Los años del Diez al Veinte fueron final de velorio

por Manuel Flores Mora

Son de muerte los años que van del 10 al 20. Y cuando el que quiere historiarlos empieza a pensar en el cúmulo de cosas que se perdieron para siempre en ellos, no sabe ni atina por dónde empezar. Década sin fondo, capaz de cualquier amargura, se tragó definitivamente la mitad de nuestra vida. Y después la otra. De ahí que ese 1920-1930 que vendrá después, parezca tan transformador, tan revolucionario, tan audaz y libre. En la realidad se trata apenas de que vino a habitar a una casa vacía. A una casa de la cual, terminado el velorio, se habían llevado ya, para no volver, por supuesto, los cadáveres.

El último guerrero blanco

El último guerrero blanco era un guerrero negro. Se llamaba Martín Ramírez y si lo llamo el último es porque puede considerársele así, sin metáfora, como el último ejemplar glorioso de una raza extinguida: el lancero, el hombre de la cuchilla, el artiguista, dividido a partir de 1830 en dos grandes colores que son como los paréntesis o brazos dentro de cuyo calor el Uruguay creció y se hizo hombre. Martín Ramírez, cuyo valor y prestigio eran legendarios en toda esa costa del Uruguay próxima al Río Negro, era negro como el carbón. Y era blanco. De su historia, en la que el olvido ha borrado hechos y hechos de coraje, sólo permanece un minuto fundamental, que sintió como nadie. Era 1910, en enero. Muerto Aparicio y gobernante Williman, se anunciaba ya la elección de José Batlle y Ordóñez para su segundo período presidencial. Y el partido que se había quedado sin jefe en Masoller, cuando murió Saravia, se estremeció con la revolución como los viejos tiempos.

Preparado cuidadosamente en la Argentina, con la participación del gobierno vecino, el movimiento debía comenzar con el traslado de armas que se haría desde aquel país. Pero un enérgico telegrama de Williman al primer mandatario argentino, hizo que abortara la revolución.

Y que al río Uruguay no llegara la sangre. Sino simplemente un patacho, el célebre patacho Piagio, que descendió corriente abajo, cargado de hombres y de armas, sin conseguir tocar la costa oriental.

Aquel pasaje casi fantasmal del patacho, que no llegó a invasión, fue como el aletazo último y ya inofensivo del siglo XIX sobre la cabeza de los uruguayos. Que no se resignaban quizás a éste tránsito definitivo hacia la paz. Por todos lados hubo derroche de coraje sin que por ningún lado la gente llegara a las manos. En el muelle de Fray Bentos. el Jefe Político José A. Mora y el comandante militar Gral. Ventura, calepino el primero, colorado el segundo, salieron hasta la punta del muelle, en inútil emulación, a ver de cerca el paso de la embarcación, que los envolvió en una ráfaga de balazos al pasar. Los dos, ilesos por milagro, permanecieron inmóviles y de pie, mirando el barquito. Como extrañándose quizás de que no zozobrase, tan cargado definitivamente como iba de tantas cosas. Cuando se perdió de vista, había terminado aquel movimiento, que los viejos llaman todavía "el barullo del año 10". como negándole para siempre la dignidad de "regolución". El movimiento de octubre del mismo año, con la toma de Nico Pérez por Basilio Muñoz, no sería más que el último coletazo de este barullo. Condenado a terminar con la pacífica elección de Batlle en 1911, en medio de la paz, paz, paz...

Martín Ramírez

Levantado desde el primer momento con "su gente", el negro Martín Ramírez no podía, claro, consolarse con aquello. La revuelta aparecía terminada antes de empezar y el negro Martín Ramírez no encontraba en su cabeza ni en su corazón, sitio para tamaño disparate trágico. El mundo no era el mundo, si aquello era verdad. Y náufrago definitivo es él, Ramírez no se avenía a la idea de volver con las manos vacías a la vida de cada día. Y así fue que, después de establecida nuevamente la paz entre los dos partidos, el negro y su gente continuaron a monte, como una mano cortada del resto del cuerpo, que se moviera sin brazo que la sustentase, sin cabeza o voluntad que la dirigiese. Por fin, y en lo más espeso de uno de los montes del Arroyo Grande, entre Soriano y Flores, fue a dar Ramírez con un estanciero colorado, amigo suyo desde muchos años antes. El otro venía sólo y no en son de pelea, claro, sino de paz, paz, paz. Y Ramírez, que había resuelto morir antes que entregar sus armas, halló la solución para el problema. Sintió tal vez que la historia había dado vuelta la página. Intuyó quizás en lo más hondo de su corazón de negro y de blanco, que algo había terminado para siempre. Y que él, más que el último blanco, era allí, en el medio del monte, el último blanco y el último colorado todo junto, el último montonero de la raza de Artigas, el último oriental a la manera buena o mala en que la palabra oriental había sido entendida por años y por años de coraje. Y como dando paso de una vez al "uruguayo" (que era la palabra con la cual no habría más remedio que designarse en adelante) le regaló su facón inentregable al colorado.

