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Poetas uruguayos de los setenta: Una visión panorámica
Alejandro Michelena

A la hora de establecer, desde el lugar de la crítica, las fechas de un período literario, se corre siempre el riesgo de ser arbitrario. Porque la actividad creativa trasciende –saludablemente– las posibles categorizaciones. En nuestro caso, tomamos una fecha cargada de significantes, como es el año 1973, para marcar el inicio de una nueva etapa en la poesía uruguaya. Esta, sin dejar de tener continuidad con las líneas y tendencias que venían planteándose desde los sesenta, muestra un perfil peculiar y –esto dicho no en un sentido absoluto–fuertemente epocal.

Todos estos escritores comenzaron a hacerse conocer como poetas a partir de ese año que fue crucial para el destino uruguayo. Sus obras crecieron y maduraron en el contexto de los años setenta, con sus desafíos y limitaciones. Las mismas responden básicamente a las propuestas estéticas y culturales que eran hegemónicas o surgían en aquel momento.

Además de lo dicho –que hace a lo general, a la sociología literaria– hemos querido reflejar en este trabajo también las peculiaridades. Los poetas más destacados y contundentes son también los más personales, aquellos que –inevitablemente– se desvían en más de un sentido de esos rasgos grupales y abarcadores que facilitan el trabajo crítico pero que nunca reflejan el fondo de la verdad creativa.

Las voces altas

Alfredo Fressia publica a los veinticinco años Un esqueleto azul y otra agonía1 , libro breve pero intenso, con poemas elegíacos de versos largos y una tónica vitalista, que no por casualidad lleva como acápite un fragmento de Rimbaud. Fressia se radicó en Brasil en 1976, donde reside todavía, dejando antes por aquí textos en antologías y revistas que mostraban ya una transición hacia un decir más lúdico, jocundo e irreverente pero también reflexivo, que lo viene caracterizando desde su Noticias extranjeras2 , pasando por Cuarenta poemas3 , hasta desembocar en Frontera Móvil4 . Al presente, su obra poética  sigue en fecundo proceso dentro de los perfiles ya bosquejados.

Uno de los poetas referenciales del período  es Juan Carlos Macedo. Sus libros —Durar5 , Durar II, Referencial e instrumentos6 y Durar III7 — de alguna manera lograron transmutar en certera clave poética muchas interrogantes generacionales y epocales a partir de la firme estructura textual, el rigor conceptual,  y sobre todo el bien logrado equilibrio  entre lo  reflexivo y el lirismo.                

Roberto Mascaró, al igual que Fressia emigró hace muchos años —en 1978— radicándose en Suecia. En su etapa montevideana había dado a conocer interesantes poemas en diversas publicaciones y páginas literarias, comenzando a editarse sus libros tardíamente. Ha mantenido un ritmo de publicación pausado y al mismo tiempo sostenido, desde el inicial Estacionario8 hasta Gueto9. Su libro clave sigue siendo a nuestro criterio Chatarra / Campos10, donde la experiencia montevideana —gris y agobiante— de los primeros setenta, confluye con la más amplia y cosmopolita (aunque no menos agobiante) de Europa, planteando en registro de raíz eliotiana pero muy personal una válida metáfora de nuestra época. Un nivel superior de la misma, llevada si se quiere a la dimensión  cósmica, la tenemos en Cruz del Sur (largo poema-río aparecido también bajo el sello Siesta a fines de los ochenta). Otra de sus constantes estéticas —paralela a la anterior; visible por ejemplo en  Asombros en la nieve11— es el abordaje poético a lo cotidiano como cifra y contraseña para el acercamiento a temas abismales. En Gueto  es posible descubrir un comienzo de síntesis entre las dos vertientes que acabamos de marcar, que se corresponde quizá con una visión poética más integral (¿más sabia?) donde la gran metáfora y la pequeña adquieren —como en el zen— la misma y exacta importancia. Sus más recientes ediciones son el poema en prosa Campo abierto12  y Campo de fuego13, que profundizan sus hallazgos anteriores.

Ricardo Scagliola goza del reconocimiento de la crítica y de los pocos pero buenos lectores del género. Se hizo conocer con un excelente y largo texto, “El pedal y los sueños”, aparecido inicialmente en la antología titulada Los más jóvenes poetas14. Al año siguiente obtiene el premio en el concurso de la Feria del Libro y el Grabado, con un volumen que será luego la base de su libro Los pies sobre la tierra15. Scagliola es uno de esos trabajadores lentos y persistentes, que labora sus poemas con la proberbial paciencia con la cual el chacarero de sus pagos de Pando prepara los surcos. Todo el mundo “rurbano” está presente en este autor, junto a la difícil inserción en el Montevideo céntrico y oficinesco. Cultiva en lo formal un especial coloquialismo que nunca se extrema, que apela al vuelo lírico en los momentos adecuados, ambas cualidades apoyadas firmemente en su segura capacidad de estructuración de los textos.

