Un libro polémico
 

Graham Greene y sus norteamericanos

Carlos Martínez Moreno

Una circunstancia reciente ha redoblado la llamativa publicidad de la última novela de Graham Greene, The Quiet American (El americano impasible)[1].

 

En el libro -para resumirlo con palabras de su traductor al español, J. R. Wilcock[2]- "Fowler, corresponsal inglés en Indochina, durante la guerra con el Vietminj, cohabita con la anamita Fuong y está enamorado de ella, pero no puede casarse porque es casado y su mujer no le concede el divorcio. Llega un norteamericano, Pyle, miembro de la misión de Ayuda Económica; Pyle se ha especializado en los EE.UU. en problemas del Extremo Oriente; previsiblemente, no los entiende.

 

Se enamora también él de la anamita y mediante una oferta concreta de matrimonio consigue que se vaya a vivir con él; esto es un golpe mortal para el inglés. Pyle ha estudiado en sus libros que el deber de la democracia norteamericana es apoyar a las democracias nacionales, contra las potencias coloniales y contra el comunismo. En Indochina existen en esa época bandas de mercenarios dirigidos por príncipes-obispos o simples bandidos; Pyle elige a uno de esos bandidos, el general Thé, y lo ayuda haciéndole llegar explosivos (en forma de polvo para la fabricación de material plástico) desde los EE.UU.

El general Thé se dedica jubilosamente a lanzar bombas en Saigón, con la anuencia norteamericana. Ante el cariz de esos  estragos, el inglés Fowler, que ha dilucidado la maniobra, se pone en contacto con los comunistas clandestinos de Saigón, y les pide que hagan cesar esas actividades. Los comunistas, con la ayuda indirecta de Fowler, matan al norteamericano, cuyas buenas intenciones ya han provocado la muerte de unas cincuenta personas".

 

Desconfío de esta síntesis, y más debe desconfiar quien no haya leído el libro. No es seguro -entre otras cosas- que Fowler esté enamorado de Fuong; más cauto es afirmar que la precisa en su madurez, tanto para hacer el amor como para que le prepare las pipas de opio. Lo que la relación omite es que, tras la muerte de Pyle, Fowler obtiene inesperadamente el consentimiento de su mujer para el divorcio, y el libro se cierra sobre su inminente perspectiva matrimonial con Fuong.

 

Hollywood ha comprado los derechos del libro -cuya hermosa estructura presupone, en cierto modo, al cine- y se apresta a desfigurarlo. Según la versión publicada por The Times de Londres, los vietnameses aparecen, en el film, como defensores de la justa causa (Greene no lo dice ni lo niega) y los norteamericanos como sus aliados, frente al derrumbe de los viejos colonialismos. Tras la muerte de Pyle, Fuong no vuelve a Fowler, sino que se casa con un patriota vietnamés.

 

La película se está rodando ya, tomándose las partes que requieren el paisaje de Saigón, donde Greene radicó la acción de gran parte del libro. Joseph L. Mankiewicz la dirige, Michael Redgrave hace el papel de Fowler y Audie Murphy, el de The red badge ofcourage (Alma de valiente) al norteamericano Pyle.

Redgrave ha protestado por las afirmaciones del Times, y Greene ha escrito desde Nueva York una carta que (traducida por El Diario, 11/11/957) dice: "Es cierto que al vender un relato a Hollywood, el autor no retiene ningún contralor sobre la adaptación. Pero tal vez se justifique una política maquiavélica: el contar con que a Hollywood se le vaya la mano. Si los cambios que vuestro corresponsal describe fueron hechos en el film de The Quiet American, ellos harán tan sólo más obvia la discrepancia entre lo que el Departamento de Estado quisiera que el mundo creyese, y lo que realmente ocurrió en Vietnam. En tal caso, puedo imaginarme algunas noches felices de risa no solamente en París, sino también en los cines de Saigón".

