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De vanguardias y cambios estéticos en el Siglo XX: una mirada de síntesis |
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Como
siempre acontece en estos casos, el hervor que sacudió al orbe artístico
en la primera parte del siglo XX tuvo claros antecedentes que lo
posibilitaron en décadas anteriores. En
un París que ya comenzaba a transformarse en la capital cultural del
mundo occidental, surgieron casi al mismo tiempo dos movimientos: el
Impresionismo en la pintura y el Simbolismo en la poesía. Los plásticos
que podemos ubicar bajo el primero buscaron liberar a su arte de la
esclavitud al modelo natural, a la copia, penetrando en el estudio de la
luz y del color sin dejar por ello de mantenerse dentro de la gran tradición
visual que venía desde el Renacimiento; se estaba imponiendo por entonces
un hallazgo tecnológico, la fotografía, que lograba reproducir los
retratos y paisajes con mucho más fidelidad y veracidad que la más
exhaustiva pintura realista. Por su parte, los poetas considerados
simbolistas trabajaron en el sentido de ir despojando a su escritura del
clásico encadenamiento al asunto, a la temática, procurando llegar a lo
estrictamente poético a través de un privilegiar las metáforas, los símbolos,
la música de las palabras. En ambos casos, el común denominador fue la
necesidad de recuperar el lenguaje específico de cada arte, en pleno período
de plenitud de la sociedad burguesa, cuando ya comenzaban los primeros
ensayos de masificación y banalización del hecho artístico. Se trató,
de alguna manera, de la defensa de su campo de trabajo por parte de poetas
y pintores, de la dignidad de su oficio en tiempos en que la sociedad no
los consideraba útiles y se imponía el mito del artista bohemio. Por
la misma época en que esto tenía lugar y también en Francia, Flaubert
escribía una novela llamada Madame Bovary, en la que ya no
interesaba el retrato abarcador y omnipresente de un Balzac actuando como
“pequeño dios”, sino la perspectiva fragmentaria y parcial de una
simple mujer llamada Emma. Se inauguraba así la narración de tipo psicológico,
desde la subjetividad de los personajes, con un estilo que por otra parte
iba desarticulando el canon realista. En
esos años, en zonas periféricas de la cultura europea se planteaban
cambios literarios: en Rusia surgía un potente e intenso narrador que
buceó como pocos en la interioridad laberíntica de sus criaturas,
prefigurando la literatura existencialista y la angustiosa perspectiva de
muchos personajes novelísticos posteriores: su nombre es Dostoievski. En
los pujantes Estados Unidos de entonces se desarrollaba un poeta
torrencial, que cantaba en versos largos y libres tanto al país en
crecimiento que le rodeaba como a la naturaleza todavía no contaminada
del continente desde una postura de gozoso panteísmo; era nada menos que
Walt Whitman. Las
monarquías temblaban ante reiteradas rebeliones, el anarquismo y el
socialismo utópico lograban seguidores entre un proletariado en explosivo
crecimiento, el ferrocarril y el barco a vapor revolucionaban los
transportes. Un señor alemán llamado Carlos Marx escribía una obra
monumental, El Capital —que equívocamente, cincuenta años después
iba a transformarse en una neo-biblia que muchos veneraban y contados leían—
donde ponía en cuestión la economía capitalista dominante y daba
circulación a conceptos que iban a tener mucha vigencia como “alienación”
y “plusvalía”. En
el plano estético, aunque los escritos de Marx son pocos, su influencia
tiene que ver con la conciencia de la relación existente (no mecánica,
pero causal en cierta forma) entre la base “infraestructural” económico-social
y la “superestructura” en la que se insertan los productos culturales. París
era una fiesta Es
casi imposible comprender la génesis de la revolución que se operó en
todas las artes hace unos cien años atrás, si no tenemos en cuenta el
particular ámbito geográfico que le sirvió de marco. Como ya había
sucedido otras veces en la historia, una ciudad se transformaba en capital
del mundo, en este caso en lo que tiene que ver con la cultura. Y el fenómeno
se daba con un sentido de universalidad que nunca antes había sido
posible; que coincidía con la plenitud de la influencia europea en todo
el orbe. En
París confluían pintores, escultores, actores, bailarines, músicos,