A diferencia de Scagliola, que es un vitalista reflexivo, Elías Uriarte se constituye en un ejemplo de reflexivo que hace una parábola —desde Trabahombre16 a Breviario de la peste17— hacia una intensidad que bordea con lucidez las oscuras fronteras de la mente, la experiencia fáustica, y cierto desconcierto muy propio de nuestro tiempo. En Uriarte hay una búsqueda incesante de nuevos modos poéticos, pero siempre anclada en una como oscura certeza que le da espesor y rotundez a su obra. En una “plaquette” que dio a conocer ya en los noventa —integrada por un largo texto titulado “Hiroshima”— maduran estos rasgos y se abren nuevos registros en su estética, también presentes en sus impecables textos de prosa poética de los  últimos años. Su último  poemario se titula también Hiroshima18.

Poetas casi secretos

Cristina Landó, luego de sus publicaciones de los sesenta que pasaron casi desapercibidas, resurgirá de pronto con una poesía de cuidado barroquismo. Maeve López, por su parte,  sigue siendo una desconocida —apenas difundida en revistas literarias—,  permaneciendo inédita su obra, despareja pero inspirada, con momentos de rara iluminación. Martha Martínez tampoco llegó al libro, pese al  fulgor de los escasos poemas que diera a conocer en revistas de poca circulación a finales de los sesenta y comienzos de la década siguiente.

Horacio Mayer tampoco había publicado en volumen, a pesar de tener cuadernos y carpetas que contenían cientos de textos; con un agudo sentido del ritmo y una vocación innovadora, es  un caso poco usual en las últimas camadas poéticas: de profundo y constante aliento metafísico y hasta místico. También ha pulsado la cuerda del erotismo, con levedad por momentos ingenua y en ocasiones con inesperados toques de humor sutil. En cierto modo filiable a Humberto Megget en su punto de partida, su derrotero evidencia ser uno de los más personales en esos años. En 1999 apareció su único libro Hay una esfinge de humo en el fondo de las cosas 19, que reune una selección de lo mejor de su producción.

Cuidadosos orfebres

Un adelantado en esta línea fue Carlos Pellegrino. Por edad un tanto mayor que lo que irán emergiendo en el correr de los setenta, pero hermanado con ellos en el afán experimental y en el clima intelectual alejado de lo emotivo. Transitando desde el tono surreal de Te juego un puñado de perros o Versatorio (1973), pasando por la apuesta a una asepsis decantada en Claro20 y desembocando en el caligramático “libro objeto” titulado Caja (1983), Pellegrino no ha pasado desapercibido en la producción del período.

El poeta más significativo entre los que agudizaron el trabajo formal del texto, fue  Eduardo Milán. Dio a conocer, en volumen conjunto con Víctor Cunha  Cal para primeras pinturas (1973), pero llamará la atención con Secos & mojados21, al que sigue al año siguiente Estación estaciones22, culminando su etapa montevideana y de esa década con la plaquette Esto es23. La obra  de Milán es una de las más  complejas  de aquel momento; a la distancia, su poética fue de las que más colaboraron a instalar un cambio de paradigma en la lírica uruguaya. Sus textos se caracterizan por el equilibrio entre audacias formales y concepto, entre lo intelectual y la fuerza y tensión en el “decir”. Milán se muestra al lector, no evolucionando sino mutando, pues entre Secos & mojados  y Estación estaciones  el cambio es radical, dejándose de lado el concepto y privilegiándose el trabajo de ruptura del lenguaje y la búsqueda de lo nuevo.  En el trabajo poético de Eduardo Milán están presentes desde los trovadores provenzales a Pound y Paz, pero también Haroldo de Campos y los concretistas, y uruguayos experimentales de los sesenta como Enrique Fierro y Jorge Medina Vidal. En 1985, ya instalado en México, le editarán en España Nervadura , volumen que incluye —algo más trabajados— sus textos de Estación estaciones , y que recibirá en Montevideo el premio en el Concurso Municipal. La obra  de este poeta seguirá desplegándose durante los noventa, desde Errar24, pasando por La vida mantis25, Nivel medio verdadero de las aguas que se besan26, Algo bello que nosotros conservamos27, Circa 1994 28 , Son de padre29, hasta los más recientes que son Antología poética30 y Alegrial, que resultara Premio Nacional de Poesía en Aguascalientes.