Un Entendimiento Otoñal

 

El americano impasible -como se llama en la excelente traducción de Wilcock- es, por muchos conceptos, un libro estratégico en la carrera de Greene. The end of the affair (El final de la aventura) estaba quizá en el confín del interés de un público no católico por la inventiva novelesca de Greene, aunque éste sea uno de los más provocativos escritores contemporáneos. La materia apologética que había estado siempre en su narrativa, había tomado de lleno sus tres libros centrales, The Power and the Glory, The heart of the matter, The end of the affair. Con una vasta producción novelística ya entregada y en plena madurez, Greene -dueño de una técnica cada día más redomada, cada vez más invisiblemente sabia- tenía que renovarse.

 

Audazmente, El americano impasible es -trascendiendo la simple calidad periodística de un testimonio entre tantos- su visión del mundo político de nuestros días, en un escenario capital para su entendimiento: el Asia. En El americano impasible, Fowler, una primera persona literaria con indudables contactos responsables con la del propio Greene, juzga a la vieja Inglaterra y a los jóvenes EE.UU., confronta el realismo político de la primera a las noveleras e inadecuadas doctrinas de los segundos y escribe un mensaje (de intangible piedad) sobre los vietnameses y vietmineses, sobre esa sufrida gente que hace una guerra que no quiere y que seguirá alentando, incambiada, cuando Londres y Nueva York ya no sean. "Tú y los que son como tú -dice Fowler (p. 133)- están tratando de hacer la guerra con la ayuda de gente que sencillamente no está interesada en esta guerra". Y ante una objeción, agrega: "Ya conozco ese disco. Cae Siam. Cae Malaca. Cae la Indonesia. ¿Qué quiere decir "cae"? Si yo creyera en Dios y en otra vida, te apostaría mi futura arpa contra tu coronita de oro a que dentro de quinientos años tal vez no existan ni Nueva York ni Londres, pero éstos seguirán plantando arroz en estos campos".

El deterioro de toda la civilización occidental está en estas páginas, como en aquel memorable "Barcelona había caído" del capítulo X de la segunda parte de After many a summer, de Huxley; para éste las ciudades caerían en el polvo porque "tomada o no tomada", toda ciudad, toda nación tiene su asiento en el

plano de la ausencia de Dios". Greene no se ha permitido apuntar en la escritura de Fowler, que no es católico, una inferencia semejante. Pero tal vez ella yace en el fondo de la afirmación.

Acaso pueda decirse que The Quiet American es uno de esos libros que suponen -en todo lo que descreen- una tradición cultural de imperio recorrida hasta el fin, como A Passage to India, de E. M. Forster; más de un detalle de tema y de visión los emparentan, y Greene ha de estampar en sus páginas algún atisbo de la misma melancólica convicción que domina en el magnífico libro de Forster. "Uno no llega nunca a conocer a otro ser humano", escribe (p. 192) y el lector piensa si, como en la relación entre Aziz y Fielding, no hay también en el libro -más allá de la dialéctica de dos distintas concepciones del mundo- la vivida certeza de la fundamental incomunicación del ser humano, la comprobación de su soledad esencial.

 

Holgura y Miseria del Americano 

Si la novela ha consternado en los EE.UU., es porque se ha visto en ella un concepto depredatorio de lo norteamericano. Pyle no es todos los norteamericanos pero la fogosa candidez, el tosco envalentonamiento, la suficiencia enteriza, la empecatada simplicidad, la holgada y vacua disponibilidad de energías físicas y mentales descolocadas, son las notas que en el libro definen no sólo a Pyle sino a todo lo americano.

Greene estampa en algún lugar la coartada dudosamente consoladora: "Mi conversación estaba llena de comentarios sobre la pobreza de la literatura norteamericana, los escándalos de la política norteamericana, la bestialidad de los niños norteamericanos -escribe Fowler (p. 198). Como si fuera una nación, y no un hombre, la que me la quitaba".

