven de clase media, se ve perseguido por las muchachas, quienes se muestran ora llorosas, ora provocativas, para obtener sus caricias. También sufre una dura presión de padre y amigos, que ven en él su orgullo: en tanto Antonio gusta a las mujeres, lo imaginan como carnero lúbrico y poderoso. Lo que simbolizan los hombres en esa virilidad soñada no son imágenes de amor físico. Son modos de significar un poder masculino capaz de "triunfar" sobre otros varones: hermanos, padres, maridos de las "deshonradas". A otro nivel, también intentan resignificar allí el honor de Italia, sometida bajo el empuje de Hitler (a la que, connotativamente, perciben como hembra penetrada). Un vigoroso macho italiano compensa, en el imaginario de esos hombres, a la violada madre tierra.

En el marco de tal fantasía las mujeres, como personas, están ausentes. No importa que sean campesinas, camareras, burguesas, marquesitas, princesas... siempre que lleven faldas se sabe lo que (el macho) hace con ellas, como dice Leporello en al Acto I de Don Giovannl

Pero Antonio no puede. No logra cometer adulterio, seducir, participar en una orgía. Tampoco amar, formar una familia, llevar la vida que desea. ¿Es un mal físico? ¿O es el peso agobiante de los simbolismos masculinos? Para el padre, saber que Antonio es impotente significa que ha muerto.

Varias mujeres, en cambio, se ofrecen para ayudarlo a encontrar su virilidad. O a acompañarlo en una vida casta. Desde la percepción del joven, tales propuestas significan una ofensa. Según la doxa en la que ha sido educado, el amor, declarado libremente por una mujer, es un intento de afeminar al varón, hasta de violarlo. En su visión, es porque él está "humillado" que ellas se portan como "hombres prepotentes", abandonando descaradamente su lugar de hembras sumisas. Por la noche, abrazado a sí mismo en su lecho célibe, Antonio sueña con forzar una mujer. Cualquiera, pero preferentemente una anciana. ¿Es un sueño de castigar a la propia madre, porque ella sería la misteriosa culpable de su impotencia? ¿Un deseo de vengarse en la mujer de modo más profundo porque, por lo menos teóricamente, se la respeta en su ancianidad? ¿Una fantasía de odio generalizado contra la mujer, aun aquella que la sociedad patriarcal ya no significa como atractiva?

Atiborrado de resentimiento por la desgracia de Antonio, su primo viola (impunemente) a una joven sirvienta. Después lo llama, llorando avergonzado: según él, la culpa no es suya sino de la mujer violentada, porque toda feminidad es negación de la libertad, motivo de embrutecimiento y bestialidad para el varón. Es mejor la suerte de Antonio, impotente, a la suya, de mujeriego compulsivo y forzador sin placer.

-No, solloza Antonio, del otro lado del teléfono. Yo te envidio.

Conforme con la doxa interiorizada por Antonio, la violación transforma la fuerza brutal en legítima confianza viril. Los individuos inclinados a la violencia sexual ante la más mínima provocación o porque existe una circunstancia favorable, serían los verdaderos hombres. Como el comerciante Jacques Louis Ménétra quien, dos siglos antes, consigna en su diario personal un paseo por los suburbios parisinos en compañía de un amigo. Sin quererlo, sorprenden, en un matorral, a una pareja que está teniendo relaciones. Se turnan para inmovilizar al hombre y violar a la mujer. Es un hecho que aparece entreverado con otras anécdotas triviales, un mero golpe de suerte. Actitudes sin salida de la virilidad que, hasta cierto punto, la tradición perpetúa inclusive hoy.

La caricia en el arte y en la vida

El aspecto inventor de las caricias que la sociedad percibe como perversas, parece tener vínculos importantes con el arte. No es raro que, quien ha recreado esas caricias en el arco iris de la sensualidad humana, sea también capaz de recrear un sentido para el mundo, a través de un poema, un dibujo, una obra de inolvidable belleza. Más aun, ¿hasta qué punto es diferente crear en el terreno de la caricia y en el del arte? Si pudiésemos amar como los bonobos. Si lográsemos regresar a la primeridad semiótica, a la jorá, a la ausencia de significados sobre la piel de otro y de uno mismo: si aprendiésemos a amar con nuestros sentidos, sin juicios y con deleite, acaso pudiésemos transformar la violencia y la frustración en gozo puro, paz.

Lascivia (detalle). Alfred Kubln, 1901-1902.

6. El abuso

La caricia puede revestir otros significados oprobiosos. Durante el Antiguo Régimen, los herederos de Francia descansan hasta los seis o siete años ora en el lecho del rey, ora en el de la reina, ora en el del aya y su esposo. Tal familiaridad entre chico y adultos no supone sólo mimos y proximidad física. Padres y cuidadores tocan el sexo del príncipe, estimulándolo precozmente. Él, a su vez, investiga la sexualidad de' los mayores. Recién en el siglo XVIII se inicia un discurso según el cual el exceso de intimidad con los preceptores puede acarrear abusos para los pequeños. Las camas compartidas empiezan a desaconsejarse. ¿Se sentían ultrajados esos niños a quienes los grandes toqueteaban?

El papel de la sociedad

Hasta hoy se atribuye un significado relativamente neutro a la violencia contra débiles (niños sin familia, personas solas y en situación de indigencia o con algún retraso mental).

El historiador Georges Vigarello señala que, en Francia, durante el Antiguo Régimen, la ley sanciona que la calidad de la persona sobre quien recae la violencia, aumenta o disminuye el crimen. Así, un ataque contra una empleada doméstica no es considerado grave. En cambio, tanto la legislación como la doxa de la época quieren que la violación sea castigada rigurosamente si el transgresor es de condición pobre. De ese modo, a un obrero o a un mendigo, la violencia sexual puede llevarlo a la cárcel, a la muerte y aun a la muerte precedida de torturas. En 1962, Robert Mulligan filma To Kill a mocking bird (Matar un ruiseñor]. En un viejo y fatigado pueblo, un campesino blanco acusa a un obrero negro de haber golpeado y violado a su hija. A pesar de que el abogado Atticus Finch (Gregory Peck) prueba que el golpeador fue el propio padre y que no existe informe forense sobre la violación, el negro es declarado culpable y asesinado camino a la prisión. Otro signo del odio y el miedo que la sociedad que se significa como decente experimenta contra los marginales.

De ese modo, la violación se transforma en un espacio donde la lectura de los signos se toma, generalmente, arbitraria. Baste recordar que, en la Biblia, se adjudica la pena de muerte a la doncella forzada en la ciudad, porque pudo dar voces y no lo hizo (Dt 22: 23- 24). Varios milenios después, en Uruguay, por lo menos hasta la década de 1960, existe el dicho: Cuando una mujer (¿una niña?) no quiere, un hombre no puede. De tal doxa deriva también que, durante mucho tiempo, los jueces se muestren renuentes a castigar la violación de una mujer soltera que no es doncella: si pudo aceptar a uno, bien puede aceptar a cualquiera.

Destierro por razón de caricias

Durante siglos, en la tradición occidental, suele ocurrir que los padres de una joven abusada ya no la reciban en su casa. En 1980, Román Polanski realiza el filme Tess, con Nastasia Kinski como protagonista. Se trata de una adaptación de la novela de Thomas Hardy Tess D’ Urbervilles, una mujer pura (1891). En ese relato, Hardy cuenta la historia de una adolescente de familia modesta. Sus padreo la envían bajo la protección de un pariente aristocrático. El hombre abusa de la ignorancia de la jovencita y la expulsa al saber que está grávida. Su familia se niega a recibirla. Su hija muere al nacer. Más tarde, se casa. Pero su marido la abandona al enterarse de los hechos.

Hardy elige el subtítulo una mujer pura para sensibilizar a los lectores de la época: se ha inspirado en miles de historias similares que ocurren en la Inglaterra victoriana. De ese modo, violación o abuso suponen el apartamiento de la familia y el de la sociedad en general: si la muchacha es obrera o doméstica, frecuentemente sus patrones la despiden por razones confusas.

Un amigo de noventa y tres años me cuenta que, aproximadamente en 1915, en la estancia de mi abuela Teodora Vanni de Berriel, en el departamento de Flores, la negra María estaba haciendo churrascos para la peonada cuando Pimienta, uno de los peones, se acercó a desayunarse. Al pasar, con una mano le acarició la cola mientras estiró la otra para agarrar un churrasco. La negra, cuando fue a agarrar el churrasco, le pegó una cuchillada y le hizo volar un dedo. Y así fue que quedó sin dedo, nomás. ¿Qué estaba defendiendo esa trabajadora de hace un siglo? ¿La propiedad de los churrascos de su patrona? ¿O la propiedad de su cuerpo, que una caricia amenazaba usurpar, privándola del derecho a familia y trabajo? Sin embargo, habitualmente, la dañada prefiere callar.

La caricia como contagio

La indignidad de la forzada radica también en una creencia según la cual los cuerpos transmiten sus “manchas". La Biblia (Dt 22: 20-24) es muy clara al respecto: el amor carnal fuera del matrimonio es nevelá (infamia) que, partiendo del cuerpo mancillado de la mujer, contamina a todo su pueblo. El sufrimiento y humillación de la mujer no se mencionan.

La pérdida de esa “pureza” puede ser forzada. También puede ocurrir durante niñez o adolescencia. No importa: siempre es signo diferencial entre mujeres que se casan y mujeres que no. Más aún: en Europa, a veces hasta el siglo XIX, una niña violada o incestuada tanto como un niño sodomizado, son golpeados o insultados públicamente. Y, en general, encerrados.

Como actitud mental, esa respuesta a la persona que sobrelleva una violación no termina con el XIX. En 1958, el cineasta Anthony Mann realiza Man of the West (El hombre del oeste). Dos historias: la de Link (Gary Cooper), un delincuente que ha logrado reintegrarse a la sociedad y formar una familia. Y la de Billie (Julie London), una cantante de salón, sola desde siempre. Billie es brutalmente forzada. Link no le retira su respeto. Es más: se muestra implacable en el castigo de los ofensores.

Mann desea que la película finalice con la unión de esos dos personajes: ambos tienen en común un pasado de violencia y abandono. Pero resulta improbable que el público masivo lo acepte. Según la opinión común, un hombre rehabilitado y hasta mutado en héroe, no se divorcia para formar otra familia. Aún más impensable es que su nueva esposa sea una mujer de pasado elástico y lastrada con una reciente violación. Cabe destacar que, un año después, Gary Cooper interpreta al doctor Joseph Frail en la película de Delmer Daves The hunging tree (El árbol del ahorcado). En ese filme, el médico logra salvar de una violación a Elizabeth Mahler (María Schell), cuyo amor retribuye. Frail puede amarla por la inocencia que emana de esa figura femenina. También porque la violación no la manchó.

De modo semejante, en Uruguay hasta hoy, uno de los motivos del silencio con respecto a la violencia sexual consiste en que, quien la ha sufrido padece, además, el desprecio de la sociedad. Aun en el caso de una niña y, especialmente, de un niño violado o incestuado, la segregación es persistente. También en Uruguay desplazamos la vergüenza al lugar de la inocencia.

La Inclemencia

En su tragedia Los Cenci (1819), Percy Bysshe Shelley condena el incesto entre padres e hijos con toda la ira de que es capaz el poeta de los vientos. Esa tragedia se inspira en una historia verídica. A fines del siglo XVI, el conde Cenci mantiene una relación incestuosa con su hija Beatrice, por medio de la fuerza. Cuando la niña alcanza su adolescencia, mata al conde. La pena por parricidio es la muerte. A pesar de los quince años de Beatrice, de la ferocidad sufrida, de las muchas petitorias de clemencia que su caso suscitó, el Papa Clemente VIII no mostró ninguna.

Shelley, junto con su suegra Mary Woolstonecraft, se considera hoy como uno de los fundadores del feminismo. Según él, el incesto del padre contra su hija es un crimen propio de las sociedades fuertemente patriarcales. En tales sociedades, el hombre no sólo posee bienes. También sirvientas, esposas, niños, que usa de cualquier modo. Esas sociedades y sus instituciones religiosas (aun cuando éstas se presenten como cuerpo de Cristo), reservan la muerte a quien se revele contra semejante estado de cosas.


...Hija mía, yo te quiero para dama

En general, las relaciones sexuales de un adulto con un niño se condenan. Se considera que tales vínculos suponen abuso de autoridad por parte del mayor. También, peligro psíquico y físico para la criatura. Sin embargo, el incesto parece ubicuo y, generalmente, permanece amordazado. En un Cancionero recogido en la frontera de Texas con México, se encuentra una versión de “Delgadina”, un romance español. El mismo refleja algunas relaciones entre padres e hijas: Delgadina se paseaba/... con su manto de hilo de oro/ que en el pecho le brillaba. La niña es aún pequeña (delgadina). Pero su cuerpo está cambiando sin que ella lo perciba (el pecho le brilla). Por eso, su padre la acosa:...en su sala la abrazaba:/ -Delgadina, hija mía,/ yo te quiero para dama.

El padre, que tiene la obligación de brindar el alimento, transforma ese deber en poder: -Si les pide de beber/le darán agua salada, / porque la quiero obligar/ a que sea mi prenda amada. La historia finaliza mostrando que la cama de Delgadina/ de ángeles está rodeada...

Delgadina encuentra su felicidad en el cielo. Como en el caso de los Cenci (y de tantos otros, aún hoy) en este mundo, desobedecer al padre significa morir.

Un esposo que se parezca a usted

Otras veces, el impulso incestuoso se da de modo inconsciente. El mito de Edipo y la amplia interpretación que le dieron Freud y sus seguidores, muestran que las relaciones entre padres e hijos no dejan de ser ambiguas. En Las Metamorfosis (X, VII), Ovidio cuenta el amor de Mirra por su padre. Sin abuso de autoridad del progenitor, sin coerción física o moral, la princesa se entrega en sueños a su pasión incestuosa. Cuando el padre le pide que elija entre sus múltiples pretendientes. Mirra responde que desea un esposo que se parezca a usted.

Durante mi adolescencia, las amigas hablábamos del compañero esperado. Una sostenía que sólo se enamoraría de un hombre que tuviese la misma profesión que su padre. Otra, despreocupada del futuro, aseguraba que si ella pudiese sustituir a su madre en el papel de esposa, su padre permanecería más tiempo en el hogar.

Del material de numerosos psicoterapeutas surgen adolescentes según las cuales el padre o padrastro incestuante es indefenso, infantil. Según esas jovencitas, la madre se muestra con él agresiva, abandónica. Así, ellas reciben sus caricias como un modo de ofrecerle protección y consuelo.

Recientemente, una asistente social capta, en Montevideo, un padre que mantiene relaciones incestuosas con todos sus hijos. Los pequeños lo odian. Pero las dos hermanas ya mayores de edad, huyen con él. Prefieren esconderse en el último rincón de Uruguay para perseverar en lo que perciben como su amor.

El hechizo

También ocurre que niñas o niños pequeños se enamoren de adultos extraños. Lo que los padres de familia y la sociedad no quieren saber es que en la infancia suele haber una sensualidad intensa. O una fascinación más alejada de los sentidos. Algunos psicoterapeutas hablan de hechizo. Una niña (o un niño) arrebujados en el hechizo se muestran indagadores, ávidos, apasionados. Horacio Quiroga lo cuenta reiteradamente aunque, en apariencia, sus lectores y críticos no lo han advertido. En su novela Pasado amor (1926), el protagonista, Morán, recuerda la víspera de la muerte de su esposa. Él la había llevado al jardín en brazos y, en brazos, la devolvió al dormitorio. Magdalena, una niña de unos siete años, miró fijamente los cuerpos entrelazados, la fuerza del hombre, su ternura. Tiempo después, con el recuerdo de esa mirada infantil, de par en par abierta sobre ellos, Magdalena y Morán son amantes.

En su novela Historia de un amor turbio (1908), el joven Rohan coquetea con las muchachas de Elizalde. Sin embargo, es la menor, Eglé, de apenas ocho años quien, la víspera de su partida, lo abraza, empapándole de calientes lágrimas la mejilla. Le pregunta, con ojos de mujer, por el amor que le tiene. Le promete que el suyo será para siempre. El hombre se siente turbado. Ocho años más tarde, a causa de esas lágrimas, envueltos en esas promesas, se ennoviarán, atraídos por un amor turbio.

Pero tal vez es en su cuento “Rea Silvia" (El crimen del otro, 1904), donde Quiroga se aproxima más a ese tipo de vínculo. La situación es similar. Un hombre joven, ennoviado, y la pequeña hermana de la novia, casi una hija de los dos. Durante el transcurso del noviazgo, la niña lo observa, palidece, no come, enferma y le suplica un beso de amante: Hombre y todo, me puse pálido... me incliné temblando a mi vez y uní mi boca a la suya. Para ella fue tan grande esa dicha de completa mujer que se desmayó. Por mi parte, puse en su boca el beso de más amor que haya dado en mi vida.

La culpa es mía

Muchas niñas asoman a la terapia bañadas en culpa. Sienten que son ellas quienes sedujeron, provocando caricias que, luego, se tornaron dolorosas, humillantes, insoportables. O que laceraron a la familia en su conjunto. Esas caricias significaron, para tales chicas, no el amor que deseaban sino todo lo contrario. Se transformaron en signos de que no eran amadas sino usadas y hasta odiadas. No obstante, tales niñas se perciben como abyectas porque consideran que incitaron al adulto para que reaccionara con esos roces o ese coito repugnantes.

En 1960, el director Daniel Mann realiza Butterfield 8 (Una Venus en visón). Durante la adolescencia, Gloria Wonders (Elizabeth Taylor) mantuvo relaciones con el novio de su madre. Según dice, con la voz quebrada por la ira y la vergüenza, disfruté de cada caricia, cada minuto. La madre se mantuvo ciega y sorda ante tales caricias. Finalmente, frente al odio de la hija, dejó al novio sin una pregunta.

Con más de veinte años de edad, Gloria lleva una vida bañada en alcohol y promiscuidad. Sin embargo, se inflige dos prohibiciones inflexibles: la prostitución y el amor. Por un lado, simbólicamente, se asegura de que su cuerpo es suyo y nadie puede comprarlo. Por otro, que ese cuerpo está disociado de su yo. A su piel puede acceder cualquiera: sus sentimientos se mantienen inalcanzables.

Pero conoce a Ligget (Lawrence Harvey) y se enamora de él. Ligget es un hombre casado, libertino y con cierta propensión a embriagarse. Sin embargo, según una vieja doxa que ella comparte, un varón amado, cualesquiera sean sus hábitos merece, aunque sea como amante, una mujer “pura”. Gloria decide que se alejará de él para expiar lo que siente como su delito. En su atropellada huida, encuentra la muerte.

Desde el nombre escogido para la protagonista, Mann quiere transformar a la adolescente víctima de abuso en una heroína. Originariamente, Gloria significa reputación, celebridad, aureola En la actualidad se asocia con ideas de elevación, perfección, bienaventuranza. El apellido, Wonders, multiplica las maravillas.

Así, el filme puede leerse como una mano tendida hacia las niñas abusadas. Al mismo tiempo, es un llamado de alerta. El abuso tiene consecuencias posteriores. La madre, el potencial compañero y, a otro nivel, la sociedad en su conjunto, deben conocer y tratar con respeto tal problemática. De lo contrario, quien lleva en su cuerpo el signo incestuoso puede sentirse sin salida posible.

Amor, te amo tanto

En lo privado, es tarea del psicoterapeuta explicar que los niños se sienten atraídos por el contacto físico con los adultos. Y que, tanto la curiosidad sexual como las conductas seductoras, forman parte del proceso de maduración. Pero es el adulto quien debe guiar ese estado de hechizo y ponerle límites. Y, a veces, el adulto es un niño disfrazado.

En 1695, Charles Perrault publica el cuento “Piel de asno”, recogido de la sabiduría popular. En 1970, Jacques Demy lo transforma en una comedia musicalizada por Michel Legrand, con Catherine Deneuve en los papeles de la madre y la hija y Jean Marais en el del padre.

Se trata de un rey enamorado de su bellísima señora. La unión ha producido una niña. Súbitamente, la reina enferma. En su agonía, arranca una promesa al marido. Este sólo se volverá a casar con una mujer tan hermosa como ella. De ese modo, la esposa (como muchas mujeres hoy, en Uruguay y otras partes) procura conservar al hombre a través del incesto con la hija. Porque ¿quién será tan bonita como la madre sino la niña, en el cine encarnada por la misma actriz? (Sobre el tema de la madre o el padre que encubren y hasta incitan, profundizaré en un trabajo posterior.)

Así, el rey se vuelve prisionero de una obsesión: desposar a su pequeña. El monarca consulta a un casuista y la princesa a su hada madrina: ¿Se puede casar un padre con una hija? La respuesta de ambos asesores es la misma: una niña no puede distinguir el amor conyugal del paterno. Su interior todavía es confuso. Pero el hombre de ley sostiene que el matrimonio debe perpetrarse lo mismo. La amenaza es tan grande que sólo la madrina mágica encuentra un camino para evitar tales nupcias. De ese modo, Perrault parece connotar que únicamente por medio de pócimas y conjuros se puede tapiar el deseo incestuoso de un padre que tiene poder.

Catherine Deneuve en el papel de la princesa, mantiene su aspecto de mujer. Pero su cinesia es infantil: rueda por el pasto, juega con la comida y, sobre todo, se muestra extremadamente respetuosa con su papá. El plato ha sido trabajado de manera que el padre se sitúe en su trono, constelado de poder, varios escalones por encima de la hija. Ella se arrodilla bajo el último peldaño para hablarle. Los diseñadores Page y Gitt Magnini visten a Marais con hombreras abultadas y mangas ampulosas, que confieren a su silueta una cierta analogía con las aves de rapiña. En cambio, Deneuve lleva vestidos simples pero confeccionados de manera que el escote se realce. La princesa (como Delgadina en su romance) parece completamente ajena a esa henchida abertura. Amor, te amo tanto le canta a nadie, sola en el jardín. Es un amor indefinido, que no ha encontrado aun su objeto. La cámara la filma por encima del hombro de su padre, quien la acecha desde una ventana. La princesa agrega: El amor vuelve loco al más sabio. También son necesarios los comunicadores que analicen y difundan las confusiones que suelen ofuscar a los responsables de niños.

Otras formas de paternidad dolorosa

La palabra incesto viene del latín incestus: no casto. Pero aun casto, el amor entre padre e hija puede provocar muchas contusiones. En 1955, en su filme Rebel without a cause (Rebelde sin causa), Nicholas Ray plantea el problema a la inversa. La niña (Nathalie Wood) se ha transformado en jovencita. Su padre la abofetea cuando ella intenta besarlo en la mejilla. Probablemente ese padre está inconscientemente aterrorizado por la atracción que ejerce sobre él la naciente mujer. Como consecuencia, rehúsa la ternura a su hija. La adolescente busca entonces, entre los compañeros de colegio, el cariño físico que no encuentra en su hogar. Esos jóvenes permutan las caricias paternas que les faltan por violentos juegos corporales, en los que dos de ellos pierden la vida.

En 1925, en su relato “Caos y dolor temprano” (recogido en Cuentos de tres décadas, 1936), Thomas Mann, expone el hechizo desde la perspectiva del padre. El profesor Cornelius tiene dos hijos de alrededor de dieciocho años y otros dos de aproximadamente cinco. Cuando ve por primera vez a Eli, su benjamina, en la cuna, al lado de la madre, el profesor comprende que eso es amor a primera vista, amor para toda la vida: un sentimiento desconocido, inesperado, insospechado, que lo posee completa y definitivamente. Entiende más: hay algo no totalmente correcto en un sentimiento semejante, inimaginado, impensado, involuntario. Etérea, inofensiva, la fascinación del hombre de cuarenta y cinco años por su pequeña hija tiene, también, todos los destellos del gran amor. Pero eso, aunque lo sabe, el profesor no se lo confiesa ni a sí mismo; sólo lo siente y, de tiempo en tiempo, fluye por sus labios una privada sonrisa.

La historia que cuenta “Caos...” ocupa sólo unas horas. Los adolescentes organizan una fiesta. Adultos y pequeños están invitados. El profesor espera observar los bailes, según él ridículos, de los jóvenes, en la deliciosa complicidad de la niña.

Sin embargo, entre los invitados a la fiesta, uno arrebata a Eli de los brazos de su padre y baila una pieza con ella. Seguidamente, la niña rechaza el regazo paterno. Sólo corre de un lado a otro, detrás del joven, provocando algunas risas entre la concurrencia. Finalmente, se la llevan a dormir. Pero los sollozos laceran su pequeño pecho, su cara arde en lágrimas. ¿Por qué ese joven no es hermano suyo? ¿Por qué no ocupa el lugar de su hermanito en el pequeño dormitorio? No hay ninguna explicación capaz de aliviar tal dolor. Tampoco los celos del profesor, que se descargan con todo su peso sobre la niñera importuna, quien se ha permitido murmurar: La niña tiene instintos precoces. El aya, que se retira ofendida, deja a un padre dividido entre la penosa ternura hacia su hija y un odio ciego que debe disimular bajo la máscara social: ¡qué bien! Alguien ha tenido la idea de traer al joven seductor hasta el dormitorio de su enamorada. La sonrisa del papá es mecánica. Se apresura a restituir a su lugar el bretel que ha descubierto por un momento el hombro de cuatro años. Mientras, el elegido canta una canción de amor, toma las pequeñas manos y las besa, hace una broma y se va.

