Ángeles apasionados
Novela
Autor: Jaime Monestier

  

On dit qu'il faut couler les execrables choses

Dans le puits de l'oubli et au sepulchre encloses

Et que par les esprits le mal ressuscité

Infectera les moeurs de la posterité;

Mais le vice n'a point pour mère la science,

Et la vertu n'est pas fille de l'ignorance.       


(Théodore Agrippa d'Aubigné, cit. de Baudelaire,

Les Fleurs du Mal, 1857)            

 

.......................................

pero si el sol o el corazón se esconden

devorados por buitres gigantescos

o tapados por lápidas que son como rencores

si el sol de siempre o el corazón se apagan

cubiertos por el asco esa neblina

o el silencio infecundo de los gritos

entonces este mundo se detiene azorado

y los cuerpos sucumben en el cepo del frío

(Mario Benedetti, "El olvido está lleno de

memoria", "Eclipses")

PRIMERA PARTE

GENESIS

Las visitas

Salieron al jardín del frente. Al adelantarse para despedirlas tropezó, se estiró el saco y sonrió. Cuando se alejaron alzó la mano en un adiós deportivo mientras cerraba el portoncito de hierro. Luego volvió para atender al jardinero.

         

No era habitual que lo visitaran. Pensó que venían para conocer su casa y su intimidad de viudo solitario. El viernes anterior habían ido al comité por segunda vez y se le acercaron al terminar la reunión. Era secretario de finanzas y dirigía la campaña de bonos.

- Vamos a llevar una libreta, somos buenas vendedoras.

         

La conversación se prolongó en la puerta y luego en el bar. La diferencia de edad impuso un trato distante:

- Usted será de los primeros que vamos a visitar, va a ver.

- ¿Venderle bonos al secretario de finanzas?, eso sí que estaría bueno; está bien, acepto, las espero a tomar un café y charlamos. 

- Denos su dirección.

         

Hasta ahora había hablado la pecosa y rubia; la otra mantenía un aire abstraído. Al darse vuelta para sacar un lápiz del bolso, se entreabrió la pollera jean y pudo ver que tenía una quilla en la media. La mesa interpuesta y los pliegues del sacón no le permitieron otras evaluaciones. Lo intentó disimuladamente, al tiempo que hablaba con gesto de preocupación sobre la escasa asistencia a las reuniones.

- Es en Malvín; el sábado de tarde, ¿está bien?, así después salimos y caminamos unas cuadras por la rambla.

         

A las seis en punto tocaron el timbre. Las espió unos instantes por la cortina y luego abrió la puerta y les tendió la mano, pero ellas ya habían dado un paso hacia él y se empinaban para  besarlo. Fue una torpeza: había mostrado sus hábitos de veterano. Sin dudarlo y para corregir el error entró de lleno al tuteo. No recordaba los nombres.

- ¿Cómo te llamás?

- Gloria.

- ¿Y tú?

- Soledad.

- ¿Son hermanas, no?

- No, amigas, íbamos a la misma escuela.

- Saben que se parecen un poquito...

         

Se rieron y Soledad se puso colorada. "Es de cutis más blanco..."    

      

Hablaron de política, de libros, de cine. Los tres eran socios de Cinemateca.

- ¿Ustedes se acuerdan de Raimu?

- No...

         

"Qué imbécil, todavía no habían nacido y les salgo hablando poco menos que del cine mudo."

         

Fue a la cocina y sirvió los pocillos.

- ¿A que no se acuerdan del cuento "Los pocillos"?

- Ay, que rico olor a café; sí, me encanta Benedetti, ¿es el de aquel tipo que se hace el ciego, no?

- Sí, ¡cuidado con los ciegos...! ¿Querés una palmita, Soledad?

- Ay, sí, que ricas, pero engordan, ¡cuidado, mirá lo que te pasó!

         

A Gloria se le había derramado café y al levantar el pocillo el goteo le salpicó la blusa.

- Dame que te cambio el plato.

         

Y volvió a la cocina.

         

Ese día había comido en el centro. La discusión con el gerente le había atragantado el entrecot con papas fritas. Lleno de gases y palpitaciones silbó bajito y fue al baño como quien va a buscar algo.

