Del libro "José Artigas, Primer Estadista de la Revolución"
 

Síntesis de la actuación de Artigas entre 1811 y 1815
Manuel Flores Mora

 

Tal vez la crónica lisa, llana y sumarísima de algunos hechos ocurridos a partir de 1808, sea la mejor explicación previa para el panorama dentro del cual va a abrirse con el año once, el proceso de la revolución oriental. Dos ciudades -Montevideo y Buenos Aires- protagonizan estos hechos y determinan, por una rivalidad que se acentúa en la lucha de puertos, el curso de la historia inmediata. Era Montevideo plaza fuerte y posición estratégica fundamental del estuario. Por las ventajas de su puerto, además, había alcanzado en pocos años una extraordinaria prosperidad y la consiguiente importancia económica y política frente a Buenos Aires, asiento de las autoridades y Capital del Virreinato.

AÑO OCHO

Con el pronunciamiento popular de setiembre de 1808 y la Junta de él surgida, inaugura Montevideo el vasto movimiento de la revolución americana. Invadida España por los ejércitos de Napoleón I y prisioneros de aquel monarca los legítimos del Imperio, pidió nuestra ciudad a la Real Audiencia de Buenos Aires en nota que firman su Gobernador Elio y algunos cabildantes, la deposición de Liniers, Virrey del Río de la Plata, en quien se sospechaban simpatías bonapartistas.

Las pretensiones de la ciudad oriental fueron desoídas sin embargo en la capital. Y el Virrey, respaldado en las demás autoridades bonaerenses intentó a su vez la deposición de Elio, designando para sustituirlo a Michelena. El nuevo gobernador montevideano es arrojado a golpes del despacho de Elio, en el que se hiciera presente con los pliegos que atestiguaban su nombramiento. Desconocida igualmente su autoridad por el Cabildo (que encontró buenos los pliegos, pero que se atuvo a la voluntad popular, consultándola a través de la ventana, según consta en actas), tuvo que huir el maltrecho Michelena, en tanto la relación entre las dos ciudades quedaba rota.

Para "proveer a su seguridad", apartándose de la sumisión de un "Virrey extranjero" y sometiéndose directamente a la Junta Central de Sevilla, Montevideo acordó entonces, en Cabildo Abierto de 21 de setiembre, la formación de una Junta, conservadora de los derechos de Fernando VII que fue la primera en América y que sostuvo la identidad de facultades y deberes políticos entre los "españoles americanos" y los "españoles peninsulares", al seguir el camino juntista de estos últimos.

AÑO NUEVE

1809 comienza con el fracaso en Buenos Aires de un intento similar al montevideano, que cuesta la prisión y confinamiento a varios dirigentes porteños.

Con la llegada de Hidalgo de Cisneros, nuevo Virrey que reemplaza a Liniers, terminan nuestra Junta y el pleito entre las dos ciudades con lo que parece un triunfo de Montevideo. Lo que importa, sin embargo, es que Montevideo ha puesto a prueba, y con éxito, el procedimiento y la doctrina que servirán poco más tarde de fundamento y camino a la revolución de todo el Continente. Autodeterminándose y desconociendo las jerarquías virreinales superiores a ella se ha gobernado a si misma y ejercido el derecho de defender y conservar por si sola los superiores de la monarquía y del monarca. Dos, pues son las cosas que Montevideo inaugura en el Plata: la libertad y la discordia. En adelante, cuando tenga que optar, elegirá invariablemente la segunda. Los sucesos de mayo del diez marcarán la primer ocasión.

AÑO DIEZ

El 25 de mayo de 1810 fue depuesto Cisneros en Buenos Aires. No se trata ya, en el caso, del temor a la infidelidad del Virrey. Se trata de los progresos de Napoleón en la península. Perdido todo poder efectivo, la Junta Central de Sevilla delega ilegalmente su autoridad en un Consejo de Regencia que Buenos Aires no cree deba ser acatado. Es a Buenos Aires a quien toca ahora formar una Junta conservadora de los derechos de Fernando VII, que presidirá Saavedra, y a Montevideo a quien corresponderá no encontrar oportuno el pronunciamiento. Exhortada a reconocerlo y apoyarlo, nuestra ciudad vacila durante algunas horas y hasta parece inclinarse por hacerlo. La llegada de un buque ("El Nuevo Filipino" en la noche del 1º de junio) le proporciona sin embargo el pretexto para negarse. Las noticias traídas desde España dicen de algunos progresos militares y políticos y del afianzamiento de la Regencia. Montevideo jura fidelidad a esta última y contesta a Buenos Aires que entretanto la Junta constituida en aquella ciudad no la reconociera a su vez, "no se mantendrían ni siquiera relaciones con ella por parte del Gobierno de Montevideo". Las diversas repercusiones de esta segunda ruptura en los restantes pueblos orientales, indican la atmósfera de autogobierno imperante en la Banda. Maldonado reconoce al gobierno porteño, Colonia en un primer momento también. Pero luego, enterada de la posición de Montevideo, da marcha atrás y toma partido por esta última. Lo propio hace el pueblo de Soriano, con la oposición de algunos cabildantes. En junio de 1810, de todos modos, con Buenos Aires juntista y con Montevideo empecinada en la fidelidad a la autoridad peninsular que sea, la unidad del Virreinato queda nuevamente rota.