En una vaina de cuero negro con puntera de plata, parece fabricado ese facón para ser el último.

Hecho con una hoja de bayoneta, tiene más de un metro de largo. El doble filo deja en el medio de la hoja un canal. Tiene S de bronce, cabo de guampa, y como los de la mejor tradición, el cabo, para que no se escape, lleva en su extremo libre, una moneda remachándolo. Brasilera, paraguaya, española, esa moneda atravesada por un clavo, deja todavía leer la leyenda que le sirve de orla. Dice así: "In hoc signo vinces". Tal vez por entenderla, más allá de todas sus letras, fue que Ramírez quiso hurtar a la derrota, ese facón que yo guardo. Y que sólo volvería a ser usado si alguien me lo quisiera quitar.

El gran Éxodo

"No creo en Vds., patriotas, guapos y politiqueros", había dicho años antes, en las "Cartas de un flojo", Florencio Sánchez. "Nacidos de chulo y de charrúa —decía—, nos queda de la India madre un resto de sus rebeldías indómitas, su braveza, su instinto guerrero, su tenacidad, su resistencia, y del chulo que la fecundó, la afición al fandango, los desplantes atrevidos, las fanfarronerías, la verbosidad comadrera y el salivazo por el colmillo, elementos constitucionales más que suficientes ambos para generar los vicios y defectos de eso que ha dado en llamar nuestra megalomanía "raza de los Treinta y Tres".

Te declaro con toda franqueza —continuaba— que quisiera ser más optimista acerca de la suerte de este país; pero no puedo ver color de rosa lo que se está poniendo de un gris muy oscuro..."

Aunque no tanto como los estériles tiempos posteriores al 20, la verdad es que la década que comienza en el 10 (tras el silencio de Ramírez, más hondo tal vez por estar vivo que el mismísimo de la tumba de Saravia), no hace sino confirmar, oscureciéndolo aún más, este oscuro gris que veía Sánchez.

En el arte y en los que viven en él se verá ahora, mejor que en ningún otro lado, la inhabitabilidad del Uruguay, una vez muerta la guerra. Diríase que el país entero, sostenido en las lanzas desde 181Ü. había caído en una chatura más honda todavía que la de la colonia española. Y, uno tras otro, cuantos valen comienzan a asfixiarse en esta atmósfera nueva, apenas conmovida en su entraña por los acontecimientos del mundo. Primero había sido Acevedo Díaz, el genial, quién tras las elecciones de 1903 tomara el camino de la expatriación. Sánchez, entregado al alcohol y Herrera y Reissig, que nunca consiguió entenderse con el mundo, mueren separados por escasos meses en el 10. El éxodo comienza a ser, en esta segunda década del XX, como la había sido (y tan distinto) en la segunda del XIX, el signo. Unos a la muerte en plena juventud, otros al extranjero, y otros a los dos sucesivamente. Así Rodó, cuya tristeza a partir de 1914 lo lleva a la misantropía más negra; así Quiroga. Y así, también, el más genial de todos desde un punto de vista vital, el impagable Roberto de las Carreras, que tras maldecir a medio mundo (el medio mundo viril, claro) emigra en el 10 y se enloquece en el 15.

Pero ya antes, lo mejor, lo más grande del país, Delmira Agustini había muerto. El cadáver de la poetisa fue encontrado un día de julio de 1914. Tenía un balazo en el corazón. Junto al de ella, con el arma todavía en la mano, yacía también muerto su marido, con quien Delmira tenía entablado un juicio de divorcio. Apenas tenía veintiocho años Delmira. "La gruesa vulgaridad de una crónica policial fue —dice Zum Felde— el último regalo que hizo la vida a aquella criatura extraordinaria", refiriéndose a la escandalosa actitud de la prensa que abundó en hipótesis, intimidades y truculencias. La casa donde fueron encontrados existe todavía en 1950 y es quizás habitada por gente que desconoce la historia.