El profesor espera que Eli se duerma y, sobre todo, que mañana traiga otro día de idilio entre padre e hija. ¿Por cuánto tiempo, sin embargo, puede perdurar el romance en esa especie de sueño de noche estival? En todo caso: ¿cuántas palabras y películas necesitamos para mejor comprender a esos niños, convulsos por un sortilegio que los lleva, vana o peligrosamente, hacia los adultos? ¿Y cuántos teleteatros se requieren para entender el sufrimiento de esos padres inconfesadamente enamorados de sus niñas?

Tales padres suelen encontrar otros signos para canalizar su pasión. Prohíben a las hijas salir con chicos de su edad, les imponen su presencia cuando necesitan estar a solas con sus pares, las avergüenzan delante de sus amigos. Y retrasan, así, su maduración. En tal sentido, esos padres castos obran como el padrastro incestuoso de Lolita, en la novela homónima de Vladimir Navokov (1955). En el marco de dicha novela, la directora del colegio interroga a su padrastro: ¿Por qué se opone usted con tanta firmeza a las diversiones propias de una niña de su edad?

Condenar requiere menos tiempo, ingenio, energía. Para prevenir a través de la docencia o la terapia, lo que se necesita es inteligir. Para inventar una novela, una película, una serial de televisión en honda relación con la vida, es preciso comprender.

Significar la caricia

Con intención comercial, en la soap opera estadounidense The bold and the beautiful [La belleza y el poder) se introduce el tema de la violación de un niño por su tío. El chico crece para ser impotente y el tío se suicida a consecuencia de su falta irreparable. El relato busca chocar a la audiencia. En todo caso, captarla con una historia insólitamente incluida en el marco de la novela por entregas. El tiempo de pensar en las complejas connotaciones que el tema tiene y de concebir un lenguaje estético que lo haga más cercano y conmovedor, no entran en los designios de un proyecto televisivo orientado hacia el dinero.

Aunque la calidad audiovisual sea mucho mayor, algo similar ocurre con el teleteatro brasileño Torre de Babel En él, la hija (Gloria Menezes) a pesar de haberse casado felizmente, a pesar de tener más de cincuenta años, conserva la memoria hechizada de su padre. El hombre (que no aparece en el mundo narrado) estaba, también, enamorado de su niña. Pero no la rozó. Se atuvo a una moral tradicional, según la cual las mujeres de la familia son intocables. En cambio, las que no tienen hombre (padre, hermano, esposo): las que, por ende, no son propiedad de nadie, se pueden infamar. Así, adoptó una huérfana de ocho años a quien violó hasta su adultez. Esta {Maité Proenza), llena de un odio sin consuelo, rememora los hechos en una escena breve del último capítulo. Director y guionista buscan el gran impacto para su desenlace narrativo. No existe la pausa elaborada, que permita acercarse a los hechos para mejor comprenderlos. Ni para conferirles sentido. Sin embargo, tan importante como la caricia abusiva, resulta el sentido que se le atribuye.

El sistema como abusador

En la década de los setenta, en una escuela pública de Carrasco aparece Luz, una niña de unos seis años, que cursa primer grado. Según la maestra informante, su proceso de aprendizaje es “normal”. Sólo manifiesta dificultad para pronunciar las palabras. Tal engorro (o el conocimiento de la actividad que su madre la obliga a ejercer) provocan el escarnio de sus compañeritos. Estos la empujan, la pellizcan, le hacen burlas. La maestra no interviene para protegerla ni para educar a los chicos. Pero permite que la niña se apegue a ella. Luz se sienta a su lado en el escritorio, la sigue en el recreo, procura tener siempre una mano posada en el cuerpo de la mujer y le solicita permanentemente mimos y caricias.

Luz es una niña faltadora. La docente quiere saber el motivo de sus frecuentes ausencias. Luz responde que no puede venir porque sale con “homes”. Efectivamente, la madre la lleva a un bar sito en Camino Maldonado, donde la alquila a individuos que la manosean, supuestamente sin penetrarla. La pequeña cuenta el hecho sin angustia aparente, como algo que debe hacer para su mamá. Después de escucharla, la maestra le dice que es una niña “sucia”, “inmunda” y que “le da asco dejarse tocar por ella”. Sólo le devolverá sus mimos si enfrenta a su mamá y se niega a tales salidas (con seis años).

Luz tiene una crisis de llanto y suplica a la maestra que le permita apoyar la mano sobre su cuerpo. Pero la docente se la retira con gestos de repugnancia. Denuncia el caso a una seccional de policía, luego al entonces Consejo del Niño. La Directora del Consejo recibe esa denuncia con una sonrisa: Ya conocemos a la prostituta de Carrasco.

Después de cada denuncia, la policía lleva a Luz y la mantiene detenida unos días en el Consejo, para devolverla luego a la madre. Tras esos episodios, un agente policial la encuentra un par de veces durmiendo en la calle. Ha desobedecido a su mamá y ha escapado del hogar, para que la maestra no se enoje.

Al cabo de un tiempo, desaparece definitivamente de la escuela, sin que la docente ni las autoridades hagan el más mínimo movimiento para buscarla.

La interpretación semiótica del caso aparece clara. Maestra y autoridades son por lo menos tan responsables del abuso como los individuos que alquilaban la niña. La interpretación infamante es tan o más dolorosa que el contacto abusivo. La insensibilidad y la falta de respeto (de compasión), encierran una carga de violencia a veces mayor que los hechos físicos.

Pensá en la playa

En algunas afortunadas ocasiones, es el propio niño abusado quien encuentra significados consoladores. Esos significados permiten independizarse de los hechos.

Laura es operaría de una fábrica, en una zona suburbana de Montevideo. Durante las horas de trabajo, se ve obligada a dejar a sus hijas, de seis y ocho años, solas en la vivienda obrera que la familia habita. No tienen televisor, pero los vecinos del apartamento contiguo invitan a las niñas a disfrutar del suyo. Se trata de un matrimonio con un hijo de veinte años, aquejado de cierto retardo mental. Una tarde, al regreso de Laura, Lilián, la niña mayor, perpleja, habla con su madre. Le cuenta que el chico de al lado le preguntó si quería saber cómo se acarician los papás cuando están solos. Luego la tocó debajo de la ropa.

Al escuchar la historia de su hija, Laura rompe a llorar. El asombro de Lilián aumenta: -¿Porqué te ponés así, mamá? No llores: pensá en algo lindo. Pensá en la playa. Lilián está, aún, en su primeridad semiótica: todavía no ha explorado los significados que la cultura adjudica a las cosas.

Laura consulta a una psicoterapeuta y también a un sacerdote. Los dos coinciden en que no hay que significar como trágicas las caricias recibidas por Lilián. La niña no debe ser consolada. Mucho menos tiene que calmar a su mamá. Tampoco debe odiar al agresor. Así, las caricias que Mabel no sufrió ni gozó, se leen en familia como algo que no debe repetirse porque puede resultar dañino: el vecino sufre un retraso y no es responsable de sus actos. Por otro lado, con gran sacrificio, Laura y su marido consiguen mudarse. Hoy Lilián tiene quince años y está muy enamorada de su novio.

Otras veces, la criatura forzada atribuye un significado a la violencia y otro al violador. A fines de 1999 ocurre, en una seccional de policía uruguaya, un hecho típico. Una madre se presenta con su hija Lea, de ocho años, violada por un primo de diecinueve. Lea cuenta la historia con precisión y el médico forense la confirma. Sin embargo, la chica llora desesperadamente cuando sabe que ese primo irá a prisión.

Por eso, el cineasta, el escritor, el comunicador, juegan papeles fundamentales. ¿Cuáles son los signos para representar un abuso sexual, una violación, un incesto? Acaso las imágenes de víctima y victimario no hagan sino perpetuar el dolor. Se precisan más novelas, películas, teleteatros que no polaricen ni simplifiquen la situación, que no hagan de ese violador necesariamente un malvado. Es preciso acercar la cámara y observarlo.

En su autobiografía Paula, Isabel Allende recuerda al hombre que la acarició sexualmente cuando ella contaba con ocho años, analiza minuciosamente los hechos y siente una vaga ternura. Acaso obras como Paula puedan ayudar a quien recibió violencia o atropello a resignificar su dolor.

El dolor

Actualmente, el Bureau International Catholique pour l’Enfance (BICE) realiza una investigación sobre la violencia sexual contra menores en América Latina. De esa pesquisa surgen niñas y niños abusados que provienen de todas las clases sociales. Esos chicos presentan signos diversos y contradictorios: retardo intelectual, inmadurez emocional, desórdenes en sueño y comportamiento. Pasivos, encerrados en sí mismos, es común que no soporten la cercanía y mucho menos la caricia. Tampoco logran vincularse con los chicos de su edad. Muchos se niegan a hablar de sus familias. Al revés de sus pares, si están en la pubertad, no manifiestan interés por el sexo. En la novela Lolita, la directora del colegio le advierte al padrastro: Dolly, con catorce años, sigue morbosamente desinteresada ante las cuestiones sexuales. Agrega, sin saber la carga semántica que se enrosca bajo sus palabras, que la chica reprime su curiosidad para salvaguardar su ignorancia y su dignidad.

A los doce años, Lolita se sentía un poco atraída por H. H., su padrastro. Sobre todo, se sabía mal querida por su madre. Como consecuencia, inició una relación sexual con el hombre. Parecía que era la jugarreta de una mañana. Pero, rápidamente, la niña supo que su madre había muerto, que no tenía a nadie en el mundo y que el coito, cada día, a veces a cada rato, era su único camino para obtener hasta una pastilla colorante. Así, probablemente, hace dos años que Lolita siente, de modo difuso pero insistente, que su dignidad se pierde bajo la baja techumbre del incesto.

Algunas veces los niños violentados son hiperquinéticos. Esa imposibilidad de mantenerse quietos viene del dolor: el forzamiento ha provocado lesiones uterinas o descontrol de esfínteres. Otras veces, se trata de la siniestra histeria que pinta Navokov en Lolita. La versión cinematográfica de la novela que realiza Adrian Lyne (1997), muestra a la niña con la cara pintarrajeada y los pies volando por el aire, al tiempo que arroja pelotas, trapos y otros objetos a la cabeza de H. H. Mientras, éste maneja un automóvil. Lolita ríe descontroladamente cuando practica tal juego, que puede resultar mortal para ambos. Y H. H. recuerda el envés de semejante risa: sus sollozos en la noche - cada noche, cada noche - no bien me fingía dormido.

La Gloria de Una Venus en visón ilustra aquellos casos en que los chicos (o los grandes que han sufrido incesto) manifiestan una tendencia compulsiva a la promiscuidad. Entran fácilmente en redes de prostitución y droga. La Lolita que da nombre a la novela de Navokov, escapa del padrastro incestuante para ofrecerse a Clare Quilty, un escritor impotente que hace películas pornográficas con niños. ¿O Clare Quilty es un sosia del padrastro, profesor de literatura francesa, psicòtico que se multiplica, amante del dinero que prostituye, de las caricias impuestas, de las amenazas de reformatorio en caso de que la niña deje de cometer ese incesto del que la culpa?

El poder

En cierto modo, el desamparo de los chicos de clases media y alta es mayor que el de los niños carenciados. Un motivo es que, según la doxa, los más pobres son, “naturalmente sucios, inmorales”. En cambio, el dinero pone por encima de toda sospecha. También y sobre todo, se debe a que las clases favorecidas tienen mejores estrategias para evitar la denuncia. “Piel de asno” se inicia con la pintura del...Rey/ más grande que hubo sobre la Tierra,/amable en Paz, terrible en Guerra. Un hombre que tiene poder sin límites puede permitirse el casamiento con la propia hija: excepto alguien tan mágico como un hada, nadie dice “esta boca es mía”.

El prólogo de una versión española de los cuentos de Perrault, publicada a comienzos del siglo XX, es ilustrativo. Según ese prólogo, Perrault está ligado a las más puras ilusiones y a los más bellos ensueños de la niñez. Sin embargo, entre sus relatos se incluye uno cuyo tema es el deseo incestuoso de un hombre poderoso contra su hija, deseo del cual sólo un hada es capaz de salvarla. La incapacidad para discernir qué muestra el autor de tal prólogo, significa hasta qué punto la sociedad pasa por alto la violencia contra niños de padres ricos. Y eso, tanto entre los tules rosas de una ficción como en el escenario de la vida cotidiana. Así, la mayoría de las denuncias por violencia sexual contra menores provienen de hospitales y escuelas públicas. Los sanatorios, mutualistas y colegios privados permanecen casi mudos al respecto. Sin embargo, asistentes sociales y psicoterapeutas sostienen que la ausencia de imputación no coincide con la ausencia de hechos. Simplemente, existe una red de tácticas que levanta un muro ciego.

Me ha dado la vida

Los chicos abusados de clases media y alta suelen presentarse bajo la forma de niños modosos, siempre dispuestos a obedecer. En la versión cinematográfica de Piel de asno, la jovencita urge al hada. Debe casarse con el rey: Mi padre me da los vestidos más hermosos. Me da todo el oro que quiero.

Perrault participa de una corriente burlesca originada en Italia e introducida en Francia por el poeta Scarron (1610-1660). Tal tradición usa la risa para denunciar y escarnecer a cualquier clase social. Así, el oro que posee el monarca de su cuento surge del excremento de un asno.

Sin embargo, si la princesa quiere más vestidos, lo que procura es retardar una sexualidad que la espanta. ¿Tan coqueta sois?, pregunta el padre cuando su hija le pide un atavío del color del sol. Catherine Deneuve le presta una voz conmovedora a su princesita: Ni un poquito, señor. Y cuando el padre se acerca a depositar su regalo en el dormitorio de la chica, en la banda sonora sus pasos resuenan con un volumen desproporcionado, que connota pavor.

A pesar de todo, la hija está a punto de ceder: Me ha dado la vida. Me ama más que nadie en el mundo. El mundo es enorme para un niño indefenso. El abuso aparece como marco afectivo (a veces el único) para lograr ternura. O para conseguir juguetes, salidas, caramelos. En la novela de Navokov, luego de saber que su madre ha muerto, Lolita va a buscar a su padrastro para tener relaciones: ...vino a mí sollozando y lo hicimos muy suavemente. ¿Comprenden ustedes? Lolita no tenía absolutamente ninguna parte adonde ir. Pero, con el paso del tiempo, el padrastro necesitaba largas horas de persuasiones, amenazas y promesas para conseguir que me prestara durante algunos segundos sus miembros tostados en el secreto de mi cuarto por cinco dólares, antes de emprender cualquier diversión que prefiriera a mi humilde goce.

La sinécdoque

Como Lolita, los chicos incestuados aprenden desde muy temprano que, del amor al dinero, todo tiene un precio que pasa por sus cuerpos complacientes aunque no siempre deseosos de ser tocados. Entre las caricias de ese adulto, van dejando su condición de sujetos y perdiendo sus necesidades genuinas. Pero, en muchos casos, aun cuando el niño resuelva separarse del padre, éste sigue siendo su papito.

En semiótica existe una figura llamada sinécdoque. En 1827, en su obra Las figuras del discurso, el retórico Pierre Fontanier señala que la sinécdoque consiste en tomar una parte del todo por el todo mismo. Esa parte es de tal naturaleza y conmueve hasta tal punto el espíritu que éste, por lo menos momentáneamente, no puede percibir sino a ella. Al tratar un caso de incesto o al representarlo, hay que tener cuidado con esa sinécdoque. El incesto no debe ser el único nombre de una relación padre/hijo que, seguramente, tiene tramos más complejos. En muchas ocasiones, el niño que quiere separarse del padre ha logrado preservar filamentos positivos de su vínculo con él. Es imprescindible respetar tales filamentos. Y si el niño sólo recuerda la parte del incesto, es importante que logre incorporar alguna hebra gratificante, por fina que ella sea, a la urdimbre de la relación. El hundimiento en la negrura aumenta el dolor y confiere un sentido general de resentimiento y desconfianza frente a la vida.

El abuso de varoncitos

En Montevideo, varias maestras captan a un niño por sus dibujos terribles. Pero, si se cita al padre, el chico desaparece para reaparecer en otra escuela, de un barrio lejano o de una ciudad del interior. Por otra parte, dada la legislación uruguaya, como el cuerpo infantil no presenta marcas, es imposible iniciar acción judicial. Finalmente, una maestra identifica sobre la piel de Elías los signos de una hebilla. El padre amenaza con dar muerte al hijo y suicidarse si el vínculo es invadido. Soy yo quien le dio la vida, dice. Pero, finalmente, el niño es aislado del progenitor y consigue hablar. De bebé, fue abandonado por la madre, que huyó del marido para salvar su propia vida. Muchas de las caricias paternas que conoce Elías, de sólo siete años, son golpes o roces sexuales. Lamentablemente, para internarlo en una institución (lo que el niño pide), la justicia uruguaya es desidiosa. Elías debe repetir una y otra vez sus feroces vivencias, porque siempre existe otra oficina, siempre se requiere la opinión de otro funcionario.

Hoy Elías se encuentra en una institución. Las psicólogas y asistentes sociales que lo tratan dicen que se comporta como un niño normal. Sin embargo, aun cuando él mismo tomó la decisión de separarse de su padre, quiere continuar viéndolo. Para él sigue siendo mi papito. Lo único que tengo en el mundo.

Una sociedad que amordaza

El abuso de varoncitos resulta aun más perturbador para la sociedad y, por lo tanto, permanece todavía más amordazado. Llama la atención el vacío de representaciones literarias o cinematográficas acerca del tema. También sorprende la rigidez de la doxa que, al imponer silencio, dificulta abordar y, eventualmente, superar tales problemas. No obstante, investigaciones llevadas a cabo por BICE señalan que la violación de niños no es menos frecuente que la de niñas. Y que, aparentemente, esa violencia provoca una crisis más penosa que la de la niña. Para ella, la violación, con todo el dolor y la humillación que pueda significar, afirma su identidad. Para el varón, la discontinúa. Después de haber sido penetrado, ya no está seguro de ser hombre o mujer. La reconstrucción de su identidad suele resultar larga y difícil.

La madre abusadora

El Diccionario de María Moliner define la violación como forzamiento de una mujer por un hombre. El Oxford Dictionary sostiene que el término rape (violar) significa commit the crime to have sexual intercourse with (a woman or a girl) by forcé. El Dictionnaire Larousse pone como primer ejemplo del uso de la palabra violen II a essayé de violer la jeune filie.

Así, desde la lengua misma, el abuso de varones, especialmente si es heterosexual, es el más amurado de todos. En su Historia de la violación, Georges Vigarello no incluye ningún caso de abuso heterosexual contra niños. Interrogado al respecto durante su visita a Montevideo, en 1999, Vigarello responde que casi desconoce el hecho. Sin embargo, autoras como Simone de Beauvoir o la psicoanalista Estela Welldon describen incidentes concretos de madres que han aprovechado la sexualidad de sus hijos pequeños o, por lo menos, se han sentido tentadas de disfrutarla.

Según los informes de psicoterapeutas uruguayos, en nuestras cárceles, hospitales y consultorios son pocos los casos de incesto con la madre. Pero los mismos revisten recónditos efectos patológicos para el abusado (y, seguramente, también para la abusadora). El hombre que habla (que grita, que llora) en el cuartucho de una prisión o en la consulta del profesional, no solicita ayuda a causa del incesto con la madre. Ese incesto irrumpe sorpresivamente en el tratamiento, como un espasmo de dolor infamante que ha mantenido desgarrada la vida.

Y cualquier indagación modesta arroja como resultado que muchos varoncitos son tratados sexualmente por muchachas o mujeres antes de que tengan edad suficiente para comprender qué está ocurriendo. Algunos recuerdan la experiencia como deleitosa. En esa memoria de delicia influyen, acaso, diversos factores. En primer lugar, si el acto sexual entre un hombre y una niña (o un niño) se completa, provoca lesiones físicas en la víctima. En cambio, si se trata de una mujer, el varoncito no experimenta heridas. Por otro lado, la sociedad considera que la niña y, más aun, el niño sodomizado, quedan “sucios”. En cambio, glorifica la precocidad del macho. Finalmente, la relación sexual entre una madre (o una mujer que hace su papel) y un adolescente, suele connotar un deseo conservado desde la infancia. Por eso, en películas como Soujjle au coeur (Soplo al corazón, 1971) de Louis Malle, el cine idealiza esa relación.
 

Entre ternura y sensualidad

En Soplo al corazón, Louis Malle transcribe al lenguaje cinematográfico algunas caricias que, para ciertos receptores de su película, saben a paraíso. En ese filme, la iniciación viril se cumple en un único ritual de amor con la madre, durante el cual ésta alumbra dos veces al hijo: primero, alejándolo definitivamente del cuerpo materno y, segundo, abriéndole un camino hacia la sexualidad adulta.

Laúrent (Benoit Ferreux) tiene catorce años. En su casa burguesa reina, aparentemente, la severidad de Monsieur Wident (Daniel Gélin). Pero, de hecho, lo que se celebra es una fiesta en tomo al cuerpo de Madame Wident (Léa Masari). Los hijos entran al dormitorio de la madre mientras ella se viste, la empujan, se persiguen, caen todos juntos en la cama de matrimonio. El lecho conyugal pierde sus connotaciones de ley y reproducción para adquirir otras, de juego, permisividad e inocencia corporal. La empleada, italiana como su patrona, da coscorrones a los chicos quienes, como respuesta, enlazan su cuerpo voluminoso, obligándola a bailar. De hecho, en la casa, se imponen los hábitos táctiles propios de la cultura de Italia meridional. A ello se agrega la natural propensión a la caricia de Madame Wident. Así, en esa casa la piel da, pide e irradia bajo múltiples formas, dulces y ásperas, papirotes, cosquillas y apretones.

Un día, por la puerta entreabierta, Laurent ve al padre, abrazado a la madre. Otra vez, la divisa con otro hombre. Descarga los celos filiales en la sobrepiel materna: le roba una blusa y la desgarra. Los descubrimientos y las pasiones que trae la vida se hacen, fundamentalmente, por la ruta del tacto.

A Laurent se le declara un soplo al corazón. En compañía de su madre, lo internan en un sanatorio para convalecientes cardíacos. El sanatorio está atiborrado. Únicamente queda una habitación, que madre e hijo comparten. Laurent hace la corte a las chicas. Pero sus amigos halagan a su madre. Los ojos de los otros le confirman, multiplicándosela, esa imagen de mujer joven, fresca, tocable. Cuando quedan solos, es en un espacio pequeño. Ella se ríe del pudor. A menudo el adolescente la ve en combinación. Una mañana la espía mientras se baña. Esa vez recibe una bofetada, pero las paces se hacen pronto. En cambio, él se sumerge en la tina sin cerrar la puerta. Madame Wident le lava la cabeza y termina mojándolo con agua fría. Laurent la persigue desnudo.

El clima del sanatorio, con sus cuidados corporales, constituye un mundo aparte, donde los códigos que rigen el tacto se revierten. Una mujer joven y alegre baña y seca entre risas a los convalecientes desnudos. La piel es la verdadera protagonista del filme.

En una ocasión la madre se va, durante tres días, con su amante. El hijo la espera acostado en su cama, como en su vientre. O se arrebuja en su salida de baño, como entre sus brazos. Cuando la madre vuelve, muy cerca de ella, escucha sus confidencias. Después de compartir secretos, madre e hijo entran en una nueva fase de su relación. Hablar sobre el amor físico con alguien tiernamente amado es como recogerse en ese amor. Durante tales conversaciones, la madre frota la cabeza mojada de Laurent o, con un pie entre sus manos, le corta las uñas. Son gestos que se tienen sólo con un niño, gestos de privacidad que muchas veces no se comparten ni siquiera con amante o esposo.

Después de una noche de fiesta en que ambos han tomado unas copas, el hijo le desabrocha el vestido. Luego se dan el beso de buenas noches, que se prolonga en un calor de dedos rozados y entrelazados. El camarógrafo Ricardo Aronovich ilumina con una sutileza que solicita adivinación los cuerpos de Lea Masari y Benoît Ferreux. Más tarde, todavía embebido en la piel de su madre, aun al borde de esa jorá anterior a toda asignación de significados, el adolescente pregunta: Y ahora ¿qué va a pasar? ¿Qué sentido dar a esa primeridad que la sociedad ya significó en una terceridad, en una ley que la abomina?