En diciembre, la Junta bonaerense es ampliada, con la incorporación de nueve diputados provinciales. Ello cuesta el alejamiento de Mariano Moreno que muere poco después. Con ello, y con el golpe de estado del 5 y 6 de abril del año siguiente, 1811, se liquida cuanto había de pensamiento democrático y revolucionario en el movimiento de mayo. En adelante, los sucesivos gobiernos porteños buscarán simplemente mantener en su provecho la cohesión de los pueblos del virreinato, bajo el poder arbitrario de la capital. Esa tendencia despótica, sin ideario definido (ora republicana, ora monárquica, pero centralista y oligárquica siempre), se enmascara o pretexta en la necesidad de conservar los derechos de Fernando VII y en la de proveer mientras tanto a la seguridad y protección de los pueblos.

Dos obstáculos encontrará en su camino:

-El partido empecinado, auténticamente fiel, este sí, a Fernando y a la monarquía.
-El partido de la montonera, o federal, auténticamente representativo a su vez de las aspiraciones populares.

Uno y otro partido aparecen de manera pujante en la Banda Oriental. El empecinado con Montevideo, que cierra sus murallas a la revolución y gobernada por Elío ya virrey, le declara la guerra el 12 de febrero del 11. Sumándose a la fuerza de los ejércitos españolistas que amenazan al virreinato desde las lejanas fronteras de Chile y de Perú, Montevideo habrá de crearle al Gobierno porteño, un frente de batalla que está a sus puertas mismas del otro lado del Río.

La montonera, a su vez, o partido federal nace con el surgimiento del Estado oriental, bajo la jefatura de Artigas. Cuando caiga Montevideo en manos americanas a mediados ya de 1814 será esta montonera, extendida a las principales provincias del virreinato, siempre bajo la égida de Artigas, la que derrumbará, con las campañas que terminan en el año 20, el primer sueño despótico de Buenos Aires.

Colocado entre los dos extremos de una tendencia conservadora de las fórmulas institucionales del Estado español y otra auténticamente revolucionaria, los dirigentes de mayo y Buenos Aires intentan una revolución moderada, que les permita escamotear en provecho de la ex capital, heredándolo, el predominio hispánico. Con la ayuda de la montonera, Buenos Aires conseguirá al final la derrota de los empecinados. Pero será a su vez barrido por el movimiento federal, que se impone como único posible ya para todo futuro, a partir de 1820.

AÑO ONCE

El levantamiento de la Banda Oriental contra las autoridades españolas, tomando partido por el movimiento de mayo, se opera a principios de 1811 y coincide con el ofrecimiento de sus servicios hechos por los capitanes José Artigas y José Rondeau a la Junta de Buenos Aires. Oriental el primero y porteño el segundo, están ambos extensamente vinculados a la Banda.

Artigas que tiene a la fecha 46 años, pertenece a una vieja familia, Su padre y su abuelo se han distinguido ya como militares y en tareas de policía rural, combatiendo contra portugueses, indios y matreros, en la defensa de las poblaciones interiores. Su nombre pues es vastamente conocido; él mismo, tras haber huido muy joven aún de su casa y de la carrera religiosa a que estaba destinado, ha vivido primero de los trabajos del campo en distintas partes del territorio oriental. Pero incorporado luego a las armas, ha realizado durante años una eficacísima tarea de limpieza y defensa de la campaña contra los malhechores que la infestaban. El prestigio que ha adquirido así es notable y diversos documentos (entre ellos algunas representaciones de los hacendados), lo indican de manera elocuente. Mariano Moreno había indicado su figura y la de Rondeau como las dos fundamentales que es necesario atraerse para combatir a Montevideo; Zufriategui, del partido empecinado, se lamenta de la pérdida que significa para la causa el pasaje de Rondeau y de Artigas, y en especial éste al movimiento bonaerense.

Ambos capitanes llegan aproximadamente por la misma época a Buenos Aires; Artigas con alguna anterioridad según lo establece de modo definitivo D. Francisco Bauzá. Viene de la Colonia donde lo destacara Elio a las órdenes del Brigadier Muesas, y con quien tuviera, según leyenda ni confirmada ni desmentida un altercado.

La posición de la Junta en estos momentos es bastante delicada. La tendencia saavedrista, triunfante de la morenista, debe enfrentar con la lenta y numerosa Junta Grande, de complicado proceso, un cúmulo de sucesos adversos. Una expedición militar enviada contra el Paraguay al mando de Belgrano, ha sido derrotada en Paraguay (diciembre de 1810). Montevideo se manifiesta con intenciones agresivas. La ciudad oriental ha dado ya, cuando las invasiones inglesas, muestras cumplidas de su poderío y de su capacidad para avanzar sobre la capital y tomarla por las armas. Elio cuenta con los recursos y el ánimo necesarios para la empresa y la propia declaración de guerra citada de 12 de febrero del 11, no es sino la formulación manifiesta de tal propósito. Por otra parte, 10.000 peninsulares que habitan Buenos Aires trabajan para la perdición del movimiento de mayo y representan un peligro considerable y permanente.