Víctor Cunha se inicia poéticamente junto a Milán, luego de haber compartido con él una etapa formativa juvenil en su natal Tacuarembó, donde fue decisiva la influencia recibida de uno de los mejores poetas de la llamada Generación del 55, Washington Benavídez. Un lirismo que surge en sus primeros textos contenido por una constante vigilancia intelectual, con el paso del tiempo —sin perder su tonalidad “reflexiva”— se fue soltando, privilegiando el ritmo y la  musicalidad (proceso en el cual seguramente ha tenido que ver su trabajo como letrista de canciones populares). Publicó Título umbral contribución (1979), Ausencia del pájaro31 y Artificio con doncella32. Su obra posterior confirma ampliamente sus valores.

Antologia y nuevas voces

En el año 1976 la Editorial Arca da a conocer la antología Los más jóvenes poetas , en la que aparecen varios nuevos de real interés. Ramón Carlos Abim, notorio por su capacidad de síntesis, cuya firmeza poética se confirmó en el 83 a propósito de un volumen conjunto con premios del certamen auspiciado por la Casa del Autor Nacional. Helena Corbellini, muy joven pero ya segura en su expresión, que siguió evolucionando hasta llegar al libro, donde quedaron evidenciadas todas sus potencialidades. Pero la revelación en esa antología fue sin duda Rafael Courtoisie, quien al año siguiente publicará su primer libro Contrabando de auroras33. Con una voz depurada y entonación madura, Courtoisie delineaba con este poemario una metáfora de variedad de lecturas. Sus obras posteriores —como Tiro de gracia34, Tarea35, Orden de cosas36, Cambio de estado 37, Estado sólido, ganadora de un importante premio en España38— lo han constituído en uno de los más rigurosos poetas actuales, capaz  de lograr una extraña simbiosis entre metáfora y silogismo,  jugando eficazmente con recursos de la retórica poética y de la retórica científica, logrando un abordaje del texto que tiene por momentos un mecanismo sin fisuras.

El año 77 fue pródigo en cuanto al surgimiento de nuevos poetas. De ese momento datan las primeras publicaciones de Elder Silva y Atilio Duncan Pérez Da Cunha (Macunaíma). El primero, a partir de Siete confesiones39, en una línea cercana a poetas de generaciones anteriores, fue transformando su propuesta —a traves de la transición que significó Línea de fuego40— hasta lograr un lenguaje poético ya totalmente maduro en Cuadernos agrarios41. Lo que más singulariza a este poeta es un cultivo personal del “exteriorismo”, a partir del cual desarrolla una poética de lo cotidiano, de lo no prestigioso, en la que caben desde un partido de fútbol del domingo al shampú barato de una obrera. Continuará  en Un viejo asunto con el sol42 y en sus libros posteriores el tono conversacional que incluso —algo raro en una poesía tan urbana como es la uruguaya— revaloriza el tópico rural, evocando poéticamente su infancia.

Macunaíma es hijo de la estética “sesentista”—la que  entre nosotros fue subterránea y poco aceptada y tuvo a la revista Los huevos del plata como foco divulgador— donde se amalgaman los poetas beatniks norteamericanos y John Lennon. Supo evolucionar desde  cierto exceso coloquial de sus comienzos hasta un decir más ajustado sin perder la respiración alargada de sus textos. Sus libros son:  Derrumbado nocturno y desván43, Los caballos perdidos44 y Fantasmas en la máquina45.

Valores poéticos, promediado el período

El segundo lustro de los setenta atestiguó la aparición de otros poetas de interés, como Hugo Fontana; con un inicial y todavía inmaduro Las sombras, el sol46, su voz lírica se afianzó a partir del libro fruto de la mención obtenida en 1981 en concurso de la Feria del Libro. O también Alvaro Miranda, prolífico cultor de una estética conceptual por un lado, y por el otro de un lirismo a veces irónico y parodial, dos líneas que a nuestro modo de ver comienzan a confluír y a interpenetrarse en el autor a partir de su libro Inducción completa47, proceso que se estabiliza en su obra posterior, hasta el reciente y valedero Cámara profunda48. Por su parte, Roberto Appratto se inicia con la medida búsqueda  planteada en Bien mirada (1977), trascendiendo hacia una mayor apertura y libertad en Cambio de palabras49, donde se preludia ya el mayor aliento poético y el decir más logrado de Velocidad controlada y Mirada circunstancial a un cielo sin nubes50. Su obra posterior confirma para este autor un lugar  en nuestro concierto lírico.

Otros poetas a tener en cuenta del período que nos ocupa son: Eduardo Espina, quien partiendo del encare surreal de los inicios pasó luego a desarrollar una preocupación cada vez más intensa por la palabra  en sí, destacándose en sus textos el buen uso del humor y la ironía; en su volumen de prosa poética La caza nupcial 51, aprovecha sus búsquedas formales de etapas anteriores para fundir radicalmente su  tono de los comienzos en un camino de confluencia con el neo-barroco de otros líricos continentales. Leonardo Garet ha privilegiado de manera notoria un aliento poético que rescata valores podríamos decir que “clásicos” de la poesía; en sus muchos libros, pero sobre todo en Octubre52, y más que nada en su antología personal titulada Palabra sobre palabra53, se aquilata debidamente  su serena voz poética, la que por otra parte no hace más que afirmarse en  obras más recientes.