Es el discurso materno el encargado de atribuir valores a tal estación en el infierno o en el paraíso: Nada. Es un secreto entre ambos, del que no hablaremos pero del que nos acordaremos. Sin remordimientos. Con ternura. El jovencito ha aprendido a amar.

Te di la vida

Otros cineastas plantean el incesto con la madre como un hecho que se vincula con estafa, crimen organizado, redes del delito. En 1990, Stephen Frears filma The grifters (Ambiciones prohibidas), basándose en la novela homónima de Jim Thomson.

Roy (John Cusack) es un estafador que está comenzando su “carrera”. Su madre, Lilly (Anjelica Huston), trabaja para una poderosa trama de delincuentes. Cuando la película se inicia, ellos han permanecido ocho años sin verse, por razones que se mantienen misteriosas. Pero hay signos que los encadenan y disocian a un tiempo. Lilly hace referencias a la infancia de Roy, cuando yo era demasiado joven para considerarte mi hijo. Intenta manipular la sexualidad de ese hijo mientras ella misma evita violentamente el contacto con hombres. También, casi da la vida para preservar la de Roy.

Por su parte, Roy no quiere recibir ningún obsequio, ningún favor de su madre. Pero aspira a ser estafador como ella. Y golpea ferozmente a su amante (Annette Bening) al sentir que ésta, como la figura materna, puede dominarlo. Sobre todo, le pega cuando la mujer lo acusa de incesto con Lilly.

Como en Piel de asno, el camarógrafo Oliver Stapleton confiere connotaciones de ave de presa a la belleza de Anjelica Huston. Por su parte, la cara de John Cusack se mantiene impávida durante toda la película: como si algo ocurrido en la prehistoria de Roy hubiese hecho necesaria la anestesia afectiva. En francés, el neologismo incestuer contiene el verbo tuer (matar). Ese neologismo alude a la muerte emocional del incestuado.

Lilly recuerda reiteradamente a Roy que le ha dado la vida. Por eso, si las circunstancias lo exigen (como tantos progenitores incestuantes, en cuentos, películas y en nuestra sociedad), se considera con derecho a quitársela. Pero también el incestuado quiere destruir a su madre. Así, en el desenlace de Ambiciones prohibidas, incestuer es tuer, en sentido literal.

Parecería que, en algunas ocasiones, las vivencias sexuales infantiles compartidas con la madre y, sobre todo, con otra mujer, pueden constituir una memoria deleitosa para el hombre. No obstante, en muchos casos, se yerguen en penoso obstáculo para la prosecución de una vida normal. Es difícil establecer una relación de causa a consecuencia directa entre el incesto con la madre y los trastornos de personalidad en el incestuado. Pero, especialmente el incesto con la madre, en vez de puerta hacia una sexualidad plena, suele vivirse como regreso o inmovilización en el pasado. La falta de violencia, las caricias ambiguas por parte de la incestuante, hacen más difícil el despegue del hijo, más inalcanzable la libertad que, como adulto, le corresponde. De ese modo, suelen obturarse posibilidades de emprender otra existencia sensual y afectiva, de superar barreras en el terreno intelectual, en una palabra: de iniciar una vida global distinta.

Cuando cuidado y agresión se mezclan, los significados naufragan. La traza de la dulzura se desdibuja bajo la baba de un deseo abominado por la sociedad y, a menudo, amargo para el niño. Lo más amargo es que, en general, la ternura previene contra el abuso. Si, en cambio, lo facilita, el mundo queda despojado de sentido. Sólo resta el caos.

El hijo incestuoso

En el encuentro sobre Incesto organizado en Montevideo por las ONG Foro juvenil y El faro en julio de 2000, una profesora de secundaria plantea la siguiente pregunta: ¿Qué hace la madre con el hijo adolescente que se mete insistentemente en su cama? Entre los panelistas, tal interrogante suscita otra: ¿Con qué imágenes asocia ese hijo la cama de su madre?

Acostarse de tanto en tanto con padres y hermanos, acaso también con un perro o un gato, todos juntos en la gran cama para ver televisión, jugar o reír, aparece como uno de los grandes festines de la vida familiar. Y eso no sólo entre humanos.

Los chimpancés tienen casi el noventa y nueve por ciento de nuestros genes. En sus sociedades, altamente estructuradas, un hijo (o hija) duerme en el nido de su madre hasta la edad de aproximadamente cinco años. Luego la madre lo expulsa, mientras inicia la gestación de otro pequeño. El hijo se deprime mucho pero, con los meses, aprende a hacer un nido cercano a aquél en donde la mamá descansa.

Al cabo de unos años, el macho vuelve cada día a dar un beso a su madre y a pasar un rato con ella y sus hermanos. Pero reposa en un árbol alejado, junto con los otros machos adultos del grupo. La pequeña hembra, en cambio, tendrá su primera cría alrededor de los trece años. De allí en adelante, seguirá siendo madre en períodos de aproximadamente seis años. Así, a la hembra chimpancé le está reservado el edén de dormir abrazada a alguien amado durante casi toda su vida.

En dos ocasiones, la etóloga Jane Goodall observó madres que no pudieron desterrar de sus hijos el hábito de descansar con ellas. Cuando esas madres murieron, sus hijos, a pesar del afecto de los hermanos, las siguieron.

Para los chimpancés como para los humanos, la cama materna no necesariamente lleva al incesto. De acuerdo con la sensibilidad de muchos, esa cama tiene los significados de primitivo paraíso. El regreso a ella, de modo ocasional, puede constituir, también, una reparación vigorosa tras una aflicción. Pero si se hace hábito, corre el riesgo de transformarse en apego letal.

Volver al vientre

En sociedades como la de los chimpancés, donde el orden familiar es muy fuerte, las relaciones sexuales entre madres e hijos por lo general no se registran. En treinta años, Goodall sólo observó un macho alfa quien, por dos veces, intentó tener relaciones con su madre. Ésta, en la primera ocasión, le gritó con tal furia que parecía que iba a ahogarse. La segunda, luego de pegarle en la cara, huyó dando gritos. El hecho no volvió a repetirse.

En su novela Sula, Toni Morrison pinta a Eva: fue un trabajo tan grande hacer que (su hijo Plum) naciera y mantenerlo vivo. Sólo para conseguir que su corazoncito siguiera latiendo y no se le taparan los pulmoncitos... Sumida en la extrema pobreza, una noche Eva recoge un trozo de manteca, el único alimento restante en la casa, para introducirlo en el intestino de Plum y ayudarlo a expulsar la materia que, retenida, estaba haciendo peligrar su vida.

Años después, cuando Plum regresa de la guerra, el hombre quiere retornar, también, al vientre de su madre. ¿Qué significa ese incesto para Plum? ¿Una elipsis de todo lo sufrido? ¿Un rescate de sí, que sólo puede imaginar como retroceso al jardín donde su madre cuidaba del alimento, el impulso visceral, la defecación? Tenía espacio en mi corazón, pero no en mi vientre, dice Eva. La madre hace cuanto puede para que Plum vuelva a despegarse de ella y reinicie su existencia de adulto. El incesto, para Eva, significa el mayor fracaso en el que pueden caer una madre y un hijo. El mismo estriba en que, en lugar de ahondar en el camino de la vida, el hijo se haga ovillo en la interioridad materna. Entonces, Eva lo abraza bien fuerte. Mi dulce ciruela (Plum). Mi niñito. Luego incendia la cama donde el hijo duerme. Como no logra que su hijo viva como un hombre, esa madre desea que muera como tal. Luego, de tiempo en tiempo, hasta su propia muerte, llama a ese niñito, a esa ciruela que ella considera haber asesinado-salvado.

El caso de Plum parece más comparable al de los chimpancés que no logran abandonar el nido materno. Lo que significa ese intento de incesto es una imposibilidad de hacerse cargo de la propia vida y orientarla hacia adelante. La cama o el vientre de la madre son imágenes del encogimiento fetal, el hundimiento embrionario, el vértigo hacia la semilla, la creencia en la nada, que terminan, directa o indirectamente, en la aniquilación de sí.

 

En cambio, el intento de coito del macho alfa perturbó por un período la tierna relación que lo unía con su madre. Luego, ambos volvieron a darse los signos habituales de cariño que unen de por vida a un hijo con su mamá en la sociedad chimpancé. Lo que había ocurrido era agresivo, atentaba contra un orden, pero no iba contra la vida.

 

La prohibición de la madre

 

Otra es la visión que da Luchino Visconti en su filme Gótterdámmerumg [La caída de los dioses, 1970). En ese texto, el hijo incestuoso aparece como símbolo. Lo que tal hijo representa es una política que, en el siglo XX, se yergue en emblema de corrupción y crueldad: el nazismo.

 

Visconti describe el mundo de los barones Von Essenbeck. El linaje vive bajo un pensamiento: La moral ha muerto y pertenecemos a una elite donde todo es posible. Martin (Helmut Berger) es el hijo de Sophie (Ingrid Thulin), la mujer más poderosa de esa familia de aristócratas industriales. Desde hace mucho tiempo, Sophie vive absorbida por sus amores con Friedrich (Dirk Bogarde), a quien quiere dejarle la dirección de la fundición (filmada, al inicio y al final de la película, como metáfora de las llamas infernales). La madre tiene una pobre opinión de la inteligencia de su hijo y se lo demuestra. Al mismo tiempo, ejerce sobre él una gran influencia, donde la sensualidad no está ausente. Se pasea en ropa interior delante de él. El rostro de Ingrid Thulin adquiere una inquietante expresión seductora mientras se maquilla usando como espejo los ojos de Helmut Berger. Poco a poco, Sophie desplaza los derechos de Martin (su título nobiliario, sus propiedades) hacia Friederich.

 

El hijo, por su parte, extirpa placer de una sobrina cuyo padre es disidente. Luego, de una huérfana judía, quien se avergüenza hasta morir. El propio Martin no puede olvidar a esa criatura, de unos siete años, fregona y a menudo golpeada. Furtivamente, se desliza en el tugurio en donde la niña vive, le trae juguetes con los que ella jamás soñó y recibe sus inermes caricias de niña sin amor. No puede olvidar la fiebre que invadió al cuerpecito, luego de ser súbitamente ultrajado. No puede olvidar la escalera por la que se empinó la diminuta silueta, para alcanzar el altillo donde se ahorcaría. Entonces, decide desplazar la culpa hacia la madre. La madre, que siempre se ha exhibido frente al cuerpo deseante del hijo, hechizándolo. Pero que, al tiempo que le prometió su cálida corporalidad, se la sustrajo. Le dio el título de barón a su amante; le dio, también, el liderazgo industrial. Título y bienes, para Martin, son metáforas del cariño que, como hijo, le negó.

Los camarógrafos Armando Nannuzzi y Pasquale de Santis filman una secuencia penumbrosa. Sólo se muestran la cara y las manos de Martin sobre el cuerpo desnudo de Sophie. La música compuesta para el filme por Maurice Jarre, es inquietante. Pero, en esa secuencia, incluye sonidos dulces e infantiles. Dado el contexto, tales sonidos refuerzan el simbolismo maligno. El espacio de la madre debería simbolizar temporario puerto, acaso idealizado templo. En cambio, se transforma en el lugar de la abominación. Labios y dedos acarician los pechos que nutrieron, el umbral que fue preciso traspasar para acudir a este mundo. El significante táctil devela el significado del exterminio.

Aunque el personaje de Sophie es incomparablemente distinto al de Eva, también ella, a su modo, llama a gritos a su niñito. En una larga secuencia filmada con luces rosas, que simbolizan la infancia, Ingrid Thulin toca ropitas, dibujos infantiles: las metonimias del hijito. También para Sophie el incesto significa un cambio en la dirección temporal, que produce anonadamiento. Connota, además, el hundimiento en el caos: la madre compara un mechón del pelo de su hijo con el suyo propio. Ya no sabe qué es de quién. Así, pierde su yo y se suicida. Mientras, en una secuencia paralela, Martin hace el saludo nazi. A través de ese montaje alternado, nazismo e incesto con la madre se constituyen en una única unidad significante.

El silencio oculta el hecho

La mayoría de las personas juzga de buen tono decir que los signos del incesto repugnan su sensibilidad. Por lo tanto, es mejor no mencionarlos. Es significativo que, en Uruguay, no existan publicaciones exhaustivas sobre incesto. Sólo contamos con el valioso trabajo monográfico titulado Maltrato (1995), que la médica Beatriz Estable presentó ante la Clínica de Psiquiatría de Niños y Adolescentes de la Facultad de Medicina. En ese trabajo, Estable señala que, de diez niños lesionados que ingresan al Pereira Rossell, uno ha sufrido violencia doméstica. Y de diez niños que han padecido violencia en sus casas, uno ha sido abusado sexualmente.

La sociedad no se da cuenta de que no hablar es proteger y, de ese modo, perpetuar situaciones. El sufrimiento mayor viene del        
silencio y el aislamiento, que estereotipan a los protagonistas en sus personajes de “violador” o “incestuante” y “víctima”. Así, las       
personas dejan de existir como tales, para transformarse en meras funciones. Significados que no hallan significantes se hunden en 
angustia y caos. De ese modo, quienes los sufren, no sólo cuentan en su haber con una experiencia que sienten como aflictiva o inquietante: también imposible de compartir y resignificar. Una cuña que traba afectos, inventivas, posibilidades; que genera conductas  
compulsivas y aparta de los demás. Pero, para la mayoría, cueste lo que cueste, resulta más fácil vallar la nominación: dejar caer en la 
ignominia.      

En cambio, hablar y escuchar es desmontar creencias, desarticular discursos, flexibilizar situaciones, ayudar a encontrar caminos hacia la libertad. Para artistas, comunicadores, terapeutas y también para padres, los problemas relacionados con la violación y el incesto abren un paisaje desde donde tranquilizar, resignificar, transmutar. 

Violadores y abusadores

 

En 1986, en conversaciones que mantuve con los guardias de una cárcel modelo, llamada de las Rosas (en el camino que va de Maldonado a San Carlos), éstos pintaban a los violadores y abusadores como personas tímidas, reservadas, que no soportaban alusiones o bromas relativas al sexo. Un año antes, en una entrevista realizada en una prisión de Los Ángeles por una cadena de televisión estadounidense, se los veía de espaldas, convulsos por los sollozos. No querían ser puestos en libertad. Una vez en la calle, decían, volverían a violar. Y no deseaban hacerlo. Por eso, preferían permanecer en el encierro. Los psiquiatras que los visitan en la cárcel de Libertad, los describen como inmaduros, débiles, asustados.

 

Es difícil imaginarlos en acción, constata una médica. Y agrega: No es trabajoso percibir al niño que se oculta en ellos. Cuando Stanley Hasta, Kubrick adapta Lolita al cine en 1962, James Masón, en el papel de H. H., muestra un rostro abultado y una lengua que sobresale demasiado, transformándolo en-alguien repugnante. Y simplificando así la complejidad del personaje. En cambio, para la versión de Adrián Lyne en 1997, Jeremy Irons adopta la expresión facial y la estructura corporal propias de un niño. Y esto al punto de que algunos de mis estudiantes de Comunicación de la Universidad ORT olvidaron que el personaje femenino tiene sólo doce años y se sintieron enfurecidos contra esa perversa capaz de destrozar a un hombre que parece un chico.

Lo que Kubrick dejó caer y Lyne transformó en centro de su filme es que H. H. se considera, efectivamente, un chico de doce años arrestado en un cuerpo de cuarenta. Un chico que siente placer con una niña de su edad y que quiere reciprocidad. Un torturador que, al mismo tiempo, es un soñador quien ansia robar la miel sin ...hacer el menor daño. Un abusador que desea ser mago y echar leche, melaza, espumoso champaña en el blanco bolso nuevo de una damita y, simultáneamente, dejarlo intacto. Un incestuante que ambiciona poseer frenéticamente a Lolita, cobijarla en mis brazos, pero no a ella misma sino a mi propia Lolita, otra Lolita fantástica, acaso más real que Lolita.

De ese modo, Nabokov traza un retrato de forzador que tatúa corrupción, odio y asco sobre la piel de su víctima. Un abusador que, como tantos, es susceptible de suscitar la ira del grupo social hasta la cresta del linchamiento.

Pero, al pintarlo, también le confiere semejanza con el artista. El artista hace emerger de los seres y cosas que lo rodean personajes más reales que los reales, con quienes vivir sus osadas, orladas aventuras. Sólo que el forzador pervierte su camino (en el sentido original de pervertere: desviar). En vez de transformar su fantasía en poema, melodía, obra plástica, la actualiza, dañando al otro y a sí mismo.

Violencia y placer

En el caso concreto del violador, el poder es la condición del goce o la meta del violador es únicamente el poder y no el goce. Si el forzador siente placer, tal gratificación sólo se hace posible a través de lágrimas, sufrimiento, la debilidad del otro. En un contexto diferente al de la violencia, muchas veces el violador aparece incapaz de resolver situaciones y entablar nuevas y satisfactorias relaciones. Hasta, en algunos casos, es proclive a morir de su propia mano.

Según experiencias realizadas por Paul Watzlawick y otros expertos en comunicación de la Escuela de Palo Alto (Estados Unidos), basta con que la potencial víctima no lo vea como agresor sino como una persona común, dispuesta, por ejemplo, a prestar un favor, para que el circuito comunicacional de la violación se desarticule.

En Uruguay, según una psiquiatra que se ocupa de ellos en situación de cárcel, no se puede trazar representaciones de familias típicas. Pero tales hombres suelen venir de triángulos familiares donde la madre ha negado afecto al hijo. O le ha impuesto un afecto excesivo, devorador. Familias, también, donde no ha habido un padre, real o simbólico, capaz de equilibrar la situación. A veces, el padre es impotente para influir sobre la madre de manera que ésta dé más cariño al hijo. O para hacerse parcialmente cargo del papel maternal. Otras, el padre se siente culpable si interviene en la pareja que forma su esposa con el niño. En todo caso, se muestra incapaz de unir o separar, de acuerdo con las características de la relación madre/hijo. De ese modo, tiende a inhibir la identificación del chico con una figura masculina susceptible de entablar relaciones heterosexuales gratificantes.

A su vez, la madre que no ama, como la que ama excesivamente, no habilitan al niño para una relación armoniosa con la figura femenina interiorizada. Así, el violador aparece como alguien sin identidad masculina segura y sin una imagen de mujer inspiradora de amor. (En ese sentido, el Martin pintado por Visconti responde hasta cierto punto a tales características.) Consecuentemente, ese forzador no puede soportar la presencia de la compañera sexual como alguien igual a él y que participa en el deleite. Tampoco tiene la facultad de controlar el odio que la figura de los progenitores le inspira. Hay que agredir para arrancar el amor que (los padres) niegan. O para impedir que (esos padres) lo atrapen en la cohesiva urdimbre de su necesidad afectiva. En todo caso, hay que negar que quien recibe la agresión sexual es un sujeto que tiene el potencial para disfrutar de la sensualidad con el agresor. Por eso, si la víctima virtual tiene la serenidad de responder al intento de violencia de un modo creativo, por lo general la violación no se produce.

El mal

En la Francia del presente, la opinión pública sobre la víctima atiende menos las lesiones físicas que ésta ha sufrido. Lo que más indigna es la herida o eventual muerte psíquica. Por lo tanto, la condena del violador se hace más y más severa. Pero, por otra parte, la opinión médica insiste más y más en considerar al violador como a un enfermo y pedir que sea internado en una clínica. Por lo menos, que esté aparte de los otros presos y que reciba atención psicoterapèutica permanente.

Como en Francia, en Uruguay los presos codifican rígidamente los delitos de sus compañeros. Así, hay transgresiones significadas por ellos como heroicas. En cambio, la violación, sobre todo contra menores, simboliza el acto social más ruin. El nombre de violeta con que, en la jerga penitenciaria se los designa, es significativo. Deriva, claramente, de la palabra violador. Tiene las connotaciones fúnebres que, entre otras, se atribuyen a ese color. Tiene, sobre todo, la connotación despreciable que se asigna a las palabras maricón, puto. De hecho, se los sodomiza una y otra vez, en ocasiones hasta producirles heridas graves, como castigo por su delito. Al igual que los franceses, varios médicos uruguayos comparten la opinión de que deberían ser protegidos de las vejaciones de los demás presos, considerados como enfermos y puestos en tratamiento psicológico regular. Otros trabajadores sociales, en cambio, afirman que tal tratamiento requiere, como condición indispensable, la aquiescencia del paciente. En consecuencia, nada puede resultar de una terapia impuesta.

De acuerdo con esos asistentes sociales, en el caso del violador incestuante, no existe enfermedad. La base del abuso es la gratificación. En sus conversaciones con incestuantes, obtienen frecuentemente respuestas como: La niña (o el niño) me sedujo. Le di lo que la niña (o el niño) quería. O chocan contra la actitud de desplazar la responsabilidad hacia otro: La culpa no es mía sino de mi esposa, que está vieja y fea. En todo caso, los congresos interdisciplinarios sobre violación e incesto arrojan como resultado que sólo se pueden trazar los perfiles del incestuante o del forzador que llegan a la clínica o a la penitenciaría. Existe, sin embargo, una cifra negra. ¿Cuántos y cómo son los vejadores que gozan de la fortuna y el poder que les permiten permanecer invisibles? El cine ha trazado algunos esbozos de ellos. Por ejemplo, en su filme Chinatown (1974), Román Polanski muestra, sesgadamente, a Noah Cross (John Huston). Es coimero, latifundista, rodeado de asesinos a sueldo y de policías prostituidos. Ignorante de cuántos millones hay en su cuenta bancada. Cuando su hija cumple quince años, la viola. Quince años más tarde, con la complicidad de la policía, hace desaparecer a la hija y se queda con la nieta, que no tiene en el mundo otro familiar que su padre-abuelo multimillonario. Cross es interrogado acerca de la culpa por un detective privado (Jack Nicholson). Responde con palabras similares a las que se pronuncian en el ambiente que habita el Martin de Visconti. Dice: -Hay pocas personas que enfrentan la circunstancia de poder hacer cualquier cosa que desean.

Pero no necesitamos bocetos sino retratos perspicaces. Y que sean uruguayos.

... Mi oficio es la vida

Isabel Allende es excepcional en plantear una situación de gran dolor, desde quien es objeto y también de quien es sujeto de la violencia. La historia de esa humillación contribuye a atribuir sentido general a su novela La casa de los espíritus. La primera vez que el hacendado Esteban Trueba viola a una de las peonas de su finca, la mantiene un tiempo como amante y sirvienta personal. Pero la aparta, con repugnancia, cuando percibe que está gestando. El niño que nace de la violencia, crecerá en el abandono. No perderá nunca la codicia que los bienes de su padre le inspiran. De modo más secre­to, tampoco olvidará el deseo de cariño paterno. Tal rencor se tras­mitirá del hijo al nieto. Años más tarde, ese nieto entrará al ejército que, en 1973, perpetra el golpe de estado contra la democracia chi­lena. Súbitamente, el descendiente despreciado de un violador se encuentra lleno de poder. En el fondo de un agujero destinado a presos políticos, reconoce a la nieta favorita de su abuelo. La viola entre golpes, insultos y picana eléctrica, durante semanas o meses. Cada acto es signo del oprobio sufrido por tres generaciones. En cada coito, en cada golpe, se simbolizan el cariño, la educación, el cuidado negados a él y a los suyos. En cada tortura se significan, al mismo tiempo, la vergüenza de ser un mal habido y la venganza de un macho contra otro, poderoso y, por eso mismo, impune. Al final de la novela, la jovencita vejada hace el balance de su familia: El día en que mi abuelo volteó entre los arbustos a Pancha García, la abuela de mi violador, agregó otro eslabón a una cadena de hechos que debían cumplirse. Después el nieto de la mujer violada repite el gesto con la nieta del violador. Ahora busco mi odio y no puedo encontrarlo. Siento que se apaga en la medida en que me explico la existencia de mi violador y de otros como él. Me sería muy difícil vengar a todos los que tienen que ser vengados, porque mi venganza no sería más que otra parte del rito inexorable. Quiero pensar que mi oficio es la vida...

