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Ángeles apasionados |
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On
dit qu'il faut couler les execrables choses Dans
le puits de l'oubli et au sepulchre encloses Et
que par les esprits le mal ressuscité Infectera
les moeurs de la posterité; Mais
le vice n'a point pour mère la science, Et
la vertu n'est pas fille de l'ignorance.
Les
Fleurs du Mal, 1857)
....................................... pero
si el sol o el corazón se esconden devorados
por buitres gigantescos o
tapados por lápidas que son como rencores si
el sol de siempre o el corazón se apagan cubiertos
por el asco esa neblina o
el silencio infecundo de los gritos entonces
este mundo se detiene azorado y
los cuerpos sucumben en el cepo del frío (Mario
Benedetti, "El olvido está lleno de memoria", "Eclipses") |
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PRIMERA
PARTE GENESIS |
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Las
visitas Salieron al jardín del
frente. Al adelantarse para despedirlas tropezó, se estiró el saco y
sonrió. Cuando se alejaron alzó la mano en un adiós deportivo mientras
cerraba el portoncito de hierro. Luego volvió para atender al jardinero.
No era habitual que lo
visitaran. Pensó que venían para conocer su casa y su intimidad de viudo
solitario. El viernes anterior habían ido al comité por segunda vez y se
le acercaron al terminar la reunión. Era secretario de finanzas y dirigía
la campaña de bonos. - Vamos a llevar una
libreta, somos buenas vendedoras.
La conversación se
prolongó en la puerta y luego en el bar. La diferencia de edad impuso un
trato distante: - Usted será de los
primeros que vamos a visitar, va a ver. - ¿Venderle bonos al
secretario de finanzas?, eso sí que estaría bueno; está bien, acepto,
las espero a tomar un café y charlamos.
- Denos su dirección.
Hasta ahora había
hablado la pecosa y rubia; la otra mantenía un aire abstraído. Al darse
vuelta para sacar un lápiz del bolso, se entreabrió la pollera jean y
pudo ver que tenía una quilla en la media. La mesa interpuesta y los
pliegues del sacón no le permitieron otras evaluaciones. Lo intentó
disimuladamente, al tiempo que hablaba con gesto de preocupación sobre la
escasa asistencia a las reuniones. - Es en Malvín; el sábado
de tarde, ¿está bien?, así después salimos y caminamos unas cuadras
por la rambla.
A las seis en punto
tocaron el timbre. Las espió unos instantes por la cortina y luego abrió
la puerta y les tendió la mano, pero ellas ya habían dado un paso hacia
él y se empinaban para besarlo.
Fue una torpeza: había mostrado sus hábitos de veterano. Sin dudarlo y
para corregir el error entró de lleno al tuteo. No recordaba los nombres. - ¿Cómo te llamás? - Gloria. - ¿Y tú? - Soledad. - ¿Son hermanas, no? - No, amigas, íbamos a
la misma escuela. - Saben que se parecen
un poquito...
Se rieron y Soledad se
puso colorada. "Es de cutis más
blanco..."
Hablaron de política,
de libros, de cine. Los tres eran socios de Cinemateca. - ¿Ustedes se acuerdan
de Raimu? - No...
"Qué
imbécil, todavía no habían nacido y les salgo hablando poco menos que
del cine mudo."
Fue a la cocina y sirvió
los pocillos. - ¿A que no se
acuerdan del cuento "Los pocillos"? - Ay, que rico olor a
café; sí, me encanta Benedetti, ¿es el de aquel tipo que se hace el
ciego, no? - Sí, ¡cuidado con
los ciegos...! ¿Querés una palmita, Soledad? - Ay, sí, que ricas,
pero engordan, ¡cuidado, mirá lo que te pasó!
A Gloria se le había
derramado café y al levantar el pocillo el goteo le salpicó la blusa. - Dame que te cambio el
plato.
Y volvió a la cocina.
Ese día había comido
en el centro. La discusión con el gerente le había atragantado el
entrecot con papas fritas. Lleno de gases y palpitaciones silbó bajito y
fue al baño como quien va a buscar algo.
Se miró en el espejo.
