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Aquellas matinée Crónica de Alejandro Michelena |
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Quién que tenga un poco más de cuarenta años no recuerda con cariño y cierta cuota de nostalgia aquellas viejas matinés de los cines de barrio. Cuando se multiplicaban las grandes salas por toda la geografía montevideana; en tiempos en que la televisión recién comenzaba a insinuarse, y los radioteatros de Isolina Núñez y Julio César Armi reinaban en las tardes con sus melodramas en capítulos que hacían lagrimear a las buenas vecinas. El espectáculo atraía a familias enteras, que asistían a las salas en romería, en recordadas largas tardes de sábado y domingo.
Por su parte, la muchachada rumbeaba -con las tortafritas o el refuerzo de pan marsellés, para aguantar mejor la cabalgata de películas- hacia cines que podían ser por ejemplo los de 8 de Octubre. El Trafalgar, ubicado en Centenario y Urquiza a una cuadra de la avenida, que era el considerado de mejor calidad -"aerodinámico", para utilizar un calificativo entonces en boga-, y acogía a los chicos de la clase media. El Intermezzo -de 8 de Octubre casi Pernas- mucho más popular. El Metropol -de 8 de Octubre casi Estero Bellaco, junto a la iglesia Tierra Santa- que era algo muy especial: confluían allí los "pitucos" del Parque Batlle y los "reos" del barrio Puerto Rico. El común denominador: ser los más relajados y los de peor conducta. Pobre del buen vecino incauto que entrara de tarde al Metropol con la intención de disfrutar de una de "cow-boys" y se ubicara en la platea justo a tiro de la barra de la tertulia; era candidato seguro a recibir una andanada de proyectiles que incluía maní con chocolate, bolitas, chumbos, escupidas y pedazos de salame... El ruido no cesaba durante toda la función, a pesar de los incesantes chistidos, y cuando el muchachito le daba un beso a la muchacha el alarido era tal que hasta temblaban las añejas estructuras del cine.
Una escuela de todas las cosas
El mundo entero se desplegaba en la pantalla en Cinemascope: ciudades lejanas, costumbres diversas y épocas pretéritas. Y más profundamente: la sensibilidad se iba afinando, asimilando tantos momentos estelares que desfilaban, como quien no quiere la cosa, ante los ojos maravillados de aquellos espectadores todavía ingenuos.
De la memorable actuación de Marlon Brando en Nido de ratas al magnetismo irrepetible de James Dean en Rebelde sin causa. De la maestría de Fred Astaire en Bailando en la oscuridad a la fascinante presencia de Liz Taylor en Ambiciones que matan. Del arte mayor transformado en danza a través de la pareja de Gene Kelly y Leslie Karon en Un americano en Paris, a la ingenua pero explosiva sensualidad de Marilyn Monroe en La comezón el séptimo año. Del conmovedor dramatismo de Jack Lemmon en Días de vino y rosas a la ternura frágil y querible de Audrey Hepburn en Desayuno en Tifanny’s. Y también: la no superada composición de aquel pícaro popular itálico, lograda por Victorio Gassman en Il Sorpasso; el descubrimiento conjunto de Jean Paul Belmondo y la "nouvelle vague" en Sin aliento de Godard; la inteligente y sensual actuación de Jeanne Moreau en Los amantes; David Niven dándole forma al inglés arquetípico en La vuelta al mundo en ochenta días; el genial Charles Chaplin casi despidiéndose del celuloide en Un rey en Nueva York.
El cine clase "B" también tenia lo suyo
Pero también se sacaba provecho, en aquellas mágicas matinés de las salas oscuras, de los géneros considerados bizarros por los críticos de cine. Se disfrutaba de Peter Lorre en papeles que no podían ser más repudiables, de Boris Karloff encarnando a todos los monstruos que en la pantalla grande han sido, de Christopher Lee siempre sediento de sangre en su papel de Drácula, de Narciso Ibáñez Menta tortuoso y vil pero siempre con elegancia. Y de John Wayne como el sheriff eterno de un arquetípico pueblo polvoriento del Oeste, y de Gregory Peck desenfundando el revolver con rapidez imposible en un duelo al sol que parecía infinito. Y de Cary Grant en su rol de galán, saltando de la regordeta y hogareña Doris Day -cuyas casas de ficción siempre tenían repleto el refrigerador-, a la elegante, aristocrática y gélida Grace Kelly. |
Crónica de Alejandro Michelena
Capítulo del libro "Montevideo la ciudad
secreta"
Editorial El Caballo Perdido, Montevideo, 2005
Ver, además:
Alejandro Michelena en Letras Uruguay
Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce
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