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Revistas literarias: una estrategia cultural alternativa (1975-1983)
Alejandro Michelena

El fenómeno que nos interesa destacar es el que propiciaron, a partir de 1975, las revistas literario-culturales. ¿Qué entendemos por tales? Las que dándole preferencia a lo literario, tanto en materia crítica como en textos creativos, no desdeñan sin embargo la preocupación por el análisis de otros ámbitos de la cultura. En ese marco —dejando fuera la típica publicación de muestreo de sólo poemas y cuentos, usual modo de darse a conocer de gente nueva— nos centraremos en aquellas que circularon en un relativo circuito público, lo que no les quitaba su condición de subterráneas .

 

En un medio en que habían desaparecido los canales periodísticos de comunicación cultural, renace —después de un silencio de casi dos años— Maldoror. Esta había cumplido un ciclo de incidencia significativa entre 1967 y 1973, con firmas de intelectuales de prestigio de por lo menos dos generaciones y el apoyo de la Alianza Francesa. Había dejado a su paso un recuerdo de rigor y asumido elitismo. Su retorno implicó, sin perder ese perfil, un cambio sustancial. Por  voluntad de sus responsables, y  por la época de su resurgimiento, Maldoror se volcó hacia lo nuevo en lo estético y hacia los “nuevos” generacionalmente. En aquellos primeros números de la segunda época, de una frecuencia más o menos semestral, colaboraron poetas, narradores y críticos de las últimas promociones que allí tuvieron casi la única oportunidad (en aquel momento) de confrontar sus trabajos con un lector ávido. Es innegable el nivel de calidad de los materiales que allí fueron apareciendo; por otra parte, la cualidad inquieta y dinámica de la revista la transformó en verdadero vaso comunicante de muchas propuestas que surgían, y en adecuada caja de resonancia de mucho de revulsivo que llegaba de afuera. Como ejemplos de todo esto, podemos recordar a vuela pluma: el notable cuento de Héctor Galmés Contrabajo solo (luego incluido en su libro de relatos); el que fuera el último ensayo publicado en vida de Carlos Real de Azúa, que hacía referencia al marco epocal que rodeó al nacimiento y primera infancia del franco-montevideano Conde de Lautréamont; la muestra de poesía concreta brasileña preparada por el poeta Eduardo Milán; la jugosa exhumación de las opiniones de Julio Herrera y Reissig acerca de algunas costumbres montevideanas, debida a la paciente tarea investigativa del crítico Wilfredo Penco; la disfrutable crónica de Julio Bayce relacionada con el salón literario que por los años treinta llevaba adelante María V. de Müller en su apartamento del Palacio Salvo (que fue adelanto de su libro sobre el mismo tópico).

 

Si Maldoror fue, en ese año 1975, el comienzo de un proyecto firme y estable, la revista que la acompañó cronológicamente se ubica más bien en el plano de lo más precario (que era la característica más común en ese tipo de publicaciones). Nexo tuvo apenas por dos números, dejando de aparecer debido a clausura y prohibición del gobierno de facto. Respondía a un grupo juvenil,  y  procuraba el rescate y mantenimiento de la perspectiva crítica ante a los fenómenos culturales, que el estado de cosas imperante entonces amenazaba con erradicar. También, destacaba especialmente la tarea de baluartes todavía en pie que mantenían el mismo enfoque, caso del teatro El Galpón y Cinemateca Uruguaya. Nexo resultó, en lo inmediato, un fenómeno de ventas hasta en quioscos, lo que por entonces y en tales productos no era usual. En lo mediato, significó la posibilidad fogueo para unos cuantos escritores y algunos futuros críticos.

 

Al año siguiente tuvo lugar la puesta en circulación de dos revistas. Sintaxis, producto de la inquietud de un grupo de profesores, volcada en igual proporción hacia la ciencia y la filosofía como a las letras. Mantuvo tres entregas, y se caracterizó por una buscada ubicación erudita. Interesó, de preferencia, por la seriedad técnica de su costado no literario. La otra fue Numen, que pese a su nombre aspiraba a llenar un espacio crítico no complaciente; zozobró, luego de su primer encuentro con el lector, seguramente por las contradicciones debidas a un origen demasiado juvenil.