Tenía el cuello de la camisa levantado en una de las puntas y un mechón
de pelo alzado sobre la oreja. Se encontró raro. No le agradaron su
rostro sin fuerza, sus ojos tristes. "Tengo
las cejas circunflejas". Por una fracción de segundo pensó en
la oficina, en Mr. Anderson. ¿Habría estado todo el día con esa cara?,
y recordó el proyecto de la consultora. Sintió un leve sobresalto, una
presión fría en la boca del estómago y su corazón aceleró el paso,
aunque no lo percibió; en cambio hubo un relámpago de miedo. Rápidamente
se alisó el bigote con el índice y acercándose al espejo revisó los
dientes, sacó la lengua: podía tener restos de comida. Removió y revisó
la prótesis, puso la mano ante la boca y olió su propio aliento: estaba
bien, había tomado café. Orinó, se peinó, miró sus uñas y salió.
Volvió al comedor con aire de triunfo, las manos juntas como para batir
palmas. - ¿Y mi café...? - ¡Pero qué
cabeza...!
Regresó a la cocina
por el pocillo. - ¿Qué les parece si
salimos un poco? - Ah, no, primero tenés
que comprarnos los bonos. - ¿A cuál de las dos
le pago? - A Soledad, es la
tesorera.
Les compró media
libreta. - Ay, qué bueno... - Y generoso...
Recién en ese momento
se fijó en Soledad: era hermosa, mucho más que Gloria; tenía las cejas
espesas, un lunar en el mentón y bolsitas bajo los ojos. Se reía con
gracia tímida.
"Debe
ser peluda, y los ojos diferentes de la otra, qué diferentes, tiene el
pelo negro, bien negro, y vello oscuro en los brazos, pechos altos, duros,
¡qué pechos!".
Se tiró para atrás en
el sofá, y como la mesa era baja pensó que al ir al baño podía haber
olvidado cerrarse la bragueta. Miró hacia un costado, cruzó las piernas
y les ofreció escuchar a Piazzola. - Es un casete que me
trajo mi hermana de Buenos Aires; tiene algunas obras que no conocía. - Lo que pasa es que
nos tenemos que ir. - ¿Cómo irse?,
dijimos de salir a caminar un poco... - Sí, pero se nos hace
tarde y va Walter a casa. - ¿Y a ti te espera
alguien? - Walter es el novio de
Gloria, pero igual me voy con ella.
Y se rió con las
bolsitas de los ojos y los dientes redondos.
"Mirá
qué gambeta...cómo esquiva la pregunta..." - ¿Y a ti no te espera
nadie? - No, sos abogado, ¿verdad? - Hace tiempo estudié
pero dejé, trabajo en un laboratorio.
Y soltó una risa
desafortunada.
Las mujeres lo ponían
un poco nervioso. Sin saber cómo, se encontró pensando en su madre y en
que algún día moriría como ella. Por una fracción de segundo se sintió
acorralado. - ¿Un trago de
despedida? ¿algo fuerte, whisky?
Gloria se adelantó a
contestar. - No, no, para mí si
tenés algo fresco mejor. - Cualquier cosa
fresca... - Esperen un poco, veo
lo que hay.
Volvió a la cocina. Al
lado del derivado del teléfono vió la agenda y tendió instintivamente
la mano. Nuevamente la presión al estómago y la conversación con el
gerente. Mientras abría la heladera e inspeccionaba el interior imaginó
un diálogo. " - Pero no se
ponga así...escuche, escuche...- Nada. Sírvase tratarme con más
respeto. Tengo más de veinte años en la firma y Vd. de un minuto para
otro suspende tres productos, el Timenol nada menos, acepta el informe de
la consultora y me manda hacer trámites como un pendejo; todo para
importar mierda alemana, y sin decirme nada. Eso, eso tendría que haberle
dicho, y meado bien meado, cabrón hijo de puta, cipayo, me voy a la
mierda, voy a buscar otro laburo."
Vio un salchichón;
pensó en cortar unas rebanadas pero lo desechó. Levantó la voz. - Tengo coca y cerveza.
- Para mí coca. - Un poquito, dos
dedos.
Llenó tres vasos, los
puso sobre servilletas de papel y volvió con la bandeja.
"Gloria
tiene que irse, le viene el Romeo". Se le ocurrió pedir a
Soledad que se quedara, pero vaciló antes de hablar: - ¿No querés quedarte
un rato conmigo?
No era esa la frase que
había pensado. Hubiera deseado decirle: "podés quedarte un poco más,
no tenés por qué irte tan temprano, podemos salir a caminar, la tarde
está preciosa". Pero le salió esa bestialidad, y todavía
"conmigo", que era lo mismo que decirle, "quedate así nos
encamamos bien encamados". - No, no, otro día, ¿ta?,
otro día que venimos. - Bueno, es una vergüenza,
me han fallado, no tienen palabra...