Pero sería tonto endosar al despecho de Fowler lo que pertenece a la visión europea, a la animadversión europea por un mundo demasiado basto, higiénico y rotundo, "un mundo psicológico de gran sencillez, donde uno hablaba de Democracia y de Honor con mayúscula, y daba a esas palabras el mismo sentido que le habían dado nuestros padres" (p. 127).

Hay seguramente dos planos, indisolublemente fundidos, en el rechazo que siente Greene por lo norteamericano: uno se vincula a la sensibilidad y a su denuncia de las categorías materiales que irrumpen en la vida del hombre y la condicionan y definen; el otro, a los puros conceptos y a su conciliación o desencuentro con los hechos.

Un humor fácil y agresivo juega en el primero de esos planos. El amor que ofrece Pyle a Fuong es "sólido como el dólar", y Fowler apunta: "¿Acaso la confianza en sí mismo se basará en el cambio de la moneda?" (p. 89). "Un amor como el dólar, por supuesto, incluía el matrimonio y los hijos y el Día de la Madre, aunque más tarde también pudiera incluir a la ciudad de Reno o las Islas Vírgenes o como se llame el lugar donde se va hoy día a obtener el divorcio. Un amor como el dólar tendrá buenas intenciones, la conciencia clara y al Diablo con todos".

La Misión Económica norteamericana es explicada por Fowler a la nativa Fuong como la empresa de entregar máquinas eléctricas de coser a costureras muertas de hambre, y en lugares donde no existe la electricidad (p. 57).

 

El agregado económico de la legación americana es el tipo "perfectamente seguro de sí mismo, como el hombre que sabe conservar sus amigos porque usa los desodorantes adecuados" (p. 45) y su rostro parece "una cara en la televisión" (p. 50). Cuando Fowler va en busca de Pyle a la legación norteamericana, para pedirle cuentas por la ida de Fuong y no lo halla, se encierra a llorar su derrota en un mingitorio. En ese instante en que refiere su llanto, tiene que apuntar todavía que "aun en las letrinas, tenían aire acondicionado" (p. 209).

Todo ese rechazo hace que las relaciones del inglés con los americanos de Saigón tengan cierta vaguedad abstracta; al agregado económico no puede nunca recordarle el apellido; y a Pyle no puede llamarle nunca Alden, ni a su ruego ni siquiera cuando mentalmente lo nombra, tras su muerte. Sólo con Bill Granger -un periodista despiadado y grosero, y un ser avasallador y brutal puede Fowler llegar a un punto de comunión, por encima de sus disidencias y enconos, en la noche en que el inglés va al Vieux Moulin a cenar con Pyle, pero sabiendo que éste debe haber sido muerto en el camino. Granger se libera de sus comensales franceses para explicarle que su hijo tiene poliomielitis y está quizá muriéndose, mientras él está borracho y su mujer no puede estarlo. La concisa ternura, secamente patética, que ese rápido acercamiento promueve, está luego resuelta en un "final feliz", de humor compensatorio. Pero tiene algo de más aviesamente humoral el hecho de que, entre todos los norteamericanos de Saigón, Fowler se compadezca sólo por el más disipado, por el más reprobable, por el más duro.

Ese es el plano inmediato y material; en él, las lecturas frívolas de Pyle consisten en un Thomas Wolfe de bolsillo (!) y en un libro de problemas de ajedrez, en tanto el europeo liga sus sensaciones de tiempo con la reanudación de un trozo de L'invitation au voyage de Baudelaire o asocia un movimiento tras una cortina al cuerpo de Polonio. Pero hay otro plano, y es el de las ideas y su vinculación con los hechos. En él es donde estas dos distintas estirpes de seres divergen radicalmente, y donde está actuada la dinámica conceptual de la novela.