El perdón

Hoy, terapeutas, asistentes sociales y sacerdotes señalan la importancia del perdón para el restablecimiento de la salud. Se trata del alivio de quien recibió violencia. También de la curación del conjunto familiar (y social). Quien consigue perdonar, por difícil que sea, se encamina hacia esa curación. Quien logra comprender que provocó un daño grave y pide perdón, también emprende una vía hacia la salud. Si uno de ellos (o ambos) logran imaginar una compensación simbólica para tal daño, abren puertas para nuevas y creativas relaciones. Así, la magnitud del acto se significa como fragmento de un entramado familiar más complejo. No dejar que ese fragmento se transforme en todo; recuperar las hebras sanas que unen a quien ha abusado con quien recibió el abuso y con los testigos (especialmente la madre o el padre) que lo han tolerado, es una forma de resignificar el dolor transmutándolo, tal vez, en un crecimiento más hondo. O de no resignificar sino fundar una relación inédita a partir de ese caos inicial. El filósofo Alain Badiou habla de événément (acontecimiento). En el sentido que Badiou le atribuye, el acontecimiento cuestiona la situación actual como continuación o consecuencia de lo ya ocurrido. Su teoría puede aplicarse al abuso. Desde el momento en que hay reconocimiento del hecho, puede plantearse un desorden de base. Tal desorden tendría el potencial de hacer surgir nuevas subjetividades en el que violentó y en quien sufrió violencia. Así, se plantea una interacción que descompleta lo acontecido para fundar un nuevo acontecimiento. El acontecimiento resulta imposible si sólo se tiene en cuenta la situación de partida. Quien considera únicamente la situación inicial para percibir la nueva relación, se limita a hacer una acumulación de experiencias. Lo paradójico de la propuesta de Badiou es que el acontecimiento toca lo más profundo y estable de las personas y, al mismo tiempo, despliega un significante más, una novedad. El forzador y quien sufrió el forzamiento cuentan con un plus que sobreviene de la situación, pero del cual la situación no puede dar cuenta. Ese plus despliega, para ambos, un nuevo modo de ser.

Comprender

Sólo en estos últimos años se está comprendiendo que, en un régimen de predominio masculino, no sólo las mujeres tienen mucho que perder. La virilidad rígida, impuesta, dominante, dificulta dar y recibir amor. Está bloqueada para sensibilidad, intimidad y caricia. En el fondo de su potencia, el macho suele sentirse débil y huérfano. Las mujeres incestuantes son menos porque, generalmente, la gestación y el cuidado del bebé inhiben el abuso sexual. En el caso de padres golpeadores y abusadores, la furia tiende a ceder y a tornarse improbable en presencia del goce. Generalmente, los mimos vedan la pulsión violenta.

Los medios de comunicación

Por otra parte, es de señalar que, frecuentemente, en los medios de comunicación, agresividad y coito se asocian. La elipsis del mimo en cine y televisión suele hacer pensar en el sexo como en un hecho brutal, desprovisto de dulzura y hasta de sensualidad.

Raras veces se muestran escenas de personas o animales que se cuidan recíprocamente. Así, los mayores anhelos y los más grandes temores humanos, amor, enfermedad y muerte, no dejan ver su costado tierno. Y, en la cotidianidad, las representaciones de ternu­ra física son relativamente escasas.

Animales y artistas

Investigaciones realizadas en Estados Unidos muestran que muchos padres que golpean o abusan sexualmente de sus hijos, no solamente fueron niños descuidados, maltratados y humillados. Tampoco tuvieron nunca un animal al que querer y cuidar. En ese sentido, en su libro Tocando, el médico Ashley Montagu señala experiencias que se vienen haciendo en Italia con presos a los que se les entregan mascotas para tener consigo en la celda. Es frecuente que las manifestaciones de violencia de los penados disminuyan o desaparezcan. También se ha verificado un descenso de los intentos de suicidio.

Para menguar la cifra de violadores, torturadores, hombres que abusan, golpean, abandonan, es necesario tenerlos en cuenta. Así, se precisa investigar más profundamente la cultura humana y lo que llamaré las culturas de la naturaleza. La vida no humana puede salvar muchas vidas humanas. La cultura humana también puede hacerlo. Por eso, es necesario comprender y respetar cada vez más el mundo natural. Y, simultáneamente, explorar más profundamente los caminos de nuestra cultura. A través de novelas, películas, teleteatros, es preciso encontrar un hilo que conduzca a mejor comprender a los incestuantes y violadores, que es el único camino de potenciales transformaciones. La semiótica, puente entre naturale­za y cultura, puede contribuir con eso, con lo que Isabel Allende llama el oficio de la vida.

7. Envueltos en una caricia

 

Polly y Jimmy son hermano y hermana.

Ilustración de Eloise Wilkin.

En 1603, en Francia, Julien y Margherite de Ravalet, dos jovencitos de excelente familia, sufren una muerte aterradora a causa de su amor incestuoso. En su momento, semejante ejecución inspira diversos opúsculos literarios.

Es que la pasión fraterna fascina la imaginación de los artistas en todas las direcciones de tiempo y espacio. La novela helenística (siglos II-IV) muestra hermanos enamorados quienes, al fin del relato, descubren que no están unidos por lazo sanguíneo alguno. Los dramaturgos romanos Plauto y Terencio salpican sus comedias con amantes que son falsos hermanos. Y, saltando a hoy, los teleteatros deleitan a sus receptores con ese incesto inexistente. En el último capítulo se descubre la verdad. Los enamorados quedan unidos por el vínculo de la ley, que excluye el de la sangre. Para dar ejemplos recientes. Nunca te olvidaré (México, 1999) gira en torno de amantes simuladamente fraternos. Y Los Buscas (Argentina, 2000) muestra un hermano colmado de amor, que se opone a un marido lleno de odio.

¿Qué significa la recurrencia de esos hermanos enamorados (aunque al fin resulte que no hay lazo de sangre)? ¿Se trata de una magia tenaz, pero sentida como perversa, que el incesto suscita en los televidentes?

La fascinación de los artistas

En 1627, inspirado en una historia real, el dramaturgo jacobino John Ford escribe ¡Lástima que sea una puta!

La obra destaca el regodeo de los torturadores; la saña en pintar un infierno atroz, propia de muchos sacerdotes; el encono contra las mujeres, sean jóvenes o ancianas, dictado por los jerarcas de la iglesia.

Ford despliega la obsesión de la sociedad por tachar de repug­nante todo aquello que esté fuera de sus costumbres, sin siquiera detenerse a contemplarlo. Así se lo señala Giovanni, el hermano incestuoso, al fraile (Acto I, 1). Pero no logra que éste lo escuche. Salirse de la costumbre es salir a un espacio socialmente impensa­ble. Y, a veces, elegir el transbordo a la muerte.

Ford establece un vigoroso contraste entre el encarnizamiento con que los hermanos son obligados a morir y la inocencia de esos hermanos amantes. Annabella consiente en que Giovanni la apuñale. De ese modo, se evita el asesinato ultrajante, cavilosamente planeado por el marido que le han impuesto. Sobre todo, Annabella se hospeda en la muerte que viene de la mano de su hermano, que es una mano amada. Giovanni la despide así: Vete, blanca en el alma, a ocupar un trono/ de inocencia y santidad en el Cielo (V, 5).

En la obra, los maridos hacen gala de una sexualidad misógina y mentirosa. Así, los matrimonios son tristes. Pero nadie quiere saber cómo es el incesto que une a Giovanni y Annabella. Sin conocerlo, todos lo nombran con palabras soeces.

Por oposición, Ford despliega ese amor: De rodillas,/hermano, y por el polvo de mi madre, te insto, /No me traiciones por causa de odio o de alegría/Amame o mátame, hermano, dice Annabella. Y Giovanni responde, desde la misma postura, con las mismas palabras: Ama­me o mátame, hermana. (I, 4).

En 1971, el cineasta Giuseppe Patroni Grifíi adapta (libremente) la obra al cine, con el título de Adiós hermano cruel. Junto con su director de fotografía, Vittorio Storaro, trabajan el personaje de Giovanni (interpretado por Oliver Tobías). Para ello se inspiran en una tradición plástica que se inicia, en términos generales, en 1498. En ese año, Leonardo representa La última cena en el refectorio del convento de Santa María de las Gracias, en Milán. Rafael, Caravaggio y otros pintores toman tal modelo al componer a sus mártires y santos. En 1977, Franco Zefirelli y sus camarógrafos Freddie Cooper y Niño Cristiani se valen del mismo estilo para filmar la figura de Cristo y sus apóstoles en la película Jesús de Nazaret, que incluye al actor Oliver Tobías en el personaje de Joel. Es a partir de esa tradición de la estética religiosa que Patroni Griffi y Storaro eligen colores y actitudes para captar a Tobías mientras éste actúa la lucha de Giovanni contra su amor incestuoso.

Al fin de la película, se filma el asesinato y la posterior mutilación del cuerpo de Giovanni. El físico de Tobías se trabaja según una orientación artística que, tal vez, encuentre su origen en La crucifixión de Grünewald (1515) y que continúa por lo menos hasta obras como Ecce homo de Lovis Corinth (1912).

Justamente a partir de 1911, Corinth se vincula con el movimiento expresionista, sus vibrantes colores y su deseo de traspasar la impresión sensorial para alcanzar el meollo psicológico de los personajes representados. Es así como Patroni Griffi filma a Giovanni. El cuerpo lleva los signos de una tortura atroz. Pero el espectador puede percibir el intenso destello de su amor, más hondo que cualquier llaga. Semejante camino plástico vincula al personaje de Giovanni con representaciones estéticas de lo sagrado. De ese modo, el cineasta comunica su exaltación del hermano incestuoso.

¿Hermano o marido?

La escritora belga Marguerite Yourcenar traduce el título del drama de Ford como ¡Lástima que sea una transgresora! Anteriormente, otro poeta belga, Maurice Maeterlinck, había transcripto la obra al francés usando como título sólo el nombre de la protagonista, Annabella. Ambos artistas muestran así la voluntad de no usar la palabra putain (que, como el italiano puttana, el español y el portugués puta, viene del latín put hediondo, sucio). Aun sin ir a su origen, el término tiene connotaciones insultantes acumuladas durante siglos.

Elidiendo esmeradamente el agravio, los escritores muestran su simpatía por la incestuosa. La propia Yourcenar pone el foco sobre el incesto fraterno en su nouvelle Anna, soror..., que evoca la Annabella de Ford.

Al escoger el título de esa obra, Yourcenar tal vez recuerde, también, un famoso cuento de Charles Perrault, titulado “Barba azul” (1695). Cuando opta por tal nombre, Perrault recoge connotaciones poco conocidas del azul: las de lo misterioso, lo engañoso, lo poco seguro. Barba azul, el protagonista de su relato, es un hombre maduro, quien pretende decapitar a su joven esposa. Le ordenó no abrir una puerta pero la joven no supo contener la curiosidad. Detrás de la puerta se encuentran los cuerpos segados y ensangrentados de las esposas anteriores. ¿La habitación prohibida significa una sexualidad masculina cuyo desenfreno ninguna joven debe tentar? ¿Esos cuerpos representan los de otras jovencitas, que se mostraron osadas con un varón mayor, sin medir las consecuencias? Al entrar en tal cuarto, la esposa queda manchada por una pinta de sangre que resulta imborrable. ¿Tal gota es consecuencia de una ingenuidad maliciosa? ¿Simboliza el caso de algunas niñas que, de modo semi inconsciente, se muestran seductoras con los adultos, sin calcular efectos? En el siglo XVI, la expresión inglesa cortar la cabeza de las doncellas (to cut the maiden heads) es una metáfora para el acto de desvirgar. Shakespeare la usa en Romeo y Julieta (I, 1). En español, hasta el Siglo de Oro, se escriben poemas anónimos como éste: ...escóndete y vete/ por las espesuras/ que degüella a escuras/ la vez que acomete:/ si la presa mete,/ sangre te hará.

El cuchillo con el que el marido quiere descabezar a la jovencita sugiere un coito degradante. La aterrorizada muchacha pide a su hermana Anne que se encarame en la torre del castillo. Tal vez logre divisar a sus hermanos, los únicos capaces de salvarla del esposo. Por cuatro veces la joven grita Anne, ma soeur (Anna, hermana mía), como si ese llamado pudiese salvar su vida. Y la salva. Los hermanos llegan y la arrebatan de los brazos del esposo cruel. Del mismo modo, en el drama de Ford, que es del mismo siglo, Giovanni salva, aunque sea a través de la muerte, a su hermana Annabella de un marido atroz.

 

Según Perrault, “Barba azul” tiene dos moralejas. La primera consiste en que la curiosidad, con todos sus atractivos, es siempre peligrosa. La segunda, es que Hoy, cerca de su mujer se ve siempre un marido agradable y dulce. Yo diría que hay una tercera moraleja, tal vez no explicitada, porque contradice a la anterior y es socialmente inconveniente. Tal enseñanza estribaría en que un hermano suele ser preferible a un marido.

 

De ese modo, al elegir el título Anna, soror... para su nouvelle, Yourcenar no da más valor a la ley contra el incesto fraterno que a la promesa de una joven esposa, arrancada por un hombre o una sociedad que exigen demasiado.

 

Anna, soror ...

 

Sin embargo, el diálogo intertextual planteado por el nombre de la nouvelle se establece más claramente con Eneida (Libro IV, 9). Tal libro se abre bajo un techo de tragedia. Dido, reina de Cartago, ha atado una promesa de fidelidad en el lecho de muerte de su marido.

Pero se siente herida de amor por el navegante Eneas. El compromiso contraído revela su arbitrariedad. Del insomnio de Dido surge también que, ineluctablemente, tal pacto será roto. La reina, frente a su hermana, a la vez clama y se asombra: Anna soror, quae me suspensam insomnia terrent! (¡Anna hermana, qué desvelos son éstos que me tienen en vilo y me aterran!).

La nouvelle de Yourcenar despliega ternura, pasión, lealtad incontaminada. Así, la narradora plantea una antítesis. De un lado, en el poema de Virgilio, la esposa no logra esquivar el deseo por otro hombre, después de la muerte del marido. De otro, los que se unen a pesar de sí mismos y de toda contravención legal, siguen amándose hasta los confines de la vida. Luego de la muerte de su hermano, Anna de la Cerna obedece a su padre y se casa. El matrimonio le trae, como reflejo mecánico, ciertos instantes de satisfacción corporal. Después de su viudez, por necesidad puramente física, toma algún amante efímero. Tales momentos de placer fortuito no contaminan la gran promesa. Al promediar su edad, Anna se dedica a la vida conventual. Cuando llega su hora, vadea la agonía hasta que su rostro convulso alcanza la paz. De sus labios emergen estas palabras: -Mi amado...

Quienes la rodeaban creyeron que le hablaba a Dios. Le hablaba, tal vez, a Dios.

De ese modo, Yourcenar coloca al amor genuino, que no se arredra por desafiar la ley humana, muy cerca del amor divino.

Incesto y santidad

Sobre la obra de Thomas Mann sopla el hálito de los hermanos amantes. El foco narrativo se posa en ellos en el cuento “La sangre de Odín” (recogido en Historias de tres décadas). Reaparece, de manera lateral, en la tetralogía sobre José y sus hermanos. Y, de nuevo, surge como centro de su novela El santo pecador. En ese texto, el deleite de dos que se aman desde la cuna es la clave de la novela. Los hermanos balbucean apenas su deleite al darse el uno al otro:

-Estil tant bon?

-Tu le saveras. Nel poez saber sin gusteras.

-(...) ¡Oh ángel niño! ¡O celestial amigo!

Más aun: en diagonal, el incesto aparece como condición necesaria para que el hijo de los hermanos sea elegido Papa por los hombres. A Roma llega envuelto en los signos de la santidad: durante tres días y tres noches, hasta el momento de su coronación, todas las campanas se echan a vuelo sin que mano humana las toque.

Oficialmente, las instituciones se esfuerzan por esquivar la figura de los santos. Ocultan el “escándalo” (escándalo aparece por primera vez en el siglo XI y significa ocasión de pecar) que los santos, en general, constituyen. O los pintan como personas modosas y obedientes. La gente que se considera bien pensante no quiere o no le interesa saber sobre la santidad. Pero el camino que a ella conduce pasa, generalmente, por el espacio de lo socialmente significado como perturbador o infame. Para escuchar la voz del gran misterio, es necesario alejarse de la voz de los humanos, de su doxa, de su ley.

En 1802, René de Chateaubriand escribe René. Chateaubriand le da al hermano incestuoso su propio nombre como modo de acompañarlo, simbólicamente, hasta la identificación. También allí, el amor de Amélie por René sólo termina con una muerte ritual: la hermana debe tenderse sobre un sepulcro escoltado por cuatro cirios antes de articular sus votos conventuales. Una vez más, un poeta interpreta el amor incestuoso como camino hacia el amor de Dios.

La libertad de amar

En 1869, Harriet Beecher Stowe, la autora de La cabaña del tío Tom, publica un artículo sobre la relación amorosa entre el poeta George Noel, Lord Byron y su hermanastra Augusta. Byron había muerto en 1824. Pero, como murmullo, ese amor había sido injuriado desde siempre por la sociedad inglesa considerada respetable. Para tal sociedad, el incesto del lord constituía el signo definitivo de su infamia.

Se aducían muchas pruebas. Medora, una hija de Augusta y su marido Leigh, nacida en 1814, sería, en realidad, hija de Byron. Incluso el nombre escogido se señalaba como prueba. Medora es la amante de El corsario, uno de lps más famosos relatos byronianos (1813). También en 1813, el poeta compone La novia de Abydos. En ese cuento, Zuleika y Selim se aman a pesar de ser, como Byron y Augusta, hijos del mismo padre. Al fin se revela que los jóvenes han sido concebidos por hombres diferentes. Pero, para los amantes, da igual: su amor es bello con o sin incesto. En sus Piezas domésticas de 1816, Byron escribe a Augusta: ¡Mi hermana, mi dulce hermana! si hubiera un nombre/ más querido y puro, tendría que ser el tuyol El caso escandaliza tanto a la Gran Bretaña “honesta” que Byron es tácitamente condenado al exilio.

Pero, ante ciertos lectores, ese incesto acrecienta su prestigio. El poeta que muere en Missolonghi, comprometido con la libertad de los griegos es, también, un hombre capaz de amar en libertad.

 

En 1821, Lord Byron había escrito su drama Caín. El acto III se inicia con una escena de dulzura familiar que contrasta con el cielo sombrío de la obra. En esa escena aparece Adah, hija de Adán y Eva, quien dice a su hermano Caín:

 

-Caín, anda despacio... Nuestro hijito Enoch se ha quedado dormido sobre las hojas. La escena es de una naturalidad completa, sin culpa alguna.

 

El incesto en la Biblia

 

Según la Biblia, la humanidad debe al incesto su permanencia sobre la faz de la tierra. Si los hijos de Adán y Eva no se hubiesen unido, no se habría cumplido el mandato Creced y multiplicaos (Gen 1: 28). Independientemente del texto bíblico, hace un millón de años, la población humana del mundo sólo ascendía a medio millón de habitantes. Menos que la población de Montevideo. El incesto fue necesario para la supervivencia. A medida que esa población creció, las posibilidades de exogamia aumentaron. Y, con ellas, las ventajas que suele traer la diversidad.

 

En la Biblia, la primera prohibición contra el incesto aparece, veladamente, en las llamadas siete leyes de los hijos de Noé (Gen 9: 22-27). Pero las leyes noáticas prohíben únicamente el incesto con el padre. Sólo en Leuítico, el tercer libro de la Biblia, surge la interdicción generalizada a otros parientes (Lev 18: 6 y ss.). De todos modos, el término incesto no es de gran peso en el texto bíblico. Ni siquiera existe en hebreo una palabra específica para señalarlo. (La referencia al hecho se hace a través de un desvío retórico: guilui araiot, que significa descubrir la desnudez de un padre, una hermana, una cuñada, etcétera.) De la Biblia surge como un acto contrario a la sociedad. Sin embargo, hasta hoy la iglesia católica lo prohíbe por tratarse de un acto antinatural.

 

El incesto en la naturaleza

 

Si el incesto ocurre de modo reiterado, produce estragos en la naturaleza. Hoy, algunas especies en vías de extinción sólo viven en reservas. Reducidos a la endogamia, los individuos muestran, a nivel de microscopio, un ADN alarmante. No han recibido nuevas características ni fuerzas nuevas. Un virus puede matarlos a todos. En cambio, aquellos animales que tienen el privilegio de la exogamia son más vigorosos, tienen más hijos y viven más tiempo.

 

Pero, tanto entre animales como entre humanos, los hijos de hermanos nacen sanos en caso de incestos aislados. Es la repetición del acto incestuoso a lo largo de generaciones lo que provoca la degeneración de la descendencia. ¿Por qué, entonces, el incesto entre hermanos está tan generalizado y severamente prohibido? Es que la exogamia constituye un imperativo social. Si las familias permanecen encerradas en sí mismas, sin intercambiar sus miembros a través del matrimonio, no hay sociedad.

 

Sobrevivir a todos los daños

En 1817, en su poema dramático Laon y Cythna o la rebelión de Islam, Shelley significa la pasión fraterna como aquella capaz de subsistir ante cualquier dolor: Envueltos en una caricia sobreviviremos a todos los daños, se prometen los adolescentes (Canto V, XLVIII).

A Shelley, que profetizó hace dos siglos la actual crisis de la familia, el amor entre hermanos se le aparece revestido de particular pureza. Según él, dos que se conocen desde los primeros años de vida, que juegan juntos, que juntos inventan un embelesado mundo propio, que se cuidan y se quieren, se deslizan con mayor inocencia que nadie en el edén de las caricias sensuales.

En una reciente entrevista a Ingmar Bergman, el maestro afirma: ... una de las películas que realmente amo a lo largo de la historia del cine es Syskonbádd 1782 (El fuego), de Vigot Sjóman. Es un filme que, no entiendo por qué, no ha recibido la atención que merecía. También me pregunto por qué me gusta tanto. Supongo que se debe al tema.

En El Juego (1966), Sjóman recrea un caso ocurrido en Gávle, un pueblo del norte de Suecia, pocos años antes. Dos hermanos habían tenido un hijo y el juez los obligó a separarse. El cineasta filma el caso desplazándolo al siglo XVIII, a una sociedad sueca regida por un patriarcado asfixiante. Charlotte (Bibi Andersson) no soporta el autoritarismo del marido. Su libertad está en los brazos de su hermano (Jarl Külle). Las caricias se sienten como signo de ternura y fantasía desanudadas. Pero el hermano las resignifica como infamia al saber que vendrá un niño. Corre el murmullo acerca de un chico monstruoso, nacido de un padre y una hija.

Sjóman parece contradecirse y simbolizar el incesto como degradante. En el desenlace, una joven enamorada mata a Charlotte. Sin embargo, el significado de abyección (si es que el director quiso adjudicarlo) parece depositarse en el carácter endogàmico de la unión. (Es una joven de fuera quien “hace justicia”.) Desde el punto de vista de la naturaleza, el amor de los hermanos se reviste de simbolismos de salud: el hijo de ambos se salva. La cámara lo muestra como fuerte y hermoso.

Hace poco tiempo, ante una institución uruguaya se presentan dos jovencitos. Tienen un bebé espléndido. Son hermanos y se aman. El padre de ambos ha abandonado el hogar, ahogado por la ira y la vergüenza. La adolescente ha perdido todas sus amigas y su situación en el colegio se hace intolerable. El muchacho no puede encontrar trabajo para mantener la que, uno y otra, consideran su familia. Pero nadie quiere dar empleo a un individuo que la sociedad significa como infame. Así, el amor incestuoso los ha hundido en un total desamparo. La madre, que es la única en acompañarlos está, sin embargo, humillada y ofendida. No puede comprender: había sido tan grato verlos crecer como dos niños que no peleaban nunca, que se cuidaban y protegían el uno al otro, que se amaban tanto. Precisamente, responden los jóvenes con orgullo, nos amamos muchísimo. Solicitan ayuda pero, si la ley o la opinión pretenden separarlos o apartarlos de su bebé, escaparán. Cualquier cosa es mejor que renunciar al vínculo que los une entre sí y con su hermoso hijo. ¿Qué será de ese niño quien, según nuestra sociedad, es consecuencia de caricias abyectas?

La caricia en el arte y en la vida

El aspecto inventor de las caricias que la sociedad percibe como perversas, parece tener vínculos importantes con el arte. No es raro que, quien ha recreado esas caricias en el arco iris de la sensualidad humana, sea también capaz de recrear un sentido para el mundo, a través de un poema, un dibujo, una obra de inolvidable belleza.

En todo caso, ¿cuál es el secreto del incesto entre hermanos, prohibido pero tenaz, que persigue la imaginación de un público tan lejano como el helenístico y tan contemporáneo como el de los actuales teleteatros?

8. Violación y matrimonio

Como vimos, en las sociedades de fuerte predominio masculino, la estructura matrimonial y aun la de los amantes, suele basarse en la actitud pasiva de la mujer. En situaciones extremas, se apoya en la obediencia de la esposa que, a veces, se siente torturada y humillada. Así, el marido o el amante presentan una relación con la mujer donde el deseo de poder y aun el odio, se yerguen en factores dominantes. Pero el violador como, en grados diferentes, el amante o el marido que necesitan el ejercicio de la violencia, suelen ser personas íntimamente asustadas.