Rieron y se pusieron de
pie.
En ese momento sonó el
timbre. Al abrir se encontró con un viejo encorvado, el rostro oscuro y
arrugado. Llevaba una boina descolorida echada sobre los ojos, saco y
camisa de tartán a cuadros verdosos, pantalón negro. Asomaban sobre la
frente y las orejas algunos mechones blancos, pegoteados de traspiración. - El señor hermano de
la señora Susana... - Sí, don, ¿qué
dice..?
Lo había tratado con
una altivez estúpida; "si
hubiera estado solo le habría hablado de otra manera." - Mire señor, soy el
jardinero, vengo de parte de la señora Susana.
La voz era raspada y caía
al final de cada pausa, estirada como si buscara el codo del cuerpo
encorvado para salir por la nariz, entre los bigotes lacios. Los ojos
verdes, muy claros y ocultos entre las arrugas y las cejas canosas,
miraban fijamente los suyos, esperando.
No le contestó;
primero quería acompañarlas hasta la puerta y despedirlas. No dejaba de
pensar en Soledad y en cómo haría para volver a verla. Recordó que el
secretario tenía las direcciones. - El martes en el comité,
¿no? ¡suerte con los bonos! - Ni uno va a
sobrarnos, vas a ver...
Salieron y el jardinero
dio un paso al costado, haciendo sitio, la mirada baja.
Volvió y lo hizo
pasar. El día anterior había venido la limpiadora y pensó que el viejo
le iba a ensuciar el piso. Le pidió permiso para poder cerrar la puerta y
el hombre volvió a hacerse a un lado. - Disculpe... - ¿Cómo es su nombre? - Cabrera, señor,
Antonio Cabrera un servidor. - Muy bien, don
Antonio, venga que le voy a mostrar lo que hay que hacer; Susana me dijo
que Vd. vendría, ayer me llamó.
El viejo lo siguió.
Caminaba con el torso inclinado hacia adelante, como si avanzara primero
él y luego lo siguieran las piernas, empujándolo una vez una, una vez
otra, alternadamente, los brazos separados como dos alas molestas. Lo miró
de reojo y sintió satisfacción por sus piernas fuertes y elásticas.
"Camina
como un pato, realmente un pato." - La señora Susana me
dijo que hay un jardín grande. - Sí, más o menos
doscientos metros...usted es de afuera ¿no? - Sí señor, de Cerro
Largo.
Al pasar por la cocina
miró de reojo los tres pocillos y el recuerdo de Soledad le llegó risueño.
Un olor fuerte parecía seguirlo. El hedor agrio manaba de aquel cuerpo
bajo y corvo. "Es el saco...no,
¡es él! ¡qué mugre...!". - ¿No quiere sacarse
el saco, don? hace calor aquí... - No señor, gracias,
es un momento nomás.
Le había hablado
levantando la voz, como a un sordo. Se dio cuenta de que le había gritado
porque era pobre y viejo. Se aproximó un poco: - Yo conocí a unos
Cabrera, cuando iba con unos amigos de mi padre a Maldonado...
Su padre conservaba aún
la fortuna, él era un niño y más de cuarenta años habían pasado desde
entonces. Cabrera era un apellido tan corriente como Pérez o Rodríguez,
más aun en el interior. - No señor, no tengo
parientes en Maldonado; Cabrera somos muchos. - Bueno, don Alberto,
lo que hay que hacer aquí es podar, cortar el cerco y la gramilla,
remover la tierra de los canteros; está el problema de las hormigas y los
caracoles, cuidar todo eso; qué le parece, ¿podría venir una vez por
semana?
No sabía nada de
plantas, se equivocaba con el nombre: pero el viejo no lo pensó; era
moneda corriente y parte de su mundo. Ese trato distante, en ocasiones
altanero, era la única forma de relación que conocía. -
A mí me parece, señor, y usted disculpe, pero ahora no es tiempo de
podar los rosales, y disculpe, ¿no? - Bueno, yo de eso no sé
nada, usted manda, don Alberto... - Disculpe: Antonio, señor,
Antonio, si le parece bien... - ¡Pero! ¡perdone don
Antonio! ("la arteriosclerosis, los análisis") y dígame, ¿tiene
herramientas?, yo tengo máquina eléctrica... - Disculpe, yo traigo
la mía de mano, no me gusta la electricidad; hoy no traje nada porque
vine a tratar. - Bueno, ¿y del precio
qué me dice? ¿cuánto me va a cobrar?
