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Humberto Megget: el poeta que no supieron ver sus contemporáneos
Alejandro Michelena
alemichelena@gmail.com

En el semanario Marcha el 13 de abril de 1951 se puede leer, en la página literaria, una breve nota en la cual se da cuenta de la muerte de “el joven poeta que desoímos”. De esa forma, la entonces también joven y poeta Idea Vilariño, se refería a Humberto Megget, y esbozaba de paso el mea culpa de su generación –que  era también la del malogrado escritor- al no haber valorado una obra  poética rotunda y renovadora, firme en su estructura e intensa en su resonancia. Ese artículo, publicado en el periódico donde en estaban probando sus armas los intelectuales de la Generación del 45, fue el primer y precoz reconocimiento para un gran poeta prácticamente desconocido, que se iba de este mundo a los 24 años a causa de la tuberculosis.

Idea lo había conocido personalmente y supo valorar sus textos. Y poco después, en 1952, se ocuparía de la primera edición orgánica de Nuevo sol partido; los textos llegaron a sus manos a través de un amigo de Megget también poeta, Carlos Brandy, cuando transcurrían sus últimos días de vida en un sanatorio.  Apareció con el sello de la revista literaria Número –que ya tenía su prestigio bien ganado-, con ilustraciones de Antonio Pezzino.  Idea Vilariño armó el volumen, agregándole treinta poemas y una página en prosa a los textos de la inicial y precaria edición hecha en vida del poeta en 1949.

Sin Zona, responsable de esa primera edición de Nuevo sol partido fue la revista que Megget había llevado adelante, entre 1947 y 1948, con sus amigos poetas Brandy y José Parrilla, y el pintor Raúl Javiel Cabrera, más conocido como Cabrerita. Una publicación marginal –que circulaba entre las mesas del Sorocabana de la plaza Cagancha y en alguno otro café céntrico - ignorada olímpicamente por el núcleo central del establishment literario y cultural. Ellos se reunían allí, y en ese lugar enorme y rumoroso conocieron a Idea, la que también frecuentaba las redondas mesas de mármol del atractivo local con columnas y lambrices de madera oscura, adonde iba a leer o a esbozar sus primeros poemas y notas críticas.

UNA VANGUARDIA IGNORADA DE JOVENES ANONIMOS

Este subtítulo puede sintetizar la realidad existencial y creativa de Humberto Megget y sus amigos en aquel Montevideo de fines de los años cuarenta. Sus textos, la revista Sin Zona, algunos recitales, o más bien acciones que  preludiaban los happenings de los sesenta y las performances de los noventa, constituyeron la única vanguardia literaria de aquellos  momentos, que pasó totalmente desapercibida. Y es interesante la conexión de este grupo, a través de Megget en su calidad de alumno, con el Taller Torres García, el equivalente vanguardista en las artes plásticas. La diferencia estuvo en el anonimato en que se movía el pequeño grupo de jóvenes poetas, frente a la gran notoriedad del Taller que llevaba adelante don Joaquín junto con sus discípulos más destacados enfrentando la fuerte resistencia de un medio poco propenso a nuevas ideas y perspectivas estéticas.

Fue clave para Megget el encuentro algo fortuito con José Parrilla, que derivaría sin embargo en una fuerte amistad. Queda un testigo de aquel lejano episodio: Juan Fló, entonces un joven más con inquietudes literarias, que enfilaría más adelante sus intereses hacia la reflexión sobre el arte, llegando a ser Catedrático de Estética en Facultad de Humanidades y una autoridad en la materia. Parrilla introdujo a su nuevo amigo en el conocimiento de las vanguardias europeas y en particular del surrealismo; él mismo cultivaba –caso único en nuestra literatura por aquellos años- un encare claramente surreal en sus textos. Era un personaje extravagante y rodeado de misterios, anti solemne  y desprejuiciado en su vida y estilo literario, que deslumbró a Megget. Sin duda que la condición rupturista, la libertad y soltura, e incluso el humor del verso meggetiano, deben mucho a Parrilla, lo mismo que su distanciamiento del lirismo neorromántico vigente en esos años en la poesía rioplatense.