         

Se miró en el espejo. Tenía el cuello de la camisa levantado en una de las puntas y un mechón de pelo alzado sobre la oreja. Se encontró raro. No le agradaron su rostro sin fuerza, sus ojos tristes. "Tengo las cejas circunflejas". Por una fracción de segundo pensó en la oficina, en Mr. Anderson. ¿Habría estado todo el día con esa cara?, y recordó el proyecto de la consultora. Sintió un leve sobresalto, una presión fría en la boca del estómago y su corazón aceleró el paso, aunque no lo percibió; en cambio hubo un relámpago de miedo. Rápidamente se alisó el bigote con el índice y acercándose al espejo revisó los dientes, sacó la lengua: podía tener restos de comida. Removió y revisó la prótesis, puso la mano ante la boca y olió su propio aliento: estaba bien, había tomado café. Orinó, se peinó, miró sus uñas y salió. Volvió al comedor con aire de triunfo, las manos juntas como para batir palmas.

- ¿Y mi café...?

- ¡Pero qué cabeza...!

         

Regresó a la cocina por el pocillo.

- ¿Qué les parece si salimos un poco?

- Ah, no, primero tenés que comprarnos los bonos.

- ¿A cuál de las dos le pago?

- A Soledad, es la tesorera.

     

Les compró media libreta.

- Ay, qué bueno...

- Y generoso...

         

Recién en ese momento se fijó en Soledad: era hermosa, mucho más que Gloria; tenía las cejas espesas, un lunar en el mentón y bolsitas bajo los ojos. Se reía con gracia tímida.

         

"Debe ser peluda, y los ojos diferentes de la otra, qué diferentes, tiene el pelo negro, bien negro, y vello oscuro en los brazos, pechos altos, duros, ¡qué pechos!".

         

Se tiró para atrás en el sofá, y como la mesa era baja pensó que al ir al baño podía haber olvidado cerrarse la bragueta. Miró hacia un costado, cruzó las piernas y les ofreció escuchar a Piazzola.

- Es un casete que me trajo mi hermana de Buenos Aires; tiene algunas obras que no conocía.

- Lo que pasa es que nos tenemos que ir.

- ¿Cómo irse?, dijimos de salir a caminar un poco...

- Sí, pero se nos hace tarde y va Walter a casa.

- ¿Y a ti te espera alguien?

- Walter es el novio de Gloria, pero igual me voy con ella.

         

Y se rió con las bolsitas de los ojos y los dientes  redondos.

         

"Mirá qué gambeta...cómo esquiva la pregunta..."

- ¿Y a ti no te espera nadie?

- No, sos abogado, ¿verdad?

- Hace tiempo estudié pero dejé, trabajo en un laboratorio.

         

Y soltó una risa desafortunada.

     

Las mujeres lo ponían un poco nervioso. Sin saber cómo, se encontró pensando en su madre y en que algún día moriría como ella. Por una fracción de segundo se sintió acorralado.

- ¿Un trago de despedida? ¿algo fuerte, whisky?

         

Gloria se adelantó a contestar.

- No, no, para mí si tenés algo fresco mejor.

- Cualquier cosa fresca...

- Esperen un poco, veo lo que hay.

         

Volvió a la cocina. Al lado del derivado del teléfono vió la agenda y tendió instintivamente la mano. Nuevamente la presión al estómago y la conversación con el gerente. Mientras abría la heladera e inspeccionaba el interior imaginó un diálogo. " - Pero no se ponga así...escuche, escuche...- Nada. Sírvase tratarme con más respeto. Tengo más de veinte años en la firma y Vd. de un minuto para otro suspende tres productos, el Timenol nada menos, acepta el informe de la consultora y me manda hacer trámites como un pendejo; todo para importar mierda alemana, y sin decirme nada. Eso, eso tendría que haberle dicho, y meado bien meado, cabrón hijo de puta, cipayo, me voy a la mierda, voy a buscar otro laburo."          

         

Vio un salchichón; pensó en cortar unas rebanadas pero lo desechó. Levantó la voz.

- Tengo coca y cerveza.

- Para mí coca.

- Un poquito, dos dedos.

         

Llenó tres vasos, los puso sobre servilletas de papel y volvió con la bandeja.

         

"Gloria tiene que irse, le viene el Romeo". Se le ocurrió pedir a Soledad que se quedara, pero vaciló antes de hablar:

- ¿No querés quedarte un rato conmigo?

         

No era esa la frase que había pensado. Hubiera deseado decirle: "podés quedarte un poco más, no tenés por qué irte tan temprano, podemos salir a caminar, la tarde está preciosa". Pero le salió esa bestialidad, y todavía "conmigo", que era lo mismo que decirle, "quedate así nos encamamos bien encamados".