poetas, venidos de todos los puntos cardinales que —como bien lo apunta
Maurice Nadeau— encontraron allí un humus propicio para realizar su
obra. Pero no sólo eso, sino que fueron acicateados por el clima
revulsivo y cuestionador que desde varias décadas antes era una constante
en la ciudad. Probablemente muchos de estos artistas no hubieran recibido
un impulso tan rotundo, y llegado a tener después tanta resonancia, de
haber quedado en sus países de origen. Se puede decir que aquel París
era un laboratorio trabajando constantemente, y también una tierra de
nadie en la que era posible hacer cosas sin tener en cuenta prejuicios,
censuras y limitaciones económicas. La
otra cara de la moneda era la frialdad de esa primera gran urbe moderna,
la que tan bien reflejó con torturada elocuencia Baudelaire. En ella los
artistas tuvieron que arreglárselas en lo práctico como pudieron. Se
encontraron sí con la enorme ventaja de poder trabajar en un ambiente que
estimulaba lo nuevo, donde podían establecer contactos realmente
enriquecedores con quienes estaban en búsquedas parecidas. Además, la
infraestructura enorme —única entonces— que en allí rodeaba a los
fenómenos artísticos, tenía los mecanismos publicitarios que le permitían
operar cual inmensa caja de resonancia para todo el planeta. De cualquier
manera hubo peripecias muy distintas —aunque a largo plazo, en lo artístico
igualmente triunfantes— como pueden ser la de un Modigliani regalando
sus cuadros por un poco de vino, envuelto en una espiral de pobreza que lo
llevaría a una muerte temprana, y la de un Picasso tocado por la fama y
la fortuna casi desde sus comienzos parisienses. En
el plano de las artes plásticas surgieron en ese lugar y en ese tiempo
dos movimientos: el Fauvismo y el Cubismo. El primero, cuyo máximo
representante fue Matisse, dando un paso más en la profundización colorística
iniciada por Renoir y Manet, con una paleta de colores vivos y
contrastantes y una tendencia a dibujar con el color. El segundo —con
los nombres de Braque, Juan Gris y Picasso— descomponiendo la figura en
el plano, analizándola parte a parte, quebrando la visión usual de la
realidad y acompasándola a la fragmentación que trajo la vida moderna.
Mientras tanto, un pintor en su madurez y gloriosa plenitud como era Paul
Cezanne, preludiaba ya corrientes como la abstracción y el conceptualismo
(¿son sus manzanas, manzanas?, tal fue la clásica pregunta ante sus
reiteradas naturalezas muertas). Hubo
visionarios con sensibilidad aguda y medios económicos, que fueron
quienes primero compraron los cuadros de estos artistas de vanguardia en
aquel momento nada conocidos. Es el caso de la norteamericana Gertrude
Stein, quien tuvo el privilegio de “descubrir” a los cubistas,
atesorando en un gran local al lado de su casa una considerable colección
de pinturas. Además teorizó y divulgó a distintos niveles las novedosas
corrientes artísticas, constituyéndose en figura decisiva en cuanto
intermediaria entre el artista renovador y el público. Una
personalidad muy especial fue la de Guillaume Apollinaire, un poeta que
—a través de libros como Alcoholes y Caligramas—
significó para la poesía lo que los cubistas para la plástica. Escribió
en verso libre, eliminó toda puntuación, se aventuró en la poesía
visual (textos para ser, además de leídos, contemplados como dibujos),
rompió estructuras tradicionales y resignificó otras. Además de todo
esto, Apollinaire aportó mucho de su talento a la difusión de las nuevas
corrientes del arte. Estuvo influido por otro iconoclasta precursor:
Alfred Jarry, autor de una obra de teatro que se constituyó en ejemplo de
vanguardia por excelencia: Ubú Rey. En
esos mismos años recalaban en París los Ballets Rusos de Diaghilev, que
aportaron sus concepciones coreográficas libres. Picasso y otros artistas
renovadores colaboraron con las escenografías de estos ballets. A su vez,
Igor Stravinski estrenaba La consagración de la primavera,
inaugurando así una nueva época en la composición que llevaría al
atonalismo y la música concreta. Resulta interesante reparar en lo
siguiente: Pablo Picasso era español, Stravinski ruso, Apollinaire hijo
de madre polaca y padre italiano, Modigliani italiano. Y podríamos
seguir, corroborando lo planteado más arriba vinculado a la pléyade de
inmigrantes de la cultura que recalaron en Paris en los albores del siglo
XX. Otros
ámbitos Pero
