Tiempo de escuela
Libro de Shirley Cotto
(Discurso de presentación del libro en el Panorámico Municipal . Agosto 1983
por Marta de Arévalo

En literatura, bien sabemos, hay que remitirse a una trilogía insoslayable: autor, obra, lector. De los tres elementos, la obra es, indudablemente, el más importante. Ella es quien ha de perdurar o no, según su calidad y oportunidad. Pero sin autor no habría obra y sin lector la obra no estaría cumpliendo su misión fundamental que es la de ser leída, apreciada, gustada, para integrar con el mundo del autor traducido en el lenguaje, el mundo del lector por medio de su sensibilidad.

 

Así pues, comencemos con una breve mirada sobre la autora. Nacida en el Departamento de Lavalleja, Uruguay, en 1947, estudia secretariado comercial en Montevideo. Está casada y tiene un hijo. En 1980 edita su primer libro de poesía: “Mimosa”. Colabora en revistas y se vincula al medio intelectual.  Bajo su aparente  presencia de niña grande un poco impulsiva, con un aire todavía campesino en la franqueza y en la sonrisa clara, late un corazón de mujer sensible con definida personalidad. Atributos imprescindibles para el escritor de poemas para niños. Porque  se hace  necesario un corazón adolescente para sentir como siente un niño. Y una convicción de fe en valores morales para entregar versos que al tiempo que deleiten, guíen, insensiblemente, por el sendero de la virtud.

 

Y  refiriéndonos a la obra, lo primero que nos atrapa es el acertado título: “Tiempo de Escuela”. La palabra escuela con la palabra hogar y con la alusión al tiempo forma el triángulo perfecto en la vida del niño. Hogar, escuela y tiempo. Padres, maestros... y la inmensidad del infinito frente a la vida. Porque el tiempo del niño  es tiempo de pan y lápiz, de amor y juego, de crecer y contar, de crecer y soñar. Y este “tiempo de escuela” de Shirley Cotto nos cuenta y nos lleva a soñar. Nos vuelve un poco niños para jugar con el “arcoiris de la gracia  que menciona el prólogo. Y vamos entonces, a soñar y a jugar. A encontrar mediante la voz de la Shirley autora que nos cuenta, a la Shirley niña que soñaba en el sencillo pueblito de Pirarajá, en el instante fugaz de la infancia. Nos acercaremos al poemario para alumbrarnos con su claridad interior, tal como ella nos dice de la claridad del amanecer: “Se acerca a mis ojos/ me viene a alumbrar...”

 

 Para entrar a este libro imaginemos que entramos a un patio campesino. Ya que uno de los rasgos peculiares de estos versos es el  acento, aunque culto, impregnado de  reminiscencias campesinas con que están expresados. Acento auténtico que le nace a la autora de recuerdos entrañables. Como ejemplo el poema: “Lucero” 

Mi caballo... mi Lucero!

traes retamas en los cascos

y las crines aromadas

cuando regresas del campo.

 

Se pone alegre el arroyo

cuando allí vas a beber

y te llega el cuchicheo

de la paja y del clavel.

 

Rojas lloran las auroras

si en el campo no te ven

si se ha cumplido la tarde

la noche llora también.  (p. 18)

Hay con la naturaleza, la comunión primordial y sencilla de la gente paisana. Como cuando canta al grillito trasnochador; a la palomita silvestre; al pichón de calandria que encuentra piando entre largos espartillos y recoge junto a su pecho antes de que estalle la tormenta; al “ Agua cantarina y azulada / de tan limpia tu tonada / es sagrada”;  al altivo coronilla nativo convertido en “rescoldo del fogón en la alborada”, y después, “ceniza tibia que el viento  lleva”.

 

Debemos decir con honestidad que el libro no es  parejo. Pero ¿qué libro lo es?. Toda obra poética es una colección de poemas que el autor ha escrito en diferentes tiempos de espíritu, con diferente rendimiento intelectual. A veces le ha llevado meses, a veces semanas y, en casos especiales, le ha llevado sólo pocos días. El escritor de mayor técnica literaria, aquel que maneja el lenguaje en la forma más impecable y armoniosa, sabe que siempre se le queda algo por decir en un poemario y algo por pulir en un poema. Sabe que el verbo no traduce todo lo que el alma siente, que el adjetivo se esconde porfiadamente y todo vocablo es pobre y pálido frente al sentimiento del corazón que se entusiasma y se desborda.  Así que no es en desmedro del libro que, en honor a la verdad, decimos que son algunos poemas que sobresalen del conjunto, los que nos convencen del valor de esta poesía.

 

Por ejemplo, un poema que  rememora una atardecer que impacta emocionadamente  a la autora. Todos atesoramos el recuerdo de un instante especial, único, en que apartándonos de cualquier otra preocupación, reparamos de improviso en un trozo del universo que nos rodea. Un momento en que el paisaje trasciende lo conocido y adquiere un tinte mágico.  Acertadamente la creadora lo tituló: “Instante  Fugaz”

Cuando la tarde moría

y la torcaza anidaba,

cuando todo enmudecía

y la luna se asomaba.

 

Cuando se volvía profundo

el tierno verdor del pino,

todo inundaba en fragancia

suave frescor campesino.

 

En el agua  el sol dejaba

a mi pupila un tesoro...

Un vaho color maíz

con telarañas de oro

 

detenido  un solo instante

coronando desde allí,

aquel espejo ondulante

que llaman Arroyo Chuy. (p.30)

En otro poema de forma original nos cuenta el color de su perro: “Mi perro es un muchacho/ manchado de caramelo” Y más adelante: “Me acompaña al almacén/ amigo de mis amigos/ y me conocen por él/ otros niños y vecinos.” Esto no requiere comentario: los que somos padres sabemos con quienes están jugando nuestros hijos con sólo ver los perros que se mueven alrededor del grupo.

