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Rodó entre los viejos anaqueles |
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Si tenemos en cuenta que hace ya un lustro que se cumplió el centenario de Ariel , la obra más conocida de José Enrique Rodó –fue en el simbólico 2000–, y que han pasado casi noventa años desde su muerte, tal vez pueda considerarse que ha llegado el momento de empezar a desempolvar sus libros y a releerlos desde nuestra situación presente. Para muchos rioplatenses Rodó es –apenas– el nombre de uno de los parques más concurridos de Montevideo, y también el de una calle del céntrico barrio del Cordón. Para un sector en franca minoría pero todavía extenso, es un escritor aburrido y adornado que se vieron obligados a leer en Secundaria; lo poco que saben del personaje es que era un buen señor distraído y miope, siempre vestido de negro, que le tenía miedo a los viajes en tranvía y carecía de sentido de la realidad. Para poquísimos entre sus lectores –extraña raza en extinción– Rodó sigue siendo una gloria de las letras continentales, y lo veneran en un panteón demasiado hierático, al lado de una Juana de Ibarbourou eternizando su gesto de vestal. Si observamos su proyección en toda América, su figura se diluye mucho más. Es para la mayoría de los sectores cultos del presente, en el mejor de los casos, un mal recordado pensador que predicó la preeminencia de una cultura latina contrapuesta a la sajona del norte. Y son también pocos los que valoran en profundidad a Rodó –ubicándolo, junto al cubano José Martí, al argentino José Ingenieros, al mexicano José Vasconcelos– entre quienes sentaron las bases del pensar Latinoamericano del siglo XX. Para comenzar a releerlo con cierto provecho en este inicio de un nuevo milenio, habría que despojarlo primero de la carga de oficialismo y adoración que durante décadas rodearon su obra. Y en segundo lugar, de las descalificaciones que en los últimos cincuenta años fueron casi "de buen tono" en relación a su figura en ciertos medios culturales. ¿Rodó transgresor? A más de un lector podría chocar este subtítulo, si no estuviera entre signos de interrogación. Porque hay una verdad que salta a la vista examinando la trayectoria "real" de este escritor y pensador, más allá y más acá de su mito. Su estilo, que a legiones de estudiantes de las últimas generaciones pareció rebuscado y hasta anacrónico, fue sin embargo renovador en relación a la hueca retórica del romanticismo tardío todavía en vigencia a fines del siglo XIX. Es más: Rodó encontró una manera de escribir, un soporte especialmente apto para la reflexión y trasmisión del pensamiento, que lo iba a transformar en maestro del Ensayo, un género literario que era y es –en sus exponentes más puros– muy poco frecuentado. Su lección de buena escritura fue válida para varias promociones de periodistas que, al menos hasta la década de 1950, vieron en libros como Motivos de Proteo un alto modelo de estilo, casi un metro patrón en lo que a prensa escrita se refiere. En su ruptura con el modo de escribir que le antecediera, Rodó es fiel representante de la brillante Generación uruguaya del 900; renovadora múltiple: a través de un genuino poeta de vanguardia como Julio Herrera y Reissig, mediante la audacia erótica manifiesta en la lírica de Delmira Agustini, gracias a la piedra fundacional del teatro rioplatense que colocó Florencio Sánchez, y de la mano de uno de los fundadores del cuento contemporáneo como Horacio Quiroga. Pero además, por sus vinculaciones con España y el resto del continente, se pudo transformar en uno de los intelectuales más influyentes entre las élites –culturales, pero también políticas– que entonces hacían sus primeras armas en todas las capitales de América Latina. El pensador por detrás del escritor El autor de El que vendrá no se queda en el estilo. Este, si bien esencial, es un vehículo eficaz para el discurrir de su pensamiento. Y es en su condición de generador de ideas donde podemos encontrar al Rodó más transgresor a su tiempo. En un momento político todavía signado por el mirar obsesivo hacia Europa, bregó por lo que prefirió llamar "Iberoamericanismo", adviertiendo a su vez acerca del peligro constituido por la poderosa influencia norteamericana. Fue precursor en esto, junto a Rubén Darío. Y encontró una elocuente metáfora para ilustrar su reflexión: la contraposición entre el idealismo de Ariel (que a su entender era la condición de América Latina) y el realismo práctico y materialista de Calibán (los Estados Unidos). Como imagen literaria, y de las buenas, trasciende esa interpretación. Va mucho más allá: tal vez apuntando a un dualismo que es componente de la propia condición humana. Pero en aquel tiempo, el Ariel se constituyó en verdadero catalizador intelectual del anti-imperialismo Latinoamericano. No fue casualidad que, unos años después, un joven compatriota Carlos Quijano –quien fundara más tarde el semanario Marcha, que fuera durante casi cuarenta años uno de los más prestigiosos del continente– bautizara como Centro Ariel a aquella agrupación de estudiantes provenientes de esta parte del mundo ubicados en el Paris de los primeros años veinte, entre los que se encontraban Víctor Raúl Haya de la Torre –quien llenaría toda una época de la política peruana y continental–, y Miguel Ángel Asturias, el gran escritor guatemalteco. Y hasta en la polémica que mantuviera en Montevideo con el Dr. Pedro Díaz, figura consular del positivismo y anticlericalismo rioplatense, a propósito de un asunto más bien parroquial como fue la decisión municipal de eliminar los crucifijos de los hospitales públicos, Rodó iba a defender una postura poco usual: no a favor de la Iglesia en cuyos molinos no comulgaba; sí en contra de esa medida que consideraba jacobina; sí a favor de una noción más comprensiva y plural de la tolerancia democrática, que lo vuelve a nuestros ojos todavía más vigente. |
Alejandro Michelena
Ensayo publicado en el suplemento
La Jornada Cultural, del diario La Jornada, de la Ciudad de México, en el año 2004.
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