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Homero Manzi en su centenario
El poeta que añoraba la “Luz de almacén”
Alejandro Michelena

Estaba internado una vez más. Era la etapa final de su enfermedad mortal, y lo sabía. Una de esas noches, en la infinita desolación de la sala de hospital, solo con su alma y sus recuerdos, Manzi imagina un tango diferente (todos lo eran para él en el momento de la creación). Se entusiasma, y con enorme esfuerzo garabatea con un lápiz de tinta en un trozo de papel que encuentra sobre la mesita de noche. Después toma el teléfono —su fama le daba algunos privilegios— y disca con dificultad el número del gordo...

Aníbal Troilo, su amigo, demora en contestar. El timbre suena y resuena.

“Seguramente se acostó tarde, luego de la actuación, y con algunas copas”, pensó Homero.

Está a punto de cortar cuando la voz inconfundible le contesta, y él le cuenta de ese nuevo tango y se lo lee, mientras el gordo —del otro lado— toma su bandoneón y le va poniendo música.

A cincuenta y seis años de su muerte, y en el centenario de su nacimiento, vale la pena recordar a una figura que en realidad no se ha ido nunca. Homero Manzi fue un gran poeta que quiso que sus creaciones llegaran a todos. Y sus obras siguen atrayendo a nuevas generaciones, junto a esos tangos inmortales que apuntalan. 

La hora del adiós 

Corría el año 1951. Pocos días después de esa comunicación telefónica en la alta madrugada moría Homero Manzione, un porteño de pura cepa que había nacido en Santiago del Estero pero que vivió en Buenos Aires desde niño. Fue poeta por encima de todo, un poeta esencial. La sensibilidad ante “el dolor de los demás” lo llevó al compromiso político encarado con pureza y radicalidad.

Pocos conocían a Manzione a su muerte... Pero miles acompañaron a Homero Manzi —quizá el más grande poeta que dio el tango canción— hasta su última morada. Antes lo velaron sus amigos: los músicos de tango, pero también la gente de teatro, del cine y la radio, medios para los que escribiera libretos y argumentos. Pero como artista popular que había sido, una caravana interminable desfiló ante su cuerpo quieto, de la que formaron parte desde simples vecinos provenientes de todos los rincones de la gran ciudad hasta el propio presidente Perón.

Era el adiós —o el hasta siempre— para el autor de tangos perdurables como Malena, como Sur, como Barrio de Tango, como Manoblanca, como Discepolín.

Un tren, allá en Pompeya

Muchos años antes, por la segunda década del siglo XX, un chico estaba  pupilo en el colegio Luppi del barrio de Pompeya. Hacía poco que había llegado desde un pueblito de Santiago del Estero, Añatuya, y extrañaba doblemente: el terruño y la familia.

En medio de la disciplina, atrapado en el rigor de los estudios, su única diversión —en la tristeza de los atardeceres del otoño porteño, cargado de garúas y cerrazones— era atisbar el pasaje del tren desde la ventana del cuarto que compartía con otros alumnos, y verlo luego perderse en una curva cerrada y misteriosa.

Décadas más tarde, el hombre que había sido aquel niño iba a escribir un verso cargado de infinitas sugerencias, evocando esa vivencia cotidiana: “el misterio de adiós que siembra el tren”.

Todavía adolescente, concebirá los primeros poemas. Poco después se hace amigo de Raúl y Enrique González Tuñón, Leónidas Barletta y Nicolás Olivari, jóvenes escritores que comenzaban a buscar un camino literario renovador y al mismo tiempo sensible a lo social y a los temas nacionales. Todos ellos integraron el grupo de Boedo, que tomó el nombre del barrio donde se reunían, contrapuesto al grupo de Florida más volcado a lo cosmopolita y al vanguardismo.

La frecuentación de José González Castillo, padre de Cátulo, será para el joven Homero Manzione el enlace de conexión entre la poesía y el ámbito de la música típica. El tango estaba en pleno desarrollo, lejos de su primera etapa de música del suburbio pero sin haber llegado todavía a su momento de mayor esplendor.

