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Julio Ricci: un narrador original y un extraño personaje |
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Era
distante y hasta frío para quienes lo conocían apenas de vista,
pero vehemente y cordial y al mismo tiempo enigmático para los que tenían
con él algún trato. Con su aire de profesor centroeuropeo –que
agudizaba con los cortes de pelo germánicos- a contrapelo de su apellido
de origen italiano, transitaba en los años setenta las aulas del
Instituto de Profesores donde
sus clases de Lingüística se caracterizaban por una rara profundidad
conceptual que no eludía lo problemático, matizada por una contagiosa
inquietud intelectual. Pero en realidad Julio Ricci fue
genuinamente uruguayo. Hijo de aquella clase media montevideana que se
afianzó con la socialdemocracia de los años veinte, aprovechó los aires
culturales cosmopolitas del país en sus tiempos formativos, y agudizó su
vocación universalista con una larga temporada de estudios en Europa,
aunque centrados no en Francia –como había sido lo habitual hasta su
generación- sino en los países nórdicos y centro europeos. Atípico
también fue el tiempo de ese periplo, realizado en los años sesenta, lo
que lo mantuvo al margen de las polarizaciones y radicalismos que se adueñaron
del acontecer cultural del país, para retornar cuando éste entraba en el
cono de sombra del autoritarismo y se encaminaba hacia una larga
dictadura. Autor de una obra narrativa original, intensa, profunda y definida, conformada por varios volúmenes de cuentos, debió aguardar muchos años el reconocimiento crítico, que de todas maneras nunca fue unánime.La crítica uruguaya Norah Giraldi –atenta estudiosa de su obra- considera a Ricci: un heredero del naturalismo y del realismo (Zola, Maupassant, Flaubert, Dostoievski), corregido por la exasperación de lo sobresaliente en lo absurdo y en lo paradójico (Gogol, Lagerkvist) y por la tentación de la alegoría (casi siempre a partir de motivos de origen kafkiano, como el hombre-insecto, enajenado por la burocracia y por la jerarquía).
Los escenarios de Ricci son claramente montevideanos. Pero están muy lejos de los de un Benedetti u otros narradores urbanos; son calles y esquinas y cafés desoladamente expresionistas, que tanto pueden ser de una ciudad rioplatense como de una del centro de Europa. El lenguaje de sus personajes es coloquial y por lo tanto el hablado en Buenos Aires y Montevideo, aunque esos hablantes podrían bien pertenecer a Praga o Berlín, o tal vez a
Trieste. Un aire de cosmopolitismo imanta estos relatos, caracterizados por un existencialismo pesimista que a veces bordea el nihilismo. Libros como
Los maniáticos, El grongo, Ocho modelos de felicidad, Cuentos civilizados, Los mareados, Cuentos de fe y esperanza y
Los perseverantes conforman la parábola de una muy valiosa producción cuentística que dio comienzo en el año 1973 y continuó hasta el año 1993, poco antes de su muerte. |
Alejandro Michelena
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