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Un gesto final de anarquismo cósmico |
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"...mi fe en la dignidad humana consiste en la creencia |
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Porque tal como ustedes lo saben y como es indudable, señoras y señores –manifestaba casi gritando, tieso frente al pizarrón, el exaltado joven de mirada intensa en apariencia pero en el fondo vidriosa– hemos entrado ya en la Era de Acuario. El magno evento acaeció en el Cosmos inefable el día tal, del año cual, hora y minuto equis equis... Y así proseguía la enfatizada conferencia. Pero Jesús se quedó en ese problema del cambio de Era. ¿Si en realidad todo se resolvió a nivel cósmico –se preguntaba– por qué marcar entonces fechas demasiado precisas de acuerdo al tiempo tan relativo y nada universal del planeta Tierra, en definitiva nada más que un grano insignificante de polvo en la magnitud de la Vía Láctea, la que a su vez es sólo una entre las innúmeras galaxias? Salió
a la calle céntrica como siempre, solo, sin hablar con ninguno de los
participantes de ese cursillo dedicado a la “autorrealización” que se
llevaba a cabo en el Instituto de la Caridad Cósmica (que pese a lo
rimbombante del nombre funcionaba en el modesto salón de un caserón
vetusto de la zona de Goes). Había llegado allí gracias a su costumbre o
vicio de leer con atención cada afiche que veía; al igual que tantos en
esos años setenta y pico, en el Uruguay, sufría lo que algún sicólogo
social llamaría más tarde: Síndrome
de insatisfacción visual-publicística, causado por ausencia abrupta de
estímulo. Todo sucedía además en otoño, y en una época y un lugar con mínimas opciones que fueran algo más que mero divertimento. Alguna película de vez en cuando, alguna contada obra teatral. Lo cierto que eso, y su tendencia a la soledad, y la carencia de amigos, lo condujeron también al extraño instituto. Antes había tenido su pasaje fugaz por la Sociedad Teosófica, empapándose con ese desmesurado pandemonium mediante el cual se pretendió alguna vez clavar al misterio como si fuera una mariposa en un álbum. Antes todavía hubo lecturas, que fueron de los manuales de yoga a El retorno de los brujos, ese compendio sobre todo y sobre nada , como lo iba a calificar más tarde el Viejo Poeta en el primer encuentro que tuvieron. En realidad, éste no era tan veterano como para justificarse el apelativo con el cual se le conocía en ese pequeño grupo con inquietudes literarias que comenzó a reunirse dos veces por semana en el café Británico de Millán y Asencio. Eran todos del barrio o vivían cerca, de ahí la elección de ese iluminado faro de solitarios anocheceres en aquel triste mes de junio, con su clima levemente anticuado, que ellos imaginaban vinculado por un hilo invisible al mítico café homónimo que había existido en la plaza Independencia (que ninguno había conocido, a excepción del Viejo). El veterano era el único “poeta poeta”, es decir el único que había sido confirmado como tal por el mágico aval de un pequeño librillo –una de esas esforzadas pero modestas ediciones de autor– lo que a los ojos de los siete u ocho contertulios más jóvenes estaba rodeado de un halo de prestigio. La
vinculación de Jesús con esa peña tan poco usual para los tiempos difíciles
que corrían, se debió no a vivir a tres cuadras del lugar, sino
–curiosamente– al Instituto de la Caridad Cósmica. En esos cursos
donde se entremezclaban nociones sobre el “desdoblamiento astral”, los
ovnis, la Cábala, la “energía del kundalini”, todo digerido y bien
esquematizado para consumo de perezosos mentales. En el salón con olor a
varillas de incienso y algunas alegorías simbólicas en las paredes, ya
habiendo accedido al curso más avanzado que allí dictaban, conoció a
Magdalena. Ella, recién inaugurada estudiante de Letras, rebosante de múltiples
inquietudes y fervores, aparte de intercambiar con él apuntes y
