La influencia francesa en el país  

Octavio Morato

I - Exordio  

Aún no existía el Uruguay con los atributos de nación soberana, cuando el espíritu francés ya nos estudiaba por medio de sus viajeros ¡lustres. Sorprende y elogia las bellezas naturales del país y las virtudes de su raza.  

Bougainville en el siglo XVIII describe con verdadera complacencia las bellezas de Montevideo; la gentileza de sus hijos, el señorío de sus costumbres, la incipiente, pero rara cultura del primitivo ambiente.

 

Freycinet y Arago, dos miembros del Instituto de Francia, en un libro de viajes de nombradía universal, destacan las impresiones recibidas en 1820 al conocer el ambiente montevideano y convivir en el.

 

Alcides D'Orbigny, el ilustre escritor, geógrafo, en su magnífica obra en que relata sus viajes a través de América, agota el elogio al llegar a la entonces Provincia portuguesa. Describe las bellezas del país y sus riquezas; la raza con sus nobles y viriles virtudes le llenan de asombro y simpatía.  

Saint- Hilaire, otro sabio ilustre cuyas páginas sobre el Uruguay serán siempre leídas con gratitud, es quien hace más de un siglo habló ya con admiración de nuestro Artigas, el proscrito del Paraguay.

 

Bompland, el reputado naturalista, que estudia nuestra flora y traza la silueta del héroe, el único documento que a través de los años trasmite la fisonomía del Jefe de los Orientales cuando ejerce el otro apostolado no menos digno de «Padre de los Pobres».

 

Monvoisin y D'Hastrel, con sus lápices y pinceles echan las bases de nuestra iconografía histórica. Trazan el perfil de nuestros paisajes, de nuestras cosas y de nuestros hombres.

 

Martín de Moussy, que estudia nuestra formación geológica y las riquezas de nuestro suelo, después de haberse establecido en Montevideo, donde ejerce la medicina durante doce años y funda a su costa un observatorio.  

 

El espíritu francés nos estudia desde hace más de un siglo por sus viajeros ilustres, por sus artistas, por sus hombres de ciencia.

 

La Revolución Francesa y la Revolución de Mayo

 

Las ideas y los acontecimientos franceses influyen decididamente en el proceso de la revolución de Mayo.  

El Contrato Social de Rousseau, la filosofía de Voltaire, el Espíritu de las Leyes de Montesquieu, el materialismo de los enciclopedistas, los estudios constitucionales de Benjamín Constant, las prédicas del comercio libre de Adam Smith y de Léon Say, forman el caudal intelectual de los agentes motores de la revolución. Las ideas de soberanía popular, de sufrago universal, de libertad de comercio y de trabajo, y de libertad política, traducen sus aspiraciones.

 

En 1810, dice Sarmiento, pululan, en Buenos Aires los revolucionarios avezados de todas las doctrinas anti - españolas, de doctrinas francesas y europeas.

 

Los acontecimientos franceses son seguidos paso a paso por los directores criollos que preparan la revolución. La invasión de Napoleón a España; los programas revolucionarios de las Cortes de Cádiz, son los acontecimientos que plantean la oportunidad del movimiento.

 

La revolución estalla; se organiza el primer gobierno y se generaliza la revolución. El pueblo abraza con calor las ideas de los sabios europeos. «La fantasía toma vuelo en el habitante de la llanura sin limites», exagera y deforma loa dogmas de la Revolución Francesa.

 

El espíritu europeo domina el ambiente porteño. Buenos Aires se considera a si mismo, una prolongación de Europa. Todas las características españolas ceden, a las de una transformación progresiva de «europeificación». 

 

En diez años, al decir de Sarmiento, se opera en Buenos Aires una transformación radical en el espíritu y en las tendencias de la sociedad de Buenos Aires.

 

Desde 1820 empieza la organización de la sociedad según las ¡deas nuevas. Rivadavia trae el espíritu y las ideas francesas: «La Argentina realizará lo que la Francia republicana no ha podido; lo que la aristocracia inglesa no quiere; lo que la Europa despotizada echa de menos... Buenos Aires creía y confesaba lo que el mundo sabio de Europa creía y confesaba. Los europeos que llegan a la capital argentina en 1828 creen hallarse en Europa, en los salones de París. Nada faltaba, ni aun la petulancia francesa que se dejaba notar en el elegante de Buenos Aires».

 

M. de Martigny decía de los antiguos unitarios, vencidos en 1829, «son los emigrados franceses de 1789 que no han olvidado nada ni aprendido nada».

 

Las características personales de un convencional francés estaban singularmente reproducidas en el unitario de 1825 y ellos son los que mueven la revolución en el sentido de la gran revolución de Francia.

 

Las instituciones argentinas — Su evolución

 

Buenos Aires destruye todo un redimen de tres siglos de absolutismo para edificar uno nuevo, sobre el imperio de las nuevas ideas, de libertad, y de democracia. Francia había hecho lo mismo con su gran revolución.

 

Las instituciones argentinas afectan transformaciones sucesivas, bajo el influjo de las ideas y de los acontecimientos franceses, en una sucesión de curiosa semejanza.