Muchas veces se ha hablado del realismo simbólico de Greene. Es fácil encontrar más de una proyección simbólica a la novela; la más obvia es aquella según la cual Fowler es Inglaterra ("tengo tantos, tantos años", dice de sí a p. 144), Pyle los EE.UU. y Fuong el Asia, que se desplaza del primero al segundo. Otra posible dimensión se fijaría en las connotaciones de paz que llevan las menciones a Fuong ("uno hablaba de ella así, en tercera persona, como si no estuviera presente; a veces parecía invisible, como la paz", p. 63) y en general a los nativos ("reposaba la mestiza recostada en su gran paz transitoria", p. 217, etc.). Todo el libro, expresamente y entrelineas, postula la paz; los militares reniegan de que los políticos les carguen la culpa de la guerra. "Quizá para el soldado el civil es el hombre que lo emplea para matar, que incluye la culpa del crimen en el sobre de la paga y elude toda responsabilidad", piensa Fowler (p. 76). Y efectivamente un militar francés, el capitán Trouin, llegará a decirle: "Tenemos que luchar en todas las guerras de ustedes, pero la culpa nos la dejan a nosotros" (p. 215). "Somos profesionales. Tenemos que seguir luchando hasta que los políticos nos digan de cesar. Probablemente se reunirán y acordarán el mismo armisticio que hubiéramos podido obtener en el primer momento, convirtiendo en una insensatez todos estos años de lucha" (p. 217).

 

El corazón del Asunto

 

Pero queda, a primera vista menos sensacional que estas afirmaciones, el hueso del asunto: la relación entre el europeo y el americano.

Wilcock dice, en su nota, que "los norteamericanos del relato son estúpidos, lascivos, groseros y convencionales; los soldados franceses, valientes, sensibles, sensatos y viriles". Con apariencia resaltante de verdad, tal vez ésta no sea una afirmación cierta en lo más profundo. Es exacto que algún momento concreto de la acción enfrenta la contención y la severidad de un militar francés a la bellaquería y la acometividad desorbitadas de un periodista americano (pp. 91/92). Pero la explicación de la distancia que Fowler (Greene) pone entre unos y otros, es la que va de los simples conceptos a los hechos. 

Pyle profesa todos los "a priori" del teórico, del "scholar" de Harvard, del pequeño burgués insapiente y adoctrinado. Fowler -en cambio- ha aprendido a extraer directamente sus conclusiones de los hechos, y sólo de ellos. "Me río de cualquier persona que pierde tanto tiempo escribiendo de algo que no existe: un concepto mental", dice (p. 132). Cuando Pyle propone atacar a los franceses y a su colonialismo, Fowler responde: "Ismos y cracias; yo quiero hechos" (p. 135). "De todos modos, todos los días mueren franceses aquí; eso no es un concepto mental" (p. 135). Por eso es más capaz de comprender y compadecer al aviador francés que tiene que bombardear gratuitamente a un sampán en el río (p. 213) que a un bachiller americano que juega al terrorismo con las bicicletas (pp. 200 y ss.) o matando mujeres y niños en la Place Garnier (p. 228).

"Somos viejas naciones imperialistas, Pyle -dice Fowler (p. 233)- pero hemos aprendido un poco de realismo; hemos aprendido a no jugar con fuego".

El inglés -que ve que el americano personifica en él a su "viejo imperialista imaginario" (p. 226)- abomina de la inepta buena intención chapucera y trágica de Pyle. "Que Dios nos libre de los inocentes y los buenos", dice al comisario de la Sureté, evocando la memoria del otro (p. 26). Y el libro vuelve insistentemente sobre la misma alarma. "La inocencia siempre solicita tácitamente ser protegida, cuando haríamos mucho mejor en precavernos de ella; la inocencia es como un leproso mudo que ha perdido su campana, y que se pasea por el mundo sin mala intención" (pp. 52/53). "No conocí jamás a un hombre que tuviera mejores intenciones en todos los desastres que causó" (p. 86). "Desdichadamente, los inocentes siempre están implicados en todo conflicto" (p. 169). "A veces desearía que tuvieras unas cuantas malas intenciones, para que entendieras un poco más a los seres humanos" (p. 191). "No se puede echar la culpa a los inocentes, no tienen nunca la culpa; lo único que se puede hacer es dominarlos o eliminarlos; la inocencia es una especie de locura" (p. 233). "Poseía una armadura impenetrable: sus buenas intenciones y su ignorancia" (p. 233).