repartidos sobre Meditación o los Círculos Dantescos (desde el punto de
vista esotérico), y más tarde terminar por fin haciendo el amor con
ansiedad en un destartalado hotelucho de la Ciudad Vieja; aparte de todo
esto, lo condujo un lunes y a la hora del lobo hacia la mesa del Británico
rebosante de puchos, donde el tema era la posibilidad de editar una
revista cultural para quebrar la
quietud ambiente e iluminar
el páramo. Nunca había pensado en serio en escribir, pero Magdalena lo presentó como filósofo –que tampoco era– quedando comprometido para esbozar alguna cosa sobre vaguedad tan grande como El ser uruguayo, un modo de existir en el mundo. Con motivo de la casi milagrosa concreción de la revista –posible gracias a la combinada generosidad del tío rico del joven pálido que figuraba como director responsable, y a la buena voluntad de un imprentero anarquista añorante de tiempos mejores– Jesús se encontró de pronto en medio de una situación inesperada. De solitario y anónimo peregrinante por cursillos varios y conferencias múltiples, de lector omnívoro en sus largos períodos de obligado ocio por carencia de trabajo, pasó a constituirse en personaje muy conocido en los círculos culturales, que eran pocos y mustios en aquel momento aunque no por ello menos movedizos. La publicación había recibido, luego de interminables disquisiciones hasta la alta madrugada en un Británico semi vacío, el nombre de Fénix; era una manera de colocarse bajo la posible protección del pájaro de la leyenda (eran tiempos en que los medios de prensa no lograban durar, salvo que fueran complacientes o decididamente oficialistas). Y por esas cosas que tienen que ver con la intrincada maraña del destino, en este caso el fénix de papel hizo resurgir momentáneamente de sus cenizas el interés adormecido en la producción literaria nacional, agotándose la prudente primera edición. La carátula, discreta pero atractiva, llegó a estar presente en algunos quioscos de 18 de Julio. A los pocos días de estar circulando, en ciertos lugares como los cafés Sorocabana, Jauja y Gran Sportman, se hablaba casi únicamente del Fénix y sus aportes tan oportunos en medio de un período tan oscuro, su valiente dar la cara, su quebrar lanzas por lo raigal nuestro. Lo que más se tenía en consideración en esos parloteos de jóvenes de lentes con armazón negra y ancha, damiselas con boina ladeada, algunos profesores en obligado retiro, era el artículo de Jesús y su particular abordaje filosófico al problema de la cultura uruguaya. El fue el primer sorprendido, pues su vocación de ensayista se había manifestado antes solamente en soterradas páginas de su diario íntimo y en algunas contadas cartas para amigos lejanos. Se le efectuaron reportajes, y hasta su rostro –nada acostumbrado a hacerse notar– asomó tímidamente en alguna de las páginas de información cultural que habían persistido a pesar de los malos tiempos. Y eso fue lo que le iba a traer complicaciones inesperadas en el peculiar instituto que estaba frecuentando. Resulta
que mientras todo esto acontecía, su relación con Magdalena siguió tan
intensa como siempre en apariencia, hasta que cierto día ella comenzó a
ponerle pretextos y “peros” para los encuentros, desapareciendo al fin
de las reuniones del café Británico y del mismo Instituto de la Caridad
etcéctera. Una noche, mientras se informaba sobre ella una vez más, el
instructor encargado del curso le llamó aparte. Esa noche había
efectuado una larguísima y tediosa disertación en la cual llegó a
afirmar cosas tales como que el arte
actual es subjetivo y negativo ciento por ciento, y que todos
los artistas del modernismo degenerado están al servicio de lo maléfico,
y los que escriben en diarios y revistas son prostitutas de la