Los doscientos pesos fuertes y los 150 hombres, únicos auxilios que la Junta presta a Artigas no indican por cierto un considerable entusiasmo de parte de aquélla. De todos modos, aceptó los servicios ofrecidos y Artigas se comprometió, según propia expresión, a llevar "el estandarte de la libertad hasta los muros mismos de Montevideo". Parte de retorno hacia la Banda, deteniéndose en el Entrerríos desde donde organiza mediante una activa correspondencia las fuerzas orientales que le permitan cumplir su propósito. El 9 de abril estaba ya en territorio oriental.

Para esta fecha, sin embargo, la sublevación de la Banda había avanzado considerablemente, y obtenido incluso sus primeros triunfos. El propio Artigas, y con él toda la tradición histérica y popular posterior, asigna al día 28 de febrero de 1811 el carácter de fecha inicial de nuestra revolución. Con anterioridad, no obstante, es necesario destacar la abortada conspiración de Casa Blanca, en Paysandú, que cuesta la vida o la prisión a sus participantes. El 28 de febrero, y tras el confuso episodio tradicionalmente conocido como Grito de Asencio, que habrían dado los contingentes de Viera y los de Benavidez al encontrarse en las márgenes de dicho arroyo, es ocupada la ciudad de Mercedes por los patriotas, al mando del teniente de blandengues Ramón Fernández.

La sublevación se generaliza a partir de ese acontecimiento. "No eran los paisanos sueltos, los solos que se movían; vecinos establecidos, poseedores de buena suerte y de todas las comodidades eran los que se convertían repentinamente en soldados, abandonándolo todo", dirá luego el propio Artigas, refiriéndose al carácter espontáneo y general de pronunciamiento oriental. La dirección de éste, sin embargo, va a ser absorbida desde un primer momento por Buenos Aires, que dispone la invasión de la Banda por un ejército de 1.400 hombres, no tanto para apoyar a los orientales, como para hacer por su cuenta la guerra, al amparo del campo propicio creado por éstos. Belgrano, el derrotado del Paraguay, será designado general en jefe (7 de marzo), y Rondeau su segundo. Artigas, a su vez, es nombrado jefe de las milicias, que es tanto como decir del pueblo en armas o de los que por si reúna, La designación por lo demás no tiene más fuerza que la de reconocer o inclinarse ante un hecho innegable: el prestigio excepcional del caudillo oriental entre sus paisanos. Sólo este prestigio y su comportamiento posterior determinarán el primer papel para Artigas, en un panorama que aparece presidido por un malentendido fundamental. En efecto, mientras que el Gobierno porteño nombra, designa y dispone dentro del campo oriental como en cosa propia, dando por sentada su ilimitada subordinación a la Junta, los orientales parecen proceder de cuenta propia a una revolución de fondo, esta si, que pretende ir bastante más lejos que el movimiento de mayo. Entenderlo así desde ya es la explicación mejor de los acontecimientos posteriores.

La primera campaña militar

La misma decidida rapidez que caracteriza al pronunciamiento oriental contra los empecinados o mandones de Montevideo, es nota dominante de la campaña militar inmediata. Soriano es ocupada por los patriotas pocas horas después que Mercedes, y en tanto Elio adopta medidas radicales contra los insurrectos, decretando la horca para todo el que fuera tomado con las armas en la mano, Benavídez ocupa el pueblo de Colla (Rosario actual), e incorporándose a los triunfadores de Paso del Rey, toma por asalto y conquista San José luego de una lucha sangrienta que cuesta la vida al heroico Manuel Artigas, primo de José y de Manuel Francisco. Este último, en tanto, ha conquistado en una rápida campaña donde no hay derramamiento de sangre, los pueblos de San Carlos, Maldonado y Minas. A todo esto y mientras Belgrano es reemplazado por Rondeau en la Jefatura del ejército, José Artigas se hace cargo del mando efectivo de todas las fuerzas orientales y avanza con ellas sobre Montevideo. Una lluvia de cuatro días demora la victoria que espera sobre las fuerzas de Elío. Y recién el 18 de mayo, cuando no han pasado todavía dos meses y medio de la toma de Mercedes, logra un triunfo completo en Las Piedras, obra exclusiva de los orientales levantados contra el Virrey y cuyo repercusión general en la marcha del movimiento de mayo es decisiva. Establecido el sitio de Montevideo como consecuencia de esta batalla que es la primer victoria de importancia obtenida en el Río de la Plata por los patriotas, queda deshecho el peligro tan temido en Buenos Aires, de la marcha de los empecinados sobre aquella capital. Benavidez toma poco después, con tropas orientales siempre, la plaza de Colonia, y Artigas se prepara al asalto de Montevideo, que no es conquistada sólo por la vacilación e impericia de Rondeau, cuando llega este jefe a hacerse cargo de las fuerzas (1º de junio). De todos modos, el levantamiento y las victorias orientales -lo que llamaríamos la "revolución particular" de la Banda- han afirmado y salvado el movimiento americano en un momento capital para su suerte.

