Apartamento 108

(fragmentos)

por Alejandro Michelena

alemichelena@gmail.com

CAPITULO 32

Mi nombre es Félix Baldomero Sanabria Sereno. He nacido en Palma de Gran Canaria un día del mes de agosto del venturoso año 1925. Mi santa madre, que Dios tendrá en la gloria, me dejó para siempre a muy tierna edad, pocos meses antes que me atacara la cruel parálisis infantil volviéndome tullido para el resto de mis días. Mi padre, severo hasta la crueldad, felizmente estaba obligado a largos viajes por mar; era capitán de un buque perteneciente a la Orden de los Jesuitas.

A los veinte años, hastiado por los golpes recibidos, me fui de polizonte a Londres y nunca más volví a casa. He sido -pese a mi desgracia- marino, fenómeno de circo, adscrito a la guardia personal de Eva Perón en la Argentina. Diletante en París, aspirante a monje en Roma, paradójicamente fui perseguido en la América del Sur bajo la acusación de agitador comunista.

Encontré refugio en Montevideo en mis años de pobreza. Allí me vinculé a los refugiados españoles, lo que me cerró las puertas de la patria. Me salvó de la miseria mi queridísima y putísima hermana, a quien el demonio tenga en su redil, dejándome la bonita discreta fortuna que me ayudó a pasar los años de madurez en tranquila rutina burguesa. Claro es que el afán de más dinero me hizo conectar con turbios negocios en Brasil. Pero hasta el día de hoy (en que procedo a escribir esto, antes de ocultarlo a buen recaudo como si fuera un testamento) he podido vivir apaciblemente tanto en mi entrañable buhardilla de París, como en mi departamento frente al Mercado del Puerto aquí, o en el alquilado piso neoyorquino.

Si llego a morir mediante violencia  declaro mi heredero universal (no en dinero, que ya casi no me queda, sino en obras de arte, inmuebles, libros, adornos) a quien por azar de con las pistas que voy a ir dejando convenientemente escondidas para que solamente el indicado por la mano invisible de con ellas.

CAPITULO 34

En Montevideo, receptáculo de mi bohemia, yo, Baldomero Sanabria, oí por primera vez en mi vida hablar de ocultismo y ciencias afines. Un anciano declinante de los muchos que poblaban en aquel entonces (y que deben seguir haciéndolo al día de hoy) las mesas del rumoroso café Sorocabana, fue quien me inició en la teosofía regalándome un libro cuyo título no recuerdo muy bien.

Pero fue más tarde, a instancias de Pancho Del Monte -que resultó ser un vividor, a juzgar por lo que luego aconteciera- que me constituí en jefe de una organización dedicada a los estudios heterodoxos.

Todo marchó sobre ruedas; teníamos muchos adeptos; sobre todas las cosas, las arcas se iban poblando de dulces monedas fruto de las generosas limosnas. Yo realizaba muy bien el papel de guía espiritual dando conferencias: ora sobre el cuerpo astral, ora sobre el modo de adquirir poderes mentales. Asistía al Centro de Estudios Trascendentes (ese nombre rimbombante fue exclusiva idea de Pancho) un firme conjunto de damas y caballeros de cierta edad, pero también algunos jóvenes plenos de inquietudes que muchas veces llegaron a ponerme en verdaderos aprietos.

Pasaron de esa manera seis venturosos meses de casa y comida asegurada (por aquellos tiempos tal cosa era lo único que me interesaba realmente). Dando yo la cara y haciendo trabajar la fluida verba que Dios me ha dado; administrando las finanzas Del Monte. El dinero que sobraba, descontando los gastos, lo había puesto en movimiento -eso decía- para posibilitarnos una renta futura.

La realidad fue que cierto día me encontré con un cedulón judicial por el no pago del alquiler. Lo busqué al sinvergüenza pero ya había levantado vuelo (un par de años después, instalado en París con la suculenta herencia en mis manos, me enteré, por carta de conocidos del café que Del Monte se había ido al Brasil, a Bahía concretamente, donde disfrutó por un tiempo del capital mal habido, hasta que una locuela con la que estaba enredado lo desplumó, dejándolo más desnudo que Adán en el Paraíso).

Pero la historia viene al caso para que el futuro y desconocido lector de estos papeluchos comprenda cómo fue que más tarde, ya en Europa, pude dedicar gran parte del tiempo al serio estudio de algunas antiguas disciplinas como la Alquimia y la Cábala. En mi rincón parisién quedan los libros y manuscritos -de más o menos autenticidad- que pude reunir, así como apreciaciones y comprobaciones personales en algunos cuadernos. Y también claves, signos, símbolos, que están algo camuflados y cuyo hallazgo dependerá de la capacidad, predisposición y estado de conciencia, del hombre o mujer que luego de mi muerte -violenta, intuyo- llegue a alquilar mi apartamento de Nueva York).