 

La sabiduría del europeo consiste, por su parte, en negarse obstinadamente a tomar partido, sabiendo que "hasta una opinión es una especie de acción" (p. 37); y en observar los hechos con los ojos claros, sin ningún fanatismo (ni siquiera, como corresponsal, el fanatismo de la noticia). "Esa pasión por la verdad -piensa alguna vez con una calma corrupta- es una pasión occidental, como la pasión por el alcohol" (pp. 114/5).

 

Cuando en el memorable episodio de la noche pasada en la torrecilla de guardia, al N. O. de Saigón, Pyle afirma apodícticamente, que "hay que luchar por la libertad", Fowler contesta: "-No he visto a ningún norteamericano luchando por aquí. Y en cuanto a la libertad, no sé qué decir. Pregúntaselo". Y volviéndose a los centinelas nativos, les espeta:

"La Liberté, qu'est ce que c'est la Liberté", para apuntar en seguida: "Siguieron chupando su arroz, mirándonos fijamente, sin decir nada" (p. 137)

 

Ese Mundo Greeniano

 

Toda ésta es la circulación política que abastece a la novela, la que le da una significación testimonial importante (Greene estuvo en Saigón y se documentó en el terreno de los hechos) y un picante y espectacular sabor libelista.

 

Pero detrás de esa primera faz polémica y arrebatadora, detrás del documento de literatura comprometida (Fowler no quiere comprometerse pero Greene no participa aparentemente del mismo recelo), está el mundo greeniano, ese mundo "sin salida racional", como escribió -en un notable ensayo sobre el autor Mario Benedetti[3].

¿Qué pasa con él? O, para verterlo en una acreditada pregunta, ¿qué hay de nuevo?

Wilcock ha dicho que la novela "elude el tema religioso". No es cierto, en mayor medida que la de decir que elude el tema deportivo. Seguramente la afirmación ha sido dictada por la frecuentación del último y mejor Greene. En ese sentido, es innegable la renovación temática que ya apuntamos. Pero si Dios no está en el centro de la novela, su alusión, su presencia soslayada se advierten con frecuencia. El diálogo de la torrecilla ("es raro cómo tranquiliza la conversación, especialmente sobre temas abstractos; parece normalizar los más extraños ambientes", p. 138) es el corazón del libro y lo ocupan tres temas: la guerra, el amor y Dios. "Al parecer, hemos hablado de todo -dice Fowler a Pyle- menos de Dios. Será mejor que lo dejemos para la madrugada" (p. 149). Porque este raro incrédulo (inconvicto como tals en las manos de Greene que parcialmente se autorretrata) está constantemente atenaceado por el tema de Dios y acude a él para las últimas comprensiones: "Quizá por eso los hombres inventaron a Dios: un ser capaz de comprender" (p. 86). Cuando Fowler por decreto del autor, tiene que desecharlo, él y Greene escriben una de las poquísimas tonterías del libro: "Soy un reportero, y Dios sólo existe para los que escriben editoriales" (p. 86).

