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Gombrowicz en Buenos Aires: |
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Uno
de los episodios más locos en la historia literaria argentina fue
protagonizado por un polaco, llegado en circunstancias azarosas a Buenos
Aires, que extendiera por casi cuarto de siglo su estadía en ella un poco
por accidente pero también porque le atraían la ciudad y su gente. Sin
dominar bien el idioma, se atrevió a emprender la incierta aventura de
traducir su única novela, publicada en Polonia en 1937. Llevó a cabo la
tarea asesorado por un puñado de amigos escritores, en jornadas que se
llevaban a cabo —en permanente debate muchas veces caótico— a lo
largo de muchas tardes de la segunda mitad de los cuarenta, en varios cafés
del centro porteño. Su
nombre: Witold Gombrowicz; la novela en cuestión: Ferdydurke.
Participaron del peculiar emprendimiento los escritores argentinos Carlos
Mastronardi y Eduardo González Lanuza, y los poetas cubanos Virgilio Piñera
y Humberto Rodríguez Tomeu (por esos años residentes en la gran capital
del sur), junto a algunos jóvenes aspirantes a las letras. Los lugares de
trabajo fueron ciertos cafés y confiterías propicios al encuentro y la
tertulia. Pero
no piense el lector que no se aplicó una metodología en ese trabajo
colectivo. En cada encuentro, Witoldo —como le llamaban sus amigos—
llevaba un fragmento traducido por él más o menos en forma literal,
texto que sometía a la no muy ordenada asamblea, que entre cafés y
bebidas espirituosas iba buscando las palabras más adecuadas y puliendo
así cada párrafo. Gracias
al proceso de trasladar Ferdydurke a
nuestro idioma, su autor volvió a sintonizarse con la literatura luego de
una crisis que se había extendido demasiado, comenzando de ahí en más
la escritura de sus novelas mayores, como Pornografía,
Transatlántico y Cosmos. Por otra parte,
esa edición de Ferdydurke
—con el prólogo, casi clarividente, de Ernesto Sábato— marcó el
inicio del lento camino hacia el reconocimiento mundial. De
sur de Varsovia a Avenida de Mayo El
escritor tenía 35 años cumplidos y una trayectoria literaria en su país,
cuando en 1939 aceptó la invitación a participar en el viaje inaugural
de un transatlántico con destino a la lejana Buenos Aires. Desembarcó en
el mes de agosto de ese año crucial, y pensó que iba a pasar allí un
par de meses a los sumo. La
invasión de Alemania a Polonia, ocurrida en septiembre, volvió
permanente su estadía, resignándose a esperar el final de la contienda.
Pero mucho antes que llegara la paz Gombrowicz había sido encandilado y
atrapado por los laberintos de esa ciudad extraña, con aires de Paris
pero también caracterizada por cierto aliento vital telúrico vinculado a
lo nuevo, lo primigenio, lo original. No
lo deslumbraron los brillos europeizantes del grupo intelectual más
prestigioso, que era el que rodeaba a Victoria Ocampo y la revista Sur,
al punto que luego de algunos fugaces y controvertidos contactos con
algunas de sus figuras notorias se automarginó por el resto de las dos décadas
y media que iba a permanecer en Buenos Aires. Sí lo deslumbró el
potencial de juventud del país, y más que nada los jóvenes en concreto
—nada ilustrados, algunos recién llegados del interior— con los que
alternaba ambiguamente en las inmediaciones de la Estación Retiro. De
alguna forma encontró en la pujante Buenos Aires en crecimiento de los
primeros años cuarenta la confirmación de la filosofía planteada en Ferdydurke,
donde quiebra una lanza en favor de la inmadurez en cuanto energía base
de toda creatividad, contrapuesta al mundo adulto que vinculaba a lo
rutinario y poco estimulante. El dionisiaco Witold se encontró en su
elemento relacionándose con esos oscuros muchachos (en un doble sentido:
por el color de la piel y por lo anónimos) en bares y cantinas del
”bajo” bonaerense. La
otra parte de su vida, la diurna, se desplegaba en las confiterías Rex y
La Fragata de la calle Corrientes, y también en el clásico Café Tortoni
de Avenida de Mayo. En esos salones algo anticuados y solemnes encontró más
calidez que en los hoteles y pensiones donde —por razones económicas—
se vio obligado a habitar durante los primeros años de su residencia
porteña. Allí reflexionaba, a veces escribía, mantenía conversaciones
sin mayor compromiso, y sobre todo jugaba al ajedrez. El “juego
ciencia” iba a ser su pasión constante. Un
corpus literario burilado en el silencio Gombrowicz
sobrevivió pobremente, manteniéndose gracias a colaboraciones en periódicos
y revistas. Recién en 1947 accedió a un empleo más seguro como
funcionario del Banco Polaco. Allí se mantuvo casi una década, hasta que
renunció en 1956. Luego, gracias a la indemnización recibida, a
inversiones que había logrado hacer, a una beca más bien política
(proveniente de una organización anticomunista) y a algunos derechos de
autor que ya comenzaba a cobrar, logró vivir con cierto desahogo y sobre
todo con el tiempo y la tranquilidad necesarias para concentrarse en su
obra. ¿Cómo
fueron los largos años del escritor polaco en Buenos Aires? Su hogar
estuvo en los cafés durante las décadas del cuarenta y cincuenta, cuando
la capital argentina era una ciudad donde los mismos se multiplicaban.
