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En el laberinto del video
Un válido vehículo poético
por Alejandro Michelena
alemichelena@gmail.com

 
 

Aunque ya no requeriría presentación, vale recordar al lector que Roberto Mascaró es un poeta uruguayo —nacido en 1948, o sea, perteneciente a ese ámbito generacional tan poco tenido en cuenta últimamente, que tan bien caracterizara Alberto María Triangullare en números anteriores de este suplemento— que se radicó en Suecia por imperativos de época hace diez años atrás.

Egresado del IPA en literatura, estudió estética en Uppsala y antropología y literatura en Estocolmo. Antes de irse, su actividad cultural había sido intensa, destacándose de la misma la edición de la revista de poesía "Son" (1971 -72), la obtención de la 3ª mención en el último concurso de poesía significativo que se realizara en el país en el segundo lustro de los setenta (Feria de Libros y Grabados, 1973), la coedición de la publicación cultural "Nexo" y la fundación de la editorial poética Libros de Granaldea. De ese pasado, y de lo que sucediera con su actividad en el exterior, pudimos dialogar con él mientras apreciábamos sus originales "videos", para luego seguir conversando días después frente a un humeante café del tradicional Sorocabana (que contara a Mascaró, "illo tempore", como uno de sus consecuentes habitúes)

Roberto Mascaró

Luego del natural período de adaptación a las nuevas circunstancias existenciales, la tarea cultural de Roberto se desplegó en Suecia a varias puntas. Por un lado, concretó la publicación de varios volúmenes poéticos: "Estacionario" (Nordan, 1983), "Chatarra/Campos" (Siesta, 1984), "Asombros en la nieve" (Siesta, 1986), "Cruz del sur" (Siesta, 1987). También en este último año apareció en Montevideo una plaquette conteniendo algunos textos suyos, titulada "Mar, escobas" y editada por Uno, mientras que en Estocolmo se difundía en sueco su largo poema "Campos" ("Falty editorial Fripress).

Paralelamente, a partir del año 83 se constituyó en uno de los activos animadores y hacedores —junto a un grupo de latinoamericanos transterrados— de "Saltomortal", publicación cultural que de alguna manera hizo de eficaz puente entre los exiliados y Latinoamérica en un momento crucial, cuando algunas de las dictaduras del continente comenzaban a languidecer y era efectivamente posible reestablecer el nexo entre la cultura de afuera y la de adentro de nuestros sufridos países. Pero Mascaró fue además uno de los coordinadores de la Editorial Siesta, que desde 1983 se ha ocupado de la difusión de poesía actual latinoamericana y también sueca en español (justamente, la antología "La nueva poesía sueca" que es de 1985, le pertenece).

Este infatigable accionar tuvo como epicentro constante la poesía, tanto en cuanto creador, como editor, crítico, compilador, dinamizador cultural en suma, y lo sigue teniendo últimamente, a través de sus trabajos de "performance" y "videos".

El video: vehículo de la poesía y propuesta en sí

La experiencia de "mirar" en la Biblioteca Nacional los videos realizados por Mascaró y el chileno Juan Castillo, resultó para este cronista algo cargado de extrañeza y estimulante a la vez. Lo primero, porque a pesar de que se ha visto por aquí —poco, pero se ha visto— la utilización de este "medio" para trasmitir alguna "performance", para registrar algún recital o "ceremonia" poética, e incluso con el específico tratamiento de carácter plástico que se conoce como "video-arte", nunca antes nos llegó un video que lograra integrar de manera tan impecable y precisa lo textual poético y la imagen (la que por otra parte está manejada no en un sentido meramente estetizante, sino apelando lícitamente al "video-clip", a recursos publicitarios, incluso a viejos fantasmas del cine). Lo estimulante estuvo en el logro de calificada comunicación de estos materiales, los que sin piruetas intelectuales desmedidas, sin formalismos no necesarios, comunican una experiencia artística compleja —podríamos llamarla sin exceso "dionisíaca", en el sentido nietzcheano, pues comprometen a la memoria intelectual pero también a las emociones e incluso a la pulsiones más oscuras de la carne y de la sangre— que sin embargo podría gustar a cualquier vecina de barrio más o menos sensible, pues su "lenguaje" es nada más y nada menos que el de los "massmedia" solamente que utilizado en un sentido contrario al que es habitual en los planteos convencionales de la TV.