- No, no, otro día, ¿ta?, otro día que venimos.

- Bueno, es una vergüenza, me han fallado, no tienen palabra...

         

Rieron y se pusieron de pie.

         

En ese momento sonó el timbre. Al abrir se encontró con un viejo encorvado, el rostro oscuro y arrugado. Llevaba una boina descolorida echada sobre los ojos, saco y camisa de tartán a cuadros verdosos, pantalón negro. Asomaban sobre la frente y las orejas algunos mechones blancos, pegoteados de traspiración.

- El señor hermano de la señora Susana...

- Sí, don, ¿qué dice..?

     

Lo había tratado con una altivez estúpida; "si hubiera estado solo le habría hablado de otra manera."

- Mire señor, soy el jardinero, vengo de parte de la señora Susana.

      

La voz era raspada y caía al final de cada pausa, estirada como si buscara el codo del cuerpo encorvado para salir por la nariz, entre los bigotes lacios. Los ojos verdes, muy claros y ocultos entre las arrugas y las cejas canosas, miraban fijamente los suyos, esperando.

      

No le contestó; primero quería acompañarlas hasta la puerta y despedirlas. No dejaba de pensar en Soledad y en cómo haría para volver a verla. Recordó que el secretario tenía las direcciones.

- El martes en el comité, ¿no? ¡suerte con los bonos!

- Ni uno va a sobrarnos, vas a ver...

          

Salieron y el jardinero dio un paso al costado, haciendo sitio, la mirada baja.

      

Volvió y lo hizo pasar. El día anterior había venido la limpiadora y pensó que el viejo le iba a ensuciar el piso. Le pidió permiso para poder cerrar la puerta y el hombre volvió a hacerse a un lado.

- Disculpe...

- ¿Cómo es su nombre?

- Cabrera, señor, Antonio Cabrera un servidor.

- Muy bien, don Antonio, venga que le voy a mostrar lo que hay que hacer; Susana me dijo que Vd. vendría, ayer me llamó.   

      

El viejo lo siguió. Caminaba con el torso inclinado hacia adelante, como si avanzara primero él y luego lo siguieran las piernas, empujándolo una vez una, una vez otra, alternadamente, los brazos separados como dos alas molestas. Lo miró de reojo y sintió satisfacción por sus piernas fuertes y elásticas.

         

"Camina como un pato, realmente un pato."

- La señora Susana me dijo que hay un jardín grande.

- Sí, más o menos doscientos metros...usted es de afuera ¿no?

- Sí señor, de Cerro Largo.

      

Al pasar por la cocina miró de reojo los tres pocillos y el recuerdo de Soledad le llegó risueño. Un olor fuerte parecía seguirlo. El hedor agrio manaba de aquel cuerpo bajo y corvo. "Es el saco...no, ¡es él! ¡qué mugre...!".

- ¿No quiere sacarse el saco, don? hace calor aquí...

- No señor, gracias, es un momento nomás.

         

Le había hablado levantando la voz, como a un sordo. Se dio cuenta de que le había gritado porque era pobre y viejo. Se aproximó un poco:

- Yo conocí a unos Cabrera, cuando iba con unos amigos de mi padre a Maldonado...

      

Su padre conservaba aún la fortuna, él era un niño y más de cuarenta años habían pasado desde entonces. Cabrera era un apellido tan corriente como Pérez o Rodríguez, más aun en el interior.

- No señor, no tengo parientes en Maldonado; Cabrera somos muchos.

- Bueno, don Alberto, lo que hay que hacer aquí es podar, cortar el cerco y la gramilla, remover la tierra de los canteros; está el problema de las hormigas y los caracoles, cuidar todo eso; qué le parece, ¿podría venir una vez por semana?

      

No sabía nada de plantas, se equivocaba con el nombre: pero el viejo no lo pensó; era moneda corriente y parte de su mundo. Ese trato distante, en ocasiones altanero, era la única forma de relación que conocía.

 - A mí me parece, señor, y usted disculpe, pero ahora no es tiempo de podar los rosales, y disculpe, ¿no?

- Bueno, yo de eso no sé nada, usted manda, don Alberto...

- Disculpe: Antonio, señor, Antonio, si le parece bien...

- ¡Pero! ¡perdone don Antonio! ("la arteriosclerosis, los análisis") y dígame, ¿tiene herramientas?, yo tengo máquina eléctrica...