inteligencia. Estos conceptos pusieron a Jesús bastante nervioso, y llegó a rechazar más que nunca el estar en ese lugar –lo que muchas veces había sospechado absurdo–, pues si bien había oído de boca de los poco humildes y nada sapientes expositores de la “doctrina” innumerables disparates, ninguno del calibre al correspondiente a esa jornada. —Está usted expulsado del Instituto y del privilegio de esta enseñanza “para los pocos elegidos” -le dijo, brutal y enfáticamente el instructor, abordándolo a la salida del salón. —Pero, ¿por qué?... Si yo vengo asistiendo regularmente -balbuceó sin muchas ganas, como floja defensa inconvincente, deseando en lo más íntimo huír lo más pronto posible de allí. —Nos hemos enterado que usted aparece en los periódicos, que se vincula con esos personajes que aquí hemos calificado con justicia como “prostitutas de la inteligencia”, escépticos hasta el tuétano y muy dañiños. Por la Santa Doctrina aquí impartida usted ya no puede ignorar que esas gentes de tipo intelectualizante son decadentes, creaturas involucionantes, simples “ignorantes ilustrados”... y eso es todo... Para su conocimiento: la orden de su expulsión la emitió en persona, en decreto fechado el día de ayer, nuestro Coordinador el hermano Miguel. A Jesús la cabeza le daba vueltas y no comprendía qué estaba pasando. Atinó a ver, en un momento, que la mismísima Magdalena –que hacía tanto que no veía– se acercaba, eludiendo su mirada, con un extraño rictus marcado en el rostro. —Pero...¿vos? -llegó a decirle. —Mirá, estoy muy arrepentida de mi pasado. El hermano Miguel, al recibirme en la cámara más hermética del Instituto, me entregó sus justas y precisas palabras que me hicieron comprender de manera enfática y definitiva, indubitable, la frivolidad y el sinsentido de las revistas, las reuniones de poetas, la propia literatura que mi persona en su insensatez pretendía estudiar... Ella habló con firmeza, casi gritando al final, con esa mirada fija y dura que adquirían casi todos los miembros más antiguos de la institución, y hasta se notaba demasiado el insólito cambio de acento en la manera de hablar, ya no siendo más la Magdalena de antes sino casi un robot que imitaba las expresiones y hasta modismos del “hermano” Miguel. —¿Te quedarás acá?, ¿me abandonarás? ¿Dejarás el proyecto del Fénix? —¡¡¡ Siii !!! -gritó ella, con fuerza- ¡porque ellos y vos no son más que marionetas mecánicas en el teatro de la vida! ¡Debí estar muy ciega, al punto que forniqué contigo, echando a perder mis energías en ese acto bestial! ¡Lujuriosos como voz están destinados al abismo, donde todo es llanto y crujir de dientes! Jesús bajó corriendo las escaleras. Caminó luego, durante horas, sin saber en realidad bien lo que hacía. Anduvo sin rumbo, hasta que más allá de la medianoche se encontró sentado en un rincón del murallón de la rambla, junto al mar. Supo entonces que el mundo se había trastocado para él, de golpe, en un enorme inabarcable absurdo. Con el pasaje de los días fue replegándose más y más sobre sí mismo. Ya no concurrió al Británico los lunes, y practicamente no iba a ningún lado. La madre empezó a preocuparse seriamente por ese hijo, siempre silencioso y encerrado en su habitación, con la mirada perdida quién sabe dónde. El desenlace pudo considerarse previsible, aunque significó un drama para los pocos a quienes interesaba ese patético hombre flaco con mucho todavía de adolescente a pesar de sus treinta y tres años. Lo vieron cruzar la avenida Millán a la hora de más intenso tránsito. Iba envuelto nada más que en una sábana atada por un cordón, a modo de hábito religioso. Se había colocado en la cabeza un par de guampas, y en la mano portaba una caña a modo de báculo. Parado en medio de la calle, con bocinazos y frenadas bruscas a su alrededor, le oyeron gritar ¡Abajo Miguel, inquisidor! ¡Viva el Ave Fénix libertaria! , antes que el enorme camión lo atropellara. |
Alejandro
Michelena
Relato publicado en el suplemento La Hora Cultural, del diario La Hora ( año 1988).
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