Ya por entonces, sin embargo, la tendencia monárquica de algunos dirigentes porteños se hace sentir. Y Sarratea negocia en Río de Janeiro el apoyo portugués para una independencia rioplatense sobre la cual reinaría primero la princesa Carlota, hermana de Fernando VII, y en seguida su hijo, infante portugués. Esta torpeza, sumada a la de Elio, que desde la situación desesperada en que lo coloca el levantamiento oriental y la derrota en Las Piedras, recurre a la misma Carlota y al envío de una expedición portuguesa para sostener los derechos de su hermano Fernando en el Plata, conducen al armisticio inicuo de octubre del 11. La diplomacia desvirtúa así lo obtenido en los hechos por el movimiento americano. Representará un papel fundamental en el todo, lord Strangford, embajador británico ante la corte de Portugal; aliadas Inglaterra y España contra Francia, no conviene a la primera más que la paz en el Plata y el apoyo material a los peninsulares. Bajo la presión de Strangford se convienen en Río las bases del armisticio que luego, en Montevideo ajustarán Elio y el representante porteño Pérez, ya con un ejército portugués dentro de la Banda, invadida el 17 de julio. El contenido de este armisticio, que adelantamos desde ya, implica para Buenos Aires el compromiso de reconocer a Fernando y continuar con su ayuda a la península. Se establece además una tregua entre las dos ciudades y el abandono a Elio y a Montevideo de toda la campaña oriental, que es tanto como la entrega de cuanto en el camino de la revolución han conquistado los orientales.

Nacimiento del Estado Oriental

La llegada de Pérez a Montevideo para convenir con Elio la paz se produce en los primeros días de octubre. Entra dicho delegado en contacto con Rondeau y Artigas y el segundo manifiesta "que se negaba absolutamente a intervenir en unos tratados inconciliables con las fatigas de los orientales". Conocido entre estos últimos el contenido de las negociaciones, reclaman el derecho a hacerse oír. Y con las primeras asambleas que se realizan en el país, aparece el pueblo oriental por primera vez como un todo separado con destino propio. Destino al cual el armisticio lo abandona. Como "abandonados a su suerte", en efecto, describirá Artigas a sus compaisanos y la precisa palabra "abandono" volverá una y otra vez a aparecer en su correspondencia como la mejor explicación de los trascendentales acontecimientos posteriores. Es, en ese momento, y ante la situación desesperada en que lo colocan sus aliados que el pueblo oriental procederá a constituirse en Estado, ya que "no según las fórmulas más propias, cuando menos bajo las más legales", según la expresión de los orientales. Varias reuniones tienen lugar con objeto de obtener sea desechado el convenio que se intenta, y para resolver sobre la manera de actuar, caso de confirmarse o concluirse aquél. En tales reuniones es elegido Artigas como Jefe por los Orientales (10 de octubre) y acordado el levantamiento del sitio como medida estratégica, frente al avance portugués. El ejército comienza sus marchas hacia el Norte y los orientales reciben en San José, el 23 de octubre, la noticia de que el armisticio ha sido ajustado. A partir de este momento comienza la emigración en masa de todo el pueblo oriental tras las tropas de Artigas, que separadas de las porteñas, se alejan hacia el norte. Este movimiento absolutamente espontáneo e incontenible, por el que la campaña oriental se vacía antes que someterse a los invasores portugueses o a las autoridades montevideanas, configura sin duda el hecho más trascendental de nuestra historia y toda libertad lograda después no puede ser concebida sino como su consecuencia. El Estado Oriental nace así por la autodeterminación del pueblo en armas, resuelto a cualquier cosa antes que a entrar nuevamente bajo las cadenas que él mismo había roto. Cruzando el Uruguay, este pueblo irá a esperar en "el centro mismo de sus desgracias", la hora del retorno y la liberación. Sorprendentemente mal estudiada hasta hoy, esta emigración que la historia bautizó como "Exodo del pueblo oriental" y que quienes marcharon en él llamaban más llanamente (más profundamente), la "redota", encarna en la realidad de los acontecimientos históricos el pensamiento o doctrina revolucionaria oriental, que el propio Artigas se encarga de exponer, en una fundamental controversia con Sarratea desarrollada antes de que el retorno a la Banda Oriental se consume y con él, la finalización de esta etapa (1812).

Edmundo Narancio, a quien se debe el primer análisis riguroso de este período y de esta doctrina revolucionaria artiguista-oriental, prueba hasta la evidencia el contenido de esta última, con numerosas citas del propio Artigas. De acuerdo a ellas, y según el pensamiento de los orientales, nuestra revolución se habría iniciado con el auxilio de Buenos Aires, naciendo así un pacto tácito ("nunca expreso", como se dirá), entre orientales y porteños. Fue al amparo de esta alianza, o durante el período en que ella rigió, que los orientales realizaron el movimiento reivindicatorio de su "soberanía particular" y quebraron "sus cadenas. El armisticio, "inconciliable con las fatigas de los orientales", deja roto dicho pacto "nunca expreso". Y "Abandonados a su suerte" los orientales se ven obligados a procurar por si, como "reunión de hombres libres" que son, la organización que necesitan; se hará ésta, según hemos visto, "si no de acuerdo con las fórmulas más propias, cuando menos con las más legales". Resuelven así emigrar y resuelven así elegir un jefe: Artigas. "Yo no por mi, por ellos soy instituido Xefe suyo", dirá éste. En adelante, la provincia libre y soberana, tratará de unirse a las restantes del virreinato, pero "precisa e indispensablemente" por un pacto de confederación, único sistema que asegura al mismo tiempo que la unión, la soberanía particular de los pueblos, garantizándola.