- Disculpe, yo traigo la mía de mano, no me gusta la electricidad; hoy no traje nada porque vine a tratar.

- Bueno, ¿y del precio qué me dice? ¿cuánto me va a cobrar?

      

Se sentía seguro, sabía que no le iba a cobrar mucho: para un pobre poco dinero es mucho dinero. Aunque igual había que preguntarlo con franqueza, con un levísimo toque de autoridad para disuadirlo de pedir demasiado.

- Serían treinta, señor, si le parece bien,

- ¿Por mes?

- Sí señor, por mes.

      

"Pobre tipo, no sabe cobrar".

          

El sol a punto de ponerse cribaba la luz por entre las hojas de un pino y jugaba sobre el rostro traspirado. El olor a sudor era tan fuerte que lo obligó a dar un paso atrás y a  mirar el cielo, como al descuido.

- ¿Cómo le parece que estará el tiempo, don Antonio?

- Bueno, sí señor, bueno, se asentó, no va a llover.

- Muy bien, don Antonio, pero para trabajar venga más desabrigado, se va a cocinar si trabaja con toda esa ropa.

         

Pero don Antonio miraba una arrogante rosa de Francia.

- Tiene piojo, hay que curarla; sí señor, sí, yo traigo otra ropa.

- Usted manda, don Antonio, ¿le doy el dinero para el remedio?

- No hace falta, señor, tengo en casa.

- Está bien, ahora si me disculpa, tengo que ir a un velorio, el padre de un amigo...

- Ah, cuánto lo siento, señor, eso llega cuando tiene que llegar, sí señor...

         

Entró llevándolo tras de sí, de vuelta, como si lo arrastrara. El viejo lo siguió, bamboleante el cuerpo macizo sobre las piernas abiertas, los brazos hacia atrás, y se detuvo en la cocina frente a un almanaque con la foto de una mujer desnuda que ofrecía una marca de cigarrillos. Lo miró un rato largo, estudiándolo.

- Mañana empieza el menguante, empezamos por cortar el pasto, está alto; si le parece bien el lunes vengo temprano, no vivo lejos.

     

Ya en la puerta, venció una resistencia inconsciente y le tendió la mano. La del viejo se alzó despacio, y los dedos ásperos, calientes y húmedos apretaron apenas. Pero no hubo asco, porque algo parecido al respeto contuvo su pensamiento cuando aquellos ojos verdes lo miraron de frente.

- Tanto gusto, señor, el lunes vengo a las ocho.  

 

 

         

Llegó al velatorio al anochecer. Tres hombres en un rincón escuchaban con atención a otro bajito que hablaba apresuradamente, agitando las manos. Se esforzaba para no levantar la voz y estiraba la cabeza hacia adelante y hacia arriba, hinchadas las venas del cuello.

         

El ataúd brillaba en el centro. "Pobre Rupi, con la misiadura eligió uno de cuarta."

         

A un costado, de pie y de manos cruzadas a la espalda, el hijo del muerto tenía la apariencia de esperar algo. Distraído, apoyado sobre una pierna y levemente inclinado, parecía a punto de caer. "Tengo ganas de ir a enderezarlo." Caminó hacia él y pensó en las innumerables veces que había hecho lo mismo, que había dicho las mismas cosas en iguales circunstancias:

- Lo siento, hermano, me avisaron esta mañana, pobre don Carlos.

- Qué me decís.

- Y cómo fue...

- De golpe, lo encontré muerto en el baño, estaba jodido hacía tiempo, el corazón.

- ¿Querés que le avise a alguien en el ministerio?

- No, viejo, gracias; los muchachos ya saben.

         

La puerta se abrió y entró la cabeza de una mujer gorda y rubia. El saco largo parecía flotar alrededor del cuerpo. La seguía un niño de lentes, flaco, pálido y con uniforme escolar. Las manos regordetas de la mujer avanzaron por el aire, balanceándose al compás de los pasos, abiertas como si fueran a agarrar algo. Caminó rápido hacia el hijo del muerto, que  también avanzó con los brazos abiertos.

- Delia...!

- Ay, Rupi...

         

Las manos sujetaron las cabezas y las acercaron a las frentes. Las dos cabezas quedaron pegadas por un momento y comenzaron a intercambiar sollozos. Luego las frentes pasaron a apoyarse en los hombros. A pocos pasos, el niño con uniforme observaba distraído y se escarbaba la nariz con detenimiento.

         

Era la mujer del muerto, la amante de los últimos veinte años.