Se sentía seguro, sabía
que no le iba a cobrar mucho: para un pobre poco dinero es mucho dinero.
Aunque igual había que preguntarlo con franqueza, con un levísimo toque
de autoridad para disuadirlo de pedir demasiado. - Serían treinta, señor,
si le parece bien, - ¿Por mes? - Sí señor, por mes.
"Pobre
tipo, no sabe cobrar".
El sol a punto de
ponerse cribaba la luz por entre las hojas de un pino y jugaba sobre el
rostro traspirado. El olor a sudor era tan fuerte que lo obligó a dar un
paso atrás y a mirar el cielo, como al descuido. - ¿Cómo le parece que
estará el tiempo, don Antonio? - Bueno, sí señor,
bueno, se asentó, no va a llover. - Muy bien, don
Antonio, pero para trabajar venga más desabrigado, se va a cocinar si
trabaja con toda esa ropa.
Pero don Antonio miraba
una arrogante rosa de Francia. - Tiene piojo, hay que
curarla; sí señor, sí, yo traigo otra ropa. - Usted manda, don
Antonio, ¿le doy el dinero para el remedio? - No hace falta, señor,
tengo en casa. - Está bien, ahora si
me disculpa, tengo que ir a un velorio, el padre de un amigo... - Ah, cuánto lo
siento, señor, eso llega cuando tiene que llegar, sí señor...
Entró llevándolo tras
de sí, de vuelta, como si lo arrastrara. El viejo lo siguió, bamboleante
el cuerpo macizo sobre las piernas abiertas, los brazos hacia atrás, y se
detuvo en la cocina frente a un almanaque con la foto de una mujer desnuda
que ofrecía una marca de cigarrillos. Lo miró un rato largo, estudiándolo. - Mañana empieza el
menguante, empezamos por cortar el pasto, está alto; si le parece bien el
lunes vengo temprano, no vivo lejos.
Ya en la puerta, venció
una resistencia inconsciente y le tendió la mano. La del viejo se alzó
despacio, y los dedos ásperos, calientes y húmedos apretaron apenas.
Pero no hubo asco, porque algo parecido al respeto contuvo su pensamiento
cuando aquellos ojos verdes lo miraron de frente. - Tanto gusto, señor,
el lunes vengo a las ocho.
Llegó al velatorio al
anochecer. Tres hombres en un rincón escuchaban con atención a otro
bajito que hablaba apresuradamente, agitando las manos. Se esforzaba para
no levantar la voz y estiraba la cabeza hacia adelante y hacia arriba,
hinchadas las venas del cuello.
El ataúd brillaba en
el centro. "Pobre Rupi, con la
misiadura eligió uno de cuarta."
A un costado, de pie y
de manos cruzadas a la espalda, el hijo del muerto tenía la apariencia de
esperar algo. Distraído, apoyado sobre una pierna y levemente inclinado,
parecía a punto de caer. "Tengo
ganas de ir a enderezarlo." Caminó hacia él y pensó en las
innumerables veces que había hecho lo mismo, que había dicho las mismas
cosas en iguales circunstancias: - Lo siento, hermano,
me avisaron esta mañana, pobre don Carlos. - Qué me decís. - Y cómo fue... - De golpe, lo encontré
muerto en el baño, estaba jodido hacía tiempo, el corazón. - ¿Querés que le
avise a alguien en el ministerio? - No, viejo, gracias;
los muchachos ya saben.
La puerta se abrió y
entró la cabeza de una mujer gorda y rubia. El saco largo parecía flotar
alrededor del cuerpo. La seguía un niño de lentes, flaco, pálido y con
uniforme escolar. Las manos regordetas de la mujer avanzaron por el aire,
balanceándose al compás de los pasos, abiertas como si fueran a agarrar
algo. Caminó rápido hacia el hijo del muerto, que
también avanzó con los brazos abiertos. - Delia...! - Ay, Rupi...
Las manos sujetaron las
cabezas y las acercaron a las frentes. Las dos cabezas quedaron pegadas
por un momento y comenzaron a intercambiar sollozos. Luego las frentes
pasaron a apoyarse en los hombros. A pocos pasos, el niño con uniforme
observaba distraído y se escarbaba la nariz con detenimiento.
Era la mujer del
muerto, la amante de los últimos veinte años. - Tan buena que fuiste
con él...cómo lo cuidaste, Delia, gracias, si no hubiera sido por ti...