El Ayuí

El gobierno de Buenos Aires -constituido desde setiembre por un Triunvirato (Sarratea, Paso y Chiclana) desmembrado de la Junta Grande para fortalecer la función ejecutiva- nombra a Artigas teniente gobernador de Yapeyú. Artigas acepta los nuevos cargos, pero congratulándose de que vengan ellos a ratificar la elección espontánea de sus compaisanos. Instalado con su pueblo primero en el Salto Chico y luego en el Ayuí, va a centralizar desde aquel punto una activa labor de acercamiento con el Paraguay, cuyo verdadero sentido es establecer con aquella Provincia (que como la oriental alcanzara ya el ejercicio de su "soberanía particular"), un lazo confederativo. La misión Arias, que envía a Asunción y la misión Laguardia, que desde allí recibe y la de Campana después, atestiguan esta inmediata actividad del Jefe de los Orientales hacia la reconstrucción democrática y federativa de la unidad política del Virreinato. Las gestiones no pasan sin embargo de tales, por la diferente actitud asumida por ambas provincias, que son al momento las únicas liberadas jurídicamente de Buenos Aires. En efecto, y en tanto la Provincia Oriental va a irradiar el movimiento y el credo democrático federal por todas las provincias del virreinato, Paraguay preferirá enclaustrarse en una prescindencia absoluta.

A todo esto (fines del año 11, principios del 12) los portugueses continúan ocupando la Banda, con su ejército comandado por Souza. Será necesario un convenio especial, suscrito por Rademacker y Herrera, (y al cual no es tampoco ajena la presión de Strangford sobre la Corte portuguesa), para que Souza retire sus tropas. La posibilidad de una campaña definitiva contra Montevideo, donde Vigodet ha sucedido a Elio, se abre recién, y servirá de ocasión para las primeras desavenencias serias entre los orientales y los porteños. Suceden así: Artigas, al frente del pueblo o Estado oriental estructura un plan de operaciones destinado a liberar el territorio, con el "auxilio" de los ejércitos porteños.

Pero el Gobierno de Buenos Aires entiende esta tarea como suya y dispone la formación de un Ejército de Operaciones respecto al cual los orientales serán simples integrantes subordinados. La Jefatura de este ejército recae en Sarratea, triunviro a la sazón, personaje turbio que representara a la Junta Grande en las negociaciones que llevaron al armisticio de octubre. Sarratea se hace presente en el Ayuí y reclama el mando supremo, que Artigas le entrega, no sin renunciar además a todos los cargos concedidos por Buenos Aires, para quedarse con el muy simple de Jefe militar y civil de los Orientales. Una agria polémica va a tener muy pronto lugar entre ambos jefes, que servirá para que Artigas exponga la ya expresada doctrina o pensamiento inspirador de la revolución oriental, a propósito de una orden de Sarratea por la que el pueblo oriental en armas es separado en distintas porciones. Artigas sostiene que el jefe del ejército porteño (auxiliar) no tiene entre sus facultades la de disponer de los orientales a su antojo. La controversia que surge da lugar a misiones de Artigas delante del propio Gobierno de Buenos Aires, a donde envía a Fuentes. Todo entendimiento es obstaculizado sin embargo por Sarratea, y posteriormente por Alvear, que llegan incluso, en su afán por deshacerse del caudillo oriental, a falsificar cartas suyas donde se exponen posiciones inconciliables con Buenos Aires.

Invadido nuevamente el Uruguay, y habiéndose retirado Alvear, Artigas continúa sus diferencias con Sarratea, con quien rompe una y otra vez, en un largo proceso cuya confusión emana de la actitud de cambio y doblez constante del General porteño. La intervención de Rondeau y French permiten sin embargo llegar a un acuerdo donde Artigas acepta la unión y la subordinación provisoria al gobierno, imponiendo como condiciones el retiro de Sarratea y algunos jefes orientales plegados a la política de éste. Se exige asimismo en el convenio el reconocimiento del carácter de "auxiliar" del ejército enviado por Buenos Aires. La violación de este compromiso, hecha una y otra vez por Sarratea, lo colocan en una posición insostenible ante los jefes mediadores y decide por último su retiro, recién en febrero del 13, no sin que antes Artigas hubiese llegado a hostilizarlo abiertamente en diferentes oportunidades.

Un hecho fundamental, que debilita considerablemente la posición de Sarratea, ocurre en este periodo. Es la revolución del 8 de octubre del 12, que determina la caída del Triunvirato, transformándolo para la historia en Primero, y dando lugar a la creación del Segundo (doctor Paso, Rodríguez Peña y Alvarez Jonte). La actitud inmediata de este nuevo gobierno es proceder a convocar a la Asamblea General de los pueblos del Virreinato, con carácter de Constituyente (decreto del 24 de octubre del 12).

Estos acontecimientos coinciden con el establecimiento del segundo sitio de Montevideo, iniciado por el oriental Culta, al mando de una partida de irregulares (1º de octubre) y formalizado días después por Rondeau (20 de octubre).