Fue en ese tiempo —plenos años veinte— cuando Manzi le confiesa al ensayista y político Arturo Jauretche: “Tengo por delante dos caminos: hacerme hombre de letras o hacer letras para los hombres”. Y eligió lo segundo, transformándose —junto a Enrique Santos Discépolo, Cátulo Castillo y Enrique Cadícamo— en el trío más brillante de los letristas que  estimularon esa renovación del tango que llegó a su esplendor en los años cuarenta.

La forja política

Siendo estudiante de Derecho fue expulsado de la facultad por su militancia política, al participar en la resistencia del Radicalismo contra la dictadura de Uriburu. La “década infame” —de elecciones fraudulentas y gobiernos corruptos— lo llevaría a decepcionarse de la política partidaria tradicional, encontrando en la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (Forja) su lugar de pertenencia. Volcaría en ese grupo, mal visto por tirios y troyanos pero integrado por un puñado brillante de intelectuales visionarios, como el citado Jauretche y Raúl Scalabrini Ortiz, toda su energía y su esperanza de cambios genuinos para la Argentina.

Forja procuraba rescatar lo mejor del Irigoyenismo, generando a partir de ello un polo renovador. Y la estrella naciente de Juan Domingo Perón justificó la esperanza de poder incidir, insertándose en el movimiento de masas que estaba surgiendo, en las decisiones del poder en favor de las grandes mayorías.

Docencia, periodismo y cine

Homero Manzione se ganó la vida durante muchos años como profesor de Castellano y Literatura. Ejerció como periodista, y Crítica —el popular diario de Natalio Botana—, lo tuvo entre sus cronistas, junto a otros talentos que se llamaban Roberto Arlt, Ulises Petit de Murat y Horacio Quiroga.

Participó intensamente del mundo del espectáculo, escribiendo para el teatro y el cine. Eran tiempos del auge cinematográfico argentino, cuando se llegaron a producir en algunos años casi cien películas.  En colaboración con Hugo Mac Dougall, Manzi redactó el argumento de Nobleza gaucha, filme de 1937 con Olinda Bozán. La misma dupla concretará en 40 el libro de la película Huella —basado en la novela Facundo, de Sarmiento—, en la que trabajaron Enrique Muiño y Orestes Caviglia. En el año 45, junto a Ulises Petit de Murat crean el argumento de Pampa bárbara, con un elenco encabezado por Francisco Petrone y Luisa Vehil. Con el mismo escritor ideará Donde mueren las palabras, en el 46, drama protagonizado por Enrique Muiño.

Con su sola firma le dio argumento a otras recordadas películas: En 1947, Pobre mi madre querida con Hugo del Carril, Emma Gramática y Aída Luz. Y en el año 50 El último payador —que cuenta la vida de José Betinotti— también con Hugo del Carril.

Ante todo: poeta del tango

Pero lo esencial, lo que ha perdurado de Homero Manzi ha sido su poesía en forma de tangos. ¿Quién puede no ser sensible al encanto de Viejo ciego o Milonga sentimental? Y sigue vigente como siempre la evocación —más que nostálgica, arquetípica— de tangos como El pescante, El último organito y Betinotti. Por otra parte, la mejor poesía imanta letras como Mañana zarpa un barco y Che bandoneón.

Mientras tanto, al tiempo que crecía la fama de Homero Manzi a través de sus tangos interpretados por las grandes orquestas típicas, y en las voces de los mejores cantores del momento, un poeta más secreto seguía desgranando versos que se iban a conocer algo después. Así es que escribe en Definiciones para esperar mi muerte: “Sé que hay lágrimas largamente preparadas para mi ausencia. / Sé que mi nombre resonará en oídos queridos con la perfección de una imagen”.

Alejandro Michelena
Una versión sintetizada de este ensayo fue publicada hace unos meses en La Jornada Semanal (suplemento cultural del diario La Jornada, de México).

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