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Un demiurgo llamado Leopoldo Marechal
Alejandro Michelena 

El acontecimiento literario de Buenos Aires, en el año 1965, fue la aparición en librerías de El banquete de Severo Arcángelo, novela publicada por Editorial Sudamericana. Muchos lectores atentos se sorprendieron, porque pensaban que su autor había fallecido hacía mucho. Y para los más jóvenes fue el descubrimiento de un narrador sobre el cual casi no tenían referencias. De esa forma reaparecía un olvidado por el medio cultural; casi un fantasma para la mayoría de los lectores.

Por una larga década, y hasta cinco años antes de su muerte, el gran escritor Leopoldo Marechal fue un exilado en su propio país. En ese momento histórico de la Argentina —después de la llamada Revolución Libertadora que derrocó a Juan Domingo Perón— no fue el único en sufrir tal modalidad de ostracismo. Pero su caso fue uno de los más resonantes, habida cuenta su estatura intelectual y creativa.

El aislamiento de Marechal se extendió de 1955 a 1965. Primero se vio obligado a renunciar a su condición de docente, tarea que había desempeñado desde los tiempos de joven maestro, y en la que había ascendido a los cargos más altos por sus propios méritos. Y durante esos diez años, los sectores predominantes en materia literaria que eran radicalmente antiperonistas, lo radiaron y pretendieron borrar hasta su recuerdo.

El propio escritor asumió, con su proverbial sentido del humor, lo que llamó su condición de “robinson”. Vivió esos años refugiado con su segunda esposa Elbia Rosbaco en su apartamento del porteño barrio del Once, sobre avenida Rivadavia, rodeado de libros y recuerdos, escribiendo y leyendo sin apremios. Allí lo visitaba un puñado de fieles y constantes amigos. Pero no había periodistas que quisieran entrevistarlo, ni lo buscaban editores en procura de sus textos inéditos. Los críticos no lo tenían en cuenta y tampoco había mayor interés en reeditar su vasta obra publicada. 

Un Adán porteño 

En el año 1948 llega a las librerías Adán Buenosayres, la primera y extensa novela de Leopoldo Marechal. A esa altura éste era un poeta reconocido y valorado, con libros como Días como flechas (1926), Odas para el hombre y la mujer (Gleizer Editor, 1929), Cinco poemas australes (Convivio, 1938), Sonetos a Sophia (Sol y Luna, 1940), entre los más valorados. Su irrupción como narrador causó desconcierto entre  críticos y lectores que —en aquellos momentos y también hoy— no ven con buenos ojos que un autor reconocido en un género determinado aparezca incursionando en otro.

Esto colaboró al espeso silencio en torno al libro, que se hizo más enfático a causa de la condición de figura destacada del peronismo cultural de su autor. La intelligentzia argentina de aquel momento era contraria al gobierno de Perón, a quien consideraban demagogo y populista, y comenzó a hacerle el vacío —en páginas de prestigio como las de los diarios La Prensa  y La Nación, y en la revista Sur  dirigida por Victoria Ocampo— a los pocos escritores e intelectuales que habían adherido al Justicialismo.

Uno de los contadas notas críticas que mereció la obra, fue firmada por Julio Cortázar, en ese tiempo casi un desconocido, con el título “Leopoldo Marechal: Adán Buenosayres”, y apareció en la revista Realidad  Nº 14 (en la entrega correspondiente a marzo-abril de 1949). Lejos del elogio, y señalando cuestionamientos significativos al texto, no dejó de ser un llamado de atención entusiasta acerca de una novela que al futuro autor de Rayuela le pareció un mojón en la narrativa argentina del Siglo XX.