Aparte de los sitios antes nombrados, que fueron de alguna forma sus
espacios más habituales, solía recorrer otros lugares —hoy emblemáticos
gracias a su presencia y la de otros escritores y artistas— como Los 36
billares, penumbroso café de Avenida de Mayo cercano a la plaza Lorea, o
La Academia, de Callao casi Corrientes. Ambos recintos caracterizados por
una similar estructura espacial: un primer salón con mesas de mármol y cómodos
butacones; otro dedicado al juego de dados, y al fondo mesas de billares (Witoldo,
entre una y otra partida de ajedrez se animaba con el cubilete y los
dados, y quién sabe si no cultivó también el arte de la precisión de
las bolas sobre el tapizado verde). Por
sobre todas las cosas era un gran conversador, siempre interesante y polémico,
irónico y punzante, que naturalmente atraía a otros contertulios, sobre
todo a aquellos más sensibles e inquietos. Mientras
tanto, en silencio y sin apremios editoriales iba elaborando su obra. Transatlántico es de 1953. Cosmos
surgirá unos años después, en la primera temporada pasada por el
escritor en Tandil, un pueblo de la Provincia de Buenos Aires que —por
lo que vamos a explicar después— quedará unido indisolublemente al
mito de Gombrowicz en la Argentina. Vale aclarar que el proceso de
escritura de esta novela fue largo, al punto que aparecerá recién en
1965 cuando el autor ya está establecido en Francia, luego de ganar el
Premio Formentor. Uno de sus textos hoy más leídos y comentados, el Diario,
comenzó a publicarse por aquellos tiempos en la revista Kultura, vocero de emigrados polacos, donde apareció además su
tercera novela, La seducción.
En Buenos Aires se editará también su obra teatral El casamiento, que más adelante —en 1964— el gran director
argentino Jorge Lavelli llevará a escena con gran suceso en Paris. Otro
aporte de la gran ciudad platense al universo literario gombrowiciano tuvo
que ver con un título. Su libro de cuentos, que reúne relatos cortos
escritos en Polonia entre los años 1927 y 28, titulado originalmente Memorias
del tiempo de la inmadurez, fue cambiado luego por el aparentemente
enigmático Bakakai. Este es,
apenas, la leve deformación de la calle Bacacay del característico
barrio porteño de Flores, por muchos motivos cercano al autor. El
grupo de Tandil Los
jóvenes se le acercaban. No solamente aquellos, míticos, de sus
originales andanzas dionisíacas por los bares y entorno de la Estación
Retiro, sino además —en el ámbito de los cafés— los que tenían
pretensiones literarias. Fue el caso de Juan Carlos Gómez, a quien
llamaba con el apelativo Goma, quien formaba parte de sus mesas de las
confiterías Rex y La Fragata. Goma mantuvo correspondencia con Gombrowicz
luego que éste aprovechara una beca en Berlín para saltar a Europa, en
1963; ese intercambio se extendería casi hasta la muerte del escritor, en
1969. Las cartas del polaco a Goma fueron publicadas por éste
recientemente, bajo el título Cartas
a un amigo argentino. Otros
de sus jóvenes amigos, entonces aspirantes a las letras, fueron Alejandro
Russovich y Miguel Grimberg. Ambos, junto al antes mencionado, formaron
parte —en los años cincuenta— de la segunda generación de
“ferdydurkistas” fervorosos. La primera fue la que se complotó con el
autor para la traducción de su novela. Pero habrá todavía una tercera,
vinculada a Tandil. Lo
primero que hizo Witoldo al llegar allí por primera vez fue visitar la
municipalidad y preguntar si había en la ciudad alguien inteligente...