no solamente la capital francesa tuvo en los años previos a la “gran
guerra” el privilegio de ser matriz del cambio estético. Allí se
concentró el mayor número de propuestas e inquietudes, pero eso no
quiere decir que en diversos puntos de la vieja Europa no brotara también
el germen de lo nuevo. En
Italia se desarrolló un movimiento poético, el Futurismo, cuyas metas
iban en el sentido de hacer penetrar en el hecho literario la exaltación
de la tecnología que estaba invadiendo toda la vida planetaria. Marinetti,
líder indiscutido del grupo, afirmó aquello luego tan repetido para
aplaudirlo o denostarlo: “ Hay más belleza en un automóvil rugiente
que en la Venus de Milo” , lo que sintetiza el peculiar espíritu
con que los Futuristas se acercaban al arte. Así fue que proliferaron los
poemas a la máquina, la celebración del ruido de las fábricas, el canto
al aeroplano; se procuró en los textos reproducir en forma onomatopéyica
los sonidos de motores e industriales. El modernismo en todas sus aristas
invadía así el recinto de las letras. Al
mismo tiempo, en la Rusia pre-revolucionaria se estaba gestando —tanto a
nivel del arte plástico como en poesía, y además en el plano teórico—
una formidable renovación de carácter radical que luego de la Revolución
iba a tener sus posibilidades de desarrollo. Así tenemos el núcleo de
los llamados Formalistas, estudiosos del fenómeno estético que
preludiaron el estructuralismo valorizando los aspectos formales de los
textos tradicionales y de la literatura en general. O también poetas como
Maiakovski, buscando una mayor libertad en la conformación de su obra,
siguiendo una vertiente que desde muchos puntos de vista puede tener una
de sus líneas de filiación en Whitman, con un verso que procuró
trasmitir la compleja vida contemporánea y que se preparaba para cantar
el cambio social con una eficacia e intensidad pocas veces logradas.
Mientras tanto, los artistas plásticos rusos iban en pos de la abstracción
y del estudio de las formas en el plano. En
el extremo oeste europeo, en Irlanda, James Joyce escribía sus primeros
libros —Dublinenses y Retrato del artista adolescente—
donde ya se estaba preludiando su obra mayor, Ulises, a través de la cual
la novela iba a hacer un giro copernicano, rompiendo con el aceptado
manejo de los tiempos, mostrando de la múltiple realidad fragmentos y
partes como en un rompecabezas para armar, introduciendo en el texto el
juego lingüístico, trabajando en collage, utilizando a fondo el monólogo
interior. Influencias
y correspondencias Es
difícil comprender a fondo el sentido de las mutaciones en todas las
artes si no miramos un poco más allá de las fronteras de lo estético. Por
un lado, en el ánimo colectivo el optimismo positivista que había teñido
el final del siglo XIX iba dando paso a una inseguridad ante el futuro
incierto, y una mayor desconfianza iba sustituyendo la ingenua creencia
que atribuía al progreso científico la solución para todos los males.
Ciertos filósofos aristocratizantes y críticos de la democracia, como
Spengler y Nietzsche, se constituyeron en la base teórica de un “nuevo
espíritu” cuyo rasgo más evidente era el rechazo del amable
pragmatismo burgués, de sus estilos en el arte y en la vida. Sin
embargo, las influencias extra-artísticas que resultaron más profundas y
decisivas partieron del ámbito científico. Un joven judío alemán que
no había aprobado sus asignaturas matemáticas en la escuela superior,
llegó a elaborar una de las hipótesis más abarcadoras y estimulantes de
la historia de la física y la astrofísica: la Teoría General de la
Relatividad. El genial hallazgo de Albert Einstein nos enfrentó de golpe
a un universo donde las nociones tradicionales de simetría, tiempo y
ritmo, se trastocaban de modo irremediable. Mientras tanto, en su
consultorio vienés, Sigmund Freud avanzaba —en un armónico acompasar
la práctica clínica con la teoría— por el laberinto del Inconsciente,
de los sueños, de lo atávico. Se
puede establecer claramente una relación entre el clima de pesimismo
ambiental que apuntáramos un poco más arriba, los trabajos de Einstein y
Freud, y la formidable mudanza de las artes. A modo de simples ejemplos:
sin mediar los conocimientos que aportó el Psicoanálisis no hubiera sido
posible el monólogo de Molly Bloom, parte fundamental del Ulises de Joyce;
la visión parcializada de lo pictórico que introdujo el Cubismo se