- Tan buena que fuiste con él...cómo lo cuidaste, Delia, gracias, si no hubiera sido por ti...

         

Si bien había reprochado a su padre haber elegido una mujer tan gorda y con aquellas piernas inmensas, los argumentos lo habían convencido: bondad, fidelidad, honradez, muy ordenada, prolija.

         

Durante el abrazo el hijo no dejó de sentir la presión de los senos enormes y de aquellos muslos de asombrosa circunferencia,   

- Qué va a ser de mí ahora...

- No digas eso, Delia, contá conmigo...

- Y cómo fue...no me avisaste en seguida.

     

Hacía años que vivían en Lagomar, y el día anterior había venido a cobrar la jubilación.

- No pude; ayer de la Caja vino para casa, yo no estaba y esta mañana lo encontré en el baño, ya estaba muerto...

         

Mientras él observaba la escena y escuchaba el diálogo, entró un señor delgado, casi esquelético, lentes de aro negro y grueso. Se acercó al álbum y con movimiento meticuloso la mano extrajo del bolsillo interior una parker dorada. Luego de un momento, como si pensara lo que tenía que escribir, firmó con una amplia rúbrica.

         

"Como si firmara un cheque por un palo verde."

         

Algo alejada, sentada en un rincón, una viejita de negro parecía rezar en voz baja, moviendo apenas los labios por los que escapaban pequeños silbidos. Cada cuatro o cinco, uno más fuerte correspondía a un suspiro. La miró y el corazón se le aceleró: "el asma, igual que entonces..."

         

Era un asma viejo, nunca atendido, que no conocía otros remedios que tisanas calientes con miel.

         

"Tendrá los mismos dientes postizos..."

         

El rostro era fino, triangular, la piel tostada, y en torno al cuello pellejudo un pañuelo negro le caía sobre la espalda encorvada. En las manos cruzadas sobre la cartera eran visibles las manchas de vejez y los nudillos hinchados por la artritis. Los dedos pasaban lentamente las cuentas de un rosario.

         

Sucedió de pronto, como si ella hubiera sentido el peso de aquellos ojos que la hurgaban. Levantó las cejas, giró la cabeza y lo miró. El sonrió y levantó la mano en un saludo indefinido.

         

"Inocencia...¿me acercaré?...qué le puedo decir a esta vieja..."

         

Entonces volvió a mirarle las manos, la boca, el pequeño moño sobre la coronilla; se decidió y dio un paso hacia ella. 

La ceremonia

         

Muchos años atrás, el día de su undécimo cumpleaños, Inocencia tocó timbre; venía recomendada por una agencia de colocaciones. Su madre le mostró la casa, acordó las condiciones y comenzó a trabajar esa misma tarde. La recordaba alta, de delantal azul, el pelo recogido sobre la cabeza en un grueso moño negro. Pese a que aparentaba no mirarla, le gustaba vicharla cuando pasaba el lampazo a las losas del patio o cuando alzaba el largo plumero para limpiar las telarañas de los techos. Lo hacía con elegancia, casi con autoridad, con movimientos lentos en los que veía algo parecido a una danza, destacadas sus caderas y su cuerpo esbelto. Tenía en sus movimientos algo ligero y fresco que le agradaba. Ella tampoco parecía verlo. Solo una vez pasó cerca, y sin mirarlo le puso la mano sobre la cabeza y le dió un repelón. Pero todo empezó cuando una mañana la madre ordenó a la sirvienta que fuera al baño por una barra de jabón. Entró de prisa, sin llamar, en el momento en que él metía una pierna en la bañera. Al verla sintió la desnudez de su piel y solo atinó a cubrirse el sexo con las manos. Ella lo miró de pies a cabeza, se le acercó en puntas de pies y con un movimiento brusco le separó las manos y le besó la cara cerca de la oreja.

- ¡Bobo...!

         

Luego tomó el jabón y se fue. El quedó con un pie en la bañera y el otro sobre la rejilla de madera, paralizado de gozo y de miedo. Así comenzó el ritual de los sábados, día en que la familia iba a la quinta del Miguelete para llevar flores a las cenizas de la abuela, abrir y ventilar la vieja casa solariega.

         

Un día le dijo a su madre que quería quedarse.

- Mamá, tengo muchos deberes y mañana vamos a ir al cumpleaños de Catita, quiero quedarme.

- Está bien, pero no vayas a ningún lado, ni a la vereda; te quedas en casa y cualquier cosa que precises la pides a Inocencia; ella te servirá el almuerzo.