Los funcionarios, desconcertados, lo conectaron con un grupo teatral. Allí
encontraría al jovencísimo Jorge di Paola, a quien apodó Dipi, uno de
sus fieles de ahí en más que a partir de los setenta iba a desarrollar
una interesante peripecia como narrador. Di Paola, Mariano Betelú y Jorge
Vilela, iban a rodear al “viejo” —así lo llamaban— en sus
frecuentes visitas a Tandil. Ese hombre, que bordeaba los cincuenta años,
fue para estos veinteañeros provincianos un auténtico maestro socrático,
con el que tanto podían hablar de la vida en Tandil, como analizar el
estado literario y cultural de la Argentina, o abordar temas metafísicos
o filosóficos. Estos
jóvenes, los de Buenos Aires y los de Tandil, siempre tuvieron claro el
privilegio que implicaba compartir las horas con un gran escritor. Y esa
convicción la tuvieron (y mantuvieron) bastante tiempo antes que desde
Francia lo redescubrieran y comenzara su renombre mundial, iniciada ya la
década del sesenta. El
extraño saludo a Borges No
deja de pertenecer a la dimensión de lo anecdótico, pero ilustra bien
una auténtica contraposición literaria y cultural. De vez en cuando, en
sus diarias andanzas por el centro porteño a través de los años, el
polaco solía cruzarse con Jorge Luis Borges, por entonces un escritor de
enorme prestigio nacional e internacional pero todavía “de culto” y
lejos de la fama que iba a alcanzar más tarde. Borges, que aun no estaba
ciego, nunca lo reconocía. En cada encuentro Witoldo le gritaba desde
lejos, a veces desde la acera de enfrente: “¡Hey
Borges, acá Gombrowicz!” Corrían
todavía los años cuarenta cuando Carlos Mastronardi se animó a
presentarlo en una cena en casa de Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares,
matrimonio de escritores que encarnaba la conjunción del prestigio
intelectual y social. Borges, gran amigo de ellos, también participaba de
la velada, y fue ésa la única oportunidad en que estuvieron juntos con
posibilidad de dialogar y conocerse. Si bien el autor de Ferdydurke
se mostró discreto y sociable (lejos de los escándalos ocurridos en
otros acercamientos a la élite cultural porteña), la impresión que dejó
en el prestigioso trío fue que se trataba “de
una especie de anarquista algo turbio y de segunda mano...” La
dársena y el último café En
el final de su último verano en el Río de la Plata, retirado en una
playa del Uruguay y dándole los últimos toques a su novela Cosmos,
recibe una invitación de la Fundación Ford para una estadía de un año
en Berlín. La misma se traspapeló en los laberintos del correo y llegó
tarde a sus manos... Y cuando pensaba que la posibilidad de transitar el
camino contrario al de su viaje del año 39 –tantas veces rumiada en años
anteriores, al compás del aumento de su fama europea– se había
evaporado, llega la noticia que la invitación y la beca siguen en pie. En
pocos días Gombrowicz vendió sus pertenencias y arregló sus asuntos en
Buenos Aires. Y a pesar de las dudas y conflictos interiores en relación
al viaje que, de acuerdo al testimonio de su Diario, lo iban a asediar
incluso durante el cruce oceánico, se dispuso
a quemar las naves (esta vez de manera deliberada). Los
últimos momentos en la Reina del Plata los pasó en un café cercano a la
dársena, rodeado de sus más fieles amigos, mirando el muelle y la
placidez del agua portuaria. Luego, ya instalado en cubierta y
contemplando a lo lejos el perfil de Buenos Aires alejándose
implacablemente, en un episodio de auténtica cepa “ferdydurkeana” el
escritor se da cuenta que había perdido los 250 dólares, único dinero
que tenía para gastos hasta llegar a destino... Un telegrama de auxilio a sus contactos europeos solucionó el problema a su llegada a Cannes, donde daría comienzo otra historia: la de la etapa consagratoria de Witold Gombrowicz, muy distinta –quizá menos interesante– que ese largo y paradójico período bonaerense que resultó a la postre el marco apropiado para la decantación de un corpus narrativo que ocupa un lugar de privilegio en la literatura del siglo XX. |
Alejandro Michelena
aledanmichelena@gmail.com
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