corresponde sin duda con el paradigma de la Relatividad. Hubo
además influencias de unas artes sobre otras. De la pintura sobre la
literatura: Gertrude Stein escribió cuentos “cubistas”. De la poesía
sobre la música: entre las rupturas estructurales de Apollinaire y los
cambios compositivos en el campo musical, hay puntos de contacto
sugestivos. El
contexto social en el cual todo esto tenía lugar era el caldo de cultivo
en que germinaban nada menos que la Primera Guerra Mundial y la Revolución
Rusa. Comenzada la segunda década del siglo, estaba recién terminando el
anterior en lo que se refiere al clima cultural. Tanto este epílogo de un
modo de vida, de pensamiento y de costumbres, como también esa preparación
explosiva de acontecimientos sociales dramáticos, marcaron las pautas de
sensibilidad y los conceptos del cambio artístico que se estaba operando. Una
mirada a algunas obras Si
tomamos en cuenta a Picasso y su cuadro Las señoritas de Avignon,
observaremos los mecanismos sintomáticos del nacimiento de la nueva óptica
que definirá artísticamente el siglo XX. El pintor había transitado ya
por el período “azul” y el período “rosa”, y estaba
definitivamente instalado en Paris. Había asimilado el color y la luz que
son peculiares del Mediterráneo, al que volvía intermitentemente. Pero
un elemento decisivo que lo impulsó a esa aventura en pos de la forma en
detrimento del asunto, de la ruptura con el realismo tradicional para
encontrar una perspectiva que fuera más que representación análisis y
recreación radical del modelo, fue su singular encuentro con las
mascarillas rituales africanas. A través de las soluciones de un arte no
occidental, Picasso tuvo el punto de apoyo para dejar una retórica de
siglos. Pero luego de esta verdadera revelación —en el sentido de
trascender la mirada europea, a partir de un asumir la relatividad de las
culturas y los cánones estéticos— el pintor fue internándose en la búsqueda
de un lenguaje plástico que fuera más apto y comunicante para los
tiempos de la fotografía, el cinematógrafo, la reproducción seriada. En
ese hurgar, en los tanteos y las soluciones encontradas, no estuvo solo
por supuesto, sino que se trató de una búsqueda compartida por todos los
Cubistas. El cuadro aludido es de alguna forma una culminación de esta
etapa del pintor, y todos los elementos descriptos aparecen plasmados allí. Con
su novela Ulises, James Joyce revolucionó el terreno estético
casi en igual medida que Picasso con sus “señoritas”. La escritura de
la misma va paralela a la conflagración mundial, y cierra de alguna
manera el período que abarcamos hasta el momento. Por un lado el tiempo
se elastifica en un sentido einsteniano en esa larga narración que abarca
solamente un día del protagonista, Leopoldo Bloom. Este sufre peripecias
que son paralelas a las que tuvo que pasar Odiseo en su largo retorno a
Itaca, con elementos y claves para que el lector asocie el oscuro
personaje de una ciudad moderna con el héroe homérico. El encare
sicologista de la novela decimonónica desaparece. No hay una secuencia
narrativa lineal, no hay progresión convencional, la perspectiva del
relato está dada por la subjetiva visión de los personajes. Diversas técnicas
son aprovechadas por Joyce en esta obra: el collage (que ya los cubistas
habían aplicado a la pintura), la interpolación de textos variados (que
va a ser de uso luego en la poesía), la utilización de dialectos y hasta
palabras de su propia creación. El resultado es una estructura cortada,
parcializada, cuyo ritmo tiene mucho que ver con esa condición de
“modelo para armar” que lo caracteriza. Son frecuentes las charlas
sicológicas internas —que no se limitan al famoso monólogo de Molly—,
que tienen que ver con la “corriente de la conciencia” de William
James y mucho más con el psicoanálisis freudiano. Culmina en el Ulises
un encare de la novela como microcosmos, es decir casi un “mandala”,
donde no solamente está reflejada una concreción literaria y una visión
de la sociedad sino que también abarca problemas ontológicos
tradicionalmente reservados a la religión y la filosofía. La novela, en
un siglo de materialismo práctico y de escepticismo moral, pasa a colmar
necesidades que ni las iglesias ni los dogmas podían llenar. Entre
dos guerras Luego
de 1918 las tendencias vanguardistas iniciadas en los años anteriores se
solidificaron, surgiendo además otras nuevas. Si los primeros tramos del