 

Menos transitorio que el tema, el mundo greeniano no ha cambiado, sigue siendo ese mundo acorralado y crepuscular en que la juventud y la esperanza y la seriedad pueden llegar a resultar menos sólidas que la vejez y la desesperación (p. 24). Sigue siendo ese mundo de seres acosados, perseguidos o melancólicamente resignados. Fowler precisa a Foung y rehúsa pensar que ha condenado a muerte a Pyle, no tanto por sus crímenes que sensibiliza ex-profeso, para provocarse una emoción y un pretexto (pensando en la mujer y el niño muertos del bombardeo, p. 231) como por esa necesidad sexual y doméstica, que lleva a reclamar las venganzas, por rancias que se les sepa, y sobre todo la restitución. Sabe al final que "sólo el corazón se deteriora" (p. 240) y que con la muerte de Pyle ha perdido la única persona a quien decir alguna vez "Fm sorry" (p. 267). Su alma no es tan distinta de la del Conrad Drover de It's a battlefield, su sensación de soledad y aislamiento finales son los mismos. La misma conflictiva del personaje (desposesión, desarraigo, ambición de Dios y entrega a él de las últimas decisiones; soledad, triste hedonismo, crasa adhesión a la compañía del amor) lo inscribe en esa galería "de hombres envueltos física y espiritualmente en persecuciones", como ha definido Neville Braybrooke[4] a todos aquellos en quienes el autor sin cesar se alude.

Asimismo Vigot, el comisario de la Sureté, evoca -en su dibujo mucho más sumario- a Scobie; es católico, reza sin ilusión, conoce resignadamente el mundo que lo rodea, y despierta la idea de un cura, por cuanto su trabajo no es escandalizarse sino ser comprensivo (p. 327). Es el mismo personaje de experiencia colonial que ya conocen los lectores de Greene (recuérdese el jefe de Investigaciones de It's a battlefield, también tendido hacia Dios).

El hecho de que el novelista haya asumido el relato en primera persona, no empobrece su antiguo culto jamesiano del "punto de vista", Fowler anota repetidamente que Pyle suponía que a él -el inglés- le gustaba mostrarse peor de lo que era, más cruel de lo que podía sentirse en el fondo escondido y replegado del alma. La misma observación insinúa acaso que Pyle era menos inocente y elemental de lo que Fowler lo suponía. El trazado de estas líneas es sutil en la novela, y de él nace una mayor profundidad que la del solo encaje o la simple integración de un mismo hecho en la paladina exposición del punto de vista sucesivo de cada uno (relato de Bendrix y diario de Sarah en El fin de la aventura).

Tampoco esa primera persona ha inhibido o cohibido a Greene para entrar en el libro, junto con Fowler. Ya hemos arriesgado una versión de hasta qué punto lo está, según su insistida prédica de los derechos del subjetivismo literario, la misma que lo ha llevado a denostar a Flaubert y a exaltar, en el extremo opuesto, la obra de Mauriac.

Finalmente, el relato en primera persona ha sido tan sabiamente manejado, con tal economía de la superabundante explicitud literaria que es el peligro de los subjetivistas y, en general, de los novelistas elocuentes -Greene lo es cada día menos, en el mal sentido externo del calificativo- que el lector no puede superar el otro punto jamesiano del libro: su ambigüedad. Hay dos modos de proponérsela: ¿Fowler contribuyó a la muerte de Pyle por sentido del deber o por rencor y sórdida apetencia de una perdida posesión carnal?, es una de ellas. Y la otra: ¿cuál es la carta del viejo mundo realista y civilizado de los imperios, frente a la pujanza simple y avasalladora de la nueva potencia? ¿Jugarle suciamente, valerse de ella y entregarla cuando convenga? El libro no disimula ni contesta estas inquisiciones.

Una Técnica en el Cénit

"Es curioso observar -ha apuntado Benedetti- cómo los grandes descubrimientos, las más eficaces adopciones de la novela contemporánea (el monólogo interior, el ritmo cinematográfico, la simultaneidad de acciones, el calado psicológico) que en la obra de otros autores representan una suerte de hermetismo, de complejidad, se resumen en Greene en una inesperada sencillez y pierden su rigidez experimental".

La anotación es exacta y aguda, y este último libro del escritor la hace especialmente valedera. El americano impasible parece escrito con la más feliz y descuidada de las distensiones; cualquier lector no avezado puede leerlo cómodamente. Y es, sin embargo, un libro magistralmente concebido y escrupulosamente planeado.