El caso de Marcelo Pareja es el de un lento y persistente laborador del texto poético, embarcado en una clara e inclaudicable línea experimentalista. Esto está claro desde Salarea54, pasando por Poemas himnos (con textos anteriores a Salarea, aunque publicado después), hasta llegar a Cuadernos del viento55. Pareja ha sido capaz de “iluminar”, en un sentido pavesiano, lo cotidiano de la vida pueblerina y rurbana —inspirándose para esto en su lar de Las Piedras— en textos de innegable intensidad.

Tatiana Oroño irrumpió al final de los setenta con su libro El alfabeto verde56. Con una poética fresca, existencial, y al mismo tiempo rigurosa y  madura en lo formal. Esto ha decantado aún más en publicaciones posteriores, hasta la depurada Cuenta abierta57, proceso que ha seguido adelante en sus más recientes publicaciones.

Un caso especial

Ricardo Prieto surgió como dramaturgo en los setenta, pero desde la década anterior se hizo conocer como poeta (en revistas como La Brida y en páginas literarias). En el lapso que nos ocupa, Prieto siguió –junto a su muy notoria evolución en el género teatral que lo ha transformado en nuestro mayor autor vivo– culivando la poesía de manera casi secreta. Ya en los ochenta dará a conocer dos volúmenes poéticos: Figuraciones58 y  Juegos para no  morir59, los que reunió recientemente, junto con material inédito, conformando un volumen poético que selecciona lo mejor de su primera producción y que tituló Palabra oculta60.

Notas:

1 –Banda Oriental, 1973.

2 –Ediciones del Mirador, 1984.

3 -Ediciones de Uno, 1989.

4 –Editorial Arequita, 1997; escrito originalmente en portugués con  el título de Destino: Rua Aurora .

5Aquí Poesía, 1974.

6 –Ediciones de la Balanza, 1976.

7 –Editorial Arca, 1986.

8 –Ed. Nordan, Suecia, 1983.

9 –Vintén Editor, Montevideo, 1991.

10 –Editorial Siesta, Suecia, 1984.

11 –Siesta, 1986.

12 –Siesta, 1998.

13Aymará, 2000.

14 – Arca, 1977.

15 –Banda Oriental, 1981.

16Edición de autor, 1978.

17 –Mervyn Editor, 1986.

18Vintén Editor, 1999.

19 –Ediciones Aldebarán, colección Hermes,1999.

20 –Ediciones de la Banda Oriental, 1976.

21 –Banda Oriental, 1974.

22 – EBO, 1975.

23 –Edición del autor, 1978.

24 –Publicado en México, 1991.

25  –México, 1993.

26  –Publicado en Madrid, 1994.

27  –Publicado en México, 1995.

28 – México, 1996.

29 – México, 1996.

30 –México, 1997.

31 –Premiado y editado por la Feria del Libro y el Grabado, 1981.

32 –Editorial Arca, 1986.

33 –Ediciones de la Balanza, 1977.

34 –Mencionada y publicada por la Feria de Libros y Grabados, 1981.

35 –Premiada en concurso 12 de Octubre. Arca,1983.

36 –Arca, 1986.

37 –Arca, 1990.

38 –Editorial Visor, Madrid, 1996.

39 –Salto, 1977.

40 –Banda Oriental, 1982.

41 –Premiado y publicado por la Feria de Libros y Grabados, 1985.

42 –Arca, 1987.

43 –Editorial Sheraa, 1977.

44 –Libros de Granaldea, 1980.

45 –Ediciones de Uno, 1986.

46 –Ediciones de la Balanza, 1977.

47 –Ediciones Del Mirador, 1984.

48 –Del Mirador, 1998.

49 –Del Mirador, 1983.

50 –Ambos de Arca, respectivamente de 1986 y 1991.

51 –Ediciones Ultimo Reino, Buenos Aires, 1993.

52 –Banda Oriental, 1994.

53 –Editores Asociados, Salto, 1991.

54 –Libros de Granaldea, 1977.

55 –Arca, 1989.

56 –Ediciones de la Balanza, 1979.

57 –Arca, 1986.

58 –Destabanda, 1986.

59 –Ediciones del Mirador, 1989.

60 –Ediciones Aldebarán, colección Hermes, 2000.

Alejandro Michelena
Este ensayo crítico fue publicado, en su primera versión, en la revista cultural Graffiti (Montevideo, 1992). Ahora se difunde por este medio virtual, en versión actualizada y mejorada.

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