 

La Junta de Mayo se constituye en Junta de Gobierno, con los diputados Provinciales, después de haber hecho acto de soberanía destituyendo de autoridad al Virrey. El Ejecutivo se confiere a un triunvirato, bajo la denominación de Junta Conservadora. Un golpe de estado disuelve la Junta de Gobierno a fines de 1811; sanciona un Estatuto Provisional, que establece la amovilidad del Triunvirato, la rotación bi - anual y el turno presidencial.

 

La Asamblea General Constituyente de las Provincias Unidas del Río de la Plata de 1814 declara su soberanía, caducando de derecho la autoridad de Fernando VII reconocida hasta entonces; delega el Poder Ejecutivo en un segundo triunvirato. Luego nombra un Directorio con su Director Supremo, en quien concentra las facultades ejecutivas, como necesidad imperiosa de actualidad ante las recientes derrotas del Ejército del Alto Perú.

 

Un nuevo golpe de Estado instala la Junta de Observación de Buenos Aires con un nuevo Estatuto Provisional, que deslinda por primera vez la naturaleza, las atribuciones y la organización de los tres poderes del Estado.

 

El Congreso de Tucumán de 1816 declara la independencia nacional y pugna por la unidad argentina con una constitución unitaria a semejanza de Francia, restauración pura y neta del sistema Directorial creado por la primera Asamblea Constituyente después de haberse hablado de regímenes de monarquía y hasta de la restauración de la monarquía incásica.

 

La Constitución de 1819 instituye un senado calificado accesible a militares, de determinada graduación, a obispos, a universitarios elegidos por especiales procedimientos y una Cámara de representantes electiva popular, y confía el Ejecutivo a un Director Supremo, único elegido en Asamblea General por las dos Cámaras. «La influencia de la carta de Luis XVIII se deja advertir en sus cláusulas; en efecto, es una constitución monárquica, aunque sin rey» dice Agustín de Vedia.

 

La anarquía hace presa del país. No hay respeto a la ley, ni a las instituciones que se han desprestigiado; no hay una autoridad a quien se acate ni tema. Cada provincia vive aisladamente, con sus constituciones locales, con sus caudillos gobernadores. El único vínculo que aun queda entre ellas es la delegación en el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, para la representación exterior; todo otro vínculo ha desaparecido, hasta que el gran tirano, en una acción constante de habilidosa concentración, por la dictadura y por el terror, unifica en sus solas manos el dominio de lodo el país, que en su derrota lo entrega unificado para que los nuevos hombres le den la organización definitiva que hoy tiene.

Sincronismo de las instituciones argentinas y francesas - Divergencias

 

Francia había pasado y pasaba también por fases semejantes de la Asamblea Nacional, que anula la autoridad al Rey, a la Convención que gobierna por comités, al Gobierno del Directorio, al del Consulado, y luego al del Imperio, para caer de nuevo en el absolutismo con la restauración de los Borbones. Este mismo parecido proceso vuelve a repetirse desde la revolución de 1830, con soberano constitucional, con su gobierno popular de 1848, con su segunda República, bajo la presidencia de Luis Napoleón Bonaparte, que prepara el advenimiento del Segundo Imperio y lo consagra con su golpe de Estado de 1852 bajo el título de Napoleón III, hasta que el gobierno de la Defensa Nacional en 1870 pone las bases de la tercera república.

 

La Junta de Mayo decapita en Liniers la reacción española, como la Convención francesa lo había hecho con Luis XVI, creyendo así matar la hidra del absolutismo. Y años más tarde el Dictador argentino antes de hacerse cargo de la suma de Poderes que le vota el Congreso, exige y obtiene la consagración democrática de un plebiscito que se expresa con una absoluta unanimidad: «Napoleón I, que fue el Monarca más absoluto de cuantos han existido en Francia, no tomó el título de emperador sino después de hacer un llamamiento al pueblo para pedírselo».

 

El origen; fundamental del movimiento revolucionario tenía la misma tendencia, el mismo problema inicial; la destrucción de un absolutismo. Las reacciones se produjeron en distinto sentido porque distintos fueron los factores que actuaron y distinto el medio en que se desarrollaron los sucesos.

 

El centralismo y la unificación, que es la característica de las instituciones francesas, estaban representados por Buenos Aires, con sus estatutos teóricos y doctrinarios. La fuerza conservadora y particularista de las Provincias, que concibe la organización de Estados Unidos, estalla representada por Córdoba, española por educación literaria y religiosa. La lucha de estas dos tendencias que nacen y viven en la misma Junta de Mayo, se lleva al terreno de las armas, utiliza un tercer elemento, el de las campañas pastoras, que más tarde se separa en la montonera y produce la anarquía caudillista, enemiga de la ciudad, enemiga del extranjero y de la civilización europea. Luego, por gravitación natural, en gobiernos de caudillos absórbentes, cada vez más ambiciosos, cada vez de influencia más extendida, hasta que Rosas llega a ser el jefe indiscutido de un sistema organizado de caudillos.

Octavio Morato
Revista Nacional
Ministerio de Instrucción Pública
Año I - Diciembre de 1938 - Nº 12

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