CAPITULO  42

Las horas en que Lucinda estaba ocupada en amables frivolidades -desfiles de modas, tés con amigas de su país que también estudiaban o decían hacerlo- Manuel tuvo oportunidad de continuar sus iniciadas pesquisas. Y cuando ya al fin del verano comenzaron los cursos libres en la Sorbonne, Lucinda lo dejó aún más libre, con mañanas y tardes enteras para él.

Fue en ese momento que, para orientarse mejor y buscar el material que iba necesitando, casi por azar dio con la librería Etudes Tradicionnelles. Y allí, lo más importante no tuvo que ver precisamente con los libros.

Una tarde triste, amenazante de lluvia interminable, de esas que preludian el otoño parisién, estaba distraídamente consultando los títulos entre los viejos anaqueles. La luz era poca y débil, y tenía que hacer un gran esfuerzo para leer. En un momento en que se detuvo a descansar la vista y cerró los ojos, oyó una voz como de muñeco que a. sus espaldas le decía: “¿El señor está interesado seriamente en estas disciplinas? Si es así, lo invito a que mañana visite la Orden Inédita”.

Acto seguido murmuró una dirección, rasgó un papel que le entregó, y cuando atinó a darse vuelta sólo pudo ver como se deslizaba entre dos estanterías alguien vestido de negro que se parecía a Lon Chaney.

A la mañana siguiente había casi olvidado el incidente. Pero cuando Lucinda le dijo en el almuerzo que se reuniría con un grupo de la facultad a analizar el simbolismo en la novelística contemporánea, recordó la insólita cita de la tarde en esa callejuela de nombre pintoresco.

CAPITULO 43

La lluvia –que se había hecho desear toda la tarde anterior– se desató en ésa con furia inusitada. Manolo tuvo dificultad para cruzar el puente desierto debido al viento. Por un instante sintió temor de caer al río. Con gran esfuerzo llegó a ese sector del viejo Paris, con calles estrechas y caserones medioevales. Empapado, aterido de frío, encontró por fin el callejón Del gato que pesca, y golpeó la negra puerta vigilada por dos cariátides que sostenían en sus manos serpientes.

Alguien abrió, instándole con voz cavernosa a pasar. La oscuridad era total, y apenas a tientas pudo seguir a la sombra embozada que le precedía con una vela. Luego de caminar por varios corredores en un aparente ir y venir, comenzaron la ascensión por una angosta escalera de caracol que parecía no tener fin.

Ya en el segundo piso, la sombra le hizo la atípica invitación. Estuvo a punto de darse vuelta indignado, pero la curiosidad fue mayor, y además nada perdía con acceder al pedido en tal penumbra. Se desnudó completamente, y entonces sí, la sombra lo hizo penetrar a un pequeño anfiteatro donde había por lo menos dos docenas de hombres y de mujeres mostrando su anatomía igual que él. En uno de los costados, una gigantesca estufa a leña crepitaba, caldeando el ambiente de tal modo que nadie parecía sufrir por estar liviano de ropas.

—Hermanos, nos hemos reunido para recibir el juramento solemne de los nuevos catecúmenos- comenzó a decir, con voz melosa, alguien a quien ya conocía por haberlo visto en los cafés del boulevard Saint Germain.

El discurso fue largo y tedioso. Y le invadió una somnolencia tal que sólo pudo contrarrestarla observando a quienes tenía cerca: una gorda con las carnes blancas y rollizas, y un anciano panzón y desagradable. De pronto se adormiló realmente, arrepentido de haber ido hasta allí.

Tomó brusca conciencia de la situación, cuando sintió las temblorosas manos de sus dos vecinos posadas en su sexo, mientras todos gritaban  como energúmenos.

De un brutal empujón se liberó de la gorda y del viejo. Como pudo, dio con la puerta. A ciegas tomó cualquier prenda de ropa de las que se amontonaban en la pequeña antesala. Bajó a grandes zancadas la escalera. Recorrió el laberinto como una exhalación. Se fue vistiendo mientras tanto. Palpó la gran puerta hasta dar con los pasadores y cadenas que la cerraban. Corrió luego calle abajo, sintiendo furor, vergüenza y rabia.

CAPITULO 44

Después de la terrible experiencia del caserón, Manuel quemó toda la bibliografía heredada de Baldomero Sanabria (incluyendo una curiosa foto medio apolillada en la que éste, sentado majestuosamente en su carro de inválido como si se tratara de un trono, sostiene en sus manos el dibujo de un símbolo masónico y sonríe), y también lo que había ido comprando desde su llegada a París. Decidió que necesitaba una forma de vivir más sana, armónica, equilibrada, y que por ese camino zigzagueante y confuso corría peligro de arribar a las arenas movedizas de la locura.

Comprendió que Lucinda, que su amor por ella, valía por todos los tratados seudo-ocultos y  los ritos secretos.

Así fueron transcurriendo los mejores meses de su vida. Él arreglaba la casa, hacía la comida, solucionaba los problemas prácticos, mientras ella iba a sus cursos y conferencias. Después, le mostraba París, sus rincones ignotos, sus barrios populares, su misterio a la vuelta de cualquier esquina.

