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El paseo de Amaral
Alejandro Michelena

Era apenas uno más en la multitud indiferenciada, y lo sabía. No obstante, trataba de engañar y de engañarse vistiendo extrañamente. Su rostro, con algo de mascarilla africana, lo ayudaba en su propósito de distinción.

La tarde se insinuaba triste, y los relámpagos danzaban entre los nubarrones. Amaral salió, como todos los domingos, caminando a paso de ballet. Había almorzado en la pensión y buscaba un bar donde sentarse a tomar el té y mirar pasar la gente. Ahora que ganaba algo más podía darse ciertos lujos. El trabajo era siempre el mismo: empaquetar esa asquerosa yerba medicinal, que no se desprendía del cuerpo con nada y dejaba un halo inconfundible que ningún perfume lograba disimular. Pero era dinero seguro, y bien valía el sacrificio de pasar diez horas de pie en un lugar mal ventilado.

Después de pararse en casi todas las vidrieras y observar los detalles sin mucho interés, entró a una confitería. Era un local nuevo, y él tenía mucha curiosidad por probar lo confortable de sus sillas y la buena atención; experimentar “el inmenso placer de que el mozo tenga la amabilidad de encenderme el cigarrillo...” Sentir la plenitud de estar un rato entre gente que él suponía de “roce social”. Tener algo para comentar al día siguiente a los compañeros de trabajo y poder henchirse de orgullo al verlos tan ignorantes... Al fin y al cabo, estaba entre ellos sólo por accidente. Le había confesado su madrina que era hijo natural de un médico eminente de Canelones. ¡Si supiera su nombre, si lograra encontrarlo, entonces sí que las cosas cambiarían!

Mientras aguardaba a que lo atendieran, con su tensa paciencia habitual, trató de pensar a dónde ir cuando se aburriera de mirar caras iguales. El cine de estreno lo había visto todo, y el teatro lo cansaba cada vez más. Esto último era algo que no se explicaba: por un lado creía tener condiciones y vocación de actor –aunque había perdido dos veces el examen de ingreso a la Escuela Municipal de Arte Dramático– y también pretendió en un tiempo ser dramaturgo. Toda su vida, eso al menos le parecía, giraba alrededor de esas dos aspiraciones insatisfechas. Por eso no comprendía el inmenso hastío que le venía produciendo el teatro desde un tiempo atrás.

Se sintió algo nervioso. Intentó levantarse. El mozo le sonrió y él musitó alguna vaguedad. Al rato pidió chocolate con masitas, que saboreó lenta y parsimoniosamente. Después fumó mirando los fantasmas callejeros. Más tarde concurrió al baño y defecó sin ganas.

No pudo evitar el enfrentamiento con la calle. El pozo crepuscular envuelto en luces y poblado por monigotes endomingados. Dio algunas vueltas, arrastrando ese par de animales callosos que camuflaba muy  bien con los mocasines. Trató de liberarse de la inercia, pero no pudo.

Ya era tarde y que al otro día tenía que madrugar. Casi sin darse cuenta llegó a la puerta de la pensión. La casera gritó, con su voz cascada: “¿Amaral, es usted?”. El murmuró sin ganas las Buenas Noches, mientras buscaba a tientas –era norma de la casa el ahorro de luz– el camino a la habitación.

Antes de dormirse escuchó atentamente el desconcierto de ronquidos de los otros ocupantes de esa triste pieza colectiva. Entonces se tranquilizó; pensó, entre brumas y confusas imágenes, que a pesar de las apariencias iba a destacarse en la vida, pues –como le había asegurado tiempo atrás una curandera– en él eran evidentes “la fineza, la elegancia, la condición de Niño Bien”.

Alejandro Michelena

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