Con libertad de prensa no ofendo ni temo

 

La verdad desde el lado del público

Manuel Flores Mora

"Sólo el diez por ciento de estos amados hijos rechazaron los últimos sacramentos antes de ser fusilados por nuestros buenos oficiales", declaró un venerable hermano en Mallorca.

Hugh Thomas, "La guerra civil española''. Grijalbo, 1979. Tomo I, pág. 286

En este país, el que sepa lo que va a pasar es porque está mal informado.

La frase, que no fue dicha a propósito de Uruguay sino de Brasil, pertenece, creo, al diputado Herbert Levy, de aquella tierra. Resulta de todos modos tan adecuada al momento actual de los orientales que, con la debida reserva respecto de su autoría, la requiso.

¿Qué va a pasar? Hasta ahora, cuando no estábamos ni en el pasado ni en el futuro, vivíamos en el presente. Podría ser doloroso, venir malensillado, sobrar calabozos o faltar plata. Pero, por lo menos, el presente era el presente.

Con esto de la pre-negociación, nos han inventado ahora algo que obligará, si persiste, hasta a fundar nuevos tiempos para los verbos. Estamos, como quien dice, colgados en la desubicación que vacila entre la tierra y el cielo. En el puro pre-presente, nueva categoría metafísica, especie de cuarta dimensión pero temporal, y dimensión por otra parte no demasiado grande como que no tiene sitio ni para abrir en ella un boquete para que pase, de una buena vez, el régimen democrático. Entero y no por capítulos.

En el interior de las pirámides egipcias, para llegar a las cámaras definitivas —esas donde los faraones momificados navegan, en sarcófagos grandes como lanchones, por las aguas sin olas de la eternidad— había que atravesar antes corredores que cruzaban bajo de puertas muy bajas. El objeto era que nadie pudiera llegar hasta los pies del ataúd supremo sin el tributo reverencial de agacharse primero. ¿Será, digo yo, que la plenitud democrática en este país, antes de pararse tiene que prepararse tanto, y no le es dado erguirse con todos los huesos de punta sin previamente reverenciar a los que la conceden?

¿Qué va a pasar aquí? Como sea, adivinar el porvenir no figura entre los derechos humanos. Menos, entre los deberes. Pero carecer de videncia tampoco autoriza a omitirse en la lucha por implantar, en ese invisible futuro, aquellos valores en los cuales se cree. Así, a riesgo incluso de quedarme en pre-contratapa, confieso un muy moderado preoptimismo de que finalmente se pre-vayan. Y no se pre-queden.

Tal el estado general del tiempo político y aviso a los navegantes al momento de escribir estas líneas. Ahora, al trabajo y al deber.

Doble Fila

El lector dirá si le parece una pavada.

Tuvo lugar el pasado lunes, a mitad de la tarde. De vuelta a casa, me sorprendió —el cuadro siempre me sorprende y siempre me causa el mismo desagrado— un importante vehículo militar. Se trataba de un camión azul Mercedes Benz, con los números y letra 608 D o algo así.

No me lo contaron, repito. Lo vi con mis ojos. En la portezuela, con finas letras, decía FUSEM. Un cuidado toldo, también azul al tono, cubría la caja posterior. Estaba estacionado en doble fila, a la puerta de la conocida pinturería de Constituyente 1490 y tantos. En la dirección, un hombre uniformado. Detrás, en la calzada, otro, las piernas abiertas y un fusil en las manos, como para pegarle un balazo al primero que se ofreciera. Es decir: no con el fusil terciado sino empuñado, una mano en el caño y la otra a la altura del gatillo.

(Digo que me subleva porque se explicaría en un soldado alemán en París ocupado. Esto es porque es una actitud física de intimidante enemistad, que brinda, fusil en mano, no la imagen de una milicia al servicio de la colectividad que le paga, sino a ella contrapuesta y como pronta para agarrarla a tiro.)

Adentro de la pinturería (por supuesto que me metí para ver) estaba un tercer hombre uniformado de azul. Muy alto, con una poderosa pistola visible en el cinto y un cinto adornado con numerosas balas.

(En la pinturería, el público parecía no reparar en nada, todos con esa compostura más bien distante, de ojos hacia el vacío, que siempre me recuerda aquel aire entre inocentón y abombado que había en las colas inefables de votantes, cuando el Plebiscito del 80.)

Suspicaz de mí, confieso haberme preguntado cuántos millones en pintura fina vendría a buscar aquel camión. Pero casi en seguida el uniformado grandote recibió su pedido: un paquete chiquitito, que por su volumen parecía contener un libro pequeño o dos franckfurters y se fue. ¿Saben ustedes qué era? ¡Era medio kilo de nogalina para teñir madera, por un valor total de 109 pesos!

