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Horacio Quiroga: a 70 años de su muerte |
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Hace mucho tiempo que Horacio Quiroga —como escritor y como personaje— viene siendo estereotipado. Como en el caso de tantos artistas ubicados en el olimpo de los intocables, se tiende a abordar su figura y su obra desde una sola dimensión forzosamente esquemática. Se reiteran calificativos como “gran cuentista”; se recuerda una y otra vez su Decálogo conteniendo las reglas para escribir un relato; se insiste en su condición de “renovador”. Y en cuanto a la peripecia personal: se cargan las tintas en las razones que lo llevaron a retirarse a la selva, se exagera calificándolo de “solitario”, y se lo considera una suerte de Thoreau rioplatense exiliado en medio de bosques semitropicales.
Todo esto, acumulado a través de años en infinidad de notas, ensayos y hasta libros de análisis, en lugar de aportar luz para mejor conocer al escritor ha colaborado a ocultar la riqueza de facetas que tuvo su personalidad, que son las que explican el carisma original de su vida y el potencial de sus logros literarios.
De esa forma se cerraba el ciclo shakespeariano que había signado su vida, donde suicidios y muertes —de familiares y amigos cercanos— se fueron enlazando en un siniestro rosario.
La urna, por pedido expreso del escritor peregrinó hacia su país de origen, Uruguay, recalando primero en Montevideo y viajando luego hasta la ciudad de Salto, donde había nacido en 1878. Allí se encuentra, ahora en el reciente museo que atesora sus manuscritos y primeras ediciones, ubicado en la que fuera la quinta de verano de la familia Quiroga, que se ha constituido en centro de estudio e irradiación de la obra quiroguiana de la mano de uno de los más persistentes estudiosos de la misma, el también salteño Leonardo Garet. El fruto de ese fervor poético inicial quedó plasmado en Los arrecifes de coral, libro de poemas de 1901 que en absoluto preludiaba el camino que más adelante iba a transitar. Un año antes había hecho su viaje a Paris, meca de todos los émulos de Rubén Darío en cualquier capital del continente. El disparo accidental con el cual da muerte a su amigo Federico Ferrando clausura esta etapa, tan fugaz como despreocupada. Deja entonces sus veleidades líricas y se instala en Buenos Aires, vislumbrando ya otros rumbos literarios. En 1903 llega a la provincia de Misiones por primera vez, formando parte de una expedición de estudio encabezada por su amigo Lugones, y el impacto que le causa ese territorio todavía agreste, el clima cálido y la selva, determinarán su destino.
Tres años más tarde se instala allí con su primera esposa Ana María Cirés, desandando el camino que lo había llevado al epicentro cultural que era entonces como ahora Buenos Aires. En lo literario estaba en camino de ser el narrador cabal que ha valorado la posteridad. Pero había algo más profundo todavía: al quemar las naves en cuanto a los paradigmas dominantes en el orbe Hispanoamericano —tomando distancia tanto del letrado de gabinete como del bohemio— asumía un rol inédito en estos países. Quiroga en Misiones y también en el Chaco, trabajando la tierra y luchando contra los elementos, asumiendo el riesgo y la aventura como un Jack London del sur, dedicado por etapas a las invenciones técnicas y a impulsar emprendimientos industriales variados, se torna —ya en la primer década del siglo pasado— en el ejemplo inicial a nivel Latinoamericano de “escritor-hombre de acción”.
La influencia del norteamericano se nota de manera evidente en Cuentos de amor de locura y de muerte, libro con el que llega a su culminación literaria a través del uso acertado del suspenso, de la síntesis ajustada, de la lograda economía de recursos, del sabio manejo del impacto, del sentido del ritmo y la perfección de las palabras. Sobre el título, el escritor Manuel Gálvez –primer editor de la obra- cuenta una anécdota ilustrativa en su libro de memorias, Amigos y maestros de mi juventud [1]: “... no quiso que se pusiera coma alguna entre esas palabras”.
Para comprobar la maestría del escritor en el género, basta con la lectura atenta de su cuento
A la deriva. En el comienzo un hombre es víctima de una picadura venenosa; se mueve penosamente hacia su cabaña, con el pie muy hinchado y cada vez más débil; intenta llamar a la mujer pero su voz ya no tiene fuerza. Con el resto de energía que le queda se arrastra hasta su canoa y deja que el río Paraná la lleve —justamente— “a la deriva”. El núcleo del relato lo constituye el contrapunto entre la descripción minuciosa —a través de imágenes que impactan— del proceso de envenenamiento, y la corriente confusa de sus recuerdos en plena agonía. Desde la primera línea el lector sabe que el personaje va a morir, y sin embargo la narración no deja de estar cargada de suspenso; éste surge del ritmo casi cinematográfico que el autor logró imprimirle.
Ya en 1911, en carta a su amigo Fernández Saldaña le confiesa: “Vivo de lo que escribo.
Caras y Caretas me paga $ 40 por página, y endilgo 3 páginas más o menos por mes. Total $ 120 mensual. Con esto vivo bien”.
Podríamos decir que el autor de Anaconda fue un best-seller en su tiempo, pero como bien se ha planteado lo fue “de calidad”. Esto no significa que toda la producción quiroguiana mantenga parejo nivel; muchos de sus relatos y gran parte de sus páginas se resintieron debido a la urgencia con que eran escritas. Pero también es cierto que los mejores no sufrieron menoscabo por aparecer originalmente en el soporte de prensa.
Muy pronto una nueva generación de escritores aprovecharía la senda abierta por Quiroga. El ejemplo más notorio fue Roberto Arlt, el narrador urbano por excelencia en los años veinte, que publicó sus
Aguafuertes porteñas en el diario más popular de la historia argentina: Crítica, que dirigía el uruguayo Natalio Botana. Referencias: [1] - Editorial Guillermo Kraft, Buenos Aires, 1944 |
Alejandro
Michelena
Publicado en La Jornada Semanal, de México, el 23 de diciembre de 2007
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