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Críticas y comentarios de libros por Alejandro Michelena

Sábato sigue teniendo que decir

España en los diarios de mi vejez, por Ernesto Sábato. Seix Barral, Argentina, 2004.

De modo similar a lo ocurrido con Borges, y en parte también en el caso de Cortázar, el lugar que ocupa Ernesto Sábato en la  cultura argentina hace mucho que trasciende lo estrictamente literario. Su imagen es la de pensador y referente ético.

La misma se vio reforzada cuando el escritor estuvo al frente –en 1983, en tiempos de la apertura democrática en su país– de la comisión oficial que, nombrada por el gobierno de Alfonsín, se encargó de registrar los casos de desapariciones ocurridas durante la dictadura militar. Pero ese perfil le viene de lejos: seguramente desde Hombres y engranajes, libro de 1951, donde Sábato utiliza –con lucidez, precisión conceptual, y originalidad– el género ensayo para desmenuzar las mentiras e hipocresías que se esconden en la trama del mundo contemporáneo.

Esa condición reflexiva. Esa preocupación por los márgenes morales del arte y la literatura, se afirmará más en El escritor y sus fantasmas, libro de 1963. Pero va a ser particularmente en los últimos veinte años –en reportajes y declaraciones, y en su libro antecedente La resistencia– donde esa impronta se proyectará al público masivo.

Antes y después está la notable obra narrativa de Sábato. Sus novelas: El Túnel, Sobre héroes y tumbas y Abbadón el exterminador. En las tres no está ausente la preocupación ética, aunque lo esencial es la aventura creativa.

El nuevo libro del escritor, España en los diarios de mi vejez, en gran parte corrobora el perfil antes delineado. Escrito como un “diario” de viaje, en tono coloquial y de cierta intimidad; si lo comparamos con el talante de su libro anterior, exhibe un aire casi apacible por contraste. Y esto a pesar que el telón de fondo lo constituyen los primeros nubarrones de la crisis económico-social más terrible que sufriera su país.

La novedad está en que el libro presenta a un Sábato menos ríspido, sin los arrebatos de angustia existencial que le eran característicos. Se muestra más comprensivo ante la amenazante realidad, que sin embargo sigue analizando con lucidez nada común.

En libros anteriores parecía por momentos no tener más qué decir, abrumado por la conciencia de que lo terrible había ganado la partida. Un estado de espíritu parecido al que impregnaba aquella hipótesis metafísica, de raigambre gnosticista, que desarrollaba uno de los personajes de Abbadón..., sosteniendo que el mal en el Universo era algo esencial, desde el momento que el creador no fue el Dios Omnipotente de los cristianos sino apenas un Demiurgo imperfecto.

Pero ahora se ha operado una inflexión, y es capaz de escribir lo siguiente: “... viejo, yo veo qué pocas de mis esperanzas se han cumplido, qué lejos está el mundo de lo que deseé, imaginé, y por el que luché.

Y sin embargo no reniego de haber esperado, de seguir esperando”.

En España en los diarios de mi vejez aparecen los temas recurrentes del cosmos creativo sabatiano, como el arte en cuanto salvación en medio del caos de la vida contemporánea, y la genuina preocupación por el destino humano. Tampoco está ausente la profunda inquietud metafísica, ésa que ha venido explicitando a lo largo y ancho de toda su obra.

Pero otra novedad del libro es la honesta y serena confesión de que algunas de sus viejas certezas ya no se sostienen. Consciente que su palabra es hoy tenida en cuenta como pocas en el ámbito del idioma, muestra la valentía de matizar esa convicción atea que le viene de la educación familiar, aclarando que pese a su manera de pensar siempre estuvo atraído: “por lo sobrenatural y he leído lo inimaginable sobre el mundo esotérico.”

Y termina por sincerarse absolutamente ante sus lectores con esta frase que tiene mucho de formidable autocrítica: “Pero ahora, cuando tanta vida ha pasado, tanto amor de la gente, tantas culpas, disgustos, violencias, tanto desconocimiento y estupidez, ya el ateísmo se me desmorona...”

Por estos valorables ejercicios de honestidad intelectual, se le perdonan al escritor argentino otros fragmentos insustanciales, y cierta banalidad que no está a la altura de su brillante trayectoria.

Alejandro Michelena
Crítica aparecida en La Jornada Semanal -suplemento cultural del diario La Jornada de México 

22 de agosto de 2004

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