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El santo milagrero de la calle Inca |
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En la calle Inca casi Nicaragua se alza el templo dedicado a San Pancracio. Allí, todos los doce de cada mes se renueva un curioso ritual. Desde hace muchísimos años una verdadera multitud se acerca durante toda la jornada para pedirle al santo por la salud propia y de familiares, por trabajo y mejoramiento económico. Hace
unos setenta años atrás corrió como reguero de pólvora por toda ciudad
que la estatua de San Pancracio había llorado. Eran tiempos en los cuales
los favorecidos por los beneficios en los que el santo se especializa
llevaban luego ex-votos, que eran tantos que casi ocultaban el altar.
Desde los años setenta la retribución por los beneficios recibidos se
realiza mediante kilos de arroz, de azúcar y de yerba, que se reparten
luego entre familias carenciadas. San
Pancracio nació en Frigia y de familia noble, pero a los 14 años ya
estaba en Roma en tiempos del emperador Diocleciano. Con su tío Dionisio
habían montado una suerte de “cooperativa de ayuda mutua” dentro de
la comunidad cristiana, la que entonces era mal vista desde el poder. Murió
mártir, y en el sitio donde lo mataron se alza hoy la basílica que lleva
su nombre. El
templo local data de la década del treinta. Pertenece al último período
de construcción monumental de recintos católicos. Por fuera su condición
es algo indefinida en su estilo, pero si entramos simula el gótico, o
mejor cabría decir que se trata de un muy liberal "neo-gótico".
Hay vitraux en las paredes, donde consta el nombre de la familia
que donó el dinero para instalar cada uno de ellos. Lo mismo pasa con
bancos y reclinatorios, en ninguno de los cuales falta la chapita dorada
con el "recordatorio" del donante. En todo esto, así como en la
permanencia de los altares laterales –uno dedicado a la Virgen de Fátima,
otro al Sagrado Corazón– y confesionarios bien cuidados, conserva un
aire entre anticuado y solemne. Los días doce se instala en la cuadra frente a la iglesia una verdadera feria con puestos de venta de todo tenor, relacionados directa o vagamente con la devoción al santo. Incluso hay un comercio junto a la parroquia, en el cual la estatua de San Pancracio se vende en pie de igualdad con otras imágenes de dudosa filiación cristiana, entre velas de variados colores y sahumerios, en mezcla proliferante que no puede menos que hacer recordar a aquella "Biblia junto a un calefón" de la que nos hablara el sabio Discepolín. |
Alejandro Michelena
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