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Los pies clavados, de Washington Benavides

El difícil arte del soneto
Alejandro Michelena

El libro de Washington Benavides, Los pies clavados, nos da la oportunidad privilegiada de poder leer –juntos– todos sus sonetos. Agrupa en sus dos  partes iniciales –“Los pies clavados” y “La yedra y el muro”– poemas ya éditos, publicados los primeros en El poeta (1959) y  Poemas de la ciega (1968), y los segundos en otro libro del 68; se le agregan cuatro inéditos (uno en “Los pies...” y tres en “La yedra...”). Completan el volumen los “Sonetos del aspirante a mago”, que sí constituyen novedad cercana, pues fueron escritos en la década de los noventa.

Puesto en boga en la poesía de nuestra lengua por los autores del Siglo de Oro, el soneto ha sido considerado desde entonces una forma lírica engañosa: en apariencia accesible pero en el fondo compleja, dificil en su logro más profundo. Esto es debido a su condición de estructura rígida –más allá de los cambios y leves rupturas que ha tenido en manos de los buenos creadores–, que deja en evidencia al vate rutinario y realza al talento original. Por eso es que el infierno de la poesía está empedrado de sonetos mediocres.

Washington Benavides, poeta proteico y múltiple, es también un excelente cultor de esta forma lírica. En el libro podemos apreciar su trabajo de artesano –paciente y tenaz– a través de cuarenta años, logrando sacar del soneto las mejores calidades. Y si prestamos aguda atención, comprobaremos la evolución constante del soneto benavideano, clarísima si comparamos los primeros y los últimos del libro.

 Son treinta y tres textos. Número cargado de simbología si los hay. En la primera parte, “Los pies clavados”, el tópico religioso –añeja preocupación del poeta– se despliega en torno a la figura de Jesucristo. Esta le sirve para delinear su interrogación ante lo trascendente, cercana por un lado a los poetas místicos pero también marginal, herética en el mejor de los sentidos. Lo que se sintetiza muy bien en un verso de tonalidad unamuniana: ¿En un país de ciegos, reinas, tuerto?

Un matiz existencialista –que sin embargo elude la clásica angustia con que esa filosofía abordaba lo religioso– se descubre en los poemas. Su interrogación a la figura paradojal de Jesús es bíblica en un sentido esencial, porque al igual que algunos profetas ante  Jehová, el poeta le increpa, le cuestiona. Y por eso concluye, en un cuarteto de impecable síntesis: No sé si creo en él, pero le amo/ en el sermón del monte, enaltecido;/ aunque tiemble en el yerro cometido/ al desolar a Judas, sin reclamo. 

Esa lanza quebrada a favor de Judas se conexiona con un verso de “El jugador”, en la última parte del libro: y qué del cátaro, del albigense?  Tan sugestiva vinculación nos tienta de encontrar afinidades entre el abordaje que hace a lo religioso  este poeta uruguayo, con el antiguo –tan reprimido y siempre  emergente– paradigma gnóstico. 

Buena poesía erótica 

El sector titulado “La yedra y el muro”, integrado en su mayoría por textos del primer lustro de la década de los años sesenta, muestra un doble logro de Benavides: una poesía erótica y amatoria que elude sabiamente los lugares comunes y recrea de manera original el eterno y reiterado encuentro de un hombre y una mujer, y que sea vehiculizada nada menos que a través del soneto.

No es aquel acercamiento romántico, tan fatigado por la lírica de nuestra lengua, el que aquí se ensaya. Hay un énfasis fuertemente quevediano, en la reiterada asociación de amor y muerte: Ya no puedo decírtelo, no puedo/ sino nombrarte, con palabra triste, / en la humana fusión de amor y miedo. También, la vocación reflexiva –cuasi borgiana– de estos sonetos, los exime  de la fatigosa melosidad que suele ostentar gran parte de la poesía vinculada al erotismo.

El mago en el perfecto camino

La parte final del libro, los “Sonetos del aspirante a mago”, confirman la maestría de Benavides en el trabajo con la estructura poética elegida. En ella es todavía más evidente la vocación innovadora del poeta.

Las variadas referencias culturales, presentes siempre en la estética benavideana, transforman a estos poemas en una válida reflexión lírica acerca de nuestro tiempo a partir de  elementos propios de la biografía del autor.

El soneto final da la cifra de todo esto, y lo hace de un modo impecable. Comienza delineando –con economía poética– el estado de cosas que nos rodea:  Puesto entre pitonisas y modernos;/ entre aguafiestas y entre barreminas;/ entre paces, huidobros y esterlinas;/ entre caretas y entre posmodernos. Y luego de asociar el mundo que nos ha tocado en suerte con los cuadros de Ensor, Solari y El Bosco, culmina calificándolo como Bosque de ahorcados, humo de las quemas,/ feudo del yuppie, bando del cretino: , aconsejando (aconsejándose) –como antídoto– sostenerse a través de lo esencial, metafóricamente expresado de este modo: aférrate al rosario y tus poemas.

Los pies clavados, de Washington Benavides, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 2000, 55 pp.

Alejandro Michelena

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