El año 12 termina con un nuevo golpe para los empecinados de la plaza, a quienes Rondeau inflige en el Cerrito una derrota completa (el 31 de diciembre) y el año 13 comienza con la instalación en Buenos Aires, varias veces intentada y fracasada anteriormente, de la Asamblea Constituyente. Antes de entrar al nuevo período que ella determina, resulta necesario estudiar, sin embargo, un documento de primera importancia: las instrucciones dadas a García de Zúñiga, diputado artiguista enviado a Buenos Aires con las condiciones de los orientales, durante el lapso de las diferencias vistas con Sarratea. Estas instrucciones, que contienen como exigencias las muchas veces presentadas por Artigas del retiro de Sarratea y algunos jefes a él adictos, entre ellos orientales que se le pasaron en el mismo Ayui, importan fundamentalmente porque reiteran dos conceptos capitales de la posición oriental. Son ellos: a) la exigencia de que las divisiones, orientales todas, "sin exclusión de una sola", militarán unidas y bajo la Jefatura de Artigas (art. 3º), siendo declaradas "Ejército Auxiliador" las tropas venidas de Buenos Aires (art. 5º).
Hemos visto ya el alcance que dentro del planteamiento revolucionario artiguista revisten estas condiciones.

b) La exigencia de que "la soberanía particular de los pueblos será precisamente declarada y ostentada como objeto único de nuestra revolución". (art. 8º).

Estamos ya en un momento más adelantado, si no de la teoría, cuando menos de su suerte histórica. No es ya la formulación de argumentos orientales para defenderse en determinada circunstancia, como pudo ser el periodo anterior. Es, por el contrario, la promoción de todo un concepto revolucionario que quiere imponerse a la capital misma y enseñorearse del movimiento americano que empezara en el 10.

"Es copia sustancial de nuestras pretensiones. Artigas", con las palabras con que termina el documento.

Abril de 1813

Invitado por Rondeau (16 de marzo) al reconocimiento de la Asamblea instalada en Buenos Aires, Artigas responde que es necesario antes esperar el resultado de esta misión de García de Zúñiga. Añade el 27 de marzo que ha convocado a todos los pueblos de la Banda para que envíen representantes de una reunión a celebrarse el 3 de abril en su campamento.

Dicha reunión o asamblea se realiza el 5 de abril. Artigas pronuncia un discurso que se ha conservado íntegro y que figura entre los documentos más notables de este hombre extraordinario y en general de toda la Revolución Americana. "Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa por vuestra presencia soberana", manifiesta Artigas a los diputados. "Tengo la honra de volver a hablaros en la segunda vez que hacéis el uso de vuestra soberanía", dice, refiriéndose a las primeras asambleas de 1811, donde se le invistiera Jefe de los Orientales. Y seguidamente plantea la situación que requiere el pronunciamiento de esta soberanía. La Asamblea se ha instalado "por fin". Y es necesario proceder a su reconocimiento, y determinar si éste se realizará por "obediencia" o por "pacto". Artigas se pronuncia por el segundo y establece claramente la necesidad de garantizar en ausencia de una Constitución (sic), las consecuencias de este reconocimiento. "La energía es el recurso de las almas grandes", dirá, y tras recordar las vicisitudes de todo orden pasadas por el pueblo oriental en "529 días" ("Preguntáos a vosotros mismos si queréis volver a ver crecer las aguas del Uruguay con el llanto de vuestras mujeres"), concluye en la necesidad de "hacernos respetables", es decir de hacernos fuertes. Se aprueban en esa misma Asamblea del 5 de abril, las condiciones de los orientales ante Buenos Aires. Este documento, también fundamental, y en un todo armónico con el proceso de pensamiento político estudiado hasta este momento, que arranca de las Asambleas del once, establece entre otras cosas que el sitio no será levantado, es decir, que la situación de octubre de 1811 no se repetirá (art. 2), y que será reconocida y garantida la Confederación ofensiva y defensiva de esta Banda con el resto de las Provincias Unidas (art. 6º) dejando "en consecuencia de dicha Confederación a esta Banda en la plena libertad que ha adquirido como provincia, compuesta de pueblos libres" y quedando sólo "sujeta a la Constitución que emane y resulte del soberano Congreso Gral, de la Nación", la que tendrá "por base la libertad' art. 7º). Por último se acuerda la designación de diputados orientales a la Asamblea, los que deben ser cinco, desde que "en la B. O. existen 5 cabildos en 23 pueblos. Son estos diputados: Larrañaga, Vidal, Fonseca Cardozo, Salcedo y Rivarola. El número de seis, acordado seguramente con posterioridad, se debe al nombramiento de dos diputados por Montevideo. Fonseca, ya elegido separadamente en Maldonado, es el único que en definitiva se incorpora.