Bastaría para justificar la afirmación, el solo manejo de los tiempos en la novela; qué lejos estamos aquí de la rigidez experimental, del mecánico barajar del Eyless in Gaza de Huxley o de las torpes anfractuosidades y puerilidades del Dos Passos de Paralelo 42, por ejemplo.

El libro arranca con la expectativa (que Fowler sabe inútil y en Foung es veraz) del retorno de Pyle. Este ya ha muerto. De ahí el tiempo corre hacia atrás y vuelve al presente, con fundidos inaparentes de tan perfectos; traídos por una frase, por el recuerdo de un verso, por la simple irrupción de otra persona en la evocación del relator.

En el centro del libro -justamente en su mitad- está el episodio de la torrecilla: de regreso a Saigón, Fowler y Pyle se ven forzados a guarecerse en uno de esos frágiles puestos de vigía, que el Vietminj solía tomar por las noches y abandonar al alba, tras la muerte de un par de centinelas. La forzada inmovilidad, el afán de distraer y alejar las tensiones del miedo y de la espera, empeñan a los dos personajes en ese diálogo, que es el esplendente corazón de la obra, con una calidad irradiante y central que en pocos libros tiene un fragmento aparentemente desasido de la peripecia; es inevitable recordar la brillante conversación en la biblioteca de los Berger, que es el más incrustado corazón de Les noyers de l'Altenburg, de Malraux. Cuando el diálogo, en toda su dehiscencia, ha dado cuanto podía, la acción viene a interrumpirlo, a retomar la cadencia viva del libro. Ese rescate es uno de los más notables trucos de la novela.

Todo eso -la trascripción de las conversaciones, el directo reflejo de la acción (el río con sus dantescos bancos de cadáveres, grises y lavados; la conferencia de prensa; la visita a la casa de baile; el estallido de la bomba en la plaza)- tiene en el libro una escritura mínima, a veces elíptica. A ella se ha reducido y en ella se ha confinado la sabiduría madura de Greene. Seguramente ninguno de sus libros parece tan poco escrito, ninguno tan entregado de primera mano, con tan fluyente condición de testimonio, con tan engañoso aire de cosa indeliberada.

Es casi seguro que este libro -ebullescente por sus implicaciones políticas- tendrá, en una línea de larga duración, menor importancia en la problemática del autor y en la definición de su singularidad creadora, que The Power and the Glory y The heart ofthe matter, sus dos obras mayores. Pero acaso no sea incierto decir que la mano que lo ha armado y la cabeza que lo ha escrito, saben cada día más.

NOTAS

[1] Graham Greene, El americano impasible, Emecé Editores, Bs. As., 1956, 267 pp., traducción de J. R. Wilcock.

[2] J. R. Wilcock, Notas sobre The Quiet American, en Entregas de La Licorne, 8, Mvdeo., 1956, pp. 125/6.

[3] Mario Benedetti, Arte y artificio en las novelas de Graham Greene, Número, Año 4, N° 21, Montevideo, oct./dic. 1952, pp. 301/20.

[4] Neville Braybrooke, Graham Greene, Sur, 201, Bs. As., 1951, pp. 19/31.

Carlos Martínez Moreno

Marcha, 852, 22 de febrero de 1957

 

Reproducido en Literatura americana y europea Tomo II

Homenaje de la Cámara de Senadores.

Publicación de la obra ensayística del Dr. Carlos Martínez Moreno

Montevideo 1994

 

Editado por el editor de Letras Uruguay

Email: echinope@gmail.com

Twitter: https://twitter.com/echinope

facebook: https://www.facebook.com/carlos.echinopearce

Linkedin: https://www.linkedin.com/in/carlos-echinope-arce-1a628a35/ 

 

Métodos para apoyar la labor cultural de Letras-Uruguay

Ir a índice de ensyo

Ir a índice de Martínez Moreno, Carlos

Ir a página inicio

Ir a mapa del sitio