Dos poemas muy graciosos gustarán a los niños más pequeños. Son como breves cuentitos para jugar y aprender: “Rey  Y Señor” que nos presenta a “ un gran gallo batarás” que se pasea “luciendo el pecho esponjado/ y una estrella en cada ojo” Gallo que “ Tiene patas amarillas / y púas como azadón” El otro poema que señalo se titula: ”Don Hongo” que “Se compró una isla /llena de eucaptos” y “Cuida a sus honguitos/ con mucho cariños/ les pone sombreros/ igual que a los niños

 

“Bajo el título: “Farolito mañanero” descubrimos otro poema que no dudamos en calificar de delicioso y muy apropiado para solaz del niño. Porque puede suceder que al leer algunos textos, éstos o los de otro autor, el niño no llegue a comprender cabalmente las ideas, los significados, y mucho menos las figuras y reglas de la poética, pero si el poema está sustentado en la belleza, esa belleza lo conmoverá. Y belleza sentida, aunque a medias comprendida, es riqueza perenne.

El poema aludido, siempre dentro de la sencillez del poemario, está apoyado en imágenes logradas que van pintando la escena. Esto de “pintar” escenas es una cualidad positiva de la autora en este libro, para recrear los recuerdos de sus juegos y sueños infantiles que intenta – y logra- trasmitir.

Farolito a queroseno,

pedazo de blanca luna,

es tu sueño desvelado

y tu pupila aceituna.

 

Bichito madrugador

con pancita de latón,

farolito mañanero

con ombligo de algodón.

 

Me acompañas hasta el pozo

donde me lavo la cara,

donde se aclaran mis ojos

aun siendo noche cerrada.

 

Lejos cantan las higueras,

sueña el rocío en la parra

y se tajea con tu luz

el patio lleno de aljabas.  (p.33)

Un tema  reiterado es la miel.  En el Poema “Un susto” intentando robar un panal  se encuentra con la furia de las avispas. Y otra vez, con gracia y pocos elementos pinta la escena donde la persiguen los insectos furiosos mientras la miel le resbala entre los dedos. “Sentía que volaba” mientras “el sol / escapando (era) roja granada/ por el horizonte...” Parece que vemos “ el camoatí/ tosco y huraño/ vestido de gris” y  el “ pastizal / verde, sedoso, más que terciopelo” por donde va huyendo mientras “llevaba una avispa/ zumbando/ enredada en el pelo

 

El otro texto que alude a la miel, es un poema encantador. En nuestro gusto el más bello y logrado del libro. Pequeña joya en tres estrofas formada por cuatro octosílabos. Se despliega en color, movimiento y sonido. Un dorado de ámbar surge de la miel, las abejas y el sol. La cadencia está en la música intrínseca que brota del poema, del ensamblaje armonioso de los vocablos. El sonido se intuye en la danza zumbante de las abejas que escalan el aire en arabescos. Es la hora de la siesta, con el sol encendido dorando el borde del aljibe, que al conjuro poético, nos traslada a la escena, como si echáramos el balde haciendo girar la rondana perezosa y lo sacáramos desbordante de agua fresquísima.

  LAS ABEJAS

 

En arabescos de ámbar

el aire escalan zumbando

las abejitas mieleras

que siempre están trabajando.

 

Las abejitas redondas

anuncian la primavera

meciéndose entre campanas

azules de enredadera.

 

En el borde del aljibe

van a beber agua fresca

entre pinceladas de oro

con el barniz de la siesta.  (p.15)

Nada más apropiado que el adjetivo “redondas” para las abejas, que en vuelo son como pequeños globos color ámbar, trazando arabescos en el aire. La autora supo captar esa imagen con el don de observación que se aprecia en todo el libro. Asimismo es acertado el adjetivo “mieleras” que destaca la función específica de estos insectos, infatigables  trabajadores. Otro acierto es acercar el dorado de las abejas  al azul de las campanillas, flores silvestres que son y han sido la tentación de todo niño que tiene la dicha de contemplarlas abrazadas a cualquier cerco campesino o suburbano.

Se nos ocurre la combinación perfecta: dorado y azul. El ámbar de la miel, el amarillo de las abejas, el oro de la siesta estival –porque había de ser verano- y la transparencia del agua del aljibe dorada en reflejos de sol, con el intenso azul de las campanillas bajo el cielo de verano, también, intensamente azul.

 

Aquí detenemos nuestro análisis que es una salutación de esperanza para la creadora. No por falta de materia, que la hay más y merecedora de atención, sino porque ha de ser el lector quien prosiga el recorrido. Nuestras palabras  sólo son  una invitación a entrar por la puerta que hemos entreabierto. A otro corresponde descubrir, con gozo, el interior.

 

Pero antes de retirarnos al silencio, queremos aun, exponer que, al asumir la tarea de analizar y presentar esta obra pensamos, especialmente, en el niño, que es nuestra riqueza, la razón de la luz, la raíz de la alegría. En el corazón del niño, en su crecer en paz, en su crecer en amor multiplicado en los seres de la naturaleza. Y deseamos, soñamos, esperamos para él, un mundo mejor.  La poesía es un territorio maravilloso para que la sensibilidad del niño arraigue y profundice, espontáneamente, por instinto natural como las plantas, en busca de las corrientes bienhechoras  - la belleza, el bien, el amor...- que lo fecundarán para que, creciendo en fortaleza de espíritu, florezca en ser humano  virtuoso y solidario.

 

 

Nota: Shirley Cotto ha publicado después de “Tiempo de escuela “ varios libros de poesía infantil y algunos de poesía para adultos. En este tema recordamos ”La mujer que me habita.”

Marta de Arévalo

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