Historia

En el 11 sube Batlle al poder nuevamente. En el 13 publicará sus célebres "Apuntes" y el resto de la década se irá en la discusión sobre reforma constitucional, que lleva al régimen colegialista del 17, gran discusión sobre cuyas migajas hemos seguido discutiendo hasta ahora y discutiremos tal vez un rato todavía. Es, en lo político, Batlle, la gran figura, pesada figura genial, con la cual, contra la cual, a favor de la cual y como cada uno quiera, empieza a construirse por otros caminos el Uruguay de hoy, en lo que le queda de bueno.

El 14 verá el estallido de la guerra europea, tras el asesinato de Francisco Fernando de Austria en Sarajevo. La huelga estudiantil del 17 (en que los estudiantes desarmaron materialmente un carro de bomberos que quiso desalojarlos de la Universidad, quitándole hasta la campana y tajeándole hasta la manga) y la gripe mortal del 18 continúan la cadena de los acontecimientos cumbres de la época, bajo los gobiernos de Viera y de Brum, que sube en el 19. Un traje de hombre valía (en la casa de Antonio Spera, cuando menos, y a estar a los avisos publicados en "LA SEMANA") entre 7 y 20 pesos. Y un "traje de yaquet o smoking", entre 10 y 28, y un "traje de frac o levita", entre 25 y 30. Los anarquistas establecen contra la Sociedad entera, una guerra ruidosa. Ya en la Argentina ha habido matanzas en 1912, cuando los jóvenes nacionalistas propiciaron un enérgico movimiento de limpieza contra los ácratas, de origen extranjero en su mayoría. Es de entonces que proviene la célebre frase de "Yo... argentino!", que es lo que alegaban, parece, algunos "rusos" para rehuir el cuerpo al cachiporrazo. Ángel Falco, el Poeta que también tomara el camino del Éxodo en 1920, para alejarse por larguísimo tiempo del país, es figura cumbre dentro de este movimiento, quebrado, finalmente, en lo que de más estruendoso tenía, por el gobierno.

Y la guerra europea comienza a arrojar sus extraordinarias resultancias de renovación. Cuando a fines de la década se suprime el corsé (que deja el sitio a las fajas de tela o de elástico) y establece, para siempre hasta hoy, el cambio de la silueta femenina, se comprueba que el mundo cambia no por evolución sino por rajaduras que amenazan cada una con traerlo al suelo. Nadie soñaba todavía para tranquilidad general con las innovaciones profundas de la moda que aflorarían pocos años más tarde. Pero ya se le estaban viendo las patas a la sota. . .

Carreras

Deliberadamente hemos dejado para el final, como homenaje, la figura de Roberto, Roberto de las Carreras, que vive todavía, o vivía cuando menos hasta hace muy pocos años, recluido en una casa de salud.

Amigo íntimo de Julio Herrera y Reissig, con quien se distanció por la disputada propiedad de una imagen poética ("el relámpago gris perla de tu risa"), dandy y anarquista, es Roberto uno de los principales demoledores del mundo antiguo. Desde 1900 se erigió para todo el Río de la Plata, en "predicador y paladín del Amor Libre". Consagrado por entero al esteticismo y a las mujeres, se agranda cada día (hace cada día más gracias, admira más cada día) y quizás, olvidados para siempre Batlle y Saravia, sea su nombre el único que la historia futura guarde de este tiempo de tormentas y derrumbes. Roberto perseguía por su nombre y por la calle a las damas casadas de las que se enamoraba. Escribía libros quejándose (textual) sobre que la vida conyugal y burguesa le arruinaba las caderas a tal o cual señora conocida, que él amaba como a una estrella o a una diosa. En la calle Sarandí, una tarde le pegaron dos tiros. Y usó siempre después el saco agujereado por los balazos. Cuando estuvo aquí la gran actriz Lina Cavalieri, publicó en hojas de cartulina púrpura, con letra gótica y fotografías abundantes un "Salmo a Venus Cavalieri", genial de cabo a rabo, donde la compara con Cleopatra, Lucrecia, Friné, Lamia, Lais, Leontium, Riparchia, La Sulamita, Fátima, Rebeca, Raquel, Ruth, Teodora, Belkis ,etc.

El salmo termina con "Reto a Venus Cavalieri!", que empieza así: "Púgil del sensualismo, te desafío a la lid amorosa.

"El genio griego ha inflamado mi alma por la gloria de los lechos!" Francamente, qué manera de argumentar!

 

por Manuel Flores Mora
Parlamentario, Periodista, Escritor, Historiador, Critico Literario
Tomo III
Homenaje de la Cámara de Representantes, mandado publicar por Resolución del 20 de febrero de 1985
Montevideo, 1986
Originalmente en "Marcha" - 30 de noviembre de 1950

Ver, además:                  

                       Manuel Flores Mora en Letras Uruguay

 

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