siglo habían sido ricos en aventuras estéticas, estos que siguieron no
lo fueron menos. El
centro de difusión y desarrollo de la revolución artística continuó
siendo Paris. La “capital del siglo XIX” como la denominara
Walter Benjamin, lo siguió siendo del XX en aquellos años. Continuaron
arribando allí artistas de los más diversos orígenes con su bagaje de
ilusiones y proyectos creativos. Muchos fueron tragados por el implacable
cernidor de un ambiente por un lado riguroso y por otro impulsor de modas
y novedades. Los talentosos de todas formas se fueron abriendo camino,
templándose en la dificultad y asimilando todo lo que de estimulante les
podía brindar la ciudad. Las clásicas buhardillas parisienses
atestiguaron la presencia del escultor rumano Brancusi, del poeta peruano
César Vallejo, del pintor japonés Fujita, del narrador norteamericano
Ernest Hemingway, entre muchos otros. En mitad de los veinte era posible
toparse en algún café tanto con el joven Miguel Ángel Asturias como
también con el ya maduro James Joyce. Un poco más adelante recorría
esas calles empedradas Joaquín Torres García. Cosmopolitismo y desafío
permanente, tales fueron los rasgos que pueden definir al Paris de esa época. Un
joven médico francés, André Breton, que había conocido a Apollinaire
—uno de los copérnicos indudables de la poesía moderna— en sus
postrimerías, lideró a partir de 1924 uno de los movimientos estéticos
y culturales de mayor impacto: el Surrealismo. Los antecedentes del mismo
se remontan a Dadá, iconoclasta postura artística que bajo la inspiración
de Tristán Tzara había erosionado los criterios académicos y
escandalizado a los buenos burgueses diez años antes. La diferencia entre
uno y otro es que, mientras Dadá buscaba la destrucción de toda posible
retórica y en último extremo de cualquier actitud “artística”, el
Surrealismo planteaba nuevas e insospechadas vías como camino del arte.
Su presupuesto básico fue el siguiente: el inconsciente es un depósito
formidable y virgen, y mediante técnicas adecuadas aflora. Así
propiciaron la “escritura automática” como método para llegar a una
literatura que emergiera directamente desde el fondo del iceberg. En esa búsqueda,
matizada por adhesiones y disidencias, pautada por escándalos
exhibicionistas, se acercaron a los hallazgos del Psicoanálisis pero
también bordearon el ocultismo. Los mayores logros de esta corriente
—en lo que respecta a la concreción en obra— se dieron en el terreno
pictórico, con los aportes de Max Ernst, Salvador Dalí, Giorgio De
Chirico, René Magritte. Pero también tuvo sus escritores, que fueron
Paul Eluard, Louis Aragon, René Char y el propio Breton. Y hasta contó
con un notable fotógrafo, Man Ray, y con un cineasta genial que fue Luis
Buñuel. El
Surrealismo pretendió erigirse en una corriente estética no solamente
cargada de coherencia sino exhaustiva, sin resquicios. A través de los Manifiestos
Breton iría pautando la “doctrina” del mismo, que al perder su
original y casi esencial espontaneidad y libertad, se limitaría. Fue
quedando el sedimento revulsivo que penetró en todas las artes, que
proyectó su intensa y constante corriente hasta el presente. Los
surrealistas heredaron del Dadaísmo el desenfado antisolemne y el afán
desmitificador que podemos comprobar en creadores como Marcel Duchamp
(quien con su Desnudo descendiendo una escalera había tendido líneas
que más tarde derivarían en corrientes como el Arte Cinético). Por otra
parte, consideraron como un precursor y a la vez paradigma de artista
surreal a Isidore Ducasse, el Conde de Lautréamont, poeta franco-uruguayo
que escribiera décadas antes los Cantos de Maldoror, uno de los
textos más extraños, sugerentes y abarcadores de la literatura de los últimos
dos siglos. Mientras
tanto, en la Unión Soviética habían tenido después de la revolución
su momento de auge las corrientes de vanguardia, etapa que se extendió
hasta la muerte de Lenin. En el mismo período, Marcel Proust culminaba su
monumental novela En busca del tiempo perdido, en la que a través
de siete tomos se penetra como nunca antes en las sutilezas sicológicas
de los personajes, y además se maneja el proceso del tiempo
impecablemente como estructura rítmica del relato y como elemento dramático
que va condicionando los destinos de todo un sector social, lográndolo
mediante un estilo moroso y matizado, de frases largas y lento desarrollo.