En las manos del marido

En su novela Una vida (1882), Guy de Maupassant describe la noche de bodas de Jeanne, una joven perteneciente a la aristocracia provinciana de Francia. Sus padres han preservado su “inocencia” de todo rumor sexual. Esa noche, antes de enviarla a la cama, su madre se prodiga en lágrimas que sólo pueden leerse como signo ominoso. Mientras, el papá emite un mensaje que es imperativo pero no informativo. Habla vagamente acerca de que, a la hora de casarse, las jovencitas suelen sublevarse contra la realidad algo brutal agazapada bajo sus sueños amorosos. Se sienten ofendidas en su alma y lastimadas en su cuerpo. Entonces pretenden rehusar al esposo lo que la ley humana tanto como la natural le acuerdan corno derecho absoluto. Y agrega: No olvides que perteneces completamente a tu marido. Un rato más tarde, el novio entró en la habitación de Jeanne... la tomó atropelladamente en los brazos... Ella permanecía inerte, con las manos abiertas, sin comprender lo que ocurría, hasta tal punto el miedo le impedía pensar. Pero súbitamente, un dolor agudo la desgarró; se puso a llorar mientras él, sujetándola con rudeza, la poseía violentamente.

¿No es ésa una vieja tradición, sancionada por la moral y las instituciones religiosas, según la cual la mujer es entregada a la violación por su propia familia?

En su Historia de la sensibilidad en el Uruguay, Barrán se refiere a los tratados médicos donde se describe el dolor que acompaña la sexualidad de las esposas respetables. Estas, sumisamente, se entregan a sus maridos, no por placer sino por deber. Todavía en la década de 1950, en Uruguay hay madres y suegras que recomiendan a las jóvenes en vísperas de bodas, no hacer ninguna demostración a sus maridos ni tomar jamás la iniciativa. El hombre puede creer que una mujer apasionada es una mujer experiente. (O puede sentirse amenazado en su virilidad por el ardor de la esposa.) Por otro lado, padres y madres de culturas mediterráneas como la española, de la que somos herederos directos, inculcan a sus hijos las conductas del macho. Así, en Bodas de sangre, la madre viuda aconseja a su hijo cómo debe tratar a su futura esposa: -...hazle una caricia que le produzca un poco de daño, un abrazo fuerte, un mordisco ...que sienta que tú eres el macho, el que mandas (Acto II, cuadro II).

En consecuencia, las imágenes de violación o, por lo menos, de irresistible empuje del varón frente a la pasividad de la hembra, todavía forman parte de las fantasías de muchas mujeres. Y también de aquellos homosexuales que se identifican con ellas.

El cuento del tío

Antes de escribir su novela El beso de la mujer araña, Manuel Puig entrevista a cien homosexuales. De ese modo, surge el personaje de Molinita, quien afirma: La gracia es que cuando un hombre te abraza... le tengas un poco de miedo. Valentín, su joven amigo socialista, trata de hacerle entender que semejante sentimiento entraña ideas de autoritarismo y violencia:

-Vos no lo sentís así, te hicieron el cuento del tío los que te llenaron la cabeza con esas macanas.

Y es que hay legislaciones que persiguen a las mujeres por tomarse libertades con sus cuerpos. Pero también hay una inmensa doxa que no es patrimonio exclusivo de una burguesía remilgada. Muchos grandes escritores, hasta el siglo XX, representan el encuentro amoroso como una violación. En su relato “Semejante a la noche” (1958), Alejo Carpentier sostiene que una virgen sueña con un varón que la roture y la deje sobre el lecho, sangrante como un trofeo de caza, de pechos mordidos, sucia de zumos, pero hecha mujer en la derrota.

Tal es el campo semántico que rodea al primer abrazo según este narrador: allí están presentes los significados de romper, ensuciar, lastimar, vencer y, en cierto modo, matar (la doncella sería como un trofeo de caza). De lo contrario, ésta desprecia al varón.

Una literatura tal hace pensar que los hombres han sabido muy poco de mujeres. Y que, en su visión de sí propios como perpetuos guerreros, han ignorado aun más de ellos mismos.

Tomemos ahora los ejemplos que nos brinda Cien años de soledad (1967). Así se describe el abrazo nupcial de Ursula y José Arcadio Buendía: José Arcadio Buendía entró al dormitorio cuando su mujer se estaba poniendo el pantalón de castidad. Blandiendo la lanza frente a ella, le ordenó:

-Quítate eso. Ursula no puso duda en la voluntad de su marido ...Buendía clavó la lanza en el piso de tierra... y estuvieron retozando y despiertos hasta el amanecer.

De modo parecido se comporta José Arcadio Segundo con su futura mujer: Ven acá, dijo él. Rebeca obedeció... Ella tuvo que hacer un esfuerzo sobrenatural para no morirse cuando una potencia ciclónica asombrosamente regulada la levantó por la cintura y la despojó de su intimidad con tres zarpazos, y la descuartizó como a un pajarito. Alcanzó a dar gracias a Dios por haber nacido, antes de perder la conciencia en el placer inconcebible de aquel dolor insoportable, chapaleando en el pantano humeante de la hamaca que absorbió como papel secante la explosión de su sangre.

En el mundo narrado de Cien años... parece imposible imaginar una primera unión si no es bajo forma de forzamiento. Amaranta Ursula está casada, vuela en aeroplano y ha adoptado las libertades de las mujeres de la vanguardia europea. Pero vive su primera desviación matrimonial como si se tratase de una violencia: -Vete -dijo sin voz. Aureliano sonrió, la levantó por la cintura con las dos manos, como una maceta de begonias, y la tiró boca arriba en la cama. De un tirón brutal, la despojó de la túnica de baño... Amaranta Ursula se defendía sinceramente... (Pero, por un instante) descuidó su defensa, y cuando trató de reaccionar, asustada de lo que ella misma había hecho posible, ya era demasiado tarde. ...Apenas tuvo tiempo de estirar la mano, buscar a ciegas la toalla y meterse una mordaza entre los dientes, para que no se le salieran los chillidos de gata que ya le estaban desgarrando las entrañas.

Es curioso que, para el amor, la desbordante fantasía del maestro colombiano sólo le sugiera escenas similares. Siempre una mujer a quien se le arranca la ropa a tirones o a punta de lanza. Una mujer que obedece, se asusta, se defiende y quien tiene la vivencia de ser descuartizada hasta chapalear en su propia sangre. Y, sin embargo, esa mujer experimenta placer inconcebible. Jamás se siente menoscabada por el hecho de recibir órdenes o amenazas, por ser empujada y volteada, porque su voluntad o participación no importen para nada. Al contrario, tiene que retenerse para no chillar de placer después del maltrato.

Como dice Valentín a Molinita, te hicieron el cuento del tío los que te llenaron la cabeza con esas macanas.

Pero el hecho es que ese cuento del tío flota hasta hoy en la cultura occidental, concretándose en novelas, películas, teleteatros y obras plásticas. Las mismas generan ensoñaciones, temores, un sentimiento, más o menos difuso, de lo que significa ser hombre o mujer. Y, durante siglos, tal cuento del tío se legitima a través de sermones, homilías y de los consejos de los propios padres de quienes van a casarse. Así, parecería existir una diferencia cuantitativa y no cualitativa entre ciertos esposos y amantes y los violadores. También, que el fantasma de la violación ha sobrevolado tradicionalmente la familia patriarcal como transgresión, pero también como comportamiento “normal”.

Sexo y miedo

¿Se gratifica ese varón (occidental o no), que se adueña por la fuerza del cuerpo de su o sus esposas y que tiene sólo autoridad sobre ellas y sus hijos, sin compartir nunca ternura ni caricias?

En su novela Thingsfall apart [Un mundo que se desmorona, 1958), el nigeriano Chinua Achebe cuenta la historia de Okonkwo, uno de esos varones duros, que habita en la tribu de Obi. Aun en su primer encuentro con una consorte, era hombre de pocas palabras. Sólo la tiraba en la cama y buscaba dónde estaba la abertura de la falda. Según Okonkwo, aun en el caso de un hombre próspero, si era incapaz de dominar a sus mujeres y a sus hijos (especialmente a sus mujeres) no era un hombre verdadero. En consecuencia, él gobernaba su casa con mano dura. Sus esposas, especialmente las más jóvenes, sufrían de alarma permanente a causa de sus accesos de ira y lo mismo pasaba con sus hijos pequeños.

Esa violencia, esa capacidad de violar, golpear y hasta matar, es lo que su familia y su grupo social conocen de él. Sin embargo, el narrador nos revela que ... su vida entera estaba dominada por el miedo, el miedo al fracaso y ala debilidad. Era más íntimo y profundo que el miedo al mal y a los caprichosos dioses y a la magia, más intenso que el miedo a la selva, a las fuerzas de la naturaleza, malevolentes, de rojos colmillos y zarpas rojas. El miedo de Okonkwo era más inmenso que todo eso. Era el miedo de sí mismo, el miedo de ser débil.

En el fondo, ese hombre luchador, guerrero, violador de esposas, capaz de zurrar a la familia entera, es alguien muy pequeño y muy asustado. Confrontado con una situación nueva, no encuentra recursos para resolverla. Sumido en un profundo abandono interior, prefiere suicidarse, a pesar de que ése sea el acto al que su tribu atribuye significados más ignominiosos.

9. Virilidad, sensualidad, ternura

Marcel Marceau
Eduardo Vernazza, 1983

Tradicionalmente, al varón se le enseña temprano que no se pegotee a su mamá. Que no pida mimos como una nena. Ese aprendido rechazo de la caricia suele transformarse en incomprensión de la sensualidad femenina. También en traba de la propia. Así, a veces, el hombre ahoga en soledad las relaciones eróticas.

Ni la caricia del viento

Hemingway describe tal desencuentro. Por una parte, la necesidad de ternura que muchas mujeres sienten. Por otra, la repulsa que algunos hombres experimentan ante el contacto físico no sexual. Su cuento “Gente de verano” termina así:

De repente Nick tomó conciencia de la manta áspera contra su cuerpo desnudo.

-¿Estuve mal, Nick?

-No, muy bien -dijo Nick. Le trabajaba la mente con mucha claridad. Vio las cosas claramente.

 

-Ojalá pudiéramos dormir aquí toda la noche -dijo Kate, abrazándolo.

 

-Sería lindo -dijo Nick-, Pero no es posible. Tienes que volver a la casa.

-No quiero ir-dijo Kate.

Nick se paró, sintiendo un poco de viento en el cuerpo. Se puso la camisa y se alegró por ello. Luego se puso los pantalones y los zapatos.

-Tienes que vestirte, puta -dijo.

Una vez cumplida la meta sexual, la muchacha se vuelve enemiga de Nick. Cualquier sensación táctil le resulta desagradable. La manta es áspera. Ni siquiera transige con la caricia del viento.

Mientras, la chica minimiza la experiencia propiamente sexual. Sólo le interesa haber gustado al hombre y permanecer en contacto con él.

¿Por qué Nick se zafa de Kate con tanta agresividad? ¿Piensa que esa ternura lo conducirá al matrimonio, opuesto a sus ambiciones? ¿Le horroriza el peligro de la regresión? ¿De yacer como un niño, impotente y deleitado, bajo las caricias femeninas? ¿La construcción de una masculinidad “pura” requiere ser hostil a la suavidad? El relato nos pone ante la conflictiva edificación de la virilidad, que suele hacerse a expensas de otros goces sensuales y afectivos.

Caricia e identidad sexual

Gracias al psicoanalista Leopoldo Müller, conozco cierta deliciosa historia. Un padre camina junto con su pequeño hijo a lo largo de un muro alto y compacto. Desde el otro lado llegan gritos y risas. El padre se pregunta en alta voz cuál será el motivo de semejante algazara. El niño, menudo y vivaz, encuentra una grieta minúscula y mira a través:

-¡Están todos desnudos!, exclama.

-¿Son hombres o mujeres?, interroga el padre, asombrado. El chico se encoge de hombros:

-¿Cómo puedo saberlo? Están desnudos.

El género, o significado cultural atribuido al sexo de una persona, se rige por un conjunto de normas sociales (vestimenta, gestos, comportamientos, etcétera). En tal proceso, intervienen familia y comunidad hasta lograr una forma convencional de ser hombre, mujer, homosexual. Tradicionalmente, la sociedad exige que los signos que diferencian los géneros aparezcan inmediatamente después del nacimiento. Por ejemplo, en nuestra cultura, a la niña se la viste de rosa y se le abren agujeros en los lóbulos de las orejas. Mientras, al varón se lo engalana con una vestimenta celeste. Entre esas exigencias culturales, la del tacto no ocupa un lugar menor. Cada colectividad enseña abierta o tácitamente a niños y niñas cómo tocar y ser tocados. De ese modo, las características sensoriales y afectivas
de unos y otras se moldean. Así, de acuerdo con una antigua doxa, el hombre debe mostrarse menos sensible a la ternura. En cambio, por el lugar que la sociedad le ha asignado tradicionalmente la mujer es, en general, más diestra en mimar. Así, el ámbito de los comportamientos más íntimos (los que atañen a sensualidad, ternura, fantasía), están sujetos a la organización social y se transforman según sus cambios. Al enamorarnos, fantaseamos dejándonos llevar por ensueños que sentimos como profundamente personales. Y en el tenso minuto del deseo, mientras más cerca nos creemos de nosotros mismos, más nos sumergimos en la cultura a la que pertenecemos. Quien se atreva a imaginar, desear, amar, fuera del coto establecido por su comunidad corre el riesgo del desprecio y hasta del exilio. Si no logra alcanzar claridad y convicción acerca de su propio deseo, puede descender a la vergüenza de sí.

¿Cuál es la identidad original?

De acuerdo con la teoría freudiana, niños y niñas viven una etapa masculina durante los primeros años de vida. Esa termina cuando la mujercita descubre que el miembro viril es mucho más voluminoso que su pequeño clitoris. Robert Stoller revierte tal visión. Señala que todos vivimos en el vientre materno durante nueve meses. No se sabe si hay memoria cuando el sistema nervioso se está constituyendo. Sin embargo, el varoncito se mece en el interior de su madre y recibe las caricias del líquido amniótico. Más tarde, encuentra el seno que lo amamanta y una figura femenina que lo cuida durante sus primeros años. En Occidente, esa femineidad original se estimula: en el siglo XIX, durante la primera infancia, es bastante general que el varón sea vestido como niña hasta los cuatro o cinco años. Todavía, si hojeamos un álbum familiar de 1930, podemos encontrar varoncitos que, con sus bucles, parecen nenas. Finalmente, a los siete u ocho años, al chico le enfundan calzas o pantalones. En algunos casos, le cuelgan una espada o un bastón de la cintura. Tras un largo viaje a través de los signos femeninos, el niño se transforma en un hombre, potencialmente preparado para la defensa o la agresión.

De ese modo, en el inicio de su existencia, el ser humano de ambos sexos viviría una etapa femenina. En general, el chico disfruta tanto como la niña de la tibieza materna. En algunos casos, hasta se inclina a emularla. También los pequeños machos suelen sentirse atraídos por muñecas y tienen fantasías de gestar. Junto al espejo, al lado de una madre adorada que se maquilla, no es demasiado infrecuente que el hijo pida el lápiz labial.

A la mujer le toca la ventaja de desarrollar la identidad arcaica. Además, mantiene la posibilidad de guardar, hasta la edad adulta, una relación de estrecho cariño físico con su madre. Así, le es más fácil conducirse momentáneamente como madre, hermana o hija de otras personas, abrazando y acunando. O dejándose arrullar. Esa espontaneidad en el uso de los signos táctiles le da mayor libertad en el terreno emotivo.

En cambio, en el destino del varón está la temprana renuncia a la caricia materna. En algunos contextos, entre los que se cuenta el uruguayo de clase media, hay hijos besucones y madreros. Pero está el riesgo de ser pollerudo. Es peor cuando el arraigo a la figura de la madre prolonga la soltería. Entonces, la doxa dictamina que se trata de un castrado o un marica.

A ellos se les concede menos libertad para expresar ternura, porque lo más importante es que un niño sea varón de pies a cabeza. No hay equivalente masculino de la niñita de papá. Y, de haberlo, distaría mucho de considerarse encantador.

Al hombre le corresponde la dolorosa tarea de arrancarse del primitivo modelo de ternura. Está obligado a construir otro, tradicionalmente concebido como opuesto. Según la psicóloga Lillian Rubin, la misoginia de algunos hombres constituye un desquite inconsciente. En el fondo, aún llevan abierta la herida que provocó la precoz separación de la madre. Así, las actitudes negativas serían fruto del miedo, no de la prepotencia. Miedo del niño dormido en las honduras del hombre. A ser deseado por otro hombre, que lo devuelva a su identidad original. O por una mujer, capaz de hechizarlo igual que la madre omnipotente de los primeros años. Una mujer quien, reduciéndolo al infantilismo, destruya su identidad masculina, tan penosamente construida.

...el calor que aún sigues buscando

El novelista John Steinbeck describe ese sentimiento en su versión de Los hechos del rey Arturo. Lanzarote del Lago es el más célebre caballero del rey. Por lealtad al monarca y a su esposa Ginebra, realiza múltiples hazañas. Pero cae prisionero de cuatro reinas magas, quienes quieren seducirlo. Una despliega sensualidad. Otra le promete aventuras aún más gloriosas. La tercera ofrece poder ilimitado. Pero la cuarta mantiene con Lanzarote el siguiente diálogo:

-Te ofrezco la paz que no redescubriste en ninguna parte, la seguridad y el calor que aún sigues buscando, la mano que disuelve la fiebre de tu frente y cura las rojas lágrimas de tu mano herida...

-¡Basta! -rugió Lanzarote-. Nunca he visto tanta perversidad. ¡Mira! He cruzado los dedos de ambas manos. Y aquí tienes, el signo de la cruz sobre tu cara.

Según tal visión, la simbiosis madre/hijo se agazapa como una amenaza en el inconsciente masculino. El varón se ha comprometido con la sociedad para destruir tal unión. Sólo una diablesa puede tentarlo con semejante sueño de regreso. Así, la sombra de la madre se rechaza como la del demonio. Esa identidad masculinidad “pura” exige una severa represión de deseos tales como mimar y ser mimado. Parecería que, bajo su aparente dureza, la virilidad fuese una cobertura fácil de diluir.

Una poderosa ternura

Antonio se casa con Martha a los veintiocho años, en Montevideo, durante la década de los sesenta. Viene de un hogar sin ternura. El único contacto erótico que ha conocido es mercenario.

Martha es hija única, mimada e inexperiente. Una noche, después de tener relaciones, Antonio dormita. Martha, en un rapto de ternura, lo abraza, lo besa y le da sobrenombres de niño. Sorpresivamente para ambos, Antonio la insulta. La chica, vuelta de espaldas, llora. Poco tiempo después, se divorcian. No obstante, a Antonio lo persigue, durante años, un sentimiento angustiante. Su reacción de violencia le resulta no sólo incomprensible sino repudiable. Sólo después de un tercer matrimonio y ayudado por el nacimiento de una hija, logra liberar la poderosa ternura que todo humano posee, de modo actual o potencial.

Hoy, se escriben libros y se abren talleres innovadores. La autoría de esas obras y la organización de esas actividades corresponde a hombres y mujeres en busca de una nueva virilidad, donde la ternura no esté censurada. Parecería que un nuevo hombre está naciendo, más proclive a la caricia.

La otra cara de la doncella

Hay otro factor posible para determinar el rechazo masculino por la caricia. Se trata de un tema ocultado. Sin embargo, está presente en relatos folclóricos, aun adaptados para niños. Es el asco y el miedo que inspira el cuerpo femenino a algunos hombres.

El folclore devela esos sentimientos primarios que, así, encuentran caminos hacia la memoria y la expresión. En los cuentos suele suceder que la princesa no sea sólo una hermosa doncella. También resulta una criatura pérfida, dispuesta a matar o estropear al novio. En consecuencia, cuando éste la consigue, su principal tarea estriba en torturarla. Los tormentos aluden directa o indirectamente a la violación. Una vez sometida la novia, ambos son felices. De ese modo, la noche de bodas suele revestir la forma de una “proeza” realizada por el marido. En sus investigaciones sobre el relato, el folclorista Vladimir Propp cita casos como éste: El rey publicó un bando: daría a su hija a quien pasase una noche con ella. O, de modo eufemístico: -Daré mi hija por esposa a quien adivine dónde tiene un lunar.

En general, los que intentan dormir con la princesa, mueren. Sólo el héroe verdadero logra sobrevivir a esa primera noche. O su ayudante, quien cuenta con poderes que el héroe no posee. Arroja a la joven contra el suelo y la azota con varas de hierro (véase la analogía con un acto sexual violento). Otro artilugio consiste en llenarle el conducto vaginal de piedras u otros objetos (lo que ocurre hasta hoy en ciertos casos de violación bien reales). Tales actos se explican mediante la difundida fantasía según la cual la vagina tiene dientes. Así, quien osa penetrarla, pierde su miembro.

El coraje de la ternura

En su novela Una cuestión personal (1964), el japonés Kenzaburo Oé cuenta la historia de Bird. Este es un joven profesor de inglés, admirador de Hemlngway. Bird sueña con irse a África. Quiere vivir aventuras similares a las del famoso novelista. Acaso, escribir una novela. En vez, se casa. A la pareja le nace un hijo que, aparentemente, tiene hernia cerebral. ¿Qué hacer con un niño que será pasivo de por vida? ¿Qué ocurrirá con los ya postergados sueños africanos? Durante varios días, el bebé se debate entre vida y muerte (y Bird oscila entre ayudarlo a vivir o a morir). Entonces estalla, en toda su intensidad, el asco que le inspira el sexo femenino. Su mujer y el niño permanecen hospitalizados. Bird se refugia en casa de su amiga Himiko. Por accidente, la ve desnuda: la imagen le provocó una repugnancia irreprimible... El joven comunica su miedo a la amiga:

-Le temo a las cavidades oscuras... No puedo mandar mi pene enfermizo a ese campo de batalla.

Aun con su esposa, Bird sólo padece autocompasión y repugnancia después de las relaciones sexuales. Himiko explica que, para dominar el miedo, hay que aislarlo. ¿Bird siente temor del sexo femenino o de lo femenino en general? El hombre responde: ...intuyo que hay un universo allí detrás ( en la hondura de la mujer). Oscuro, infinito, atestado de cosas no humanas: un universo grotesco. Y temo entrar en él, quedar atrapado en el espacio de otra dimensión temporal y no poder regresar...

En realidad son todos los rasgos sexuales femeninos los que lo amenazan: los pechos le parecen colmillos. Bird necesita sodomizar a su amiga, olvidar sus genitales, sus senos, sus ojos. Precisa atacar lo femenino por la espalda, a la vez para protegerse y vengarse de lo mucho que lo ha atormentado. Sólo así logra acceder a una sexualidad compartida y tierna. A través de esa entrega logra, también, aceptar su paternidad.

Construir la caricia

La novela confirma el ritual narrado por los cuentos folclóricos. Pone al descubierto el temor que ciertos varones sienten contra el sexo de la mujer, experimentado como abismal. Para que se abra un espacio de juego y caricia, parece imprescindible que tanto la mujer como el varón reconozcan ese miedo, con la agresividad que el mismo provoca. Y que se hagan cómplices en la tarea de resignificarlo.

La amante amiga

Vale señalar que Bird sólo puede reconciliarse con su esposa y donar sangre para su hijo con la ayuda de la amante. Anteriormente, he mostrado representaciones del cuerpo codificado de la esposa frente al cuerpo desnudo de la amante o la prostituta. En esta y otras novelas, el matrimonio mismo aparece como una institución que no ofrece espacio para la confianza plena. Así, la amante surge como puente necesario entre el hombre y su familia. (Sobre el tema de la amante como quien reconcilia con la esposa y los hijos, me extenderé en una investigación próxima.) Tal vez, en muchos casos, la complicidad para alcanzar la caricia está por construirse.

La conquista de la paternidad

En vez de derramar sangre de animales salvajes, Bird encuentra su virilidad plena donando sangre para su hijo. Después de las transfusiones, queda pálido como una doncella. Pero, para soportarlas, se muestra valiente e incansable como un león. En la medida en que el principio femenino y el masculino se han reconciliado, también escribirá una novela. No sobre cacerías en África. Sobre la aventura Interior de conquistarse.

 

10. En clave de paternaje

Durante mucho tiempo se pensó que proveer de alimento, protección, ciertos valores morales y, eventualmente, educación, hacían un buen paternaje. Sin embargo, tanto los escritores como la imaginación popular, han perfilado al padre suficientemente bueno como alguien mucho más complejo. Escuchemos un poco ese murmullo de sabiduría.

“El compañero de viaje” es un cuento de H. Ch. Andersen. Aunque es de invención propia, integra motivos populares. Se trata de la victoria del joven Johannes. El alma de su padre muerto lo ayuda a conquistar una princesa. Así, el cuento indica que. en cierto estadio, no importa que el padre esté presente o ausente. Si su paternaje ha sido suficientemente bueno acompaña al hijo, como un alma amiga, a lo largo del viaje.

