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Pocos saben que en el edificio en cuya planta baja se ubica hoy el Café Rex, en la hermosa torre en que culmina su estructura, estuvo viviendo por un tiempo el pintor Raúl Javiel Cabrera -el mítico Cabrerita de las niñas alucinadas- cuando estaba bajo la protección del Dr. Alfredo Cáceres, renombrado psiquiatra de la primera mitad de este siglo y un genuino protector de los artistas. Cáceres habitaba con su esposa, la poeta Esther de Cáceres, en el último piso del edificio, y le daban refugio a Cabrerita en esa extraña torre que mirada desde abajo parece suspendida en lo irreal.
En el mismo lugar estuvo, en otro momento, nada menos que Felisberto Hernández, en uno de los tantos "interludios" solitarios entre sus muchos casamientos y retornos a casa de su madre.
El matrimonio Cáceres, céntrico a carta cabal desde el momento que más tarde pasaría a residir en un apartamento de Canelones y Ejido, formó parte de un conjunto de parejas que brillaron en la cultura en los años treinta y cuarenta aquí en Montevideo: Alberto Zum Felde y Clara Silva, Fernando Pereda e Isabel Gilbert, Jesualdo y María del Carmen Portela, Roberto y Sara de Ibáñez.
En medio de esa constelación, la peculiaridad de los Cáceres estuvo en ciertos fervores a los que se mantuvieron siempre fieles: el catolicismo de raíz maritainiana, la admiración por Vaz Ferreira y por Torres García, y una perspectiva vital generosa y humanística pero siempre atenta al sentido "estético" de las cosas.
Desde el punto de vista de quien los veía pasear por 18 de Julio y otras calles céntricas, eran una pareja con ciertos quilos de más y nada solemne, él con su barba de chivo y ella con su cara redondeada y su ropa negra y en general descuidada. Solían reunir en su apartamento de 18 y Julio Herrera una informal peña de escritores y artistas. Ambos mantuvieron además su propio mundo de relaciones intelectuales: recostado hacia la psicología él y hacia la poesía ella. Cultivaron la amistad con la dedicación del jardinero a sus flores, y también la independencia, pues cada uno tuvo -a cierta altura- su propio círculo que nunca se mezclaba con el otro.
Apoyaron juntos, sí, a Joaquín Torres García en los difíciles momentos de la instalación del "taller", cuando era todavía -apenas- un controvertido y molesto removedor del ambiente cultural provinciano. Estuvieron también junto al Vaz Ferreira de las "conferencias" del Paraninfo, cuando más que un filósofo llegó a constituirse en un "maestro de vida", y frecuentaron su quinta del barrio Atahualpa en las legendarias veladas musicales que allí tenían lugar. |