Y en Praga, Franz Kafka iría elaborando su pesadillesca versión del
mundo, en relatos donde lo onírico y lo simbólico iban a permitir leerlo
más adelante como metáforas de nuestra época, contando las monocordes
historias de pequeños seres que se pierden en medio de una omnipresente
maraña burocrática. Una
sensibilidad neorromántica El
Surrealismo, sin duda la corriente estética más importante de las
surgidas en ese tiempo, tuvo genuina raíz “romántica”, y lo mismo
sucede con muchas de las otras propuestas aparecidas “entre las dos
guerras”. En contraposición a las experiencias de ruptura de los
primeros años del siglo —que tendían a privilegiar o destacar las
formas y no apelaban tanto a la sustancia— las que nos ocupan
manifestaron un gusto muy especial por lo que surge de la zona no racional
y laberíntica del ser humano. Los que habían sido rasgos típicos de la
sensibilidad romántica reaparecieron: la atención privilegiada a temas y
efectos, la menor precisión formal, la subjetividad del escritor
evidenciada de manera explícita. El
Expresionismo nació en los veinte y se extendió hasta la llegada del
nazismo al poder. Tanto las pinturas como las películas realizadas por
estos artistas se caracterizan por la muy fuerte carga expresiva, que a
veces es tan intensa que esconde toda otra posible consideración sobre la
obra. Fluctuando entre la preocupación social y humana y el refinamiento
plástico, dejan en el ánimo del contemplador una sensación inquietante,
como si el mundo tan seguro en apariencia se pudiera desmoronar de golpe.
Es lo que acontece con una película como El gabinete del Dr. Caligari
de Wiene, en donde todo transcurre en una cargada atmósfera de pesadilla
sutil, apuntalada por la decoración y los maquillajes. De alguna manera
esta corriente artística marcó una certera intuición en lo que tiene
que ver con la llegada de Hitler al asalto del estado. Esta
tonalidad neorromántica tuvo otras manifestaciones en todas las artes. El
clima que generó explica peripecias como la del poeta norteamericano T.
S. Eliot, quien luego de sus comienzos vanguardistas a principios de los
veinte —con su largo poema emblemático La tierra baldía—
tenderá más tarde a lo que él llamaba una vuelta a lo tradicional. Esta
tendencia neorromántica también influyó en el pensamiento. Comenzaba la
incidencia del existencialismo de raíz heideggeriana; lo contingente, lo
pasajero de este mundo, se privilegiaba en cuanto materia filosófica,
despreciando en la demanda a las “esencias” (tanto platónicas como
aristotélicas, e incluso hegelianas). Pero también, en el orden de las
ideas resurgía el gusto por lo extraño y por lo oculto. La
divulgación en Europa de cosmogonías orientales como la budista, la
tibetana, la hinduista —ocurrida de manera enfática a partir del
accionar de la Sociedad Teosófica— preparó el terreno para la atracción
esotérica. Mientras que figuras intelectuales como el alemán Rudolf
Steiner o el francés René Guénon, y también maestros taumaturgos del
estilo del ruso Gurdjieff, dieron a conocer explícitamente “sabidurías
tradicionales” cuyas vertientes habían fertilizado desde siempre al
orbe occidental. Todos estos encares tuvieron alguna incidencia en el
acontecer artístico de la época. Resurgían
paradigmas olvidados de la experiencia espiritual como el gnóstico
(caracterizado, en dos palabras, por aspirar a una vivencia libertaria y
personal para trascender el estado común del hombre), mientras el joven
hindú Krishnamurti comenzaba a atraer con sus pláticas multitudinarias
en las que a partir cierta base teosófico-budista incitaba a sus
auditorios a liberarse del condicionamiento de doctrinas e ideologías. Y
al mismo tiempo se sentía fuertemente la reminiscencia de hermandades
esotéricas de principios del siglo, como la legendaria orden inglesa de
la Aurora Dorada. Todo lo cual tuvo su directa o sutil incidencia en aquel
hervor estético. La
guerra ha terminado Luego
de finalizada la segunda gran conflagración mundial se abrió un período
propicio a las rupturas y audacias en materia artística. Paris volvió a
transformarse en un centro, reiterándose otra vez la oleada de
inmigrantes dedicados a las actividades culturales que en ella encontraron
un lugar para vivir y estímulos para crear. En
esos míticos cafés, en las calles antiguas que dan a los grandes