Tal vez lo más valioso de este trabajo conjunto de un poeta interesado en la comunicación visual y de un videísta interesado en el lenguaje poético, haya sido el encuentro de un camino potencial válido para la integración de poesía e imagen en clave comprensible para muchos, sin perder rigor en ninguna de sus puntas.

Por cierto que los videos en sí poseen valores autónomos del punto de vista estético y sería muy interesante que se pudieran exhibir no solo en circuitos "para los pocos", como hasta el momento, sino a través de la televisión (alerta para canal 5, que tanto se manifiesta preocupado por la "cultura" nacional, aquí tiene una oportunidad de pasar a los hechos).

Una colaboración fecunda

Dialogando con Roberto Mascaró acerca de estos trabajos, nos explicó su génesis a partir de "performances" poéticas que él realizara en Suecia desde hace un par de años. En las mismas, un recurso que empezó a utilizar fue el circuito cerrado donde se registraban en una pantalla aspectos del hecho artístico que estaba ocurriendo, es decir, se daba allí la posibilidad de una simultánea visión (o lectura). Esto —la pantalla mostrando un acontecer, paralelo o no a la posible acción— se integró recurrentemente a los videos que pudimos apreciar.

"Campos", producción de 1987 de apenas 9 minutos de duración, es el único en el cual se registra en parte de su secuencia la lectura del texto por Mascaró, aunque planteándola de un modo levemente desincronizado, lo que se transforma en efecto sónico-visual decisivo en la obra.

Uniendo imágenes de dos "performances", una ocurrida en Estocolmo y otra en un festival de poesía en Oslo, Juan Castillo comienza en "Campos" a jugar con un elemento icónico que será común a toda la serie: la presencia visual del poeta, ya no como retrato o aproximación biográfica, ni siquiera como personaje, sino más bien como casi "objeto", máquina animada entre las máquinas, curiosa figura en el espejo, tal vez metáfora que se superpone a las que plantea el texto en relación a la desolada condición humana.

"Espejo" dura veinte minutos, y es en sí un montaje a partir de la "performance" del mismo nombre que desarrollara Mascaró en Estocolmo en 1987; el material se combina con escenas de estudio. Aquí se agudizan los "efectos" ya presentes en "Campos", alejándose la propuesta de cualquier acercamiento al registro de mera lectura de poemas.

En el caso de "Altamira", también del 87 y de 10 minutos, la asincronía entre texto e imagen comienza a ser total, acercándose y alejándose ambas en un ritmo jadeante e incesante que alude a las pinturas de las cavernas de Altamira pero también a otros orígenes cósmicos y personales, siendo la música de Alejandro Contreras un factor que —también de manera asincrónica— se suma al buscadamente disonante "desconcierto" del conjunto.

El cuarto video, "Cruz del Sur", es el más largo (35 minutos). Es aquí donde llega a su culminación la integrada labor del equipo. Mascaró en el texto, Juan Castillo en la imagen, Contreras en la música, trabajaron a partir de la sola idea "cruz del sur" con todas sus posibles sugerencias. De ese germen surgió todo, primero paralelamente y luego integrándose. Se divide en cuatro partes, apareciendo como en los anteriores el poeta y aquí también el videísta (de la misma manera especial explicada más arriba, siendo más que personaje referencia, al estilo quizá de la pintura hiperrealista). En este video se "cruzan" fragmentos de varias "performances", se cruzan manifestaciones artísticas, se cruzan hombres y mujeres. La cruz —desde el cosmos al caos y viceversa, en un proceso de ida y vuelta, rueda de "samsara" que no cesa— está aquí sugerida en su sentido más profundo: no sólo la figura astronómica, ni únicamente la referencia geográfica, ni siquiera la alusión vagamente cristiana, más cerca tal vez la "rosa-cruz" simbólica y su relación con los eternos procesos rituales de una "mater naturaleza" a la cual el hombre actual se puede acercar tal vez únicamente a partir de la inocencia o de la "orgía de los misterios", dos polos que surgen del trasfondo de esta inusual propuesta estética. 

 

Alejandro Michelena
alemichelena@gmail.com

 

Texto publicado, originalmente, en "La Hora Cultural" (Montevideo), sábado, 16 de julio de 1988

 

Cedido por el autor en formato papel de diario. Escaneado e incorporado a Letras Uruguay, por su editor, el día 8 de abril de 2013.
 

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