Aunque vieras la foto no podrías
apreciar lo frío de la llovizna.
Ves en la esquina una pareja joven
despidiéndose.
Él no se quiere despedir, él quiere
convencerla de no sabe bien qué,
con tal que no se vaya...
Pero es en vano, él mismo
se sabe culpable de todas y cada una
de las acusaciones
que ha puesto tenazmente
la señora que no ha de ser su suegra
en la cabeza de la muchacha
-lo que pasa es que está muy orgulloso
de casi todas...
Ella
tampoco se quisiera despedir
-es borrosa esa parte de la foto:
algunas veces parecen
notarse en ella las ganas
de ya dejarse de tantas estupideces de amor-
pero es joven y blanda
y soñaba el amor como gorriones posándose en sus manos,
no como estos fornidos elefantes
que puso la pasión sobre sus hombros.
En cierto momento,
él se da por vencido y, tiernamente,
retira de hombros de ella los elefantes,
la besa en la frente,
la pone en un taxi que en segundos
se pierde de vista entre la llovizna y
empapado hasta el alma camina
cincuentaypico de cuadras hasta su casa,
seguido a paso lento, torpe y triste
por dos grises y dulces
elefantes de pena.

Juan de Marsilio
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