La cara oscura de la princesa

La princesa con quien Johannes se casará se presenta a caballo, acompañada de sus doncellas, vestida de blanco y oro, envuelta en una capa de alas de mariposa. Su cabalgadura la representa como alguien libre. Su cortejo de doncellas la significa como alguien en buena relación con el mundo femenino. Blanco y oro la asimilan a pureza y luz. Pero tal vez la prenda más reveladora sea su capa de mariposa. En las culturas de África Central como entre los celtas de Irlanda, entre aztecas e iraníes, la mariposa simboliza el alma. Entre los japoneses, es signo identificatorio del alma femenina, así como el par de mariposas simbolizan la pareja feliz. Si se tiene en cuenta ese simbolismo, se puede interpretar que la princesa busca un enlace genuinamente dichoso.

En el mito griego Psique, el alma, se pinta como una joven con alas de mariposa. Psique es tan bella que amedrenta a sus pretendientes, quienes prefieren casarse con mujeres menos hermosas. El mito parece sugerir que la belleza del alma femenina espanta a los varones. Por ese motivo, sus padres se ven obligados a abandonarla. Sólo Eros, el dios del amor, es capaz de tomarla por esposa. Así, el sentido del mito griego puede radicar en que, para que el amor erótico se realice, el hombre debe conocer el alma de la mujer. Y, para conocerla, se necesita chispa divina. Los hombres comunes prefieren permanecer en la superficie de sus mujeres. Ante la profundidad femenina escapan, abandonándola.

La princesa del cuento se parece a Psique. Sólo que, al contrario de lo que relata el mito griego, los hombres de este mundo narrado se muestran ingenuos. No captan la peligrosidad de la princesa (la ira que infunde la incomprensión). Así, su belleza atrae a innumerables cortejantes. De ellos, la joven no exige reinos, títulos o riquezas. Sólo que contesten tres preguntas. Parecería que la única cualidad que la princesa reclama de un hombre es su capacidad para entenderla. Nadie logra contestar siquiera la primera pregunta.

Ayudar a crecer

¿Por qué semejante trastorno entre los cortejantes? ¿La pregunta sobre la identidad de la princesa los hace entrever el sexo femenino, parecido a la faz de una gorgona (gorgo: la terrible)? El cuento de Andersen apuntaría hacia ese mismo miedo, hacia ese mismo asco que vimos antes en Bird, el protagonista de la novela de Oé. Por otra parte, vale señalar que la gorgona convertía en piedra a los que la miraban. De ese modo, los detenía en el tiempo.

Tras dejarlos mudos, su alteza ahorca o decapita a los admiradores. En consecuencia, también los saca del devenir temporal. A ese significado se agrega el de la cabeza como símbolo fálico. Ahorcamiento y cercenamiento son metáforas de castración. El hecho del descabezamiento abre varias posibilidades interpretativas. Por un lado, parecería que la princesa rechaza la sexualidad. Como el acceso a la sexualidad supone crecimiento, a semejanza de la gorgona, su alteza niega el pasar del tiempo. O, lo que es complementario, la princesa odia a sus pretendientes porque ninguno es capaz de comprender su feminidad y ayudarla, así, en su camino de maduración.

Al igual que en los cuentos populares que estudia Propp, el rey se muestra desolado por la crueldad de su hija. Se compadece de los pretendientes, a los que probablemente sienta como espejos de su propia juventud. Por otra parte, desea que esa hija madure a través del matrimonio y la maternidad. También ansia su propia continuidad y la solidez de su reino. Para ello es necesario un heredero. Pero ha prometido a la princesa no interferir en la elección del esposo.

En el nombre del pretendiente

A esta altura, vale destacar los significados del nombre que lleva el cortejante victorioso. Johannes (español: Juan) viene del hebreo Yohanan, que significa: Hhvh es benéfico, misericordioso. Johanan da el latín Johannes, que permanece intacto en danés. Así, este pretendiente aparece sustentado por la bondad divina y será capaz de compadecer (padecer con) la princesa hasta transformar su “maldad" en dulzura.

Vale recordar, también que, en la Biblia cristiana, el nombre de Juan es el del profeta que bautiza al propio Cristo. Johannes tendrá una suerte de don profètico para responder las preguntas de la princesa y, antes de la noche nupcial, la bautizará.

Por otra parte, Juan es el nombre del discípulo amado de Jesús, uno de los encargados de escribir su Buena Nueva. Johannes aparece, así, como alguien especialmente digno de ser amado. También será el encargado de dar dos buenas nuevas: al pueblo, que cuenta con un nuevo rey. A la princesa, que ya puede amar a un hombre, convirtiéndose en esposa y madre.

Juan es, además, el nombre que aparece un mayor número de veces (ciento dos) en el santoral. Por eso, cabe decir que Johannes tiene los dones de humildad, certidumbre y chispa milagrosa, propios de muchos santos.

En cambio, el narrador no menciona los nombres del rey y su hija, lo que hace suponer que ellos representan formas más genéricas de paternidad y feminidad.

La cara oscura del padre

Por la noche, antes de cada prueba, la joven acostumbra volar clandestinamente para encontrarse con un troll. El troll es una figura típica del folclore nórdico. Representa fuerzas a veces crueles. Otras, veteadas de bondad y ternura. Pero primitivas, que huyen con el avance de la civilización. ¿El troll es su propio padre, al que la hija, hechizada, no puede abandonar? La princesa ha exigido y el rey ha aceptado no intervenir en su opción amorosa. Pero ambos mantienen una dependencia profunda. El hecho de que se trate de un troll hace pensar en un vínculo primario. No hay incesto carnal, pero sí un hechizo que les impide resignificar su relación. El rey y la princesa deben transformar tal vínculo para lograr su maduración como padre e hija.

Dolores de paternidad

El encuentro con el troll revela una ambivalencia dolorosa para muchos hombres. Por una parte, desean sinceramente el crecimiento de su hija y ansían nietos. Por otra, no quieren perder el vínculo con su “pequeña”. La circunstancia de que los encuentros entre el troll y la princesa sean clandestinos y nocturnos confirman la fuerza oscura y oculta que une al padre con la hija.

El paisaje de esos encuentros es el interior de una montaña, al que se accede a través de un largo pasillo. Tal paisaje parece simbolizar la interioridad femenina. Dentro, se despliega el espectáculo de una infancia encantada. Las langostas tocan instrumentos de viento y las lechuzas, el tambor. Los cortesanos son muñecos inventados por el troll y todos bailan. Tal paraje también tiene rasgos truculentos: serpientes venenosas y huesos de caballo. Los niños suelen ser crueles.

Como el rey, el troll tiene un cetro en la mano. Besa a la princesa en la frente y baila alegremente con ella. Padre e hija mantienen la intimidad hechizada que los unió desde la niñez.

La cara oscura como cara buena

Sin embargo, lo más importante para un padre que ama, es la vida emocional de su hija. Para ello, necesita conocer hondamente a cada pretendiente. Así, es el troll quien inventa las preguntas de la princesa y sus correspondientes respuestas.

Tal secuencia agrega significados nuevos. No es la mujer ni su sexo lo que turba a los festejantes. Es lo que está detrás de esa mujer: un hombre. Y un hombre de tal magnitud que les produce terror y, como consecuencia, muerte o castración. También puede entenderse que lo que la princesa posee, a través de su padre, es un secreto sobre la masculinidad. Y que la mayoría de los varones desea ignorarlo, aun a costa de la vida.

El troll pide a la princesa los ojos de los festejantes que fracasan. Los ojos se asimilan simbólicamente al sexo. Así lo muestra el mito de Edipo, quien se ciega como castración por el incesto con su ma­dre. Más allá de ese primer significado, los ojos representan poder superior, elevación espiritual. De ese modo, la secuencia también esclarece la figura del padre protector quien, profundamente, está decidido a perder el lazo infantil con su hija. Lo hará, sin embargo, sólo a favor de un hombre que sea viril, plenamente. ¿Pero en qué consiste la virilidad plena? 

El alma amiga

Volvamos al alma paterna de Johannes. Para ayudar a su hijo, durante el viaje recoge tres objetos. El primero es un haz de varas. Además de ser símbolo fálico, la vara se asimila a un cetro como el que posee el troll pues ambos representan poder y responsabilidad plena. Mediante el haz de varas, el padre prepara al hijo para sustituir al troll en su condición de rey. El alma amiga obtiene ese haz como pago por curar una anciana. De ese modo, las varas también connotan un costado femenino y una capacidad de cuidar. Esa capacidad es imprescindible para que haya un entendimiento tierno entre marido y esposa.

El segundo objeto es una espada. También la espada constituye un símbolo fálico y de autoridad pero, además, tiene el don de cortar los límites del tiempo. Por lo tanto, cortará el lazo infantil que une a la princesa con su padre. Su hoja brillante remite a la luz solar. Así, será capaz de poner luz en el oscuro jardín de la infancia en el que aún mora la princesa. Indica energía generadora y fuerza vital. De ese modo, conducirá a la princesa en su nueva vida de esposa y madre. Porque, con su empuñadura, recuerda una cruz, apunta a la espiritualidad. Johannes debe tener una gran luz espiritual para conquistar a la princesa y gobernar el reino.

El tercer objeto es un par de alas de cisne. Estas indican la capacidad de conocer e inteligir. Se dice que la inteligencia es la más rápida de las aves. También la de imaginar, que lleva a la persona a inventar soluciones y crear situaciones nuevas. En ese sentido, las alas también pueden asimilarse a las botas de siete leguas y otros calzados voladores que aparecen en los cuentos de hadas, como símbolo de imaginación poderosa. Johannes debe tener inteligencia, conocimiento humano e imaginación para contestar las preguntas de la princesa. Vale recordar que esas alas pertenecen a un cisne, ave vinculada a la profecía. Así, representan el impulso para trascender el presente y transformarlo en un futuro más alto. La unión con Johannes no sólo mutará a la princesa en esposa y madre. La hará crecer espiritualmente.

En la simbología cristiana, el cisne es rey entre las aves acuáticas y representa la paz. En consecuencia, las alas también anuncian el futuro reino de Johannes (su capacidad de gobernarse a sí mismo y de guiar a otros) y su pacífica unión con la princesa.

Antes de someter a Johannes a las tres pruebas, la damisela se dirige al encuentro del troll en busca de las preguntas. Durante cada viaje, tanto de ida como de regreso, el alma paterna de Johannes se pone las alas, planea sobre la princesa y descarga varazos sobre sus espaldas. Estos podrían interpretarse como una iniciación sexual. O como un modo de debilitar la identidad infantil de la princesa y el vínculo primario que la une a la figura paterna.

Pero, sobre todo, muestran que el alma amiga tiene una virilidad tan vigorosa, imaginativa y espiritual como para hacerse cargo de los secretos del troll (de las honduras del hombre). Y tan sabia como para transmitírselos a Johannes, haciendo que los asuma sin amedrentarse.

Conocerse

Las preguntas consisten en adivinar los pensamientos de la princesa. Así, el troll manifiesta el deseo de que el hombre que se case con su hija se interese profundamente por la vida interior de su esposa y la consulte antes de tomar decisiones.

El primer pensamiento concierne a los zapatos de la princesa. El zapato es símbolo del sexo femenino. Lo que se requiere de Johannes es una virilidad capaz armonizar con la sexualidad de la esposa. A nivel más profundo, el zapato simboliza la identidad, como lo prueba el cuento de Cenicienta. En ese contexto, el príncipe no quiere a cualquier mujer sino a la dueña del zapatito. Del mismo modo, el troll solicita del marido de su hija que la ame conociéndola desde lo hondo.

A otro nivel, el zapato es símbolo de viaje. (Ese es el motivo de poner los zapatos o las medias de los niños en las fiestas tradicionales. Papá Noel y los Reyes Magos necesitan de su energía para continuar el camino.) En el marco del cuento, el troll sólo quiere entregar a su hija a quien la acompañe en su viaje de maduración. Johannes puede hacerlo pues su alma paterna le dio alas, asimilables a zapatos voladores. Así, puede contestar.

El segundo objeto en el que piensa la princesa es un guante. Símbolo del sexo femenino, el guante también significa pureza, cuidado con lo que se quiere tocar. De ese modo, el rey se asegura de

que el futuro marido comprenda la delicadeza de su hija. Evoca también la suavidad y disposición de ánimo. En danés, el idioma de Andersen, existe la expresión haand i handske, literalmente, mano en guante, que puede expresar la compenetración entre dos personas. En español y otros idiomas existe la expresión poner como un guante. Esa suavidad surge del buen entendimiento de los esposos. A través de esa pregunta, el troll quiere averiguar si el pretendiente tiene dulzura y comprensión para establecer un vínculo armonioso con su hija.

La adorada cabeza del padre

Cuando Johannes acierta las dos primeras preguntas, la princesa se dirige al troll, desolada:

-Sí adivina bien otra vez, no podré venir más ni practicar mi magia. El matrimonio y la familia transformarán el hechizo que une a la hija con el padre. El troll responde:

-Sí adivina esta vez, significa que tiene más magia que yo. Y agrega: -Piensa en mi cabeza.

Sólo puede competir con un padre amado quien tiene la magia de enamorar. Pero el troll no quiere competir. Está dispuesto a correr un gran riesgo a cambio de ayudar en el crecimiento de su hija. La cabeza es la sede del alma. También del raciocinio. El amor conquista el alma y vence los recelos racionales. Si Johannes consigue enamorar a la princesa, el troll renuncia a su identidad de padre de una niña.

El motivo de la cabeza paterna o del sombrero, que constituye una extensión de la misma, aparece en diversos cuentos populares y películas. Por ejemplo, un padre tiene tres hijas. Al partir de viaje, les pregunta qué obsequio desean. Las mayores solicitan vestidos y joyas. Pero la menor pide la roma que derribe el sombrero paterno. Así, la jovencita espera de su padre que le permita conocer un hombre a quien pueda amar y admirar más que a él. De ese modo, podrá iniciar su vida erótica y familiar al mismo tiempo que resignificar la relación con el progenitor.

En el cuento de Andersen, con su espada, el alma amiga corta la cabeza del troll. Johannes la exhibe en silencio cuando la princesa le formula su tercera pregunta. La importancia de esa cabeza es inmensurable. Mientras que bastó nominar el zapato y el guante, no hay ningún signo capaz de sustituir la cabeza paterna que aparece, así, como lo innominable mismo.

En la medida en que la literatura de Andersen se inserta en el campo de las culturas nórdicas, vale recordar a una importante

figura de las sagas escandinavas: el gigante Mimir. Probablemente, su nombre venga del antiguo germánico minne: memoria recóndita. En el cuento de Andersen, el troll conserva la memoria de los pretendientes, de su propia juventud y de la niñez de su hija. Según la Saga de Snorri Sturluson, Mimir vive bajo la raíz de la escarcha, junto a la fuente que guarda la sabiduría y los pensamientos de los hombres. Cuando Mimir canta sus runas desde las honduras se tambalea el fresno de Yggdrásil y no hay cosa en el cielo ni en la tierra que no se llene de espanto. Cuando el troll hace sus preguntas, los falsos pretendientes pierden la cabeza.

En la Edda Mayor, Mimir es decapitado. Odin, el padre de los dioses, recoge su cabeza y, cuando tiene que tomar decisiones, la cabeza de Mimir le canta (I, 46). En el cuento de Andersen, el alma amiga arroja a los peces el cuerpo del troll. En cambio, guarda la cabeza, probablemente de modo definitivo. Así, la sabiduría primaria del padre continúa nutriendo a los hijos después que se casan y asumen el reino. En todo caso, la ambivalencia paterna se resuelve. El padre se regocija frente al pasaje de su hija a un nuevo estadio de crecimiento. En consecuencia, exclama:

-¡Ahora las cosas son como deben ser!

Un buen paternaje

Terminadas las preguntas, los jóvenes se casan. El alma paterna se despide de Johannes. Presente o ausente, el padre comprende cuándo su hijo ha interiorizado plenamente sus enseñanzas y lo deja libre para que las realice plenamente. Pero, antes de partir, le indica cómo tratar a su esposa en el primer encuentro. Antes de entrar en el lecho nupcial, debe sumergirla tres veces en una toa. Tal rito recuerda la sumersión bautismal. El marido debe ayudar a su esposa a abandonar la vieja condición de niña para asumir su nueva identidad de mujer. En el agua de la tina debe poner tres plumas arrancadas de las alas del cisne y agregar una medicina. El cisne es signo de pureza. También se vincula con sol y poesía. En la mitología griega, los cisnes transportan a Apolo, dios solar y poeta entre todos. Así, Johannes tiene una sensibilidad creativa susceptible de iluminar la noche de la niñez, en la que aún habita la princesa. Y de poner poesía en su vida adulta, de modo que no añore la magia del padre. La medicina que hay que diluir en el agua muestra a Johannes como alguien capaz de cuidar y curar.

Después del primer hundimiento, surge un cisne negro. De nuevo el texto hace brillar la nebulosa dorada de la connotación. El motivo del cisne negro connota hechicería y muerte. Así por ejemplo, en su novela Die betreugene (La engañada, 1954) Thomas Mann muestra a su heroína, hechizada por el amor. Un cisne negro la ataca. Pocos días después sus signos de enamorada se mutan en los signos de la muerte.

Según mi lectura, aunque aún permanece oscura y defensiva, la princesa revela poseer una profunda afinidad con Johannes. Tiene la misma identidad que las alas (el ingenio, la imaginación, la elevación) del alma amiga. El ave se tensa mientras el hombre la sujeta firmemente. Luego del segundo descenso, aparece un cisne blanco con un anillo negro alrededor del cuello. (La joven está tan sumida en su pasado que un baño resulta insuficiente para hacerla crecer.) Sólo después del tercero aparece como princesa, más bella que nunca. Sus ojos están llenos de lágrimas de gratitud: Johannes ha sido bastante fuerte como para romper el hechizo que la aprisionaba. Las lágrimas de la princesa, su reciprocidad, aparecen como signos de que, finalmente tiene acceso a su propia feminidad y, a través de ella, a su capacidad de amar.

El acto de lavar a la princesa da una clave acerca de la virilidad que el alma paterna ha inculcado a Johannes. Tradicionalmente, quienes se ocupan de lavar a otras personas son las mujeres. Particularmente, las madres lo hacen con sus hijos. Johannes es capaz de limpiar a la princesa con ternura y condolencia. Acaso el recóndito secreto masculino que sólo Johannes supo asumir es que en cada hombre hay un costado femenino que no se opone a su heterosexualidad. Al contrario, la complementa. Una condición animal y humana de comprender, curar, acariciar.

En todo caso, el cuento indica que, para que un hombre y una mujer logren entregarse el uno a la otra, el buen paternaje de ambos tiene un papel fundamental. En el caso de la mujer, el padre puede desarrollar con ella una relación de intimidad que hará de su hija un ser independiente y pleno de riqueza interior. De ese modo, el matrimonio no se transforma en una manera de escapar del hogar paterno. Ni en una forma de obediencia a la compulsión social. Aparece como un modo de realización, que puede postergarse hasta alcanzar una madurez profunda. Paternar bien a una hija sería brindarle libertad, independencia y recursos internos como para no establecer relaciones de compromiso precipitadamente.

Al mismo tiempo, el padre sabe retirarse, aunque le resulte dolo­roso (el troll pierde la cabeza). De ese modo, da otro paso en el camino de su propia maduración. Paternar bien se plantea, así, como un camino de crecimiento para el varón. Un crecimiento rico en deleite. Ya no tiene que ejercer la ley (el rey abdica a favor de Johannes) y puede disfrutar de la jorá que proporciona la abuelidad.

Por su parte, según este cuento, el paternaje de un hombre requiere que se le enseñe lo que tradicionalmente se espera de él: fuerza y firmeza. Pero esas cualidades son insuficientes para hacer un varón pleno, capaz de amar y hacerse amar, de asumir sus responsabilidades a fondo y, simultáneamente, disfrutar de su vida afectiva. Para que surja un hombre completo, es necesario que el compañero paterno no reprima su sensibilidad. Para un buen paternaje no basta alimentar y educar al hijo. No basta inculcarle principios de resistencia y coraje. También hay que abrirle los caminos hacia la imaginación creadora y la ternura profunda. Así, como proceso educativo y afectivo, el paternaje sólo termina con la muerte de los hijos. Y si esos hijos se propagan bajo cualquier forma de fecundidad (hijos, descubrimientos, libros, películas), continúa de generación en generación.

11. El padre ausente

Lieta nace en Montevideo «n 1913. La familia le cuenta que su padre la conoció una semana después de su nacimiento. En la década de 1970, el psicoanalista británico Donald Winnicott señala que muchos padres pasan días antes de ver a sus recién nacidos.

Hijos y esposas se lamentan de los padres que “faltan”. Tal abandono no es necesariamente de presencia física. La ausencia también corresponde a aquellos que residen en el hogar, pero que dejan a sus chicos en la órbita materna. Por otra parte, con el aumento de familias a cargo de mujeres solas, cada vez hay más niños y jóvenes que no viven bajo el mismo techo que sus padres.

Sin embargo, se puede ser un padre divorciado y cálidamente atento a sus hijos. Una encuesta realizada en Estados Unidos da como conclusión que, en el sector investigado, la ausencia paterna es más intensamente sentida por los hijos de padres casados que por los de divorciados. El padre separado ve a sus hijos sólo periódicamente. Generalmente, en esas ocasiones, se esfuerza por ofrecer lo mejor de sí. Como contrapartida, muchos padres casados llegan rendidos a sus casas: quieren dormir o mirar televisión sin ser molestados. En otras oportunidades, traen trabajo de afuera y se entregan a él con mayor fruición que la suscitada por su propia familia. Finalmente, muchos descargan las frustraciones provocadas por el mundo exterior sobre esposa y niños.

El hombre, afuera

Se trata de una tradición milenaria. El hombre, arrastrado por las obligaciones laborales que le asigna la sociedad y por otros impulsos centrífugos (guerra, erotismo), no sólo es un extraño para sus hijos. A veces se cierne como un peligro sobre ellos. Mientras, las mujeres de la casa mantienen como pueden la familia. En su obra Bodas de sangre, García Lorca muestra a madre y abuela ocupadas en mecer al pequeño, en cuidar su cuna de acero, su colcha de holanda. Jalado por una pasión, el padre, a caballo por los llanos, más que una falta, parece una amenaza para su hijo. -¡No vengas, no entres! Vete a la montaña por los valles grises donde está la jaca, clama la abuela (II, 1). Cuando, en una fiesta, le preguntan por el niño, responde soñoliento: ¿Cuál?(1, 2).

Un turista en el paisaje de la crianza

Alejado del bebé por su trabajo o por su sexualidad, el padre ha sido, tradicionalmente, extranjero o turista en el paisaje de la crianza. En el teleteatro Brillante (1987), Paulo Cesar (Tarcisio Meira), un poderoso ejecutivo, se separa de su esposa. Al romperse la convivencia familiar, juzga que ya es hora de iniciar una relación más íntima con su hijo, de seis años. Telefonea a la casa materna y le dice que irá a buscarlo personalmente al colegio y lo llevará a cenar y a charlar. Después de cortar, se percata de una omisión y llama a su secretaria: Haga el favor de averiguar dónde queda el colegio.

...Me dice adiós un niño

La familia es una institución idealizada. En consecuencia, se producen en ella contradicciones que se viven sin hablarse. Antes, me referí al horror y hasta al asco que algunos hombres simbolizan en la mujer. A ello se suman intensos significados negativos, depositados en la paternidad. En el hijo que se está gestando o que acaba de nacer suelen simbolizarse obstáculos o fracasos para la realización de sueños y valores que se ubican lejos de la domesticidad. En su poema “Farewell”, Neruda hace el elogio del abandono: Desde el fondo de ti, y arrodillado,/ un niño triste, como yo, nos mira./... Yo no lo quiero. Amada. / Para que nada nos amarre/ que no nos una nada. / ... Desde tu corazón me dice adiós un niño/ Y yo le digo adiós.

El fin de la pareja

En otro orden, el hijo suele aparecer, para el hombre, como un signo de pérdida de su mujer. La gravidez la transforma en una desconocida. En su filme Le beau Serge (El bello Sergio, 1958), el director Claude Chabrol y su camarógrafo Heniy Caen encuentran significantes de particular intensidad para transmitir esas imágenes de rechazo.

Serge (Gérard Blain) repudia a su mujer grávida. Cuando ella, en medio de una noche invernal, inicia el alumbramiento, Serge ha desaparecido. François (Jean-Claude Brialy) lo busca en la nevisca. Atraviesa un bosque que, por su negrura, parece simbolizar el temor al alumbramiento de una nueva vida. La cámara de Caen sigue a Brialy a través de un establo y un gallinero, que significarían el deseo de hundirse en lo animal, evitando así los deberes que se imponen a marido y padre.

