En la muerte de Angel Rama

 

 

¿Qué tienes Uruguay, con tus hijos?
Manuel Flores Mora

Más que hablar sobre Angel, tal vez lo mejor sea poner nosotros solamente las lágrimas y dejar que Angel, sin saberlo, hable de sí mismo.

Digo sin saberlo porque tengo aquí, en las manos, su primera y última carta a Jaque, su carta a Manuel Flores Silva. No sospechó siquiera, pobre Angel, que esa carta afable, familiar, abierta a los cuatro vientos para él interminables de la amistad, de la alegría generosa y del trabajo, iba a estar pocos días después sacudiéndose, mojada de llanto como una bandera bajo la lluvia, en este tercer número del semanario, que en los dos anteriores tuvo el honor de encabezar con el nombre de Rama la lista de sus corresponsales en el extranjero. “Corresponsales: Angel Rama (París)...”

Hay ahora algo como terrible en ese último párrafo de la carta, con su “sobreviviré” y su “no me moriré sin...”.

Han pasado quizás un par de meses desde que pregunté a Manolo si no había pensado en escribirle a Rama, anunciándole la salida del semanario.

—Ya le escribí.

— ¿Ya le escribiste?

—Ya me contestó.

Vinieron después los días ajetreados de la aparición, el directo torbellino con el naufragio definitivo de la hora de almorzar o de dormir, en el fárrago del trabajo. No leí siquiera aquella carta.

Hasta que este domingo 27 —al fin de esa mañana que los amigos de Angel pasamos llamándonos por teléfono en la desesperación de la noticia—, cuando llegué a Jaque, Manolo me entrega en silencio un papelito que tiene una fotografía adentro. Son la carta de Angel y la cara de Angel en su nueva casa de París, donde había resucitado de los macarthysmos que lo expulsaron de los Estados Unidos.

 

“París, 24 de...”

Por supuesto que lo que sigue es un extracto:

“París, 24 de octubre de 1983.

“Querido Manolo, vos eras el que me faltaba, pues cuando supe que estabas metido en política y eras profesor de literatura, dije: “este es de los míos” (e in petto pensé que ya sabía lo que te esperaba y que sin embargo serías feliz con todo eso). Ya sabrás que he patentado la tesis de que a nuestra generación los hijos le han salido mejor que los libros, aunque no sospeché que harían de memoria viva cuándo al país, como a Macondo, le cayera la peste del olvido.

"Desde luego que contás conmigo (y con Marta) para tus listas de colaboradores, aunque eso te va a costar el visado gringo y te vas a perder el fascinante New York. Te mando astuto testimonio de cómo voy sorteando el ‘estrago del tiempo en la mejilla’, que decía el padre Machado, a manera de tarjeta de presentación. (No le creas a tu viejo, yo soy el más joven de la generación, junto con la Pocha.)

"no morirme sin pasear de nuevo por Montevideo liberado..."

"Aunque desde lejos no puedo apreciar las sutiles diferencias entre el 80 y el 83, sí sé medir las que van de... otros amigos, a ti y tu generación, y eso es causa suficiente para justificar una ¡nueva publicación. El buen Martí le llamó ‘los pinos nuevos’ y nos enseñó a apostar a la obligada renovación forestal. ¡Crezca, m’hijo y que Dios lo haga , un santo!, como decían los viejos gauchos. Y cuídese del hacha, agrego yo.”

“Decíme cuántas páginas necesitás y no te pregunto con qué periodicidad...”

La carta sigue, por supuesto, pero en estas líneas ya está Angel definido, con su alegría por la generación de “los pinos nuevos” y la arrasadora simpatía del “decíme cuántas páginas necesitás”, o del “desde luego contá conmigo (y con Marta)”.

Había que trascribirlo, entre otras cosas porque es la directa referencia a lo que ahora se ve que hemos perdido y con nosotros los lectores de Jaque. Pero además, porque está todo él en ese ademán de recibir las empresas ajenas y apuntalarlas como propias.

El final de la carta va más lejos y no sé de nadie que pueda leerla ahora sin estremecimiento.

“Espero sobrevivir todos los años que pueda en la decadente Europa escribiendo todos los libros latinoamericanos que debo y me debo, pero no morirme sin pasear de nuevo por Montevideo liberado, lo que dará motivo a charlotear, ¡pero de literatura! Escribo un libro ácido sobre los intelectuales (¡qué raza me ha tocado!) y preparo un volumen colectivo sobre Felisberto y contraté con el Fondo un manual de historia de la literatura uruguaya, que es improbable que llegue a escribir.

”Ojalá llegue el día en que la revista se pueda titular Jaque-mate aunque parezca algo folklórico. Un saludo para todos los amigos, y un abrazo para ti de, Angel Rama”

"He patentado la tesis de que a nuestra generación los hijos le han salido mejor que los libros"

 

“Mamá falleció hoy...”