         

Y se dirigió a la cocina para dar instrucciones a la sirvienta.

         

Estaba en su dormitorio cuando Inocencia entró y le dijo al oído:

- Bobo, ¿por qué te dio vergüenza que te viera desnudo? Vení que te voy a bañar.

         

Desde ese día las semanas se alargaron en las rutinas de la escuela; pero a partir de la noche del jueves el tiempo parecía eternizarse hasta la mañana esperada. Con ruegos y zalamerías impuso la costumbre de quedarse los sábados a hacer los deberes. Cerca de las diez, cuando el Chevrolet azul se perdía a lo lejos en dirección al Norte, cerraba las hojas del portón del garage, corría hacia el baño, colocaba en el piso la rejilla de madera y esperaba. Al cabo de un momento, la puerta se abría sigilosa e Inocencia entraba sonriente y callada; lo miraba con ternura, con más ternura que su madre, y le ponía la mano sobre la boca. 

- Prohibido hablar.

         

Luego se volvía hacia el perchero de roble del que colgaban las batas. Sin dejar de mirarlo a los ojos y de sonreir, se ponía la de su madre y se acercaba. El la veía altísima y tan hermosa como una de las reinas de sus cuentos. Callado, reía nervioso y esperaba.

         

Comenzaba por tapar el desagüe y abrir las canillas de bronce. Los gruesos chorros de agua caliente y fría comenzaban a formar en la bañera un pequeño estuario de reflejos verdosos. Al mezclarse, las aguas parecían enturbiarse; subían los borbotones y se formaban pequeñas islas de espuma. Entonces se volvía, se hincaba ante él, y comenzando por el del cuello, desabrochaba los botones uno a uno con deliberada parsimonia. Doblaba la camisa, la depositaba sobre un banco y encima apilaba luego ordenadamente las otras prendas. 

         

Por fin, apoyándose en aquellos hombros redondos y firmes para no caer, él se dejaba quitar las medias, que ella alejaba de sí con dos dedos y soltaba desde lo alto sobre el montón, tapándose la nariz.

- ¡Puff...!.

         

Los zapatos quedaban también ahí, a un costado, como dos amigos tocándose uno al otro.

         

Desnudo y quieto veía entonces a Inocencia alzar las manos, resbalar las mangas por los antebrazos cubiertos de fino vello, y extraer del moño dos grandes horquillas. La cabellera liberada caía sobre la espalda y los hombros, y echando la cabeza hacia atrás reía sin voz, como en secreto. Era el momento en que él, los ojos cerrados, daba un paso hacia ella y se dejaba tomar y apretar contra el pecho amplio, acolchonado por la bata áspera y perfumada de su madre. Una garúa de besos caía sobre su cara, entre palabras cariñosas que ya no recordaba.

         

Con piel de gallina y calofríos, casi tiritando, sentía aquella lengua ávida que bajaba una y otra vez de su pecho a su vientre y a la flor oscura e incipiente de su pubis; aquella boca rápida que le cosquilleaba con su fino bozo y que terminaba por mordicar su pene duro e infantil. Luego lo hacía volver de espaldas, y él se veía solo, los ojos casi llorosos, la boca entreabierta, la cara descompuesta enfrentada al espejo de marco blanco, mientras sentía los besos rituálicos, húmedos, recorrer el breve camino de su cuello a su cintura y a sus pequeñas nalgas.

         

Siempre sucedía lo mismo. Sentía vergüenza de verse desnudo en el espejo, le irritaba su cara de asombro, y hacía fuerza por volverse hacia ella.

- ¡Bobo...!

         

Y después de arrullarlo y mimarlo lo ayudaba a sumergirse muy despacio en la bañera, para que sintiera en su piel la gozosa línea de agua tibia, que ascendía hasta cubrirle el mentón. Arrodillada sobre la rejilla, comenzaba a recorrer su cuerpo con los ojos y con las manos, agitando el agua en pequeños remolinos, sobre los pies, sobre el ombligo, de un lado a otro de su cuerpo, hasta que embelesado por los juegos y caricias, por aquellos ojos negros y maternales, sentía que comenzaba a manarle desde la planta de los pies, de sus rodillas, de sus piernas rígidas, de su corazón agitado, una creciente punzada de placer desconocido que crecía y desbordaba, hasta reventar a la altura de su vientre entre suspiros hiposos y un corto grito sofocado.