Si bien había
reprochado a su padre haber elegido una mujer tan gorda y con aquellas
piernas inmensas, los argumentos lo habían convencido: bondad, fidelidad,
honradez, muy ordenada, prolija.
Durante el abrazo el
hijo no dejó de sentir la presión de los senos enormes y de aquellos
muslos de asombrosa circunferencia,
- Qué va a ser de mí
ahora... - No digas eso, Delia,
contá conmigo... - Y cómo fue...no me
avisaste en seguida.
Hacía años que vivían
en Lagomar, y el día anterior había venido a cobrar la jubilación. - No pude; ayer de la
Caja vino para casa, yo no estaba y esta mañana lo encontré en el baño,
ya estaba muerto...
Mientras él observaba
la escena y escuchaba el diálogo, entró
un señor delgado, casi esquelético, lentes de aro negro y grueso. Se
acercó al álbum y con movimiento meticuloso la mano extrajo del bolsillo
interior una parker dorada. Luego de un momento, como si pensara lo que
tenía que escribir, firmó con una amplia rúbrica.
"Como
si firmara un cheque por un palo verde."
Algo alejada, sentada
en un rincón, una viejita de negro parecía rezar en voz baja, moviendo
apenas los labios por los que escapaban pequeños silbidos. Cada cuatro o
cinco, uno más fuerte correspondía a un suspiro. La miró y el corazón
se le aceleró: "el asma, igual
que entonces..."
Era un asma viejo,
nunca atendido, que no conocía otros remedios que tisanas calientes con
miel.
"Tendrá
los mismos dientes postizos..."
El rostro era fino,
triangular, la piel tostada, y en torno al cuello pellejudo un pañuelo
negro le caía sobre la espalda encorvada. En las manos cruzadas sobre la
cartera eran visibles las manchas de vejez y los nudillos hinchados por la
artritis. Los dedos pasaban lentamente las cuentas de un rosario.
Sucedió de pronto,
como si ella hubiera sentido el peso de aquellos ojos que la hurgaban.
Levantó las cejas, giró la cabeza y lo miró. El sonrió y levantó la
mano en un saludo indefinido.
"Inocencia...¿me
acercaré?...qué le puedo decir a esta vieja..."
Entonces volvió a mirarle las manos, la boca, el pequeño moño sobre la coronilla; se decidió y dio un paso hacia ella. |
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La
ceremonia
Muchos años atrás, el
día de su undécimo cumpleaños, Inocencia tocó timbre; venía
recomendada por una agencia de colocaciones. Su madre le mostró la casa,
acordó las condiciones y comenzó a trabajar esa misma tarde. La
recordaba alta, de delantal azul, el pelo recogido sobre la cabeza en un
grueso moño negro. Pese a que aparentaba no mirarla, le gustaba vicharla
cuando pasaba el lampazo a las losas del patio o cuando alzaba el largo
plumero para limpiar las telarañas de los techos. Lo hacía con
elegancia, casi con autoridad, con movimientos lentos en los que veía
algo parecido a una danza, destacadas sus caderas y su cuerpo esbelto. Tenía
en sus movimientos algo ligero y fresco que le agradaba. Ella tampoco
parecía verlo. Solo una vez pasó cerca, y sin mirarlo le puso la mano
sobre la cabeza y le dió un repelón. Pero todo empezó cuando una mañana
la madre ordenó a la sirvienta que fuera al baño por una barra de jabón.
Entró de prisa, sin llamar, en el momento en que él metía una pierna en
la bañera. Al verla sintió la desnudez de su piel y solo atinó a
cubrirse el sexo con las manos. Ella lo miró de pies a cabeza, se le
acercó en puntas de pies y con un movimiento brusco le separó las manos
y le besó la cara cerca de la oreja. - ¡Bobo...!
Luego tomó el jabón y
se fue. El quedó con un pie en la bañera y el otro sobre la rejilla de
madera, paralizado de gozo y de miedo. Así comenzó el ritual de los sábados,
día en que la familia iba a la quinta del Miguelete para llevar flores a
las cenizas de la abuela, abrir y ventilar la vieja casa solariega.
Un día le dijo a su
madre que quería quedarse. - Mamá, tengo muchos
deberes y mañana vamos a ir al cumpleaños de Catita, quiero quedarme. - Está bien, pero no
vayas a ningún lado, ni a la vereda; te quedas en casa y cualquier cosa
que precises la pides a Inocencia; ella te servirá el almuerzo.