A mis espaldas, una voz femenina hizo suyo el pensamiento de todos. "(Para esto un camión con tres hombres! ¿Por qué no viene uno solo, a pata como vine yo? "

El que no fuera uruguayo, o el uruguayo que no viviera aquí, preguntaría por qué, cuando hay otras cosas tan graves, me detengo en esto. Bueno: porque para hacer un análisis de sangre no se usa cortar la carótida. Basta, simplemente, un pinchazo en un dedo. En su trivialidad misma, el episodio sirve para ilustrar esa sensación de reino aparte (aparte y además hostil), con que se nos relega a los demás hacia los andurriales sin mayores derechos de la subvida, que ha marcado por todos estos años al Proceso. Es así.

Ayer, en televisión, escuché (con gusto) al Teniente General Buadas hablar de la libertad de prensa (la estoy usando), para decir que, con tal que fuera "dentro de las normas legales y las buenas costumbres" (sic), ateniéndonos al respeto y consideración debidos, se les podía criticar.

Desde adentro de esas normas, que acato, lo que digo es que en el Montevideo lejano de mi infancia, la crónica de costumbres recogió la imagen del barquillero que convocaba a los chicos con un triángulo de metal. Y la del organito, que molía su música y portaba una cotorrita para que sacara el papelito de la suerte.

Bueno: entre las figuras populares del Montevideo de hoy, sin organito ni barquillos, está la imagen de este soldado, saltado desde la culata de un camión que, con uniforme azul o verde, blande el fusil pronto a abrir fuego sobre el tupamaro que se sospecha que somos. De vivir Juan de Dios Filiberto, termina haciéndole un tango.

(Aquello de que toda democracia pasada fue mejor que el Proceso presente, ¿era de Jorge Manrique?)

Amados hijos y perros

No estoy del todo seguro pero creo que fue Ortega y Gasset el que observó, como característica de la derecha, oponerse a las ideas basándose en las creencias.

Glosándolo, diría yo que el fascismo va más allá, basándose en las creencias (abusando de ellas) para oponerse no sólo a las ideas sino, incluso, al testimonio de los ojos.

En esa corriente debemos inscribir la frase, inverosímil, que sirve de acápite a esta contratapa, estampada por alguien orgulloso de que nueve entre diez de "estos amados hijos", aceptaran los sacramentos "antes de ser fusilados por nuestros buenos oficiales".

En la misma página de Thomas, otra cita nos informa de otro ejemplo glorioso de fanatismo y fascismo, que por supuesto nada tiene que ver con la religión como tal y sólo debe recaer por consiguiente sobre el descarriado religioso que la profirió. La frase pertenece a Fray Martí Torrent, que ocupaba el cargo de "limosnero principal de las cárceles de la España de Franco". Autor de un libro sobre los presos, en ese libro estampa Fray Martí:

"Feliz el condenado a muerte, ya que es el único que sabe cuándo ha de morir. Así tiene la mejor oportunidad para poner en orden su alma antes de morir."

¡Fantástico!

Ambas frases tienen una característica común, suponen la reafirmación encantada de la propia creencia. Pero sobre cuero ajeno. "Así qué gracia!", diría Vallejo.

Menos fraile y más militar, el general franquista Mola califica de manera diferente a los del otro campo. Véase:

"Cuando el representante de la Cruz Roja, Dr. Junod, se dirigió a Mola para proponerle un intercambio de prisioneros, el general contestó; "¿Cómo quiere que cambiemos un caballero español por un perro rojo? Si dejo marchar a los prisioneros, mi pueblo me considerará un traidor ... Ha llegado usted demasiado tarde, monsieur, estos perros ya han destruido los valores espirituales más gloriosos de nuestra patria".[1])

¿A santo de qué traigo a colación estas citas? Propias de un momento particularmente terrible de la historia de la Madre Patria, hoy, en la España libre y renacida de Juan Carlos y del PSOE, estas citas resultan totalmente anacrónicas. Para nuestra desdicha, no lo son sin embargo sobre este trocito del imperio espiritual español que habitamos. Es más, uniendo con desembarazo la lógica de Fray Martí Torrent y la marcialidad áspera del General Mola, las citas aludidas han sido simbiotizadas y superadas por el consejero de Estado Gabito Barrios. A propósito de la terrible situación que atraviesa Adolfo Wasem Alaniz, ha pedido la palabra en el Consejo y, entre otras afirmaciones que, todas sumadas, configuran el más sutil de sus posibles autorretratos involuntarios, ha maltratado a quienes se ocupan por la suerte de Wasem Alaniz. Ha dicho Gabito Barrios, en efecto:

"Magnífico collar de perlas de este sedicioso (sus delitos), cuya libertad tanto preocupa a tanta gente que no tiene otra cosa de qué ocuparse, parecería. Creo que deberían de preocuparse de la angustia de las viudas de los muertos asesinados por este asesino y no del estado de salud de alguien a quien le salió una condena, que va a morir, pero no va a saldar la deuda contraída con la sociedad... Se han olvidado de todos los hechos sangrientos, de todos los asaltos y de todos los crímenes que cometió y fue coautor este tupamaro que tanto interesa a esta gente que, repito, parece que no tuviera otra cosa de qué preocuparse."