Isabel Gilbert -Angel la llamaba su mejor y más fiel corresponsal en Uruguay- me recuerda un episodio que cobra ahora toda su dimensión y, como si dijéramos, se cierra sobre sí mismo y cierra esa parte de Angel ahora terminada para siempre, entrelazándola con la tierra de España.

Es la historia de Tierra sin mapa, el precioso libro juvenil en el cual Rama recoge, tal como los recibió en su niñez montevideana, los recuerdos infantiles de la Galicia natal de su madre.

“Un día -dice- puse un minucioso mapa sobre sus rodillas para que su índice, con la uña áspera, lo recorríese mostrándome los pueblos, los campos y los ríos de que me hablaba. Pero levantando los ojos azorados por encima de sus lentes de carey, dijo, ‘No, no es así. Mira, el molino está yendo para el lado de Seaya y el río corre...”, y cerró el atlas para no abrirlo más.”

Llegó por fin un día en que Rama, ya hombre, pudo viajar a España. Nada más hermoso ni triste que esa llegada, que hubiera arrancado llanto a Rosalía de Castro o al viril Valie Inclán. Rama la cuenta: “Para mí también esa tierra se haría realidad, saldría de la niebla del recuerdo infantil, sería una tierra concreta que pisar, una casa donde vivir, la misma de su infancia, y podría ir hasta el molino y vería el río, el monte, la capilla de Santa Marta. Antes de partir ya llevaba pensada una larga carta fechada en Traba de Bergantiñas, que comenzaría así.

Mamá, desde tu casa te escribo...”

“El barco entraba lentamente en la ría de Vigo. No había amarrado aún cuando el camarero puso en mis manos un telegrama azul, con letras blancas pegadas, que comenzaba. ‘Mamá falleció hoy...’. No fui yo, fue mi madre muerta lo que descendió en tierra gallega.”

Los párrafos precedentes corresponden a las últimas páginas de Tierra sin mapa, páginas magistrales a las que habrá que volver una y otra vez porque cuentan, sin duda alguna, como algunas de las más hondas y mejores que se hayan escrito nunca en nuestro suelo.

Aparte de su emoción humana y su excelencia literaria, esas páginas retratan mejor que nada al uruguayo y al gallego que era Angel, con toda su ternura y su profundo sentimiento de la tierra.

Hay algo de mueca y también algo de caricia en que habiendo ido de Estados Unidos a Francia, y viciando de Francia hacia Colombia, Angel y sus huesos hayan buscado, para abandonar el mundo, un pedazo de tierra española.

Cuando en aquella tierra española bajaron —él y la noticia de la muerte de su madre-, dijo que por la voz de ella había conocido una tierra donde los objetos no tenían peso. Caminando Galicia, descubría que “el peso de las cosas era ahora el de la pena”. ¡Pobre Angel! Angel, que explicaba su convicción democrática y social por haber nacido en el Uruguay y ser hijo de gallegos pobres. Angel que soñaba con “no me moriré sin caminar por Montevideo libre, hablando de literatura”.

Hablando de su madre, de su hija y de sí mismo, refirió la “sangre de una infancia que a través de todos permanece”. Dijo que “para ella la tierra no alcanza y por eso cava en la memoria el' acceso a otra en que seguir corriendo bajo el sol y la lluvia”.

Y agregó esto aún: “Cuando ya no queda tierra, o es poca y cierta la que nos espera, esta otra se extiende largamente ante nosotros”.

En ella, Angel, habremos de encontrarnos un día “desayunados todos”, como decía Vallejo. Te podremos decir entonces lo que seguramente sabías pero tanto nos duele ahora no haber dicho: el orgullo uruguayo que tenemos de ti.

Angel: cuando uno piensa en algunas de las almas más valiosas nacidas en esta tierra y las sabe deambulando sin patria, porque alguien les vetó el pasaporte, les prohíbe la entrada o las tranca entre rejas, uno pregunta con el corazón sublevado la pregunta que titula estas lágrimas: Uruguay, ¿qué tienes con tus hijos?

En este reencuentro sobrecogedor donde te estamos mirando el alma, sin haberle podido mirar la cara, algo hay sin embargo cristalino. Un país no son sus malos hijos. Ni sus hijos equivocados. El problema de Uruguay no es contigo. Uruguay, Angel, tierra sin mapa de nuestra juventud de amistad y libertad, no tiene otra cara que la tuya. Perdónalo ¡y defiéndelo!

Manuel Flores Mora

"Jaque" Revista Semanario - Año I Nº 3

Montevideo, del 2 al 8 de diciembre 1984

 

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