El día 13 de abril se dan las Instrucciones que deben llevar a la Asamblea de Buenos Aires estos diputados, las que están redactadas en 20 artículos. Este documento ha sido considerado como básica expresión del pensamiento artiguista, tal vez porque se recogen en él por primera vez en forma sistemática las principales líneas del pensamiento oriental. No obstante, debe destacarse que poco agregar las instrucciones a una doctrina ya debidamente documentada y expuesta con anterioridad, según hemos visto y a lo largo de toda la documentación correspondiente a los años 11 y 12 y meses anteriores del 13. Inusitado para la época. por el grado de progreso ideológico que trasuntan, las Instrucciones no hacen mas que declararse de manera estricta a un credo ya definido con toda claridad y defendido con toda energía desde bastante antes de Artigas y sus orientales. La verdadera novedad que contienen estas instrucciones no tiene más alcance que el de un inevitable corolario del pensamiento anterior. Esta novedad son las bases que por primera vez se formulan, de la futura organización de todas las Provincias. Y ello se debe simplemente a que por primera vez esta organización será tratada en ocasión de la Asamblea Constituyente. Establecen al efecto las instrucciones que no se admitirá otro sistema que el de una Confederación, con independencia absoluta, disolviendo toda conexión política con España y los Borbones. Cada provincia tendrá su gobierno y constitución separadas, que al igual que los centrales se regirán por la división de poderes. Se establecerá la libertad civil y religiosa en toda su extensión imaginable y el gobierno supremo se limitará a entender en lo'; "negocios generales", respetándose a todos los demás efectos la autonomía de las provincias, impositiva, militar, etc. Estas instrucciones inspiradas en el pensamiento político más perfecto que la humanidad haya conocido hasta el presente, no tienen más virtud que la extraordinaria de que se les formula por primera vez en América Latina. Su redactor no parece ser otro que Artigas. por la sencillísima razón de que fue éste el único personaje que defendiera con anterioridad y con posterioridad a este momento dichas ideas, en tanto que muchos de sus presuntos redactores aceptan pocos años después ideas absolutamente opuestas. En la redacción se siguen por lo demás el vocabulario y fórmulas impuestos por las constituciones norteamericanas, conocidas seguramente a través de la traducción de Paine debida a García de Sena. Establecen en fin, junto con diferentes previsiones relativas al territorio, límites y problemas de la Banda, una condición de fundamental importancia: la capital del nuevo Estado estará "precisa e indispensablemente fuera de Buenos Aires".

En consecuencia absoluta con todo este proceso ideológico, y en una nueva reunión de los representantes de los pueblos orientales, el día 20 de abril se procede a la integración de un gobierno provincial que presidirá Artigas y luego, a renuncia de éste, el doctor Bruno Méndez, y que se instala en Canelones.

A partir de este momento (exposición clara y total del pensamiento revolucionario que llamaríamos artiguista-oriental) los sucesos van a precipitarse. Y Buenos Aires va a tomar una igualmente clara actitud de reacción. Los diputados elegidos en el Congreso de Abril son rechazados en la Asamblea Constituyente (1º de junio), tomándose pretexto en la irregularidad de sus poderes. Artigas solicita la ratificación de estos poderes por los distintos pueblos, pero no obstante este perfeccionamiento de sus credenciales, tampoco logran la incorporación a la Asamblea. Algunas comunicaciones de Artigas a Larrañaga (29 de julio), resultan significativas sobre la situación de este momento. El gobierno porteño se niega a reconocer al oriental de Canelones, y deja sin contestación el oficio de éste comunicando su instalación. Se refiere Artigas a esta actitud y a diversos actos de hostilidad en Entre Ríos, para concluir que no resultaba admisible como resultado de la revolución, la simple sustitución de la tiranía española por otra bonaerense.

El gobierno porteño, representado desde el 31 de enero por un Directorio unipersonal a cargo de Posadas, que vino a sustituir al Triunvirato, instruye a Rondeau para la designación de nuevos diputados orientales; éste, desobedeciendo consignas expresas, trata de mantener a Artigas en el juego y de acuerdo con él convocan un nuevo Congreso. Se realiza en diciembre del 13, en Capilla Maciel, pero ya con absoluta prescindencia de Artigas, y son electos diputados Salcedo, Chorroarin y Larrañaga, de los cuales son porteños los dos primeros. Artigas se niega a reconocer lo actuado en este Congreso, realizado bajo la presión del ejército y sin las garantías del caso, y ante la negativa de Rondeau a realizar un tercer Congreso, que Artigas pide, éste se decide por la ruptura. El 20 de enero de 1814, opta por retirarse del sitio, cosa que hace solo, sin disminuir las fuerzas. En los días siguientes el pueblo o ejército oriental lo seguirán sin embargo, provocando una merma de 3.000 soldados en la línea.

La posición de Artigas, no obstante, es clarísima, con respecto a su deseo de no debilitar el sitio. Su propio hermano Manuel Francisco permanece con Rondeau posiblemente a pedido del Jefe de los Orientales. Montevideo por lo demás está entregado ya prácticamente. Y contra la acusación de traición, lanzada en la época y después desde filas porteñas contra Artigas, sólo merece destacarse que, por este tiempo la diplomacia de Buenos Aires gestionaba en Río un segundo armisticio con los españoles, y la entrega a éstos nuevamente de la Banda Oriental. La reacción de Buenos Aires no se hace esperar. Y el gobierno central, representado ahora por un Directorio unipersonal (31 enero 1814), cuyo primer desempeñante es Posadas lanza un bando declarando traidor a Artigas y poniendo a precio su cabeza.

Extensión del Federalismo

El retiro del sitio es una de las dos o tres fechas capitales en la actuación de Artigas. Y su exacto sentido hay que encontrarlo en el discurso del 5 de abril. "La energía es el recurso de las almas grandes", había dicho Artigas. "Hagámonos respetables ...". Rota toda posible aceptación del pensamiento revolucionario oriental-artiguista por parte de Buenos Aires, el caudillo abandona todo posible intento en tal sentida y va a buscar la fuerza con que hacer respetable, "el voto de los pueblos". Su paso obligado a partir de ese momento decisivo es el levantamiento de las provincias litorales tras la idea federal. El refuerzo de 500 hombres enviado por Buenos Aires a Rondeau es interceptada por los lugartenientes de Artigas. Pero esto ocurre ya en Entre Ríos (Espinillo), y con la participación de quien será por años primer personaje entrerriano, Hereñú, cuyas tropas en el caso luchan junto a las orientales de Otorgués.

