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Jonathan Swift, cansado de sus congéneres, abandonó la isla
y se dirigió hacia un espacio, para él, desconocido.
Aterrado de la vida que vivía pensó que había otras vidas posibles
y que el sino del hombre era la búsqueda
pero la vida que anhelaba persistía en resbalar e irse
de su lado, y los años lo alcanzaban ya
y los otros que él era lo rodeaban con desasosiego,
nunca le habían brindado lo que él merecía
o sentía que merecía, en la vida sólo había dispuesto de pequeños papeles
que no reflejaban su estatura, su intelecto había sido usado
por mediocres minorías que, quizás sintiendo un placer secreto,
se empecinaban en menospreciarlo. El gaitero o el amo del cobertizo
reían bebiendo abundante cerveza mientras los jóvenes garañones
secos de seso seducían y fornicaban a prestas doncellas
que así sentían cumplido su papel en la vida. Los jueces olfateaban
la tinta, los leguleyos ejercían y ejercitaban la mentira,
los terratenientes competían en fraudes y ganancias
y los políticos hacían lo mismo que todos ellos
pero mucho más y más seguido. Entonces, ¿qué vida viviría?
ninguno de esos perfiles daba su rostro, nadie era un espejo
para él. Los estados de la mente hacían sitios solitarios
donde él crecía como un niño pero se quebraban como cristales.
Harto de no llegar, Jonathan Swift soñó que era Gulliver
que vivía en un país de enanos. |