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Vigencia de Rodó, a los cien años


Alejandro Michelena
alemichelena@gmail.com

 

Para muchos uruguayos, José Enrique Rodó es, a 100 años de su alejamiento definitivo en la bruma ideal de Ariel, apenas el nombre de uno de los parques más concurridos de la capital uruguaya, y también el de una calle del céntrico barrio montevideano del Cordón. Para un sector en franca minoría pero todavía extenso, es un escritor aburrido y adornado que se vieron obligados a leer en Secundaria; lo poco que saben del personaje es que era un buen señor distraído y miope, siempre vestido de negro, que le tenía miedo a los viajes en tranvía.

Si observamos su proyección en América, su figura se diluye más. Es para la mayoría de los sectores cultos del presente, en el mejor de los casos, un mal recordado pensador que predicó la preeminencia de una cultura latina contrapuesta a la sajona del norte. Son pocos los que valoran en profundidad a Rodó —ubicándolo, junto al cubano José Martí, el argentino José Ingenieros y el mexicano José Vasconcelos— entre quienes sentaron las bases del pensar continental.

Para comenzar a releerlo con cierto provecho habrá que despojarlo  primero de la carga de oficialismo y adoración que durante décadas rodeó su obra. Y en segundo lugar, de las descalificaciones que en los últimos cincuenta años sobre todo fueron casi “de buen tono” en ciertos medios culturales.

 

¿Hubo un Rodó transgresor?

 

A más de un lector podrá chocar este subtítulo, si no estuviera entre signos de interrogación. Porque hay una verdad que salta a la vista examinando la trayectoria “real” de este escritor y pensador, más allá y más acá de su mito. Su estilo, que a legiones de estudiantes de las últimas generaciones pareció rebuscado y hasta anacrónico, fue sin embargo  renovador en cuanto a la retórica del romanticismo tardío todavía en vigencia a fines del siglo XIX.

 

Rodó encontró una manera de escribir, un soporte especialmente apto para la reflexión y transmisión del pensamiento que lo iba a transformar en maestro del Ensayo, género literario que era y es —en sus exponentes más puros— muy poco frecuentado. Su lección de buena escritura resultó válida para varias promociones de periodistas que, al menos hasta casi la década de 1960 vieron en libros como “Motivos de Proteo” un alto modelo de estilo, casi un metro patrón en lo que a prensa escrita se refiere.

 

En su ruptura con el modo de escribir que le antecediera, es fiel representante de la brillante Generación uruguaya del 900, renovadora múltiple a través del único genuino poeta de vanguardia que hemos tenido que es Julio Herrera y Reissig, mediante la audacia erótica manifiesta en la lírica de alta calidad de Delmira Agustini, gracias a la piedra fundacional del teatro rioplatense que colocó Florencio Sánchez, y de la mano de uno de los fundadores del cuento contemporáneo como es Horacio Quiroga. Pero además, por sus vinculaciones con España y el resto del continente, se transformó en uno de los intelectuales más influyentes entre las elites —culturales pero también políticas— que entonces hacían sus primeras armas en todas las capitales de América Latina.

 

El pensador por detrás del escritor

 

El autor de “El que vendrá” no se queda en el estilo. Éste, si bien esencial en su obra, es sobre todo un vehículo eficaz para el discurrir de su pensamiento. Y es precisamente en esa condición de generador de ideas donde podemos encontrar al Rodó más transgresor a su tiempo.

 

En momentos todavía signados por el mirar obsesivo hacia Europa, bregó por lo que prefirió llamar Iberoamericanismo, advirtiendo a su vez acerca del peligro constituido por la poderosa influencia norteamericana. Fue precursor en esto, junto a Rubén Darío. Encontró una elocuente metáfora para ilustrar su reflexión: la contraposición entre el idealismo de Ariel (que a su entender era la condición de América Latina) y el realismo práctico y materialista de Calibán (los Estados Unidos).

 

Como imagen literaria, y de las buenas, la comparación trasciende interpretaciones simples. Va mucho más allá: tal vez apuntando al dualismo que es propio de la condición humana. Pero en las décadas iniciales del pasado siglo, el “Ariel” se constituyó en catalizador intelectual del anti-imperialismo Latinoamericano. No fue por azar que el joven uruguayo Carlos Quijano bautizó como Centro Ariel a aquella agrupación de estudiantes —provenientes de esta parte del mundo y ubicados en el París de los primeros años veinte— en la que militaban Víctor Raúl Haya de la Torre, quien llenaría toda una época de la política peruana y continental, y Miguel Ángel Asturias, el gran escritor guatemalteco.

 

Y hasta en la polémica que mantuviera con el Dr. Pedro Díaz, figura consular del positivismo y anticlericalismo, a propósito de un asunto más bien parroquial como fue la decisión municipal de eliminar los crucifijos de los hospitales públicos, Rodó iba a defender una postura poco usual: no a favor de la Iglesia, sí en contra de esa medida que consideraba jacobina; sí a favor de una noción más comprensiva de la tolerancia democrática que lo vuelve a nuestros ojos –en estos tiempos precisamente- todavía más vigente.

 

Alejandro Michelena

alemichelena@gmail.com

 

Ver, además, José Enrique Rodó en Letras Uruguay

 

Diálogos con Nuestros Pensadores: José Enrique Rodó

 

Arielismo frente a Panamericanismo

 

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