“La aparición de este libro me parece un acontecimiento extraordinario en las letras argentinas, y su diversa desmesura un signo merecedor de atención y expectativa” . Así comenzaba su comentario Cortázar, reflexionando más adelante de esta forma: “Una gran angustia signa el andar de Adán Buenosayres, y su desconsuelo amoroso es proyección del otro desconsuelo que viene de los orígenes y mira a los destinos. Arraigado a fondo en esta Buenos Aires, después de su Maipú de infancia y su Europa de hombre joven, Adán es desde siempre el desarraigado de la perfección, de la unidad, de eso que llaman cielo... ... Su angustia, que nace del desajuste, es en suma la que caracteriza -en todos los planos mentales, morales y del sentimiento- al argentino, y sobre todo al porteño azotado de vientos inconciliables”.

Para el gran “cronopio”, la novela de Marechal es una autobiografía velada, y una evocación personal de la peripecia estética de la generación martinfierrista, que tanta incidencia había tenido en la renovación poética y estética ocurrida décadas antes en la Argentina.

Ese ajuste de cuentas, comprensivo e irónico, conforma una dimensión significativa del libro. Pero hay mucho más: en ese largo y ambicioso relato, que narra casi al detalle los tres últimos días cargados de múltiples experiencias —externas, pero sobre todo internas—, de Adán Buenosayres, un joven aspirante a escritor (alter ego marechalesco), se evoca también una experiencia religiosa e iniciática.

Son tres niveles que corren paralelos en el texto, y que gracias a la capacidad creativa de Marechal coexisten sin perturbar la lectura: la Buenos Aires de los años veinte, pujante y moderna, y en particular el popular y laborioso barrio de Villa Crespo con sus inmigrantes judíos y sirios conviviendo en armonía con italianos y criollos; por otro lado, la batalla estética, ética y antropológica, de un grupo de jóvenes inquietos galvanizados por los aires de vanguardia, preocupados por la identidad del argentino; por fin: el discurrir interior de Adán Buenosayres en su despertar —a través de la inspiración, y gracias a momentos de inesperado misticismo— a realidades espirituales trascendentes.

Estas tres vertientes de la novela sintetizan también las inquietudes fundamentales de su autor. Marechal en cuanto poeta había sido un activo participante de los grupos y de las revistas que renovaron la literatura de su país. Pero también, en su faz de cronista se interesó después en la vida de Villa Crespo, donde residió de joven, y siempre le preocupó la identidad de una ciudad como Buenos Aires, poblada en su tiempo por un alto porcentaje de inmigrantes de primera generación. No menos importante: la búsqueda de la vivencia religiosa fue un elemento constante en su vida —pasando del Catolicismo a los grupos evangélicos— junto a un sostenido interés intelectual por los acercamientos heterodoxos, de tipo esotérico, para comprender el enigma de la experiencia espiritual.

Alguna crítica ha interpretado que las tres novelas de Leopoldo Marechal son en cierto modo una “divina comedia” moderna. Adán Buenosayres equivaldría al pasaje infernal (al igual que Dante  personaje, el héroe marechaliano vive un proceso iniciático). El banquete de Severo Arcángelo es una metáfora de la espera o preparación para la etapa paradisíaca, a partir de un entrenamiento específico y la purificación, rasgos que lo asemejan al Purgatorio. Megafón o la guerra, si bien no de manera tan clara, a partir de personajes cercanos a un estado de inocencia evoca el Paraíso. Se comparta o no esta tesis, lo cierto es que este escritor se propuso un proyecto narrativo sustentado en una visión filosófica, que fue evolucionando y transformándose al compás de sus propios cambios vivenciales y espirituales. 

La purificación alquímica  

Es interesante reparar en el proceso conceptual y literario  —correspondiente con el camino vivencial del autor— que va de El banquete de Severo Arcángelo a Megafón o la guerra.

En el primer libro, la crisis existencial que sufre Lisandro Farías, que lo lleva al borde del suicidio, le abre paradójicamente las puertas de un camino —indudablemente iniciático— de regeneración. El mismo tiene lugar en la mansión de Severo Arcángelo (nombre de claro simbolismo), antiguo empresario metalúrgico y presunto alquimista, devenido en guía espiritual de un extraño y poco definido camino espiritual que pasa por la realización del banquete del título. No faltan los tentadores en la senda que inicia Farías; en su caso son dos clowns algo decadentes que ostentan los sugestivos nombres de Gog y Magog.