Y verdaderamente encontraron gente especial por esos días, como el viejo clochard del Pont Des Arts que había sido conde y recitaba a Mallarmé. O Ivonne, la octogenaria portera del edificio gótico de la rue Flammarion, que les contaba cómo había trabajado para la resistencia durante la ocupación sin moverse de su portería, utilizando a su perro amaestrado para llevar o traer mensajes. También Zezé, la tierna niña huérfana que cantaba temas de Edith Piaf.

Si alguien con sensibilidad cinematográfica los hubiera seguido a través de los muelles -por las cercanías del Hotel du Nord, en la noche-, ella con su boina ladeada y el cabello ondeado y brillante, pollera gris y mocasines, él con su gorra  y anchos pantalones de drin de los que todavía se encuentran en el mercado de las pulgas, pensaría inmediatamente en una escena de Marcel Carné.

CAPITULO 51

Como forma de llenar las horas en blanco -había perdido la afición a las antiguas largas recorridas por Central Park- Manolo redescubrió la biblioteca que le había legado Sanabria. En ella se encontró con Fulcanelli, el mítico alquimista. También retornó a los húmedos papeles encontrados en el subsuelo montevideano.

Ha llegado el momento que mi futuro y desconocido beneficiado -decía en una parte, con letra despareja, el excéntrico hombre del carrito a quien le debía gran parte de las peripecias de los años recientes- sepa de mi ardua, sostenida e inmensa labor en busca de un conocer que va más allá de estos pobres sentidos nuestros tan precarios. Estoy en condiciones de asegurarle que el hombre tiene otras posibilidades, pero que eso requiere de esfuerzos intensos, de sacrificio, de tesón inquebrantable. Yo no he llegado muy lejos, pero vislumbro que la aspiración de los antiguos Hierofantes no fue una insensatez. La cuestión es despertar a través de la conciencia, pues somos simples marionetas de la rueda incesante de la vida, y sólo una chispa de lucidez nos hace comprender que transcurrimos día a día como adormecidos.

En procura de ello, llegué a hacer un interesante descubrimiento: las plantas y animales tienen un alma elemental que los rige a cada uno, inocentes cual niños pequeños o aún más. A partir de este hallazgo logré conectarme de manera concreta con la parte más sutil que vitaliza a esos pequeños animalitos domésticos tan libres y danzarines: los gatos (de entre ellos, los de una raza particularísima y casi extinguida hoy en día, solamente encontrable en mi tierra de origen, las islas Canarias, que se distingue por la enormidad de sus ejemplares y su predominante color negro). Tanto cuando estaba en París, como ya instalado en Nueva York, siempre he recibido puntualmente, cada dos años más o menos, un nuevo gato, porque aparte comprobé que no era posible controlarlos por demasiado tiempo.

Manolo no salía de su asombro. Lograba encontrar por fin la explicación de uno de los enigmas de carácter más agudo que le había suscitado el fantasmal Sanabria. Pero por otro lado se le abrían puertas nunca antes sospechadas, ni siquiera durante sus días parisienses.

Queridísimo insospechable y no del todo previsible lector de estos papeles -escribía Baldomero-, es necesario que comprendas ya la importancia de los números. Existe toda una concepción que nos viene desde Pitágoras y llega hasta las tradiciones judías y aún más acá, que no es el momento ni soy yo el encargado de revelarte. Tu, por tu sola cuenta, lo harás, cuando llegue el instante justo y lo merezcas. Por el momento, ten en cuenta el 1 de lo primario, el 0 del principio radical, el 8 santo; el 108 que marca nuestro peregrinar. Y también el 11, de la dual unicidad gemelo-andrógina. Y me detengo aquí. . .

Y más se maravilló ante las últimas líneas. Levantó su vista de los amarillentos papeles mal garabateados, que estaban impregnados de la intensa y persistente humedad de tantos años bajo tierra, y recordó perturbado la inquietante coincidencia de que su apartamento estuviera ubicado en el piso 11 y fuera el número 108. Se preguntó si la importancia de los números puede llegar al extremo del tener en cuenta, como efectivamente lo hizo Sanabria, esos detalles. Y algo –en su interior– le contestó que sí, que había que tener en cuenta tales cosas, así como otras en las cuales nunca había reparado en su vida, siempre más para afuera y exterior que introspectiva y profunda.

Comprendía que todo cambiaría, no de modo espectacular ni evidente, pero sí por caminos secretos. Siguiendo con la lectura del Diario, pudo conocer más adelante una frase de Shakespeare que el extraño personaje que desviara el rumbo de sus días citaba: “Hay más cosas en el cielo y en la tierra de las que piensa tu filosofía” . Tal era la comprobación personal que había podido hacer en el curso de los últimos años, persiguiendo quimeras o sueños o fantasmas. Ahora, luego de tanto dolor y desconcierto, llegaba por fin al punto de partida desde el cual avanzar a su propio encuentro.

Alejandro Michelena

Fragmentos de la novela Apartamento 108, publicada por Ed. Antares (Montevideo, 1984)

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