boulevards, se incubó un importante movimiento teatral de vanguardia que
se conoció como Teatro del Absurdo. El rumano Eugene Ionesco, el ruso
Arthur Adamov y el irlandés Samuel Beckett, forman la trilogía que aportó
a la escena ese elemento —el absurdo en tema, situaciones y
personajes— que la vitalizaría, acompasándola con el estado de ánimo
colectivo que sucediera a los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, y
aquella Guerra Fría de los cincuenta con la conciencia generalizada de
que la amenaza atómica pendía sobre el planeta entero. Cada uno de ellos
tiene un perfil diferente: mientras que en Ionesco el absurdo parte de las
situaciones cotidianas y es en lo fundamental de raíz lingüística, en
Beckett es más abarcador y de raigambre metafísica. En
el teatro se iban a desarrollar en ese tiempo otras búsquedas. En
Alemania desde antes de la guerra había trabajado Bertolt Brecht
—exilado durante el nazismo—en el sentido de lograr un encare dramático
frente al cual el espectador se distanciara y reflexionara en relación a
lo que se le iba presentando en el escenario; profundizó su trabajo después
de los años bélicos, basándose no sólo en la carga conceptual de los
parlamentos sino a través de un trabajo actoral realizado de tal manera
que no incluyera de parte del público la identificación y la fascinación.
Jugó con el recurso de la detención brusca de la acción, utilizando
carteles que comentaban lo que estaba sucediendo. Brecht ha logrado
plasmar algunos aportes ineludibles para comprender la dinámica del arte
dramático del siglo. También en el ámbito del teatro se pueden tener en
cuenta experiencias como la de Piscator y su “teatro popular”, y la
del polaco Grotowski y su “teatro pobre”. En
la plástica, desde concepciones como las de Mondrian —propiciadoras de
un arte geométrico de abstracción cuasi pitagórica— se evolucionó
del otro lado del Atlántico hacia las propuestas del “arte abstracto”
y luego hacia el “informalismo”. La ciudad donde se propiciaban estos
experimentos era Nueva York, que en adelante y hasta el presente le quitaría
a Paris el cetro de capital de la experimentación en materia de arte.
Precisamente va a ser allí donde tomarán forma las últimas genuinas
vanguardias del arte plástico. En medio del laberinto de rascacielos
florecerá en los sesenta el Pop Art, que tomaba como materia lo banal y
lo seriado; la infinita secuencia de reproducciones de la imagen de
Marilyn Monroe o de una lata de las populares Sopas Campbell’s, son
ejemplos paradigmáticos de este movimiento. Diez
años más tarde se hará notar el Hiperrealismo —donde la figura humana
se detalla a tal punto que sale a luz su condición de “cosa”— ,
mientras que del Happening, que había florecido un poco antes, derivarán
hasta el día de hoy las “instalaciones” y “performances” que
tantas veces sustituyen ahora a la exposición convencional. En Nueva York
se van a dar también algunas audacias teatrales como las propiciadas por
el Living Theatre, y experiencias cinematográficas nada complacientes
como las que se agruparon bajo la denominación de New American Cinema,
que dejó películas emblemáticas como El señor de las moscas. En
otra parte del mundo, en Dinamarca, comenzaba a desarrollarse por los años
cincuenta una apasionante aventura teatral: el Odín Teatret de Eugenio
Barba. Experiencia radical en su postura contracultural, que si bien
asentada en los países nórdicos es realizada por un equipo con
integrantes de diversas nacionalidades, con influencia además de Brecht y
de Grotowski, del teatro oriental y de rituales antropológicos de
diversos lugares. De cierta manera el Odín se postuló como un espacio
babélico en busca de un “cosmos” a partir del “caos”, generando
una suerte de “lingua franca” escénico-textual que ha fertilizado
innumerables experiencias teatrales hasta hoy. Un
día después de las vanguardias Los
años ochenta y noventa fueron un período estrictamente
post-vanguardista. Continuaron por supuesto diversas propuestas
renovadoras de parte de muchos artistas y de grupos de ellos, pero lo
incontrovertible es que el ambiente cultural en general mostró signos de
agotamiento en cuanto a audacias e invenciones auténticas. El
arte de hoy tiende al eclecticismo, negándose al encierro en una sola vía,