Esas escenas se alternan con primeros planos del rostro de la madre quien, en medio del dolor de su parto, grita el nombre de Serge (lo llama a nacer a su paternidad). Mientras, François se interna en una cueva muy estrecha (¿el canal de parto que deberá atravesar el niño?). Finalmente encuentra a Serge, dormido en una caja donde casi no cabe (el útero materno que ya no puede alojarlo). François lo arranca de la caja y lo arrastra a través de gruta, cobertizo y corral. En una secuencia alternada, el médico pide los fórceps. François logra que Serge atraviese el umbral de su casa, con el cuerpo cubierto de nieve y de las heces de los animales. Simultáneamente, el bebé, también sucio de su travesía, atraviesa el umbral de su madre. El médico da una nalgada al niño para que respire. François refriega nieve por la cara de Serge para obligarlo a abrir los ojos. Por la ventana comienza a entrar la luz del alba: padre e hijo han sido alumbrados. Caen toma un primer plano del rostro de Serge, que se ríe. Mientras, en over, se siente el llanto del niño. Finalmente, ambos han nacido.

El significante paterno

Hoy, en las culturas occidentales, el significante paterno está cambiando dramáticamente. Comparte un mayor número de significados con el signo de la madre. Así, en las nuevas generaciones, los papeles de padre y madre se desdibujan. Ambos participan de cuidado, higiene y cercanía con sus hijos. Tal vez porque las propias identidades sexuales se están tornando más difusas. En la película Trainspotting (1996), el protagonista augura que en el futuro no habrá hombres ni mujeres: sólo personas. En Uruguay, la flexibilización de los papeles es palpable. El fenómeno se significa en las apariencias físicas que asumen los jóvenes en la calle, en sus actitudes táctiles y afectivas, en el cambio paulatino de las estructuras familiares. Se expresa, también, en diversas manifestaciones artísticas. Para citar un ejemplo, en su obra La otra Juana (1993), el dramaturgo Ariel Mastandrea despliega ante el público una noche imaginaria durante la ancianidad de Juana de Ibarbourou. En una acelerada danza, la poeta, su hijo y la doméstica juegan a ser, recíprocamente, padres, madres, hijos, amantes y esposos, con todas las implicaciones táctiles que tales roles suponen. Cambian sus vestimentas. Ora el hijo lleva escote y tacones, ora el tradicional traje oscuro con que se casa el varón. Bajo el amparo de dioses de sexo ignoto, esa ceremonia de la fluidez celebra una libertad. La que cada individuo posee de transmutarse en otro, con diferente género, con distinta edad, con vínculos cambiantes. De ese modo, se superan las rejas que lo encasillan en una identidad única. Los papeles rígidos, los afectos clasificados, las interdicciones contra el juego, quedan atrás. Las prohibiciones que inhiben las infinitas posibilidades de deseo y amor, estallan. El resultado es la jorá: regreso a lo que está antes del asco, antes del ridículo, antes de la vergüenza. Los tres personajes se ríen, se bañan de paz y se quedan dormidos.

¿Es tan profundo el cambio?

En su novela El perfume (1985), Patrick Süskind muestra una vendedora de pescado del siglo XVIII. La mujer es soltera y deja morir a sus hijos cuando nacen. Pero el quinto, unos instantes después del alumbramiento se echa a llorar vigorosamente. La mujer se ve descubierta. Es procesada por infanticidio múltiple y decapitada en la Place de Grève. A nadie se le ocurre preguntar por los padres de esos niños.

Hasta hoy, en la sociedad uruguaya y en muchas otras, ante la ley, la madre es la principal o la única responsable de sus hijos. En marzo de 1.997, el juez Silvestre Barreda envió a la cárcel, por homicidio culposo, a Juana Echart, quien había salido a buscar clientes en un baile. Dejó encerrados en su rancho de lata a sus siete hijos, de entre doce años y pocos meses. El tugurio se incendió y los niños murieron. Juana fue a la cárcel. Mientras la llevaban presa, varios vecinos se reunieron a insultarla: ramera, delincuente.

Ella misma pertenecía a una familia de muchos hermanos. La madre les pegaba y, a veces, los hacía dormir fuera de la casilla. A su hermana, de dieciséis años, la mató el marido. A la Peluda (Juana) con matarla sería poco, era una cualquiera que hasta una vez se trajo un hombre al fondo de mi casa. No era prostituta declarada, pero todo el mundo sabía que hacía la calle, sentencia un habitante del barrio. Luego se contradice: Aunque también hay que tomar en cuenta que nadie hizo nunca nada por ayudarla. La prensa oficial se ofusca: Madre desnaturalizada. No dio ninguna señal de sensibilidad frente a la tragedia. Es totalmente normal, imputable ante la ley. Hay premura en castigar. La solidaridad, en cambio, es desidiosa. Un tío de Juana comenta: Se le negaron chapas para que no se le lloviera el rancho. Pero ya le regalaron los siete nichos.

Otros periódicos informan acerca de las condiciones en que vivía la familia. Describen el pasado de dolor y abandono de la condenada, que la ley no tiene en cuenta. Algunos cronistas recogen testimonios significativos: Hacía la calle porque no tenía otra. Los hijos siempre fueron a la cama limpios y con su trago de leche.

Un corresponsal de la revista Tres la entrevista en el Establecimiento de Recuperación Regional en Cañitas, en Fray Bentos. El pelo recién tundido, el vientre ya señalado por una nueva gestación, Juana llora durante toda el coloquio, donde los recuerdos surgen, inconexos. No es una asesina. En las fiestas sacaba bonos del Club de Leones para regalarles juguetes a sus niños. Siempre les enseñó a respetar a la gente, a no tocar lo ajeno. Los más grandes cuidaban a los más chicos. Como ella quien, de niña, había cuidado a sus hermanitos. Pero no podía acompañarlos: tenía que traer comida. Cuando no entendían algo en la escuela, les hacía los deberes aunque la maestra se diera cuenta.

Pide que la visiten: vive aguijada por el miedo: Todos me dicen que tengo que olvidarme. Pero ¿cómo hago para olvidarme?

Según el juez, el caso es claro: Tuvo un comportamiento de total descuido, de desatención de sus poderes mentales en cuanto a que era totalmente inoportuno e inconveniente dejar siete niños encerrados en su vivienda. Hay imprudencia, temeridad y ligereza en sus acciones sin cautela. Dicha conducta encuadra dentro del tipo legal previsto y tipificado en el artículo 314 del código penal.

Esos niños tenían padres conocidos. Algunos la abandonaron ni bien alumbró. Otro le daba una pequeña suma para la comida del chico que era suyo. Ninguno se ocupó de vivienda, ropa, escuela, compañía y diario cuidado.

Mucho más avanzado que el tiempo en el cual vivimos, un informante de noventa y un años se indigna: Si yo hubiera sido el juez, habría mandado presos a los padres de todos esos botijas. En cambio, los vecinos, muchos periodistas, el juez coinciden. Los padres que abandonan no son imprudentes, temerarios ni ligeros. No desatienden sus poderes mentales en cuanto a que es totalmente inconveniente dejar a una madre carenciada con uno, dos, muchos hijos y una mínima o ninguna asistencia. Nadie les dice que traten de olvidar porque jamás se piensa que tengan que recordar algo.

En Montevideo, un año después deja desdicha de Juana Echart, en un cantegril de Piedras Blancas, un padre que vive solo con sus dos niños de dos y tres años, abandona momentáneamente el tugurio que, en pocos minutos, es arrasado por el fuego. El hecho, calificado de trágico, ocupa una pequeña superficie de la página policial. No hay impugnación, porque no hay madre.

Este libro no pretende establecer teoría alguna sobre hechos de extrema complejidad y dolor. Sólo quisiera contribuir a la sensibilización. Los embarazos múltiples y la múltiple crianza no sólo son compromiso de la madre. La paternidad, aunque sobrevenga después de un encuentro ocasional, supone responsabilidad. Las consecuencias de la falta de compromiso paterno deberían abrir un espacio nuevo a la reflexión acerca de qué significa ser hombre y mujer.

Nuevos padres

Al mismo tiempo, en diversos sectores sociales, incluso en Uruguay, el derecho a convivir y cuidar de los niños en caso de separación es sentido, más y más, como un derecho del varón. El filme Kramer versus Kramer (1979) ya muestra esos nuevos significados de la paternación. Casado, Ted Kramer (Dustin Hoffman) se encuentra blindado tras su deseo de hacer carrera. Y lo está logrando. Antes del matrimonio, su esposa Joanna (Meryl Streep) también se desempeñaba como profesional. Joanna desea que las responsabilidades parentales se compartan, de modo que ella pueda volver al trabajo.

Cuando la mujer lo abandona y debe asumir el cuidado de su pequeño hijo Billy, Kramer ya no enfrenta con el mismo titilamiento sus responsabilidades laborales. Como lo sugiere su jefe, podría entregar el chico a algún pariente y continuar su ascendente carrera. Delante de él se abre un panorama tachonado de angustia. Pero también de ignorado deleite: hacer de comer al hijo, compartir su cama o tenerlo en brazos hasta que el sueño sobreviene, cuidarlo cuando está enfermo o permanecer sufriendo a su lado mientras le suturan una herida, llevarlo en vilo hasta su dormitorio, como castigo, para hacer una paz llena de caricias una hora más tarde, pasearlo a horcajadas, estrecharlo en un momento de preocupación o de paz.

La madre, quien ha logrado un sueldo superior al del ex marido, regresa para reclamar al niño. A Dustin Hoffman le corresponde entonces pronunciar un parlamento donde se condensan los cambios de significado que'atraviesa la sociedad actual: Una mujer tiene derecho a las mismas ambiciones y es capaz de cumplirlas con igual altura que un hombre. Pero un hombre posee la aptitud para desarrollar su potencial de tolerancia, paciencia y ternura en idéntico grado que una mujer. Por lo tanto, tiene el mismo derecho a la tenencia de un hijo que su madre.

 

El juez no tiene un espacio interno de receptividad para esas palabras. Según él, la madre es la compañía natural de un niño de siete años. Joanna recibe la tenencia legal de su hijo.

 

Mientras tanto, Billy se ha habituado a la ternura del padre y pregunta, con angustia, acerca de la hora de mayor intimidad y entrega: -¿Quién me leerá en la cama? ¿Quién me dará el beso de buenas noches?

 

Luego, en broma pero también, acaso, porque su particular experiencia de paternaje le ha conferido madurez, agrega: -Papi, si de noche te sientes solo, puedes llamarme.

 

 

Marcel Marceau
Eduardo Vernazza, 1983
 

Georgia O'Keeffe y su perro

A mi amiga la cineasta Suzanne Smith le debo esta encantadora historia autobiográfica. En la noche de su octavo aniversario, Suzanne pregunta a su mamá:

-Ya soy grande: ¿estará bien que continúe durmiendo con mi osito? La madre responde: -Todos necesitamos dormir con alguien. Yo también soy grande y duermo con papi.

Esa madre sensible capta el miedo que siente la niña. Prescindir de la caricia del osito connota arriesgarse a experimentar el sentimiento de abandono que suele atravesar la oscura noche humana.

Sin embargo, la mamá no es suficientemente madura como para señalar que tal desprendimiento está lleno de otros significados. Si no aprende a dormir sola, la niña no podrá acceder a un “papi”, en el sentido que la mamá le atribuye a la palabra. O permanecerá ajena a distintas formas de afectividad. O a diferentes modos de estar consigo misma. La presencia del osito, si se prolonga, entraña peligros. Puede influir para que las posibilidades de crecer, con sus múltiples formas de fecundidad (biológica, intelectual, espiritual, emocional y tantas otras), se estanquen.

La soledad del mundo

Sin embargo, el miedo a no tener alguien a quien abrazar durante la noche, parece soplar como fantasma plagado de simbolismos ominosos bajo los cielos de Occidente. Numerosas películas dan testimonio de tal sentimiento. En 1967, Ingmar Bergman filma Vargtimmen [La hora del lobo). En esa película, un pintor (Max von Sidow) no sólo no soporta dormir solo. Necesita que su compañera lo acompañe despierta, muy cerca de él, mientras ilumina con fósforos la cúspide de la noche. Las sombras que filma el camarógrafo Sven Nykvist reflejan esa hora del lobo. Es el lapso en que muere más gente y en que nacen más niños. Hubo un tiempo en que las noches eran para dormir profundamente, para soñar y despertar sin temores, recuerda el artista. Pero ahora la noche se ha vuelto la incesante evocación del comienzo y el final de la vida humana, experimentada como solitaria, absurda, imprevisiblemente violenta. Con esa vida a cuestas, rodeado de otras vidas que, en su aislamiento, lo aterran, el pintor musita: Dormido tendría pesadillas. Despierto tengo miedo. Ni siquiera la presencia de la compañera puede aliviarlo. Vuelve contra ella la furia que siente cernirse sobre el mundo. Después de intentar destruirla, la abandona.

Más tarde, en 1973, Bergman filma Scenerurett aktsenskap [Escenas de la vida conyugal). La pareja se casa, se separa, intenta reunirse y fracasa. Pasan muchos años. Ambos contraen matrimonio con otras personas. Pero su viejo amor se mantiene. De tanto en tanto, alquilan o piden prestada alguna casa solitaria para recogerse en su intimidad.

En la última escena de la película, mientras yacen abrazados, Johan habla de fracasos, miedos, cansancio vital. Marianne, en cambio, hace gala de fuerza, sentido común, sentimientos. Luego llega el sueño. Los gritos de Marianne lo interrumpen, desmintiendo su confortable instalación en la vida.

La pesadilla tiene un lenguaje táctil. En ella, Marianne, Johan y las hijas de ambos deben atravesar un lugar peligroso. Marianne les pide a todos que se den las manos. Pero descubre que ella sólo tiene muñones. En consecuencia, no hay sentido en el mundo.

Así, lo que atribuiría un significado básico al universo sería el hecho de que sus habitantes pudiesen asirse mutuamente. La mujer siente que tal posibilidad no existe.

A partir de la metáfora contenida en su íncubo, Marianne habla a Johan de su percepción de un mundo atravesado por la confusión total: miedo, inseguridad, insensatez. Sólo vamos cuesta abajo sin saber qué hacer. Johan tiene una percepción idéntica. Pero considera que la misma debe permanecer innominada: Está en nosotros. Pero no debemos hablar de ella.

No obstante, aun si ambos reconocen no saber mucho del amor que sienten, no tener mucha capacidad para recibir el amor que les dan, ese amor los conforta. Sobre todo en la medida en que, en alguna casa oscura de algún lugar del mundo, podemos acurrucarnos uno contra otro. El contacto de dos seres triunfa, aunque sea precariamente, sobre un universo sentido como inmensamente agresivo, incomprensible y solitario.

En 1987, Woody Allen filma September (Setiembre), una película que incluye una significativa escena entre un escritor y un físico. Estos hablan sobre la casualidad del universo. Como prolongación metonímica de tal diálogo, se ocupan de un juego de azar.

Peter, el escritor, desea averiguar si Lloyd, el físico, ha trabajado en la bomba atómica. Pero éste elude la pregunta.

-¿Hay algo más terrible que la destrucción del planeta?, se pregunta Peter.

-Sí, responde Lloyd. Saber que no importa. Que todo está hecho al azar. Que se origina en la nada y desaparece para siempre.

Y añade algo que agrega un significado decisivo a su tajante afirmación: -Me pagan por probarlo.

El escritor quiere saber si, según Lloyd, no existe una mínima vislumbre de misterio: -¿Cuándo ves los millones de estrellas te sientes seguro de que nada importa?

Lloyd reconoce que los astros evocan una profunda verdad que elude la comprensión. Pero entonces se impone su perspectiva profesional: entiende lo que el universo realmente es. Fortuito, moralmente neutro e inimaginablemente violento.

Semejante atribución de sinsentido requiere el consuelo inmediato de la caricia. Por tal motivo, Peter se niega a continuar la conversación. Porque debe dormir solo. Y Lloyd explica su matrimonio a través de la supuesta toxicidad cósmica: -A causa de eso me aferró a Diane y me considero muy afortunado. Es tibia, vital y me abraza mientras duermo.

Si no hay un semejante a quien enlazarse, el individuo occidental siente todo el peso de su abandono, en un mundo que percibe como aleatorio y virulento. Y el encuentro con ese semejante se hace más y más difícil. En tal mundo, la soledad lo desgarra.

La caricia según la ciencia

Sin embargo, la física actual no describe el Universo como lo hace Lloyd (a pesar de que le paguen buen dinero por su descripción). En su obra póstuma Miles de millones, el científico judío Carl Sagan despliega un paisaje bien diferente. En nuestro planeta ningún ser viviente, humano, planta, caballo, simio, invertebrado, está solo. Todos dependemos mutuamente, todos respiramos y comemos los desechos de los demás. La luz atraviesa el aire para que las plantas la recojan, la procesen y la transformen en alimento de animales. En tal cadena, nada es accidental.

Lo que reviste de violencia al planeta es la incuria humana. Con la lluvia ácida, la disminución del ozono, la destrucción del Amazonas, la desaparición de espacios de vida salvaje bajo la incesante expansión del hombre, este mundo nada contingente puede transformarse en caótico.

Sin embargo, durante tres mil millones de años, las algas, luego las plantas, los animales y el hombre, han labrado juntos una existencia de cooperación. La naturaleza de los seres vivos destinados a continuar, está en esa cooperación, con su dolor y su promesa.

Los seres humanos habitamos el planeta hace apenas unos escasos millones de años. Nuestra sobreestimada técnica data de pocos siglos. En los últimos tiempos estamos perdiendo la memoria en lo que se refiere a cooperación entre nosotros mismos. Y, para nuestro propio peligro, no recordamos que debemos cooperar con los seres no humanos.

Las palabras de Génesis

Por su parte, como lo destaca Carl Sagan, la comunidad de científicos no ha reflexionado demasiado sobre las consecuencias a largo plazo de la tecnología, primer ídolo de nuestro tiempo. No solamente se han inventado armas de altísimo poder letal y se han vendido al mejor postor.

La ciencia se jacta de estar parada sobre una tradición que desprecia la naturaleza, al varón no blanco y a muchas cualidades propias del varón blanco. Aristóteles sostiene que la naturaleza ha creado los demás animales en beneficio del hombre. Immanuel Kant afirma que, sin el hombre, la creación entera sería un simple yermo. René Descartes señala que debemos hacernos dueños y poseedores de la naturaleza. Pero, además, en la misma línea que los filósofos antes mencionados, Descartes entroniza la razón como la más alta cualidad humana.

Hoy sabemos que usamos una mínima parte de nuestro cerebro. En consecuencia, poseemos cualidades que ni siquiera sospechamos. Empezamos a vislumbrar que existen otras formas de inteligir el mundo. Tales abordajes nada tienen que ver con la razón. No obstante, en nombre de la razón, hemos ultrajado y destruido múltiples culturas, que se relacionaban con el Universo a través de signos no racionales. Afirmándonos en nuestra superioridad racional, hemos hecho desaparecer, sin comprenderlas, a miles de especies cuya existencia era básica para nuestra vida.

Siempre según Sagan, acaso, el origen de esa tenaz inclemencia contra la vida encuentre su origen en el Génesis bíblico. En Génesis 1: 26 Dios dice: Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza, y que domine sobre los peces del mar, los pájaros del cielo, las bestias... Más adelante, en 1: 28 insiste: Dios ... dijo: llenad la tierra y sometedla; dominad sobre los peces del mar, sobre los poyaros del cielo y todos los animales que moran sobre la faz de la tierra.

En el versículo 26, el verbo usado es irdu: señoreen, gobiernen. En el versículo 28, la expresión es kibshua urredu. Kibshua significa conquístenla. Urredu, como irdu, vienen de la raíz radá, cuya primera acepción es shalat gobernar. La segunda acepción es mashal: tener autoridad. Según el Diccionario hebreo de Even, la tercera acepción es más dura aún: shieved, que significa esclavizar. La predilección celestial por el ser humano se manifiesta a través de la autoridad descontrolada que se le otorga. Según dice el escritor israelí Noam Zion en su trabajo “Adam rey de los animales”, la esencia del ser humano en Génesis 1 es ver al mundo como una cosa para su propio aprovechamiento: Su éxito económico, técnico y militar refuerzan en él la certeza de que su Dios aprueba el camino que emprendió, dado que él actúa de acuerdo con el espíritu del Mandamiento primigenio que Él le ordenó.

De acuerdo con el espíritu del Midrash (interpretación), este Adam siente que todo el mundo se formó para que él, creado a Su imagen, venga a lo preparado como Invitado de Honor. Filón de Alejandría escribió sobre él: “Fue la última de todas las criaturas para que su aparición ante los otros seres vivos los volviera temerosos, porque el objetivo fue que al percibirlo, todos los demás habitantes de la tierra lo erigieran como gobernante y líder del mundo.

Tal visión ha sido descontextualizada del marco bíblico y del aporte de numerosos pensadores y poetas judeo cristianos. Como las religiones en su conjunto, tanto en varios libros de la Biblia como en numerosos textos que siguen su tradición, el judeo-cristianismo habla de religar las diversas formas de la vida.

Reinar es amar

La más antigua traducción griega de la Biblia o Targum Hashivim es también conocida como la Versión de los Setenta.

De acuerdo con el relato legendario que aparece en la Carta de Aristeas, el rey Ptolomeo de Egipto invita a setenta y dos eruditos de Judea para preparar una versión griega de los cinco primeros libros de la Biblia.

Refiriéndose a la Versión de los Setenta, el teólogo argentino Orlando Yorio (1932-2000) da una interpretación franciscana de las Escrituras. Así, señala ciertas palabras que le parecen claves para comprender el texto según los Setenta. Una de ellas es oikonomía. Este vocablo está compuesto por dos términos. Uno es oikós, casa. En el contexto bíblico, oikós representaría el gran ámbito de la vida. El otro, nomos, significa ley. En el plano bíblico, nomos se referiría al gran designio de Dios relacionado con el ámbito de la vida, donde hay un proceso entre existencia, amor y paso a una vida sin límites.

Otra de las palabras llaves sería doxa, no en el sentido de norma sino en el de apariencia, mostración. Así, doxa puede traducirse como gloria, manifestación de Dios en la vida de la naturaleza y en el corazón humano. El verbo que corresponde al sustantivo doxa es dokeo: aparecer. Dokeo es revelación dinámica de aletheia: verdad, bienaventuranza, brillo, descubrimiento pleno.

Según Yorio, la traducción al griego del término hebreo irdu, urreo, hecha por los Setenta, constituye una interpretación muy alejada de los conceptos de dominar o conquistar. Efectivamente, los Setenta podrían haber elegido el término kratein: ejercer la fuerza, el poder. O la palabra tyrannein: gobernar con despotismo. Pero escogen kyriakein. Ahora bien, el sustantivo seleccionado para designar a Dios en griego es Kirios, rey.

En la visión de Yorio, es rey no quien manda sino quien sirve, cuida, protege. Reinar es amar. Y lo que ese Kirios ordena al hombre en los versículos 26 y 28 es, kyriakein, transformar en dinamismo su esencia divina de amparo y amor. De ese modo, las aves, los peces y todas las criaturas, por medio del vehículo humano, de kyriakein, se mantienen en la esencia de su Ser. A través del kyriakein, del reinar humano, se haría posible el Kabod Hhvh, el don, la gloria de Dios. La acción humana de reinar sería solamente un instrumento a través del cual fluiría ese don.

En ese sentido, Yorio compara el Génesis bíblico con la Cosmogonía guaraní. De acuerdo con los guaraníes, la tierra está segura porque hay cuatro grandes palmas que la asen al cielo. Existe una quinta, central, que permite subir y bajar, mantener un contacto fluido entre cielo y tierra. De ese modo, es posible una comunicación siempre renovada entre los distintos niveles de la vida. En la visión de Yorio, el reinado que se atribuye al hombre en Génesis sería como una de esas palmas. No habría allí armas ni leños de castigo. Habría una belleza al modo de las palmeras flexibles, que no se quiebran sino que se mecen. En su balanceo, hacen posible la comunicación y universal ternura entre quienes son almas y entre quienes aun son cuerpos, entre humanos y animales, entre bosques y piedras, un acariciarse general de la vida.

Encuentro de manos y de madre

Los poetas han proclamado largamente la unión entre todos los seres. Así, en el siglo XVII, John Donne afirma que Ningún hombre es una isla. Estoy envuelto en la humanidad dice, como si todo él fuese mano que se tiende para acariciar sin distinciones.

En Dakar, Senegal viven cuatro pueblos: los diolá, los peul, los serere y los wolof. Cuando una familia de cualquiera de esas etnias se reúne a comer, la gran olla de barro se deposita sobre la tierra. A veces, sólo contiene cous-cous, una preparación de trigo. En épocas de mayor abundancia, ese cous-cous está enriquecido con mandioca, tomates, cebollas, setas, zapallitos de diversas variedades, berenjenas. Hasta se lo baña con una salsa de maní y pimientas roja y negra, que se disuelve en leche.

Los comensales se sientan en el suelo y toman el alimento con los manos. Las dueñas de casa nunca preguntan cuántos serán. Puede llegar un primo de improviso. Se suele sumar un vecino a último momento. Hasta acaece que un desconocido sea invitado a entrar.