 

De 1977 es Foro Literario. Revista académica, con la salvedad que no aparece relacionada con ninguna institución, tal vez como signo de cuáles eran los tiempos que corrían para nuestra enseñanza. Cumplió su cometido cultural permitiendo la aparición en sus páginas de trabajos no siempre sintonizados con el ambiente espiritual de “noche y niebla” que agobiaba al país. Además ofició, bien que parcialmente, de primer escenario de por lo menos uno o dos nuevos de posterior destaque.

 

En las mismas fechas sale a la calle Ficciones. Receptáculo de trabajos de buen nivel, con nombres que importaban en lo cultural (en general pertenecientes al amplísimo sector de los mal vistos desde el poder), preocupada por el latir artístico del momento. Fue sin embargo más una agrupación de colaboraciones prestigiosas que una revista en el sentido cabal del término. Carecía de un grupo que la impulsara, y en consecuencia de los criterios unificadores que sí le daban ese perfil a las publicaciones que venimos reseñando. Aportó sí, y mucho, en aquella medianía en la cual circularon sus únicos dos números.

 

Destabanda, con un irregularísimo acercamiento —tres números a lo largo de cinco años— no pudo lograr la incidencia que se proponía. Quedó de todos modos como un intento revulsivo de toma de conciencia, hasta donde eso era posible, de aquello que “olía a podrido” en el acontecer literario, con algunas proyecciones audaces para el momento en lo social. Carente también de un grupo unificante y de una línea definida, supo sí prestarle atención al interior. Las nuevas generaciones tuvieron en ella —tanto creadores como críticos— un soporte que, si bien aleatorio y circunstancial, fue igualmente bienvenido en medio de aquel páramo cultural.

 

Plebiscito y despues

 

Y llegamos al año 1980, que ha sido considerado el comienzo de un tiempo propicio para el accionar de este tipo de publicaciones. Con el Plebiscito en ciernes, con el todavía tímido pero efectivo renacimiento de algunas formas de movilización popular (que iban a ir en aumento en los años posteriores), con el surgimiento de una prensa opositora luego de muchos años de monólogo oficial, con el reverdecer en sectores medios y juveniles de nuestra población del interés por la cultura. Con todos estos factores conjuntados, no puede resultar extraño que revistas literarias llegaran a agotar sus entregas, algo que no había sucedido antes ni volvería a acontecer.

La que abrió el fuego, a fines de 1979 fue Trova, vocero de algunos estudiantes del IPA. A través de sus apariciones pasó a ser un vehículo de expresión para los profesores en ciernes, transformándose en penetrante herramienta a la hora de hurgar en la problemática literaria. Entre sus aportes más útiles es recordable —en 1981— el análisis llevado adelante por un equipo de la revista en torno al fenómeno de la aparición en librerías de varias novelas escritas por autores uruguayos, luego de años de casi total ausencia en el género.

Prometeo, iniciativa de profesores de Facultad de Humanidades, fue una publicación académica. Tuvo poca incidencia pública, quizá por su estructura algo elitista.

 

La otra revista de cierta influencia a partir del 80 fue Cuadernos de Granaldea. Se la puede comparar, en su forma de funcionamiento e integración, a Nexo y Destabanda (de las cuales heredó incluso colaboradores). Más hecha a pulmón que las antes reseñadas, más francotiradora y menos representativa de sectores de actividad o estudios, concitó a su alrededor a un grupo heterogéneo de poetas, narradores, ensayistas y críticos,  muchos de los cuales se  iban a destacar notoriamente en los años que siguieron. Procuró equilibrar lo específico literario y lo cultural genérico, dándole importancia al canto popular, al teatro, a lo antropológico. Varios de sus números —aparecieron seis, en el correr de dos años— se llegaron a agotar, pues se vendían por canales no convencionales como los recitales de música popular y las actividades colectivas en cooperativas de vivienda.

 

Más hacia adelante salió a la calle Uno, con una sola entrega (que luego se convertirá en cooperativa de ediciones de poesía). Con puntos de contacto con la anterior, se diferencia al integrar su equipo casi exclusivamente poetas, y por su clara postura estética grupal.

Alejandro Michelena
Ensayo publicado en la revista Carta Cultural Nº 2 (abril de 1988) . La que aquí se difunde es una versión corregida y mejorada.

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