Confieso mi turbación, porque si eso puede decirse de los que se ocupan de Wasen Alaniz, ¿qué decir entonces de mí, desdichado, que me estoy ocupando de lo que dijo Gabito?

Dejando subjetividades de lado, digamos, no obstante, que hay acierto y que hay error en las palabras del Consejero. Acierto cuando razona como Fray Martí Torrent ("Feliz el condenado a muerte...!") porque es obvio que si Wasem Alaniz fallece, no cumplirá los 30 años de cárcel más 15 de medidas de seguridad eliminativas que lo rondan, es decir, "no saldará". ¡Linda manera de no saldar!

Pero error, a nuestro juicio, e injusticia, en muchas otras de las aseveraciones del Consejero, sobre las que no nos detendremos porque coinciden con la postura exteriorizada por un comunicado de DINARP. Y porque queremos contestar ese comunicado.

¿No lo ven?

El comunicado de DINARP apareció en la prensa el 13 de julio y consta fundamentalmente de tres partes. La primera, relativa a una campaña en favor, entre otras cosas, de la libertad de Adolfo Wasem Alaniz. La segunda, historiando toda la actividad subversiva de Wasem, hechos en que participó, homicidios, atentados y cargos que la Justicia Militar consideró probados. La tercera parte, para explicar la enfermedad incurable que padece y el estado terminal de la misma con todos los detalles.

Las partes segunda y tercera se ponen en conocimiento de la población porque "probablemente muchas personas están siendo engañadas en su buena fe respecto de dicho delincuente".

El lector se habrá horrorizado líneas arribas con la cita que hicimos de Mola. En descargo do Mola digamos que fueron palabras en mitad de la guerra y en mitad de los tiros.

El comunicado de DINARP se publica once o doce años después del último de los hechos atribuidos a Wasem Alaniz.

Hay aquí primero un error conceptual. Después un horror humano.

El error conceptual es contestar una vez más, como siempre que se habla de amnistía, que ella supone olvidar lo que fue la sedición. Se insinúa con ello que los partidarios de la amnistía simpatizan con aquella actividad o son débiles frente a la misma. Vaz Ferreira (últimamente lo leen poco, se ve) llamaba a este tipo de exceso, "paralogismo de falsa oposición". Es de una debilidad conceptual que no resiste el análisis menor.

Pero en este caso, además de error, hay horror.

En toda la historia de este país —lo digo frontalmente y frontalmente levanto mí mas severa critica por ello— no se había dado jamas el caso de una autoridad que, por una parte, hiciese publico el estado de salud de un hombre desahuciado delante de la muerte. Y que en el mismo documento en que describe con detalle, desesperante para sus familiares —su padre, su madre, su mujer, su hermano, su hijo— esa enfermedad terrible, incluya acusaciones e insultos contra el enfermo que se muere.

Yo no tengo ninguna relación con la campaña que se está haciendo en favor de Wasem Alaniz. Con sus familiares no tengo otra vinculación que la que emerge de mi actividad como miembro de la Comisión Uruguaya de Derechos Humanos. En ese carácter fui visitado y el caluroso sentimiento que nace en esos casos entre hombres de edades e ideas diferentes, pero que se vinculan por un mismo drama, es el que reconozco.

Para protestar por el comunicado de DINARP hago sin embargo abstracción de ello.

Cuando llegue la hora de la amnistía total —esto es, del olvido— los orientales, para salir adelante, tendremos que olvidar también este episodio lamentable.

Nota:

[1] El diálogo entre el Dr. Junod, de ia Cruz Roja, y el General Mola puede consultarse en el libro de Hugh Thomas. "La guerra civil española", Grijalbo. Tomo I, pág. 290. La inefable afirmación del fraile Francisco Martí Torrent, limosnero de las cárceles franquistas, está en el libro de éste "Qué me dice usted de los presos" (Alcalá, 1942), transcripta asimismo por H. Thomas, op. Cit.

por Manuel Flores Mora
Parlamentario, Periodista, Escritor, Historiador, Critico Literario
Tomo II
Homenaje de la Cámara de Representantes, mandado publicar por Resolución del 20 de febrero de 1985
Montevideo, 1986
Originalmente en "Jaque" - 20 de julio de 1984

Nota del editor de Letras. El autor escribió esto cuando en Uruguay "gobernaba" la dictadura militar. Obviamente no había libertad de prensa ni libertad "común".

Ver, además:

                     

                     Manuel Flores Mora en Letras Uruguay

 

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