Cada gesto tiene un significado. Sentarse sobre la tierra es como recogerse sobre el regazo de la madre y sentir su caricia vigorizante. La comida no se recoge con un cubierto sino directamente con la mano. Es necesario sentir en esa mano el seno dadivoso de la tierra, la madre. Hay otro motivo para no usar cubiertos: lo que la madre da, no se separa en porciones. Constituye un único fluir entre los hijos que van apareciendo.

Cuando inicié mi amistad con el actual ministro de comunicación de Senegal, Cheriff Elvalide Seye, ambos estudiábamos en París. Su conocimiento de la ciudad, el idioma y la literatura francófona eran muy superiores a los míos. Sin embargo, sentía que, hasta cierto punto, él era, en Francia, más extranjero que yo.

-¿Qué es lo que más te choca de Occidente?, le pregunté un día.

-Muchas cosas, me contestó. Pero tal vez la más cotidiana sean los hábitos de mesa. Para nosotros, comer no es guarecernos en platos aislados. Jamás se nos ocurre contar los comensales, por pobres que seamos. No mediatizamos con cubiertos nuestros alimentos. Comer es encuentro de manos y de madre. Comer es una gran caricia que nos permite curarnos de las aflicciones del día. Mientras comemos, nos aseguramos de que no estamos desamparados, de que nos mantenemos en contacto.

El diario senegalés Le Soleil respaldaba al entonces Presidente de Senegal, Leopold Sedar Senghor, nominado al Premio Nobel de Literatura. En 1980, Le Soleil publicó una conversación con un psicoanalista freudiano que abandonaba definitivamente el país. El periodista responsable era Seye. He aquí su pregunta central: -¿Por qué un psicoanalista no quiere vivir en Senegal?

La respuesta aporta muchas hebras de reflexión a nuestro mundo. En esa respuesta, el psicoterapeuta habla del dolor de los senegaleses, motivado por enfermedades, duelos, pobreza. Pero, dice, no encuentro en ellos sentimiento de angustia. ¿Cómo podría haberlo? Aun cuando haya poco que comer, a pesar de las incontables congojas que suman los días, cotidianamente los senegaleses se sientan en el regazo de la madre, tocan su pecho, rozan los dedos de sus hermanos. Si el ser humano no puede evitar el dolor, esa gran caricia simbólica, ese diario contacto con el cosmos lo preserva de la angustia.

...Me muestran el parentesco que tienen conmigo

Frente a los hombres sudados de angustia en el hoyo de su desamparo, Walt Whitman piensa en los animales que No preguntan, ni se quejan de su condición;/no andan despiertos por la noche,/ ni lloran por sus pecados/ Y no me molestan discutiendo sus deberes para con Dios./ No hay ninguno descontento, / ni ganado por la locura de poseer cosas.

El poema se inicia con la expresión de una gran creencia fraterna: Creo que podría volverme a vivir con los animales. Y continúa con un elogio donde la caricia aflora leve como el contacto ocular: Me puedo quedar mirándolos/ días y días sin cansarme. El poeta siente esa caricia dentro de sí, en la raíz de su identidad: Me muestran el parentesco que tienen conmigo... me traen pruebas de mí mismo.

Por la ley del universo

Pero tal vez en pocas obras se sienta el abrazo universal con tal vigor como en la del profeta Shelley. tú yo, le grita al viento.

Al denunciar, hace dos siglos, las consecuencias de la industria a mansalva, Shelley anuncia el progresivo desamparo humano. Augura que, a través del uso insensato de la técnica, el hombre se sentirá divorciado de la gran tendencia cósmica. En su “Filosofía del amor” vuelve la mirada hacia las fuerzas universales: ríos, fuentes y océanos que se mezclan, vientos que se unen con el cielo, montañas que tocan el infinito, abrazos de olas, tierras y rayos. Y también el beso de las flores y el roce de las más tenues criaturas.

Shelley acusa a un imperio que invade pueblos, al inescrupuloso afán de lucro, a la ciencia sin responsabilidad, que dejan al hombre cara a cara con la soledad que viene a herirlo. Y que amenazan con destruir la gran caricia del Universo.

Sin embargo, en su Oda al Viento del Oeste, el poeta se pregunta: Sí el Invierno viene, ¿puede estar muy lejos la Primavera?

De ese modo, espera una relación de respeto que incluya humanos de todas las culturas y no humanos. Si el ser humano se siente hermano de su semejante en una cultura diferente, si puede hermanarse con el gorila y con la grulla, con la roca y con el salvaje Viento del Oeste, ese ser humano es libre. Libre para amar, no según las clasificaciones y dictados de una sociedad. Libre para inventar nuevas, infinitas formas de amor. Sin infamias, sin castigos, sin escarnios, sin violencia, el hombre hermanado al Universo, puede ser más pacífico y transformarse en inventor de caricias.

Tejiendo caricias

En la década de los cuarenta, mi padre pasaba muchas horas estudiando cosmografía para acceder a un puesto en Enseñanza Secundaria. Pero era impropio de su naturaleza hacer cosas con un fin utilitario. Pronto se enamoró de las estrellas. Él y mi madre dedicaban mucho tiempo al cielo estrellado. Mientras mi padre localizaba los astros, ella le decía en voz alta lo que los poetas habían declarado a las estrellas. Y los perros que ambos adoptaban iban adquiriendo nombres de asteroides, meteoros, planetas. O el de la oscura noche. A través de la nominación, mis padres tejían caricias entre los seres del Universo. En consecuencia, este libro no es sino la formulación de un deseo: el de un mayor respeto, una mayor entrega, una mejor libertad, humana y cósmica, en el intercambio de caricias.

Escalera a la luna
Georgia O´Keeffe, 1958

Obras consultadas

Abraham, T. et al.. Batallas éticas, Buenos Aires, Nueva Vision, 1997.

Ackerman, D., Una historia natural de los sentidos, Barcelona, Anagrama, 1992.

Ackerman, D., Una historia natural del amor, Barcelona, Anagrama, 2000.

Achebe, Ch., Things/aU. apart, Londres, Ibadan, Nairobi, Heinemann, 1984.

Alonso, F., Gary Cooper, Barcelona, Royal Books, 1994.

Allen, Woody, September (Setiembre). Con Diane Weist, Mia Farrow. Estados Unidos, 1987.

Allende, I., La casa de los espíritus, Buenos Aires, Sudamericana, 1994.

Allende, I., Paula, Buenos Aires, Sudamericana, 1994.

Andacht, F., “Hacia una fundación semiótica de la imaginación: el fundamento de Ch. S. Peirce”, Congreso Internacional de Estudios Semióticos, Guadalajara, México, 1997.

Ardyn Boon, S., Radiance from the waters. Ideáis offeminine beauty in mende art, Londres, New Haven, Yale University Press, 1986.

Ariés, Ph., L'enfant et la vie familiale sous l’Ancien Régime, Paris, Seuil, 1975.

Badinter, E., XY. La identidad masculina, Madrid, Alianza, 1993.

Badiou, A., Manifiesto por la filosofía, Buenos Aires, Nueva Vision, 1990.

Barrán, J. P., Historia de la sensibilidad en el Uruguay. El disciplinamiento (1860- 1920), Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 1991, Vol. II.

Bakhtine, M., Esthétique et théorie du roman, Paris, Gallimard, 1978.

Beauvoir, Simone de. Le deuxième sexe. L'expérience vécue, Paris, Gallimard, 1952, Vol. II.

Benton, R. (dir), Kramer versus Kramer. Con Dustln Hoffman, Meryl Streep, Justin Henry. Estados Unidos, 1979.

Berenstein. 1. (comp.). Clínica familiar y psicoanálisis, Buenos Aires, Barcelona, México, Paidós, 2000.

Bergman, I.. Nattvardsgâstema (Luz de invierno). Con Gunnar Bjôrnstand, Ingrid Thulin. Suecia, 1962.

Bergman, I., Hostsonaten (Sonata de otoño). Con Liv Ulman, Ingrid Bergman. Suecia, 1978.

Bergman, I., Vargtimmer [La hora del lobo). Con Max von Sidow, Liv Ullman, Ingrid Thulln. Suecia, 1967.

•Bergman, I., Scener ur ett aktsenskap (Escenas de la vida conyugal). Con Liv Ullman, Erland Josephson. Suecia, 1973.

Berlinerblau, V., “Abuso sexual Infantil” en Berlinerblau, V. et al., Violencia familiar y abuso sexual, Buenos Aires, Paidós, 1998.

Bettelheim, B., Psychanalyse des contes de fées, París, Robert Laffont, 1976.

Biblia de Jerusalén, Bilbao, Desclée de Brower, 1966.

Biedermann, H., Diccionario de símbolos, Barcelona, Buenos Aires, México, Paidós, 1993.

Bjórkman, S., El nuevo cine sueco, Buenos Aires, Crisis, 1974.

Bloom, S., Dedicado a los primates, Kónen Verlag, 1999.

Bolognini, M., Jl belV Antonio. Con Marcello Mastroiani, Claudia Cardinale, Pierre Brasseur. 1970.

Bonnefoy, Y. (comp.). Diccionario de tas mitologías. Desde la prehistoria hasta la civilización egipcia, Barcelona, Destino, 1996, Vol. I.

Borges, J. L., “Historia universal de la Infamia”, en Obras Completas, Buenos Aires, Emecé, 1994, Vol I.

Borges, J. L., “La intrusa”, “El informe de Brodle”, en Obras Completas, Buenos Aires, Emecé, 1994, Vol II.

Borges, J. L., “La moneda de hierro”, en Obras Completas, Buenos Aires, Emecé, 1994, Vol III.

Boyle, D. {dir.), Trainspotting (Sin límites). Con Ewan Me Gregor, Robert Carlyle. Gran Bretaña 1996.

Brancati, V., II bell' Antonio, Milán, Bompiani, 1976.

Brunet, M., Humo hacia el sur, Santiago de Chile, Cruz del Sur, 1943.

Byron, G. N, Poetical Works, Londres, Oxford University Press, 1967.

Carpentier, A., “Semejante a la noche” en Guerra del tiempo y otros relatos, Ma­drid, Alianza, 1987.

Cirlot, J. E., Diccionario de símbolos, Madrid, Siruela, 1997.

Coma, J., La gran caravana del Western. Las 100 mejores películas del Oeste, Madrid, Alianza, 1996.

Corson, S. A. et al., "The socialization role of pet animals in nursing homes: an experiment in nonverbal communication therapy” en Montagu, Ashley, Touching. The human significance of the skin, Nueva York, Harper & Row, 1986.

Cortázar, J., Rayuelo, Alianza, Madrid, 1996.

Cowie, P., Swedish cinema, from Ingebor Holm to Fanny and Alexander, Lon­dres, 1997.

Cuisenier, J. et al.. L'homme et son corps, Paris, Edition de la réunion de musées nacionaux, 1978.

Chevalier, J. y Gheerbrant, A., Diccionario de los símbolos, Barcelona, Gerder, 1988.

Daves, D., The hunging tree (El árbol del ahorcado). Con Gary Cooper, Maria Schell. Estados Unidos, 1959.

Darwin, E., Zoonomia, or the laws of organic life, Londres, J. Johnson, 1801, Vol. I.

de Chateaubriand, R., “René” en Oeuvres Complètes, Paris, Gamier, 1929.

de la Guardia, A., El verdadero Byron, Buenos Aires, Santiago Rueda, 1959.

Demy, J. (dir.), Peau d'âne (Piel de asno). Con Catherine Deneuve, Jacques Perrin, Jean Marais y Delphine Seyrig. Francia, 1971.

Derby, A., Byron, English life publications, 1974.

Diaz Guerrero, R., “La evolución del precepto de la virginidad” en Este País N° 30. mayo, 2000.

Diccionario de la lengua española. Espasa Calpe, Madrid, 1992.

Diccionario de María Moliner, Madrid, Gredos, 1986.

Diccionario enciclopédico hispanoamericano, Montaner y Simon, Barcelona, Vol XIV, s.a.

Dictionnaire étymologique, París, Larousse, 1971,

Diccionario etimológico comparado de nombres de persona, México, UTHEA, 1956.

Diccionario hebreo de Even Shoshan, Jerusalén, Kriat-Sefer, 1974. Trad, oral Ianai Silverstein.

Diccionario ideológico de la lengua española, Barcelona, Gustavo Gili, 1942.

Diccionario latino español etimológico, Agustín Jubera. Madrid, 1884.

Dictionary of visual art. www. artlex. com

Diccionnaire Larousse, París, Larousse, 1991.

Eliade, M., Historia de las creencias y las ideas religiosas. De la Edad de Piedra a los Misterios de Eleusis, Barcelona, Buenos Aires, México, Paidós, 1999, Vol. I.

Fisher, H. E., Anatomía del amor. Historia natural de la monogomia, el adulterio y el divorcio, Barcelona, Anagrama, 1992.

Flandrin, J.-L., La moral sexual en Occidente. Evolución de las actitudes y com­portamientos, Barcelona, Juan Granica, 1984.

Fontanler, P., Les figures du discours. Introduction par Gérard Genette, Paris, Flammarion, 1977.

Ford, J., Tis pity she’s a whore; Londres, T. Fisher Unwin, s. a.

Freud, A., Normality and pathology in children, Nueva York, International University Press, 1965.

Freud, S.. “Conferencias de introducción al psicoanálisis” en Obras Completas, Buenos Aires, Amorrortu, 1986, Vol XVH.

Freud, S., “La femineidad" en Obras Completas, Buenos Aires, Amorrortu, 198( Vol XXII.

Freud, S., “Sexualidad femenina" en Obras Completas, Buenos Aires, Amorrorti 1986, Vol XXI.

Freud, S., “Malestar en la cultura” en Obras Completas, Buenos Aires, Amorrorti 1986, Vol XXI.

Froula, C„ “The evolution of Daughter-Father relationships in Mexican-America culture en L. E. Booseand y B. S. Flowers (ed.). Daughters and Fathers, Lor dres, The John Hopkins University Press, 1989.

García Lorca, F., “Bodas de sangre" (1933) en Obras Completas, Madrid, Aguila 1965.

García Márquez, G., Cien años de soledad, Buenos Aires, Sudamericana, 197]

Gatti, J. C. y J. E. Cardama, Manual de dermatología, Buenos Aires, El Atenet 1984.

Gomensoro, A. et al., Ser varón en el dos míL La crisis del modelo tradicional d masculinidad y sus repercusiones, Montevideo, 1998.

Goodall, J., Through a window. 30 years with the chimpanzees of Gombe, Londres, George Weidenfeld & Nicholson, 1990.

Guamieri, J. C., Diccionario del lenguaje rioplatense, Montevideo, 1967.

Guía de mariposas, Barcelona, Grijalbo, 1989.

Guías visuales, “Anfibios y reptiles", Barcelona, Océano, 1999.

Guías visuales, “Aves, Barcelona", Océano, 1999.

Guías visuales, “Invertebrados”, Barcelona, Océano, 1999.

Guias visuales, “Mamíferos”, Barcelona, Océano, 2000.

Guías visuales, “Minerales y rocas", Barcelona, Océano, 2000.

Guías visuales, “Peces y procordados", Barcelona, Océano, 1998.

Guías visuales, "Plantas con flor”, Barcelona, Océano, 1999.

Hardy, Th., Tess d’ Urbervilles, Londres, Harmondsworth, 1994.

Hamsun, K., Pan. Av Loytnant Thomas Glahns papirer, Oslo, Gyldendal Nors! Forlag. 1955. Trad, oral Louise von Bergen.

Hamsun, K., Pan, Barcelona, Plaza y Janés, 1976.

Hemingway, E., The complete stories, Nueva York, Harper & Row, 1980.

Hollender, M. H., “The wish to be held". Archives of General Psychiatry, 22 (197C

Joyce, J., Ulysses, Londres, Badley Head, 1960.

Kristeva, J., La révolution du langage poétique, Paris, Seuil, 1974.

Kristeva, J., Polylogue, Paris, Seuil, 1977.

Kristeva, J., Pouvoirs de l’horreur. Traité sur l’abjection, Paris, Seuil, 1980.

Kristeva, J., Soleil noir. Dépresion et mélancolie, Paris, Denoël, 1987.

Kubrick, S. (dlr.), Lolita. Con James Mason, Shelley Winters, Sue Lyon. Grai Bretaña, 1962.

Kundera, M., L‘ insoutenable légèreté de l'être, Paris, Gallimard, 1989.

Lampedusa. G. T. de, Jl Gattopardo, Milán, Feltrinelli, 1958.

Levy, L. (éd.), Society, stress and disease: aging and old age, Nueva York, Oxfon University Press, 1977.

Levinson, B. M., Pet-oriented childpsycotherapy, Springfield, Charles C. Thomas 1969.

Levison, B. M., Pets and human development, Springfield, Charles C. Thomas 1972.

Lyne, A. (dir.), Lolita. Con Jeremy Irons, Melanie Griffith, Dominique Swain Gran Bretaña-Francia, 1999.

Mâle, L. (dir.). Souffle au coeur {Soplo al corazón). Con Benoît Ferreux, Léa Masari Francia, 1971.

Maltin, Leonard, Leonard Maltin's 2002 Movie & Video Guide, Nueva York, Signe Book, 2001.

Mann, A. (dir.), Man of the West [El hombre del oeste). Con Gary Cooper, Julk London, Lee J. Cobb. Estados

Mann, D., Butterfield 8. Con Elizabeth Taylor, Lawrence Harvey. Gran Bretaña- Estados Unidos, 1960.

Mann, Th., Stories of three decades, Nueva York, Alfred A. Knopf, 1936.

Mann, Th., Joseph and his brothers, Nueva York, Alfred A. Knopf, 1990, IV vol.

Mann, Th., The holy sinner, Nueva York, Alfred A. Knopf, 1951.

Mastandea, A., La otra Juana. Estrenada en El Galpón en 1993.

Maupassant, G. de. Une vie, París, Flammarion, 1974.

Maurois, A., Don Juan ou la vie de Byron, París, 1930.

3 Me Dougall, J., Alegato por cierta anormalidad, Barcelona, Petrel, 1982.

' Meneghetti, C., "Cuentos Inéditos”. Gentileza de la autora.

Miller, W. I., Anatomía del asco, Madrid, Taurus, 1998.

Moreira, H., Mu/en deseo y comunicación. Imágenes femeninas en la literatura y el cine, Montevideo, Linardi y Risso, 1992. (2da. ed. Arca, 1995)

Moreira, H., Cuerpo de mujer. Reflexión sobre lo vergonzante, Montevideo, Trilce, 1994.

Moreira, H., Antes del asco. Excremento, entre naturaleza y cultura, Montevideo, Trilce, 1998.

Montagu, A., Touching. The human significance of the skin, Nueva York, Harper & Row, 1986.

Morris, D., Cat watching, Londres, Nueva York, Random House, 1986.

Morris, D., El caballo. Comprenderlo y entenderlo, Barcelona, Plaza & Janés, 1990.

Morrison, T., Sula, Nueva York, Plume Books, 1973.

Mozart, W. A. y L. da Ponte, Don Giovanni, Brasilia, Phonogram, 1977.

Mulligan, R., To kill a mockingbird. Con Gregory Peck. Estados Unidos, 1962.

Nabokov, V., Lolita, Paris, Olympia Press, 1955.

Neruda, P., “Odas elementales” en Obras Completas, Losada, Buenos Aires, 1993, Vol II.

Neruda, P., Crepusculario, Buenos Aires, Losada, 1989.

Olivier, Ch., Los hijos de Yocasta. La huella de la madre, México, Fondo de Cul­tura Económica, 1984.

Onetti, J. C., “El pozo” en Obras Completas, Madrid, Aguilar, 1979.

Orozco, O., “Museo salvaje" (1974) en Obra poética, Buenos Aires, Corregidor, 1997.

Orozco, O., “Cantos a Berenice” (1977) en Obra poética, Buenos Aires, Corregi­dor, 1997.

Ovide, Les metamorphoses, París, Les Belles Lettres, 1954.

Oxford Dictionary of Current English, Londres, Oxford University Press, 1969.

Patroni Griffi, G. (dir.). Addiofratello crudele (Adiós hermano cruel). Con Charlotte Rampling, Oliver Tobias. Italia, 1970.

Peirce, Ch. S., The collected papers of Charles Sanders Peirce. The Belknap Press of Harvard University Press, Cambridge, Vol. I.

Perrault, Ch., Cuentos de viejas, Madrid, Ibero-afro-amerlcana, s. a.

Perrault. Ch., Contes. Textes établis et présentés par Marc Soriano. Paris, Flammarion. 1991.

Plato, Timaeus, Londres, Harvard University Press, 1955.

Plutarco, Vidas paralelas. Trad., Introducción y notas de Emilio Crespo Güemes, Barcelona, Bruguera, 1983.

Poesía erótica del Siglo de Oro, Barcelona, Crítica, 1984.

Polanski, R. (dir.), Chinatown. Con Jack Nicholson, Faye Dunaway, John Huston. Estados Unidos, 1974.

Polanski, R. (dir.), Tess. Con Nastasia Kinski. Estados Unidos, 1980.

Propp, V., Las raíces históricas del cuento, Madrid, Fundamentos, 1981.

Propp, V., Morfología del cuento, Madrid, Fundamentos, 1987.

Puig, M., El beso de la mujer araña, Seix Barral, Barcelona, 1988.

Quiroga, H., "Rea Silvia”. “El crimen del otro” en Obras Completas, Seix Barral, Buenos Aires, 1997, Vol. I.

Quiroga, H., Pasado amor. Claudio García editor, Montevideo, 1942.

Quiroga, H., Historia de un amor turbio. Biblioteca Artigas, Montevideo, 1968.

Ray, N., Rebel without a cause. (Rebelde sin causa). Con James Dean, Nathalie Wood, Sal Mineo. Estados Unidos, 1955.

¿Restrepo, L. C., El derecho a la ternura, Montevideo', Doble clic, 1998.

ÍRoubin, L., Intimate strangers, Nueva York, Harper & Row, 1983.

'Rhys, J., Quartet, Nueva York, Penguin Books, 1973.

Seché, A., Lord Byron, Buenos Aires, El Quijote, 1946.

Shelley, P. B., Poetical works, Oxford University Press, 1992.

Shelley, P. B., “Una defensa de la poesía" en Deslindes. Revista de la Biblioteca Nacional 2/3, Montevideo, 1993.

Sjöman, V., Syskonbädd 1782 (El fuego). Con Bibi Andersson, Jarl Kulle. Sue­cia, 1966.

Spitz, R. A. El primer año de vida del niño, Buenos Aires, Aguilar, 1954.

Süskind, P., El perfume, Barcelona, Planeta, 1986.

Tan, A., La esposa del dios del fuego, Barcelona, Tusquets, 1994.

The Jewish Encyclopedia, Ktav publishing house, Vol VII, IX, s. a.

Vigarello, G., Historia de la violación, Montevideo, Trilce, 1999.

Virgilio, Eneida en Obras completas. Trad. Eugenio de Ochoa. Madrid, Rivadeneyra, 1869.

Visconti, L. (dir.), Götterdämmerung {La caída de los dioses). Con Dirk Ingrid Thulin, Helmut Berger. Italia- República Federal de Alemania, 1970.

von Trotta, M., Die rückkher (El reecuentro). Con Barbara Sukowa, Stefania Sandrelli, Samy Frei. Alemania-Francia, 1990.

Waal, Frans de., La política de los chimpancés. El poder y el sexo entre los simios. Prólogo de Desmond Morris. Madrid, Alianza, 1993.

Wilder, B. (dir.), Love in the afternoon (Amor en la tarde). Con Audrey Hepburn, Gary Cooper, Maurice Chevalier. Estados Unidos, 1957.

Welldon, E. V., Madre, virgen, puta. Idealización y denigración de la maternidad, Madrid, Siglo XXI, 1993.

Winnicott, D. W., “The theory of parent-infant relationship”. International Journal of Psychoanalysis, 41 (1958).

Wooif, V., A roomof one's own, Nueva York, Londres, Harcourt Brace Jovanovich, 1981.

Yourcenar, M., Alexis ou le traité du vain combat, Paris, Gallimard, 1971.

Yourcenar, M., Anna, soror..., Paris, Gallimard, 1981.

Zefirelli, F. (dir.), Jesus of Nazareth (Jesús deNazaret). Con Robert Powell, Anne Bancroft, Oliver Tobias. TV made, 1977.

Zion, Noam, “Adam rey de los animales" s. d. Gentileza de la Licenciada Edith

 

Se terminó de imprimir en el mes de noviembre de 2001 en Gráfica Futura, Agraciada 3182, Montevideo, Uruguay. Depósito Legal N° 323 471. Comisión del Papel. Edición amparada al Decreto 218/96

 

Hilia Moreira
hiliamoreira5@gmail.com

 

Libro "Caricias - entre la violencia y la ternura" de Hilia Moreira (se digitalizó todo el libro)

 

Digitalizado a incorporado a Letras Uruguay, por su editor Twitter: @echinope o echinope@gmail.com 
 

 

Ir a índice de ensayo

Ir a índice de Moreira, Hilia

Ir a página inicio

Ir a índice de autores