La mediación Amaro - Candioti, intentada poco tiempo después, da lugar a un tratado (23 de abril de 1814), nunca ratificado por Buenos Aires, pero que contiene una particularidad fundamental, Artigas es llamado ya en él Protector del Entre Ríos y negocia tanto a nombre de la Banda Oriental como de aquella Provincia.

La caída de Montevideo (junio de 1814), que es tomada por Alvear, sustituto reciente de Rondeau, cierra sin embargo este primer periodo de actividad interprovincial decidida de Artigas. Deja en Entre Ríos a su hermano Manuel Francisco, que se le ha incorporado de inmediato (lo que probaría la afirmación de que éste permaneció en el sitio instado por el propio Jefe de los Orientales y no por diferencias con éste) y retorna a la Banda, cuya campaña moviliza, ocupándola en oposición a la dominación porteña en que ha entrado Montevideo. Alvear, que ha traicionado ya a Vigodet, hace otro tanto con Otorgués, y consigue mediante celadas, un triunfo militar.

Un último intento de conciliación fracasa todavía, Es el pacto del 9 y 11 de julio, firmado por Alvear y por diputados artiguistas, y ratificado por Artigas. Este pacto, que implica el retiro de Artigas a la vida privada a cambio de concesiones fundamentales a la Banda Oriental, conciliables con el cumplimiento de los postulados de su revolución, es violado por Alvear. Y declarada ya la guerra abierta, la batalla de Guayabos (15 de enero 1815) ganada por Rivera (y no por Bauzá como sostienen algunos historiadores) decide la suerte de Montevideo. Los orientales ponen como condición precisa el abandono de Montevideo por los porteños, que se realiza tras un verdadero saqueo de la ciudad por parte de éstos (25 de febrero).

El apogeo de Artigas, y con él el asentamiento de las primeras prácticas federales en el Río de la Plata comienza a partir de este momento. En efecto: al triunfo en la Banda Oriental corresponde el acrecentamiento del prestigio artiguista en el litoral argentino. Son en parte los resultados fructíferos de la "fracasada" misión Amaro y Candioti, figuras de gran influencia en Santa Fe y en Entre Ríos que han captado el verdadero sentido de la revolución oriental y de la lucha artiguista. Pero son cobre todo los resultados, en el alma de los pueblos, de un ideario que es el único que tiene por finalidad su liberación auténtica. Entregado de lleno al levantamiento de las provincias, Artigas se traslada a ellas. En marzo de 1815 su presencia determina la caída en Santa Fe del gobernador sumiso a Buenos Aires y su reemplazo por el propio Candioti. La llama federal llegará posteriormente a Córdoba y a la formación de la Liga de Pueblos Libres bajo el protectorado artiguista que estudiaremos con más espacio en el articulo siguiente, y con el que comienza el periodo que va hasta 1820.

El Directorio porteño, en el que Posadas ha sido sucedido desde enero por su sobrino Alvear, envía contra Artigas un ejército, destinado a cortar sus progresos.

Este ejército, comandado por Álvarez Thomas, se subleva contra el Director en Fontezuelas, a mediados de abril, y determina con la caída de éste, la de la Asamblea Constituyente. Es el primer golpe federal que alcanza al propio Buenos Aires; un preanuncio o antecedente fugaz del gran golpe que terminará en el 20 (cuando Artigas ya estaba vencido casi por completo), con toda una década de política porteña despótica y absorbente. A raíz de Fontezuelas, se sustituye a Alvear por Rondeau, e interinamente por Alvarez Thomas, pues Rondeau se encuentra en el Alto Perú. El nuevo gobierno, el Cabildo porteño y las fuerzas afectas en la capital al caudillo oriental, desagraviarán a éste de la manera mas amplia, titulándolo incluso "Ilustre y Benemérito Jefe". Veremos después la corta duración de esta política promisoria, limitándonos a señalar ahora el motín de Fontezuelas como fecha liminar del apogeo federal artiguista, que será objeto de un próximo artículo.

 

Manuel Flores Mora
Parlamentario, Periodista, Escritor, Historiador, Critico Literario
Tomo III
Homenaje de la Cámara de Representantes, mandado publicar por Resolución del 20 de febrero de 1985
Montevideo, 1986

 

Editado por el editor de Letras Uruguay

Email: echinope@gmail.com

Twitter: https://twitter.com/echinope

Facebook: https://www.facebook.com/letrasuruguay/  o   https://www.facebook.com/carlos.echinopearce

Linkedin: https://www.linkedin.com/in/carlos-echinope-arce-1a628a35/ 

Círculos Google: https://plus.google.com/u/0/+CarlosEchinopeLetrasUruguay

 

Métodos para apoyar la labor cultural de Letras-Uruguay

 

Ir a índice de periodismo

Ir a índice de Flores Mora, Manuel

 

 

Ir a página inicio