Y se dirigió a la
cocina para dar instrucciones a la sirvienta.
Estaba en su dormitorio
cuando Inocencia entró y le dijo al oído: - Bobo, ¿por qué te
dio vergüenza que te viera desnudo? Vení que te voy a bañar.
Desde ese día las
semanas se alargaron en las rutinas de la escuela; pero a partir de la
noche del jueves el tiempo parecía eternizarse hasta la mañana esperada.
Con ruegos y zalamerías impuso la costumbre de quedarse los sábados a
hacer los deberes. Cerca de las diez, cuando el Chevrolet azul se perdía
a lo lejos en dirección al Norte, cerraba las hojas del portón del
garage, corría hacia el baño, colocaba en el piso la rejilla de madera y
esperaba. Al cabo de un momento, la puerta se abría sigilosa e Inocencia
entraba sonriente y callada; lo miraba con ternura, con más ternura que
su madre, y le ponía la mano sobre la boca.
- Prohibido hablar.
Luego se volvía hacia
el perchero de roble del que colgaban las batas. Sin dejar de mirarlo a
los ojos y de sonreir, se ponía la de su madre y se acercaba. El la veía
altísima y tan hermosa como una de las reinas de sus cuentos. Callado, reía
nervioso y esperaba.
Comenzaba por tapar el
desagüe y abrir las canillas de bronce. Los gruesos chorros de agua
caliente y fría comenzaban a formar en la bañera un pequeño estuario de
reflejos verdosos. Al mezclarse, las aguas parecían enturbiarse; subían
los borbotones y se formaban pequeñas islas de espuma. Entonces se volvía,
se hincaba ante él, y comenzando por el del cuello, desabrochaba los
botones uno a uno con deliberada parsimonia. Doblaba la camisa, la
depositaba sobre un banco y encima apilaba luego ordenadamente las otras
prendas.
Por fin, apoyándose en
aquellos hombros redondos y firmes para no caer, él se dejaba quitar las
medias, que ella alejaba de sí con dos dedos y soltaba desde lo alto
sobre el montón, tapándose la nariz. - ¡Puff...!.
Los zapatos quedaban
también ahí, a un costado, como dos amigos tocándose uno al otro.
Desnudo y quieto veía
entonces a Inocencia alzar las manos, resbalar las mangas por los
antebrazos cubiertos de fino vello, y extraer del moño dos grandes
horquillas. La cabellera liberada caía sobre la espalda y los hombros, y
echando la cabeza hacia atrás reía sin voz, como en secreto. Era el
momento en que él, los ojos cerrados, daba un paso hacia ella y se dejaba
tomar y apretar contra el pecho amplio, acolchonado por la bata áspera y
perfumada de su madre. Una garúa de besos caía sobre su cara, entre
palabras cariñosas que ya no recordaba.
Con piel de gallina y
calofríos, casi tiritando, sentía aquella lengua ávida que bajaba una y
otra vez de su pecho a su vientre y a la flor oscura e incipiente de su
pubis; aquella boca rápida que le cosquilleaba con su fino bozo y que
terminaba por mordicar su pene duro e infantil. Luego lo hacía volver de
espaldas, y él se veía solo, los ojos casi llorosos, la boca
entreabierta, la cara descompuesta enfrentada al espejo de marco blanco,
mientras sentía los besos rituálicos, húmedos, recorrer el breve camino
de su cuello a su cintura y a sus pequeñas nalgas.
Siempre sucedía lo
mismo. Sentía vergüenza de verse desnudo en el espejo, le irritaba su
cara de asombro, y hacía fuerza por volverse hacia ella. - ¡Bobo...!
Y después de
arrullarlo y mimarlo lo ayudaba a sumergirse muy despacio en la bañera,
para que sintiera en su piel la gozosa línea de agua tibia, que ascendía
hasta cubrirle el mentón. Arrodillada sobre la rejilla, comenzaba a
recorrer su cuerpo con los ojos y con las manos, agitando el agua en pequeños
remolinos, sobre los pies, sobre el ombligo, de un lado a otro de su
cuerpo, hasta que embelesado por los juegos y caricias, por aquellos ojos
negros y maternales, sentía que comenzaba a manarle desde la planta de
los pies, de sus rodillas, de sus piernas rígidas, de su corazón
agitado, una creciente punzada de placer desconocido que crecía y
desbordaba, hasta reventar a la altura de su vientre entre suspiros
hiposos y un corto grito sofocado.
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