La aspiración del heterogéneo grupo de buscadores que fueron convocados en la quinta de Arcángelo, tiene su elevada meta en la Cuesta del Agua (ámbito ubicado en la dimensión de lo mítico más que en cualquier realidad). En el caso de Farías, a medida que se esfuerza y profundiza en el propósito que lo llevó al lugar, pareciera que más lo acechara la duda y el desaliento.

Son treinta y tres los futuros comensales del banquete. Número rico en alusiones si los hay: desde la edad de Jesucristo, pasando por los círculos dantescos, hasta llegar al más exaltado de los grados masónicos. Al igual que aquellos “invitados a la boda” de la parábola bíblica, fueron convocados casi azarosamente en el mundo, y no por su calidad humana aparente. Aunque, vale reiterarlo, algún tipo de honda crisis antecedió a esa convocatoria en cada caso.

Un bien regulado suspenso compensa la falta de acción de la novela. Es ese recurso el que atrapa al lector y le ayuda a sortear las alusiones demasiado oscuras que pueblan los diálogos de los personajes. Pero la culminación de los hechos, el banquete tan esperado, queda bosquejado como al sesgo, sin entrar en detalles, permaneciendo en el misterio lo que realmente allí sucedió. Lisandro Farías, que no pudo dejar de lado en todo el tiempo de preparación su sentido crítico de las cosas, deserta del proceso que supuestamente ya lo estaba conduciendo a ese nuevo “estado” psicológico-espiritual (ese “salirse del tiempo” que tanto ha estudiado Mircea Eliade), para volver al mundo vulgar y culminar sus días sin pena ni gloria agonizando en un hospital.

La más estricta ortodoxia evangélica se da la mano en El banquete... con la sabiduría iniciática. A diferencia de Adán Buenosayres, que es un incansable peregrinante en pos de esa evasiva iluminación espiritual (que nunca le llega en forma absoluta y pura), Farías experimenta y vislumbra, toma conciencia, gracias a un proceso específico que no buscó de manera deliberada.  

Marechal y el lenguaje 

Además de la evidente ambición experimental en su estructura —no en vano fue comparada con el Ulises de James Joyce—, Adán Buenosayres trajo la novedad, en la narrativa argentina de los años cuarenta, de la franqueza y naturalidad en el lenguaje. Sus personajes hablan, ni más ni menos, como lo hacían los porteños de ese momento, sin temerle a ciertos giros populares que podían ser considerados muy audaces para incluir en una novela (efectivamente, el libro fue acusado de “procacidad” por la crítica conservadora o elitista).

“No conocemos obra argentina de léxico más crudo” , afirmó el crítico Carmelo Bonet. Por el contrario, el escritor David Viñas, con otra visión, entiende que “para Marechal, Buenos Aires es el lugar donde la grosería idiomática intenta adquirir categoría de lenguaje de las cosas innegables y donde los matices del idioma más refinado resultan toscos para valorar ciertos matices de lo imponderable”.

Para los lectores que nos iniciamos en esta obra totalizadora muchas décadas más tarde, queda claro que la misma abrió caminos nuevos y más vitales para la narrativa del continente, en lo estructural, lo lingüístico, y también en lo conceptual. Leopoldo Marechal ofició en Adán Buenosayres como un Demiurgo, un dios imperfecto que va creciendo y perfeccionándose con sus criaturas. Tal vez por eso sus textos narrativos tienen, en el fondo, algo inconcluso, que sin embargo no les impide ser —Adán... sin duda, pero también El banquete... — dos novelas fundamentales, por su ambición y vuelo, de la literatura rioplatense.

Alejandro Michelena
Ensayo aparecido en el suplemento La Jornada Semanal, de México.

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