Nuestro poeta vivió intensamente esos años, que en el caso de él fueron los formativos y al mismo tiempo los de la creación de su corta pero deslumbrante obra. En poco tiempo se puede apreciar –en su tan conocida peripecia vital- una crisis religiosa, dos amores intensos por dos mujeres llamadas Raquel, el compromiso político. Y este proceso culmina, a la altura del grupo de Sin Zona, en la dedicación completa del poeta a su vocación esencial. Aclaremos: la vocación de un joven apenas veinteañero, anónimo y sin  formación académica, leyendo profusamente lo que le aconsejaba su amigo José Parrilla, más experiente y conocedor de lo nuevo en materia literaria y artística. Pero además: acudiendo fervorosamente –como oyente, pues no pintaba- a las clases de Torres García; el taller ocupaba los bajos del Ateneo de Montevideo, donde ahora está el Teatro Circular, lo que nos permite ubicar espacialmente el mundo de Megget, que transcurría durante gran parte del día y la noche en el entorno de la plaza Cagancha, entre el gran café y el taller.

De todo esto quedó un sedimento claramente detectable en su poesía. Las lecciones de Torres lo llevaron a aplicar en su elaboración textual el concepto de “construcción” y el uso de la “proporción”, y también ese contacto con el arte plástico se percibe en los elementos visuales, en las imágenes y en el uso peculiar de las metáforas. Sus textos, por otra parte, si bien de verso libre, evidencian un especial cuidado rítmico que es una de las marcas de identidad de su obra. Y algo subyacente, aunque a veces no tanto: el talante surreal que le llegó en las lecciones –informales y en muchos casos delirantes- de Parrilla, entre cafés o vinos, cultivando la bohemia como “estilo de vida de artista”, rasgo que fue la característica marcada del grupo de la revista Sin Zona. Este es un punto que los diferencia radicalmente –a Megget, a Parrilla, a Cabrerita, al Brandy de aquellos años- del grueso de la Generación del 45, integrada en su mayor parte por profesores como José Pedro Díaz, abogados en el caso de Carlos Martínez Moreno, críticos en medios prestigiosos como Emir Rodríguez Monegal, burócratas con carreras administrativas destacadas si observamos la peripecia de Mario Benedetti.

EL POETA DE UN LIBRO

El único libro que concretó Humberto Megget en su corta vida fue Nuevo sol partido, que tal como lo aclaramos fue póstumo en gran parte a causa de la selección de nuevos textos y el cuidadoso y respetuoso ordenamiento por parte de Idea Vilariño, tarea que modificó, mejorándola,  la versión inicial. Pero fue suficiente este puñado de poemas para ubicarlo –algo  que se afirmó con el pasar de los  años- en el lugar de la auténtica renovación poética, como caso único en aquel tiempo y aquí.

Los textos de Megget se despegan del lirismo ambiente en los cuarenta, del abusivo deleite en el “yo”, procurando un decir más contenido. Utiliza a menudo la conjunción “y”, imprimiéndole a los poemas un ritmo de salmodia bíblica. La ruptura de la sintaxis, el puntilloso cuidado de lo rítmico, el uso musical de las palabras, preludian perspectivas que llegarán a ser habituales más de veinte años después en nuestro medio con el trabajo de poetas de los años setenta.

Aquel vate brillante y precoz, un talento secreto para la mayoría en su corta vida, comenzó a interesar a la crítica muy pronto. A esto colaboró el espaldarazo que significó para el libro la edición por parte de la revista Número. Esa fue la legitimación de un poeta ignorado en vida por uno de los grupos centrales del 45. Pero sus lectores siguieron siendo pocos por un largo período, hasta que en 1965 lo reedita Banda Oriental con selección y prólogo de la fiel Idea Vilariño, quien además agregó catorce poemas al conjunto.

De ahí en más comenzaría para Humberto Megget el tiempo de la multiplicación de sus lectores, lo que se potenciaría al tornarse canciones algunos de sus textos más significativos en manos de artistas populares como Gastón Ciarlo “Dino”.

 

Alejandro Michelena

alemichelena@gmail.com

 

Esta nota se publicó en el semanario 7n de Montevideo, el pasado 1 de octubre de 2014.

 

 

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