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La piedra en el charco
 

La lección del maestro
Alejandro Michelena
alemichelena@gmail.com

 
 

Muchos lectores han recibido con agrado el titulo que identifica a esta columna. Por la clara metáfora que expresa, con envidiable síntesis. Por la historia que lo acompaña, que forma parte nada más y nada menos que de un momento clave de nuestra literatura.

En procura de otorgarle de entrada un definido perfil a esta comunicación semanal, no encontramos mejor solución que pedirle prestada a Juan Carlos Onetti esa frase, "la piedra en el charco", que identificara sus memorables notas —firmadas bajo el seudónimo de Periquito el Aguador— en aquel lejano año de 1939 de los comienzos del semanario Marcha. Y lo hicimos, no con ánimo de igualarnos a quien, ya hace casi cinco décadas, apareció en el mediocre panorama de las letras de entonces dando una lección de rigor y lucidez criticas que no hablan sido comunes en nuestro pasado cultural. Más bien intentamos —como ya lo hicimos antes en otros medios de prensa, aunque sin alusiones explícitas— humildemente seguir los pasos (muchos lo han hecho antes; muchos lo harán luego) de uno de los escritores uruguayos que merece ser considerado “maestro”.

Porque el mérito mayor de aquel Onetti de treinta y pocos años, que se propuso desde Marcha separar el trigo de la zizaña en una época en que no habla críticos y campeaban los elogios entre amigos y la complacencia en la literatura uruguaya, fue precisamente el de ser iniciador de una larga y bienvenida etapa de seriedad y mayor objetividad en el encare periodístico de los comentarios sobre autores y libros. Y vaya si habla necesidad de eso, en un país que luego del silencio de Alberto Zum Felde —nuestro mayor crítico anterior al Centenario— había quedado huérfano de cualquier esbozo de análisis del hecho literario y hasta de gula al respecto.

Pero en los tiempos en que esto sucedía, entraba en imprenta una novela corta llamada El Pozo. Esa edición tendría un destino paradógico: pasaría años en los depósitos de una librería sin que hubiera más interesados en su lectura que un grupo de jóvenes inquietos, mientras que en el lustro reciente esos mismos ejemplares —con el falso Picasso en la carátula— se llegaron a vender a un alto precio en subastas europeas. Entre uno y otro punto, se desarrolla la peripecia creativa de Onetti, y esa primera obra quedará como el mojón inaugural de un modo peculiar y nuestro de adentrarse en el tema de la ciudad rioplatense a través de la literatura, y de hacerlo con plena conciencia de los vientos de renovación que habían sacudido a la novela como género en lo que iba del siglo.

Luego vino el alto compromiso de Para esta noche, a través de la cual el escritor despliega una impecable alegoría acerca de los avances del fascismo y sus variantes que tanto dolieron en aquel momento. Y da comienzo por entonces, también, la elaborada saga de Santa María.

Es un personaje de La vida breve —novela que transcurre en Buenos Aires, al igual que la inmediata anterior Tierra de Nadie— quien imagina una ciudad llamada Santa María, imprecisamente ubicada a orillas de un rio que tanto puede ser el Paraná como el Uruguay. A partir de este recurso (que Brausen construya un pueblo y sus habitantes con la imaginación), el narrador nos ubica en el escenario que será recurrente en el resto de su obra, que irá creciendo, cambiando, decayendo, en el transcurso de los años y los libros. Como Faulkner, de quien se ha reconocido reiteradamente deudor en el aprendizaje del oficio, necesitó despegar de alguna manera su mundo creativo de las referencias directas a la realidad con nombre propio y ubicable, para así calar más profundamente en personajes, en situaciones y sicologías, en soledades y patetismos, en grandezas anti-heroicas que son un más intenso análisis del habitante de ambas ciudades del Plata que decenas de novelas "fotográficas" de antes y de ahora .

Con estas pocas líneas nada agregamos a lo mucho que ya se ha escrito sobre Onetti, pero bien vale la pena recordar una vez más la lección del Maestro.


 

Alejandro Michelena
alemichelena@gmail.com

 

Columna aparecida en el diario La Hora (Montevideo, 25 de febrero de 1985)

 

Texto cedido por el autor en formato papel de diario. Escaneado e incorporado a Letras Uruguay, por su editor, el día 15 de setiembre de 2013.
 

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