utilizando recursos y hallazgos de “ismos” hasta hace no mucho antagónicos,
sincretizando todo eso en una perspectiva omnívora y abierta (en el
sentido planteado hace varias décadas atrás por Umberto Eco en el libro
titulado justamente Obra abierta). Latinoamérica
y los cambios en las artes Nuestro
continente recibió de muchas formas el impacto de tan hondas
transformaciones. Aunque también hubo propuestas verdaderamente
originales surgidas en esta parte del mundo. El Modernismo Literario fue
la primera y más conocida de ellas y la que ha dejado un halo más
permanente. Tuvo la virtud de sacudir la avejentada retórica de un
Romanticismo que se había extendido demasiado tiempo, y sintonizó a los
poetas con lo que habían sido novedades europeas recientes como el
Parnasianismo y el Simbolismo. La postura modernista fue de un deliberado
cosmopolitismo en lo temático, internándose en la búsqueda formal del
verso elaborado, musical y sugerente, de una exquisitez que se correspondía
con el gusto de época que fuera marcado en su costado radical por el
“art nouveau”. Rubén Darío está considerado el máximo
representante del Modernismo y su escritor más influyente. Pero figuras
como la de Julio Herrera y Reissig están siendo revaloradas cada vez más;
la mejor crítica destaca la vitalidad y vigencia de la obra del uruguayo
en este fin de siglo. Ya
internándonos en el siglo XX, tenemos por un lado al Ultraísmo, que si
bien fue iniciado en España tuvo su notoria etapa rioplatense de la mano
del Jorge Luis Borges de los primeros tiempos y de revistas como Proa y
Martín Fierro. Su influencia resultó bastante módica, pero dejó
sedimentos tales como el abandono de la rima y la puntuación tradicional,
así como el desapego a lo anecdótico. El Creacionismo resultó a su vez
una propuesta casi solitaria del chileno Vicente Huidobro. En el fondo de
la misma late el intento de acercar la poesía a una posible estética de
profunda raíz original. El “ hacer un poema como la naturaleza hace
un árbol” tiene claros puntos de contacto con el texto aymará que
dice:“No cantes a la lluvia, haz llover” . En
1922 se llevó a cabo en San Pablo la Semana del Arte Moderno, donde
aparecen poetas como Manuel Bandeira, Mario y Oswald de Andrade. En esa
instancia surgió otro movimiento “modernista”, claramente sintonizado
con el desarrollo de las vanguardias europeas, pero con ese toque propio y
original que le da a todas estas propuestas latinoamericanas su tono
peculiar. Mientras tanto, en México se desplegaba el Estridentismo, cuya
figura central fue Manuel Maples Arce, con una entonación audaz pero
leve. Y
si de rupturas y cambios se habla, no puede quedar fuera el peruano César
Vallejo, quien desde Los heraldos negros y pasando por el crisol
alquímico de Trilce, mostró en Poemas humanos —además
de hondura, concisión y originalidad poética— una provechosa asimilación
de los “ismos” anteriores en función de una voz auténticamente
amerindia. De
un período más reciente es el Concretismo, corriente también poética
surgida en San Pablo, Brasil, que llevaron adelante los hermanos Haroldo y
Augusto De Campos junto a Decio Pignatari. El lirismo como tal deja de
formar parte del texto y el lenguaje se torna motivo de análisis en el
proceso de la escritura. La influencia del Concretismo ha sido fuerte en
su país de origen, y más diluida aunque detectable en el resto de la
poesía continental. El gran auge de la novela de nuestro continente, que comenzara luego de los cincuenta afianzándose en los años posteriores, es un formidable ejemplo de asimilación a ese género de los diversos hallazgos vanguardistas a los que nos hemos referido. Si tomamos a narradores de la talla del cubano Alejo Carpentier, el colombiano Gabriel García Márquez y el argentino Julio Cortázar, encontramos en sus mejores obras una sabia utilización tanto de elementos surrealistas, como de rupturas joyceanas, así como también influencias del cine y de la plástica moderna. |
Crónica de Alejandro Michelena
La primera versión de este ensayo fue publicada en 1988 en la revista Hoy es Historia. Una segunda en la revista Graffiti (1996). Esta es una versión definitiva, corregida y mejorada
Ver, además:
Alejandro Michelena en Letras Uruguay
Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce
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